Isaías 48
«¡Salid de Babilonia!»
Isaías 48 presenta a un pueblo que lleva el nombre de Israel e invoca al Dios del convenio, pero no vive «en verdad ni en justicia». El Señor conoce su obstinación, su deslealtad y su tendencia a atribuir a los ídolos las obras divinas. Aun así, contiene Su juicio por amor de Su nombre, anuncia cosas nuevas y declara: «Te he escogido en el horno de la aflicción». La prueba no significa necesariamente que Dios haya abandonado a Su pueblo; puede convertirse en un proceso de purificación mediante el cual se revelan las lealtades falsas, se fortalece la fe y se prepara al cautivo para regresar. El horno no es el destino final de Israel, sino un lugar donde el Redentor procura refinarlo.
El capítulo también revela el pesar del Señor por las bendiciones que Su pueblo dejó de recibir: «¡Oh, si hubieras escuchado mis mandamientos!». La paz habría fluido como un río y la justicia como las olas del mar. Los mandamientos no son restricciones arbitrarias destinadas a impedir la felicidad; son enseñanzas del Redentor «para tu provecho» y señales que marcan el camino hacia la verdadera libertad. Dios no se beneficia egoístamente de nuestra obediencia. Somos nosotros quienes recibimos protección, paz, claridad y poder espiritual cuando escuchamos Su palabra y permitimos que Él nos conduzca.
Finalmente se escucha la orden liberadora: «¡Salid de Babilonia!». Dios abre la prisión y prepara el camino, pero Israel debe levantarse, abandonar el cautiverio y emprender el regreso. La misma invitación se dirige a todo discípulo: salir del pecado, renunciar a los ídolos y dejar atrás los hábitos y valores que nos mantienen espiritualmente cautivos. Jesucristo no solo rompe nuestras cadenas; también nos acompaña en el camino hacia Sion. El Redentor que hizo brotar agua de la roca puede sostenernos durante el desierto, convertir nuestra liberación en un testimonio y hacer que las buenas nuevas de Su gracia lleguen «hasta lo postrero de la tierra».
Isaías 48:1 — Oh casa de Jacob, los que… salieron de las aguas de Judá
Al estudiar Isaías, resulta útil comparar la versión del Antiguo Testamento con la del Libro de Mormón. En este versículo, la versión de Nefi añade la expresión «o de las aguas del bautismo» (1 Nefi 20:1), dando así significado a la frase «aguas de Judá». McConkie y Millet explican el origen de esta cláusula:
«Esta cláusula apareció por primera vez en las ediciones de 1840 y 1842 del Libro de Mormón. No volvió a aparecer sino hasta la edición de 1920, y desde entonces se encuentra en todas las ediciones. Parece ser un comentario profético de José Smith destinado a explicar el significado de la frase “de las aguas de Judá”…
»Si esta frase fuera una restauración del texto original, tal como se encontraba en la versión más pura de las planchas de bronce de la cual procede, habría aparecido en la edición de 1830 del Libro de Mormón. También esperaríamos encontrarla en la Traducción de José Smith de Isaías 48:1, pero no aparece allí.
»Mediante el uso de esta frase, José Smith llama nuestra atención al hecho de que la ordenanza del bautismo era tan conocida entre el pueblo del Antiguo Testamento como entre el pueblo del Libro de Mormón». (McConkie y Millet, Doctrinal Commentary on the Book of Mormon, tomo 1, pág. 152).
El bautismo se practicaba durante los tiempos del Antiguo Testamento, tal como lo confirma este pasaje. Sin embargo, no existe ninguna mención explícita de la ordenanza en la versión del rey Santiago del Antiguo Testamento. Tampoco se menciona el bautismo por los muertos. En los Rollos del Mar Muerto encontramos algunas evidencias de que el bautismo era conocido entre los judíos:
«Encontramos una serie de fragmentos relacionados con el bautismo. Por supuesto, el lector debe comprender que, cuando hablaban del bautismo, los defensores de esta literatura no se referían necesariamente a algo diferente de la tradicional inmersión ritual judía. Los términos son sinónimos, aunque el énfasis dado a los procedimientos bautismales en Qumrán resulta extraordinario.
»Eso puede observarse no solamente en textos como el representado por esos fragmentos y en la conocida Regla de la Comunidad, III:1–4, que al describir el bautismo hace referencia al “Espíritu Santo”, sino también en la enorme cantidad de instalaciones para la inmersión ritual que se encuentran en las ruinas de Qumrán». (Robert Eisenman y Michael Wise, The Dead Sea Scrolls Uncovered, págs. 230–231).
