Isaías 40
Consuelo, esperanza y fuerzas renovadas en Jesucristo
Isaías 40 abre una gran sección profética de consuelo y restauración. Después del juicio, la destrucción y el exilio, Dios anuncia que no ha abandonado a Su pueblo: ofrece perdón, prepara su regreso y promete la venida del Mesías. Una voz clama en el desierto para preparar el camino del Señor, mientras Sion recibe el mandato de proclamar las buenas nuevas: «¡He aquí vuestro Dios!». La gloria de Jehová será manifestada y toda carne la verá. Este mensaje enseña que la disciplina y el cautiverio no tienen que ser el final de nuestra historia. Mediante Jesucristo, el Señor puede abrir un camino en nuestros desiertos, restaurar lo perdido y conducirnos nuevamente a Su presencia.
El capítulo presenta al Salvador mediante dos imágenes que parecen opuestas, pero que se complementan perfectamente. Jesucristo es el Rey soberano que viene con poder y gobierna con autoridad; al mismo tiempo, es el Pastor compasivo que recoge a los corderos, los lleva junto a Su pecho y guía con ternura a quienes necesitan cuidado. Él es el Creador que mide las aguas, extiende los cielos y llama a cada estrella por su nombre, pero también es el Dios cercano que conoce nuestras lágrimas, comprende nuestras debilidades y da fuerzas al cansado. Su poder infinito garantiza que puede salvarnos, y Su amor perfecto nos asegura que desea hacerlo.
Por eso Israel no debe decir: «Mi camino está escondido de Jehová». El Dios eterno no se fatiga, no pierde de vista a Sus hijos ni deja de comprender sus circunstancias. Quienes esperan en Él pueden renovar sus fuerzas, no necesariamente porque desaparezcan inmediatamente sus cargas, sino porque reciben poder divino para soportarlas y seguir avanzando. En Jesucristo podemos remontarnos como las águilas en momentos de renovación espiritual, correr cuando recibimos fuerzas abundantes y continuar caminando cuando la fidelidad consiste sencillamente en dar el siguiente paso sin abandonar el camino. Esperar en el Señor no es permanecer inactivos, sino confiar, perseverar y avanzar con la certeza de que Su gracia nos sostendrá.
Isaías 40:1–2 — El consuelo de Dios después del arrepentimiento
«Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios».
Después de extensas profecías de juicio, Isaías abre una nueva sección marcada por la consolación, la restauración y la esperanza mesiánica. La repetición de «consolad» expresa la intensidad del deseo de Dios de sanar a Su pueblo y confirma que, a pesar de sus pecados y del exilio, Israel todavía le pertenece: Él lo llama «mi pueblo» y se presenta como «vuestro Dios». Jerusalén había sufrido las consecuencias de su rebelión, pero su aflicción no duraría para siempre. La disciplina divina no constituye la última palabra del Señor; mediante Jesucristo, Él ofrece perdón, restauración y regreso a la relación de convenio.
La invitación «hablad al corazón de Jerusalén» describe un mensaje personal, tierno y persuasivo. Dios no se comunica solamente mediante advertencias severas; también se acerca al corazón herido para asegurarle que existe esperanza después del pecado, propósito después del sufrimiento y un futuro después del arrepentimiento. El consuelo del Evangelio no niega la gravedad de la iniquidad ni minimiza sus consecuencias. Proclama que la Expiación de Jesucristo es suficiente para perdonar al arrepentido, sanar sus heridas y transformar su historia. En el Salvador, la culpa puede dar lugar a la paz, el cautiverio a la libertad y la separación a una relación renovada con Dios.
Isaías 40:3 — Preparar el camino para recibir al Rey
«Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino de Jehová».
En la antigüedad se nivelaban y despejaban los caminos para recibir la llegada de un rey. Proféticamente, esta voz se cumplió en Juan el Bautista, quien preparó al pueblo para el ministerio de Jesucristo mediante la predicación del arrepentimiento y el bautismo. Su misión enseñó que el camino para recibir al Salvador no se prepara principalmente mediante ceremonias exteriores, sino por medio de corazones humildes, pecados abandonados y vidas dispuestas a hacer convenios con Dios.
Esta invitación también se aplica a nuestra preparación personal y colectiva para la Segunda Venida. Preparar el camino de Jehová significa retirar del corazón los obstáculos que impiden recibirlo —el orgullo, la incredulidad, el pecado y la indiferencia— y enderezar nuestras decisiones de acuerdo con Su voluntad. También implica ayudar a otros a conocer el Evangelio y reconocer a Jesucristo como su Rey y Redentor. Cada acto de arrepentimiento, servicio, testimonio y fidelidad contribuye a preparar un pueblo dispuesto a recibir al Señor.
Isaías 40:4 — El Salvador prepara y transforma el corazón
«Todo valle será alzado, y todo monte y collado serán bajados».
Isaías describe la preparación de un camino real para la llegada del Señor: los valles serían elevados, los montes reducidos y el terreno accidentado convertido en una senda transitable. Espiritualmente, los valles pueden representar el desaliento, la humillación y el sentimiento de indignidad; los montes y collados pueden simbolizar el orgullo, la autosuficiencia y los obstáculos que levantamos contra Dios. Jesucristo eleva al abatido y enseña humildad al soberbio, llevando a ambos hacia la reconciliación con Él.
Esta transformación se produce mediante el arrepentimiento y la gracia del Salvador. Él puede enderezar nuestros deseos torcidos y suavizar los lugares ásperos de nuestro carácter, pero espera que le permitamos trabajar en nosotros. Preparar el camino del Señor significa abandonar el pecado, entregar el orgullo y aceptar la corrección que nivela nuestra vida con Su voluntad. Así, lo que antes impedía Su entrada puede convertirse en un camino por el cual Su presencia, Su paz y Su gloria lleguen a nuestro corazón.
