Isaías 41
«No temas, porque yo estoy contigo»
Isaías 41 presenta una especie de juicio público entre Jehová y los ídolos de las naciones. El Señor demuestra Su divinidad porque gobierna las generaciones, conoce y anuncia los acontecimientos futuros, levanta instrumentos para cumplir Sus propósitos y permanece fiel a Sus convenios. En contraste, los ídolos no pueden explicar el pasado, predecir el futuro, responder a quienes los invocan ni siquiera mantenerse en pie sin ser asegurados con clavos. Esta comparación enseña que los poderes humanos y las falsas seguridades son incapaces de salvar; solamente Jehová dirige la historia y puede cumplir plenamente Sus promesas.
En medio de este escenario universal aparece una promesa profundamente personal: «No temas, porque yo estoy contigo» (Isaías 41:10). Aunque Israel se siente insignificante y vulnerable, «como un gusano», Dios lo llama Su siervo, lo escoge, lo toma de la mano y le asegura: «Yo te ayudaré» (Isaías 41:13–14). La fortaleza del pueblo no procede de sus propios recursos, sino de su relación de convenio con el Señor. Jesucristo, el Santo y Redentor de Israel, puede transformar al débil en un instrumento poderoso para realizar Su obra. Nuestra debilidad, por tanto, no nos descalifica; cuando confiamos en Él, puede convertirse en el escenario donde se manifieste Su poder.
El capítulo también anticipa el recogimiento y la restauración del pueblo de Dios. Los pobres y necesitados encontrarán agua, el desierto florecerá y Jerusalén recibirá buenas nuevas. Jesucristo es el cumplimiento supremo de estas promesas: sostiene al débil, rescata al cautivo y ofrece agua viva al sediento. La diferencia final es decisiva: los ídolos necesitan ser sostenidos por quienes los fabrican, pero Cristo sostiene eternamente a quienes depositan su confianza en Él. Por eso, la invitación de Isaías 41 continúa vigente: no debemos permitir que el temor gobierne nuestra vida, porque el Redentor está con nosotros, nos fortalece, nos ayuda y nos sostiene con la diestra de Su justicia.
Isaías 41:1 — Las naciones comparecen ante Dios
«Acérquense y entonces hablen; vengamos juntos a juicio».
Jehová convoca a las islas y a los pueblos como si comparecieran ante un tribunal universal. Las naciones pueden renovar sus fuerzas, presentar sus argumentos y defender los poderes en los cuales han depositado su confianza; sin embargo, todas deben responder ante el Señor, quien gobierna la historia y juzga con perfecta justicia. Ninguna nación, ideología ni autoridad humana se encuentra fuera de Su conocimiento y dominio.
Dios no teme el examen ni la comparación con los ídolos. Sus obras, Sus profecías cumplidas y Su fidelidad a los convenios testifican de Su poder y divinidad. La fe bíblica no descansa en imágenes silenciosas ni en tradiciones incapaces de salvar, sino en el Dios viviente que habla, actúa y cumple Su palabra. Este versículo nos invita a examinar aquello en lo que confiamos y a reconocer que solamente Jesucristo puede sostenernos cuando todas las seguridades humanas comparezcan ante Su juicio.
Isaías 41:2–3 — El conquistador levantado desde el oriente
«¿Quién despertó al justo del oriente?».
En su contexto histórico, esta figura suele relacionarse con Ciro de Persia, a quien Isaías menciona expresamente en capítulos posteriores. El Señor lo levantaría desde el oriente para conquistar naciones, derrotar reyes y preparar la liberación de los judíos cautivos en Babilonia. Aunque el ascenso de Ciro pudiera parecer solamente el resultado de su capacidad militar y de las circunstancias políticas, Isaías revela que Dios estaba dirigiendo los acontecimientos para cumplir Sus propósitos y preservar a Su pueblo del convenio.
Llamarlo «justo» puede indicar que fue llamado para ejecutar un propósito justo, y no necesariamente que todas sus acciones personales fueran perfectas. Dios puede servirse de gobernantes, naciones y acontecimientos históricos —incluso de personas que no comprenden plenamente Su voluntad— para llevar adelante Su obra. Ciro también puede contemplarse como una figura simbólica de Jesucristo: así como él liberó a Israel del cautiverio babilónico, el Salvador posee poder para vencer a los enemigos espirituales y liberarnos del cautiverio del pecado y de la muerte.
Isaías 41:4 — Jehová gobierna todas las generaciones
«Yo Jehová, el primero, y con los postreros; yo soy aquel».
