Isaías 42
Jesucristo, el Siervo fiel y la Luz de las naciones
Isaías 42 presenta un profundo contraste entre dos siervos. El primero es Jesucristo, el Siervo escogido de Dios: lleno del Espíritu, manso, justo, fiel e incansable. Él no procura imponerse mediante la violencia ni busca reconocimiento humano; «no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea». Esta imagen revela Su trato compasivo hacia quienes están heridos, debilitados o cuya fe apenas permanece encendida. Sin embargo, Su mansedumbre no es debilidad: perseverará hasta establecer la justicia, abrir los ojos de los ciegos, liberar a los cautivos y llevar la luz del convenio a todas las naciones.
El segundo siervo es Israel, llamado para testificar de Dios, pero descrito como ciego, sordo y cautivo por haber rechazado Su ley. La esperanza del capítulo consiste en que el Siervo perfecto viene a rescatar al siervo que fracasó. Jesucristo no desecha a Israel por su debilidad ni lo abandona en las consecuencias de su desobediencia; realiza por él aquello que no podía hacer por sí mismo. Lo conduce por caminos desconocidos, transforma las tinieblas en luz, endereza lo torcido y promete: «No los desampararé». De igual manera, el Salvador puede restaurar nuestra visión espiritual y liberarnos cuando el pecado, el temor o el dolor nos han mantenido cautivos.
El capítulo revela también la perfecta armonía del carácter de Cristo. Él es tierno con el quebrantado, pero firme contra el mal; establece justicia sin crueldad y ofrece misericordia sin negar la ley. Su gracia no elimina las exigencias de la justicia, sino que abre un camino de arrepentimiento, transformación y reconciliación con Dios. Por ello, toda la tierra es invitada a cantar «un cántico nuevo»: Jesucristo es la Luz de las naciones, el Libertador de los cautivos y el Siervo fiel que llevará hasta su culminación la obra de redención.
Isaías 42:2 — La mansedumbre del Mesías
«No clamará, ni alzará su voz ni la hará oír en las calles».
Jesucristo no establecería Su reino mediante propaganda estridente, ambición política, contención ni intimidación. Su autoridad se manifestaría por medio de la verdad, la santidad, el servicio abnegado y el poder del Espíritu. Aunque proclamó Su doctrina públicamente y denunció el pecado con claridad, nunca recurrió al espectáculo ni a la exaltación personal para conquistar seguidores. Su ministerio estuvo centrado en glorificar al Padre, enseñar la verdad y transformar los corazones.
La mansedumbre no significa debilidad, timidez ni falta de firmeza. Cristo poseía todo poder, pero lo ejercía con perfecto dominio, humildad y amor. No necesitó promoverse agresivamente porque Su vida, Sus obras y Su doctrina testificaban de Su identidad. Su ejemplo enseña que la influencia espiritual más profunda no depende del volumen de nuestra voz ni del reconocimiento que recibamos, sino de la verdad que vivimos, del amor con que servimos y de la presencia del Espíritu que acompaña nuestro testimonio.
Isaías 42:3 — No quebrará la caña cascada
«No quebrará la caña cascada».
Una caña dañada ha perdido parte de su firmeza, se dobla con facilidad y parece tener poco valor. Representa a quienes han sido heridos o debilitados por el pecado, el sufrimiento, el rechazo o el desprecio de otras personas. El mundo puede considerar inútil aquello que ya no parece fuerte o perfecto, pero Jesucristo reconoce el valor eterno de cada alma y ve posibilidades de restauración donde otros solo perciben fragilidad.
El Salvador no desecha a quienes se encuentran quebrantados ni aumenta innecesariamente el peso de sus heridas. Los trata con paciencia, compasión y verdad; los sostiene mientras sanan y les concede fortaleza mediante Su gracia. Su misericordia no justifica el pecado, sino que proporciona un espacio seguro para arrepentirse y comenzar de nuevo. El ministerio de Cristo no consiste en terminar de quebrar al débil, sino en sanar sus heridas, restaurar su dignidad y ayudarlo a permanecer nuevamente erguido.
Isaías 42:3 — No apagará el pabilo que humea
«Ni apagará el pabilo que humea; traerá la justicia con fidelidad».
Un pabilo que apenas humea parece estar a punto de apagarse, pero todavía conserva una pequeña chispa. Esta imagen representa a quienes poseen una fe débil, una esperanza casi agotada o un testimonio que apenas comienza a encenderse. Jesucristo no extingue esa luz frágil; la protege, la alimenta y la fortalece con paciencia. Para Él, una fe pequeña sigue siendo fe que puede crecer. Sus discípulos deben imitar esa misericordia, evitando juzgar con severidad a quienes avanzan lentamente, luchan con dudas o apenas están comenzando a creer.
