Isaías 32
Isaías 32 comienza con la visión de un Rey que gobierna con justicia y termina con un pueblo que siembra confiadamente en paz. Entre ambas imágenes se desarrolla un proceso de restauración espiritual: la falsa seguridad queda expuesta, las consecuencias del pecado convierten la tierra en desolación, el Espíritu se derrama desde lo alto y el desierto llega a ser un campo fértil. Esta secuencia enseña que la verdadera renovación no procede únicamente de mejores circunstancias, sino de la intervención de Dios y de la disposición del pueblo a recibir Su Espíritu.
Jesucristo es el centro de esa transformación. Él es el Rey justo y también el refugio «contra el viento», el abrigo «contra la tormenta», la fuente de agua «en tierra de sequedad» y la sombra «de una gran roca en tierra calurosa» (Isaías 32:1–2). Su obra no se limita a cambiar gobiernos o condiciones externas; abre los ojos espirituales, permite que los oídos escuchen, enseña entendimiento al corazón y transforma a las personas imprudentes en discípulos capaces de hablar la verdad y obrar noblemente. Bajo Su gobierno, las apariencias son corregidas: el necio deja de ser llamado generoso y el engañador ya no puede ocultar su verdadera condición.
El principio central del capítulo declara: «El efecto de la rectitud será paz; y la labor de la rectitud, reposo y seguridad para siempre» (Isaías 32:17). La paz duradera no puede separarse de la verdad, el arrepentimiento, la justicia y la presencia del Espíritu Santo. No es simplemente la ausencia temporal de conflictos, sino el fruto de una vida reconciliada con Dios por medio de Jesucristo. Mientras esperamos el reinado pleno del Mesías, podemos comenzar a edificar Su paz en nuestros hogares y comunidades: escuchando al Señor, cuidando al necesitado, rechazando la falsa seguridad, obrando con nobleza y sembrando fielmente «junto a todas las aguas».
Isaías 32:1 — El Mesías reinará con justicia
«He aquí que con justicia reinará un rey, y príncipes presidirán con justicia».
Esta promesa pudo haber tenido una aplicación inicial en la esperanza de que Judá recibiera gobernantes rectos, pero encuentra su cumplimiento pleno en Jesucristo, el Rey mesiánico y heredero legítimo del trono de David. A diferencia de los gobiernos humanos, que pueden verse afectados por la ambición, los prejuicios, la corrupción y el conocimiento incompleto, Cristo conoce perfectamente el corazón, las intenciones y las circunstancias de cada persona. Por ello, Su gobierno se fundamenta en la verdad absoluta, la rectitud y la misericordia. Durante Su reinado milenario, Él no juzgará según las apariencias, sino con perfecta sabiduría, defendiendo al humilde y corrigiendo toda injusticia.
El gobierno justo del Mesías también transformará a quienes ejerzan autoridad bajo Su dirección. No basta con que el Rey sea recto; Sus siervos deben aprender a reflejar Su carácter al administrar sus responsabilidades. Los «príncipes» pueden representar a todos aquellos que reciben una mayordomía dentro del reino de Dios. Bajo la dirección de Cristo, la autoridad no será utilizada para dominar, buscar reconocimiento o favorecer intereses personales, sino para proteger al débil, servir al necesitado y establecer la justicia.
Toda autoridad constituye una mayordomía de la cual tendremos que rendir cuentas ante Dios. En el hogar, la Iglesia, el trabajo o la sociedad, presidir según el modelo de Jesucristo significa escuchar, enseñar con paciencia, actuar sin favoritismos y procurar el bienestar de quienes están bajo nuestro cuidado. El verdadero liderazgo no se mide por la cantidad de poder que una persona posee, sino por la rectitud y el amor con que lo ejerce. Cuando utilizamos nuestra influencia para elevar, proteger y servir, comenzamos a reflejar desde ahora el gobierno justo del Rey mesiánico.
Isaías 32:2 — Jesucristo, refugio, agua y roca
«Como escondedero contra el viento, como abrigo contra la tormenta, como arroyos de aguas en tierra de sequedad y como sombra de gran peñasco en tierra sedienta».
El «varón» justo descrito por Isaías brinda protección contra fuerzas destructivas. En su significado más elevado, esta imagen señala a Jesucristo, quien nos protege del poder del pecado, nos sostiene durante las pruebas y nos libra de la muerte. El Salvador no siempre impide que se levanten las tormentas de la vida, pero puede evitar que destruyan nuestra fe. Mediante Su sacrificio expiatorio recibimos perdón, fortaleza para perseverar y un refugio espiritual al que el adversario no puede llegar mientras permanezcamos fielmente junto a Él. Cristo no es solamente un lugar donde ocultarnos del peligro; es una presencia viva que nos acompaña mientras atravesamos la adversidad.
La imagen de los «arroyos de aguas en tierra de sequedad» representa vida, renovación y abundancia espiritual. Jesucristo satisface la sed de verdad, perdón, amor y propósito que ninguna fuente mundana puede saciar permanentemente. Por medio del Espíritu Santo, las Escrituras, la oración y los convenios, Él lleva vida a los lugares secos del alma. Cuando una persona se siente espiritualmente agotada, vacía o sin esperanza, puede acudir al Salvador y volver a florecer. Su gracia no solo calma nuestra sed momentáneamente, sino que puede convertirse dentro de nosotros en una fuente constante de fe y vida eterna.
