Isaías 35
Isaías 35 constituye la respuesta esperanzadora al severo juicio del capítulo anterior. La desolación no será el final de la historia: el desierto florecerá, las manos debilitadas recibirán fuerza, las rodillas vacilantes serán afirmadas y los corazones temerosos escucharán palabras de ánimo. Quienes padecen limitaciones serán sanados y la tierra seca se llenará de aguas. La razón de toda esta transformación se encuentra en una promesa sencilla y gloriosa: «He aquí que vuestro Dios viene… él vendrá y os salvará». El mismo Señor que pone fin a la maldad posee poder para renovar la creación, fortalecer al afligido y restaurar todo lo que el pecado y el sufrimiento han quebrantado.
Jesucristo es el centro de cada una de estas imágenes. Él es la fuente de agua viva que hace florecer el desierto espiritual; abre los ojos para que comprendamos la verdad, los oídos para que escuchemos Su voz y los labios para que expresen alabanza. Sus milagros durante el ministerio mortal —sanar a los ciegos, sordos, cojos y mudos— demostraron que Él era el Mesías prometido y anticiparon la sanidad completa que llegará mediante la resurrección. También establece el «Camino de Santidad», la senda del convenio por la cual los redimidos pueden apartarse del pecado y regresar con seguridad a la presencia de Dios.
El capítulo culmina con el recogimiento de los redimidos en Sion. Ellos llegan por un camino preparado por el Señor, no por una ruta inventada mediante sus propios méritos, y avanzan con cánticos porque reconocen que fueron rescatados por la gracia de Jesucristo. Allí recibirán gozo perpetuo, mientras la tristeza y el gemido desaparecerán. El mensaje final de Isaías 35 es que ninguna sequedad, debilidad, dispersión o aflicción supera el poder restaurador del Salvador: aquello que hoy parece estéril puede florecer, lo quebrantado puede ser sanado y quienes se sienten perdidos pueden regresar a Sion con gozo eterno.
Isaías 35:1 — El desierto florecerá
«Se alegrarán el desierto y el erial; y el yermo se regocijará y florecerá como la rosa».
Después de las solemnes imágenes de juicio y desolación de Isaías 34, el capítulo 35 presenta una transformación completa. La tierra que parecía estéril, silenciosa e incapaz de sostener la vida vuelve a llenarse de belleza, alegría y fruto. El desierto no solo recibe agua, sino que se regocija y florece, mostrando que la obra restauradora de Dios supera ampliamente la destrucción ocasionada por el pecado y la injusticia.
Esta profecía puede comprenderse tanto temporal como espiritualmente. El Señor posee poder para renovar la tierra y prepararla para el reinado milenario de Jesucristo, pero también puede restaurar corazones, familias y comunidades que parecen haber perdido toda esperanza. El desierto puede representar épocas de soledad, aflicción, debilidad espiritual o alejamiento de Dios. Allí donde nosotros solo vemos esterilidad, el Salvador contempla posibilidades de vida y crecimiento.
Mediante la expiación de Jesucristo, ningún desierto interior tiene que permanecer estéril para siempre. Su gracia puede sanar las heridas, hacer renacer la fe y producir virtudes donde antes predominaban el temor y el desaliento. El florecimiento quizá no ocurra inmediatamente ni de la manera esperada, pero quienes reciben el agua viva de Cristo pueden confiar en que Él transformará su desolación en belleza, su tristeza en gozo y sus pruebas en frutos de crecimiento espiritual.
La mayoría de los eruditos relaciona este versículo con el último versículo del capítulo 34: «Y él echó suertes por ellos, y su mano les repartió la tierra con cordel; para siempre la tendrán por heredad; de generación en generación morarán allí». A Abraham y a sus descendientes se les dio como posesión perpetua toda la tierra que él podía contemplar (Génesis 13:14–15; 15:18–21). A las tribus de Israel se les dieron tierras por sorteo como herencia (Josué 13–21): «De la manera que Jehová lo había mandado a Moisés, así lo hicieron los hijos de Israel […] y repartieron la tierra» (Josué 14:5).
Parte de la congregación literal de Israel comprende el regreso de sus tribus a las tierras de su herencia. Isaías profetiza que la tierra se alegrará al recibirlas. Se establecerán en lugares que antes eran desiertos solitarios y los convertirán en hermosas ciudades. Esta profecía se aplica tanto a la Sion del Nuevo Mundo como a la Jerusalén del Viejo Mundo. En palabras de Jesús a los nefitas: «De cierto, de cierto os digo que así me ha mandado el Padre: que dé a este pueblo esta tierra por herencia. Y entonces se cumplirán las palabras del profeta Isaías, que dicen: Tus atalayas alzarán la voz; juntamente darán voces de júbilo, porque verán ojo a ojo cuando el Señor haga volver a Sion. Prorrumpid en alegría, cantad juntamente, lugares desolados de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo» (3 Nefi 16:16–18; cursiva agregada).