También podemos inferir otras evidencias a partir del ministerio de Juan el Bautista. Cuando los escribas y los fariseos fueron a ver a Juan, ninguno de ellos le hizo preguntas acerca de la ordenanza del bautismo. Esto probablemente se debía a que la ordenanza les resultaba conocida.
Algunas personas han pensado que el bautismo por los muertos se efectuaba en las fuentes del tabernáculo de Moisés y del Templo de Salomón. La fuente del Templo de Salomón descansaba sobre el lomo de doce bueyes que representaban a las doce tribus de Israel y se asemeja a las pilas bautismales de los templos actuales.
Sin embargo, antes de la venida de Cristo no se efectuaban ordenanzas por los muertos. Su ministerio en el mundo de los espíritus constituía un requisito previo indispensable. Además, el tabernáculo de Moisés y el Templo de Salomón funcionaban bajo la administración del Sacerdocio Aarónico. Todas las ordenanzas vicarias son funciones del Sacerdocio de Melquisedec, y en esos templos no se efectuaban ordenanzas de ese sacerdocio.
Tampoco existen evidencias de que en aquellas fuentes se efectuaran bautismos por los vivos. Éxodo explica que los sacerdotes las utilizaban para lavarse las manos y los pies antes de entrar en el tabernáculo de reunión, es decir, en el atrio interior (véanse Éxodo 30:17–21; 1 Reyes 7:23–26).
Isaías 48:1–2 — Una identidad religiosa sin verdadera conversión
«Juran en el nombre de Jehová y hacen memoria del Dios de Israel, mas no en verdad ni en justicia… y en el Dios de Israel confían».
El pueblo llevaba el nombre de Israel, afirmaba proceder de Judá y se identificaba con Jerusalén, la ciudad santa. Exteriormente parecía confiar en Jehová, pero su conducta no concordaba con sus declaraciones. Invocaba el nombre de Dios mientras continuaba recurriendo a los ídolos y rechazando Sus mandamientos. El problema no era la identidad de convenio en sí misma, sino utilizarla como sustituto de una conversión verdadera.
Pertenecer al pueblo del convenio exige más que llevar un nombre religioso, conservar una tradición familiar o profesar verbalmente la fe. El Señor desea que lo adoremos «en verdad y en justicia»: con sinceridad interior, integridad en nuestras relaciones y obediencia incluso cuando nadie nos observa. Los convenios no son títulos honoríficos que garanticen bendiciones independientemente de nuestra conducta; son relaciones sagradas que deben transformar la manera en que vivimos.
La confianza auténtica en Jesucristo se demuestra cuando permitimos que Él dirija nuestras decisiones. No basta con decir que creemos en el Salvador si organizamos nuestra vida como si Su voluntad no tuviera importancia. La conversión une lo que confesamos con lo que practicamos. Cuando nuestras acciones, prioridades y deseos comienzan a reflejar nuestra profesión de fe, el nombre de Cristo que tomamos sobre nosotros deja de ser únicamente una declaración y se convierte en una identidad vivida.
Isaías 48:3 — Dios anuncia antes de actuar
«Lo que pasó, ya antes lo dije; y de mi boca salió, y lo publiqué; lo hice pronto, y llegó a ser».
Jehová había anunciado acontecimientos por medio de Sus profetas antes de hacer que se cumplieran. La profecía permitía a Israel reconocer que la historia no estaba fuera del conocimiento ni del dominio divinos. Lo sucedido no debía atribuirse al poder de los ídolos ni interpretarse como una serie de accidentes: el Señor había hablado anticipadamente para demostrar que conoce el fin desde el principio y posee autoridad para realizar lo que declara.
Dios anuncia Sus propósitos no solo para demostrar Su conocimiento, sino también para preparar a Su pueblo. La palabra profética ofrece tiempo para ejercer fe, arrepentirse y actuar. Cuando la advertencia o la promesa se cumple, queda confirmado que el mensaje procedía de Él. Sin embargo, la profecía no elimina el albedrío humano; revela que Dios puede conocer nuestras decisiones y encauzar los acontecimientos hacia Sus fines sin obligarnos a actuar.