Isaías 40:5 — La gloria de Jehová será manifestada
«Se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá».
La primera venida de Jesucristo manifestó la gloria de Dios mediante Su vida perfecta, Sus milagros, Sus enseñanzas, Su sacrificio expiatorio y Su resurrección. Sin embargo, muchos no reconocieron esa gloria porque el Salvador vino con humildad, sin el esplendor político y militar que esperaban. En Su Segunda Venida, la gloria del Mesías será revelada de manera universal e innegable. Toda la humanidad reconocerá que Jesucristo es el Señor, el Rey prometido y el Redentor del mundo.
El cumplimiento de esta promesa no depende de la aceptación humana, porque «la boca de Jehová ha hablado». La incredulidad, el paso del tiempo y la oposición de las naciones no pueden frustrar la palabra de Dios. Esta certeza debe inspirarnos no solo a esperar la venida de Cristo, sino también a prepararnos para ella. Quienes aprenden a reconocer Su gloria ahora —en las Escrituras, en los convenios, en Su gracia y en la obra silenciosa del Espíritu— estarán preparados para recibir con gozo el día en que toda carne la contemple.
Isaías es conocido por sus profecías acerca del Mesías. Sin embargo, casi nunca distingue entre la Primera y la Segunda Venida. En los primeros cinco versículos de este capítulo, el texto pasa de los días de Isaías a la época de Juan el Bautista y Jesucristo, y luego a los días de la Segunda Venida.
Juan el Bautista preparó el camino para la Primera Venida del Mesías. La gloria del Señor fue revelada a los galileos cuando sus muertos fueron levantados, los enfermos fueron sanados y los demonios fueron expulsados. Como dijo Isaías, los galileos, «el pueblo que andaba en tinieblas, vio gran luz» (Isaías 9:1–2). Ellos vieron revelada la gloria de Jesús de Nazaret, pero la Escritura no se cumplió completamente durante el ministerio terrenal de Cristo.
Parley P. Pratt: En estos versículos —Isaías 40:1–5— aprendemos, primeramente, que se oirá la voz de alguien en el desierto para preparar el camino del Señor, precisamente cuando Jerusalén haya sido hollada por los gentiles el tiempo suficiente para recibir de manos del Señor el doble por todos sus pecados; sí, cuando la guerra de Jerusalén haya terminado y sus iniquidades hayan sido perdonadas.
Entonces se hará esta proclamación, tal como Juan el Bautista la hizo anteriormente; sí, habrá una segunda proclamación para preparar el camino del Señor para Su segunda venida. En esa época, todo valle será elevado, todo monte y collado serán rebajados, lo torcido será enderezado y los lugares ásperos serán allanados. Entonces la gloria del Señor será revelada y toda carne juntamente la verá, porque la boca del Señor lo ha dicho…
Después de restaurar la Tierra al mismo estado glorioso en el cual existió originalmente —rebajando los montes, elevando los valles, allanando los lugares ásperos, haciendo fructíferos los desiertos y reuniendo todos los continentes y las islas—, se quitará la maldición, de modo que ya no se producirán hierbas nocivas, espinos ni cardos.
Lo siguiente será regular y restaurar la creación animal a su antiguo estado de paz y gloria, haciendo que desaparezca la enemistad de la Tierra. Sin embargo, esto nunca acontecerá hasta que se derrame una destrucción general sobre la humanidad, la cual limpiará por completo la Tierra y barrerá toda iniquidad de su faz. (Voice of Warning, 1846, págs. 95–97).
David B. Haight: Testificamos a todo el mundo, tal como lo hicieron los apóstoles de la antigüedad, que este mismo Jesús, que fue llevado al cielo mientras los hombres lo contemplaban, regresará; regresará con poder y gran gloria, acompañado por las huestes celestiales. En aquel día, «la gloria de Jehová será revelada, y toda carne juntamente la verá».
Sin embargo, antes de aquel día, tal como predijeron los profetas, debe producirse en los últimos días la restauración de todas las cosas y la plenitud del Evangelio, con todos sus poderes salvadores, debe ser devuelta a la Tierra (véase Hechos 3:20–21). (Conference Report, abril de 1983, pág. 11).
Debemos examinar cuidadosamente las Escrituras y nuestras ideas preconcebidas acerca de cómo ocurrirán los acontecimientos. Las Escrituras declaran que «toda carne juntamente la verá», lo cual significa que la Segunda Venida será un acontecimiento mundial contemplado por todos. Aunque solamente unas pocas personas presenciaron la ascensión del Señor, ¡el mundo entero será testigo de Su descenso! (Hechos 1:9–11).
Aparecerá una gran señal en el cielo, y todos los pueblos la verán juntamente…
Y el velo del cielo se desplegará como se despliega un pergamino después de haberse enrollado, y el rostro del Señor será descubierto (Doctrina y Convenios 88:93–95).
Entonces los judíos podrán contemplar a su Dios. ¡Cuán diferente es esta doctrina de los falsos Cristos que aparecen en secreto!
Jesús enseñó: «Si alguno os dijere: He aquí está el Cristo, o allí, no lo creáis […] Si os dijeren: He aquí, está en el desierto, no salgáis; he aquí, está en las habitaciones secretas, no lo creáis» (Mateo 24:23, 26). «Y además, de cierto os digo que el Hijo del Hombre no viene en forma de mujer, ni de hombre que viaja por la tierra. Por tanto, no seáis engañados» (Doctrina y Convenios 49:22–23).
La pregunta permanece: ¿cómo vendrá? La respuesta se encuentra en Hechos 1:11. Regresará desde los cielos de la misma manera en que ascendió, acompañado por ángeles, poder y gloria. Será claramente visible, porque «toda carne me verá juntamente» (Doctrina y Convenios 101:23). «Porque así como el relámpago sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mateo 24:27).
