Isaías 58
El ayuno que transforma la adoración en justicia
Isaías 58 enseña que el ayuno verdadero une inseparablemente la adoración a Dios con la justicia hacia el prójimo. El pueblo se privaba de alimento y parecía buscar al Señor, pero al mismo tiempo oprimía a sus trabajadores, discutía y hería. Dios rechazó esa contradicción porque una práctica religiosa no puede considerarse santa cuando convive voluntariamente con la injusticia. El ayuno escogido por Él desata las ligaduras de la maldad, rompe los yugos, alimenta al hambriento, viste al necesitado y recibe al pobre. La abstinencia adquiere significado espiritual cuando abre el corazón y las manos hacia quienes sufren.
Estas obras no compran bendiciones ni sustituyen la Expiación de Jesucristo. Son frutos de un corazón que está siendo transformado por Su gracia. Cuando dejamos de oprimir, señalar con el dedo y hablar vanidad, y comenzamos a extender nuestra alma al afligido, el Señor promete que nuestra luz nacerá en las tinieblas, que nos guiará continuamente y fortalecerá nuestros huesos. Cristo convierte vidas estériles en «huertos de riego» y llama a Sus discípulos a ser «reparadores de brechas» y «restauradores de caminos», personas que sanan relaciones, reconstruyen comunidades y abren sendas para que otros regresen a Dios.
El capítulo concluye con el día de reposo porque tanto el ayuno como el día santo nos enseñan a salir del egoísmo. En el ayuno renunciamos voluntariamente a algo para acercarnos al Señor y compartir con quien tiene necesidad; en el día de reposo dejamos nuestros intereses ordinarios para deleitarnos en Jehová, renovar convenios y servir. Juntos forman un modelo de discipulado integral: una vida que adora a Dios, cuida al prójimo y permite que Jesucristo transforme la religión exterior en una relación viva de convenio.
Isaías 58:1 — La voz profética que despierta al arrepentimiento
«Alza tu voz como trompeta, y declara a mi pueblo su transgresión». El Señor manda a Isaías hablar con fuerza y claridad porque el pueblo conservaba una apariencia de devoción mientras practicaba la injusticia. En la antigüedad, la trompeta advertía de un peligro inminente y permitía que las personas se prepararan. Del mismo modo, la voz profética debía atravesar la falsa tranquilidad del pueblo y revelar una amenaza espiritual que muchos no querían reconocer. Cuando el pecado se vuelve común o se disfraza de religiosidad, una advertencia suave o ambigua puede no ser suficiente para despertar la conciencia.
La corrección profética no busca avergonzar, humillar ni condenar por placer. Su propósito es despertar, proteger y conducir al arrepentimiento antes de que las consecuencias sean mayores. El amor verdadero no guarda silencio cuando una conducta está destruyendo espiritualmente a las personas, pero tampoco utiliza la verdad como arma para herirlas. Jesucristo une perfectamente claridad y compasión: denuncia el pecado sin disminuir el valor del pecador y extiende siempre una invitación para regresar, recibir perdón y comenzar una vida nueva.
Isaías 58:2 — Cuando buscar a Dios se convierte en apariencia
«Me buscan cada día y quieren saber mis caminos, como nación que hubiese hecho justicia». El pueblo participaba regularmente en prácticas religiosas y aparentaba disfrutar de la cercanía de Dios. Consultaba Su voluntad, realizaba ayunos y mantenía una imagen de devoción, pero su conducta cotidiana contradecía aquello que profesaba. El problema no estaba en buscar al Señor cada día, sino en hacerlo sin permitir que Su palabra examinara y transformara verdaderamente el corazón.
También nosotros podemos estudiar las Escrituras, orar, asistir a reuniones y participar en ordenanzas sin dejar que esas experiencias cambien la manera en que tratamos a los demás. La actividad religiosa, por sí sola, no equivale necesariamente a conversión. La adoración auténtica une la devoción a Dios con la justicia, la misericordia y el amor hacia Sus hijos. Cuando nos acercamos sinceramente a Jesucristo, Su influencia debe hacerse visible en nuestra honradez, en el trato que damos al vulnerable y en nuestra disposición a arrepentirnos y servir.
Isaías 58:3 — Un ayuno que transforma los deseos y las relaciones
«¿Por qué ayunamos y no hiciste caso?». El pueblo consideraba el ayuno como una transacción: ofrecía un sacrificio y esperaba que Dios respondiera de acuerdo con sus deseos. Cuando no recibía el resultado esperado, acusaba al Señor de no prestar atención. Sin embargo, el ayuno no es una técnica para controlar la voluntad divina ni una moneda con la cual comprar bendiciones. Su propósito es acercarnos a Dios, profundizar nuestra humildad y permitir que Jesucristo transforme nuestros deseos para que lleguen a estar en armonía con los Suyos.
El Señor descubre la contradicción de quienes, mientras ayunaban, oprimían a sus trabajadores. Se privaban de alimento, pero seguían explotando a las personas que dependían de ellos; por eso, su sacrificio religioso no producía justicia en sus relaciones económicas. Dios no acepta una piedad que ignora el trato dado a empleados, pobres o personas vulnerables. La espiritualidad también se demuestra mediante la honradez, la remuneración justa y el respeto por la dignidad del trabajador. El ayuno verdadero debe ablandar el corazón y ayudarnos a reconocer que no podemos buscar la misericordia divina mientras negamos justicia y compasión al prójimo.