La «sombra de un gran peñasco» reúne dos promesas: la roca proporciona estabilidad y la sombra ofrece descanso frente al calor abrasador. Ambas se cumplen en Jesucristo, quien es simultáneamente nuestro fundamento firme y nuestro Consolador compasivo. El mundo ofrece refugios temporales que desaparecen cuando cambian las circunstancias, pero Cristo permanece como una peña inmutable. Quien edifica su vida sobre Él puede encontrar descanso sin perder estabilidad, consuelo sin escapar de sus responsabilidades y seguridad espiritual aun cuando continúen soplando los vientos y golpeando la tormenta.
Isaías 32:3–4 — Restauración de la percepción espiritual
«No se ofuscarán entonces los ojos de los que ven, y los oídos de los que oyen escucharán atentos».
Bajo el reinado del Mesías, la ceguera y la sordera espirituales comenzarán a desaparecer. Los ojos que antes se cerraban ante la verdad podrán reconocerla, y los oídos que desatendían la palabra de Dios aprenderán a escucharla cuidadosamente. Esta promesa no se refiere solamente a la recuperación de facultades físicas, sino a una transformación interior mediante la cual las personas llegan a discernir la voluntad del Señor y a comprender aquello que anteriormente rechazaban o confundían. Jesucristo es la luz que permite ver y la voz del Buen Pastor que guía a quienes están dispuestos a escucharlo.
La Restauración del Evangelio participa en el cumplimiento de esta profecía al devolver a la tierra profetas, revelación, autoridad del sacerdocio, ordenanzas y doctrina clara. Sin embargo, disponer de luz no garantiza que todos decidan verla, y escuchar las palabras proféticas no significa necesariamente prestarles atención. La percepción espiritual requiere humildad, obediencia y un corazón dispuesto a recibir. Cuando dejamos a un lado los prejuicios, estudiamos las Escrituras y respondemos a las impresiones del Espíritu Santo, el Señor aclara progresivamente nuestra visión y afina nuestra capacidad para reconocer Su voz.
Isaías 32:4 — El imprudente recibirá entendimiento
«El corazón de los imprudentes entenderá para saber».
El Señor puede transformar no solamente nuestras circunstancias, sino también nuestra capacidad espiritual. Quien anteriormente actuaba con precipitación puede aprender sabiduría; quien se confundía puede adquirir discernimiento, y quien no podía expresar claramente la verdad puede llegar a comunicarla con convicción. La expresión «el corazón… entenderá» indica que el conocimiento de Dios debe superar el nivel intelectual y convertirse en una comprensión que transforme los deseos, las decisiones y la conducta.
La gracia de Jesucristo no se limita a perdonar los errores del pasado. También nos capacita para pensar, sentir y actuar de una manera nueva. Mediante el Espíritu Santo, el Salvador desarrolla en nosotros discernimiento, dominio propio y sabiduría para evitar antiguos errores. Incluso nuestras debilidades pueden convertirse en fortalezas que nos permitan enseñar, consolar y edificar a otras personas. El discípulo transformado no solamente conoce mejor la verdad, sino que aprende a vivirla y expresarla con claridad.
Isaías 32:5 — Las falsas apariencias serán descubiertas
«El necio nunca más será llamado noble».
En una sociedad espiritualmente corrompida, las personas pueden recibir reconocimiento, influencia y títulos honorables debido a su riqueza, posición o habilidad para mantener una apariencia respetable. La necedad puede presentarse como sabiduría, el egoísmo como éxito y la manipulación como liderazgo. Sin embargo, bajo el reinado de Jesucristo, las apariencias serán descubiertas y las cosas serán llamadas por su verdadero nombre. Su juicio perfecto revelará no solamente las acciones visibles, sino también las intenciones y los deseos del corazón.
Dios no confunde notoriedad con nobleza, capacidad con rectitud ni prosperidad con aprobación divina. Para Él, la verdadera nobleza se manifiesta en la integridad, la humildad, la compasión, el servicio y la fidelidad a los convenios. Una persona es noble cuando emplea sus dones para bendecir, defiende la verdad aunque no reciba reconocimiento y trata a los demás como hijos de Dios. En el reino de Cristo, el valor de cada persona no será determinado por lo que posee ni por la admiración que recibe, sino por aquello en lo que se ha convertido.
Esta enseñanza también nos invita a examinar nuestros propios criterios. Podemos sentirnos atraídos por las apariencias, celebrar el éxito sin considerar el carácter o conceder autoridad moral a quienes poseen prestigio. Jesucristo nos enseña a mirar «no según las apariencias» (Juan 7:24), sino con discernimiento espiritual. Al permitir que Él purifique nuestra visión, aprenderemos a reconocer y cultivar la auténtica nobleza: la semejanza con el Salvador.
Isaías 32:6 — La falsa religión descuida al necesitado
«Hablar falsedad contra Jehová, dejando vacía el alma hambrienta».
La necedad descrita por Isaías no consiste simplemente en falta de conocimiento o capacidad intelectual. Es una condición moral y espiritual que conduce a practicar la impiedad, hablar falsedades acerca del Señor y abandonar a quienes padecen hambre y sed. El necio puede utilizar expresiones religiosas y aparentar devoción, pero sus acciones contradicen el carácter misericordioso de Dios. Su religión se vuelve falsa porque separa la adoración del servicio y las palabras de la compasión.
La doctrina verdadera debe producir misericordia. Conocer a Jesucristo significa aprender a reconocerlo en el hambriento, el afligido, el solitario y el necesitado. Si nuestra adoración no nos impulsa a alimentar, consolar, incluir y defender a los demás, falta algo esencial en nuestra comprensión del Evangelio. El Salvador no enseñó únicamente verdades espirituales; también alimentó al hambriento, sanó al enfermo, recibió al rechazado y levantó al abatido. La fe que no se transforma en amor activo permanece incompleta.