Sin embargo, la ternura del Salvador hacia el débil no significa indiferencia ante el pecado, porque Él «traerá la justicia con fidelidad». Jesucristo sostiene al quebrantado y, al mismo tiempo, defiende la verdad y establece la justicia. En Su Expiación, la misericordia no elimina las demandas de la justicia: Él las satisface y ofrece perdón, sanidad y transformación a quienes se arrepienten. Por eso puede corregir sin destruir, sanar sin negar la verdad y juzgar perfectamente sin dejar de amar.
Isaías 42:4 — El Mesías perseverará hasta establecer la justicia
«No se cansará ni desmayará hasta que ponga justicia en la tierra; y las islas esperarán su ley».
Aunque el Siervo protege la caña cascada y el pabilo que apenas humea, Él mismo no será quebrantado ni apagado. La oposición, el rechazo, la traición, el sufrimiento de Getsemaní y la muerte en la cruz no impedirían que completara la misión recibida del Padre. La perseverancia de Jesucristo constituye el fundamento de nuestra esperanza: nuestra redención no depende de un esfuerzo incompleto ni de una promesa abandonada. El Salvador bebió la copa amarga, llevó sobre Sí nuestros pecados y dolores y consumó perfectamente Su sacrificio expiatorio.
Las «islas» representan pueblos lejanos y naciones situadas más allá de Israel. Ellas esperarían la ley del Mesías porque Su verdad, Su justicia y Su salvación no estaban destinadas a una sola nación. La misión mundial de la Iglesia y el recogimiento de Israel constituyen parte del cumplimiento de esta profecía: el Evangelio debe proclamarse a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Jesucristo perseverará hasta que Su luz alcance los lugares más distantes y todos tengan la oportunidad de recibir Su ley, hacer convenios con Él y encontrar dirección y esperanza en Su palabra.
Isaías 42:5 — Dios es la fuente de toda vida
«El que da aliento al pueblo que mora sobre ella y espíritu a los que por ella andan».
La autoridad de Aquel que llama y envía al Mesías procede del Creador de los cielos, de la tierra y de todo lo que vive en ella. Dios no es una creación humana ni una divinidad limitada a una nación; es la fuente universal de la vida física y espiritual. El mismo Ser que extendió los cielos, afirmó la tierra y le dio fecundidad posee también poder para sostener al Siervo y llevar a término, mediante Él, la obra de salvación.
Nuestro aliento no es una posesión independiente, sino un don que recibimos continuamente de Dios. El cuerpo, el tiempo, la inteligencia y las capacidades que poseemos son mayordomías sagradas que debemos emplear de acuerdo con Su voluntad. Reconocer esta dependencia no disminuye nuestra dignidad; nos ayuda a vivir con humildad, gratitud y propósito. Jesucristo, quien nos concede vida y redención, también puede renovar nuestro espíritu y enseñarnos a consagrar cada día al servicio de Dios y de Sus hijos.
Isaías 42:6 — Cristo, convenio para el pueblo y luz para las naciones
«Te pondré como convenio para el pueblo, como luz para las naciones».
El Mesías no solamente enseña el convenio ni actúa como mensajero de sus promesas; Él es su centro, mediador y fundamento. Todas las bendiciones de salvación se hacen posibles mediante la sangre expiatoria de Jesucristo. Entrar en el convenio significa vincularnos con Él por medio de la fe, el arrepentimiento y las ordenanzas efectuadas con autoridad divina. Guardarlo implica mucho más que cumplir obligaciones externas: requiere permitir que nuestra relación con el Salvador transforme nuestros deseos, decisiones y manera de vivir.
Jesucristo es también «luz para las naciones» porque revela el carácter de Dios, el propósito de la existencia y el camino de regreso al Padre. Su luz no pertenece exclusivamente a Israel ni a una cultura determinada, sino que se ofrece a toda la familia humana. Quienes hacen convenios con Él reciben la responsabilidad de reflejar esa luz mediante su testimonio, conducta y servicio. Nosotros no somos la fuente de la luz; somos testigos llamados a dirigir a otras personas hacia Cristo, la Luz verdadera que puede iluminar, sanar y salvar a todas las naciones.
Isaías 42:7 — Abrir los ojos y liberar a los cautivos
«Para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos y de casas de prisión a los que moran en tinieblas».
Durante Su ministerio mortal, Jesucristo sanó literalmente a personas ciegas. Esos milagros demostraron Su identidad mesiánica y simbolizaron Su poder para curar la ceguera espiritual. El Salvador nos permite reconocer verdades que el orgullo, el pecado, el temor o las tradiciones humanas pueden haber oscurecido. Mediante Su palabra y la influencia del Espíritu Santo, abre nuestro entendimiento para que comprendamos el plan de salvación, reconozcamos nuestra identidad eterna y aprendamos a contemplar a los demás como hijos de Dios.
