Isaías 34
Isaías 34 presenta el aspecto solemne de la Segunda Venida. Jesucristo no regresará únicamente para consolar a los fieles y reinar en Sion, sino también para juzgar a las naciones, poner fin a la violencia y defender la causa de Su pueblo. Edom fue históricamente enemigo de Israel y, en este capítulo, representa simbólicamente al mundo endurecido en su oposición a Dios. Las imágenes de sangre, fuego, azufre y desolación muestran la gravedad de la rebelión y las consecuencias inevitables de rechazar persistentemente la justicia divina.
Sin embargo, el capítulo no busca despertar fascinación por la destrucción ni autoriza la venganza humana. La espada pertenece a Jehová porque solamente Él posee el conocimiento, la autoridad y la rectitud necesarios para juzgar sin odio, exageración ni error. Su juicio considera perfectamente las obras, las intenciones, las oportunidades y los deseos de cada persona. Los discípulos de Cristo no deben anticipar ese día con deseos de castigo, sino con humildad, arrepentimiento y confianza en que el Salvador pondrá fin a toda forma de opresión.
En medio de estas imágenes severas aparece una invitación misericordiosa: «Buscad en el libro de Jehová y leed». Dios revela Sus advertencias para que podamos creer en Su palabra, arrepentirnos y prepararnos antes de que llegue el juicio. Isaías 34 declara que la injusticia no durará para siempre, que los opresores responderán por sus obras y que Jesucristo establecerá finalmente un mundo donde la violencia ya no dominará. Para los arrepentidos y fieles, esta profecía no es solo un anuncio de juicio, sino también una promesa de liberación, rectitud y paz definitiva.
Isaías 34:1 — Una advertencia dirigida a toda la humanidad
«Acercaos, oh naciones, para oír; y escuchad, oh pueblos».
Isaías no dirige esta profecía exclusivamente a Israel o a Edom, sino que convoca a todas las naciones, a la tierra y a cuanto existe en ella. El alcance universal de este llamado corresponde al carácter mundial de los acontecimientos relacionados con la Segunda Venida. Ningún pueblo, gobierno o persona quedará fuera de la soberanía de Jesucristo; todos deberán escuchar Su palabra y finalmente reconocer Su autoridad.
La invitación a «acercarse» y «escuchar» demuestra que Dios advierte antes de ejecutar Sus juicios. Sus amonestaciones no nacen del deseo de condenar, sino de Su misericordia y de Su anhelo de salvar. Antes de que lleguen las consecuencias, Él envía profetas, revela Su palabra y concede tiempo para que las personas examinen su conducta, abandonen la iniquidad y regresen a Él. Escuchar verdaderamente implica más que oír un mensaje: requiere creerlo y responder mediante el arrepentimiento y la obediencia.
Este versículo invita a toda la humanidad a prepararse para comparecer ante Jesucristo. Quienes reciben Sus advertencias con humildad no necesitan contemplar Su venida únicamente como un día de temor, sino como el cumplimiento de Sus promesas. Dios habla porque ama a Sus hijos; por ello, acercarnos a Su palabra y obedecerla constituye la manera más segura de prepararnos para el día en que el Salvador venga a juzgar a las naciones y establecer Su reino de justicia y paz.
Isaías 34:2 — Todas las naciones y sus ejércitos responden ante Dios
«Porque la indignación de Jehová está sobre todas las naciones, y su furor sobre todos los ejércitos de ellas».
Ninguna nación queda exenta de la ley moral de Dios. El poder político, militar o económico no concede el derecho de actuar injustamente ni evita las consecuencias de la violencia, la opresión y el rechazo persistente de la verdad. Los ejércitos representan aquí las fuerzas organizadas que sostienen la rebelión y el derramamiento de sangre. Aunque tales poderes parezcan invencibles, permanecen sujetos a la autoridad de Jesucristo, quien no permitirá que la crueldad continúe indefinidamente.
La ira divina no debe entenderse como una reacción impulsiva, descontrolada o semejante a la ira humana. Es la respuesta santa, justa y medida de Dios ante una maldad que ha llegado a su plenitud y se niega persistentemente a arrepentirse. Su juicio no nace del odio, sino de Su rectitud y de Su amor por quienes han sido oprimidos. Al juzgar a las naciones, el Señor detiene la injusticia, responsabiliza a los agresores y protege a Sus hijos.