El «alma hambrienta» también puede representar a quienes tienen hambre de verdad, esperanza, amistad o perdón. Podemos dejarlos vacíos no solo al negarles alimento material, sino también mediante la indiferencia, la crítica o el silencio cuando necesitan escuchar palabras de consuelo. Seguir a Cristo significa procurar tanto el bienestar temporal como el espiritual de Sus hijos. Cuando nuestra doctrina se convierte en servicio compasivo, nuestras acciones comienzan a testificar verdaderamente acerca del carácter de Dios.
Ya no estamos en el Milenio. Isaías cambia de tema repentinamente. Para contrastar la bondad de los hombres que se encuentran bajo la influencia de Cristo, nos recuerda cómo son las criaturas más miserables bajo la influencia de Satanás: el hombre ruin y el mezquino. Esta es la clase de maldad a la que estamos acostumbrados en la vida mortal: el ruin comete iniquidad, practica la hipocresía y quita el alimento al hambriento. El mezquino es malvado por el simple deseo de serlo; golpea a la persona cuando ya está abatida. El mejor ejemplo bíblico es Nabal, esposo de Abigail (véase 1 Samuel 25). Era tan perverso que nadie podía hablar con él sin que respondiera de manera desagradable (véase 1 Samuel 25:17).
Isaías 32:7 — Las palabras pueden utilizarse como trampas
«Maquina pensamientos para enredar a los ingenuos con palabras mentirosas».
Isaías enseña que la maldad no siempre actúa de manera impulsiva o evidente; en ocasiones planifica cuidadosamente sus medios y utiliza el lenguaje como una trampa. El canalla manipula la información, presenta mentiras como verdades y se aprovecha de la falta de experiencia o de recursos de las personas vulnerables. Incluso procura desacreditar al pobre cuando este defiende una causa justa. De ese modo, la inteligencia, la elocuencia y la influencia, cuando se separan de la moral y del amor, pueden convertirse en instrumentos de engaño y opresión.
Sin embargo, aunque otros distorsionen las palabras del necesitado o silencien su testimonio, Dios conoce la verdad y escucha su clamor. Jesucristo juzga con conocimiento perfecto y no puede ser engañado por argumentos manipuladores ni por apariencias cuidadosamente construidas. Esta certeza ofrece consuelo a quienes han sido acusados injustamente: quizá sus palabras sean rechazadas por los hombres, pero su causa no está oculta ante el Señor. Al mismo tiempo, nos advierte que tendremos que rendir cuentas por la forma en que utilizamos el lenguaje y la influencia que poseemos.
El discípulo de Cristo debe rechazar toda forma de engaño y emplear su capacidad de comunicación para aclarar, defender y edificar. Hablar con rectitud significa no aprovecharse de la ingenuidad ajena, no omitir deliberadamente información para obtener ventaja y no utilizar rumores o acusaciones para perjudicar a otros. Nuestras palabras deben proteger al vulnerable, dar voz al que no es escuchado y conducir hacia la verdad. Cuando hablamos con honestidad y caridad, el lenguaje deja de ser una trampa y se convierte en un instrumento de justicia y sanación.
Isaías 32:8 — La verdadera nobleza persevera
«El que es noble piensa con nobleza, y en su nobleza permanece».
Isaías presenta la verdadera nobleza como una condición interior antes que como una posición social. Las acciones nobles nacen de pensamientos, deseos y propósitos rectos. La persona noble no realiza ocasionalmente una buena obra para recibir reconocimiento, proteger su imagen o conseguir alguna ventaja; cultiva una disposición constante hacia el bien. Mediante decisiones repetidas, la integridad deja de ser una conducta aislada y se convierte en parte de su carácter.
Permanecer en la nobleza significa conservar la fidelidad cuando nadie observa, cuando no existe recompensa inmediata y cuando actuar correctamente resulta difícil o costoso. La verdadera rectitud se manifiesta especialmente bajo presión, porque allí se revela si nuestros principios son convicciones profundas o simples apariencias. Quien permanece en la nobleza no cambia sus valores según la conveniencia, la opinión popular o el beneficio personal, sino que continúa sirviendo, diciendo la verdad y defendiendo lo justo.
Jesucristo hace posible esta transformación del carácter. Su gracia no solamente corrige nuestras acciones, sino que purifica nuestros pensamientos y modifica los deseos del corazón hasta que la bondad llega a formar parte de lo que somos. Al seguir Su ejemplo y recibir Su Espíritu, dejamos de preguntarnos únicamente qué debemos hacer y comenzamos a desear aquello que Él desea. Esa es la nobleza del verdadero discípulo: pensar, actuar y perseverar en el bien porque su corazón está llegando a ser semejante al del Salvador.
Resulta tentador interpretar esta frase en términos políticos, pero eso no es lo que Isaías quiso decir. Los demócratas y liberales formulan ideas liberales; los republicanos y conservadores formulan ideas conservadoras. Ambos tendrán que responder por aquello que han concebido. Sin embargo, ese no es el significado de las palabras de Isaías. En los círculos políticamente conservadores y Santos de los Últimos Días, ser “liberal” puede considerarse algo malo y tener una connotación muy negativa. Isaías emplea la palabra “liberal” en un sentido positivo, como generoso y caritativo.
Brigham Young: Dios me ha bendecido lo suficiente para que alimente y vista a decenas de pobres, independientemente de la oficina de diezmos; y Él bendecirá a cualquier hombre, familia o pueblo que sea generoso. Como está escrito en el buen libro: “El generoso piensa en cosas generosas”, y si piensa en cosas generosas, por su generosidad permanecerá (Isaías 32:8). El Señor bendecirá al pueblo que esté lleno de caridad, bondad y buenas obras. Cuando llegan nuestros días mensuales de ayuno, ¿pensamos en los pobres? Si lo hacemos, debemos aportar nuestra blanca (Marcos 12:42–44), sin importar cuál sea su valor. ¿Qué significa dar diez o veinte libras de harina, o cien libras de harina? ¿Qué significa dar un poco de carne, azúcar, dinero o cualquier cosa que se necesite? ¿Nos empobrece? No (Journal of Discourses, 13:279).