Robert J. Matthews: El tono de estos primeros versículos recuerda al de Malaquías: «¿En qué te hemos robado?… En los diezmos y las ofrendas» (Malaquías 3:7–9). En los días de Isaías, la pregunta sería: «¿En qué hemos pecado? En el ayuno y en la observancia del día de reposo». Isaías es llamado a mostrar al pueblo su transgresión e invitarlo a arrepentirse, pero ellos confían en su apariencia externa de religiosidad. Como los zoramitas, afirman ser una nación justa que no ha abandonado las ordenanzas de su Dios. Se imaginan que «se deleitan en acercarse» a Dios y que «lo buscan diariamente». Guardan el ayuno, pero lo hacen con una mala actitud: «¿Por qué hemos ayunado? ¿Qué sentido tiene? ¡Esto es una tortura!». Como un adolescente que cree que morirá si sigue ayunando, se abstienen de alimentos, pero no comprenden el propósito.
«[El Señor] dijo que los israelitas estaban ayunando por razones equivocadas. Si ayunas por las razones correctas, la promesa es que llegarás a ser “como un huerto de riego”.
El Señor está hablando de cómo debemos cuidar nuestra alma, y una de las maneras de hacerlo es mediante el ayuno apropiado. No encontraremos en ninguna parte de la Biblia una explicación del ayuno más completa o directa que la de Isaías 58. Si la unimos a lo que tenemos en el Nuevo Testamento, a lo que Jesús dice acerca de cómo ayunar y cómo no hacerlo, y reunimos estas enseñanzas, tendremos las mejores enseñanzas de las Escrituras sobre el propósito, la manera, la forma y las bendiciones del ayuno». (Escritos seleccionados de Robert J. Matthews [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1999], págs. 208–209).
Henry B. Eyring: A muchos niños, y a algunos adultos, por razones personales, puede resultarles difícil ayunar durante veinticuatro horas. En palabras de Isaías, pueden sentir que el ayuno ha «afligido [su] alma». Los padres sabios reconocen esa posibilidad y, por lo tanto, procuran seguir el consejo del presidente Joseph F. Smith: «Es mejor enseñarles el principio y dejar que lo observen cuando tengan edad suficiente para escoger inteligentemente».
Hace poco vi la bendición de ese consejo. Uno de mis nietos había considerado que un ayuno de veinticuatro horas superaba su capacidad de resistencia. Sin embargo, sus sabios padres seguían inculcando el principio en su corazón. Recientemente, uno de sus amigos de la escuela perdió a un primo pequeño en un accidente. El día de ayuno, aproximadamente a la hora en que siempre había sentido que era demasiado difícil continuar ayunando, mi nieto le preguntó a su madre si continuar su ayuno ayudaría a que su amigo afligido se sintiera mejor.
Su pregunta confirmó el consejo del presidente Joseph F. Smith. Mi nieto había llegado al punto en que no solo comprendía el principio del ayuno, sino que este también había sido sembrado en su corazón. Había llegado a sentir que su ayuno y sus oraciones conducirían a una bendición de Dios para alguien necesitado. Si vive ese principio con suficiente frecuencia, producirá los maravillosos efectos en su propia vida que el Señor ha prometido. Tendrá la bendición espiritual del poder para recibir inspiración y una mayor capacidad para resistir la tentación. («¿No es este el ayuno que yo escogí?», Ensign, mayo de 2015).
Isaías 58:4 — El ayuno que debe transformar el carácter
«Para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño de iniquidad». Aunque el pueblo se privaba de alimento, el ayuno no había suavizado su carácter ni cambiado su manera de relacionarse con los demás. Continuaba discutiendo, actuando con violencia y procurando imponer su voluntad. Privarnos de comida sin controlar el enojo, la lengua o el orgullo no cumple el propósito espiritual del ayuno. El verdadero sacrificio debe aumentar el dominio propio, ablandar el corazón y despertar el deseo de pedir perdón, reparar el daño y buscar la reconciliación.
«No ayunéis como lo hacéis hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto». El problema no era que Dios careciera de capacidad para escuchar, sino que la conducta del pueblo contradecía sus oraciones. Pedían bendiciones sin permitir que el ayuno transformara su corazón ni su trato hacia el prójimo. Las prácticas religiosas pierden su verdadero poder cuando se separan del arrepentimiento. Dios no desea solamente escuchar nuestras peticiones; quiere santificar a quienes las formulan. En Jesucristo, el ayuno puede convertirse en una oportunidad para reconocer nuestras faltas, recibir gracia y aprender a vivir en paz con Dios y con los demás.
Isaías 58:5 — La apariencia externa no sustituye la transformación interior
«¿Es este el ayuno que yo escogí?». Inclinar la cabeza, vestirse de cilicio y acostarse sobre ceniza eran señales visibles de humillación y arrepentimiento. Estas expresiones podían acompañar una devoción sincera, pero también podían convertirse en una representación religiosa destinada a parecer humilde sin que existiera un cambio interior. El Señor cuestiona un ayuno concentrado en la apariencia mientras el orgullo, la injusticia y la dureza continúan gobernando el corazón.
Dios no condena todas las manifestaciones externas de adoración. La oración, el ayuno, las ordenanzas y otras prácticas sagradas poseen verdadero valor cuando expresan fe y nos conducen hacia Jesucristo. Sin embargo, su autenticidad se reconoce por el fruto que producen: mayor humildad, dominio propio, misericordia y justicia hacia el prójimo. La adoración exterior cumple su propósito cuando permite que la gracia del Salvador transforme nuestra conducta y haga visible el cambio que está ocurriendo dentro del corazón.
Aquí viene la lección: «¡No han comprendido el propósito!». Los judíos habían utilizado los días de ayuno para buscar su propio placer y oprimir, para contender y discutir, para la violencia y la maldad. Su manera de observar el ayuno estaba muy lejos de ser la correcta. Se sentían afligidos, oprimidos y torturados por el hambre, hasta que descargaban su malestar sobre los demás. Ese sentimiento es común entre quienes no comprenden. Satanás fomenta la pregunta: «¿Por qué Dios nos obliga a hacer esto? ¿Quiere que suframos y seamos desdichados? ¡Odio los días de ayuno!».
