Isaías 61
Jesucristo sana, libera y restaura
Isaías 61 presenta con extraordinaria claridad la misión redentora de Jesucristo. Él es el Ungido sobre quien reposa el Espíritu del Señor, enviado para proclamar buenas nuevas a los mansos, sanar a los quebrantados de corazón, anunciar libertad a los cautivos y consolar a todos los que lloran. El propio Salvador leyó estas palabras en la sinagoga de Nazaret y declaró que se cumplían en Él. De este modo, la profecía no describe únicamente una futura restauración nacional, sino la obra personal y universal del Mesías, quien entra en las experiencias de sufrimiento humano para llevar perdón, libertad, consuelo y esperanza.
Su obra produce un gran intercambio espiritual: entrega gloria en lugar de ceniza, gozo en lugar de luto, alabanza en lugar de pesadez y vestiduras de salvación en lugar de vergüenza. Cristo no se limita a sacar a las personas del cautiverio; transforma a los liberados en «árboles de justicia», firmes y fructíferos, capaces de reconstruir ruinas antiguas y restaurar lugares anteriormente destruidos. Quienes han sido sanados por Su gracia llegan a participar en la sanidad de familias, generaciones y comunidades. La redención personal se convierte así en servicio, y el consuelo recibido se transforma en capacidad para consolar a otros.
El capítulo culmina con el establecimiento del convenio sempiterno y la imagen de Sion vestida como una novia preparada para recibir al Señor. Su hermosura no procede de sus propios méritos, sino de las vestiduras de salvación y del manto de justicia que Jesucristo le concede. Él proclama, venda, libera, consuela, viste y hace brotar justicia donde antes había desolación. El propósito final de esta transformación es que todas las naciones reconozcan la obra de Dios y glorifiquen al Redentor, quien convierte vidas quebrantadas en testimonios vivientes de Su poder y misericordia.
Isaías 61:1 — La misión redentora del Mesías
«El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ha ungido Jehová». Esta profecía se refiere directamente a Jesucristo, quien leyó estas palabras en la sinagoga de Nazaret y declaró que se cumplían en Él. Su ministerio no surgió de la ambición personal, sino del llamamiento y la autoridad recibidos del Padre para realizar una misión establecida desde antes de la fundación del mundo. Los títulos Mesías, en hebreo, y Cristo, en griego, significan «Ungido». En la antigüedad se ungía a reyes, sacerdotes y, en ocasiones, profetas para apartarlos para funciones sagradas; Jesucristo reúne perfectamente todas ellas: es el Rey que gobierna con justicia, el Sumo Sacerdote que se ofrece a Sí mismo como sacrificio y el Profeta que revela plenamente la voluntad del Padre.
El Mesías fue enviado «para proclamar buenas nuevas a los mansos» y «vendar a los quebrantados de corazón». Esas buenas nuevas son el Evangelio: por medio de Cristo existen perdón, reconciliación con Dios, resurrección y vida eterna. Los mansos pueden recibirlas porque poseen un corazón humilde, enseñable y dispuesto a obedecer; su mansedumbre no es debilidad, sino fortaleza sometida a la voluntad divina. El Salvador tampoco desprecia a quienes han sido quebrantados por el pecado, la pérdida, el rechazo o el sufrimiento. Como quien venda cuidadosamente una herida para protegerla y facilitar su recuperación, Él ofrece una sanidad profunda que no se limita a ocultar el dolor, sino que restaura la esperanza, la capacidad de amar y el deseo de seguir adelante.
Cristo también vino «a proclamar libertad a los cautivos» y «a los prisioneros apertura de la cárcel». Su misión alcanza toda forma de esclavitud producida por el pecado, la culpa, las adicciones, la ignorancia y la muerte. Él no se limita a anunciar que la puerta está abierta: mediante Su expiación pagó el precio de nuestra liberación y nos concede poder para abandonar el cautiverio y aprender a vivir en libertad. Esta profecía también encuentra cumplimiento en Su ministerio entre los muertos, cuando organizó la predicación del Evangelio en el mundo de los espíritus y abrió el camino para quienes habían fallecido sin recibirlo. La obra redentora de Jesucristo atraviesa la frontera de la muerte; ninguna prisión física o espiritual queda fuera de Su autoridad y de Su poder para salvar.