Orson Pratt: Observemos ahora que el Señor, mediante Su Espíritu, llevará a cabo una gran congregación de Su pueblo en los últimos días. Se nos aconseja buscar en el libro del Señor y aprender acerca de esa congregación y de la manera en que Sus santos deberán habitar la tierra. La tierra será repartida entre ellos por sorteo, de la misma manera en que muchas personas recibieron sus heredades cuando llegaron a este desierto. Echaron suertes y recibieron los terrenos y las heredades que les correspondieron. «El desierto y los lugares solitarios se alegrarán por ellos». Si ustedes pueden encontrar en cualquiera de las cuatro partes de la tierra un país que corresponda mejor con la descripción que se presenta aquí, me gustaría saber cuál es. Cuando llegamos a este lugar, el territorio parecía tan estéril que resultaba imposible imaginar que un pueblo pudiera establecerse en él. Sin embargo, pueden contemplar lo que hemos logrado; no por nuestra propia sabiduría ni por nuestras propias fuerzas, sino porque fuimos congregados por la voz del Señor y por Su mandamiento, y porque fuimos guiados y dirigidos por el espíritu de inspiración. (Journal of Discourses, 15:58).
LeGrand Richards: Amo las profecías de Isaías. Me parece que él casi vivió más en nuestros días que durante la época en que realmente estuvo sobre la tierra. Vio mucho de lo que acontecería en nuestros días. Nos vio establecidos aquí, en estos valles de las montañas. Vio este desierto, donde en otro tiempo nos encontrábamos a mil seiscientos kilómetros del transporte y de los abastecimientos, florecer como la rosa (véase Isaías 35:1). Vio correr ríos en el desierto donde hemos construido estos grandes canales de irrigación (véase Isaías 43:19). Vio descender las aguas desde las alturas, donde las hemos almacenado en embalses situados entre estas fortalezas montañosas para utilizarlas durante el verano (véase Isaías 41:18). Vio a los redimidos del Señor venir y cantar en las alturas de Sion (véase Isaías 51:11). (Conference Report, octubre de 1980, pág. 64).
George Albert Smith: En cien años se ha hecho florecer el desierto como la rosa. En cien años el Evangelio ha sido predicado en casi todas las naciones de la tierra donde estaban dispuestos a recibirlo. En cien años las personas han sido congregadas desde diversas naciones, han venido aquí, a Sion, y se han establecido y construido hogares. En Utah, Idaho, Nevada, Wyoming, Colorado, Arizona, Montana, California y Oregón, en el estado de Washington y en el oeste de Canadá, tenemos congregaciones tan numerosas como esta que pueden reunirse: miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que tienen motivos para agradecer a Dios por el evangelio de Jesucristo revelado en estos últimos días. Sin él, no habría podido producirse semejante establecimiento ni la congregación que este pueblo ha realizado en esta gran región occidental. (Conference Report, octubre de 1947, pág. 6).
Wilford Woodruff: Contemplen estos valles de las montañas. Llegué aquí el 24 de julio de 1847. ¿Qué encontré? Un desierto estéril, tan árido como el desierto del Sahara. No había ninguna señal del hombre blanco. No parecía que ningún hombre blanco pudiera vivir aquí. ¿Cómo se encuentra hoy? Recorran este territorio a lo largo y a lo ancho y contemplen las ciudades, los pueblos, las aldeas, los jardines, los huertos, los campos y los cultivos que cubren este desierto antes estéril.
¿Qué significa esto? Significa que Dios Todopoderoso está llevando a cabo Sus propósitos; significa que ha traído a Su memoria lo que Sus profetas y apóstoles han declarado, y que todas las cosas se cumplirán al pie de la letra, incluso hasta la escena final. ¿De dónde ha venido esta congregación? ¿De dónde han venido los santos congregados por todas estas montañas de Israel? Han sido reunidos de todas las naciones hasta donde se ha predicado el Evangelio. Hemos sido congregados mediante el poder del Evangelio. (Journal of Discourses, 22:344).
John Taylor: Si obramos con rectitud, tememos a Dios y guardamos Sus mandamientos, el desierto y los lugares solitarios se alegrarán —como ya ha sucedido abundantemente entre nosotros— y el desierto florecerá como la rosa. Sin embargo, la gloria no me pertenecerá a mí, ni al hermano Cannon, ni al presidente Young, ni a ninguna otra persona. Daremos a Dios la gloria por toda nuestra liberación. Él ha sido muy bondadoso y misericordioso con nosotros durante todo el tiempo.
Por tanto, hagamos lo correcto. Observemos las leyes de Dios y guardemos Sus mandamientos, y la bendición de Dios estará con nosotros. Avanzaremos y edificaremos nuestros templos, y trabajaremos en ellos. Saldremos y edificaremos el reino de Dios; saldremos y purificaremos la Iglesia de Dios; saldremos y estableceremos la Sion de Dios. (Journal of Discourses, 26:76).