Esta profecía no autoriza a los discípulos de Cristo a buscar venganza personal ni a decidir por sí mismos quién merece el castigo divino. La venganza pertenece al Señor porque solamente Él posee conocimiento perfecto, autoridad absoluta y una justicia libre de prejuicios y corrupción. Nuestra responsabilidad consiste en arrepentirnos, trabajar por la paz, defender al vulnerable y dejar el juicio final en manos de Jesucristo.
Isaías 34:3 — La terrible realidad de la guerra
«Sus muertos serán arrojados, y de sus cadáveres se levantará hedor».
Isaías describe la guerra sin embellecerla ni presentarla como una experiencia limpia, gloriosa o romántica. Sus imágenes muestran las consecuencias reales de la violencia organizada: muerte, corrupción, sufrimiento y devastación. Detrás de cada conflicto existen vidas destruidas, familias separadas, comunidades heridas y generaciones que pueden continuar padeciendo sus efectos mucho después de que termine la batalla.
Este lenguaje severo revela la gravedad del pecado colectivo y del derramamiento de sangre. Cuando el orgullo, el odio y la ambición dominan a pueblos y gobernantes, el cuerpo humano —creado a imagen de Dios— llega a ser tratado como si no tuviera valor. La descripción de Isaías confronta esa indiferencia y demuestra que ninguna victoria política, territorial o económica puede justificar la pérdida deliberada de vidas ni ocultar ante Dios la verdadera naturaleza de la violencia.
Por ello, los discípulos de Jesucristo tienen el deber de trabajar por la paz, rechazar el odio y no tratar con ligereza el sufrimiento ocasionado por la guerra. Ser pacificador no significa ignorar la injusticia, sino enfrentarla mediante los principios del Salvador: verdad, rectitud, misericordia y respeto por la dignidad humana. Este versículo nos invita a abandonar todo aquello que alimenta la violencia y a seguir al Príncipe de Paz, cuyo reino pondrá fin definitivamente al derramamiento de sangre.
Isaías 34:4 — Los cielos se enrollarán y las estrellas caerán
«Y todo el ejército de los cielos se desvanecerá, y se enrollarán los cielos como un pergamino; y caerá todo su ejército como se cae la hoja de la parra y como se cae la de la higuera».
Isaías describe una alteración extraordinaria del orden conocido. Los cielos que parecen firmes e inmutables se enrollarán como un pergamino que se cierra, y las estrellas caerán como las hojas al terminar su estación. Estas conmociones cósmicas muestran que la Segunda Venida no será solamente un cambio político o social. Toda la creación responderá a la presencia gloriosa de su Creador y será preparada para una condición renovada bajo el gobierno de Jesucristo.
Las estrellas y los cuerpos celestes, que para el ser humano representan estabilidad, grandeza y permanencia, también se encuentran bajo la autoridad de Dios. Nada de lo creado es independiente de Él ni puede resistir Sus propósitos. Este lenguaje profético nos recuerda que las estructuras y seguridades del mundo presente son temporales, mientras que la palabra, el poder y las promesas del Señor permanecen para siempre.
Espiritualmente, la caída del ejército de los cielos también representa el derrumbamiento de todo poder, gloria o autoridad que pretenda ocupar el lugar de Dios. Cuando Cristo venga, desaparecerán las falsas grandezas y quedará manifiesto que ninguna gloria creada puede compararse con la del Creador. Para los fieles, esta profecía constituye una invitación a no aferrarse a lo temporal, sino a edificar su vida sobre Jesucristo, el único fundamento que permanecerá cuando todas las demás cosas sean removidas.
Moses Thatcher: Cuando el universo sea enrollado como un pergamino (Isaías 34:4; 3 Nefi 26:3; Doctrina y Convenios 88:95), la tierra se derrita con calor abrasador y los montes se derritan como cera, el hombre no regenerado, lleno de orgullo, aprenderá lo que Dios tiene reservado para quienes lo aborrecen y desprecian Sus obras. Así como esta tierra fue limpiada mediante un bautismo literal de agua, también será purificada mediante un bautismo literal de fuego; y todos los orgullosos y quienes aman la iniquidad serán quemados, así como el rastrojo es consumido por el fuego (Malaquías 4:1). Felices serán entonces si han sido probados como el oro en un horno calentado siete veces (Daniel 3:19). Es mejor recibir ahora con buena disposición algunas pruebas que aumenten su amor por Dios y por sus semejantes, que avanzar despreocupadamente, como un animal sin entendimiento, hacia el sacrificio. (Journal of Discourses, 26:211–212).