George Q. Cannon: Sé que vivimos en el reino de Dios y servimos a un Amo generoso. Aunque se nos pida hacer lo que podríamos considerar sacrificios, si lo hacemos voluntaria y generosamente, Dios nos concederá una recompensa generosa. “El generoso piensa en cosas generosas y por cosas generosas permanecerá” (Isaías 32:8), dijo uno de los antiguos, y esto también puede decirse con verdad de la época en que vivimos. Si actuamos de acuerdo con este principio, Dios nos tratará de la misma manera. Sé que esto es verdadero y que Dios nos recompensará, como pueblo, con todas las bendiciones que necesitemos si seguimos el camino señalado. No existe circunstancia ni dificultad que debamos afrontar que no sea para nuestro bien y que finalmente no llegue a demostrarlo, si somos fieles. Sin importar qué labor se nos pida efectuar, nos encontramos precisamente en la posición y realizando la obra que Dios requiere de nosotros. Es necesaria para nuestro desarrollo y crecimiento en la fe del Señor Jesucristo. Esto constituye un glorioso consuelo para mí (Journal of Discourses, 11:47).
Isaías 32:9–11 — La falsa seguridad espiritual
«Mujeres indolentes… hijas confiadas, escuchad mi palabra».
Isaías se dirige a mujeres que representaban la vida acomodada y aparentemente segura de Jerusalén. La reprensión no se basa simplemente en su género ni condena el descanso, la prosperidad o la tranquilidad legítimos. Denuncia una complacencia espiritual que impedía reconocer la gravedad del momento. Mientras la injusticia aumentaba y el juicio se aproximaba, ellas continuaban viviendo como si nada pudiera alterar su bienestar. Su confianza no procedía de la fidelidad al Señor, sino de circunstancias materiales que estaban a punto de cambiar.
La tranquilidad puede ser una bendición, pero se vuelve peligrosa cuando produce indiferencia hacia Dios y hacia el sufrimiento de los demás. La prosperidad puede crear la ilusión de que todo está bien espiritualmente o de que no necesitamos arrepentirnos. Por eso Isaías insiste: «Escuchad mi palabra». La seguridad verdadera no consiste en vivir sin dificultades, sino en permanecer atentos a la voz del Señor y estar dispuestos a responder cuando Él nos advierte, corrige o invita a servir.
La invitación a levantarse, temblar y dejar la complacencia representa un llamado al despertar espiritual. Jesucristo desea sacarnos de toda falsa seguridad antes de que lleguen consecuencias más dolorosas. El discípulo vigilante agradece sus bendiciones sin depositar en ellas su confianza definitiva; escucha las advertencias proféticas, examina su vida y no permanece insensible ante las necesidades ajenas. Nuestra paz será segura cuando proceda de una relación fiel con Cristo, no simplemente de la ausencia momentánea de problemas.
Isaías dirige ahora su atención a las desdichadas mujeres que se encuentran bajo el dominio de Satanás. Poseen una gran capacidad para hacer el bien, pero no hacen nada. Las mujeres Santos de los Últimos Días rara vez corresponden con esta descripción.
Jedediah M. Grant: Podría decir a los jóvenes: despierten de su sueño para que las bendiciones de Dios sean derramadas sobre ustedes. Y si las mujeres desean saber lo que pienso acerca de muchas de ellas, que lean el capítulo 32 de Isaías; será mejor que les lea una parte: “Levantaos, mujeres que estáis reposadas; oíd mi voz, hijas confiadas; escuchad mi palabra. De aquí a algo más de un año tendréis espanto, oh mujeres confiadas, porque la vendimia faltará y la cosecha no llegará. Temblad, mujeres que estáis reposadas; turbaos, confiadas; despojaos, desnudaos y ceñid los lomos con cilicio” (Isaías 32:9–11).
Quiero decir a muchas de nuestras mujeres mayores, y a cientos y miles de nuestras jóvenes, que la vida del Dios Todopoderoso no está en ustedes; están reposadas, son descuidadas, indiferentes y ciegas, y no comprenden los derechos que Dios Todopoderoso desea que disfruten. Quiero que tales mujeres se humillen en cilicio y ceniza hasta que reciban el Espíritu Santo. Deseo que cada madre y cada hija de Israel sirva a su Dios y tenga la luz de Dios en su interior, en lugar de orgullo, insensatez, necedad y todo aquello que sea superficial y vano. Levántense, mujeres descuidadas que duermen en Sion, y entréguense al duelo y la lamentación ante Dios hasta que la luz de los cielos brille sobre ustedes; hasta que la luz de Dios ahuyente su orgullo, sus abominaciones y sus pecados, las rodee por completo, y hasta que los cielos las contemplen con aprobación y las bendigan para siempre. Deseo que sean bendecidas y salvas para que sus hijos puedan levantarse y ser bendecidos. Quiero que las mujeres comprendan que hay una obra que deben realizar en Sion, en vez de quedarse dormidas (26 de octubre de 1856, Journal of Discourses, 4:177–178).
Isaías 32:10–14 — La prosperidad puede desaparecer
«La vendimia faltará y la cosecha no vendrá».