El cumplimiento de las palabras divinas del pasado fortalece nuestra confianza en las promesas que aún permanecen pendientes. El mismo Jesucristo que cumplió las profecías sobre Su nacimiento, expiación y resurrección llevará a cabo el recogimiento de Israel, Su segunda venida, la resurrección universal y la redención final de Su pueblo. Lo que todavía es futuro para nosotros ya es plenamente conocido por Él; por eso podemos esperar Sus promesas con fe y prepararnos para su cumplimiento.
Isaías 48:4 — La dureza espiritual de Israel
«Por cuanto conozco que eres obstinado, y que nervio de hierro es tu cerviz, y tu frente de bronce».
La cerviz rígida simboliza la resistencia a inclinarse y someterse a Dios, mientras que la frente de bronce representa obstinación e insensibilidad ante la corrección. Israel no carecía de profetas, convenios ni conocimiento de la palabra divina; su dificultad consistía en negarse persistentemente a cambiar. Había desarrollado una resistencia interior que le permitía escuchar las advertencias sin permitir que estas penetraran el corazón.
El problema espiritual no siempre consiste en desconocer la verdad. En ocasiones comprendemos lo que el Señor requiere, pero endurecemos el corazón porque obedecer implicaría abandonar una preferencia, un pecado, un hábito o una fuente de orgullo. Cuanto más resistimos la influencia del Espíritu Santo, más fácil resulta justificar nuestra conducta y menos sensibles nos volvemos a la necesidad de arrepentirnos.
Jesucristo puede ablandar incluso un corazón endurecido, pero no anula nuestro albedrío. Debemos dejar de defendernos, reconocer honestamente nuestra condición y permitir que Su palabra nos corrija. La humildad espiritual no consiste en carecer de convicciones, sino en estar dispuestos a inclinar nuestra voluntad ante la verdad. Cuando cedemos a la gracia del Salvador, la cerviz rígida puede aprender a someterse y la frente de bronce puede volver a sentir.
Isaías 48:5 — Dios impide que los ídolos reciban Su gloria
«Te lo dije ya desde la antigüedad; antes que sucediera te lo advertí, para que no dijeses: Mi ídolo lo hizo, y mi imagen de talla y mi imagen de fundición mandaron estas cosas».
Jehová anunció anticipadamente Sus propósitos para que Israel no pudiera atribuir su cumplimiento a los ídolos. Cuando llegara la liberación, el pueblo tendría que recordar que Dios ya la había declarado mediante Sus profetas. La profecía protegía contra una interpretación falsa de la historia y demostraba que las imágenes fabricadas no conocían el futuro ni poseían poder para dirigirlo.
Reconocer correctamente la fuente de una bendición es una parte esencial de la gratitud. Podemos agradecer legítimamente el esfuerzo humano, la preparación, las oportunidades y la ayuda de otras personas; sin embargo, erramos cuando atribuimos exclusivamente a nuestra habilidad, suerte, riqueza o influencia aquello que Dios hizo posible. Las capacidades y los medios temporales pueden ser instrumentos, pero no deben recibir la gloria que pertenece al Señor.
La verdadera gratitud no niega nuestra participación, sino que la coloca en la perspectiva correcta. Trabajamos, tomamos decisiones y ejercemos el albedrío, pero reconocemos que la vida, las capacidades, la gracia y las oportunidades proceden finalmente de Dios. Jesucristo es la fuente de toda redención y de todo bien eterno. Al recordar Sus promesas y reconocer Su mano, evitamos convertir los instrumentos de la bendición en ídolos y dirigimos nuestra adoración hacia quien verdaderamente tiene poder para salvar.
Isaías 48:6 — Israel debe anunciar lo que ha visto
«Lo oíste; lo viste todo; ¿y no lo anunciaréis?».
Después de escuchar las profecías y presenciar su cumplimiento, Israel tenía la responsabilidad de reconocer públicamente la fidelidad de Dios. Aquello que el pueblo había oído y visto confirmaba que Jehová conocía el futuro y cumplía Su palabra. Ese conocimiento no debía conservarse únicamente como una experiencia privada, sino convertirse en un testimonio capaz de ayudar a otras personas a reconocer la mano del Señor.
Todo discípulo de Jesucristo es llamado a declarar la bondad de Dios. No necesitamos afirmar cosas que no sabemos ni adornar nuestras experiencias para que parezcan extraordinarias. Un testimonio sincero expresa con humildad las verdades que hemos recibido mediante el Espíritu y la misericordia que hemos reconocido en nuestra vida. Su poder no depende de su dramatismo, sino de su autenticidad y de la influencia del Espíritu Santo.