Isaías 40:6–8 — Lo temporal se marchita, pero la palabra de Dios permanece
«Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo […] mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre».
Isaías compara la vida humana con la hierba y la gloria mortal con una flor que pronto se marchita. La belleza, la fuerza, la fama, las riquezas y el poder poseen una duración limitada; incluso los grandes imperios que parecen invencibles terminan desapareciendo. Esta imagen no busca declarar que la vida carezca de valor, sino enseñarnos a reconocer su fragilidad y a no edificar nuestra identidad sobre aquello que el tiempo puede alterar o destruir.
La palabra de Dios, en cambio, no envejece, no pierde autoridad ni queda anulada por los cambios culturales. Sus promesas, mandamientos y convenios permanecen porque proceden de un Dios eterno que no cambia. Edificar nuestra vida sobre Su palabra nos proporciona estabilidad en un mundo donde las opiniones, las tendencias, las instituciones y las circunstancias varían constantemente. Todo lo mortal acabará marchitándose, pero la verdad revelada por el Señor y la vida eterna que recibimos mediante Jesucristo permanecen para siempre.
D. Kelly Ogden: «En los Salmos y en los escritos del profeta Isaías vemos que la hierba se utiliza como símbolo, uno que permanece hasta el final de ambos Testamentos» (véanse Salmos 103:15–16 e Isaías 40:6–8).
«La hierba representaba la naturaleza transitoria del ser humano. Con las intensas lluvias del invierno, la hierba florece y extiende su alfombra verde y aterciopelada incluso sobre el desierto estéril; pero con una ráfaga del khamsin —el viento del desierto— desaparece. Las hojas están llenas de vida y vigor durante una semana, y a la siguiente ya no existen. Así es la vida del hombre» (D. Kelly Ogden, «A Sampler of Biblical Plants», Ensign, agosto de 1990, pág. 36).
Gordon B. Hinckley: En algunas ocasiones ha sido muy interesante reflexionar sobre lo que aprendí durante mis años escolares. Muchas de las cosas que aprendí entonces fueron muy buenas y me han ayudado a lo largo de los años. De aquellas experiencias proceden hábitos, disciplina y muchas otras cosas que han bendecido mi vida.
Sin embargo, algunas veces me he visto obligado a reevaluar lo que aprendí durante aquellos días. Algunos asuntos que se presentaban de una manera bastante dogmática casi han llegado a convertirse en ficción. En la medicina, la física y la química han cambiado algunos criterios. En las ciencias políticas y el derecho han cambiado las actitudes. En la literatura y el arte se han modificado las normas. En todo aquel panorama educativo se han producido cambios y modificaciones, en todas partes excepto en las verdades eternas de Dios.
Hace muchos siglos, uno de los grandes profetas de lo que llamamos el Antiguo Testamento —el volumen de Escrituras que estudiaremos este año— dio un consejo que se aplica de una manera inspiradora al panorama que he descrito: «La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Isaías 40:8). («Pillars of Truth», Ensign, enero de 1994, pág. 2).
Isaías 40:9 — Sion proclama: «¡He aquí al Dios vuestro!»
«Súbete sobre un monte alto, anunciadora de buenas nuevas de Sion».
Después de recibir el mensaje de consuelo y restauración, Sion no debe guardarlo para sí misma. El Señor le manda subir a un lugar visible, levantar la voz con fuerza y proclamar sin temor: «¡He aquí al Dios vuestro!». El monte alto simboliza una posición desde la cual el testimonio puede ser visto y escuchado. Quienes han experimentado el perdón, la sanación y la ayuda divina reciben también la responsabilidad de anunciar que Dios no ha abandonado a Sus hijos y que la esperanza está disponible mediante Jesucristo.
Las buenas nuevas del Evangelio se centran en el Salvador. La obra misional no consiste principalmente en promover una cultura, defender una institución o llamar la atención hacia nosotros mismos, sino en ayudar al mundo a mirar a Jesucristo y reconocer quién es Él y lo que ha hecho. Proclamar «¡He aquí al Dios vuestro!» significa testificar de Su expiación, Su resurrección, Su poder para perdonar y Su deseo de reunir a Su pueblo. Compartimos el Evangelio con valentía, pero también con humildad, porque el mensajero no es el centro del mensaje: toda verdadera proclamación dirige la mirada hacia Cristo.
Isaías 40:10 — El Rey que viene con poder
«Jehová el Señor vendrá con poder, y su brazo gobernará».
Isaías anuncia que la venida del Mesías no solo traerá consuelo, sino también autoridad, justicia y gobierno. El «brazo» de Jehová simboliza el poder de Jesucristo para salvar a Su pueblo, vencer toda oposición y establecer Su reino. En Su primera venida, el Salvador apareció con humildad y permitió que muchos rechazaran Su autoridad; cuando regrese en gloria, Su identidad como Rey de reyes y Señor de señores será manifestada universalmente. Ningún poder humano podrá impedir el cumplimiento de Sus propósitos.
El Señor vendrá con Su recompensa y juzgará perfectamente las obras de cada persona. Su juicio no será arbitrario, porque Él conoce nuestras acciones, intenciones, oportunidades y deseos más profundos. Para quienes se arrepienten y hacen convenios con Él, Su llegada no debe ser solamente motivo de temor, sino de esperanza: el mismo brazo que derriba la injusticia es también el que rescata, protege y sostiene a los fieles. Prepararnos para Su venida significa someternos hoy a Su gobierno, confiar en Su poder salvador y permitir que Su justicia y misericordia gobiernen nuestra vida.
Isaías 40:10–11 — El Rey poderoso y el Pastor compasivo
Isaías presenta dos imágenes complementarias de Jesucristo. El versículo 10 lo muestra como el Rey que viene con poder y cuyo brazo gobierna; el versículo 11 lo revela como el Pastor que utiliza ese mismo brazo para recoger y sostener a los corderos. En Él, la majestad y la ternura no se contradicen. Su poder no amenaza a quienes confían en Él, sino que garantiza que puede protegerlos, vencer a sus enemigos espirituales y conducirlos con seguridad hacia Su redil. El brazo que gobierna las naciones es también el que sostiene al débil.