Los campos, las viñas, las casas alegres y los palacios parecían garantizar que la prosperidad de Jerusalén continuaría indefinidamente. Sin embargo, Isaías anunció que la invasión y la desolación transformarían aquellos lugares productivos en terrenos cubiertos de espinos y cardos. El pueblo había confundido la abundancia temporal con seguridad permanente y la comodidad con aprobación divina. La ausencia inmediata de dificultades le impedía reconocer su vulnerabilidad espiritual y la necesidad de arrepentirse.
Las bendiciones materiales son buenas y pueden proceder de la generosidad de Dios, pero continúan siendo frágiles y temporales. La riqueza, las posesiones, el empleo y las comodidades pueden cambiar inesperadamente; por eso no deben convertirse en el fundamento de nuestra identidad ni de nuestra esperanza. El Señor nos invita a recibirlas con gratitud, administrarlas como mayordomos y utilizarlas para alimentar, proteger y bendecir a otras personas mientras estén en nuestras manos.
Jesucristo nos ofrece una riqueza que la invasión, la crisis o la pérdida no pueden destruir. Cuando edificamos sobre Él, las circunstancias pueden cambiar sin arrebatarnos nuestra identidad divina, nuestra relación con Dios ni nuestra esperanza eterna. La advertencia de Isaías no procura producir miedo, sino despertar sabiduría: debemos prepararnos temporalmente, vivir con sencillez, compartir nuestras bendiciones y acumular tesoros espirituales que permanezcan aun cuando las cosechas fallen y las seguridades terrenales desaparezcan.
Isaías 32:11–12 — Un llamado al arrepentimiento
«Despojaos… y ceñid los lomos con cilicio».
Vestirse de cilicio, temblar y lamentarse eran señales externas de humillación, duelo y arrepentimiento. Sin embargo, esas acciones solo tenían valor espiritual cuando expresaban un cambio verdadero en el corazón. El Señor no buscaba una manifestación momentánea de tristeza, sino que el pueblo reconociera su pecado, abandonara su falsa seguridad y regresara sinceramente a Él. El arrepentimiento auténtico supera las palabras y emociones: produce decisiones concretas y una nueva manera de vivir.
Dios advierte antes de que llegue la calamidad porque desea conceder tiempo para el arrepentimiento. Sus amonestaciones no tienen como único propósito provocar temor ni anunciar castigos inevitables, sino despertar a quienes se han vuelto espiritualmente indiferentes. La advertencia profética es una expresión de misericordia: revela el peligro mientras todavía existe la oportunidad de cambiar de dirección y evitar consecuencias más dolorosas.
Por medio de Jesucristo, el arrepentimiento se convierte en un camino de esperanza y no solamente de lamentación. El pesar según Dios nos conduce a confesar, reparar cuanto sea posible y abandonar el pecado, pero la gracia del Salvador nos permite levantarnos y comenzar de nuevo. El «cilicio» moderno no consiste en castigarnos indefinidamente, sino en presentarnos humildemente ante Cristo, permitir que Él transforme nuestro corazón y demostrar mediante una obediencia renovada que verdaderamente hemos regresado a Él.
Isaías 32:15 — El Espíritu será derramado desde lo alto
«Hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto».
La palabra «hasta» señala el gran punto de cambio del capítulo. La desolación, la pérdida y la esterilidad no representan el final de la historia del pueblo del convenio. Después de describir las consecuencias de su alejamiento, Isaías anuncia que Dios derramará Su Espíritu para comenzar una restauración tanto temporal como espiritual. La esperanza de Israel no descansaría únicamente en la reconstrucción de sus ciudades o en la recuperación de sus cosechas, sino en la renovación interior producida por el poder divino.
La transformación duradera no procede solamente de mejores circunstancias, reformas externas o mayores recursos. Ocurre cuando el Espíritu Santo ilumina la mente, ablanda el corazón y concede poder para vivir en rectitud. Por medio de Jesucristo recibimos el don del Espíritu, quien testifica de la verdad, revela aquello que debemos cambiar y nos fortalece para hacerlo. Donde antes había indiferencia puede surgir sensibilidad espiritual; donde había temor, fe; y donde existían división e injusticia pueden comenzar a crecer la paz y la rectitud.
El Espíritu es el agente transformador. En lugar de un hombre ruin y mezquino, obtenemos un hombre cuya compañía resulta tan agradable como las corrientes de agua en un lugar seco. Gracias al Espíritu, la mujer perezosa e inicua se transforma en una reina benevolente que bendice a todos los que la rodean. Por eso procuramos la compañía del Espíritu: Él nos refina, nos mejora y nos reprende. Parley P. Pratt explicó esta idea de manera extraordinaria.
Parley P. Pratt: El espíritu impuro de tal persona rechazará el elemento puro conforme a las leyes naturales de afinidad, atracción y repulsión.
Un ser inteligente, creado a imagen de Dios, posee todos los órganos, atributos, sentidos, afinidades, afectos, voluntad, sabiduría, amor, poder y dones que Dios mismo posee.
Sin embargo, el hombre los posee en su estado rudimentario, en un sentido subordinado de la palabra. Dicho de otro modo, esos atributos se encuentran en estado embrionario y deben desarrollarse gradualmente. Se asemejan a un capullo o germen que poco a poco se convierte en flor y que, mediante su progreso, produce finalmente el fruto maduro de su propia especie.
El don del Espíritu Santo se adapta a todos esos órganos o atributos. Vivifica todas las facultades intelectuales; aumenta, amplía, expande y purifica todas las pasiones y los afectos naturales; y, mediante el don de la sabiduría, los adapta a su uso legítimo. Inspira, desarrolla, cultiva y hace madurar todas las delicadas afinidades, alegrías, preferencias, sentimientos afines y afectos de nuestra naturaleza. Inspira virtud, amabilidad, bondad, ternura, mansedumbre y caridad. Desarrolla la belleza de la persona, de su forma y de sus rasgos. Favorece la salud, el vigor, la vitalidad y la sociabilidad. Fortalece todas las facultades físicas e intelectuales del ser humano. Fortalece y tonifica los nervios. En resumen, es, por así decirlo, médula para los huesos, gozo para el corazón, luz para los ojos, música para los oídos y vida para todo el ser (Key to the Science of Theology, novena edición, 1965, pág. 101).