Anunciar lo que hemos visto también exige vivir de acuerdo con ello. Nuestras palabras pierden fuerza cuando nuestra conducta contradice aquello que afirmamos creer. Al recordar las respuestas, correcciones y promesas cumplidas del Señor, podemos testificar tanto con la voz como con nuestras decisiones. Una vida transformada por Cristo se convierte en evidencia visible de que Su palabra es verdadera y Su gracia continúa obrando.
Isaías 48:6–7 — Dios revela cosas nuevas y ocultas
«Te he hecho oír cosas nuevas desde ahora, y cosas ocultas que tú no sabías… para que no dijeras: He aquí que yo lo sabía».
Jehová no se limita a recordar las liberaciones del pasado; también puede revelar propósitos nuevos y realizar obras que Su pueblo no había previsto. Israel debía reconocer que la próxima liberación de Babilonia no procedería de su sabiduría ni seguiría necesariamente el modelo que esperaba. El Dios que había abierto el mar podía ahora levantar a Ciro y utilizar circunstancias distintas para cumplir la misma obra redentora. Su carácter permanece inmutable, aunque Sus métodos puedan sorprendernos.
Recibir cosas «nuevas y ocultas» requiere humildad espiritual. Si suponemos que ya comprendemos todo lo que Dios puede hacer o que Él siempre debe actuar según nuestras experiencias anteriores, quizá no reconozcamos la obra que está comenzando delante de nosotros. Toda nueva enseñanza debe discernirse a la luz de las Escrituras, la revelación profética y el Espíritu Santo, pero no debemos permitir que nuestras expectativas limiten los medios que el Señor puede emplear.
El orgullo también puede apropiarse de una revelación después de que se cumple y afirmar: «Yo ya lo sabía». La humildad intelectual distingue honestamente entre lo que conocíamos, lo que inferimos y lo que recibimos de Dios. Un testigo fiel no exagera su entendimiento ni reclama como propio el conocimiento revelado. Reconoce con gratitud que Jesucristo continúa dando luz y que dependemos de Él para comprender verdades que, por nosotros mismos, permanecían ocultas.
Isaías 48:8 — Dios conoce nuestra deslealtad y aun así procura redimirnos
«Porque sabía que serías muy desleal y que desde el vientre se te llamaría rebelde».
El Señor conocía anticipadamente la inclinación rebelde de Israel. Su deslealtad no lo sorprendió ni reveló algo que Él ignorara. Aun así, llamó al pueblo, le concedió convenios, envió profetas y preparó el camino para liberarlo del cautiverio. El conocimiento divino de sus debilidades no anuló Su obra redentora, aunque tampoco eliminó la responsabilidad de Israel ni las consecuencias de su rebelión.
Dios también conoce nuestras faltas antes de llamarnos a participar en Su obra. No descubre nuestra imperfección después de habernos escogido ni se sorprende cuando necesitamos corrección. Esto no constituye una excusa para pecar, sino una razón para confiar en Su paciencia y acudir a Él con honestidad. Sus llamamientos no siempre confirman que ya somos plenamente capaces; a menudo expresan lo que podemos llegar a ser mediante Su ayuda.
Jesucristo nos llama con un conocimiento perfecto tanto de nuestras debilidades como de nuestras posibilidades eternas. Él no aprueba nuestra deslealtad, pero tampoco nos define únicamente por ella. Cuando respondemos con fe y arrepentimiento, Su gracia puede corregirnos, capacitarnos y convertir a personas rebeldes en discípulos fieles. El Señor nos conoce completamente y, aun así, considera que vale la pena enseñarnos, refinarnos y redimirnos.
Isaías 48:9 — Dios contiene Su juicio
«A causa de mi nombre aplazaré mi furor, y para alabanza mía lo contendré para no destruirte».
Israel merecía afrontar las consecuencias de su rebelión, pero Dios contuvo Su juicio y preservó un remanente. Su paciencia estaba relacionada con Su nombre, es decir, con Su carácter, Su fidelidad y las promesas de convenio que había hecho. Jehová no actuaría impulsivamente ni abandonaría Su propósito redentor por la deslealtad del pueblo. Incluso al disciplinarlo, dejaría abierto un camino para su restauración.
La demora del juicio no significa que Dios apruebe el pecado ni que las consecuencias hayan desaparecido. Su paciencia es una oportunidad misericordiosa para reconocer el error, arrepentirse y regresar antes de que el corazón se endurezca aún más. Confundir esa paciencia con indiferencia puede conducir a una falsa sensación de seguridad; recibirla con humildad permite experimentar la transformación.