«Como pastor apacentará su rebaño». Jesucristo alimenta, guía, vigila y defiende a Su pueblo. Proporciona alimento espiritual por medio de Su palabra, Sus ordenanzas y Su Espíritu. Pertenecer a Su rebaño no significa perder nuestra individualidad, porque el Buen Pastor conoce personalmente a Sus ovejas, comprende sus necesidades y las llama por su nombre. Los corderos representan a quienes son jóvenes, débiles, nuevos en la fe o incapaces de avanzar al mismo ritmo que otros. Cristo no los abandona ni se impacienta con ellos; los recoge en Sus brazos y los lleva junto a Su corazón.
El Señor también «conducirá con ternura a las ovejas que todavía están criando». Él conoce las responsabilidades, cargas y limitaciones particulares de cada persona; por eso, no guía a todos de manera idéntica ni les exige un ritmo que destruya a los más vulnerables. Sus expectativas son perfectas y Su dirección combina progreso con misericordia. Esta imagen establece igualmente el modelo de la verdadera ministración: el liderazgo cristiano conoce, alimenta, protege y adapta su cuidado a la capacidad de cada persona, fortaleciendo al vulnerable sin avergonzarlo y ayudándolo a avanzar con paciencia hacia Jesucristo.
Isaías 40:12 — El Creador infinito que cuida personalmente de nosotros
«¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano?».
Isaías contempla los océanos, los cielos, el polvo de la tierra y las montañas como si fueran pequeños objetos que Dios puede medir, pesar y ordenar con facilidad. Esta imagen poética no pretende explicar técnicamente el proceso de la Creación, sino ayudarnos a comprender la inmensidad del conocimiento, la sabiduría y el poder divinos. Aquello que para nosotros resulta inconmensurable permanece completamente bajo Su dominio. Ninguna circunstancia es demasiado grande, compleja o difícil para el Creador del universo.
El contraste con el versículo anterior revela una verdad consoladora: el Dios que sostiene las aguas y gobierna los cielos es el mismo Pastor que recoge a los corderos y los lleva junto a Su corazón. Su ternura no procede de debilidad, y Su grandeza no le impide atender las necesidades individuales. Jesucristo posee tanto el poder para gobernar la Creación como la compasión para acompañarnos personalmente. Si puede medir los océanos con Su mano, también puede sostenernos cuando nuestras cargas parecen inmensas y conducirnos con seguridad cuando no alcanzamos a comprender el camino.
Orson Pratt: ¿No contemplan entonces los poderes y las facultades superiores que posee el Todopoderoso? Sus creaciones son tan numerosas que la cantidad de partículas que componen esta Tierra ni siquiera sería el comienzo de su número (Moisés 7:30); sin embargo, el ojo del Señor puede penetrar todas esas creaciones y Él puede sostenerlas, por así decirlo, en Su mano (Moisés 7:36).
No las sostiene físicamente ni en el hueco de Su mano (Isaías 40:12), como nosotros podríamos sostener una pelota o una naranja; pero mediante el poder que posee puede sostenerlas, y Su ojo puede penetrarlas. (Journal of Discourses, 16:363).
Brigham Young: Él es nuestro Padre Celestial; también es nuestro Dios, el Creador y Sustentador de todas las cosas que hay en los cielos y en la Tierra. Envía Sus consejos y extiende Su providencia a todos los seres vivientes. Es el Gobernante Supremo del universo. Ante Su reprensión, el mar se seca y los ríos se convierten en desierto.
Él mide las aguas con el hueco de Su mano, mide los cielos con Su palmo, recoge en una medida el polvo de la Tierra y pesa los montes con balanza y los collados con pesas (Isaías 40:12). Para Él, las naciones son como una gota de agua en un balde, y toma las islas como algo insignificante.
Él cuenta los cabellos de nuestra cabeza y ni un solo pajarillo cae a tierra sin nuestro Padre. Conoce cada pensamiento y cada intención del corazón de todo ser viviente, porque está presente en todas partes mediante el poder de Su Espíritu, Su ministro, el Espíritu Santo.
Él es el Padre de todos; está sobre todos, por todos y en todos ustedes. Conoce todas las cosas relacionadas con esta Tierra y conoce todas las cosas relacionadas con millones de mundos semejantes a este. (Journal of Discourses, 11:41).
Isaías 40:13–14 — La sabiduría perfecta de Dios
«¿Quién dirigió al Espíritu de Jehová, o le aconsejó?».
Isaías enseña que Dios no recibe conocimiento de una autoridad superior ni necesita que alguien le muestre el camino correcto. Nadie le enseñó justicia, sabiduría o entendimiento, porque Su conocimiento es perfecto, eterno e independiente. Nosotros vemos apenas una parte de nuestra experiencia y con frecuencia juzgamos desde el presente; el Señor, en cambio, contempla el principio, el final y todas las consecuencias intermedias. Por eso, aun cuando no comprendamos Sus tiempos o Sus métodos, podemos confiar en que Su dirección procede de una sabiduría infinitamente mayor que la nuestra.
Podemos acudir a Dios con preguntas, necesidades y deseos sinceros, pero la oración no tiene como propósito informarle algo que desconoce ni persuadirlo para que adopte nuestro limitado punto de vista. Orar es abrirle el corazón, buscar Su luz y permitir que nuestra voluntad sea educada y transformada por la Suya. Esto no significa renunciar a expresar lo que anhelamos, sino hacerlo con humildad, dispuestos a recibir una respuesta diferente. La verdadera fe reconoce que no necesitamos comprender todo lo que Dios sabe para confiar en que Él sabe perfectamente lo que hace.