Los versículos 4 y 5 son la respuesta del Señor a quienes se quejaban en los días de Isaías. El Señor plantea algunas preguntas retóricas acerca del propósito del ayuno: «¿Creen que el propósito del ayuno es hacerse desdichados? ¿Lamentarse, sufrir y desear estar muertos? ¿Sentarse sobre cilicio y ceniza y sentir lástima de sí mismos?».
Marion G. Romney: La eficacia de nuestro ayuno depende de [cuidar de los pobres]. Así habló el Señor al antiguo Israel. «¿Por qué hemos ayunado —clamaban ellos—, y no hiciste caso? ¿Por qué hemos afligido nuestras almas, y no te diste por enterado?».
Porque —fue la respuesta— no observan el ayuno que yo mandé. Es cierto que inclinan sus cabezas como un junco y extienden cilicio y ceniza debajo de sus pies, pero no comparten su pan con el hambriento, ni proporcionan alojamiento a los pobres, ni cubren al desnudo. (Conference Report, octubre de 1954, sesión de la tarde, pág. 68).
Gordon B. Hinckley: No es una carga abstenerse de dos comidas al mes y dar su valor para ayudar a cuidar de los pobres. Más bien, es una bendición. La observancia de este principio no solo traerá beneficios físicos, sino también espirituales. Nuestro programa del día de ayuno y de las ofrendas de ayuno es tan sencillo y tan hermoso que no puedo comprender por qué las personas de todas partes no lo adoptan. (Enseñanzas de Gordon B. Hinckley [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1997], págs. 217–218).
Joseph F. Smith: Ahora bien, aunque la ley requiere que los santos de todo el mundo ayunen «de tarde a tarde» y se abstengan tanto de alimentos como de bebidas, se puede ver fácilmente en las Escrituras, y especialmente en las palabras de Jesús, que es más importante obtener el verdadero espíritu de amor hacia Dios y hacia el hombre, «pureza de corazón y sencillez de intención», que cumplir con la fría letra de la ley. El Señor ha establecido el ayuno sobre una base razonable e inteligente, y ninguna de Sus obras es vana ni imprudente. Su ley es perfecta en esto, como en las demás cosas. (Doctrina del Evangelio, compilado por John A. Widtsoe [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1939], pág. 243).
Isaías 58:6 — El ayuno que participa en la obra liberadora de Cristo
«¿No es más bien el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de la maldad?». El ayuno verdadero mueve al discípulo a combatir aquello que mantiene atadas a las personas. Esto comienza al reconocer y abandonar nuestro propio pecado, pero también incluye ayudar a disminuir la injusticia, el abuso y las dependencias que esclavizan a otros. Jesucristo es quien rompe definitivamente las cadenas del pecado y de la muerte. Al ayunar con fe, reconocemos nuestra dependencia de Él, recibimos mayor fortaleza para arrepentirnos y nos disponemos a participar en Su obra de liberación.
El Señor también manda «soltar las cargas de opresión». La religión nunca debe emplearse para añadir pesos injustos sobre quienes ya sufren ni para justificar el dominio, la explotación o la indiferencia. Dios nos invita a reconocer las cargas que las decisiones humanas han colocado sobre los demás y a actuar para aliviarlas. La compasión cristiana no se limita a observar el dolor o sentir lástima; procura comprender qué está oprimiendo al prójimo y busca, con sabiduría y respeto, una manera concreta de disminuir esa carga.
«Dejar libres a los quebrantados y romper todo yugo». El yugo simboliza esclavitud, dominio y cargas impuestas que dañan la dignidad humana. El Señor relaciona directamente el ayuno con la liberación de quienes han sido heridos por esas condiciones. Quizás no tengamos autoridad o recursos para resolver grandes injusticias, pero podemos comenzar evitando toda forma de opresión, defendiendo a quien recibe un trato injusto y utilizando nuestra influencia para servir. Cada yugo que ayudamos a romper se convierte en testimonio de Jesucristo, quien vino a sanar a los quebrantados y proclamar libertad a los cautivos.
Spencer J. Condie: Se prometen grandes bendiciones a quienes ayunan. Por medio del profeta Isaías, el Señor planteó una pregunta importante, seguida de profundas promesas: «¿No es este el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de la maldad, deshacer las cargas pesadas, y dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo?» (Isaías 58:6).
Cuando subordinamos nuestras necesidades y deseos físicos a los dictados del Espíritu, accedemos a una fortaleza espiritual superior a la nuestra. Si estamos sujetos a malos hábitos o a pensamientos poco bondadosos, podemos romper las ligaduras de la debilidad o de la maldad mediante el ayuno. Nuestro corazón se llenará de amor y de perdón, y podremos seguir adelante con nuestra vida después de haber roto «todo yugo». (Ensign, septiembre de 1995, pág. 22).
Henry B. Eyring: Así pues, el Señor nos ha dado un mandamiento sencillo con una promesa maravillosa. En la Iglesia de hoy se nos ofrece la oportunidad de ayunar una vez al mes y dar una generosa ofrenda de ayuno, por medio de nuestro obispo o presidente de rama, para beneficio de los pobres y los necesitados. Parte de lo que ustedes den se utilizará para ayudar a quienes los rodean, quizás a alguien de su propia familia. Los siervos del Señor orarán y ayunarán para recibir la revelación que les permita saber a quién ayudar y qué ayuda brindar. Lo que no se necesite para ayudar a las personas de su unidad local de la Iglesia estará disponible para bendecir a otros miembros de la Iglesia que estén necesitados en diversas partes del mundo…
Otras tormentas y tragedias sobrevendrán en el mundo a personas a quienes el Señor ama y cuyos pesares Él siente. Parte de la ofrenda de ayuno de ustedes y de la mía de este mes se utilizará para ayudar a alguien, en algún lugar, cuyo alivio el Señor sentirá como si fuera el Suyo propio.