Brigham Young: He prometido a los habitantes del sur que, si cultivan la tierra y piden sobre ella las bendiciones de Dios, el desierto florecerá como la rosa, estanques de aguas vivas brotarán del suelo reseco (Doctrina y Convenios 133:29) y el yermo se alegrará (Isaías 35:1). Aparentemente, el Señor ha colocado los pies de los santos en la región más inhóspita de la tierra para observar lo que harán con ella. Puedo afirmar con confianza que ningún otro pueblo de la tierra podría vivir aquí y alcanzar bienestar.
Si nos establecemos en estas llanuras desérticas y resecas, en las laderas de estas montañas escarpadas y estériles, y cultivamos la tierra mientras pedimos la bendición de Dios sobre nuestras labores, Él hará que este territorio sea tan fructífero como cualquier otra región de la tierra. Que el Señor bendiga al pueblo. Amén. (Journal of Discourses, 10:6).
Isaías 35:2 — Una restauración abundante que revela la gloria del Señor
«Florecerá profusamente y también se regocijará con alegría y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria de Jehová, la majestad del Dios nuestro».
La repetición de Isaías comunica abundancia: el desierto no producirá una flor aislada ni experimentará una recuperación parcial, sino que florecerá profusamente y se llenará de alegría. La restauración de Dios supera la simple reparación de los daños y conduce hacia una plenitud nueva. Del mismo modo, la gracia de Jesucristo no solo puede devolver aquello que se perdió; también puede santificar las experiencias dolorosas y producir en nosotros una madurez, una compasión y una fe que antes no existían. El Salvador no desperdicia ningún sufrimiento que le entregamos con fe.
Líbano, Carmelo y Sarón eran lugares reconocidos por su vegetación, fertilidad y belleza. Al declarar que el desierto recibiría una gloria comparable, Isaías anuncia una renovación extraordinaria. Sin embargo, la mayor hermosura no procederá de los árboles, las flores ni la fertilidad de la tierra, sino de la presencia de Jehová. La creación renovada llegará a ser un testimonio visible del poder, la bondad y la majestad de su Creador.
Esta profecía dirige nuestra mirada hacia la Segunda Venida y el reinado milenario de Jesucristo. Su regreso no solo transformará las condiciones humanas, sino que también preparará y renovará la tierra para recibir a su Rey. Entonces la creación reflejará la gloria del Señor y los redimidos contemplarán Su majestad. El florecimiento del desierto simboliza así la gran obra de Cristo: llevar vida donde había esterilidad, belleza donde existía desolación y gozo abundante donde antes reinaba la tristeza.
Isaías 35:3 — Fortalecer a quienes están agotados
«Fortaleced las manos caídas y afirmad las rodillas debilitadas».
Las manos caídas representan la pérdida de fuerzas para continuar trabajando, sirviendo o sosteniendo las responsabilidades de la vida; las rodillas debilitadas simbolizan la dificultad para permanecer firmes y seguir avanzando. El Señor no ignora el agotamiento de Sus hijos ni los condena por sentirse débiles. Por medio de Isaías, reconoce su condición y manda que reciban fortaleza mientras esperan el cumplimiento de Sus promesas.
Este mandato está dirigido a todo el pueblo del convenio. El discipulado no consiste únicamente en preservar nuestra propia fe, sino también en reconocer a quienes están cansados, desanimados o a punto de rendirse. Podemos fortalecer sus manos y afirmar sus rodillas mediante actos concretos de servicio, palabras de esperanza, un testimonio sincero y una compañía paciente. En ocasiones, la ayuda más semejante a la de Cristo consiste simplemente en permanecer al lado de alguien durante el tiempo necesario, sin juzgar su debilidad ni exigirle una recuperación inmediata.
Jesucristo es la fuente de toda fortaleza espiritual, pero con frecuencia comunica Su poder mediante personas dispuestas a ministrar. Al ayudar a sostener a los demás, nos convertimos en instrumentos de Su gracia y participamos en Su obra restauradora. También debemos permitir humildemente que otros nos fortalezcan cuando seamos nosotros quienes estemos agotados. En Sion nadie tiene que caminar solo: quienes hoy sostienen pueden necesitar ser sostenidos mañana, y juntos avanzamos hacia el Salvador.
Marvin J. Ashton: Hay una frase que se utiliza cuatro veces en los libros canónicos y que siempre me ha intrigado. Es la expresión «rodillas debilitadas».
Por definición, débil significa falto de fuerza, sin vigor, fácil de quebrar o frágil.
Cuando Frederick G. Williams fue llamado como consejero de José Smith, recibió este encargo: «Por tanto, sé fiel; ocupa el oficio al que te he nombrado; socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas» (Doctrina y Convenios 81:5).
La frase, relacionada con la palabra fortalecer, que significa hacer o llegar a ser más fuerte, me llevó a meditar en el significado de esas palabras…
¿Quién de nosotros no ha experimentado rodillas debilitadas, temor o incertidumbre ante las responsabilidades que afrontamos en esta existencia terrenal?