Isaías 40:15–17 — Ninguna nación está por encima de Dios
«Las naciones son como una gota de un balde».
Los imperios que aterrorizaban a Israel y parecían dominar el mundo son, ante el poder del Creador, como una gota que queda en un balde o una partícula de polvo sobre una balanza. Esta comparación no enseña que las personas o los pueblos carezcan de valor, pues cada ser humano es precioso para Dios. Enseña que el poder político, militar y económico de las naciones es limitado y temporal, y que ninguna alianza, ejército o imperio puede amenazar la soberanía del Señor ni frustrar el cumplimiento de Sus propósitos.
Los gobiernos deben ser respetados y obedecidos dentro del ejercicio de sus atribuciones justas; sin embargo, ninguno posee autoridad superior a la ley divina. Cuando los poderes del mundo parecen invencibles, el discípulo recuerda que solamente Dios gobierna con conocimiento perfecto, justicia absoluta y dominio eterno. Por eso, nuestra confianza final no debe descansar en gobernantes, instituciones o fuerzas humanas, sino en Jesucristo. Las naciones se levantan, cambian y desaparecen, pero Su reino permanece y finalmente prevalecerá.
John Taylor: Dios tiene un propósito determinado que llevar a cabo, y lo hará a Su propia manera y en Su propio tiempo. Para Él, las naciones son como polvo en la balanza. Dirigirá a las naciones y sus asuntos como le plazca, y ellas no podrán impedirlo. También dirigirá los asuntos de los Santos de los Últimos Días y velará sobre ellos, tal como siempre ha velado sobre todo Su pueblo.
Si demostramos estar dispuestos y ser obedientes, y permanecemos del lado del Señor en defensa de la rectitud, la verdad y la integridad, la virtud, la pureza y la santidad, adhiriéndonos a los principios de la verdad y a las leyes de la vida, entonces Dios estará con nosotros y sostendrá a todos los que se adhieran a esos principios.
Recordemos que estos son los principios en los que profesamos creer. A quienes no se rijan por ellos, Dios los quitará de en medio; caerán a la derecha y a la izquierda, como muchos lo han hecho anteriormente. Los puros y virtuosos, los honorables y rectos, avanzarán de victoria en victoria hasta realizar todo lo que Dios ha dispuesto que hagan sobre esta Tierra. (Journal of Discourses, 18:281–282).
Isaías 40:16 — La ofrenda perfecta de Jesucristo
«Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el holocausto».
Isaías emplea una imagen de inmensa abundancia: aun si todos los bosques del Líbano fueran utilizados como leña y todos sus animales ofrecidos en sacrificio, la ofrenda seguiría siendo insuficiente para representar dignamente la gloria de Dios. Ninguna cantidad de bienes, ceremonias o sacrificios humanos puede igualar Su grandeza ni pagar por sí misma el precio de la redención. Esta verdad nos enseña que la salvación no se compra mediante obras acumuladas, riqueza material o esfuerzos personales, aunque la obediencia y las buenas obras siguen siendo expresiones indispensables de nuestra fe.
La humanidad necesitaba una ofrenda que ninguna parte de la creación podía proporcionar: el sacrificio santo, voluntario e infinito del Hijo de Dios. Jesucristo se ofreció a Sí mismo y realizó una Expiación suficiente para vencer el pecado y la muerte en favor de toda la familia humana. Nosotros no podemos reemplazar ni aumentar Su sacrificio; solamente podemos recibirlo mediante la fe, el arrepentimiento y los convenios. La verdadera adoración comienza cuando reconocemos que no nos salvamos a nosotros mismos y colocamos toda nuestra confianza en la gracia y los méritos del Redentor.
Isaías 40:18–20 — Los dioses que fabricamos no pueden salvarnos
«¿Con quién compararéis a Dios, o qué imagen le compondréis?».
Isaías expone la insensatez de intentar representar o reemplazar al Dios viviente mediante un objeto fabricado por manos humanas. El rico mandaba recubrir su imagen con oro y plata, mientras quien tenía menos recursos escogía una madera resistente y un artesano capaz de construir un ídolo que no se tambaleara. Aunque diferían en costo y apariencia, ambos objetos compartían la misma incapacidad: no tenían vida, conocimiento ni poder. Resulta irónico que una persona tenga que sostener y asegurar al dios del cual espera recibir protección.
La idolatría no ha desaparecido; simplemente adopta formas menos evidentes. Podemos convertir el dinero, el éxito, la imagen personal, la tecnología, el placer, una ideología o incluso una relación en algo de lo cual esperamos identidad, seguridad y salvación. Sin embargo, todo ídolo moderno continúa siendo una creación humana limitada, incapaz de perdonar el pecado, vencer la muerte o proporcionar paz eterna. Solamente Jesucristo, el Dios viviente y Creador de todas las cosas, puede sostenernos verdaderamente. La pregunta de Isaías nos invita a examinar si adoramos al Señor tal como Él se ha revelado o si hemos fabricado una versión de Dios que confirme nuestros deseos y pueda ser controlada por nosotros.
Isaías 40:21–22 — El Dios que contempla toda la creación
«Él está sentado sobre la bóveda de la tierra».
Isaías presenta a Dios reinando por encima de la creación y extendiendo los cielos como una cortina o una tienda. Desde esa perspectiva, los habitantes de la tierra parecen pequeños, no porque carezcan de valor, sino para mostrar la inmensa diferencia entre la visión limitada del ser humano y el dominio universal del Creador. Dios contempla simultáneamente aquello que nosotros solo podemos percibir de manera fragmentaria. Nada escapa a Su conocimiento ni queda fuera de Su autoridad.