Su ofrenda de ayuno hará más que ayudar a alimentar y vestir cuerpos. Sanará y cambiará corazones. El fruto de una ofrenda voluntaria puede ser el deseo, en el corazón de quien la recibe, de tender la mano a otras personas necesitadas. Eso sucede en todo el mundo. («¿No es este el ayuno que yo escogí?», Ensign, mayo de 2015).
Shayne M. Bowen: Nuestro Padre nos librará de las ligaduras de la maldad, aliviará nuestras cargas pesadas y dejará libres a los oprimidos. De hecho, promete darnos el poder para romper todo yugo. ¡Qué promesa de fortaleza: tener el poder para romper todo yugo!
El ayuno adecuado y constante puede ayudarnos a vencer pecados, malos hábitos y adicciones. ¿Hay alguno de nosotros que no desee ser liberado de las cargas personales que lleva? El ayuno nos permite valernos de este poder limpiador y purificador.
La clave consiste en desarrollar la fe y la fortaleza espiritual necesarias para recibir las bendiciones del ayuno. («Ayunar con poder», Ensign, abril de 2009).
Isaías 58:7 Un ayuno que comparte, recibe y preserva la dignidad
«Que compartas tu pan con el hambriento». El alimento que voluntariamente dejamos de consumir durante el ayuno debe recordarnos a quienes padecen hambre sin haberlo escogido. El sacrificio personal se transforma en misericordia cuando los recursos ahorrados se emplean para aliviar una necesidad real. La ofrenda de ayuno da forma concreta a este principio: renunciamos voluntariamente a algo para que otra persona pueda recibir alimento y ayuda. Así, el ayuno deja de ser una experiencia centrada únicamente en nosotros y se convierte en una expresión del amor de Jesucristo.
El Señor también manda que «a los pobres errantes alojes en tu casa» y que, al ver al desnudo, lo cubras. Estas palabras dirigen nuestra atención hacia quienes están desplazados, carecen de refugio o han quedado fuera de la seguridad comunitaria. Aplicarlas requiere prudencia, límites adecuados y medios responsables, pero nunca indiferencia. Podemos apoyar refugios, colaborar con organizaciones confiables y ayudar a quienes buscan estabilidad. Asimismo, cubrir al desnudo no significa solamente satisfacer una necesidad material, sino proteger la dignidad de quien recibe ayuda, evitando exponerlo, avergonzarlo o tratarlo como inferior.
Finalmente, el Señor ordena: «No te escondas del que es tu propia carne». La expresión puede referirse a familiares necesitados y, en un sentido más amplio, a la humanidad que compartimos como hijos de Dios. No debemos apartar la mirada de quienes poseen un derecho moral a nuestra atención. El ayuno nos recuerda que el sufrimiento ajeno no es un espectáculo distante, sino una invitación a ejercer responsabilidad fraternal. Cuando vemos, sentimos y actuamos conforme a nuestras posibilidades, llegamos a ser instrumentos del Salvador para alimentar, recibir y cubrir a los miembros de Su familia.
Thomas S. Monson: El concepto de las ofrendas de ayuno aparece ya en la época de Isaías, quien, al hablar del verdadero ayuno, alentó a las personas a ayunar y a «compartir tu pan con el hambriento, y… acoger en tu casa a los pobres desamparados». El profeta José instituyó la práctica de recoger ofrendas de ayuno para los pobres en Kirtland, Ohio; y más adelante, en Nauvoo, Illinois, el Cuórum de los Doce Apóstoles envió una carta general a la Iglesia en la que definía «el principio de los ayunos» y declaraba: «Que esto sirva de ejemplo a todos los santos, y nunca faltará el pan: Cuando los pobres estén pasando hambre, que quienes tengan ayunen un día y entreguen a los obispos, para los pobres, lo que de otro modo habrían comido, y todos tendrán abundancia por mucho tiempo; este es un gran e importante principio de los ayunos aprobado por el Señor. Y mientras todos los santos vivan este principio con corazones alegres y semblantes gozosos, siempre tendrán abundancia».
Los profetas de nuestros días han sido igualmente específicos. Harold B. Lee aconsejó: «Cuando se piensa en ello, hay tanto que se promete en el Evangelio y tan poco que se requiere de nuestra parte… Mediante el ayuno y el pago de nuestras ofrendas de ayuno, se nos dice que entonces podremos invocar al Señor, y Él oirá nuestro clamor y nuestro llamado».
El sucesor del presidente Lee en la Presidencia de la Iglesia, el presidente Spencer W. Kimball, dijo: «Deseamos recordar a todos los santos las bendiciones que provienen de observar el ayuno regular y de contribuir con una ofrenda de ayuno tan generosa como podamos y estemos en condiciones de dar. Siempre que nos sea posible, debemos dar varias veces el valor de las comidas de las que nos abstuvimos». (Ensign, noviembre de 1996, pág. 46).
Heber J. Grant: Permítanme prometerles aquí, hoy, que si los Santos de los Últimos Días, como pueblo, observan de manera honrada y concienzuda el ayuno mensual de ahora en adelante… y si, además, pagan un diezmo íntegro, se resolverán todos los problemas relacionados con el cuidado de los Santos de los Últimos Días…
Toda alma viviente entre los Santos de los Últimos Días que ayune dos comidas una vez al mes se beneficiará espiritualmente y se fortalecerá en la fe del evangelio del Señor Jesucristo —recibirá un beneficio espiritual maravilloso—, y los obispos tendrán en sus manos los recursos suficientes para cuidar de todos los pobres. (Normas del Evangelio, compilado por G. Homer Durham [Salt Lake City: Improvement Era, 1941], pág. 123).