El Mesías también libera del cautiverio del pecado, la culpa, la ignorancia y la muerte, sin permanecer indiferente ante quienes sufren formas temporales de opresión. Esta profecía adquiere una dimensión especial en el ministerio de Cristo en el mundo de los espíritus. Después de Su muerte, abrió el camino para que el Evangelio fuera proclamado a quienes habían muerto y para que los cautivos esperaran la redención y la resurrección. Jesucristo no solamente muestra la salida de nuestras prisiones espirituales; mediante Su Expiación, posee el poder y la autoridad para romper sus cadenas y conducirnos hacia la luz y la libertad.
¿A qué cárcel se refiere? ¿Cómo podría alguien saber de qué cárcel está hablando Isaías? Por supuesto, nadie podría saberlo si esta doctrina no hubiera sido revelada por medio del profeta José Smith. La cárcel en cuestión no es física, sino espiritual.
Como siempre, Isaías está hablando de algo de enormes proporciones. No se trata de una prisión con unos cuantos centenares de cautivos. Estamos hablando de miles de millones de almas y de todo el mundo de los espíritus. Ni siquiera los justos podrían salir de esa prisión si el Mesías no redimiera a la humanidad (2 Nefi 9:9; véase también Doctrina y Convenios 138:49–50).
Harold B. Lee: Las puertas del infierno habrían prevalecido si el Evangelio no se hubiera enseñado a los espíritus encarcelados y a quienes no tuvieron oportunidades suficientes de recibir aquí el Evangelio en su plenitud. Habrían prevalecido si no existiera una obra vicaria por los muertos […] ni las demás obras vicarias relacionadas con la exaltación que pueden recibir quienes aceptan el Evangelio, tanto las ordenanzas por los vivos como por los muertos. (Conference Report, abril de 1953, págs. 26–28).
Theodore M. Burton: Me interesan las palabras de Isaías o, tal como Jesús las expresó según las cita Lucas:
«Me ha enviado […] a proclamar libertad a los cautivos […] y a poner en libertad a los quebrantados» (Lucas 4:18).
Los intérpretes de la Biblia han declarado que las palabras originales de Isaías se refieren a la liberación de los judíos cautivos en Babilonia, pero que Jesús las aplicó a la liberación de los pecadores de la culpa y la esclavitud del pecado mediante Su ministerio. Pero ¿era esa la intención de Jesús? ¿Y qué pecadores se encontraban encarcelados por la culpa y las ataduras de sus pecados?
Sostengo que Isaías y Jesús hablaban de prisioneros específicos, como se indica en los siguientes pasajes de Isaías:
Y acontecerá en aquel día que Jehová castigará al ejército de los altos en lo alto, y a los reyes de la tierra sobre la tierra.
Y serán amontonados como se amontona a los encarcelados en una mazmorra; y en la cárcel quedarán encerrados y después de muchos días serán visitados (Isaías 24:21–22).
Yo, Jehová, te he llamado en justicia, y te sostendré de la mano; te guardaré y te daré por convenio al pueblo y por luz a los gentiles;
para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos y de la casa de prisión a los que moran en tinieblas (Isaías 42:6–7).
Jesús, el Libertador
No existe ninguna duda de que Jesús sería el Libertador y de que quienes se encontraban en aquella prisión permanecerían bajo las ligaduras de las tinieblas. Eso debe referirse a tinieblas espirituales y no a prisioneros políticos que se encontraran sobre la tierra.
La obra de Jesús definitivamente no se limitó a los integrantes de Su propia generación terrenal que escucharon Su voz personalmente, como en aquella ocasión en que habló en la sinagoga de Nazaret. Su obra era una obra mayor, una obra universal, que no solamente se aplicaba a todo el mundo de quienes vivían entonces, sino también a todos los que hubieran vivido o llegarían a vivir sobre esta tierra. (Conference Report, octubre de 1964, pág. 33).
Bruce R. McConkie: La salvación de los muertos es una doctrina bíblica. Esto resulta perfectamente claro para todos nosotros ahora que hemos recibido revelación de los últimos días. Ahora sabemos lo que Jesús quiso decir cuando declaró: «Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán» (Juan 5:25), y comprendemos el verdadero significado de Su declaración al ladrón en la cruz: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).
Ahora podemos comprender las palabras de Pedro acerca del ministerio de nuestro Señor en el mundo de los espíritus, donde predicó el Evangelio mientras Su cuerpo permanecía en el sepulcro del hombre de Arimatea (1 Pedro 3:18–20; 4:6).
La declaración de Pablo acerca del bautismo por los muertos ahora tiene sentido (1 Corintios 15:29), al igual que las palabras de Isaías y Zacarías sobre la liberación de los prisioneros de la fosa (Isaías 42:7; 49:9; 61:1; Zacarías 9:11), y la profecía de Abdías acerca de los salvadores que «subirán al monte Sion» (Abdías 1:21).