Pensemos, por ejemplo, en el padre que trabaja largas horas para mantener a su familia y que, al final de cada mes, descubre que sus ingresos apenas alcanzan para cubrir los gastos. ¿Es probable que experimente el temor de que un gasto imprevisto altere el presupuesto familiar, ya delicadamente equilibrado y bajo presión? ¿Teme alguna vez no poder proporcionar adecuadamente las cosas indispensables para su familia?
¿Y qué podemos decir de los padres que se encuentran criando a un hijo desdichado que no se adapta a las normas? ¿Experimentan alguna vez dudas y temores de no estar proporcionando el consejo, la disciplina y las reglas correctas? ¿Temen alguna vez no estar ofreciendo suficiente amor incondicional a su hijo? ¿Temen que su hijo pueda perderse eternamente debido a la manera en que lo están criando?
¿Qué podemos decir del padre o la madre sin cónyuge que cría solo a sus hijos? ¿Teme alguna vez verse sobrepasado por las innumerables responsabilidades, especialmente porque debe afrontar esos desafíos sin compañía?
Parece que nadie escapa por completo de alguna incertidumbre, inseguridad, duda e incluso temor. («Strengthen the Feeble Knees», Ensign, noviembre de 1991).
Franklin D. Richards: Contemplen el inmenso ejército del sacerdocio que tenemos entre nosotros; consideren la obra que realizan en las naciones y la que están realizando —y deberían realizar— en el hogar, predicándose el Evangelio unos a otros, alentando y fortaleciendo a aquellos cuyas manos a veces caen y cuyas rodillas tiemblan (Isaías 35:3; Hebreos 12:12; Doctrina y Convenios 81:5); pronunciando palabras de consuelo a los santos y diciendo: «Querido hermano, tu Dios reina; confía en Él».
A pesar de todo lo que vemos a la derecha y a la izquierda, y de todo lo que escuchamos, el Señor Dios no ha olvidado a Su pueblo ni ha olvidado educarlo e instruirlo en todo aquello que Él sabe que será para su mayor beneficio. De ese modo, con el tiempo podrá venir y encontrar una nación de reyes y sacerdotes (Éxodo 19:6) que reinarán con Él sobre la tierra durante mil años. (Journal of Discourses, 28:100).
Thomas S. Monson: El mandamiento divino de socorrer a los débiles, levantar las manos caídas y fortalecer las rodillas debilitadas permanece inalterado. Cada uno de nosotros tiene el encargo de no ser alguien que duda, sino alguien que actúa; no alguien que se apoya en otros, sino alguien que los levanta. Sin embargo, nuestro árbol de la complacencia tiene muchas ramas y cada primavera aparecen más brotes.
Con frecuencia vivimos unos junto a otros, pero no nos comunicamos de corazón a corazón. Dentro de nuestra propia esfera de influencia hay personas que, con las manos extendidas, claman: «¿No hay bálsamo en Galaad?» (Jeremías 8:22). Cada uno de nosotros debe responder. («With Hand and Heart», Ensign, diciembre de 1971, pág. 132).
Isaías 35:4 — «Él vendrá y os salvará»
«Decid a los de corazón apocado: Sed fuertes, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con venganza, con retribución de Dios; él vendrá y os salvará».
Dios conoce a quienes contemplan el futuro con ansiedad, cansancio o desaliento. Su respuesta no consiste en despreciar su debilidad, sino en enviarles un mensaje de fortaleza y esperanza. Decir «no temáis» no significa negar la existencia del peligro ni restar importancia al sufrimiento. La razón para cobrar ánimo se encuentra en la promesa que sigue: «Vuestro Dios viene». La fe no se basa en la ausencia de problemas, sino en la certeza de que Dios está presente, conoce nuestra condición y posee poder para actuar.
«Él vendrá y os salvará» es uno de los anuncios mesiánicos centrales del capítulo. El Señor no se limita a enviar instrucciones desde lejos ni delega completamente nuestra redención: viene personalmente para defender, sanar y salvar a Su pueblo. Esta promesa se cumplió en la primera venida de Jesucristo, particularmente mediante Su expiación y resurrección, y alcanzará una manifestación universal y gloriosa en Su Segunda Venida. Nuestra salvación no depende simplemente de un sistema de creencias o de nuestros propios méritos, sino de una Persona: el Señor Jesucristo.
Su venida traerá justicia para los opresores impenitentes y liberación para quienes confían en Él. Ambas obras expresan Su carácter perfecto: rescata al afligido y pone fin al poder que lo oprime. Sin embargo, la venganza pertenece exclusivamente a Dios, no al discípulo. Nuestra responsabilidad es perdonar, actuar con rectitud, proteger al vulnerable y dejar el juicio final en manos de Aquel que conoce perfectamente todas las obras, circunstancias e intenciones. Por ello, el corazón temeroso puede fortalecerse: el Salvador vendrá, corregirá toda injusticia y cumplirá plenamente Su promesa de salvación.