Spencer W. Kimball: A veces hemos sido un poco mezquinos y hemos calculado que desayunamos un huevo, que costó tantos centavos, y entonces damos eso al Señor. Creo que, cuando gozamos de prosperidad económica, como muchos de nosotros, debemos ser muy, muy generosos…
Creo que debemos… dar, en lugar de la cantidad que ahorramos al ayunar dos comidas, quizás mucho, muchísimo más: diez veces más cuando estemos en condiciones de hacerlo. (Las enseñanzas de Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball [Salt Lake City: Bookcraft, 1982], pág. 146).
Brigham Young: Deseamos que los Santos de los Últimos Días se reúnan en sus respectivos edificios, construidos para ese propósito, en el día señalado para el ayuno, y que lleven consigo parte de sus bienes para alimentar a los pobres y a los hambrientos que hay entre nosotros y, si es necesario, vestir al desnudo. Esperamos ver allí a las hermanas, pues por lo general son las primeras y las más destacadas en las obras de caridad y bondad. Que se alegren los corazones de los pobres, y que sus oraciones y acciones de gracias asciendan a Dios y reciban como respuesta abundantes bendiciones sobre nuestras cabezas. (Discursos de Brigham Young, seleccionados y organizados por John A. Widtsoe [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1954], pág. 169).
Isaías 58:8 — Luz, sanidad y protección en el camino del convenio
«Entonces nacerá tu luz como el alba». Cuando la adoración se transforma en justicia, misericordia y servicio, la oscuridad espiritual comienza a retroceder. La luz puede aparecer gradualmente, como el amanecer, iluminando el camino con una claridad cada vez mayor. El servicio no compra revelación ni obliga a Dios a bendecirnos, pero cultiva una disposición compatible con el Espíritu. Al cuidar a los hijos de Dios, nuestro corazón se aproxima al carácter de Jesucristo y se vuelve más sensible a Su dirección.
«Tu salud se manifestará pronto». La expresión puede comunicar restauración, recuperación y sanidad. El ayuno acompañado de rectitud puede traer fortaleza espiritual y, conforme a la voluntad de Dios, otras formas de renovación. Sin embargo, esta promesa no debe interpretarse como garantía de curación física inmediata ni como acusación contra quien continúa enfermo. La sanidad divina puede manifestarse como paz, arrepentimiento, capacidad para perseverar, fortaleza emocional o ayuda médica eficaz; y toda sanidad alcanzará finalmente su plenitud mediante la Resurrección de Jesucristo.
«Irá tu rectitud delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia». La rectitud abre el camino mientras la presencia de Dios protege la parte posterior, una imagen que recuerda a Israel durante el éxodo, rodeado por la protección divina. El discípulo no avanza solo hacia un futuro desconocido ni queda indefenso ante aquello que ha dejado atrás. Jesucristo puede guiar sus pasos hacia adelante y protegerlo de los antiguos pecados, temores y cautiverios que intentan reclamarlo nuevamente.
L. Tom Perry: También hay evidencia de efectos beneficiosos para la salud derivados del ayuno periódico. Algunos experimentos han demostrado que el ayuno periódico no solo favorece una vida más larga, sino que también fomenta una actividad más vigorosa en las etapas posteriores de la vida. (Véase Science News, 1 de diciembre de 1979, pág. 375).
El ayuno también es una de las mejores maneras de desarrollar nuestra disciplina y nuestro dominio propio. Platón dijo: «La primera y mejor victoria es conquistarse a uno mismo; ser vencido por uno mismo es, de todas las cosas, lo más vergonzoso y vil». (Las leyes, libro I, sección 626E).
El ayuno nos ayuda a aprender el dominio propio. Nos ayuda a adquirir la disciplina que necesitamos para tener control sobre nosotros mismos.
Una vez más podemos concluir que, si somos sabios al seguir la ley del ayuno del Señor, también recibiremos beneficios físicos. («La ley del ayuno», Ensign, mayo de 1986, págs. 32–33).
Spencer W. Kimball: Hace algún tiempo, una hermana me dijo: «¿Por qué, hermano Kimball, quienes hacen menos para edificar el reino parecen prosperar más? Nosotros conducimos un Ford; nuestros vecinos, un Cadillac. Nosotros observamos el día de reposo y asistimos a nuestras reuniones; ellos juegan al golf, cazan, pescan y se divierten. Nosotros nos abstenemos de lo prohibido, mientras que ellos comen, beben, se regocijan y no se imponen restricciones…».
Entonces le dije a la desconsolada hermana: «Pero para recibir muchas recompensas no tiene que esperar hasta el día del juicio. Usted tiene muchas bendiciones hoy. Tiene una familia de hijos encantadores y justos. ¡Qué rica recompensa por los supuestos sacrificios! Las bendiciones que usted disfruta no pueden comprarse con toda la riqueza de su vecino»…
Entonces [si vives estos mandamientos] nacerá tu luz como el alba, y tu sanidad brotará pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.
Entonces invocarás, y Jehová responderá; clamarás, y él dirá: Heme aquí…
…entonces nacerá tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad será como el mediodía.
Y Jehová te guiará continuamente, y saciará tu alma en tiempos de sequía, y fortalecerá tus huesos; y serás como un huerto de riego y como un manantial cuyas aguas nunca faltan. (Isaías 58:8–11).
¿Qué más podría pedir alguien? La compañía del Señor, luz y conocimiento, salud y vigor, la guía constante del Señor como un manantial eterno que nunca se agota. ¿Qué más podría desear?
Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos;
y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar.
Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará. Amén. (Doctrina y Convenios 89:19–21).