Incluso la enigmática promesa de Malaquías de que Elías vendría antes del día grande y terrible del Señor para «hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres», a fin de que el Señor no viniera y «hiriera la tierra con maldición» (Malaquías 4:5–6), adquiere sentido y significado porque la doctrina de la salvación de los muertos nos ha sido expuesta claramente mediante la revelación de los últimos días.
Sin embargo, durante los primeros años de nuestra era, no debemos suponer que José Smith comprendía esos pasajes mejor de lo que los comprende hoy el mundo religioso tradicional. De hecho, tenemos toda razón para creer que ni siquiera sabía de su existencia hasta que el Señor comenzó el proceso de instrucción que lo convertiría, antes de su muerte, en uno de los profetas más grandes y de los videntes más excelsos que hayan honrado la faz de este humilde planeta.
A pesar de los pasajes bíblicos —de los cuales solamente hemos mencionado algunos—, resulta evidente que ni el joven José ni ninguno de los maestros religiosos que ejercían influencia en su época poseían siquiera el más leve conocimiento de esta doctrina misericordiosa y equitativa, hasta que Aquel a quien pertenece la doctrina comenzó el proceso moderno de revelación. («A New Commandment: Save Thyself and Thy Kindred!», Ensign, agosto de 1976, pág. 8).
Wilford Woodruff: Ruego que la bendición de Dios descanse sobre los hombres que trabajan en el templo, y que Su bendición repose sobre los santos para que sus corazones se sientan inclinados a edificarlos. Si ustedes conocieran y comprendieran los sentimientos del profeta José Smith y de los hermanos que colaboraron con él, así como los sentimientos de los millones de integrantes de la familia humana que se encuentran encerrados en sus prisiones (Isaías 42:7), no nos cansaríamos. Trabajaríamos con todas nuestras fuerzas hasta que el edificio estuviera terminado y dedicado, y entonces trabajaríamos por la redención de nuestros muertos. (Journal of Discourses, 21:301).
Isaías 42:8 — La gloria pertenece a Jehová
«Yo, Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria ni mi alabanza a imágenes talladas».
Jehová declara Su identidad exclusiva como el Dios verdadero y viviente. Los ídolos no pueden compartir Su gloria porque carecen de vida, conocimiento y poder para crear, revelar o redimir. Atribuir a una imagen, posesión, ideología o capacidad humana la confianza y adoración que pertenecen a Dios constituye una sustitución de la fuente verdadera de toda bendición. Solamente el Señor merece nuestra adoración absoluta porque solamente Él posee poder para salvar.
Esta declaración también enseña humildad a quienes participan en la obra de Dios. Sus siervos pueden recibir responsabilidades, dones y reconocimiento, pero nunca deben apropiarse de la gloria que pertenece al Señor. Cuando un ministerio produce frutos, una enseñanza transforma corazones o una obra espiritual prospera, debemos recordar quién proporcionó la capacidad, abrió el camino y confirmó la verdad mediante Su Espíritu. Reconocer la mano de Jesucristo no disminuye nuestro esfuerzo; lo coloca en su perspectiva correcta y transforma el éxito en gratitud, adoración y mayor consagración.
Isaías 42:9 — Dios anuncia cosas nuevas
«Antes que salgan a luz, yo os las haré saber».
El cumplimiento de las profecías anteriores demuestra la fidelidad de Dios y proporciona un fundamento firme para confiar en aquello que todavía anuncia. Su conocimiento no está limitado al presente: Él contempla el curso completo de la historia y puede revelar acontecimientos antes de que comiencen a manifestarse. Las «cosas nuevas» incluyen la obra del Mesías, la liberación de Su pueblo y la extensión de la luz del Evangelio a todas las naciones.
La profecía no tiene como propósito principal satisfacer la curiosidad ni permitir especulaciones sobre el futuro. Dios revela Su voluntad para testificar que dirige la historia, fortalecer la fe y preparar a Su pueblo para participar responsablemente en Sus propósitos. La respuesta correcta ante la palabra profética no es solamente admirar su cumplimiento, sino arrepentirnos, prepararnos y actuar. Cada profecía verdadera debe aumentar nuestra confianza en Jesucristo y ayudarnos a reconocer que ninguna de Sus promesas quedará sin cumplirse.
Isaías 42:10 — Un nuevo cántico
«Cantad a Jehová un nuevo cántico, su alabanza desde el extremo de la tierra».
Una nueva manifestación del poder salvador de Dios requiere una nueva expresión de gratitud y adoración. La venida del Mesías, la restauración del Evangelio, el recogimiento de Israel y la liberación de los cautivos son obras demasiado grandes para ser recibidas con indiferencia. El «nuevo cántico» representa la respuesta renovada de quienes han experimentado la gracia del Señor: una vida transformada que reconoce, proclama y celebra lo que Él ha hecho.
