Isaías 31
Isaías 31 contrapone el poder visible de Egipto con el poder invisible, pero infinitamente superior, de Dios. Judá podía contar los carros, los caballos y los jinetes egipcios; por eso le parecían un refugio más seguro que las promesas del Señor. Sin embargo, Isaías declara una verdad fundamental: «Los egipcios son hombres y no dioses; y sus caballos, carne y no espíritu» (Isaías 31:3). Todo recurso humano tiene límites y puede fracasar, pero el poder de Jehová es eterno. El problema de Judá no consistía simplemente en buscar ayuda política o militar, sino en depositar su confianza final en el brazo de la carne y dejar de consultar al Santo de Israel. Del mismo modo, nosotros podemos convertir el dinero, la posición social, el conocimiento, la tecnología o las influencias humanas en falsos refugios cuando esperamos de ellos la seguridad, la paz o la salvación que únicamente Jesucristo puede proporcionar.
El capítulo presenta al Señor mediante dos imágenes complementarias. Él es como un león que no retrocede ante el ruido de sus adversarios y como un ave que extiende sus alas para proteger cuidadosamente su nido (Isaías 31:4–5). La primera imagen revela Su poder soberano: ninguna fuerza puede intimidarlo ni impedir que cumpla Sus propósitos. La segunda manifiesta Su ternura redentora: Él protege, libra, preserva y rescata a quienes acuden a Su amparo. En Jesucristo se unen perfectamente la fortaleza y la misericordia. Él posee poder suficiente para vencer al pecado, la muerte y al adversario, pero también la compasión necesaria para cubrir al arrepentido, sanar al quebrantado y sostener al que tiene temor.
Sin embargo, la protección prometida requiere una respuesta personal: «Volveos a aquel contra quien se rebelaron profundamente los hijos de Israel» (Isaías 31:6). Volverse al Señor significa arrepentirse, abandonar los ídolos y dejar de atribuir poder salvador a las cosas mortales. Los ídolos modernos quizá no sean imágenes de plata u oro, pero pueden ser cualquier persona, posesión, deseo o ideología que ocupe en nuestro corazón el lugar que corresponde a Dios. Cuando renunciamos a esos falsos refugios y depositamos nuestra confianza en Jesucristo, descubrimos que Él continúa dispuesto a defendernos, cubrirnos con Su gracia y conducirnos hacia una seguridad que el mundo jamás podrá ofrecer.
Isaías 31:1 — El peligro de confiar en el poder visible
«Confían en los caballos… y en los jinetes, porque son poderosos, pero no miran al Santo de Israel».
Judá descendió a Egipto buscando protección contra la amenaza de Asiria. Los numerosos carros, caballos y jinetes egipcios parecían ofrecer una solución inmediata, visible y poderosa. Sin embargo, el problema no consistía simplemente en buscar cooperación o utilizar recursos disponibles, sino en depositar en el poder militar la confianza que correspondía a Dios. Al mirar únicamente aquello que podían contar y observar, los habitantes de Judá olvidaron que la verdadera seguridad del pueblo del convenio dependía de su fidelidad al Señor.
Nosotros también podemos poner nuestra esperanza principal en el dinero, la influencia, la tecnología, los contactos, la preparación académica o nuestra capacidad personal. Esos recursos pueden ser útiles e incluso convertirse en instrumentos mediante los cuales Dios nos bendiga, pero se transforman en ídolos cuando ocupan el lugar del Señor, determinan nuestras decisiones o nos hacen sentir que no necesitamos Su ayuda. La advertencia de Isaías nos invita a examinar no solamente los recursos que utilizamos, sino aquello en lo que realmente confiamos cuando sentimos temor o enfrentamos una crisis.
Isaías 31:1 — Mirar y buscar al Señor
«No miran al Santo de Israel ni buscan a Jehová».