La paz, el gozo, la satisfacción, la felicidad, el progreso y el contentamiento vienen al vivir rectamente los mandamientos de Dios. Quien se deleita en todos los lujos mundanos de hoy a expensas de la espiritualidad vive solo para el momento. Su día llegará. La retribución es segura. (La fe precede al milagro [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1972], pág. 223)
Isaías 58:9 — El Dios que responde «Heme aquí»
«Invocarás, y te responderá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí». El pueblo se había quejado de que Dios no respondía a sus ayunos, pero el Señor explica que la comunión con Él no puede separarse de una vida reconciliada con la justicia y la misericordia. La expresión «Heme aquí» comunica presencia, cercanía y disposición para ayudar. El Dios eterno no permanece distante ante el clamor del discípulo que procura vivir sus convenios, servir al necesitado y corregir sinceramente sus propios caminos.
La promesa está acompañada por una condición: «Si quitas de en medio de ti el yugo». No basta con condenar la opresión lejana mientras conservamos formas de dominio, manipulación o injusticia dentro del hogar, el trabajo, la Iglesia o la comunidad. El yugo debe ser retirado «de en medio de ti». El arrepentimiento comienza dentro de nuestro propio ámbito de influencia, al examinar con humildad si nuestras decisiones alivian las cargas de otras personas o las hacen más pesadas. Jesucristo nos invita a abandonar toda manera de ejercer poder que disminuya la dignidad del prójimo.
El Señor también manda dejar «el señalar con el dedo y el hablar vanidad». Señalar representa la acusación, el desprecio y la búsqueda constante de culpables, mientras que hablar vanidad incluye palabras falsas, maliciosas o degradantes. Esto no significa ignorar el pecado ni eliminar la responsabilidad; significa corregir con verdad y amor, sin utilizar las faltas ajenas para sentirnos superiores. La boca que clama a Dios también debe aprender a hablar con honestidad y caridad. Un ayuno completo disciplina tanto el apetito como el lenguaje, dejando atrás la murmuración, la calumnia y toda conversación que hiere.
Harold B. Lee: Estamos diciendo a los santos: Cuán importante es que observen esta ley fundamental de ayunar y compartir su pan con el hambriento mediante sus contribuciones, para que, cuando invoquen, el Señor responda; cuando clamen, el Señor diga: «Heme aquí». (Las enseñanzas de Harold B. Lee [Salt Lake City: Bookcraft, 1996], pág. 206).
Isaías 58:10 — Extender el alma y hacer nacer la luz
«Si extiendes tu alma al hambriento». Dios pide algo más profundo que entregar recursos de manera distante o impersonal. Extender el alma significa ofrecer atención, compasión, tiempo y respeto junto con la ayuda material. La ministración cristiana no contempla al necesitado como un problema que debe resolverse rápidamente, sino como un hijo de Dios que merece ser conocido, escuchado y amado. Jesucristo no solo entrega dones; se entrega a Sí mismo, y nos invita a servir siguiendo ese mismo modelo.
«Y sacias al alma afligida». Algunas hambres no pueden aliviarse únicamente con alimento o dinero. La soledad, el duelo, el rechazo y la desesperanza necesitan escucha, compañía y la esperanza que se encuentra en Cristo. El discípulo no pregunta solamente: «¿Qué necesita esta persona?», sino también: «¿Cómo puedo ayudarla a sentirse vista, comprendida y amada?». Saciar al afligido requiere sensibilidad para reconocer las heridas invisibles y disposición para permanecer a su lado aun cuando no podamos resolver inmediatamente su dolor.
«En las tinieblas nacerá tu luz». El Señor no promete que toda oscuridad desaparecerá antes de que demos el siguiente paso; puede hacer que la luz nazca en medio de la misma situación difícil. El servicio misericordioso suele iluminar tanto a quien recibe como a quien ofrece. Cuando salimos del ensimismamiento para extender el alma al prójimo, nuestra perspectiva cambia y comenzamos a reconocer la presencia de Dios. La luz de Jesucristo crece dentro de nosotros mientras ayudamos a llevarla a la vida de los demás.
Isaías 58:11 — Guiados, fortalecidos y convertidos en una fuente de bendición
«Jehová te guiará siempre». La promesa no se limita a un instante ocasional de inspiración, sino que ofrece dirección constante a quienes procuran vivir la ley de misericordia del Señor. Esa guía llega conforme a Su tiempo y sabiduría, y no siempre revela de una vez todo el trayecto. Con frecuencia, Dios concede suficiente luz para reconocer y dar el siguiente paso. Caminar por fe significa confiar en que Jesucristo conoce el camino completo, aun cuando nosotros solo podamos ver una pequeña parte.
«En las sequías saciará tu alma y dará vigor a tus huesos». La sequía representa temporadas en las que faltan recursos visibles, consuelo, respuestas o claridad. El Señor puede sostenernos interiormente aun cuando las circunstancias externas continúen siendo difíciles. Los huesos simbolizan la estructura y la fortaleza más profunda de la persona; por eso, la promesa habla de una renovación que alcanza aquello que nos mantiene en pie. La gracia de Cristo puede manifestarse como resistencia espiritual, esperanza recuperada y capacidad para seguir amando y sirviendo en medio del cansancio.
«Serás como huerto de riego y como manantial cuyas aguas nunca faltan». Un huerto irrigado recibe agua constante y produce fruto aun cuando la tierra circundante está seca. De igual manera, quien permanece conectado con Dios puede conservar la vida espiritual y convertirse en una bendición para otros. El propósito no es guardar toda el agua para uno mismo: el huerto produce alimento y belleza, y el manantial permite que otros beban. Esa fuente no se origina en nuestra capacidad limitada, sino en Jesucristo. Para servir sin agotarnos completamente, necesitamos regresar continuamente a Él, la fuente de agua viva.