Hugh Nibley: Esto es lo que viene después. Reconocemos aquí que todavía queda algo por venir. Esto es lo que podemos esperar al final. Tiene el propósito de impulsarnos a comportarnos debidamente, y espero que así lo hagamos. Cuando caiga aquel telón, entonces veremos el verdadero escenario. Todo se abrirá ante nosotros y veremos lo que realmente es. ¿Negarán entonces que Cristo es real, «o podréis contemplar al Cordero de Dios? ¿Suponéis que moraréis con Él teniendo conciencia de vuestra culpa?». Eso es lo que vamos a hacer: trasladarnos a ese otro mundo. Todo está avanzando hacia ese momento. (Teachings of the Book of Mormon—Semester 1: Transcripts of Lectures, 1988–1990 [Provo: FARMS], pág. 229).
Isaías 34:5 — La espada del juicio sobre Edom
«Porque en los cielos se embriagará mi espada; he aquí que descenderá para hacer juicio sobre Edom».
La espada representa la justicia, la autoridad y el poder de Jehová para poner fin a la iniquidad. Edom fue una nación emparentada históricamente con Israel por medio de Esaú, pero con frecuencia actuó como su adversaria. En esta profecía también adquiere un significado simbólico: representa al mundo que persiste en rebelarse contra Dios, perseguir a Su pueblo y rechazar Sus invitaciones al arrepentimiento.
El descenso de la espada enseña que ninguna oposición puede continuar indefinidamente fuera del alcance de la justicia divina. El Señor es paciente y concede tiempo para arrepentirse, pero Su paciencia no significa aprobación ni indiferencia. Cuando la maldad llega a su plenitud y se niega persistentemente a cambiar, Jesucristo interviene para detenerla, defender a los oprimidos y restaurar la justicia.
Este pasaje no autoriza a Israel ni a los creyentes a buscar venganza o emplear la violencia en nombre de Dios. Es Jehová quien sostiene la espada y posee la autoridad para ejecutar el juicio, porque solamente Él conoce perfectamente las obras, intenciones y oportunidades de cada persona. La responsabilidad del discípulo es arrepentirse, perdonar, trabajar por la paz y confiar en que el Salvador juzgará con perfecta justicia y misericordia.
Isaías 34:6–7 — El juicio descrito como sacrificio
«Porque Jehová tiene sacrificios en Bosra y gran matanza en la tierra de Edom».
Isaías emplea el lenguaje solemne del sacrificio para describir la caída de Edom. Bosra era una ciudad importante de aquel territorio y representa el centro de su poder. Los animales mencionados —corderos, machos cabríos, carneros y toros— pueden simbolizar los diferentes grupos de la sociedad, desde los débiles hasta los poderosos. De este modo, la profecía enseña que ninguna posición social, riqueza o autoridad puede proteger a quienes persisten en rebelarse contra Dios.
La imagen presenta una inversión terrible: quienes rechazaron al Señor, oprimieron a Sus hijos y derramaron sangre terminan siendo alcanzados por el mismo sistema de violencia que ayudaron a establecer. El pecado colectivo no afecta únicamente a sus dirigentes; sus consecuencias se extienden por toda una sociedad cuando sus miembros toleran, apoyan o se benefician de la injusticia. Ante el juicio divino, nadie puede esconderse detrás de su rango, influencia o pertenencia a determinado grupo.
Sin embargo, el empleo del lenguaje sacrificial no significa que Dios se complazca en el sufrimiento. Su propósito es mostrar la gravedad de la maldad y advertir antes de que lleguen sus consecuencias. Jesucristo se ofreció como el verdadero y definitivo sacrificio para hacer posible nuestro arrepentimiento y evitar que quedemos sujetos al pecado. Por ello, estos versículos nos invitan a abandonar la violencia, acudir al Salvador y permitir que Su sacrificio transforme nuestro corazón antes del día del juicio.
Isaías 34:8 — El día de venganza y el pleito de Sion
«Porque es día de venganza de Jehová, año de retribuciones en el pleito de Sion».
El «pleito de Sion» expresa que Dios asume y defiende la causa de Su pueblo perseguido. Él no ha olvidado la sangre inocente, los abusos cometidos ni las promesas de Sus convenios. El término «retribuciones» enseña que las acciones humanas producen consecuencias y que el Señor reparará aquello que fue injustamente quitado, quebrantado o destruido. Los poderes que oprimieron a los débiles y parecieron escapar de la justicia finalmente tendrán que responder ante Él.