Isaías utiliza dos acciones espirituales estrechamente relacionadas. Mirar al Señor significa reconocerlo como nuestra fuente verdadera de fortaleza, dirección y salvación; buscarlo significa acercarnos a Él mediante la oración, estudiar Su palabra, escuchar al Espíritu y orientar nuestras decisiones conforme a Su voluntad. Judá buscó primero la ayuda de Egipto y dejó al Señor fuera de sus planes. La fe, por el contrario, comienza consultando a Dios y permitiendo que Él determine cómo debemos utilizar los recursos disponibles.
Mirar y buscar al Señor no significa ignorar los problemas, rechazar toda ayuda humana ni permanecer pasivos. Significa colocar a Jesucristo en el centro de nuestros planes, actuar con sabiduría y no aceptar soluciones que contradigan Sus mandamientos. Podemos utilizar los «caballos y carros» modernos, pero sin convertirlos en nuestros salvadores. Cuando confiamos primero en Cristo, los recursos temporales ocupan su lugar correcto: dejan de ser falsos refugios y se convierten en instrumentos subordinados a Su voluntad.
Isaías 31:2 — La sabiduría de Dios supera la estrategia humana
«Pero él también es sabio».
Esta expresión parece responder a los dirigentes de Judá que se consideraban prudentes por haber negociado una alianza con Egipto. Podían admirar la habilidad de sus diplomáticos, calcular el número de carros disponibles y confiar en sus planes militares; sin embargo, habían olvidado una verdad esencial: Dios también es sabio, y Su sabiduría es perfecta, eterna y superior a todo razonamiento humano. La frase contiene cierta reprensión: quienes pensaban haber encontrado una solución inteligente actuaban como si supieran más que el Señor.
La sabiduría humana analiza aquello que puede observar en el presente, pero Dios conoce el corazón, contempla el futuro y comprende todas las consecuencias de nuestras decisiones. Él ve peligros que nosotros no percibimos y oportunidades que todavía no podemos imaginar. Por eso, la mejor estrategia humana permanece incompleta cuando excluye la revelación y el consejo divino. Confiar en Dios no significa renunciar al razonamiento, sino someter nuestros planes limitados a Su conocimiento perfecto y permitir que Jesucristo dirija aquello que nosotros no alcanzamos a comprender.
Isaías 31:2 — La palabra de Dios no será retirada
«No retirará sus palabras».
Los dirigentes de Judá quizá esperaban que la advertencia profética no se cumpliera o que el Señor cambiara Su palabra porque ellos habían establecido una alianza aparentemente poderosa. Sin embargo, las declaraciones de Dios no pierden su validez por causa de la presión política, la incredulidad humana o la incomodidad que produzcan. Cuando el Señor anuncia las consecuencias del pecado, no actúa impulsivamente: habla con conocimiento perfecto y cumple Su palabra con justicia.
La firmeza de la palabra de Dios constituye tanto una advertencia como un consuelo. Sus mandamientos y amonestaciones deben tomarse seriamente, porque no podemos quebrantar Sus leyes sin experimentar consecuencias. Al mismo tiempo, Sus promesas de perdón, sanación, resurrección y vida eterna son igualmente seguras. El mismo Dios que no retira Sus advertencias tampoco retira las promesas que ha hecho a quienes se arrepienten y permanecen fieles a sus convenios. Su palabra es inmutable y, por ello, podemos edificar nuestra vida sobre ella con absoluta confianza.
Isaías 31:3 — Los egipcios son hombres y no dioses
«Los egipcios son hombres y no dioses».
Esta sencilla declaración descubre el error fundamental de Judá: había atribuido a una nación mortal una capacidad de salvación que solamente pertenece a Dios. Egipto tenía ejércitos, riquezas y experiencia militar, pero continuaba sujeto a la debilidad humana. Ninguna nación, por poderosa que parezca, puede garantizar aquello que solo el Señor puede conceder: paz verdadera, liberación espiritual y salvación eterna.