Isaías 32:15 — El desierto se convertirá en campo fértil
«El desierto se convierta en campo fértil».
El Espíritu produce vida donde anteriormente había esterilidad. La imagen puede relacionarse con la restauración física de la tierra de Israel, pero también representa la renovación espiritual vinculada con el recogimiento del pueblo del convenio. Cuando Dios derrama Su Espíritu, el desierto florece, el terreno improductivo comienza a dar fruto y aquello que parecía perdido recibe una nueva oportunidad de vivir.
Ninguna vida está demasiado seca ni ningún corazón demasiado endurecido para el poder redentor de Jesucristo. Mediante Su gracia, los deseos pueden purificarse, la fe puede retoñar y una persona que antes era espiritualmente infructuosa puede producir abundantes obras de bondad. El Salvador no se limita a ocultar nuestra esterilidad; transforma nuestra naturaleza para que lleguemos a ser fértiles en fe, servicio, paciencia y amor.
Esta promesa también nos enseña a no juzgar definitivamente a nadie por su condición presente. Un desierto no siempre seguirá siendo desierto. Cuando una persona recibe a Cristo y permite que el Espíritu obre en ella, puede experimentar una transformación que parecía imposible. El mismo poder que renueva la tierra puede restaurar matrimonios, sanar relaciones, reavivar testimonios y hacer florecer nuevamente una vida que había perdido la esperanza.
Orson Pratt: Parece, entonces, que el Señor había fijado en Su propia mente un tiempo determinado en el que volvería a derramar Su Espíritu de lo alto sobre Su pueblo, y más especialmente sobre la casa de Israel. Cuando llegue ese momento, no solo habrá una gran reforma moral entre el pueblo, sino que se nos dice que la transformación se extenderá también a la tierra. El Profeta afirma que, cuando el Espíritu sea derramado de lo alto, el desierto se convertirá en campo fértil y el campo fértil será considerado como bosque. ¿Qué debemos entender por la predicción de que el desierto se transformará en campo fértil cuando el Espíritu sea derramado de lo alto? Debemos entender lo mismo que se encuentra registrado en el capítulo 35 de esta profecía, del cual leeré una pequeña parte. Al hablar del recogimiento de los israelitas en los últimos días, declara: “Se alegrarán el desierto y el erial; y el yermo se regocijará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente y también se regocijará con alegría y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria de Jehová, la majestad del Dios nuestro” (Isaías 35:1–2) (Journal of Discourses, 18:144–145).
Isaías 32:16 — La justicia habitará en la tierra restaurada
«La justicia habitará en el desierto, y en el campo fértil morará la rectitud».
La restauración prometida por Isaías no se mide solamente por la recuperación de tierras cultivables, el regreso de las cosechas o el aumento de la prosperidad económica. Su fruto principal es la formación de un pueblo entre el cual habiten permanentemente la justicia y la rectitud. El desierto transformado representa mucho más que un cambio de paisaje: simboliza corazones, hogares y comunidades renovados por la presencia de Dios. La abundancia material sin rectitud volvería a producir orgullo, desigualdad y falsa seguridad; por eso el Señor primero transforma al pueblo que ocupará la tierra restaurada.
El Espíritu Santo no se derrama únicamente para producir emociones intensas o experiencias espirituales momentáneas. Su presencia debe manifestarse en una conducta transformada: mayor honestidad, misericordia, pureza, reconciliación y preocupación por el necesitado. Cuando el Espíritu obra verdaderamente, cambia la manera de ejercer autoridad, resolver conflictos, utilizar los bienes materiales y tratar a quienes poseen menos poder. La espiritualidad auténtica siempre produce frutos visibles de justicia y amor.
Jesucristo no busca solamente bendecir los lugares donde vivimos, sino convertirnos en personas capaces de vivir rectamente en ellos. Mediante Su gracia, la justicia puede «habitar» incluso donde antes existían esterilidad, abuso o indiferencia. El discípulo contribuye a esa restauración cuando defiende al débil, actúa sin favoritismos y permite que la doctrina de Cristo gobierne sus relaciones. Allí donde las personas reciben al Salvador y siguen al Espíritu, el desierto moral comienza a florecer y la rectitud encuentra un lugar permanente donde morar.
Isaías 32:17 — La rectitud produce paz, reposo y seguridad
«El efecto de la rectitud será paz; y el resultado de la rectitud, reposo y seguridad para siempre».
Este es uno de los versículos doctrinalmente más importantes del capítulo. Isaías presenta la paz como el fruto natural de la rectitud y no simplemente como el resultado de acuerdos políticos, superioridad militar o ausencia temporal de conflictos. La paz verdadera comienza con la reconciliación del ser humano con Dios, la cual se hace posible mediante la Expiación de Jesucristo. Cuando ejercemos fe en Él, nos arrepentimos y recibimos Su perdón, la culpa puede ser reemplazada por una conciencia limpia y el temor por la confianza. Al mismo tiempo, vivir los mandamientos disminuye muchos conflictos producidos por el orgullo, el egoísmo, el engaño y la injusticia.