Keith Meservy: La traducción literal de «Cristo» es «el Ungido». Cuando Jesús declara: «Me ha ungido Jehová», está diciendo: «Yo soy el Mesías; soy Aquel cuya venida profetizó Isaías». Un poco después, Natanael se preguntó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Juan 1:46). La mujer samaritana junto al pozo dijo: «Sé que el Mesías ha de venir, el cual es llamado el Cristo… Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo» (Juan 4:25–26). Más tarde, en Jerusalén, «muchos de entre el pueblo… decían: Verdaderamente este es el Profeta. Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo?» (Juan 7:41). Cerca del final, lo increparon diciendo: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis» (Juan 10:24–25).
Les dijo en Nazaret que Él era el Mesías, pero no le creyeron. Les dijo en el templo que Él era el Mesías, pero no le creyeron. Sus milagros y enseñanzas eran prueba de que era el Mesías, pero no le creyeron. Fue ungido por el Padre con el Espíritu, de acuerdo con las Escrituras: «Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret» (Hechos 10:38). Por lo tanto, ¡Jesús es el Cristo, el Ungido!
«Mientras Jesús estaba en la sinagoga de Nazaret, Su ciudad natal, y explicaba esta profecía con palabras llenas de gracia, cuánto debió de anhelar que Sus sorprendidos amigos y vecinos comprendieran que Dios había ungido a Alguien entre ellos para atender sus necesidades más profundas. (Véase Lucas 4:16–22). Cualquiera de ellos que comprendiera a Isaías también sabría por qué Jesús trabajaría entre los pecadores, sacrificaría Su vida y alimentaría a los hambrientos y a los sedientos con el pan de vida y el agua viva. El Mesías divino sería el Salvador que recoge a los perdidos, consuela a los que lloran, libera a los cautivos y sana a los enfermos.
»Después de que Él aplicara esta profecía a Sí mismo, lo único que había que hacer para comprobar la naturaleza divina del llamamiento de Jesús era observar hasta qué punto Su ministerio correspondía a esta profecía, para saber si verdaderamente era el Ungido». (Keith Meservy, «Hoy se ha cumplido esta Escritura», Ensign, abril de 1987, pág. 10).
Isaías 61:2 — Gracia, justicia y consuelo en Jesucristo
«A proclamar el año de la buena voluntad de Jehová». Esta expresión recuerda el año de jubileo, durante el cual se proclamaba libertad, se cancelaban determinadas deudas y se restauraban las heredades. Jesucristo cumple espiritualmente estas imágenes al liberarnos del cautiverio del pecado, cancelar mediante Su expiación una deuda que nosotros no podíamos pagar y restaurarnos a la herencia de los hijos de Dios. Su ministerio inaugura una temporada de gracia, perdón y reconciliación. Por eso, el presente es el tiempo de responder a Su invitación, arrepentirnos y regresar a la seguridad del convenio.
«Y el día de la venganza del Dios nuestro». Cuando Jesús leyó esta profecía en Nazaret, se detuvo después de anunciar el año favorable del Señor. Esto permite distinguir el énfasis de Su primera venida —la expiación, la invitación y la redención— del juicio que se manifestará plenamente en Su Segunda Venida. La venganza divina no es una reacción impulsiva ni resentida, sino la intervención justa de Dios para detener definitivamente la maldad, defender a los oprimidos y corregir toda injusticia. Por eso, la venganza pertenece al Señor y nunca a Sus discípulos; solo Él posee el conocimiento perfecto y la pureza absoluta necesarios para juzgar sin error.
«A consolar a todos los que lloran». La palabra «todos» manifiesta la amplitud del conocimiento y la compasión del Mesías. Ningún dolor, pérdida o lágrima resulta insignificante ante Él. Jesucristo puede comunicar Su consuelo mediante el Espíritu Santo, las Escrituras, la esperanza de la resurrección y el servicio amoroso de otras personas. Su consuelo no siempre elimina inmediatamente la causa del sufrimiento, pero sostiene al afligido y le asegura que la tristeza no será eterna. El mismo Señor que finalmente hará justicia es quien ahora se acerca con ternura para fortalecer a todos los que lloran.
¿Cuál fue el ministerio terrenal del Mesías? ¿Fue iniciar una revolución? ¿Fue establecer una iglesia? ¿Fue derrotar a los romanos? No fue ninguna de esas cosas. Su misión fue predicar el Evangelio, sanar a los enfermos y perdonar a los pecadores. Mateo dijo: «Y recorría Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia entre el pueblo» (Mateo 4:23). Esa fue Su misión terrenal. Cuando envió a los Doce a una misión, les dijo: «Predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios» (Mateo 10:7–8).