Jesucristo hace posible esta misericordia mediante Su sacrificio expiatorio. Él satisface las demandas de la justicia y concede al pecador arrepentido tiempo, perdón y poder para cambiar. Cada día en que el Señor contiene ciertas consecuencias es una invitación, no una autorización para continuar pecando. Su paciencia manifiesta Su deseo de salvarnos, pero debemos responder voluntariamente mientras permanece abierta la oportunidad de volver.
Isaías 48:10 — Escogidos y refinados en el horno de la aflicción
«He aquí, te he purificado, y no como a plata; te he escogido en el horno de la aflicción».
El horno representa el cautiverio, la disciplina y las pruebas que pusieron de manifiesto la verdadera condición del corazón de Israel. La aflicción no convertía automáticamente al pueblo en santo, pero podía crear un ambiente donde aprendiera humildad, abandonara sus falsos apoyos y reconociera su dependencia de Dios. El sufrimiento por sí mismo no salva ni expía los pecados; únicamente Jesucristo puede hacerlo. Sin embargo, el Salvador puede consagrar las experiencias dolorosas para corregir prioridades, purificar deseos y fortalecer la fe de quienes responden con humildad.
La plata era refinada mediante un calor intenso que separaba las impurezas del metal. Sin embargo, el Señor declara que no refinó a Israel «como a plata», posiblemente indicando que no aplicó la medida completa del juicio que su rebelión merecía, pues el pueblo no la habría soportado. Su disciplina estuvo acompañada de misericordia. Dios controló el horno y preservó un remanente porque Su propósito no era destruir a Israel, sino prepararlo para volver a Él.
Ser escogido en el horno no significa que toda aflicción haya sido enviada directamente por Dios ni que el sufrimiento sea una prueba automática de rectitud. Significa que ninguna experiencia dolorosa tiene que desperdiciarse cuando la entregamos a Jesucristo. Él conoce tanto la intensidad del fuego como la resistencia del alma y puede sostenernos mientras atravesamos la prueba. En Sus manos, el horno puede dejar de ser solamente un lugar de dolor y convertirse en un espacio de purificación, revelación y preparación para un servicio más santo.
Orson F. Whitney: Ningún dolor que sufrimos ni ninguna prueba que experimentamos se desperdicia. Todo contribuye a nuestra educación y al desarrollo de cualidades como la paciencia, la fe, la fortaleza y la humildad.
Todo lo que sufrimos y soportamos, especialmente cuando lo hacemos con paciencia, edifica nuestro carácter, purifica nuestro corazón, ensancha nuestra alma y nos hace más sensibles y caritativos, más dignos de ser llamados hijos de Dios.
Es mediante la tristeza y el sufrimiento, el esfuerzo y la tribulación, que obtenemos la educación que vinimos aquí a recibir y que nos hará más semejantes a nuestro Padre y nuestra Madre Celestiales. (Dawn Anderson, Dlora Dalton y Susette Green, editores, Every Good Thing: Talks from the 1997 BYU Women’s Conference [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1998], pág. 22).
Neal A. Maxwell: El Señor ha declarado: «Te he escogido en el horno de la aflicción» (Isaías 48:10; 1 Nefi 20:10). Debido a que es omnisciente, Él sabe de antemano cómo afrontaremos la aflicción. Nosotros, en cambio, no lo sabemos. Por consiguiente, necesitamos el refinamiento que Dios nos proporciona, aunque no busquemos ni deseemos semejante tribulación.
¿No se asemeja nuestra lucha en medio del sufrimiento y de la disciplina a los esfuerzos de un pollito que todavía está dentro del huevo? Debe abrirse paso dolorosa y pacientemente a través del cascarón. Ayudarlo rompiendo el huevo podría matarlo. A menos que él mismo luche para liberarse de sus limitaciones iniciales, quizá no posea después la fortaleza necesaria para sobrevivir.
Las aflicciones pueden ablandarnos, ennoblecernos y ejercer una influencia disciplinaria sobre nosotros (Alma 62:41). Con frecuencia pensamos en la disciplina como algo que se nos impone para castigarnos, como si procediera de un tutor mortal enojado y malhumorado. Sin embargo, la disciplina divina es una forma de aprendizaje administrada por las manos de un Padre amoroso (Helamán 12:3).