Este cántico se escucha «desde el extremo de la tierra», porque la redención de Jesucristo no está limitada a una nación, cultura o época. Su Evangelio se ofrece a toda la familia humana, y personas de todos los pueblos pueden unir sus voces en alabanza. Cantar al Señor no consiste únicamente en producir música; significa testificar de Cristo, vivir Sus enseñanzas y permitir que nuestra conducta se convierta en una expresión visible de gratitud. Cada alma rescatada añade una nueva voz al cántico universal de la redención.
Isaías 42:10–12 — Todas las regiones alaban al Señor
«Den gloria a Jehová y anuncien sus alabanzas en las islas».
El mar, las costas, las islas, el desierto, las aldeas de Cedar y las alturas de Sela representan una gran diversidad de territorios, culturas y pueblos. Desde quienes navegan por el mar hasta quienes habitan en el desierto y en las montañas, todos son invitados a elevar su voz y dar gloria a Jehová. La extensión geográfica de esta alabanza anticipa el alcance universal de la misión de Jesucristo: Sus buenas nuevas llegarán más allá de Israel hasta los lugares más distantes de la tierra.
El Evangelio no exige borrar las identidades culturales que sean rectas ni convertir a todos los pueblos en una comunidad idéntica. Jesucristo reúne a personas de diferentes naciones, lenguas y tradiciones en una adoración común, purificando aquello que necesite cambiar y consagrando todo lo bueno. La unidad del pueblo de Dios no nace de la uniformidad cultural, sino de compartir la fe en el mismo Redentor, guardar Sus convenios y emplear nuestras distintas voces y dones para proclamar Su alabanza.
Isaías 42:13 — Jehová prevalecerá sobre Sus enemigos
«Jehová saldrá como hombre poderoso; como hombre de guerra despertará celo».
El Siervo manso de los primeros versículos es también el Señor que actúa con poder contra el mal. Su compasión hacia la caña cascada y el pabilo que humea no significa indiferencia ante la injusticia ni tolerancia indefinida hacia la opresión. Jesucristo es perfectamente misericordioso con quienes se arrepienten y, al mismo tiempo, perfectamente justo frente a quienes persisten en destruir, esclavizar y corromper a los hijos de Dios.
Esta profecía contempla de manera especial la victoria final del Salvador. En Su Segunda Venida, Cristo pondrá fin a los poderes y sistemas que se oponen a Su reino y oprimen a Su pueblo. La imagen guerrera no autoriza la violencia religiosa ni la venganza personal de Sus discípulos, porque el juicio pertenece al Señor. Nuestra responsabilidad es vencer el mal mediante la fe, el arrepentimiento, la verdad y el amor, confiando en que Jesucristo defenderá Su causa y que ninguna injusticia prevalecerá eternamente.
Isaías 42:14 — El silencio de Dios no es indiferencia
«Desde hace mucho tiempo he callado; he guardado silencio y me he contenido».
Para quienes sufren injusticia, el silencio de Dios puede parecer ausencia, indiferencia o abandono. Sin embargo, el Señor declara que Su aparente inactividad es contención deliberada, no falta de conocimiento ni de poder. Él ve el sufrimiento, escucha las oraciones y conoce perfectamente las acciones de quienes hacen el mal. Aunque no siempre intervenga cuando nosotros esperamos, nunca pierde el control ni olvida a Sus hijos.
La paciencia divina concede tiempo para el arrepentimiento y permite que el albedrío humano produzca consecuencias reales, pero no significa que la maldad será tolerada eternamente. Llegará el momento en que Dios actuará con justicia y poder. Mientras esperamos, la fe nos invita a no interpretar la demora como abandono, sino a confiar en la sabiduría y el tiempo del Señor. Jesucristo conoce cuándo consolar, cuándo corregir y cuándo intervenir; Su silencio puede prolongarse, pero Su fidelidad nunca cesa.
Isaías 42:16 — Dios guía por caminos desconocidos
«Guiaré a los ciegos por un camino que no conocían; los haré andar por sendas que no habían conocido».
Quienes no pueden ver el camino no quedan abandonados a encontrarlo por sí mismos. Dios se ofrece como su Guía y los conduce por sendas que nunca habían recorrido. No necesitamos conocer cada etapa del futuro antes de avanzar con fe; basta recibir luz para el paso presente y confiar en Aquel que conoce todo el trayecto. Mediante el Espíritu Santo, las Escrituras, la oración y el consejo inspirado, Jesucristo proporciona la dirección necesaria a medida que seguimos caminando.
El Señor promete además: «Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz y lo escabroso en llanura». Él no se limita a acompañarnos dentro de la confusión, sino que puede transformar nuestra comprensión y abrir posibilidades donde solo veíamos obstáculos. La revelación suele llegar de manera gradual mientras obedecemos la luz ya recibida. El sendero que inicialmente parecía imposible puede aclararse paso a paso bajo la dirección de Cristo, aunque las circunstancias externas no cambien inmediatamente.