¿Anunció Cristo buenas nuevas a los mansos? «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mateo 5:5).
¿Vendó Cristo a los quebrantados de corazón? «Jesús… vio una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas» (Marcos 6:34).
¿Proclamó Cristo libertad a los cautivos y la apertura de la cárcel a los prisioneros? «El Hijo de Dios apareció [en el mundo de los espíritus], declarando libertad a los cautivos que habían sido fieles; y allí les predicó el evangelio sempiterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída» (Doctrina y Convenios 138:18–19).
¿Consoló Cristo a todos los que lloran? «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mateo 5:4).
Jeffrey R. Holland: Quizás nunca se hayan escrito pasajes más hermosos acerca de la expiación y la crucifixión del Salvador que los escritos por Isaías. Ya hemos señalado los primeros tres versículos del capítulo 61 de Isaías, los pasajes con los que Cristo anunció Su condición de Mesías ante una congregación que seguramente debió de quedar sorprendida en la sinagoga de la tranquila aldea de Nazaret. Esos versículos se contarían entre los más conmovedores y significativos que jamás se hayan escrito, particularmente a la luz de su verdadero significado mesiánico y del uso que el propio Salvador hizo de ellos. (Cristo y el nuevo convenio: El mensaje mesiánico del Libro de Mormón [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1997], pág. 89).
Isaías 61:3 — El gran intercambio de la redención
«Que se les dé gloria en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto y manto de alegría en lugar del espíritu apesadumbrado». La ceniza representaba duelo, arrepentimiento y desolación; el Señor promete reemplazarla con una corona de belleza, dignidad y honra. El aceite, empleado para ungir, sanar y celebrar, anuncia que el tiempo del luto tendrá un final. Asimismo, la pesadez espiritual, semejante a una prenda que cubre y limita toda la vida, será sustituida por un manto de alabanza. La redención de Jesucristo no consiste únicamente en retirar el dolor, sino en conceder una identidad restaurada: en Él, la vergüenza puede transformarse en dignidad, y el fracaso acompañado de arrepentimiento puede convertirse en un testimonio de gracia.
Estas promesas no exigen que quienes sufren oculten sus sentimientos ni apresuren artificialmente su recuperación. La sanidad puede ser gradual y, en ocasiones, incluir el apoyo de familiares, líderes, amigos o profesionales. Esa ayuda no compite con la fe, sino que puede ser uno de los medios por los cuales Cristo sostiene y restaura. El Mesías asegura que el dolor no será la condición definitiva de Sus discípulos. Por medio de Su expiación y de la esperanza de la resurrección, Él puede producir un gozo más profundo y duradero que las pérdidas experimentadas.
«Serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para que él sea glorificado». Quienes antes estaban quebrantados pueden llegar a ser como árboles fuertes, arraigados y fructíferos; quien padeció la tormenta puede convertirse en refugio y bendición para otros. Sin embargo, esa fortaleza no surge de la autosuficiencia: el Señor es quien planta, nutre y desarrolla a los redimidos mediante la gracia de Cristo. Así como un árbol manifiesta el cuidado de quien lo cultivó, una vida sanada y transformada dirige la gloria hacia Jesucristo. Cuanto mayor sea la restauración, más claramente debe reconocerse al Salvador como el verdadero Sanador.
Bruce C. Hafen: Algunos miembros de la Iglesia se sienten abrumados por el desánimo debido a las circunstancias de su vida personal, aun cuando están haciendo esfuerzos constantes y admirables. Con frecuencia, esos sentimientos de decepción consigo mismos no provienen de haber obrado mal, sino de tensiones y dificultades de las que quizás no seamos plenamente responsables. La expiación de Jesucristo se aplica a estas experiencias porque se aplica a toda la vida. El Salvador puede enjugar todas nuestras lágrimas después de hacer nosotros cuanto podamos.
En Lucas 4:18, Jesús cita parte de un pasaje de Isaías que describe la esencia de Su ministerio. El pasaje de Isaías dice: «El Espíritu de Jehová… me ha ungido… para anunciar buenas nuevas a los humildes;… para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos… para conceder a los que lloran en Sion… una corona hermosa en lugar de ceniza» (Isaías 61:1, 3; cursiva agregada).