El élder James E. Faust, del Consejo de los Doce, declaró: «En medio del dolor, la agonía y los esfuerzos heroicos de la vida, atravesamos el fuego del refinador; y las cosas insignificantes y carentes de importancia pueden derretirse como escoria, haciendo que nuestra fe quede brillante, intacta y fuerte» (Ensign, mayo de 1979, pág. 53).
El élder Faust continuó: «Este cambio se produce mediante un proceso de refinamiento que a menudo parece cruel y difícil. De ese modo, el alma puede llegar a ser como barro blando en las manos del Maestro». (All These Things Shall Give Thee Experience [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1979], págs. 38–39).
Marvin J. Ashton: Harry Emerson Fosdick escribió: «Lo más extraordinario acerca de la ostra es lo siguiente: ciertos elementos irritantes entran en su concha y no le agradan. Sin embargo, cuando no puede expulsarlos, utiliza la irritación para producir lo más hermoso que una ostra tiene la oportunidad de crear.
»Si hoy existen elementos irritantes en nuestra vida, solamente hay una prescripción: hagamos una perla. Quizá tenga que ser una perla de paciencia, pero hagamos una perla de todos modos. Para lograrlo se necesitan fe y amor». (The Treasure Chest, Charles L. Wallis, editor [Nueva York: Harper & Row]).
Quienes se rinden ante la adversidad se vuelven más débiles. Para los valientes, en cambio, constituye un peldaño hacia un poder mayor. Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y las personas que temen a Dios en todo el mundo no pedirán en oración quedar libres de las pruebas. No se rendirán ni entrarán en pánico. Se esforzarán por prepararse para afrontar y dominar las pruebas difíciles.
Por lo general, no existen respuestas sencillas para la mayoría de nuestros problemas. Cada persona debe pensar, planificar, trabajar y orar para encontrar la ayuda que necesita y el valor que debe poseer para vencer su problema o llevar su cruz, cualquiera que sea su situación.
Los vencedores establecen diariamente metas alcanzables. Sus planes se componen de cosas que pueden hacer y no de aquello que no pueden realizar. Recuerdan que Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de poder, de amor y de dominio propio.
Dios parece sostener con Su amor a quienes, como Jerry, afrontan valientemente la adversidad. En muchos casos, parece que mantienen una relación especial con Él. «He aquí, te he refinado […] te he escogido en el horno de la aflicción» (Isaías 48:10).
Individualmente, debemos agradecer a Dios por el ejemplo de quienes nos rodean y luchan diariamente contra desafíos intensos, reales y constantes hasta vencerlos. Desde nuestra perspectiva humana, algunas personas parecen recibir una porción de dificultades mayor que la que les corresponde; sin embargo, con la ayuda de Dios llegan a ser especiales. No se quebrantan ni se rinden.
Satanás desea que nos sintamos incapaces de cumplir nuestras tareas terrenales. Si acudimos a Dios, Él nos tomará de la mano y nos conducirá a través de nuestras horas más oscuras. («Adversity and You», Ensign, noviembre de 1980, pág. 60
Isaías 48:11 — Dios preserva la santidad de Su nombre
«Por mí, por causa de mí mismo lo haré, para que no sea profanado mi nombre; y mi gloria no la daré a otro».
Si Israel desaparecía completamente, las naciones podían interpretar su destrucción como una demostración de que Jehová era incapaz de guardar Sus convenios. Por ello, Dios preservaría un remanente y prepararía su liberación para manifestar la fidelidad, santidad y poder asociados con Su nombre. La restauración no se fundamentaría en la rectitud perfecta de Israel, sino en el carácter inmutable del Dios que cumple Sus promesas.
La declaración «mi gloria no la daré a otro» también impide que los ídolos, las naciones o el propio Israel reclamen el mérito de la liberación. Ciro sería un instrumento importante, y el pueblo tendría que responder con fe y obediencia, pero la fuente de la redención seguiría siendo Jehová. Los medios utilizados por Dios pueden recibir gratitud y reconocimiento legítimos; nunca deben ocupar el lugar del Salvador.
Toda salvación revela principalmente la gloria de Jesucristo. Los redimidos no pueden jactarse como si hubieran pagado su propio rescate o vencido solos el pecado y la muerte. Nuestra obediencia es indispensable como respuesta de fe, pero es la gracia de Cristo la que perdona, fortalece y transforma. Una vida restaurada se convierte así en evidencia de Su misericordia y dirige la alabanza no hacia quien fue rescatado, sino hacia el Redentor.
Isaías 48:12 — El primero y el postrero
«Óyeme, Jacob, y tú, Israel, a quien llamé: Yo mismo, yo el primero, yo también el postrero».