El Señor no intervino únicamente al principio de la historia para después abandonarla. Él está presente con las primeras y las últimas generaciones, conoce el curso completo de los acontecimientos y dirige Su obra hacia el cumplimiento de Sus propósitos. Los gobernantes y los imperios pueden parecer protagonistas absolutos de su tiempo, pero todos actúan dentro de una historia cuyo principio y final permanecen bajo el dominio de Dios.
Esta constancia divina ofrece seguridad a Su pueblo. Las naciones surgen y desaparecen, las circunstancias cambian y las generaciones pasan, pero Jehová permanece. Las promesas hechas antiguamente conservan plena validez porque quien las pronunció continúa siendo el mismo. Jesucristo es el fundamento inmutable de nuestra esperanza: estuvo con los santos del pasado, está con nosotros en el presente y permanecerá con quienes vengan después, hasta que toda Su obra quede cumplida.
Isaías 41:5–7 — La cooperación al servicio de un ídolo
«Cada cual ayuda a su prójimo y dice a su hermano: ¡Sé fuerte!».
Las naciones, atemorizadas por los cambios políticos y el avance del conquistador, se animan mutuamente y trabajan juntas. El artesano fortalece al fundidor y ambos se felicitan por su obra; sin embargo, toda esa habilidad y cooperación se emplea para fabricar ídolos incapaces de hablar, actuar o salvar. Isaías enseña así que la unidad no santifica automáticamente una causa. Las personas pueden colaborar eficazmente y alentarse unas a otras mientras edifican algo falso. La verdadera fortaleza no depende solamente de trabajar juntos, sino de permanecer unidos en la verdad y de orientar nuestros esfuerzos hacia Dios.
La ironía culmina cuando el ídolo es afirmado «con clavos para que no se mueva». El objeto al que llamarán dios debe ser protegido para impedir que caiga; el supuesto salvador necesita ser sostenido por sus propios adoradores. Esto contrasta directamente con Jehová: los ídolos deben ser sostenidos, pero el Dios viviente sostiene a Su pueblo. Cualquier cosa que dependa completamente de nosotros para existir —el dinero, el prestigio, el poder o las ideologías humanas— no puede convertirse en nuestro salvador. Jesucristo no necesita que lo sostengamos; Él es quien nos fortalece, nos levanta cuando caemos y nos sostiene con Su poder redentor.
Isaías 41:8 — Israel, el siervo escogido y descendiente de Abraham
«Tú, oh Israel, siervo mío eres; tú, Jacob, a quien yo escogí, descendencia de Abraham, mi amigo».
Israel no fue escogido únicamente para recibir privilegios, protección y bendiciones, sino también para cumplir una misión. Como siervo del Señor, debía testificar del Dios verdadero, guardar Sus convenios y llevar las bendiciones del Evangelio a todas las familias de la tierra. La elección divina siempre implica responsabilidad: pertenecer al pueblo del convenio significa representar a Jesucristo mediante nuestras palabras y acciones, proclamar Su verdad y servir a Sus hijos.
El Señor llama a Abraham «mi amigo», una expresión que comunica confianza, cercanía y comunión espiritual, pero no igualdad de autoridad. Abraham llegó a disfrutar de esa relación mediante la fe, la obediencia y la fidelidad al convenio. Sus descendientes heredan tanto promesas como responsabilidades; sin embargo, el parentesco por sí solo no basta. Al ejercer la fe de Abraham y guardar sus convenios, también pueden conocer personalmente a Dios, confiar en Él y participar como Sus siervos en la obra de bendecir y recoger a Su pueblo.
Isaías 41:9 — Recogido, escogido y no desechado
«Te tomé de los confines de la tierra, y de tierras lejanas te llamé […] te escogí y no te deseché».
La dispersión de Israel no anuló su elección ni lo colocó fuera del alcance de Dios. Desde los lugares más apartados de la tierra, el Señor conoce a Su pueblo, lo llama nuevamente y lo invita a regresar a la relación de convenio. Este versículo anticipa el recogimiento de Israel en los últimos días, el cual no consiste solamente en una reunión geográfica, sino principalmente en acudir a Jesucristo, recibir Su Evangelio, hacer convenios y permanecer fieles a ellos.
Israel podía interpretar el cautiverio y la dispersión como evidencias de que Dios lo había abandonado. Sin embargo, Jehová declara: «Te escogí y no te deseché». La disciplina divina, las consecuencias del pecado y las pruebas de la vida no significan necesariamente rechazo. El Señor puede corregirnos, refinarnos y permitir que aprendamos mediante experiencias difíciles sin retirar Su amor ni Su invitación a volver. En Jesucristo nadie se encuentra demasiado distante para ser llamado, recogido y restaurado; mientras exista arrepentimiento sincero, siempre habrá un camino de regreso.
Isaías 41:10 — «No temas, porque yo estoy contigo»
«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios».