Así, la expiación del Salvador se presenta como el poder sanador no solo para el pecado, sino también para el descuido, la insuficiencia y toda amargura de la vida mortal. La Expiación no es solo para los pecadores…
Es muy importante que estemos del lado del Señor. Pero nunca debemos olvidar que el Señor también está de nuestro lado.
Cada uno de nosotros probará las amargas cenizas de la vida, desde el pecado y la negligencia hasta el pesar y la decepción. Pero la expiación de Cristo puede elevarnos con hermosura desde nuestras cenizas, sobre las alas de una promesa segura de inmortalidad y vida eterna. Así nos elevará, no solo al final de la vida, sino en cada día de nuestra existencia.
«¿No has oído que el Dios eterno… da fuerzas al cansado y multiplica las fuerzas del que no tiene vigor?… Los que esperan en Jehová… levantarán las alas como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán» (Isaías 40:28–31). («Una corona hermosa en lugar de ceniza: La expiación de Jesucristo», Ensign, abril de 1990, pág. 13).
Isaías 61:4 — Los redimidos llegan a ser restauradores
«Reedificarán las ruinas antiguas». Quienes han sido consolados, sanados y liberados por Jesucristo no permanecen concentrados únicamente en su recuperación personal. El Salvador les concede fortaleza y capacidad para reconstruir aquello que el pecado, la violencia o la negligencia habían destruido. Cristo puede transformar a personas heridas en restauradores que fortalezcan familias, congregaciones y comunidades aparentemente incapaces de recuperarse. La gracia recibida se convierte en servicio: quienes conocen el poder sanador del Señor pueden acompañar con mayor compasión a otros en sus propios procesos de restauración.
«Levantarán los asolamientos de muchas generaciones». Algunas heridas no comenzaron con nosotros, sino que proceden de patrones de abuso, pobreza, conflicto, adicción o incredulidad transmitidos durante mucho tiempo. Aunque no seamos responsables de haber originado esas ruinas, Jesucristo puede ayudarnos a impedir que continúen avanzando. Mediante el arrepentimiento, la verdad, el perdón, el servicio y la fidelidad a los convenios, una generación puede interrumpir ciclos destructivos e iniciar una obra de sanidad cuyos frutos disfrutarán las siguientes. Tal restauración puede requerir paciencia y ayuda espiritual, familiar o profesional, pero ninguna ruina es demasiado antigua ni ningún daño demasiado profundo para quedar fuera del alcance redentor del Salvador.
«Hace casi dos mil quinientos años, el profeta Isaías describió con detalles vívidos cómo los judíos regresarían a su antigua patria en los últimos días. Dijo: “…edificarán las ruinas antiguas, levantarán los antiguos lugares desolados y restaurarán las ciudades arruinadas, las desolaciones de muchas generaciones” (Isaías 61:4).
»Desde el punto de vista del Señor, la reconstrucción comenzó en América, y no en Palestina. El 15 de junio de 1841, Orson Hyde, un apóstol de la Iglesia restaurada, escribió una carta al reverendo doctor Solomon Hirschell, el principal rabino de Inglaterra, en la que describía cómo ya se había recibido del cielo la primera indicación de que el surgimiento del Israel moderno era inminente. Esto fue lo que escribió:
»“Hace unos nueve años [en realidad, en 1831], un joven… en cuyo pecho el Todopoderoso había depositado muchos secretos, puso su mano sobre mi cabeza y pronunció estas extraordinarias palabras: ‘A su debido tiempo irás a Jerusalén, la tierra de tus padres, y serás un atalaya para la casa de Israel; y por tus manos el Altísimo hará una gran obra que preparará el camino y facilitará en gran manera el recogimiento de ese pueblo’”.
»Esta parte de la carta no debería haber sorprendido al rabino, ya que en cada Pascua, y a menudo en sus oraciones diarias, los judíos expresaban solemnemente su suprema esperanza de redención diciendo: “¡El próximo año, en Jerusalén!”.
»Habían estado diciendo esto desde el año 70 d. C., cuando Jerusalén fue destruida por los romanos y los judíos fueron dispersados por los cuatro confines de la tierra…
»Después de un viaje largo y arduo, el élder Hyde finalmente llegó a Jerusalén…
»“El domingo 24 de octubre [de 1841], muy de madrugada, me levanté de mi sueño y salí de la ciudad tan pronto como se abrieron las puertas, crucé el arroyo Cedrón y subí al monte de los Olivos. Allí, en solemne silencio, con pluma, tinta y papel, tal como lo había visto en la visión, ofrecí la siguiente oración a Aquel que vive por los siglos de los siglos”.