La venganza divina es muy diferente de la humana. Los seres humanos pueden actuar impulsados por el resentimiento, el orgullo y un conocimiento incompleto; Dios, en cambio, juzga con comprensión perfecta y sin corrupción. Él no busca satisfacer un deseo arbitrario de castigo, sino detener el mal, defender al inocente y restablecer la justicia. Su juicio considera plenamente las obras, las intenciones, las oportunidades y el grado de conocimiento de cada persona; por eso, siempre será recto, proporcional y verdadero.
Esta promesa ofrece consuelo a quienes no reciben justicia durante la vida mortal. Ningún abuso permanece oculto para Jesucristo, ninguna lágrima pasa inadvertida y ninguna víctima queda olvidada. Aunque la reparación completa pueda esperar hasta Su venida, la resurrección y el juicio final, ciertamente llegará. Mientras tanto, los discípulos deben evitar la venganza personal, trabajar por una justicia recta y confiar en que el Salvador sanará a los afligidos y restaurará todo lo que pueda restaurarse conforme a Su sabiduría y amor.
Isaías 34:9–10 — Brea, azufre y desolación duradera
«Y sus arroyos se convertirán en brea, y su polvo en azufre, y su tierra en brea ardiente. No se apagará ni de noche ni de día; perpetuamente subirá su humo».
Las imágenes de la brea, el azufre y el fuego recuerdan la destrucción de Sodoma y Gomorra. Representan un juicio completo sobre una sociedad cuya corrupción se había endurecido y que rechazaba persistentemente toda oportunidad de arrepentirse. Aquello que antes sostenía su prosperidad —sus arroyos y su tierra— aparece transformado en un instrumento de desolación. Así, Isaías enseña que cuando una sociedad edifica su bienestar sobre la violencia y la iniquidad, las mismas estructuras en las que confía pueden contribuir finalmente a su destrucción.
El lenguaje profético no exige necesariamente que cada elemento se interprete de manera estrictamente literal. Isaías emplea imágenes poéticas intensas para comunicar que el juicio del Señor será irresistible, profundo y definitivo. La declaración de que el humo subirá perpetuamente destaca principalmente la permanencia de las consecuencias: el antiguo poder de Edom sería derribado y no volvería a levantarse en la misma condición de orgullo y oposición a Dios.
Doctrinalmente, estos versículos advierten que las decisiones temporales pueden producir consecuencias de alcance eterno. La misericordia de Jesucristo es inmensa y Su invitación al arrepentimiento continúa abierta, pero no debemos utilizar Su paciencia como excusa para posponer nuestra respuesta. El momento de acudir al Salvador, abandonar el pecado y aceptar Su gracia es ahora. Quienes se arrepienten pueden ser purificados y restaurados; quienes rechazan persistentemente Su invitación terminan experimentando las consecuencias de aquello que decidieron conservar.
Isaías 34:11 — Del orden al caos
«Y se extenderá sobre ella el cordel del caos y la plomada del vacío».
El cordel y la plomada eran instrumentos empleados para medir y construir con precisión. Isaías los utiliza paradójicamente para describir una destrucción cuidadosamente determinada: en vez de levantar una ciudad, señalan su desolación. Las palabras «caos» y «vacío» evocan el estado de la tierra antes de que Dios estableciera el orden de la Creación. La sociedad que rechazó deliberadamente Su voluntad pierde aquello que sostenía su estabilidad y regresa simbólicamente a la confusión.
La iniquidad suele prometer libertad, progreso y autonomía, pero finalmente destruye los fundamentos que hacen posible una comunidad saludable: la verdad, la confianza, la justicia, la responsabilidad y el respeto por la dignidad humana. Cuando el engaño se normaliza, los convenios se quebrantan y el poder reemplaza a la rectitud, las instituciones pueden conservar su apariencia exterior mientras interiormente comienzan a desmoronarse. El caos descrito por Isaías no es arbitrario, sino el resultado de abandonar persistentemente el orden moral establecido por Dios.
Jesucristo realiza la obra contraria: transforma el caos en orden, la desolación en vida y el vacío en plenitud. Mediante Su expiación puede reconstruir tanto a las personas como a las comunidades que se arrepienten y regresan a Él. Este versículo nos invita a examinar sobre qué fundamento estamos edificando. Solo aquello que se construye conforme a la verdad, la justicia y los convenios del Señor puede permanecer cuando llegue el momento de ser medido.
Isaías 34:12 — Príncipes sin reino
«Llamarán a sus príncipes, príncipes sin reino; y todos sus grandes serán nada».