La grandeza divina debe producir en nosotros humildad, pero también una profunda confianza. Aunque somos pequeños ante la inmensidad del universo, no somos invisibles para Dios: Él conoce personalmente a cada uno de Sus hijos y comprende completamente sus circunstancias. Por eso podemos confiarle el rumbo de nuestra vida. El Dios que contempla el conjunto completo puede guiarnos cuando nosotros apenas vemos el siguiente paso, y Su perspectiva eterna puede dar dirección, orden y propósito a nuestra experiencia limitada.
Isaías 40:23–24 — El poder temporal de los gobernantes
«Reduce a la nada a los que gobiernan».
Isaías compara a los gobernantes y jueces de la tierra con plantas recién sembradas que todavía no han echado raíces profundas y que un soplo puede secar y llevarse. Aunque algunos líderes parezcan firmemente establecidos y ejerzan una influencia considerable, su autoridad es temporal, limitada y permanece sujeta a la soberanía de Dios. Ningún cargo, gobierno o sistema humano puede otorgar poder absoluto ni asegurar permanencia eterna.
Por eso, no debemos temer a los gobernantes como si fueran omnipotentes ni venerarlos como si fueran salvadores. Podemos respetar las autoridades legítimas, orar por quienes gobiernan y colaborar con todo lo que sea justo, sin permitir que la lealtad política reemplace nuestra fidelidad a Dios. Los líderes aparecen y desaparecen, pero Jesucristo permanece para siempre. Solamente Su gobierno es perfectamente justo, Su poder no tiene fin y Su reino nunca será destruido.
Isaías 40:25 — El Santo no tiene comparación
«¿Con quién, pues, me compararéis, o me haréis semejante?».
Después de mencionar los ídolos, las naciones y los gobernantes, el Señor vuelve a formular la pregunta que atraviesa el capítulo. Nada dentro de la creación puede igualar al Creador ni contener plenamente Su grandeza. Los ídolos dependen de quienes los fabrican, las naciones poseen un poder limitado y los gobernantes son temporales; Dios, en cambio, es eterno, santo, omnisciente y soberano. Llamarlo «el Santo» recalca que no solo es superior en poder, sino también perfecto y completamente distinto de todo lo creado.
Las comparaciones y los símbolos pueden ayudarnos a comprender algunos de Sus atributos: Dios es presentado como Rey, Pastor, Padre, Roca y Luz. Sin embargo, ninguna imagen humana agota la realidad de quien Él es. Por eso debemos evitar reducirlo a nuestras preferencias, experiencias o expectativas. Adorar verdaderamente significa permitir que Dios se revele por medio de las Escrituras, los profetas y el Espíritu, y aceptar que Su sabiduría, Su poder y Su amor siempre superarán nuestra comprensión. Precisamente porque no tiene comparación, solamente Él merece nuestra confianza y devoción supremas.
Isaías 40:26 — El Creador que nos conoce por nombre
«A todas llama por sus nombres […] ninguna faltará».
Isaías invita a levantar la mirada hacia los cielos y reconocer que las estrellas no existen por casualidad ni se encuentran fuera del dominio divino. El Señor las creó, las sostiene y las convoca como un ejército perfectamente ordenado; debido a la grandeza de Su poder, «ninguna faltará». Esta imagen comunica autoridad, precisión y cuidado. Para Dios, la inmensidad del universo no es confusa ni impersonal: cada parte de Su creación ocupa un lugar dentro de Su conocimiento y Sus propósitos.
Si el Señor llama a cada estrella por su nombre, cuánto más conoce personalmente a cada uno de Sus hijos. La vastedad de la creación no disminuye Su atención hacia nosotros, sino que manifiesta la grandeza de la inteligencia con la que puede conocernos individualmente. Nadie está perdido entre la multitud ni olvidado en la oscuridad. Jesucristo conoce nuestro nombre, nuestras cargas y el lugar que ocupamos en Su obra. Cuando sentimos que pasamos inadvertidos, podemos mirar los cielos y recordar que el Dios que no pierde de vista una sola estrella tampoco nos perderá de vista a nosotros.
Isaías 40:27 — Dios no ha perdido de vista nuestro camino
«Mi camino está escondido de Jehová, y mi causa pasa inadvertida a mi Dios».
Agotado por el sufrimiento y el exilio, Israel temía que Dios lo hubiera olvidado. La demora de la liberación parecía indicar que el Señor no veía su camino ni prestaba atención a su causa. Esta expresión refleja una experiencia humana profundamente real: cuando una prueba se prolonga y las oraciones parecen no recibir respuesta, podemos interpretar el silencio como ausencia y la espera como abandono. Isaías no reprende cruelmente ese dolor, sino que dirige la mirada del pueblo hacia el carácter eterno y fiel de Dios.
Los sentimientos de abandono son reales, pero no siempre describen correctamente la realidad divina. Dios puede parecer silencioso sin estar ausente, y puede demorar una respuesta sin haber dejado de obrar. Nuestro camino, nuestras injusticias y nuestro dolor permanecen completamente visibles para Él. Jesucristo conoce no solo lo que sufrimos, sino también cómo lo experimentamos, porque descendió por debajo de todas las cosas. Aunque todavía no comprendamos Sus tiempos, podemos confiar en que ninguna lágrima pasa inadvertida, ninguna oración sincera se pierde y ningún paso de fidelidad queda olvidado ante el Señor.
Isaías 40:28 — El Dios eterno nunca se fatiga
«El Dios eterno […] no desfallece ni se fatiga».
A diferencia de los seres humanos, el Señor nunca agota Su fuerza ni disminuye Su capacidad de cuidar a Sus hijos. No se cansa de sostener la creación, escuchar nuestras oraciones ni acompañarnos durante pruebas prolongadas. Podemos sentir que hemos acudido demasiadas veces a Él con la misma carga, pero Su paciencia y compasión no se consumen. El Dios eterno permanece siempre atento, poderoso y dispuesto a concedernos la ayuda que necesitamos de acuerdo con Su perfecta voluntad.