Las personas pueden ayudarnos, guiarnos y protegernos, pero siguen siendo imperfectas y limitadas. Esperar perfección o salvación de líderes, instituciones, familiares o seres queridos coloca sobre ellos una responsabilidad que no pueden sostener y prepara nuestro corazón para la decepción. Debemos agradecer y recibir la ayuda humana sin convertir a nadie en nuestro salvador. Solamente Jesucristo puede ocupar el lugar central que corresponde a Dios en nuestra vida, porque únicamente Su poder, Su sabiduría y Su amor son perfectos.
Hugh Nibley: ¿Qué hace grande a una nación? El poder y la riqueza es la respuesta que damos en la actualidad; lo importante es ocupar el primer lugar en poderío militar y económico. También pensaban así en los días de Isaías: ¡Ay de aquellos que confían en caballos y carros porque son poderosos, pero “no miran al Santo de Israel”! “Y los egipcios hombres son, y no Dios; y sus caballos carne, y no espíritu” (Isaías 31:1, 3). Las alianzas no proporcionan verdadera seguridad; ninguna espada, ya sea la de una potencia fuerte o la de una débil, vencerá a Asiria. El Señor tenía Sus propios planes para Asiria, y nadie habría podido imaginar cuáles eran. ¿Dónde se encuentra la seguridad? ¡Al cavar las defensas de Jerusalén, ustedes simplemente están cavando sus propias tumbas! La única defensa verdadera es el llamamiento del sacerdocio en el templo. Si participan en el juego de la política realista del poder, no pueden esperar otra cosa que la recompensa habitual…
Cuando Isaías dice al pueblo que confíe en Dios y no en Egipto, ¡el pueblo responde que eso no es realista!… Solo hay Uno en quien se puede depositar la confianza. Asiria desapareció de la noche a la mañana y nunca volvió a saberse de ella, mientras que naciones menos poderosas, tan antiguas como Asiria, que no podían permitirse apostar por la supremacía mediante la victoria en las batallas, todavía existen entre nosotros (Old Testament and Related Studies, editado por John W. Welch, Gary P. Gillum y Don E. Norton, Salt Lake City y Provo: Deseret Book Co. y FARMS, 1986, págs. 231–232).
Isaías 31:3 — Los caballos son carne y no espíritu
«Sus caballos son carne y no espíritu».
Los caballos representaban velocidad, movilidad y fuerza militar, pero continuaban siendo criaturas mortales. La palabra «carne» expresa fragilidad, temporalidad y dependencia; el «espíritu» representa el poder superior, vivificante e ilimitado de Dios. Judá confiaba en aquello que podía ver, contar y organizar, olvidando que ningún recurso material podía compararse con la intervención de Jehová.
Lo visible puede parecernos más real y seguro que la ayuda divina porque puede medirse, calcularse y ponerse inmediatamente en funcionamiento. Sin embargo, Isaías enseña que el poder espiritual no es menos verdadero por ser invisible. La revelación, la gracia, la guía del Espíritu Santo y el poder de Jesucristo pueden lograr aquello que la fuerza humana no puede alcanzar. Una sola intervención del Señor supera todos los recursos materiales de las naciones; por eso, nuestros planes temporales deben permanecer subordinados a Su dirección.
Isaías 31:3 — El ayudador y el ayudado caerán juntos
«Caerá el ayudador y caerá el ayudado, y todos ellos desfallecerán a una».
Una alianza no puede proporcionar seguridad duradera cuando ambas partes comparten la misma debilidad fundamental. Egipto no podía salvar a Judá porque también era mortal y tampoco podía resistir la mano de Dios. Cuando el Señor extendiera Su mano en juicio, tanto la nación que ofrecía protección como el pueblo que confiaba en ella comprobarían que su poder era insuficiente.
Cuando buscamos seguridad mediante recursos contrarios a la voluntad del Señor, podemos terminar participando de sus debilidades y consecuencias. Por ello, no debemos considerar solamente si una ayuda parece poderosa o conveniente, sino también si es justa, confiable y compatible con nuestros convenios. La verdadera prudencia espiritual consiste en aceptar ayuda sin comprometer nuestros principios, recordar que todo instrumento humano es limitado y mantener nuestra confianza suprema en Jesucristo.