Thomas S. Monson: [Cita Isaías 58:6–11]… Hace algunos años acompañé al presidente Hugh B. Brown (1883–1975), consejero de la Primera Presidencia, en una visita a la Misión de Samoa. Los miembros y los misioneros de Samoa Americana nos habían informado de que una grave sequía había puesto en peligro su suministro de agua, hasta el punto de que nuestras capillas y nuestra escuela tendrían que cerrar si no llovía pronto. Nos pidieron que uniéramos nuestra fe a la de ellos.
Las señales de la sequía estaban por todas partes cuando salimos del aeropuerto de Pago Pago y nos dirigimos a la escuela de Mapusaga. El sol brillaba intensamente; no había ni una nube en el cielo azul. Los miembros se regocijaron al comenzar la reunión. Quien ofreció la primera oración agradeció a nuestro Padre Celestial que hubiéramos llegado sanos y salvos, con la certeza de que, de algún modo, traeríamos la lluvia deseada. Cuando el presidente Brown se levantó para hablar, pronto las nubes que se estaban formando ocultaron el sol. Entonces escuchamos el estruendo de un trueno y vimos el destello de un relámpago. Los cielos se abrieron. Cayó la lluvia. La sequía terminó.
Más tarde, en el aeropuerto, mientras nos preparábamos para el breve vuelo a Samoa Occidental, el piloto del pequeño avión dijo al personal de tierra: «Este es el fenómeno meteorológico más extraño que he visto. No hay ni una nube en el cielo, excepto sobre la escuela mormona de Mapusaga. ¡No lo entiendo!».
El presidente Brown me dijo: «Esta es tu oportunidad. Ve y ayúdalo a entender». Así lo hice. («Edifica tu hogar eterno», Ensign, octubre de 1999, pág. 4).
Harold B. Lee: En una ocasión, cuando visitaba una de las estacas de Arizona, el presidente y los obispos de esa estaca y de otras estacas de la zona se habían reunido para analizar la intensa sequía que prevalecía en la región. Había estado tan seco durante los dos o tres años anteriores que habían sufrido grandes pérdidas en sus cosechas. El nivel de sus embalses era demasiado bajo para proporcionar suficiente agua de riego, y estaban en una situación tan precaria que corrían el riesgo de perder sus granjas. Celebraron un día de ayuno y oración y suplicaron al Señor que les concediera lluvia para aliviar sus circunstancias desesperadas. Entonces comenzó a llover, y yo estaba allí cuando los miembros de la presidencia recordaron a los santos que, por primera vez desde que se habían construido los embalses, el agua rebosaba la presa. El Señor había escuchado las oraciones de aquellos santos.
Si llega un momento en que las cosas no van bien y no pueden tomar una decisión sobre algún asunto, casi siempre es una señal clara de que no están orando lo suficiente. Quizás deberían ayunar un poco. (Las enseñanzas de Harold B. Lee [Salt Lake City: Bookcraft, 1996], pág. 124).
John H. Vandenberg: Y Jehová te guiará continuamente —o el Espíritu Santo dirigirá tu vida diaria—, y saciará tu alma en tiempos de sequía —esta es tu seguridad personal en momentos de necesidad y dificultad—, y fortalecerá tus huesos —creo que esto tiene que ver con la salud; en los huesos hay médula, y la médula produce la sangre que es vital para la fortaleza y el bienestar del cuerpo—; y serás como un huerto de riego y como un manantial cuyas aguas nunca faltan —o la inspiración y la sabiduría fluirán de ti continuamente—. (Conference Report, abril de 1963, sesión de la tarde, pág. 29).
Isaías 58:12 — Reedificadores, reparadores y restauradores
«Los tuyos edificarán las ruinas antiguas». Los frutos de la rectitud pueden extenderse mucho más allá de una sola vida y bendecir a las generaciones futuras. Quienes viven la verdadera religión ayudan a reparar daños acumulados y a reconstruir comunidades quebrantadas por años de negligencia, pecado o injusticia. Jesucristo puede utilizar a Su pueblo para restaurar testimonios debilitados, hogares heridos, relaciones rotas e instituciones que han perdido su propósito. Aunque no siempre podamos recuperar exactamente lo que existía antes, el Salvador puede edificar algo nuevo y santo sobre los fundamentos que todavía permanecen.
«Serás llamado reparador de brechas». Una abertura en el muro dejaba expuesta a toda la ciudad; repararla significaba devolver protección y seguridad a la comunidad. Espiritualmente, las brechas pueden aparecer donde se han debilitado la fe, la confianza, la verdad o el cuidado de los vulnerables. Los discípulos ayudan a cerrarlas cuando reconcilian a quienes están divididos, enseñan la verdad con amor, fortalecen a las familias y atienden a quienes han quedado desprotegidos. Reparar no consiste en ocultar el daño, sino en reconocerlo y trabajar con Cristo para restaurar aquello que el pecado ha quebrado.
«Restaurador de calzadas para habitar». Las calzadas permiten la conexión, el regreso y la vida compartida; al restaurarlas, se abren nuevamente caminos que habían quedado destruidos o inutilizables. Ayudamos a restaurar sendas espirituales cuando facilitamos que otras personas regresen a Jesucristo sin imponerles tropiezos innecesarios. Una palabra de bienvenida, una enseñanza clara, una oportunidad de arrepentimiento o un acompañamiento paciente pueden convertirse en parte de ese camino. El Señor no solo nos llama a habitar en Sion, sino también a reconstruir las vías por las que otros podrán llegar hasta ella.