«Su entendimiento es inescrutable». Dios contempla relaciones, posibilidades y consecuencias que nuestra perspectiva limitada no puede abarcar. Por eso, cuando no entendemos Sus métodos o Sus tiempos, todavía podemos confiar en Su carácter. Su aparente demora no se debe a cansancio, distracción ni falta de amor. La fe no exige comprender todo lo que Dios está haciendo; consiste en recordar quién es Él y continuar confiando en que Su sabiduría, Su poder y Su amor nunca fallan.
Joseph Fielding Smith: Gran parte del mundo actual no posee este conocimiento de Dios, e incluso en el Israel de los últimos días existen personas que no han perfeccionado su comprensión de aquel Ser glorioso que es nuestro Padre Eterno. A quienes no poseen ese conocimiento bien podríamos decirles:
«¿Por qué limitas la gloria de Dios? ¿Por qué supones que Él es menos de lo que realmente es? ¿No has sabido? ¿No has oído que el Dios eterno, Jehová, el Creador de los confines de la Tierra, es infinito y eterno; que posee todo poder, toda fuerza y todo dominio; que conoce todas las cosas y que todas ellas están presentes delante de Su rostro?».
En la sección 20 de Doctrina y Convenios, mediante la cual se indicó al profeta José Smith que organizara nuevamente la Iglesia en esta dispensación, encontramos un resumen revelado de algunas doctrinas fundamentales de la salvación. En cuanto a la Deidad, la revelación declara: «Hay un Dios en el cielo, infinito y eterno, de eternidad en eternidad el mismo Dios inmutable, el organizador de los cielos y de la Tierra y de todas las cosas que en ellos hay» (Doctrina y Convenios 20:17).
En la sección 93 se nos enseña que Cristo no recibió la plenitud del Padre mientras estuvo en la vida terrenal, sino que avanzó de gracia en gracia hasta que, después de la Resurrección, recibió todo poder tanto en los cielos como en la Tierra. Entonces la revelación declara que Cristo, al igual que Su Padre antes que Él, «recibió la plenitud de la verdad, sí, aun de toda la verdad» (Doctrina y Convenios 93:26). La revelación también anunció la doctrina de que todos los que guarden los mandamientos recibirán verdad y luz hasta ser glorificados en la verdad y conocer todas las cosas.
Dios es nuestro Padre; Él es el Ser a cuya imagen fue creado el hombre. Posee un cuerpo de carne y huesos tan tangible como el del hombre (Doctrina y Convenios 130:22), y es el Padre literal y personal de los espíritus de todos los seres humanos.
Es omnipotente y omnisciente; posee todo poder y toda sabiduría. Sus perfecciones consisten en la posesión de todo conocimiento, toda fe o poder, toda justicia, todo juicio, toda misericordia, toda verdad y la plenitud de todos los atributos divinos. Eso fue lo que enseñó el profeta José Smith en las Lectures on Faith.
El Profeta también enseñó que, para poseer la fe perfecta mediante la cual podemos asirnos de la vida eterna, debemos creer que Dios posee la plenitud de todas esas características y atributos. También afirmo que Él es un Ser infinito y eterno y que, como Ser inmutable, posee esos poderes y atributos perfeccionados de eternidad en eternidad.
Estoy agradecido porque el conocimiento de Dios y de Sus leyes ha sido restaurado en nuestros días, y porque nosotros, como miembros de la Iglesia, sabemos que Él es un Ser personal y no, como han declarado algunos religiosos, «un conjunto de leyes que flotan como niebla por el universo».
Estoy agradecido porque sabemos que Él es nuestro Padre Celestial, el Padre de nuestros espíritus, y que estableció las leyes mediante las cuales podemos avanzar y progresar hasta llegar a ser como Él. También estoy agradecido porque sabemos que es un Ser infinito y eterno que conoce todas las cosas y posee todo poder, y cuyo progreso no consiste en adquirir mayor conocimiento o poder ni en perfeccionar aún más Sus atributos divinos, sino en el aumento y la multiplicación de Sus reinos. («The Most Important Knowledge», Ensign, mayo de 1971, pág. 3).
Isaías 40:29 — Poder divino para el que ya no tiene fuerzas
«Él da fuerzas al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene vigor».
Dios no exige que produzcamos por nosotros mismos toda la fortaleza necesaria para afrontar las pruebas y cumplir Sus mandamientos. Se acerca precisamente a quienes reconocen su debilidad y ya no pueden avanzar apoyándose únicamente en sus propios recursos. Admitir que estamos cansados no es necesariamente señal de falta de fe; puede ser el acto de humildad que nos permite dejar de fingir autosuficiencia y recibir la ayuda del Señor.
La gracia de Jesucristo no solamente perdona y limpia del pecado; también es un poder habilitador que fortalece al discípulo. Mediante ella recibimos capacidad para resistir la tentación, perseverar en la aflicción, continuar sirviendo y hacer aquello que resultaría imposible con nuestras fuerzas naturales. El Señor no siempre elimina inmediatamente la carga, pero puede multiplicar nuestra fortaleza para llevarla. Cuando sentimos que no tenemos nada más que ofrecer, Cristo puede convertirse en la fuente de una fuerza que no procede de nosotros, pero que obra poderosamente en nosotros.
Ezra Taft Benson: En el gran sermón de Moroni acerca de la fe se enseña este principio con todavía mayor claridad. El Señor le dijo: «Si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres». No importa cuáles sean nuestras carencias, debilidades o insuficiencias. Sus dones y poderes son suficientes para vencerlas todas.
Moroni continúa con las palabras del Señor: «Basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos» (Éter 12:27; cursiva agregada).
¡Qué promesa del Señor! La misma fuente de nuestras dificultades puede ser transformada, moldeada y convertida en fortaleza y en una fuente de poder. Esta promesa se repite de una forma u otra en muchos otros pasajes de las Escrituras.