La promesa final —«No los desampararé»— sostiene todas las anteriores. Dios guía, ilumina y allana el camino porque permanece fiel a quienes dependen de Él. Podemos sentirnos desorientados sin estar abandonados; la ausencia temporal de respuestas completas no equivale a ausencia divina. Incluso cuando todavía no vemos la salida, podemos continuar avanzando con la certeza de que la mano del Salvador permanece extendida y Su compañía no depende de nuestra capacidad para comprenderlo todo.
Chieko N. Okazaki: La imagen de la senda es útil porque nos enseña que existe un camino mediante el cual podemos llegar a nuestro Salvador. Sin embargo, desde otra perspectiva, también puede inducirnos a una conclusión equivocada. Las sendas conducen de un punto a otro. Esta imagen sugiere que nosotros estamos aquí y el Salvador se encuentra allá, y que debemos recorrer la senda para llegar hasta Él. Implica que existe una distancia entre nosotros y el Señor, y que debemos recorrerla para encontrarnos con Él.
No obstante, en realidad Él ya está con nosotros. Sí, existe una senda y sí, todavía tenemos mucho camino por recorrer; pero el Salvador ya camina a nuestro lado, preparado para acompañarnos durante todo el trayecto.
Isaías 42:16 registra la promesa que el Salvador nos hace: «Y guiaré a los ciegos por un camino que no conocían; los haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz y lo torcido en rectitud. Estas cosas les haré y no los desampararé».
Él está a nuestro lado incluso cuando, debido a nuestra ceguera, no podemos verlo. Está enderezando delante de nosotros lo que está torcido. Está iluminando nuestras tinieblas y no nos abandonará. (Aloha! [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1995], pág. 128).
Isaías 42:17 — La vergüenza de confiar en ídolos
«Serán vueltos atrás y en extremo avergonzados los que confían en imágenes talladas».
Los ídolos prometen protección y seguridad, pero no pueden ver las necesidades de sus adoradores, escuchar sus oraciones, guiarlos en la incertidumbre ni rescatarlos del pecado y de la muerte. Cuando llega la prueba, queda expuesta la impotencia de aquello que ocupó el lugar de Dios. La vergüenza mencionada por Isaías no es una humillación arbitraria impuesta por el Señor, sino el doloroso descubrimiento de haber confiado el corazón a algo que nunca tuvo poder para salvar.
La idolatría también puede adoptar formas modernas. El dinero, el prestigio, el poder, las ideologías, los placeres o la aprobación humana pueden ser útiles dentro de sus límites, pero producen decepción cuando les asignamos una función salvadora. Todo apoyo terrenal es cambiante y limitado; solamente Jesucristo puede sostener el peso completo de nuestra confianza. Volvernos a Él nos libra de construir nuestra identidad sobre cosas temporales y nos permite fundamentar la vida en Su verdad, Su gracia y Sus promesas eternas.
Isaías 42:18 — Una invitación a despertar espiritualmente
«Sordos, oíd; y vosotros, ciegos, mirad para ver».
El Señor se dirige a personas que poseen oídos y ojos físicos, pero que han perdido la capacidad espiritual de escuchar Su palabra y reconocer Su obra. La sordera y la ceguera representan la insensibilidad producida por el orgullo, el pecado, la incredulidad o la resistencia repetida a la inspiración. Dios no pronuncia estas palabras únicamente como condenación; son un llamado urgente a despertar, prestar atención y volver a percibir la verdad.
Este mandato también contiene esperanza. Si el Señor invita a los sordos a oír y a los ciegos a mirar, es porque mediante Jesucristo sus facultades espirituales pueden ser restauradas. El Salvador puede ablandar un corazón endurecido, corregir una visión distorsionada y ayudarnos a reconocer aquello que antes ignorábamos. Escuchar y ver espiritualmente requiere humildad, arrepentimiento y disposición para obedecer la luz que recibimos.
Este pasaje no se comprende adecuadamente sin la Traducción de José Smith. La TJS realiza dos cambios importantes en los escritos de Isaías: el primero se encuentra en el capítulo 29, que habla del Libro de Mormón; y el segundo se encuentra en este pasaje, que habla de la misión del propio Profeta y de los siervos de la Restauración:
Porque os enviaré a mi siervo, a vosotros que sois ciegos; sí, un mensajero para abrir los ojos de los ciegos y destapar los oídos de los sordos;
y serán hechos perfectos a pesar de su ceguera, si escuchan al mensajero, el siervo del Señor.
Tú eres un pueblo que ve muchas cosas, pero no las observa; que abre los oídos para oír, pero no escucha.
El Señor no se complace en tal pueblo, pero por causa de Su justicia magnificará la ley y la hará honorable.
El mismo tema se encuentra en Isaías 29: «Y en aquel día los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán desde la oscuridad y desde las tinieblas» (Isaías 29:18). El Libro de Mormón da vista a quienes están espiritualmente ciegos y oídos capaces de escuchar a quienes permanecían sordos a la voz de Dios.