Esta es una de las promesas más conocidas y doctrinalmente significativas del capítulo. La razón principal para no temer no es la ausencia de enemigos, problemas o incertidumbre, sino la presencia de Dios. La fe no significa que nunca sentiremos miedo, sino que el temor no tiene que gobernar nuestras decisiones, porque no afrontamos solos nuestras pruebas. Cuando nuestra capacidad parece insuficiente, podemos recordar quién está a nuestro lado y confiar en que Su poder es mayor que aquello que nos amenaza.
El Señor promete: «Te fortaleceré; ciertamente te ayudaré». Él no se limita a darnos instrucciones desde lejos, sino que nos concede fuerza para obedecer y ayuda para perseverar. Mediante la gracia de Jesucristo recibimos un poder habilitador que complementa nuestras fuerzas, sostiene nuestros esfuerzos y nos permite hacer aquello que solos no podríamos realizar. La forma y el momento de Su ayuda pueden diferir de nuestras expectativas, pero Su fidelidad permanece constante para quienes se vuelven hacia Él.
Finalmente, Jehová declara: «Ciertamente te sustentaré con la diestra de mi justicia». La diestra simboliza poder, autoridad y protección. La justicia divina no es solamente una norma que revela y condena el pecado; mediante la Expiación de Jesucristo también se convierte en poder para perdonar, restaurar y sostener a quienes aceptan Su convenio. Ser sostenidos no significa evitar todo tropiezo, sino saber que el Salvador puede impedir nuestra caída definitiva y levantarnos cada vez que acudimos a Él con fe y arrepentimiento.
Dieter F. Uchtdorf: «No temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros» (Doctrina y Convenios 68:6; véanse también Isaías 41:10; Juan 14:18).
No están solas en este viaje. Su Padre Celestial las conoce. Incluso cuando nadie más las escucha, Él las escucha. Cuando se regocijan en la rectitud, Él se regocija con ustedes. Cuando se encuentran rodeadas de pruebas, Él se aflige con ustedes.
El interés que el Padre Celestial tiene en ustedes no depende de cuán ricas, hermosas, saludables o inteligentes sean. Él no las ve como las ve el mundo; Él ve quiénes son realmente. Él mira el corazón y las ama porque son Sus hijas.
Queridas hermanas, búsquenlo sinceramente y lo encontrarán.
Les prometo que no están solas. (Conference Report, abril de 2013, pág. 129).
Dieter F. Uchtdorf: Como pueblo de Su convenio, no debemos quedar paralizados por el temor de que puedan suceder cosas malas. En cambio, podemos avanzar con fe, valor, determinación y confianza en Dios al afrontar los desafíos y las oportunidades que tenemos por delante. El consejo que Moisés dio al pueblo de su época todavía se aplica a nosotros: «No temáis […] ved la salvación que Jehová hará hoy por vosotros» (Éxodo 14:13, Nueva Versión del Rey Santiago).
No recorremos solos la senda del discipulado. «Jehová tu Dios […] va contigo; no te dejará ni te desamparará» (Deuteronomio 31:6).
«Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Éxodo 14:14, Nueva Versión del Rey Santiago).
Ante el temor, encontremos nuestro valor, reunamos nuestra fe y confiemos en la promesa de que «ninguna arma forjada contra ti prosperará» (Isaías 54:17).
¿Vivimos en una época de peligro y conmoción? Por supuesto que sí.
Dios mismo ha dicho: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).
¿Podemos ejercer la fe necesaria para creer y actuar de acuerdo con ella? ¿Podemos vivir a la altura de nuestros compromisos y convenios sagrados? ¿Podemos guardar los mandamientos de Dios incluso en circunstancias difíciles? ¡Por supuesto que podemos!
Podemos hacerlo porque Dios ha prometido: «Todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien, si andáis en rectitud» (Doctrina y Convenios 90:24). Por tanto, dejemos de lado nuestros temores y vivamos con gozo, humildad, esperanza y una firme confianza en que el Señor está con nosotros. (Conference Report, abril de 2017, pág. 107).
Chieko N. Okazaki: No sabemos qué desafíos y adversidades nos traerá la vida. Sin embargo, las Escrituras nos prometen que «ninguna cosa será imposible para Dios» (Lucas 1:37), y podemos decir con el apóstol Pablo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).
Las Escrituras están llenas de testimonios acerca de la fortaleza que proviene del Salvador. Siempre siento que mi corazón se eleva cuando leo estas expresiones de júbilo de los profetas:
Moisés exclamó: «Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación» (Éxodo 15:2).
David cantó: «Dios es mi fortaleza y mi poder, y Él hace perfecto mi camino» (2 Samuel 22:33).
Por medio de Isaías, el Señor prometió: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios; te fortaleceré; sí, te ayudaré; sí, te sostendré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10).