Isaías 31:4 — Jehová como un león que no retrocede
«Como el león… no temerá por sus voces ni se acobardará».
Isaías compara al Señor con un león que permanece firme sobre su presa mientras un grupo de pastores se reúne para espantarlo. Aunque griten y hagan mucho ruido, el león no siente temor ni abandona aquello que ha conquistado. De manera semejante, Jehová no se intimida ante la multitud de naciones que se levantan contra Sion. Los imperios pueden parecer poderosos y sus amenazas estremecedoras, pero ante Dios continúan siendo tan incapaces como aquellos pastores que intentaban intimidar al león con sus voces.
El poder de Dios no depende de la aprobación humana ni disminuye por causa de la oposición. Las voces contrarias a la verdad pueden ser numerosas, insistentes y ruidosas, pero no pueden obligarlo a abandonar Sus propósitos ni a quebrantar Sus convenios. Esta imagen nos invita a no confundir el ruido con el poder: aquello que domina la conversación pública o provoca temor no necesariamente tiene autoridad verdadera. Jesucristo permanece firme, gobierna con poder y cumplirá cada promesa hecha a Su pueblo.
Isaías 31:4 — El Señor peleará sobre el monte Sion
«Jehová de los ejércitos descenderá a pelear sobre el monte Sion».
Judá buscaba un defensor en Egipto mientras Jehová declaraba que Él mismo descendería para defender el monte Sion. El pueblo procuraba comprar mediante riquezas, negociaciones y alianzas una protección que Dios podía conceder por medio de Su poder. Su error no consistió solamente en calcular mal la fuerza de Egipto, sino en olvidar la disposición del Señor para intervenir a favor de quienes confían y permanecen fieles a Él.
El Señor pelea por Su pueblo de acuerdo con Su sabiduría y no siempre conforme a nuestras expectativas. Esto no significa que los fieles evitarán toda dificultad, oposición o pérdida temporal, sino que ninguna fuerza podrá destruir Su obra ni impedir el cumplimiento final de Sus promesas. Jesucristo ya ha vencido a los mayores enemigos de la humanidad: el pecado y la muerte. Cuando permanecemos en convenio con Él, podemos afrontar nuestras batallas con la certeza de que no estamos solos y de que la victoria definitiva le pertenece al Señor.
Isaías 31:5 — Dios protege como aves que vuelan
«Como las aves que vuelan, así defenderá Jehová… a Jerusalén».
La imagen cambia del león poderoso que no retrocede ante sus adversarios a la de un ave que vuela sobre su nido para proteger a sus crías. Puede representar aves que vigilan constantemente desde lo alto y que, al percibir una amenaza, descienden con rapidez y se interponen entre el peligro y sus pequeños. Así es la protección del Señor: atenta, cercana y activa. Él conoce los peligros que se aproximan incluso antes de que Su pueblo pueda reconocerlos.
En Jesucristo se unen perfectamente la fuerza del león y la ternura del ave protectora. Él no solamente posee poder para derrotar al enemigo, sino también compasión para vigilar, cubrir y cuidar personalmente a quienes confían en Él. Su protección no siempre consiste en evitar todas las dificultades, sino también en darnos fortaleza, dirección y paz para atravesarlas sin ser vencidos espiritualmente. Bajo Sus alas encontramos un refugio que el poder del mundo no puede proporcionar.
Isaías 31:5 — Defender, librar, proteger y rescatar
«Defendiendo, librando, protegiendo y rescatando».
La acumulación de estos cuatro verbos recalca la plenitud y continuidad de la intervención divina. El Señor defiende a Su pueblo frente al ataque; lo libra del poder del enemigo; lo protege mientras atraviesa el peligro y finalmente lo rescata. Él no ofrece una ayuda parcial ni abandona Su obra a mitad del proceso. Permanece presente desde la defensa inicial hasta la liberación definitiva.