Élder Lynn G. Robbins: Durante los días anteriores a la gloriosa Primera Visión, el fervor religioso existente en Manchester, Nueva York, Estados Unidos, producía una enorme confusión. En palabras de José Smith: «Tan grandes eran la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona […] llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no» (José Smith—Historia 1:8).
El Libro de Mormón se refiere a esa confusión anterior a la Restauración como «un terrible estado de ceguedad […] debido a que aquella iglesia abominable ha ocultado las partes claras y sumamente preciosas del evangelio del Cordero» (1 Nefi 13:32; cursiva agregada).
A lo largo de los siglos, la clara visión espiritual proporcionada por la Biblia se volvió borrosa a medida que se perdieron muchas de sus partes claras y preciosas. En algunas ocasiones se perdieron involuntariamente debido a traducciones defectuosas y, en otras, fueron eliminadas intencionalmente mediante alteraciones corruptas, «para pervertir las rectas vías del Señor, para cegar los ojos y endurecer el corazón de los hijos de los hombres» (1 Nefi 13:27; cursiva agregada).
Uno de los milagros más frecuentes del Salvador fue devolver la vista a los ciegos. Sin embargo, la misión y el milagro más importantes del Salvador consistieron en sanar a quienes estaban espiritualmente ciegos. «Yo he venido a este mundo», declaró Él, «para que los que no ven, vean» (Juan 9:39).
Al emplear la metáfora de Isaías y la visión de Nefi acerca de la ceguera espiritual en los últimos días, podemos considerar la salida a luz del Libro de Mormón como una restauración milagrosa de la visión espiritual.
Ni permitirá el Señor Dios que los gentiles permanezcan para siempre en ese horrible estado de ceguedad…
[…] Seré misericordioso con los gentiles en aquel día, al grado de hacerles llegar, por medio de mi propio poder, mucho de mi evangelio…
Porque he aquí, dice el Cordero: Me manifestaré a tu posteridad, y ellos escribirán muchas de las cosas que les ministraré […] y estas cosas serán escondidas, a fin de que aparezcan a los gentiles por el don y el poder del Cordero.
Y en ellas estará escrito mi evangelio, dice el Cordero, y mi roca y mi salvación.
[…] Estos últimos anales […] establecerán la verdad de los primeros […] y ambos serán reunidos en uno (1 Nefi 13:32, 34–36, 40–41; cursiva agregada);
y al unirse, nos ayudarán a ver la verdad. (Lynn G. Robbins, «El ojo del ciego verá», Ensign, junio de 2016).
Isaías 42:20 — Ver sin observar y oír sin escuchar
«Ves muchas cosas, pero no las observas; abres los oídos, pero no oyes».
Israel había contemplado milagros, recibido la ley y escuchado repetidamente la voz de los profetas. Sin embargo, estar expuesto a numerosas evidencias no garantizó comprensión espiritual ni obediencia. El pueblo podía percibir exteriormente las obras de Dios y, al mismo tiempo, permanecer insensible a su significado. Isaías enseña que la revelación no transforma automáticamente a quien la recibe; debe aceptarse con humildad y ponerse en práctica.
Ver espiritualmente significa reconocer la mano de Dios, comprender el significado de Sus obras y contemplar la vida desde una perspectiva eterna. Escuchar significa recibir Su palabra con la disposición de obedecerla. También nosotros podemos leer las Escrituras, participar en ordenanzas y escuchar enseñanzas inspiradas sin permitir que influyan en nuestras decisiones. Jesucristo sana nuestra ceguera y sordera espirituales cuando nos arrepentimos, prestamos atención al Espíritu y convertimos la verdad recibida en acciones concretas.
Isaías 42:21 — Magnificar y engrandecer la ley
«Jehová se complació, por causa de su justicia, en magnificar la ley y engrandecerla».
Jesucristo no vino a disminuir la importancia de la ley divina, sino a revelar su plenitud, cumplir sus demandas y mostrar su verdadero propósito. Durante Su ministerio enseñó que la obediencia no debía limitarse a una conducta externa, sino alcanzar también los pensamientos, las intenciones y los deseos del corazón. Así, no solo condenó el homicidio, sino también la ira destructiva; no solo el adulterio, sino también la codicia. En Él, la ley aparece como expresión de la santidad, la justicia y el amor de Dios.
Magnificar la ley no significa multiplicar mandamientos humanos ni convertir la religión en una carga de formalidades. Significa comprender la profundidad espiritual de los mandamientos y su relación con los dos grandes deberes: amar a Dios y amar al prójimo. Mediante Su Expiación, Cristo hace posible que nos arrepintamos cuando quebrantamos la ley y que recibamos poder para vivirla con mayor fidelidad. De este modo, la gracia no vuelve innecesaria la obediencia; la transforma en una respuesta de amor y en un camino de santificación.