¿Cómo podemos desarrollar esa clase de fe en la fortaleza del Salvador? David dio a las personas de su época un consejo que les repito a ustedes: «Buscad a Jehová y Su poder […] continuamente» (1 Crónicas 16:11). «Bienaventurado el hombre —o la mujer— que tiene en ti sus fuerzas […] Irán de poder en poder» (Salmos 84:5, 7).
Hermanas, fortalézcanse buscando la fuente de la verdadera fortaleza: el Salvador. Vengan a Él. Él las ama. Desea su felicidad y se regocija en sus deseos de vivir con rectitud. Hagan de Él su fortaleza, su compañero diario, su vara y su cayado. Permitan que las consuele. No existe ninguna carga que debamos llevar a solas. Su gracia compensa nuestras deficiencias.
La fortaleza de ustedes fortalecerá a otras personas: sus hijos, su esposo, sus amistades y sus hermanas en el Evangelio. Esa fortaleza regresará de ellos hacia ustedes cuando la necesiten. («Strength in the Savior», Ensign, noviembre de 1993, págs. 95–96).
Aileen H. Clyde: «Porque los montes se moverán y los collados serán quitados, pero no se apartará de ti mi bondad ni será quitado el convenio de mi paz, dice Jehová» (Isaías 54:10; véase también 3 Nefi 22:10).
Ese lenguaje de las Escrituras sobrepasa mi razonamiento y vuelve a llenar mi alma con la realidad del amor de Dios y de la importancia que tenemos para Él. ¿Nos habló de esa manera a nuestras inteligencias durante aquel concilio lejano, cuando comprendimos lo suficiente para escoger seguir a Cristo?
Seguramente fue entonces, antes de nuestra experiencia mortal, cuando comenzamos a cumplir nuestra parte en la edificación de la relación de convenio con el Salvador, la cual resulta esencial para nuestra vida eterna. Creo que en aquel momento escogimos ser guiadas —tal como necesitamos serlo ahora— por Su amoroso cuidado hacia nuestra identidad divina y singular. La decisión que tomamos entonces tuvo una importancia extraordinaria. Ahora, cuando afrontamos encrucijadas y dilemas, podemos acudir nuevamente a esa misma fuente para recibir el valor necesario para avanzar durante nuestro viaje.
«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios; te fortaleceré; sí, te ayudaré; sí, te sostendré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10).
De las muchas bendiciones que he recibido mediante mi conocimiento del evangelio de Cristo, siento mayor gratitud por la doctrina que nos enseña que nuestra vida aquí posee un significado eterno y existe para la gloria de Dios. Ocupamos un lugar central en Su gran obra. Él enseña que, al recibir Su luz, podemos reflejarla en el mundo. («Covenant of Love», Ensign, mayo de 1995, pág. 26).
Joseph B. Wirthlin: Vivimos en tiempos peligrosos. Con frecuencia, la influencia de Satanás parece actuar sin restricciones y ser abrumadora. Recuerden la promesa que Dios ha dado a quienes encienden y mantienen brillantes hogueras de testimonio para contrarrestar a los lobos que nos amenazan. Esta es Su promesa: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios; te fortaleceré; sí, te ayudaré […] te sostendré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10).
La fortaleza de la Iglesia se encuentra en la profundidad y vitalidad del testimonio personal de sus miembros. Los testimonios firmes y seguros marcarán la diferencia entre la fidelidad y el alejamiento.
Testifico que, para disfrutar de una vida feliz, gratificante y espiritual, debemos asegurarnos de que nuestro testimonio se encuentre edificado sobre el fundamento de la fe en el Señor Jesucristo, el arrepentimiento humilde y sincero, y el seguimiento del ejemplo del Salvador. (Conference Report, octubre de 1992, pág. 36).
Isaías 41:11–12 — La oposición no prevalecerá eternamente
«Los que contienden contigo serán como nada y perecerán».
Los enemigos de Israel parecían numerosos, poderosos e invencibles; sin embargo, su dominio sería temporal. El Señor promete que quienes se levantaran para destruir a Su pueblo no prevalecerían definitivamente. Israel buscaría a sus adversarios y no los hallaría, porque ningún imperio, ideología ni poder humano puede frustrar los propósitos eternos de Dios. La oposición puede retrasar, probar o refinar a Sus siervos, pero no puede detener la obra que Él ha determinado realizar.
Esta promesa no autoriza el orgullo, la hostilidad ni el desprecio hacia quienes piensan o creen de manera diferente. Tampoco significa que los discípulos estarán libres de persecución o sufrimiento. Se refiere a la preservación de la obra de Dios y a la derrota final del pecado y de los poderes que procuran destruirla. Los seguidores de Jesucristo no vencen mediante la violencia o la venganza, sino por la fe, la paciencia y la rectitud. Su seguridad descansa en la certeza de que el mal es temporal, mientras que Cristo y Su reino permanecerán para siempre.