La expresión «protegiendo» también puede recordar la Pascua, cuando Jehová pasó por encima de las casas señaladas con la sangre del cordero y preservó a los israelitas. Su seguridad se encontraba vinculada con la fe, la obediencia y la señal del convenio. Aquella liberación simbolizaba el sacrificio expiatorio de Jesucristo, el verdadero Cordero de Dios. Del mismo modo, encontramos protección espiritual al ejercer fe en Él, arrepentirnos y permanecer fieles a nuestros convenios. Cristo no promete una vida sin aflicciones, pero sí el poder necesario para impedir que el pecado, la muerte y el adversario obtengan la victoria final sobre nosotros.
Isaías 31:6 — Una invitación a regresar
«Volveos a aquel contra quien los hijos de Israel se rebelaron profundamente».
Después de reprender al pueblo por haber confiado en Egipto y abandonado al Santo de Israel, el Señor no cierra el camino de regreso. Aunque la rebelión había sido profunda, Su invitación seguía vigente: «Volveos». Esto demuestra que la disciplina divina no tiene como propósito únicamente condenar el pecado, sino despertar al pecador y conducirlo nuevamente hacia Dios. El Señor denuncia el error porque desea salvar; revela la gravedad del alejamiento para que comprendamos la necesidad de regresar.
Arrepentirse significa literalmente volverse: cambiar la dirección de nuestros pensamientos, deseos y acciones para orientar nuevamente el corazón hacia Jesucristo. No consiste solo en sentir pesar por lo ocurrido, sino en abandonar los falsos refugios, reparar cuanto sea posible y comenzar a caminar de acuerdo con la voluntad del Señor. La verdadera conversión sustituye la confianza en el brazo de la carne por una dependencia consciente del poder, la sabiduría y la gracia de Cristo.
La expresión «se rebelaron profundamente» también transmite un mensaje de esperanza: la profundidad de nuestro alejamiento no supera el alcance de la Expiación de Jesucristo. Ninguna persona está tan distante que no pueda escuchar Su invitación ni tan herida por el pecado que Él no pueda sanarla. Cuando existe humildad, fe y arrepentimiento sincero, el Salvador puede perdonar, restaurar y renovar nuestra relación con Dios. El llamado «Volveos» confirma que, mientras estemos dispuestos a regresar, encontraremos al Señor preparado para recibirnos.
En ese momento, las diez tribus del norte ya habían sido llevadas cautivas porque se habían “rebelado profundamente”. Aunque el reino de Judá era mejor que el reino de Israel, tampoco se había distinguido particularmente por su rectitud. El pueblo no había sido suficientemente justo para merecer la protección del Señor; sin embargo, Ezequías oró pidiendo protección e Isaías prometió que esta llegaría, no debido a la rectitud del pueblo, sino por los propios propósitos del Señor:
Porque yo ampararé esta ciudad para salvarla, por amor a mí mismo y por amor a David, mi siervo (Isaías 37:35).
Isaías 31:7 — Arrojar los ídolos
«Arrojará el hombre sus ídolos de plata y sus ídolos de oro».
La conversión futura de Israel tendría una evidencia concreta: el abandono de los objetos que el pueblo había fabricado y adorado. Sus integrantes ya no intentarían conservarlos como recuerdos valiosos ni mantenerlos junto con su adoración a Jehová. El verbo «arrojar» comunica una decisión firme y definitiva. El verdadero arrepentimiento no busca acomodar el pecado dentro de una vida religiosa, sino eliminar aquello que ocupa el lugar de Dios o debilita nuestra relación con Él.
Los ídolos modernos pueden incluir las riquezas, las adicciones, las ambiciones desmedidas, la posición social, la apariencia o la aprobación ajena. Incluso algo legítimo puede transformarse en ídolo cuando gobierna nuestras decisiones, define nuestro valor o recibe mayor lealtad que Jesucristo. No basta con reconocer intelectualmente que esos refugios son falsos; debemos retirarles activamente su dominio. En ocasiones, eso exige cambiar hábitos, establecer límites, renunciar a ciertas influencias o buscar ayuda. Arrojar un ídolo significa demostrar mediante nuestras acciones que el Señor vuelve a ocupar el primer lugar.