Isaías presenta una imagen profundamente irónica: los títulos permanecen, pero el reino y el poder que les daban significado han desaparecido. Quienes antes eran honrados como príncipes y grandes de la tierra quedan reducidos a la impotencia. Sus nombres, cargos y reconocimientos no pueden protegerlos del juicio de Dios ni conservar una sociedad edificada sobre la injusticia.
Doctrinalmente, este versículo enseña que la posición social y la autoridad terrenal son temporales. Dios no mide la grandeza por los títulos, la riqueza, la fama o la influencia, sino por el carácter, la rectitud y el servicio. Toda autoridad constituye una mayordomía concedida para bendecir a los demás; cuando se utiliza para dominar, explotar o engrandecerse, pierde su propósito legítimo y finalmente también su poder.
Jesucristo mostró que la verdadera grandeza consiste en servir. Aunque es el Rey de reyes, se humilló, ministró a los necesitados y entregó Su vida para salvarnos. Toda gloria humana que no esté unida a Él terminará vacía, pero quienes siguen Su ejemplo recibirán una herencia que no puede desaparecer. Más importante que poseer un título es llegar a ser discípulos fieles cuyo carácter haya sido transformado por la gracia del Salvador.
Isaías 34:13–15 — Los palacios se convertirán en desierto
«En sus palacios crecerán espinos, y ortigas y cardos en sus fortalezas».
Los palacios y las fortalezas, que antes simbolizaban civilización, riqueza y poder, quedan abandonados y cubiertos de espinos, ortigas y cardos. Los animales del desierto ocupan los lugares donde anteriormente vivían gobernantes y se manifestaba la grandeza humana. La naturaleza reclama aquello que el orgullo consideraba permanente, demostrando que ninguna construcción, ciudad o imperio puede sostenerse para siempre por sus propios medios.
Isaías recalca así la fragilidad de los logros terrenales. Los seres humanos pueden levantar estructuras impresionantes, acumular riquezas y establecer instituciones poderosas; pero, si todo ello se edifica sobre la opresión, el orgullo y el rechazo de Dios, finalmente perderá su propósito y quedará desolado. Lo que no produce vida ni protege la dignidad de las personas acaba convirtiéndose en una morada vacía, aunque alguna vez haya parecido glorioso.
Doctrinalmente, estos versículos nos invitan a examinar aquello que estamos construyendo con nuestra vida. Solamente lo fundado sobre Jesucristo y Sus principios de verdad, justicia, servicio y amor posee valor eterno. Las posesiones y los reconocimientos desaparecerán, pero el carácter santificado, los convenios guardados y el bien realizado en favor de los demás permanecerán. Cristo puede transformar nuestros esfuerzos temporales en una obra eterna cuando los consagramos a Él.
Isaías 34:16 — Buscar y leer en el libro de Jehová
«Buscad en el libro de Jehová y leed; ninguno de ellos faltará; ninguno carecerá de su compañero; porque mi boca lo ha mandado, y su espíritu los ha reunido».
Después de anunciar acontecimientos extraordinarios, Isaías invita a sus oyentes a consultar el registro profético. El cumplimiento de esas profecías demostraría que la palabra del Señor era verdadera y que ninguna de Sus declaraciones había quedado sin efecto. El mandato de buscar y leer enseña que el conocimiento espiritual requiere más que una lectura rápida o superficial. Debemos estudiar activamente, comparar pasajes, recordar las promesas divinas y observar cómo Dios cumple Su palabra a lo largo de la historia.
La boca del Señor representa Su palabra y Su autoridad para mandar; el Espíritu representa el poder mediante el cual esa palabra se cumple. Lo que Dios declara no permanece como una posibilidad incierta o carente de fuerza. Su conocimiento es perfecto, Sus propósitos no pueden ser frustrados y cada promesa se cumplirá de acuerdo con Su sabiduría y en el tiempo que Él haya determinado. Por ello, las Escrituras proporcionan un fundamento seguro en medio de las opiniones cambiantes del mundo.
Asimismo, la verdadera comprensión de las Escrituras requiere tanto la palabra escrita como la influencia del Espíritu Santo. El texto proporciona el contenido revelado, mientras que el Espíritu confirma su verdad, ilumina su significado y nos ayuda a aplicarlo correctamente. Buscar en el libro de Jehová significa acercarnos con fe, humildad y disposición para obedecer. Cuando estudiamos de esa manera, la voz del Señor deja de ser solamente un registro antiguo y se convierte en orientación viva para nuestra propia vida.