»Esta misma cita presenta a continuación la oración completa, escrita bajo inspiración en aquella ocasión significativa.
»La tierra misma era estéril, improductiva y desolada. Había estado bajo el dominio de los turcos otomanos desde 1517, y solo alguien con verdadera fe podría haber visto, en sus pantanos costeros y sus montañas desnudas y cubiertas de piedras, la posibilidad de una tierra prometida.
»De hecho, durante 1807, un grupo de dirigentes judíos se había reunido en París a instancias de Napoleón y había asegurado al emperador que “los judíos habían dado la espalda para siempre a su condición de nación separada [y] a su esperanza tradicional de regresar a Palestina”.
»No obstante, un espíritu completamente diferente comenzó a gestarse en el alma de otros judíos». («El nacimiento del Israel moderno», Ensign, mayo de 1972, págs. 51–52).
Isaías 61:5 — Las naciones participan en la restauración de Sion
«Los hijos de los extranjeros serán vuestros labradores y vuestros viñadores». Isaías anuncia una inversión de la condición anterior de Israel: los pueblos que antes habían sido ajenos a sus convenios o habían participado en su opresión ahora colaborarían en su reconstrucción y prosperidad. La restauración de Sion no sería una obra aislada ni limitada a una sola nación. Personas procedentes de muchos lugares aportarían sus esfuerzos, conocimientos, recursos y talentos para cultivar nuevamente lo que había quedado desolado y contribuir al cumplimiento de los propósitos de Dios.
Este lenguaje refleja las estructuras sociales y económicas del mundo antiguo, pero doctrinalmente no justifica la explotación, la servidumbre ni la superioridad racial o nacional. El Evangelio enseña que todos los que vienen a Jesucristo y reciben Sus convenios llegan a ser uno en Él y son contados entre el pueblo de Dios. Por tanto, la profecía muestra una cooperación universal en la edificación de Sion: personas de muchas culturas dejan de relacionarse como opresores y oprimidos para convertirse en colaboradores de la obra del Señor. En Cristo, la diversidad de las naciones puede ser consagrada y transformada en una fuente de unidad, servicio y bendición mutua.
Isaías 61:6 — Un pueblo de ministros y recursos consagrados
«Seréis llamados sacerdotes de Jehová; ministros de nuestro Dios seréis llamados». El pueblo restaurado recibe una misión sacerdotal: representar dignamente al Señor, enseñar Su palabra y ayudar a otras personas a acercarse a Él mediante el Evangelio y los convenios. Este llamamiento no constituye un título de superioridad ni una razón para engrandecerse. Jesucristo mostró que ministrar significa servir, cuidar, enseñar y emplear la autoridad espiritual para bendecir. Quien verdaderamente ministra en Su nombre dirige la atención y la gloria hacia Dios, no hacia sí mismo.
«Comeréis las riquezas de las naciones». Isaías enseña que los recursos de muchos pueblos contribuirán al sostenimiento de Sion y de su misión espiritual. Aquello que antes podía utilizarse para dominar, acumular poder o producir desigualdad será consagrado para apoyar una obra santa. Esta profecía no autoriza la explotación económica de otras naciones; describe una cooperación en la que los bienes temporales se ponen voluntariamente al servicio de los propósitos divinos. La prosperidad recibe su significado más elevado cuando fortalece la adoración, sostiene a quienes sirven y alivia las necesidades de los hijos de Dios.
El Señor no concede bendiciones materiales para alimentar el orgullo o establecer privilegios, sino para ampliar nuestra capacidad de hacer el bien. Recursos, talentos, conocimientos e influencia se convierten en instrumentos sagrados cuando son administrados con humildad y generosidad. Así, el pueblo sacerdotal de Sion no solo proclama el nombre de Dios, sino que demuestra mediante la consagración y el servicio cómo deben utilizarse Sus dones.
En el templo aprendemos lo que Isaías quiso decir en este pasaje. El Señor promete: «Seréis llamados sacerdotes de Jehová; ministros de nuestro Dios os llamarán». Por consiguiente, somos preordenados para ser sacerdotes o sacerdotisas en los templos de nuestro Dios.