Isaías 31:7 — Ídolos hechos por manos pecadoras
«Que para vosotros han hecho vuestras manos pecadoras».
Israel confiaba en obras que él mismo había creado. La ironía es profunda: el hacedor terminaba arrodillándose ante aquello que había fabricado, y el dueño se convertía en siervo de su propia creación. Un objeto sin vida recibía la confianza, la devoción y la obediencia que pertenecían al Dios viviente. Isaías demuestra así lo irracional de buscar salvación en algo que depende enteramente de nosotros para existir.
También nosotros podemos construir sistemas, hábitos, aspiraciones o imágenes de éxito que finalmente comienzan a gobernar nuestra vida. El dinero, la tecnología, el trabajo y los logros personales deben permanecer como instrumentos para servir y hacer el bien, no convertirse en nuestros amos ni determinar nuestra identidad. Nuestra dignidad no procede de aquello que fabricamos, acumulamos o alcanzamos, sino de nuestra condición de hijos de Dios y de nuestra relación con Jesucristo. La conversión ordena nuevamente nuestros afectos: utilizamos las cosas creadas con sabiduría, pero adoramos únicamente al Creador.
Isaías 31:8 — Una liberación que no procede del hombre
«Caerá Asiria a filo de espada no de hombre».
Asiria no sería derrotada principalmente por la capacidad militar de Egipto ni por la fuerza de Judá. La expresión «espada no de hombre» destaca una intervención divina que demostraría con claridad quién había efectuado la liberación. El pueblo estaba buscando auxilio en ejércitos visibles, pero el Señor le enseñaría que podía vencer al invasor sin depender de las armas ni de las alianzas en las que Judá había depositado su confianza. La victoria pertenecería a Jehová y no podría atribuirse al poder humano.
Este acontecimiento anticipa el poder salvador de Jesucristo. Las mayores victorias que necesitamos —sobre el pecado, la muerte y Satanás— no pueden obtenerse mediante inteligencia, disciplina o fortaleza humana. Son dones que el Salvador alcanzó mediante Su sacrificio expiatorio y Su resurrección. Nosotros debemos actuar, arrepentirnos y perseverar; sin embargo, no nos salvamos a nosotros mismos. La fe verdadera reconoce nuestras limitaciones y recibe humildemente la liberación que solo Cristo puede conceder.
Parece que todo el ejército murió mientras dormía:
Y salió el ángel de Jehová e hirió a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todos eran cuerpos de muertos (Isaías 37:36).
Cayeron por la espada del ángel del Señor y no por una espada mortal. Su importancia para los últimos días radica en que el Señor ha prometido pelear nuestras batallas:
Porque he aquí, no requiero de sus manos que peleen las batallas de Sion; porque, como dije en un mandamiento anterior, así lo cumpliré: yo pelearé vuestras batallas (Doctrina y Convenios 105:14).
Isaías 31:8–9 — El poder opresor huirá
«Huirá de la presencia de la espada».
El ejército asirio, que había infundido temor y destruido naciones, terminaría huyendo. Su aparente invencibilidad desaparecería, sus jóvenes serían sometidos y sus príncipes quedarían aterrados. Isaías invierte por completo la escena: quienes obligaban a otros a escapar serían ahora los fugitivos. De esa manera, demuestra que ninguna fuerza opresora conserva indefinidamente su poder cuando se levanta contra los propósitos de Dios.
El mal puede intimidar, perseguir y parecer invencible, pero su autoridad siempre es limitada y temporal. Cuando el Señor manifiesta Su poder, aquello que atemorizaba a los demás se ve obligado a retroceder. Esto no significa que la oposición desaparecerá inmediatamente de nuestra vida, sino que nunca tendrá la última palabra. Jesucristo ya venció al mundo y asegura la victoria definitiva de quienes permanecen fieles. Por eso podemos afrontar la oposición sin desesperación: el adversario puede amenazar por un tiempo, pero no puede destruir aquello que el Señor ha prometido preservar.