L. Tom Perry: Todos los libros canónicos de la Iglesia nos instruyen a leer y meditar las Escrituras. En el Antiguo Testamento leemos: «Buscad en el libro de Jehová y leed» (Isaías 34:16). En el Nuevo Testamento: «Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39). Nefi observa en el Libro de Mormón: «Mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita y las escribe para la instrucción y el beneficio de mis hijos» (2 Nefi 4:15). El consejo de la Perla de Gran Precio promete: «Y el que atesore mi palabra no será engañado» (José Smith—Mateo 1:37). Finalmente, en Doctrina y Convenios leemos: «Primero procura obtener mi palabra […] estudia mi palabra que ha salido entre los hijos de los hombres» (Doctrina y Convenios 11:21–22).
Las Escrituras se encuentran entre nuestros tesoros más valiosos. Contienen las instrucciones que el Señor ha dado a Su pueblo desde el principio de los tiempos. En un mundo tan lleno de doctrinas humanas, agradecemos contar con el ancla segura de las Escrituras para afirmar nuestra fe. (Living with Enthusiasm [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], pág. 31).
Isaías 34:17 — Dios gobierna aun después del juicio
«Y él les echó suertes, y su mano les repartió con cordel; para siempre la tendrán por heredad; de generación en generación morarán allí».
La desolación descrita por Isaías no queda fuera del control divino. La imagen de echar suertes y repartir la tierra con cordel indica una distribución deliberada y ordenada. Incluso después de la caída de las estructuras humanas, el Señor continúa ejerciendo autoridad sobre la tierra y sobre quienes la habitan. Nada sucede fuera de Su conocimiento ni puede frustrar Sus propósitos eternos.
El juicio divino no produce un caos que Dios sea incapaz de gobernar. Por el contrario, pone fin a un orden corrupto y prepara el camino para uno basado en la verdad y la justicia. Los reinos humanos pueden desaparecer, las ciudades pueden quedar desoladas y los poderes que parecían permanentes pueden caer; sin embargo, Jehová continúa siendo soberano. Su mano establece límites, asigna lugares y dirige la historia hacia el cumplimiento de Su palabra.
Esta verdad ofrece seguridad a los discípulos de Cristo en épocas de conmoción. Cuando las instituciones humanas se debilitan o las circunstancias parecen desordenadas, Dios no ha perdido el dominio. Jesucristo puede transformar la desolación en preparación y hacer surgir un orden justo de aquello que parecía destruido. Finalmente, todo será sometido a Su autoridad y la tierra será renovada bajo Su reinado de rectitud, seguridad y paz.
Orson Pratt: Observemos ahora que el Señor, mediante Su Espíritu, llevará a cabo una gran congregación de Su pueblo en los últimos días. Se nos aconseja buscar en el libro del Señor y aprender acerca de esa congregación y de la manera en que Sus santos deberán habitar la tierra. La tierra será repartida entre ellos por sorteo, de la misma manera en que muchas personas recibieron sus heredades cuando llegaron a este desierto. Echaron suertes y recibieron los terrenos y las heredades que les correspondieron. «El desierto y los lugares solitarios se alegrarán por ellos». Si ustedes pueden encontrar en cualquiera de las cuatro partes de la tierra un país que corresponda mejor con la descripción que se presenta aquí, me gustaría saber cuál es. Cuando llegamos a este lugar, el territorio parecía tan estéril que resultaba imposible imaginar que un pueblo pudiera establecerse en él. Sin embargo, pueden contemplar lo que hemos logrado; no por nuestra propia sabiduría ni por nuestras propias fuerzas, sino porque fuimos congregados por la voz del Señor y por Su mandamiento, y porque fuimos guiados y dirigidos por el espíritu de inspiración.
Después de nuestra congregación, el desierto debía alegrarse y florecer como la rosa. ¡Cuántas veces he pensado en esto durante la primavera, cuando toda esta ciudad, que abarca unos diez o quizá trece kilómetros cuadrados de huertos y jardines, se encuentra en flor! Es entonces cuando podemos comprender cuán literalmente se ha cumplido esta profecía. Todos saben que, a pesar de lo fértil que ahora es este territorio, cuando llegamos aquí era conocido como un desierto. Si no me creen, consulten los mapas antiguos y encontrarán que esta parte del territorio aparece identificada como «el Gran Desierto Americano». Ese era el nombre que recibía en aquella época. Incluso cuando viajaban juntos en grupos numerosos y bien armados, las personas apenas se atrevían a atravesar esta región desértica, porque era muy inhóspita y amenazante. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo 15, pág. 58).


