Isaías 42:21 — Magnificar y engrandecer la ley
«Jehová se complació, por causa de su justicia, en magnificar la ley y engrandecerla».
Jesucristo no vino a disminuir la importancia de la ley divina, sino a revelar su plenitud, cumplir sus demandas y mostrar su verdadero propósito. Durante Su ministerio enseñó que la obediencia no debía limitarse a una conducta externa, sino alcanzar también los pensamientos, las intenciones y los deseos del corazón. Así, no solo condenó el homicidio, sino también la ira destructiva; no solo el adulterio, sino también la codicia. En Él, la ley aparece como expresión de la santidad, la justicia y el amor de Dios.
Magnificar la ley no significa multiplicar mandamientos humanos ni convertir la religión en una carga de formalidades. Significa comprender la profundidad espiritual de los mandamientos y su relación con los dos grandes deberes: amar a Dios y amar al prójimo. Mediante Su Expiación, Cristo hace posible que nos arrepintamos cuando quebrantamos la ley y que recibamos poder para vivirla con mayor fidelidad. De este modo, la gracia no vuelve innecesaria la obediencia; la transforma en una respuesta de amor y en un camino de santificación.
Isaías 42:21 — Magnificar y engrandecer la ley
«Jehová se complació, por causa de su justicia, en magnificar la ley y engrandecerla».
Jesucristo no vino a disminuir la importancia de la ley divina, sino a revelar su plenitud, cumplir sus demandas y mostrar su verdadero propósito. Durante Su ministerio enseñó que la obediencia no debía limitarse a una conducta externa, sino alcanzar también los pensamientos, las intenciones y los deseos del corazón. Así, no solo condenó el homicidio, sino también la ira destructiva; no solo el adulterio, sino también la codicia. En Él, la ley aparece como expresión de la santidad, la justicia y el amor de Dios.
Magnificar la ley no significa multiplicar mandamientos humanos ni convertir la religión en una carga de formalidades. Significa comprender la profundidad espiritual de los mandamientos y su relación con los dos grandes deberes: amar a Dios y amar al prójimo. Mediante Su Expiación, Cristo hace posible que nos arrepintamos cuando quebrantamos la ley y que recibamos poder para vivirla con mayor fidelidad. De este modo, la gracia no vuelve innecesaria la obediencia; la transforma en una respuesta de amor y en un camino de santificación.
Isaías 42:24 — El cautiverio como consecuencia de rechazar a Dios
«No quisieron andar en sus caminos ni escucharon su ley».
Israel no fue saqueado ni llevado al cautiverio porque Jehová careciera de poder para protegerlo. El pueblo rechazó persistentemente Sus caminos, desoyó la ley y quebrantó el convenio, por lo que perdió las bendiciones y la protección vinculadas con su fidelidad. El cautiverio fue una consecuencia colectiva que el Señor había anunciado repetidamente mediante Sus profetas. Aun así, la disciplina divina no pretendía destruir definitivamente a Israel, sino despertarlo, corregirlo y prepararlo para regresar.
Este pasaje no enseña que todo sufrimiento individual sea un castigo por pecados personales. Muchas pruebas proceden de la mortalidad, del uso injusto del albedrío ajeno o de causas que no comprendemos completamente. Isaías se refiere aquí a consecuencias nacionales y de convenio expresamente anunciadas a un pueblo rebelde. Por ello, debemos evitar juzgar a quien sufre y examinar más bien nuestra propia disposición para escuchar a Dios. Jesucristo ofrece un camino de regreso: mediante el arrepentimiento podemos volver a Sus caminos, renovar nuestros convenios y recibir nuevamente Su poder restaurador.
Isaías 42:25 — Sufrir sin comprender
«Le prendió fuego alrededor, pero no se dio cuenta; y lo consumió, pero no hizo caso».
La tragedia de Israel no consistía solamente en experimentar las consecuencias de su rebelión, sino en sufrir sin reconocer su significado espiritual. Aunque el juicio ardía a su alrededor, el pueblo continuaba insensible a las advertencias del Señor. El dolor no produjo automáticamente arrepentimiento, porque Israel no quiso examinar su conducta ni escuchar la voz de Dios que lo llamaba a regresar.
El sufrimiento por sí solo no convierte ni santifica. Una prueba puede endurecernos o acercarnos a Dios, según la manera en que respondamos. Para que una experiencia dolorosa produzca crecimiento espiritual necesitamos humildad, reflexión, oración y disposición para recibir corrección. Esto no significa suponer que toda aflicción sea un castigo, sino preguntarnos qué podemos aprender y cómo podemos acercarnos más a Jesucristo. Cuando acudimos a Él, el dolor puede convertirse en una ocasión para despertar, recibir fortaleza y permitir que Su gracia transforme nuestro corazón.


