Isaías 31:9 — La bandera del Señor
«Sus príncipes tendrán pavor de la bandera».
La bandera o estandarte representa la presencia, la autoridad y el poder congregador del Señor. En la antigüedad, un estandarte identificaba al ejército, indicaba el lugar donde debía reunirse el pueblo y lo orientaba durante la batalla. Para los fieles, la bandera del Señor es una señal de dirección, unidad y esperanza; para quienes se oponen a Él, anuncia que el Rey de Sion está presente y que Su juicio se aproxima. Los príncipes asirios no temerían simplemente un símbolo material, sino la autoridad divina que este representaba.
El Evangelio restaurado ha sido levantado como estandarte para las naciones, invitando a todos los pueblos a congregarse espiritualmente en Jesucristo y hacer convenios con Él. Reunirse bajo ese estandarte significa aceptar al Salvador como nuestro Rey, seguir Su doctrina y participar en el recogimiento de Israel. Al mismo tiempo, el estandarte advierte que los poderes opuestos al reino de Dios no permanecerán para siempre. Podemos decidir si contemplamos la bandera del Señor como una invitación esperanzadora a regresar o como una advertencia que continuamos resistiendo.
Jedediah M. Grant: Desearía que todos los “mormones” sintieran como yo; entonces habría una llama en Sion y un fuego en Jerusalén. Digo que, si todos los “mormones” sintieran como yo con respecto a quienes se ríen de nuestras aflicciones y, cuando nos sobrevienen calamidades, menean la cabeza y dicen: “¡Ja, ja! Así queríamos que sucediera”, pensarían que hay un horno en Sion y una llama en Jerusalén.
Quiero que los “mormones” se sientan como “mormones”, que se sientan como santos. Quiero que un hombre de Dios se sienta encendido por el Espíritu Santo y que no ponga sus afectos en el mundo ni en las cosas del mundo, sino que ame a su Dios y a sus hermanos pobres y afligidos que aman a Dios. A esos hipócritas orgullosos que se inclinan y adulan para conseguir sus monedas, déjenlos ir al lugar que les corresponde, a ellos y a sus monedas; así es como me siento con respecto a ellos. Me agrada ver a los santos de Dios llenos de fervor para ayudar a los pobres y traerlos aquí a fin de fortalecer las riendas de Israel. Me agrada verlos esforzarse por llevar el Evangelio y traer de entre las naciones a aquellos que son humildes, contritos, puros y santos, y que no están contaminados por los vicios del mundo (Journal of Discourses, 2:73).
Isaías 31:9 — El fuego de Jehová permanece en Sion
«Jehová, cuyo fuego está en Sion y su horno en Jerusalén».
El fuego puede representar la presencia divina, la purificación y el juicio. Sion no había quedado abandonada, aunque sus habitantes hubieran buscado ayuda en Egipto. Jehová mantenía allí Su fuego, lo que demostraba que Jerusalén continuaba bajo Su mirada y que Él poseía poder para defenderla y purificarla. El «horno» también sugiere que el Señor puede refinar a Su pueblo mediante experiencias difíciles, eliminando impurezas para prepararlo como una comunidad santa.
Para los fieles, la presencia de Dios ofrece luz, calor, orientación y protección; para la iniquidad persistente, se convierte en fuego consumidor. La diferencia no se encuentra en un carácter cambiante de Dios, sino en la condición espiritual con la que cada persona se presenta ante Su santidad. El mismo fuego que ilumina y refina al humilde expone y consume aquello que se niega a arrepentirse. Por medio de Jesucristo podemos ser purificados, permanecer en Sion y recibir la presencia de Dios como una bendición, en lugar de temerla como juicio.


