Bruce R. McConkie: Estos hermanos del sacerdocio «edificarán las ruinas antiguas, levantarán los antiguos lugares desolados y restaurarán las ciudades arruinadas, las desolaciones de muchas generaciones». De ellos proclama la palabra profética: «Seréis llamados sacerdotes de Jehová; ministros de nuestro Dios os llamarán» (Isaías 61:4–6). «Declararán mi gloria entre las naciones», dice el Señor. Recogerán a Israel, «y tomaré también de ellos para sacerdotes y levitas, dice Jehová» (Isaías 66:19–21). Por medio de Jeremías, el Señor dijo acerca del Israel recogido: «Y pondré sobre ellas pastores que las apacienten» (Jeremías 23:4). Y la promesa es que, cuando venga el Señor, «purificará a los hijos de Leví y los refinará como a oro y como a plata, para que ofrezcan a Jehová una ofrenda en justicia» (Malaquías 3:3).
La dispensación del cumplimiento de los tiempos es la más grande de todas las dispensaciones. En ella se predicará el Evangelio a más personas que en todas las dispensaciones anteriores juntas. En ella se efectuarán las ordenanzas salvadoras por las innumerables multitudes de hombres que vivieron sin un verdadero conocimiento de Cristo y de Sus verdades salvadoras. En ella será recogido Israel y se preparará un pueblo para el regreso de nuestro Señor.
Esta dispensación de restauración y gloria posee ahora todo el poder y toda la autoridad que haya tenido cualquier pueblo en cualquier época. A su debido tiempo recibirá toda la luz y toda la verdad que jamás se hayan revelado. Puede representarse como un gran océano al que desembocan todos los ríos de las dispensaciones del pasado. Han venido representantes de cada una de las grandes dispensaciones bíblicas para restaurar las llaves y los poderes que poseían. De ellos hablaremos ahora. Cada uno desempeñó su papel en la restauración de todas las cosas y, en este sentido, cada uno vino como el Elías de la Restauración. (El Mesías milenario: La segunda venida del Hijo del Hombre [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], pág. 117).
Isaías 61:7 — Restauración abundante y gozo eterno
«En lugar de vuestra vergüenza, tendréis doble porción». En el mundo antiguo, la doble porción representaba una herencia abundante y honorable. Mediante esta imagen, el Señor promete reemplazar la deshonra, el despojo y la pérdida de Israel con una restauración generosa. La redención no se limita a quitar la vergüenza, sino que devuelve dignidad, pertenencia y herencia al pueblo del convenio. En Jesucristo, la identidad de los redimidos deja de estar determinada por aquello que padecieron o por los pecados de los cuales se arrepintieron y pasa a estar definida por su relación con Él.
Esta promesa no debe interpretarse como una fórmula matemática según la cual toda pérdida mortal será compensada inmediatamente con el doble de bienes o bendiciones temporales. Enseña una verdad más profunda: la capacidad restauradora de Jesucristo es infinitamente mayor que el poder destructivo del pecado, la injusticia y la opresión. Algunas pérdidas quizá no sean reparadas plenamente durante esta vida, pero ninguna quedará fuera del alcance de Su expiación y de Su justicia perfecta. El Salvador puede transformar incluso las experiencias dolorosas y conceder finalmente una herencia eterna superior a todo lo que se haya perdido.
«Tendrán gozo eterno». Este gozo no depende de circunstancias pasajeras ni puede ser destruido por la muerte, porque nace de la redención, la resurrección y la presencia de Dios. Su plenitud pertenece a la eternidad, cuando toda injusticia sea corregida y toda separación fiel sea vencida; sin embargo, comienza ahora mediante la compañía del Espíritu Santo y la certeza de las promesas de Cristo. El creyente todavía puede experimentar dolor y, al mismo tiempo, poseer un gozo profundo fundado en la confianza de que el Redentor cumplirá todo lo que ha prometido.
Isaías 61:8 — Justicia, adoración íntegra y convenio eterno
«Yo, Jehová, amo la justicia; aborrezco el robo para holocausto». La justicia no es solamente una norma externa que Dios exige, sino una expresión de Su naturaleza perfecta. Él ama la verdad, la equidad y el trato digno hacia todos Sus hijos. Por eso, quienes desean acercarse al Señor deben aprender a amar la justicia y no únicamente las bendiciones que esperan recibir de Él. Una ofrenda obtenida mediante explotación, engaño o abuso no se convierte en santa al colocarla sobre un altar. Dios no acepta una apariencia de adoración que procure ocultar la deshonestidad hacia el prójimo.