Gordon B. Hinckley: Sean fuertes al defender lo correcto. Vivimos en una época de concesiones y conformismo. En las situaciones que afrontamos diariamente, sabemos lo que es correcto; sin embargo, bajo la presión de nuestros compañeros y de las voces seductoras de quienes procuran persuadirnos, capitulamos. Hacemos concesiones. Cedemos. Nos rendimos y luego nos avergonzamos de nosotros mismos. Como hombres del sacerdocio, debemos cultivar la fortaleza necesaria para seguir nuestras convicciones…
Sean fuertes, mis hermanos, en la virtud de la misericordia. Es fácil comportarse como un tirano en el hogar, en los negocios, en nuestras palabras y en nuestros actos. Este mundo enfermo clama por bondad, amor y misericordia. En todo poseedor del sacerdocio de Dios, esas virtudes llegan a ser una manifestación de fortaleza y no de debilidad. Sean fuertes con aquella fortaleza de la que habló Isaías cuando dijo: «Fortaleced las manos débiles y afirmad las rodillas debilitadas.
»Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con venganza; la retribución de Dios vendrá; Él vendrá y os salvará» (Isaías 35:3–4).
«Y al hacer estas cosas», dice el Señor a cada uno de nosotros en una revelación moderna, «harás el mayor beneficio a tus semejantes y aumentarás la gloria de aquel que es tu Señor.
»Por tanto, sé fiel; ocupa el oficio al que te he nombrado; socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas» (Doctrina y Convenios 81:4–5).
Sean fuertes, mis hermanos, con la fortaleza de la honradez sencilla. ¡Qué fácil es «mentir un poco, aprovecharse de uno por causa de sus palabras, tender trampa al prójimo»! (2 Nefi 28:8)…
Sean fuertes en la fe mediante la cual caminan y en la Iglesia de la que cada uno de nosotros es miembro. Esta es la obra de Dios Todopoderoso. Es la causa más preciosa de todas y necesita la fortaleza de ustedes… Hermanos, sean fuertes en su testimonio de Jesucristo, el Hijo de Dios. (Ensign, noviembre de 1992, pág. 52).
Isaías 35:5 — Los ciegos verán y los sordos oirán
«Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos y destapados los oídos de los sordos».
Durante Su ministerio mortal, Jesucristo sanó literalmente a personas ciegas y sordas, demostrando que poseía el poder anunciado por Isaías. Aquellos milagros no fueron solamente actos de compasión individual, sino también señales proféticas de Su identidad como el Mesías prometido. Cada persona que recibió la vista o recuperó el oído testificó mediante su sanación que Dios había venido para visitar y redimir a Su pueblo.
La promesa también posee una profunda dimensión espiritual. El pecado, el orgullo, las tradiciones falsas y la incredulidad pueden impedirnos reconocer la verdad y escuchar la voz del Señor. Jesucristo abre los ojos del entendimiento para que contemplemos las cosas como realmente son y destapa nuestros oídos para que reconozcamos Su palabra. Esta sanación espiritual requiere humildad, fe y disposición para abandonar las ideas o conductas que nos mantienen en oscuridad.
La Restauración del Evangelio forma parte del cumplimiento de esta promesa. Mediante las Escrituras, la revelación moderna, las ordenanzas y el don del Espíritu Santo, el Señor está extendiendo la visión y la audición espirituales por toda la tierra. Sin embargo, abrir los ojos y los oídos no es suficiente; debemos responder a la luz recibida. Quienes permiten que Cristo los sane pueden reconocer Su voz, comprender Su doctrina y ayudar a otros a contemplar la gloria y la verdad de Dios.
Orson Pratt: En el preciso momento en que el Salvador aparezca y venga con venganza, habrá enfermos, cojos, ciegos, mudos, mutilados y personas afligidas por toda clase de enfermedades. El profeta dice que, cuando Él venga y los encuentre en esa condición, «entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, los oídos de los sordos se destaparán, la lengua del mudo hablará y el cojo saltará como un ciervo» (Isaías 35:5–6).
Por tanto, cuando Jesús venga en llama de fuego, todavía tendrá algo que hacer: sanar a todos los enfermos que no hayan tenido fe para ser sanados antes de aquel momento (Hechos 14:9; Doctrina y Convenios 42:43; 46:19). Pero cuando Jesús venga, traerá consigo a todos los santos (1 Tesalonicenses 3:13). Levantará de sus sepulcros a los muertos justos, no de la manera en que levantó a Lázaro para que regresara a la mortalidad (Juan 11:43–44), sino que levantará a hombres y mujeres con cuerpos inmortales para que reinen aquí sobre la tierra durante el período en que Él mismo reinará: el gran día de reposo de la Creación, el reinado milenario de mil años. (Journal of Discourses, 18:146–147).
Isaías 35:6 — El cojo saltará y el mudo cantará
«Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo».