Isaías 58:13 — Honrar y llamar delicia al día de reposo
«Retraes del día de reposo tu pie». Retraer el pie expresa dejar de tratar el día del Señor como un terreno destinado a los mismos intereses y actividades que ocupan el resto de la semana. El día de reposo debe distinguirse mediante nuestras prioridades, decisiones y deseos. Esto no significa observarlo con ansiedad legalista ni reducirlo a una lista rígida de prohibiciones, sino apartar voluntariamente un espacio sagrado para Dios, la familia, la adoración, el descanso y el servicio.
El Señor nos invita a llamar «delicia» al día de reposo. No fue dado como una carga triste, sino como un regalo de renovación física y espiritual, comunión con Dios y fortalecimiento de los convenios. Para llegar a considerarlo una delicia, necesitamos sustituir la pregunta «¿qué no puedo hacer?» por «¿cómo puedo acercarme hoy a Jesucristo y bendecir a otras personas?». Cuando el Salvador ocupa el centro del día, sus límites dejan de sentirse solamente como restricciones y comienzan a proteger una experiencia de paz, gratitud y gozo.
«No andando en tus propios caminos ni buscando tu propia voluntad, ni hablando tus propias palabras». Durante el día santo colocamos temporalmente en segundo plano muchos intereses personales para recordar que nuestra vida pertenece a Dios. Esta disciplina semanal reordena el corazón y nos ayuda a examinar si nuestras actividades están gobernadas por Cristo o por una preocupación constante por nosotros mismos. También nuestras palabras pueden honrar el día al expresar gratitud, enseñar, consolar y dirigir el corazón hacia verdades eternas. Esto no exige que toda conversación sea formal o religiosa, sino que evitemos palabras y contenidos que nos aparten del propósito sagrado del día.
Russell M. Nelson: No buscar tu «propio placer» en el día de reposo requiere autodisciplina. Quizás tengas que privarte de algo que te gustaría hacer. Si eliges deleitarte en el Señor, no te permitirás tratar ese día como cualquier otro. Las actividades rutinarias y recreativas pueden realizarse en otro momento. (Conference Report, abril de 2015, pág. 142).
Quentin L. Cook: Durante los últimos seis meses ha ocurrido un cambio sumamente notable en la Iglesia. Se ha manifestado en la respuesta de los miembros al renovado énfasis de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce sobre el día de reposo, y a la invitación del presidente Russell M. Nelson de hacer del día de reposo una delicia. [Véase Isaías 58:13–14; véase también Russell M. Nelson, «El día de reposo es una delicia», Ensign o Liahona, mayo de 2015, págs. 129–132]. Muchos miembros comprenden que santificar verdaderamente el día de reposo es un refugio contra las tormentas de esta vida. También es una señal de nuestra devoción a nuestro Padre Celestial y de una mayor comprensión del carácter sagrado de la reunión sacramental. Aún nos queda mucho por recorrer, pero hemos tenido un comienzo maravilloso. Invito a todos a seguir aceptando este consejo y a mejorar nuestra adoración en el día de reposo. (Conference Report, octubre de 2015, pág. 42).
M. Russell Ballard: El reciente énfasis en hacer del día de reposo una delicia es resultado directo de la inspiración del Señor por medio de los líderes de la Iglesia. Los miembros del consejo de barrio deben ayudar al obispado con varias semanas de anticipación, revisando la música y los temas que se hayan recomendado para cada reunión sacramental.
Todos somos bendecidos cuando el día de reposo está lleno de amor por el Señor, tanto en el hogar como en la Iglesia. Cuando se enseña a nuestros hijos en los caminos del Señor, aprenden a sentir Su Espíritu y a responder a Él. Todos desearemos asistir cada domingo para participar de la Santa Cena cuando sintamos el Espíritu del Señor. Y todos, jóvenes y mayores, que lleven cargas pesadas sentirán la fortaleza espiritual y el consuelo que provienen de un día de reposo dedicado a contemplar con devoción a nuestro Padre Celestial y al Señor Jesucristo.
Afortunadamente, Cristo siempre está cerca, esperando y dispuesto a ayudarnos cuando oramos pidiendo ayuda y estamos dispuestos a arrepentirnos y venir a Él. (Conference Report, octubre de 2015, pág. 27).
Isaías 58:14 — Deleitarse en Jehová y recibir la heredad del convenio
«Entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra y te daré a comer la heredad de Jacob, tu padre, porque la boca de Jehová lo ha hablado».
El propósito final del día de reposo no consiste solamente en aprender a disfrutar una jornada particular, sino en llegar a encontrar nuestro mayor gozo en Dios. Al apartarnos de las preocupaciones ordinarias para adorar, participar de la Santa Cena, servir y fortalecer a la familia, educamos espiritualmente nuestros deseos. Cuando centramos el día santo en Jesucristo, la obediencia deja de sentirse como una simple obligación y se convierte gradualmente en delicia, comunión y renovación.
«Cabalgar sobre las alturas» representa victoria, protección y una perspectiva espiritual elevada. El Señor puede levantarnos por encima de temores, tentaciones y preocupaciones que limitan nuestra visión. Esta promesa no significa que observar mecánicamente un día garantice prosperidad o exaltación. Describe las bendiciones de una vida de convenio centrada en Cristo, de la cual la santificación del día de reposo es una señal constante.
La «heredad de Jacob» comprende las promesas del convenio: identidad como pueblo de Dios, recogimiento, posteridad, comunión con Él y bendiciones eternas. Guardar el día de reposo demuestra que escogemos pertenecer al Señor y recordar los convenios que nos vinculan con Jesucristo. Estas bendiciones no se obtienen por mérito independiente, sino mediante la gracia del Salvador y una respuesta fiel. La certeza final descansa en la declaración: «La boca de Jehová lo ha hablado»; por eso, Sus promesas son tan firmes como Su propio carácter.


