El mundo suele buscar reposo y seguridad acumulando riquezas, poder, influencia o medios de protección. Aunque la preparación temporal es prudente, esas cosas no pueden conceder una paz permanente. Isaías enseña que la seguridad más profunda procede de vivir en armonía con Dios, mantener relaciones justas y confiar en Sus promesas. La rectitud genera reposo porque elimina la necesidad de ocultar el pecado y seguridad porque permite saber que nuestra vida está edificada sobre Jesucristo, una roca que no cambia con las circunstancias.
Esta promesa no significa que las personas rectas jamás sufrirán, experimentarán incertidumbre o afrontarán oposición. Significa que pueden poseer una paz de convenio capaz de permanecer durante las pruebas. Esa paz no depende de que todo esté tranquilo a nuestro alrededor, sino de saber quién nos acompaña y en quién hemos confiado. Alcanzará su plenitud durante el reinado milenario de Cristo, cuando la justicia gobierne la tierra; pero puede comenzar ahora en cada corazón, hogar y comunidad donde se reciba al Salvador y se viva conforme a Su rectitud.
Charles W. Penrose: Hermanos y hermanas, ese tiempo se aproxima, y la obra en la que ustedes y yo participamos consiste en preparar el camino. El espíritu que debe habitar en nuestro corazón es el espíritu de rectitud, porque eso es lo que traerá la paz. La paz nunca gobernará el mundo hasta que se establezca la rectitud: conocimiento recto, vida recta, actos rectos, propósitos rectos, unión recta y fe unida. Cuando amanezca ese día, Cristo vendrá y será nuestro Rey; y leemos que “el efecto de la rectitud será la paz” (Conference Report, abril de 1917, primer día, sesión de la mañana, pág. 22).
“Isaías enseñó hace casi treinta siglos: ‘Y la obra de la rectitud será la paz; y el efecto de la rectitud, quietud y seguridad para siempre’ (Isaías 32:17). Quienes en esta vida se comporten con fidelidad y devoción a Dios y a Sus leyes llegarán finalmente a conocer la paz ‘que sobrepasa todo entendimiento’ (Filipenses 4:7), la serena pero poderosa certeza de que han superado con éxito los desafíos de la vida mortal. Ellos son quienes, como discípulos de Cristo, han vivido de toda palabra de Dios” (Robert L. Millet, An Eye Single to the Glory of God: Reflections on the Cost of Discipleship, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1991, pág. 121).
Thomas S. Monson: ¡Ruego que comprendamos que nuestra mayor felicidad en esta vida llegará al seguir los mandamientos de Dios y obedecer Sus leyes! Me encantan las palabras que se encuentran en Isaías, capítulo 32, versículo 17: “Y la obra de la rectitud será la paz; y el efecto de la rectitud, quietud y seguridad para siempre”. Tal paz y tal seguridad solo pueden recibirse por medio de la rectitud (Conference Report, octubre de 2015, pág. 83).
Isaías 32:18 — Moradas de paz
«Mi pueblo habitará en morada de paz, y en habitaciones seguras y en lugares de reposo».
Las moradas pacíficas representan las bendiciones que existirán plenamente bajo el reinado del Mesías. Después de la desolación y la inseguridad descritas anteriormente, el Señor promete que Su pueblo vivirá sin el temor constante de perder su hogar, su sustento o su libertad. La paz no será solamente una condición exterior, sino el fruto de una sociedad transformada por el Espíritu, en la cual la justicia y la rectitud habiten permanentemente. El hogar dejará de ser un lugar de temor, conflicto o incertidumbre y se convertirá en refugio de seguridad, descanso y comunión con Dios.
Podemos comenzar a establecer esa condición ahora al edificar hogares centrados en Jesucristo. Una morada de paz no es necesariamente una casa sin dificultades ni diferencias, sino un lugar donde estas se enfrentan mediante la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto y el servicio. Cuando cada integrante procura seguir el ejemplo del Salvador, las palabras dejan de utilizarse para herir, la autoridad se ejerce con amor y los errores se convierten en oportunidades para ofrecer misericordia y comenzar nuevamente.
La paz de Sion comienza en el corazón reconciliado con Dios y se extiende progresivamente hacia la familia, la Iglesia y la comunidad. No podemos controlar todas las circunstancias externas, pero sí podemos invitar al Espíritu Santo mediante nuestras decisiones diarias. Cada acto de paciencia, cada conversación sincera y cada ofensa perdonada contribuyen a formar una «morada de paz». De esa manera, nuestros hogares pueden convertirse desde ahora en una pequeña representación del reino seguro y apacible que Jesucristo establecerá plenamente sobre la tierra.
Orson Pratt: ¿Era esa la manera en que habitábamos en Misuri o Illinois? ¿Vivíamos continuamente con quietud y seguridad en esos estados? No; éramos sacudidos de un lado a otro; como dice Isaías: “Afligida, azotada por la tempestad y sin consuelo”. Así se encontraba Sion mientras estaba en los estados, y aquello concordaba con una revelación moderna en la que el Señor dice, refiriéndose a Sion: “Seréis perseguidos de ciudad en ciudad y de sinagoga en sinagoga, y pocos permanecerán para recibir una heredad”. Pero cuando llegara el momento en que Sion subiera al desierto, las cosas cambiarían; entonces mi pueblo habitaría en moradas de paz, en habitaciones seguras y en lugares de quietud y confianza (Journal of Discourses, 18:149).
Isaías 32:19 — La ciudad orgullosa será abatida
«La ciudad será del todo abatida».
Mientras el pueblo del Señor recibe la promesa de habitar en moradas de paz, la ciudad edificada sobre el orgullo, la violencia y la injusticia finalmente cae. El granizo y la destrucción del bosque simbolizan el juicio de Dios, que pone a prueba los fundamentos sobre los cuales las sociedades han construido su seguridad. Aquello que parecía elevado, poderoso e invulnerable será humillado cuando se descubra que carecía de rectitud. Ningún sistema humano puede permanecer indefinidamente cuando obtiene su prosperidad mediante la opresión o desafía persistentemente las leyes de Dios.