Isaías 41:13 — Dios toma a Su pueblo de la mano
«Porque yo, Jehová, soy tu Dios, quien te sostiene de la mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudaré».
La imagen del Rey que gobierna las naciones se transforma aquí en la de un Padre y Guía cercano que toma a Su hijo de la mano. El Dios que dirige la historia también conoce, acompaña y fortalece individualmente a cada persona. Cuando no comprendemos todo el camino ni podemos anticipar lo que vendrá, podemos seguir avanzando sostenidos por Él. Su guía llega mediante el Espíritu Santo, las Escrituras, las palabras de los profetas y aquellas impresiones que están en armonía con la verdad y producen paz duradera.
El Señor repite: «No temas, yo te ayudaré», porque el miedo suele regresar incluso después de haber sentido Su consuelo. Nuestro corazón necesita recordar más de una vez que la ayuda divina continúa disponible. Las promesas repetidas en las Escrituras pueden convertirse en anclas espirituales: memorizarlas, meditarlas y expresarlas con fe nos ayuda a orientar nuevamente hacia Dios los pensamientos dominados por la ansiedad. No siempre recibiremos de inmediato la explicación que deseamos, pero podemos confiar en la mano que nos sostiene y dar con fe el siguiente paso.
Isaías 41:14 — De «gusano de Jacob» a instrumento poderoso
«No temas, gusano de Jacob […] yo te socorreré, dice Jehová, y tu Redentor, el Santo de Israel».
La expresión «gusano de Jacob» comunica pequeñez, vulnerabilidad e incapacidad para defenderse. Israel parecía insignificante frente a los grandes imperios; sin embargo, su debilidad no limitaba el poder de Dios ni anulaba su misión. El Señor no niega nuestra fragilidad, pero tampoco permite que esta determine nuestra identidad ni defina nuestro futuro. Cuando reconocemos humildemente nuestra dependencia de Él, puede transformar nuestras limitaciones en oportunidades para manifestar Su poder y realizar, mediante personas aparentemente débiles, obras que superan ampliamente su capacidad natural.
Jehová se presenta como «tu Redentor, el Santo de Israel». En el mundo antiguo, un redentor podía rescatar a un familiar del cautiverio, recuperar una propiedad perdida o defender la causa de un pariente vulnerable. Al utilizar este título, el Señor declara que Israel le pertenece y que Él mismo intervendrá para rescatarlo y restaurarlo. Esta promesa alcanza su plenitud en Jesucristo: mediante Su sangre expiatoria nos redime del pecado y, mediante Su resurrección, nos libera de la muerte. Por eso, nuestra esperanza no depende de cuán pequeños seamos frente a nuestros problemas, sino de la grandeza y del poder redentor de Aquel que promete socorrernos.
Isaías 41:15–16 — El débil convertido en un instrumento poderoso
«Te he puesto por trillo, trillo nuevo, cortante, con dientes».
El pueblo que anteriormente fue comparado con un gusano ahora es transformado en un instrumento capaz de triturar montes y reducir collados a tamo. Estas elevaciones pueden simbolizar enormes obstáculos, imperios opresores y poderes que parecían imposibles de vencer. El contraste enseña que Dios no está limitado por la fragilidad de Sus siervos. La transformación de Israel no procede de la autosuficiencia, sino del llamamiento y del poder que recibe del Señor. En Sus manos, una persona humilde y aparentemente débil puede superar obstáculos que parecían inamovibles y participar eficazmente en Su obra.
Después de aventar los montes, el viento se lleva el tamo y el torbellino lo esparce. Sin embargo, Israel no debe atribuirse la victoria ni utilizarla para alimentar su orgullo: «Tú te regocijarás en Jehová; te gloriarás en el Santo de Israel». El verdadero gozo se centra en Dios, cuya gracia hizo posible la liberación. Del mismo modo, las respuestas a nuestras oraciones, el progreso espiritual y los logros alcanzados con ayuda divina deben producir humildad y gratitud, no sentimientos de superioridad. Somos instrumentos en las manos del Señor; el poder que transforma, la victoria que permanece y toda la gloria pertenecen a Jesucristo.
Isaías 41:17 — Dios escucha al pobre y al sediento
«Los afligidos y menesterosos buscan agua, y no la hay; seca está de sed su lengua; yo, Jehová, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los desampararé».