Esta declaración enseña que los medios importan tanto como los fines. Ninguna actividad religiosa puede compensar una conducta injusta que no ha sido reconocida ni corregida mediante el arrepentimiento. La verdadera adoración requiere integridad entre lo que hacemos en los lugares sagrados y la manera en que tratamos a las personas en la vida cotidiana. Mediante Jesucristo podemos arrepentirnos, reparar el daño hasta donde sea posible y aprender a ofrecer al Señor no solo nuestros bienes, sino también una vida gobernada por la honradez, la misericordia y la rectitud.
«Fielmente les daré su recompensa y haré con ellos convenio sempiterno». Dios no olvida ningún servicio, sacrificio o acto de fidelidad, aunque pase inadvertido durante la vida mortal. Su recompensa no está sujeta a favoritismos, corrupción ni errores de juicio. La mayor recompensa es entrar en una relación eterna de convenio con Él, recibiendo identidad, promesas y responsabilidades por medio de Jesucristo. Ese convenio es sempiterno porque se fundamenta en la expiación y la resurrección del Salvador; por ello, sus bendiciones no terminan con la muerte, sino que pueden unir eternamente a Dios con Su pueblo.
Joseph Fielding Smith: Isaías, por medio de la profecía, habló de la restauración del nuevo y sempiterno convenio y de que el Señor realizaría «una obra maravillosa y un prodigio», que haría que «la sabiduría de sus sabios» pereciera y que «el entendimiento de sus entendidos» se ocultara. Esto sucedería por haber quebrantado las leyes y las ordenanzas, y porque «este pueblo se acerca a mí con su boca —dijo el Señor— y con sus labios me honra, pero ha alejado de mí su corazón, y su temor hacia mí ha sido enseñado por precepto de hombres». (Historia de la Iglesia y revelación moderna, 4 tomos [Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1946–1949], tomo 1, pág. 33).
Robert D. Hales: El joven o la joven pueden ser apartados como misioneros de tiempo completo y servir bajo la dirección del sacerdocio de un presidente de misión, compartiendo un testimonio del Señor Jesucristo con todos los que deseen escuchar… Las mayores bendiciones del sacerdocio disponibles para ese joven o esa joven se encuentran en el templo. Allí vislumbran el cielo. En ese santo lugar, aunque están en el mundo, no son del mundo. En el templo se ven a sí mismos como descendientes de la realeza, como un hijo o una hija de Dios. Los gozos de la eternidad, que pueden parecer tan lejanos fuera del templo, de pronto parecen estar al alcance.
En el templo se explica el plan de salvación y se hacen convenios sagrados. Estos convenios, junto con el uso de los gárments sagrados del templo, fortalecen y protegen a la persona investida contra los poderes del adversario. Después de recibir su propia investidura, el joven o la joven pueden asistir al templo y efectuar ordenanzas vicarias para que las bendiciones del sacerdocio estén disponibles para quienes han muerto sin tener la oportunidad de recibirlas durante la vida mortal. (Ensign, noviembre de 1995, pág. 34).
Isaías 61:9 — Una descendencia reconocida por los frutos del convenio
«Todos los que los vean reconocerán que son descendencia bendita de Jehová». La bendición del Señor no será visible necesariamente mediante riqueza constante, ausencia de dificultades o prestigio social, sino por los frutos espirituales que el convenio produce en la vida de Su pueblo. La rectitud, la unidad, la compasión, el servicio y la esperanza en medio de las pruebas manifestarán que Dios obra entre ellos. Más que anunciar verbalmente una condición privilegiada, los descendientes de Israel demostrarán mediante su carácter que pertenecen al Señor.
La mejor evidencia de una herencia santa es una generación que conoce a Jesucristo, guarda Sus convenios y utiliza las bendiciones recibidas para servir a los demás. Ser «descendencia bendita» no significa ser superior a otros, sino recibir la responsabilidad de extender las bendiciones del Evangelio a todas las familias de la tierra, conforme al convenio abrahámico. Cuando hijos, padres y comunidades reflejan la luz del Salvador y se convierten en instrumentos de Su bondad, quienes los observan pueden reconocer no la grandeza humana de una familia o un pueblo, sino el poder transformador de Jehová.