Jehová existía antes de Babilonia y de todos los imperios que dominaron a Israel, y continuaría reinando después de que estos desaparecieran. Él no ocupa solamente un momento dentro de la historia; está presente desde el comienzo de Su obra hasta su cumplimiento. Por eso, Israel debía escuchar al Dios eterno en vez de confiar en poderes temporales que parecían invencibles, pero cuyo dominio tendría un final.
El título «el primero y el postrero» también es utilizado por Jesucristo en el Nuevo Testamento. Él dirigió el plan de redención desde la vida premortal, creó la tierra bajo la dirección del Padre y vino al mundo para efectuar Su expiación. Mediante Su resurrección venció la muerte y continuará Su obra hasta la resurrección universal, el juicio final y la exaltación de los fieles.
Esta verdad ofrece seguridad en medio de los cambios. Nosotros vemos fragmentos de nuestra historia y a menudo no comprendemos cómo terminarán; Jesucristo conoce tanto nuestro origen divino como nuestro destino eterno. Él estaba presente antes de nuestras pruebas y permanecerá cuando estas hayan concluido. Confiar en el Primero y el Postrero significa permitir que quien conoce toda la obra dirija también el siguiente paso de nuestra vida.
Al igual que en otros pasajes de Isaías (Isaías 41:4; 44:6), esta frase identifica al Dios de Israel, Jehová, como el Jesucristo premortal. Esta verdad fundamental puede demostrarse mediante un estudio cuidadoso del primer capítulo de Apocalipsis:
Vi […] a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una ropa que llegaba hasta los pies y ceñido por el pecho con un cinto de oro.
Su cabeza y Sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; y Sus ojos, como llama de fuego…
Y cuando le vi, caí como muerto a Sus pies. Y Él puso Su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último;
y el que vive; y estuve muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos (Apocalipsis 1:12–18).
La expresión «el primero y el último» se refiere a la naturaleza eterna de Jehová y al carácter infinito de Sus poderes.
Bruce R. McConkie: «Cristo es el Primero y el Último (Doctrina y Convenios 110:4; Isaías 41:4; 44:6; 48:12; Apocalipsis 1:8–17; 2:8; 22:13). Esos términos describen Su existencia eterna, independiente del tiempo; Él es Dios eternamente.
»El término Primero comunica la idea de que Él posee preeminencia sobre todos los habitantes de la Tierra, tanto desde el punto de vista del tiempo —porque fue el Primogénito en el espíritu— como desde la perspectiva del poder y el dominio —porque llegó a ser Dios en el principio—.
»El término Último revela el concepto de que continuará siendo Dios y disfrutará de Su plena preeminencia por toda la eternidad, eternamente y sin fin». (Mormon Doctrine, pág. 281).
Isaías 48:13 — El Creador gobierna Su creación
«Mi mano fundó también la tierra, y mi mano derecha extendió los cielos; cuando yo los llamo, comparecen juntamente».
El Dios que promete liberar a Israel es el mismo que fundó la tierra y extendió los cielos. Isaías relaciona la creación con la redención para demostrar que rescatar al pueblo del cautiverio no supera el poder de quien organizó el universo. Babilonia podía parecer invencible desde la perspectiva humana, pero continuaba siendo una realidad temporal dentro de una creación gobernada por Jehová.
Cuando Dios llama a los cielos, estos «comparecen juntamente», indicando que toda la creación responde a Su autoridad. Su palabra no es una opinión ni un deseo sin poder; posee capacidad para producir aquello que declara. El Señor puede ordenar tanto los elementos de la naturaleza como encauzar los acontecimientos históricos relacionados con Su obra, sin eliminar el albedrío ni aprobar las acciones injustas de quienes participan en ellos.
Para los Santos de los Últimos Días, Jesucristo es Jehová y el Creador bajo la dirección del Padre. Las manos que extendieron los cielos también fueron heridas para efectuar nuestra redención. Si Él posee poder para crear mundos, también puede abrir caminos de liberación, reconstruir una vida quebrantada y cumplir Sus promesas eternas. Confiar en Cristo significa recordar que nuestro Redentor posee todo el poder creador necesario para realizar la obra que ha comenzado en nosotros.
Isaías 48:14–15 — Dios llama y sostiene al libertador de Babilonia
«Aquel a quien Jehová amó ejecutará su voluntad en Babilonia… Yo, yo hablé, y le llamé y le traje; por tanto, será prosperado su camino».