El Señor ve a quienes carecen de los recursos más esenciales y escucha el clamor de quienes el mundo suele ignorar. No considera insignificante su sed ni permanece indiferente ante su sufrimiento. Aunque la respuesta divina no siempre llegue en la forma o en el momento esperado, la promesa «no los desampararé» asegura que los necesitados nunca quedan fuera de Su compasión. Este versículo también invita a los discípulos de Jesucristo a convertirse en instrumentos de esa respuesta, atendiendo las necesidades físicas, emocionales y espirituales de los demás.
El agua representa asimismo la revelación, la esperanza y la vida espiritual que proceden de Dios. Hay momentos en que el alma se siente como una tierra seca, sin respuestas ni fuerzas para continuar. Cuando buscamos sinceramente al Señor, Él promete escucharnos y proporcionarnos el agua viva del Evangelio de Jesucristo. El Salvador no solamente alivia la sed temporal; renueva el corazón, comunica verdad mediante el Espíritu Santo y concede una vida espiritual que puede sostenernos incluso en medio del desierto.
Isaías 41:18–19 — Ríos en las cumbres y árboles en el desierto
«Abriré ríos en las cumbres desoladas y fuentes en medio de los valles; convertiré el desierto en estanques de agua y la tierra seca en manantiales».
Dios no se limita a conducir al sediento hacia una fuente ya existente; promete crear agua precisamente donde parecía imposible encontrarla. Los ríos aparecen en las alturas desoladas, los manantiales brotan en la tierra seca y el desierto se llena de cedros, olivos, arrayanes y otros árboles. Esta transformación representa la restauración de Israel, pero también revela el poder creador del Señor: Él puede proporcionar vida, esperanza y crecimiento en circunstancias que parecían completamente estériles.
La gracia de Jesucristo no solamente mejora de manera superficial nuestra situación; puede crear posibilidades verdaderamente nuevas. El Salvador puede transformar un corazón endurecido, renovar una fe debilitada y convertir una experiencia dolorosa en una fuente de compasión y servicio. Quizá no elimine inmediatamente todo desierto de nuestra vida, pero puede hacer que en medio de él broten revelación, fortaleza y fruto espiritual. Donde nosotros vemos únicamente sequedad y limitación, Cristo ve el lugar en el que puede comenzar una obra de renovación y abundancia.
Orson Pratt: ¿Se menciona algo acerca de este desierto en las profecías? Sí. Podemos encontrar muchas profecías en Isaías, en los Salmos de David y en otros profetas que predicen que, aproximadamente en la época de la venida del Señor, «el desierto y el lugar solitario se alegrarán por ellos» (Isaías 35:1), y que «el desierto se regocijará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente y también se alegrará con gozo y cánticos» (Isaías 35:1–2).
Isaías también declara: «Jehová consolará a Sion; consolará todos sus lugares desolados; convertirá su desierto en Edén y su soledad en huerto de Jehová; se hallarán en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto» (Isaías 51:3). También declara que haría «brotar manantiales de agua en el desierto» y que «el lugar reseco se convertiría en estanques de aguas vivas» (Isaías 41:18; Doctrina y Convenios 133:29).
¿Cómo ha sido, hermanos? Apelo a quienes conocen este territorio y estuvieron aquí en 1847. Muchos de ustedes saben que, en lugares donde entonces había apenas un pequeño manantial, suficiente para regar alrededor de dos mil metros cuadrados, ahora existe agua suficiente para regar terrenos capaces de sostener a varios centenares de familias. Este es un cumplimiento literal de la profecía que declara que «el lugar reseco se convertirá en estanques de aguas vivas» (Doctrina y Convenios 133:29). (Journal of Discourses, 17:317).
Isaías 41:18–19 — Ríos en las cumbres y árboles en el desierto
«Abriré ríos en las cumbres desoladas y fuentes en medio de los valles; convertiré el desierto en estanques de agua y la tierra seca en manantiales».
Dios no se limita a conducir al sediento hacia una fuente ya existente; promete crear agua precisamente donde parecía imposible encontrarla. Los ríos aparecen en las alturas desoladas, los manantiales brotan en la tierra seca y el desierto se llena de cedros, olivos, arrayanes y otros árboles. Esta transformación representa la restauración de Israel, pero también revela el poder creador del Señor: Él puede proporcionar vida, esperanza y crecimiento en circunstancias que parecían completamente estériles.
La gracia de Jesucristo no solamente mejora de manera superficial nuestra situación; puede crear posibilidades verdaderamente nuevas. El Salvador puede transformar un corazón endurecido, renovar una fe debilitada y convertir una experiencia dolorosa en una fuente de compasión y servicio. Quizá no elimine inmediatamente todo desierto de nuestra vida, pero puede hacer que, en medio de él, broten revelación, fortaleza y fruto espiritual. Donde nosotros vemos únicamente sequedad y limitación, Cristo ve el lugar en el que puede comenzar una obra de renovación y abundancia.