Isaías declaró: «Él da fuerzas al cansado y aumenta el vigor del que no tiene fuerzas» (Isaías 40:29). El Señor le dijo a Pablo: «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). En Doctrina y Convenios leemos: «El que tiemble bajo mi poder será fortalecido y producirá frutos de alabanza y sabiduría» (Doctrina y Convenios 52:17; véanse también 1 Nefi 17:3; 2 Nefi 3:13; Doctrina y Convenios 1:28; 133:58–59).
Hermanos y hermanas, debemos llevar nuestros pecados ante el Señor con un arrepentimiento humilde y lleno de pesar. Debemos suplicarle el poder necesario para vencerlos. Las promesas son seguras. Él vendrá en nuestra ayuda. Encontraremos el poder necesario para cambiar nuestra vida. («A Mighty Change of Heart», Ensign, octubre de 1989, págs. 4–5).
Isaías 40:30 — La fuerza humana tiene límites
«Los muchachos se fatigan y se cansan; los jóvenes ciertamente caen».
Isaías menciona a los jóvenes porque representan la etapa de mayor vigor físico; sin embargo, aun ellos se cansan, tropiezan y caen. Ninguna capacidad humana —física, emocional, intelectual o espiritual— es inagotable. La juventud, la experiencia, la disciplina y una voluntad firme pueden ayudarnos a avanzar, pero no eliminan nuestra condición mortal. Cuando confiamos exclusivamente en nuestras propias fuerzas, tarde o temprano descubrimos sus límites.
Reconocer esos límites no es necesariamente un fracaso espiritual ni una señal de poca fe. Puede convertirse en el comienzo de una dependencia más profunda de Jesucristo y de una administración más sabia del cuerpo, el tiempo y las responsabilidades. Descansar, pedir ayuda, establecer límites y aceptar que no podemos hacerlo todo también pueden ser actos de humildad. El Señor no espera autosuficiencia absoluta; nos invita a ofrecerle nuestro esfuerzo y permitir que Su gracia complete aquello que nuestra fuerza natural no puede alcanzar.
Isaías 40:31 — Esperar, elevarse y continuar avanzando
«Los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas».
Esperar en el Señor no significa permanecer inactivos, sino confiar, obedecer y perseverar durante el tiempo en que la respuesta o la liberación todavía no llegan. Es continuar haciendo lo correcto aun cuando no comprendemos los tiempos de Dios. Las «nuevas fuerzas» no siempre se manifiestan como energía inmediata o como la desaparición del cansancio; también pueden presentarse como paciencia para soportar, claridad para decidir, esperanza en medio de la incertidumbre o capacidad para dar el siguiente paso. El Señor no siempre cambia de inmediato nuestras circunstancias, pero mediante la gracia de Jesucristo puede transformarnos y fortalecernos dentro de ellas.
«Levantarán las alas como águilas». Las águilas se elevan aprovechando las corrientes de aire, sin depender únicamente del movimiento constante de sus alas. De manera semejante, la gracia de Cristo nos sostiene con un poder mayor que nuestras fuerzas naturales. Tal vez no elimine el terreno difícil, pero puede elevarnos por encima de una perspectiva dominada por el miedo, ayudándonos a contemplar nuestras pruebas con fe y propósito eternos. Elevarse no siempre significa escapar del problema; puede significar verlo desde la perspectiva del Señor.
«Correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán». Algunas etapas del discipulado se parecen a correr con entusiasmo y progreso visible; muchas otras consisten sencillamente en continuar caminando. Isaías incluye ambas experiencias dentro de la promesa divina. La perseverancia espiritual no siempre es extraordinaria ni espectacular. En ocasiones, el mayor acto de fe es seguir orando cuando la respuesta tarda, guardar los convenios cuando el camino pesa y avanzar un día más con la fuerza que Dios proporciona. Quien espera en el Señor quizá no siempre pueda correr ni elevarse, pero recibirá suficiente gracia para no abandonar el camino.
James E. Faust: En el mensaje del Redentor se ofrece esperanza para todos, incluso para quienes se sienten pobres de espíritu y oprimidos, no amados e indignos de ser amados. Es una esperanza trascendente de un nuevo nacimiento espiritual.
Quienes nacen nuevamente del Espíritu reciben una gran libertad. Pueden ser como el viento que sopla de donde quiere, y nadie sabe «de dónde viene ni a dónde va» (Juan 3:8). Al haber nacido dos veces, pueden ser liberados de las cadenas restrictivas de la autocompasión, la duda, el desaliento y la soledad, y ser elevados hacia propósitos nobles y elevados.
«Los que esperan en Jehová renovarán sus fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán» (Isaías 40:31). («Married or Single: Look beyond Yourself», Ensign, marzo de 1980, pág. 36).
Sheri L. Dew: El Señor ha prometido sanar nuestros corazones quebrantados y «poner en libertad a los quebrantados» (Lucas 4:18); dar fuerzas al cansado, sanar el alma herida y transformar nuestra debilidad en fortaleza (véanse Isaías 40:29; Jacob 2:8; Éter 12:27); tomar sobre Sí nuestros dolores y enfermedades, borrar nuestras transgresiones si nos arrepentimos y desatar las ligaduras de la muerte (véase Alma 7:11–13).
Prometió que, si edificamos nuestra vida sobre Su roca, el diablo no tendrá poder sobre nosotros (véase Helamán 5:12). También ha jurado que nunca nos dejará ni nos desamparará (véase Hebreos 13:5).
Sencillamente, no existe ningún equivalente mortal, ni en compromiso, ni en poder, ni en amor. Él es nuestra única esperanza. («Our Only Chance», Ensign, mayo de 1999, pág. 67).


