El Salvador no promete una recuperación mínima o incompleta. En la visión de Isaías, el cojo no solamente vuelve a caminar, sino que salta como un ciervo; el mudo no se limita a recuperar el habla, sino que canta con gozo. Estas imágenes expresan una sanidad plena que produce libertad, alabanza y una vida nueva. Los milagros realizados por Jesucristo durante Su ministerio mortal demostraron que Él era el Mesías anunciado y ofrecieron un anticipo de la restauración perfecta que algún día concederá a todos los hijos de Dios.
La promesa también puede comprenderse espiritualmente. Mediante la gracia de Cristo, quienes se sienten incapaces de avanzar pueden recibir fuerzas para continuar, y quienes han perdido la voz debido al temor, la culpa o el sufrimiento pueden volver a expresar fe y esperanza. El Salvador no solo repara lo quebrantado, sino que transforma la debilidad en testimonio y el dolor redimido en un cántico de gratitud.
Estas palabras alcanzarán su cumplimiento completo mediante la resurrección. Gracias a la victoria de Jesucristo sobre la muerte, todo cuerpo se levantará inmortal y será restaurado a una condición completa. Las enfermedades, discapacidades y limitaciones físicas propias de la mortalidad no serán permanentes. En la resurrección de los justos, los redimidos recibirán cuerpos glorificados y podrán disfrutar de una plenitud de vida, libertad y gozo en la presencia del Señor.
Isaías 35:6–7 — Agua y vida en el desierto
«Porque aguas brotarán en el desierto y torrentes en el yermo. Y el lugar seco se convertirá en estanque, y el sequedal en manantiales de aguas».
El agua transforma la tierra estéril en un lugar capaz de sostener vida y producir fruto. En sentido espiritual, simboliza la revelación, la influencia del Espíritu Santo y el poder vivificante del Evangelio de Jesucristo. El Señor puede hacer brotar esperanza donde parecía no existir ninguna fuente. Cuando recibimos Su palabra y permitimos que Su Espíritu obre en nosotros, las partes secas de nuestro corazón comienzan a producir fe, arrepentimiento, compasión y obras de justicia.
Isaías añade que la guarida de los chacales, anteriormente asociada con la soledad y la desolación, se convertirá en un lugar de cañas y juncos. La renovación divina no modifica únicamente la apariencia del paisaje, sino que transforma completamente su naturaleza. Aquello que antes representaba peligro y esterilidad llega a ser un ambiente fértil, lleno de agua y capaz de albergar vida. La imagen enseña que ninguna condición se encuentra más allá del poder restaurador del Salvador.
Jesucristo no solo nos ayuda a sobrevivir en ambientes espiritualmente hostiles; también puede transformar aquello que parecía dominado por el temor, el pecado o la aflicción en un espacio de crecimiento y paz. Algunas circunstancias quizá no cambien inmediatamente, pero Su gracia puede cambiar nuestra manera de atravesarlas y hacer surgir vida espiritual en medio de ellas. Donde Cristo hace brotar Su agua viva, la desolación no tiene que permanecer: el corazón puede sanar, la esperanza puede renacer y una vida antes estéril puede llegar a ser espiritualmente fructífera.
Orson Pratt: Santos de los Últimos Días —y lo que les pregunto a ustedes podría preguntárselo a todo el pueblo de este territorio—, ¿han contemplado el cumplimiento de estas palabras del profeta Isaías desde que se establecieron aquí, en el desierto? ¿Han brotado manantiales en el yermo y corrientes de agua en el desierto? (Isaías 35:6). Sí, y no solamente en uno o dos casos aislados, sino en casi todos los asentamientos de este territorio. Muchos lugares donde, durante los primeros días, no había agua suficiente para sostener un asentamiento de veinte personas, ahora mantienen a cientos de habitantes. ¿De qué manera? Mediante el gran aumento de las aguas.
¿Cómo se encontraba el Gran Lago Salado cuando llegamos aquí por primera vez? Algunos de nosotros, es decir, algunos de los pioneros, fuimos en julio de 1847 a las orillas del Gran Lago Salado, al lugar conocido como Black Rock. Algunos entramos a bañarnos y podíamos caminar hasta Black Rock y contemplar el agua a ambos lados. ¿Cómo se encuentra ahora? Las aguas están aproximadamente tres metros por encima del terreno sobre el cual caminábamos entonces.
¿Qué ha ocurrido? ¿No deberían haber disminuido las aguas del lago, teniendo en cuenta que las aguas de los diversos arroyos que antes de nuestra llegada desembocaban en él ahora se distribuyen por miles y decenas de miles de hectáreas de terreno? Naturalmente, uno pensaría que sí, porque cuando toda esa agua es llevada a la tierra, se evapora en lugar de aumentar el volumen del Gran Lago Salado. Sin embargo, en vez de disminuir, las aguas del lago han subido entre tres y cuatro metros por encima del nivel que tenían en 1847, cuando lo vi por primera vez.