Isaías 41:21–23 — Los ídolos son llamados a demostrar su poder
«Presentad vuestra causa […] declaradnos lo que ha de venir».
Jehová convoca nuevamente a los ídolos y a sus adoradores ante un tribunal, desafiándolos a presentar evidencias de su supuesto poder. Deben explicar el significado de los acontecimientos pasados, revelar lo que sucederá en el futuro o realizar alguna obra, buena o mala, que demuestre que realmente existen y pueden intervenir. Sin embargo, permanecen en silencio porque carecen de conocimiento, vida y poder. Isaías pone al descubierto la inutilidad de confiar en aquello que ha sido creado por manos humanas.
La profecía establece una diferencia fundamental entre el Dios viviente y los ídolos. Jehová conoce el curso completo de la historia, anuncia acontecimientos antes de que sucedan y actúa para cumplir Sus convenios; los objetos fabricados no pueden hablar, responder ni salvar. Este contraste también nos invita a examinar nuestros propios objetos de confianza. Todo aquello que ocupa el lugar de Dios, pero que no puede ofrecernos verdad, redención ni vida eterna, terminará decepcionándonos. Solamente Jesucristo conoce el fin desde el principio y posee poder para dirigirnos hacia un futuro seguro.
Isaías 41:21–23 — Los ídolos son llamados a demostrar su poder
«Presentad vuestra causa […] declaradnos lo que ha de venir».
Jehová convoca nuevamente a los ídolos y a sus adoradores ante un tribunal, desafiándolos a presentar evidencias de su supuesto poder. Deben explicar el significado de los acontecimientos pasados, revelar lo que sucederá en el futuro o realizar alguna obra, buena o mala, que demuestre que realmente existen y pueden intervenir. Sin embargo, permanecen en silencio porque carecen de conocimiento, vida y poder. Isaías pone al descubierto la inutilidad de confiar en aquello que ha sido creado por manos humanas.
La profecía establece una diferencia fundamental entre el Dios viviente y los ídolos. Jehová conoce el curso completo de la historia, anuncia acontecimientos antes de que sucedan y actúa para cumplir Sus convenios; los objetos fabricados no pueden hablar, responder ni salvar. Este contraste también nos invita a examinar nuestros propios objetos de confianza. Todo aquello que ocupa el lugar de Dios, pero que no puede ofrecernos verdad, redención ni vida eterna, terminará decepcionándonos. Solamente Jesucristo conoce el fin desde el principio y posee poder para dirigirnos hacia un futuro seguro.
Isaías 41:25 — Dios levanta instrumentos históricos
«Del norte desperté a uno, y vendrá; del nacimiento del sol invocará mi nombre».
Como en el versículo 2, esta figura puede relacionarse con Ciro de Persia. Aunque su reino se encontraba al oriente, su avance militar hacia Babilonia podía contemplarse desde el norte, siguiendo las rutas naturales utilizadas por los ejércitos. Dios emplearía sus conquistas para derribar gobernantes, poner fin al dominio babilónico y preparar la liberación de los judíos cautivos. Lo que desde una perspectiva humana parecía una sucesión de acontecimientos políticos formaba parte de una obra que el Señor había anunciado con anticipación.
El Señor puede actuar mediante gobernantes y personas que no comprenden plenamente la función que desempeñan dentro de Su plan. Su soberanía le permite encauzar acontecimientos históricos hacia el cumplimiento de Sus propósitos sin destruir el albedrío humano ni aprobar todas las acciones de quienes utiliza. Esto nos enseña a no confundir un llamamiento providencial con una aprobación absoluta de la persona. Dios puede hacer avanzar Su obra aun en medio de decisiones imperfectas y circunstancias políticas complejas.
Isaías 41:26 — La profecía distingue a Jehová de los ídolos
«¿Quién lo declaró desde el principio, para que lo sepamos?».
Ninguno de los ídolos había anunciado anticipadamente esos acontecimientos ni podía explicar su significado. Su silencio contrasta con la voz de Jehová, quien reveló mediante Sus profetas el levantamiento de un conquistador y la futura liberación de Su pueblo. Al cumplirse Su palabra, quedaría demostrado que los sucesos históricos no habían sorprendido a Dios y que solamente Él conocía el fin desde el principio.
La profecía verdadera no se concede para satisfacer la curiosidad, fomentar especulaciones ni proporcionar todos los detalles del futuro. Su propósito principal es testificar que Dios vive, conoce lo que vendrá, gobierna la historia y cumple Sus convenios. También prepara a Su pueblo para actuar con fe y reconocer Su mano cuando llegue el cumplimiento. Por ello, las profecías deben acercarnos a Jesucristo, fortalecer nuestra confianza en Sus promesas e inspirarnos a vivir preparados, no a sentir temor.