La visión de Isaías no confunde la paz con la tolerancia indefinida del mal. La paz verdadera requiere que la opresión sea detenida, que el engaño sea descubierto y que las estructuras de injusticia sean finalmente derribadas. El juicio divino no contradice la misericordia de Dios; impide que la maldad continúe destruyendo a Sus hijos sin límite. Jesucristo es el Príncipe de Paz, pero también el Rey justo que defenderá al débil y hará responsables a quienes empleen su poder para perjudicar a otros.
Este versículo también nos invita a examinar la «ciudad» que estamos edificando mediante nuestras decisiones. Todo proyecto personal, familiar o social fundamentado en el orgullo terminará siendo inestable. Por medio del arrepentimiento podemos permitir que Cristo derribe en nosotros aquello que no es recto antes de que produzca consecuencias mayores. Cuando abandonamos la soberbia y edificamos sobre el Evangelio, dejamos de depender de estructuras destinadas a caer y comenzamos a participar en la paz duradera de Sion.
Existe una frase que se utiliza a lo largo del Frente Wasatch: queremos “lluvia en los valles y nieve en las montañas”. Por lo general, la dicen quienes detestan retirar la nieve de las entradas de sus casas, resbalar con sus automóviles o caerse y fracturarse la cadera. El versículo 19 expresa una idea semejante. Si ha de granizar, que el granizo caiga en el bosque, donde no nos golpeará la cabeza, abollará nuestros automóviles ni romperá nuestras ventanas. Si vivimos en los valles, queremos lluvia que riegue el césped y empape las flores. Esa es la bendición del Milenio: la lluvia llega cuando y donde se necesita. El granizo solo causa destrucción, de modo que debe permanecer en el bosque.
Orson Pratt: Vemos todos los rigores de un invierno ártico en nuestras cordilleras orientales, mientras que, al mismo tiempo, aquí existen valles profundos en los que hay un clima relativamente cálido. Esto me hace pensar en lo que declaró el profeta Isaías al referirse a la obra de los últimos días. Él dice: “Y granizará cuando caiga sobre el bosque, y la ciudad será
Isaías 32:20 — Bienaventurados los que siembran
«Dichosos vosotros los que sembráis junto a todas las aguas».
El capítulo termina con una imagen de trabajo confiado, libertad y abundancia. Sembrar «junto a todas las aguas» representa aprovechar ampliamente las oportunidades, sabiendo que existe humedad suficiente para que la semilla germine y produzca fruto. Después de la desolación, el derramamiento del Espíritu transforma el desierto en campo fértil y permite que el pueblo vuelva a trabajar con esperanza. La bendición no pertenece a quienes permanecen paralizados por el temor, sino a quienes confían en las promesas de Dios y comienzan nuevamente a sembrar.
Espiritualmente, sembramos cuando enseñamos el Evangelio, servimos al necesitado, educamos a nuestros hijos, perdonamos, fortalecemos testimonios y realizamos obras de rectitud. No todas las semillas producen resultados visibles de inmediato. Algunas palabras, oraciones y acciones de amor pueden permanecer ocultas durante años antes de manifestar su fruto. Sin embargo, el Señor conoce cada esfuerzo fiel y puede utilizarlo en Su propio tiempo para bendecir vidas que quizá nosotros nunca lleguemos a ver.
Ser bienaventurado no depende únicamente de contemplar la cosecha, sino también de permanecer fiel en la siembra. Bajo la influencia del Espíritu Santo, aprendemos dónde, cuándo y qué debemos sembrar; pero también adquirimos paciencia para dejar el crecimiento en manos de Dios. Jesucristo es el Señor de la cosecha. Nuestra responsabilidad consiste en trabajar con fe, sembrar generosamente «junto a todas las aguas» y confiar en que Él dará el crecimiento conforme a Su sabiduría y a Su tiempo.
Orson Pratt: Volveremos ahora a nuestro texto, el capítulo 32 de Isaías: “Bienaventurados vosotros los que sembráis junto a todas las aguas y dejáis sueltos al buey y al asno”. ¿Por qué dijo Isaías que se concedería una bendición a cierto pueblo que sembraría junto a corrientes de agua? ¿Por qué no bendijo a quienes vivían en colinas y montañas, como sucede en todos nuestros estados y en muchos otros países del mundo? Porque al contemplar a este pueblo vio que, debido al lugar donde se establecería, tendría que internarse en un desierto, y que los redimidos del Señor se verían obligados a asentarse a orillas de las corrientes. No podrían alejarse varios kilómetros de un arroyo o manantial y confiar en las lluvias del cielo. No; aquí las lluvias no llegan —o no llegaban cuando nos establecimos por primera vez— de manera que pudieran bendecir a quienes naturalmente desearan residir lejos de una corriente de agua. Todos tuvimos que establecernos cerca de algún arroyo. ¿Con qué propósito? Para que resultara práctico construir pequeños canales que desviaran el agua y permitieran distribuirla sobre la tierra. “Bienaventurados los que sembráis junto a todas las aguas y dejáis sueltos al buey y al asno”.
Hemos leído estas palabras del antiguo Profeta para que los Santos de los Últimos Días recuerden cuán completamente está cumpliendo el Señor cada jota y cada tilde —hasta donde el tiempo lo permite— de aquello que hizo declarar mediante el poder del Espíritu Santo por conducto de Sus profetas antiguos (Journal of Discourses, 18:153).


