Por tanto, han brotado corrientes en el desierto y aguas en el yermo (Isaías 35:6), tal como fue profetizado, no solamente en este capítulo, sino también en diferentes pasajes de los Salmos (Salmos 65:9–10; 107:33–35; 114:8).
Cuando hablan del gran día de la venida del Señor, ¡con cuánta frecuencia Isaías y David mencionan el desierto y las aguas, los ríos y los manantiales que brotarían para regar la tierra estéril y sedienta! «El lugar reseco se convertirá en estanque y el sequedal en manantiales de agua». (Journal of Discourses, 15:58).
Isaías 35:8 — El Camino de Santidad
«Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará por allí ningún impuro; y habrá un camino para ellos, y los que anden por él, por más torpes que sean, no se extraviarán».
La calzada representa una ruta preparada, elevada y claramente definida por la cual los redimidos regresarán a Sion. Ellos no necesitan inventar su propia vía de salvación, porque Dios mismo ha proporcionado el camino. Jesucristo declaró que Él es «el camino, y la verdad y la vida». Su Evangelio nos muestra cómo regresar al Padre mediante la fe en Él, el arrepentimiento, las ordenanzas de salvación, la fidelidad a los convenios y la perseverancia hasta el fin.
La declaración de que ningún impuro pasará por allí no significa que el camino esté reservado para quienes nunca han pecado; si así fuera, nadie podría recorrerlo. Se refiere a quienes se niegan a abandonar el pecado y rechazan la purificación que Jesucristo ofrece. El Camino de Santidad es precisamente el sendero mediante el cual los pecadores arrepentidos reciben perdón y son santificados. Cristo no espera que nos limpiemos sin Su ayuda, sino que nos invita a acudir a Él con humildad y permitir que Su gracia transforme nuestros deseos, decisiones y carácter.
Este camino tampoco está reservado para intelectuales, expertos o personas socialmente distinguidas. Está trazado con suficiente claridad para que todo aquel que siga sinceramente al Señor pueda avanzar sin extraviarse. El conocimiento académico puede enriquecer nuestra comprensión, pero la salvación depende principalmente de la fe humilde, la obediencia y la disposición para escuchar al Espíritu Santo. Dios no hace innecesariamente confuso el camino de regreso a Su presencia: Jesucristo es el camino y guía personalmente a quienes deciden seguirlo.
Orson Pratt: Para demostrar que vienen con poder, avanzarán por una calzada levantada para ellos. El hielo sentirá el poder de Dios y se derretirá para abrirles paso; y los desiertos estériles del norte, dondequiera que vayan y necesiten agua, producirán estanques de aguas vivas para saciar su sed.
Mientras vengan para cantar en las alturas de Sion, los collados eternos —esta gran cordillera de las Montañas Rocosas, que se extiende desde las regiones árticas hacia el sur hasta las regiones centrales de América— temblarán bajo el poder de Dios ante la aproximación de ese pueblo. Entonces se cumplirán las palabras de David de que los montes saltarán como carneros y los collados como corderos delante de Su pueblo. Los mismos árboles del campo aplaudirán, como dijo el salmista David.
Entonces se cumplirá el pasaje que ayer citó el hermano Woodruff: «Cantad, oh cielos; alégrate, oh tierra; y prorrumpid en cantos, oh montes, porque Jehová ha redimido a Su pueblo».
Cuando lleguen a Sion comenzarán a decir: «El lugar es demasiado estrecho para mí; dame lugar para que pueda habitar». Entonces se declarará: «He aquí, yo estaba cautiva. Sion estaba cautiva, yendo de un lugar a otro, sacudida de un lado para otro y sin recibir consuelo. He aquí, había quedado sola».
Pero ¿dónde ha estado esta gran multitud? ¿De dónde ha venido este poderoso ejército? Han venido de su escondite en la tierra del norte. Han sido conducidos desde allí por los profetas del Dios Altísimo. El Señor irá delante de su campamento y hablará con ellos desde la nube, como habló en la antigüedad con el campamento de Israel. Hará oír Su voz delante de Su ejército, porque Su campamento será muy grande. Así lo declara el profeta Joel, y su profecía se cumplirá.
Cuando regresen a Sion para cantar en sus alturas, «allí se postrarán y serán coronados de gloria por manos de los siervos del Señor, los hijos de Efraín». (Journal of Discourses, 18:25–26).
Isaías 35:9 — Un camino protegido para los redimidos
«No habrá allí león, ni fieras voraces subirán por él ni allí se hallarán, para que caminen los redimidos».
Los leones y las fieras representan los peligros que podían atacar a quienes viajaban por caminos solitarios. Isaías promete que, en el Camino de Santidad, los redimidos recibirán protección mientras avanzan hacia Sion. Esto no significa que durante la vida mortal estarán libres de toda tentación, oposición o sufrimiento, sino que ninguna fuerza podrá frustrar su salvación mientras permanezcan voluntariamente en la senda de Jesucristo. El adversario puede amenazar y procurar desviarlos, pero no puede arrancarlos de la mano del Salvador ni vencer el poder de Sus convenios.