Isaías 41:27 — Buenas nuevas para Jerusalén
«A Jerusalén daré un portador de buenas nuevas».
Después de la amenaza, el cautiverio y la dispersión, Dios promete enviar a Jerusalén un mensajero que anunciará liberación y restauración. Las buenas nuevas confirmarían que Jehová no había olvidado a Sion ni abandonado Sus convenios. La disciplina y el sufrimiento no serían el final de la historia de Israel; el Señor ya estaba preparando el camino para su regreso y había anunciado la liberación antes de que ocurriera.
En su sentido más pleno, las buenas nuevas son el Evangelio de Jesucristo. Él proclama libertad a los cautivos del pecado, perdón al arrepentido, sanidad al corazón quebrantado, resurrección a los muertos y recogimiento para Israel. Quienes reciben este mensaje también son llamados a convertirse en portadores de buenas nuevas. Al testificar del Salvador y servir con amor, anuncian a una humanidad afligida que Dios no la ha olvidado y que, gracias a Cristo, la desolación nunca tiene que ser el final de su historia.
Isaías 41:27 — Buenas nuevas para Jerusalén
«A Jerusalén daré un portador de buenas nuevas».
Después de la amenaza, el cautiverio y la dispersión, Dios promete enviar a Jerusalén un mensajero que anunciará liberación y restauración. Las buenas nuevas confirmarían que Jehová no había olvidado a Sion ni abandonado Sus convenios. La disciplina y el sufrimiento no serían el final de la historia de Israel; el Señor ya estaba preparando el camino para su regreso y había anunciado la liberación antes de que ocurriera.
En su sentido más pleno, las buenas nuevas son el Evangelio de Jesucristo. Él proclama libertad a los cautivos del pecado, perdón al arrepentido, sanidad al corazón quebrantado, resurrección a los muertos y recogimiento para Israel. Quienes reciben este mensaje también son llamados a convertirse en portadores de buenas nuevas. Al testificar del Salvador y servir con amor, anuncian a una humanidad afligida que Dios no la ha olvidado y que, gracias a Cristo, la desolación nunca tiene que ser el final de su historia.
Isaías 41:29 — He aquí, todos son vanidad, y las obras de ellos nada son. ¡Viento y vanidad son sus imágenes fundidas!
«En la antigüedad, las consecuencias de la adoración de ídolos eran graves: las ciudades de los idólatras serían destruidas, sus tierras quedarían desoladas y el pueblo sería dispersado (véase Levítico 26:30–33). Se advirtió a Israel que las imágenes eran “vanidad” y “obra de errores”, y que “no hay aliento en ellas” (Jeremías 10:14–15). La adoración de imágenes talladas dividía el corazón (véase Oseas 10:2), y quienes las adoraban se corromperían a sí mismos (véase Deuteronomio 4:16). Isaías llamó a las imágenes “viento y confusión” (Isaías 41:29).
»Esas consecuencias continúan vigentes. La adoración de imágenes modernas todavía produce confusión, corrupción y un corazón dividido. Puesto que las posesiones materiales no pueden salvarnos, confiar en ellas finalmente conducirá a una dispersión personal que nos alejará de Dios y de Su reino. Los siguientes relatos verídicos ilustran las consecuencias de colocar las cosas del mundo por encima de Dios en nuestra vida:
• “Tengo un amigo que era un vendedor talentoso, pero comenzó a utilizar los domingos para vender. A medida que alcanzaba mayor éxito, perdió su testimonio. Ahora menosprecia las ‘absurdas’ tradiciones religiosas. Esto ha afectado a toda su familia. No son una familia feliz, pero tienen dinero. Él adoró el dinero y ahora se encuentra maldecido por él”.
• “Conozco a un joven que ha dedicado su vida al fisicoculturismo y ahora posee músculos enormes. No fue a la misión porque temía perder la condición física que estaba desarrollando”.
• “Conozco a una mujer que, durante su adolescencia, colocó el alcohol y las drogas por encima del Señor. Más tarde, sus obsesiones destruyeron su matrimonio y fueron transmitidas a sus hijos. Con el tiempo, comprendió que necesitaba cambiar su vida. Regresó a la Iglesia y finalmente fue al templo. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Su adoración de imágenes talladas se refleja en la manera en que sus hijos están viviendo”.
»La clave para contrarrestar la influencia de las imágenes modernas consiste en mantener el corazón centrado en Dios. Si lo hacemos, viviremos en armonía con los verdaderos propósitos de la vida». (Dennis Largey, «Refusing to Worship Today’s Graven Images», Ensign, febrero de 1994, págs. 10–11).


