Isaías 61:10 — Vestidos con la salvación y la justicia de Cristo
«En gran manera me regocijaré en Jehová; mi alma se alegrará en mi Dios». El gozo de Sion no se concentra en sus méritos ni en la grandeza de sus logros, sino en el Señor, quien ha realizado la obra de salvarla, cubrirla y restaurarla. La adoración madura reconoce al Dador por encima de Sus dones: aun cuando agradece las bendiciones recibidas, encuentra su alegría más profunda en la relación de convenio con el Redentor. Sion se regocija porque ya no está definida por su cautiverio, su vergüenza o sus ruinas, sino por aquello que Dios ha hecho de ella.
«Me vistió con vestiduras de salvación, me cubrió con manto de justicia». El pecador no puede fabricar por sí mismo la vestidura necesaria para comparecer limpio ante Dios. Jesucristo cubre su vergüenza, lo limpia mediante Su expiación y le concede una condición nueva que se recibe por medio de la fe, el arrepentimiento y los convenios. Nuestra propia justicia es insuficiente para borrar el pecado; necesitamos ser justificados por la gracia del Salvador. Sin embargo, Su manto no encubre una rebelión que deseamos conservar. Cristo perdona al arrepentido y después lo santifica, capacitándolo para desarrollar un carácter que corresponda cada vez más con la vestidura sagrada que ha recibido.
«Como a novio me atavió y como a novia que se adorna con sus joyas». La imagen matrimonial expresa celebración, preparación, fidelidad y convenio. Sion deja de ser una cautiva cubierta de ceniza y aparece como una novia preparada para recibir al Señor. Su belleza no procede del orgullo ni de la apariencia exterior, sino de la salvación y la justicia que Él le ha concedido. De igual manera, la Iglesia y cada discípulo se preparan para el regreso de Jesucristo mediante la santidad, la fidelidad a los convenios y las buenas obras que nacen de un corazón transformado por Su gracia.
Jeffrey R. Holland: Hermanos y hermanas, testifico que ninguno de nosotros es menos valorado o amado por Dios que otro. Testifico que Él ama a cada uno de nosotros, con nuestras inseguridades, ansiedades, la imagen que tenemos de nosotros mismos y todo lo demás. Él no mide nuestros talentos ni nuestra apariencia; no mide nuestras profesiones ni nuestras posesiones. Anima a cada corredor, proclamando que la carrera es contra el pecado, no unos contra otros. Sé que, si somos fieles, hay un manto de justicia perfectamente confeccionado a la medida, listo y esperando a cada uno: «mantos… [que han sido] emblanquecidos en la sangre del Cordero» (Apocalipsis 7:14). Mi sincera oración es que nos animemos unos a otros en nuestro esfuerzo por ganar ese premio, en el nombre de Jesucristo. Amén. (Conference Report, abril de 2002, pág. 62).
Isaías 61:11 — La justicia brotará delante de todas las naciones
«Como la tierra produce su renuevo y como el huerto hace brotar su semilla». Isaías compara la obra restauradora de Dios con el crecimiento de una planta. La tierra no produce una cosecha instantáneamente: la semilla debe germinar, echar raíces, desarrollarse y finalmente dar fruto. De igual manera, la santificación suele ser un proceso gradual que requiere tiempo, cuidado y perseverancia. Una respuesta aparentemente pequeña a la palabra de Dios —un acto de fe, una decisión de arrepentirse o un convenio guardado— puede crecer por medio de la gracia de Jesucristo hasta convertirse en una vida abundante de rectitud y servicio.
«Jehová el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones». La restauración de Sion será visible y tendrá alcance universal. Las naciones reconocerán que el Señor ha hecho florecer a un pueblo que anteriormente estaba cautivo, herido y desolado. Este crecimiento no será producto exclusivo del esfuerzo humano: así como Dios estableció las leyes que permiten germinar a la semilla, Él concede el poder espiritual mediante el cual Su pueblo puede ser justificado, santificado y transformado. Por ello, nadie debe perder la esperanza ante un progreso lento; el Jardinero divino continúa cultivando pacientemente aquello que ha plantado.
La justicia y la alabanza brotarán juntas porque una vida recta se convierte en testimonio del poder redentor de Jesucristo. La transformación del pueblo no buscará despertar admiración hacia Sion, sino dirigir la gloria hacia Aquel que produjo su restauración. Cuando los frutos de la fe, la unidad, la misericordia y el servicio aparezcan ante las naciones, demostrarán que la palabra de Dios posee poder para convertir terrenos desolados en huertos espiritualmente fructíferos.


