La palabra «redimidos» reconoce que estos viajeros no se salvaron ni se liberaron a sí mismos. Redimir significa rescatar, liberar o recuperar mediante el pago de un precio. Jesucristo pagó ese precio mediante Su sufrimiento, Su sangre y Su muerte expiatoria. Él venció el pecado y la muerte, quitó los obstáculos que ningún ser humano podía superar por sus propias fuerzas y abrió el camino de regreso a la presencia del Padre.
Por tanto, los redimidos caminan porque Cristo abrió la senda, los protege y les concede poder para seguir avanzando. Su gracia no elimina la responsabilidad personal: cada discípulo debe escoger permanecer en el camino, arrepentirse cuando tropiece y guardar sus convenios. Sin embargo, la confianza no descansa en la perfección humana, sino en la capacidad del Redentor para salvar. Quienes siguen fielmente a Jesucristo pueden avanzar con esperanza, sabiendo que Él es más poderoso que cualquier amenaza que encuentren durante el trayecto.
Bruce R. McConkie: Parece que se proporcionará un camino para congregar nuevamente a los desterrados de Israel en su tierra prometida. Las disposiciones físicas seguras y protegidas, cualesquiera que sean, no serán en realidad sino un símbolo del Camino de Santidad, sobre el cual únicamente los justos pueden afirmarse.
El Camino de Santidad no puede ser otro que la senda estrecha y angosta. Las tribus descarriadas, después de haber abandonado el antiguo camino santo y de haber sido dispersadas a causa de su iniquidad, ahora serán congregadas porque abandonarán el mundo y buscarán otra vez el camino en el cual se encuentran las huellas de sus antepasados. (The Millennial Messiah: The Second Coming of the Son of Man [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], pág. 327).
Isaías 35:10 — Los rescatados volverán a Sion con gozo
«Y los rescatados de Jehová volverán y vendrán a Sion con cánticos; y habrá gozo perpetuo sobre sus cabezas; y alcanzarán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido».
El recogimiento de Israel se presenta como un regreso. Los dispersos recuperan su identidad, vuelven al convenio y se congregan en el lugar preparado por Dios. Este recogimiento posee dimensiones físicas y espirituales, pero sucede principalmente cuando las personas llegan a conocer a Jesucristo, aceptan Su Evangelio y reciben las ordenanzas y bendiciones del convenio. Los rescatados no llegan como cautivos temerosos, sino cantando como una comunidad que celebra su liberación. Su adoración expresa memoria, gratitud y testimonio: reconocen que Jehová abrió el camino, los sostuvo durante el viaje y los condujo hasta Sion.
Sobre sus cabezas habrá un gozo perpetuo, diferente de los placeres pasajeros que dependen de circunstancias frágiles. Este gozo permanece porque procede de la salvación y de la presencia de Dios. Podemos comenzar a experimentarlo ahora por medio de la fe, el arrepentimiento, el Espíritu Santo y la fidelidad a nuestros convenios, pero alcanzará su plenitud en la resurrección y en el reino eterno de Jesucristo. Allí no podrá ser destruido por las pérdidas, la enfermedad ni la muerte.
Isaías personifica la tristeza y el gemido como si tuvieran que huir ante la llegada de los redimidos. Esta promesa no resta importancia al sufrimiento presente ni exige que ocultemos nuestras lágrimas; el propio Salvador lloró y conoce perfectamente el dolor humano. Más bien, declara que toda aflicción tiene un límite. Mediante la expiación de Jesucristo, las heridas serán sanadas, las pérdidas justas serán reparadas y ninguna tristeza padecida con fe durará para siempre. El Camino de Santidad termina en Sion, donde los rescatados encontrarán gozo, descanso y la presencia de su Redentor.
Parley P. Pratt: Se oirán gozo y alegría (Isaías 35:10), y habrá buenas nuevas para todos los mansos y todos los puros de corazón; para todos los que aman la instrucción y no endurecen su corazón; para todos los pecadores que sean obedientes, se aparten de sus pecados y vivan una vida santa.
Ya no se escuchará el clamor: «No se arrepienten ni se convierten para que yo los sane» (Mateo 13:15), porque el Señor Dios, el bendito Salvador, que está lleno de virtud, poder, amor y sanación, los bendecirá mediante Su sacerdocio. Ellos hallarán consuelo porque Él los sanará. (Journal of Discourses, 9:213).
Neal A. Maxwell: Al edificar una Sion más santa y hermosa, con «la voz de melodía» cantaremos las palabras: «Todo bien, todo bien»; aunque algunas veces lo haremos con un sollozo tranquilizador, además de hacerlo con un canto, mientras esperamos el día prometido por Isaías cuando «huirán la tristeza y el gemido». (Notwithstanding My Weakness [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1981], pág. 87).


