La figura señalada se refiere nuevamente a Ciro, levantado para conquistar Babilonia y permitir el regreso de los cautivos. La expresión «a quien Jehová amó» indica que fue escogido y favorecido para cumplir esa función particular; no significa necesariamente que Ciro conociera plenamente a Dios ni que todas sus acciones recibieran aprobación divina. Su éxito no sería una coincidencia desconectada del plan del Señor, sino parte de la liberación que Jehová había anunciado.
La secuencia «hablé… llamé… traje» destaca la iniciativa divina. Dios declaró anticipadamente lo que sucedería, escogió al instrumento, lo condujo hasta el escenario de su misión y preparó las condiciones necesarias para que su camino prosperara. Ciro actuaría mediante su propio albedrío y conservaría responsabilidad por sus decisiones, pero el Señor encauzaría esos acontecimientos para liberar a Israel y cumplir Su palabra.
Dios también puede utilizar personas, medios y circunstancias inesperados para efectuar una liberación en nuestra vida. No debemos limitar Su respuesta a los métodos que nosotros habríamos escogido. Lo que el Señor manda nunca depende exclusivamente de la capacidad del instrumento; Él puede conceder fortaleza, preparar oportunidades y abrir puertas. Nuestra responsabilidad es procurar discernir Su voluntad, actuar con fidelidad y reconocer que el poder definitivo para realizar Su obra procede de Jesucristo.
Isaías 48:16 — Dios habla, envía y revela por medio de Su Espíritu
«Acercaos a mí, oíd esto: Desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su espíritu».
Jehová no había ocultado completamente Su voluntad. Desde el principio comunicó Sus propósitos mediante profetas, convenios y registros sagrados. El problema fundamental de Israel no era que Dios se hubiera negado a hablar, sino que el pueblo había endurecido el corazón y no quería escuchar. La revelación divina tiene el propósito de orientar, advertir y preparar. El Señor no siempre manifiesta todos los detalles de una vez, pero proporciona suficiente luz para que actuemos con fe y seamos responsables de nuestras decisiones.
La declaración «me envió Jehová el Señor, y su espíritu» puede entenderse en su contexto como la voz del profeta que había sido enviado y autorizado mediante el Espíritu. Sin embargo, también posee una profunda resonancia mesiánica: Jesucristo es el Enviado del Padre y realiza Su misión redentora en perfecta unidad con Él y con el Espíritu Santo. De esta manera, el pasaje permite contemplar la participación de los miembros de la Trinidad en una misma obra de salvación.
El Padre envía, el Hijo redime y el Espíritu Santo revela, confirma y santifica. Son seres distintos, pero están perfectamente unidos en propósito, verdad y amor. Dios no desea permanecer oculto para Sus hijos; nos invita: «Acercaos a mí, oíd esto». Cuando nos aproximamos con humildad, podemos reconocer la voz profética, recibir el testimonio del Espíritu y acudir a Jesucristo, por medio de quien se cumple el plan de redención del Padre.
Isaías 48:17 — El Redentor enseña para nuestro provecho y nos guía por el camino
«Así dice Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová, Dios tuyo, que te enseña para tu provecho, que te encamina por el camino que debes seguir».
Los mandamientos no fueron dados para beneficiar a Dios a costa del ser humano, sino para conducirnos a la libertad, la paz, el crecimiento espiritual y la vida eterna. Como nuestro Creador y Redentor, Jesucristo conoce las consecuencias completas de cada camino. Algunas instrucciones divinas pueden parecernos restrictivas porque todavía no vemos los peligros que evitan ni las bendiciones que preparan. Confiar en Cristo significa creer que Su enseñanza busca nuestro bienestar eterno, incluso cuando exige renunciar a una satisfacción inmediata.
Jehová no se limita a señalar la meta desde lejos; promete encaminarnos por el sendero que debemos seguir. Su dirección puede llegar mediante las Escrituras, las enseñanzas proféticas, la influencia del Espíritu Santo, la oración y el consejo inspirado de personas fieles. También puede corregirnos cuando nos desviamos. Esa corrección no demuestra falta de amor, sino el compromiso del Redentor de no dejarnos avanzar sin advertencia hacia un cautiverio espiritual.
Para recibir Su guía necesitamos preguntar con humildad y estar dispuestos a obedecer una respuesta diferente de nuestra preferencia inicial. No basta con pedir dirección si solamente aceptaremos aquello que confirme lo que ya deseamos hacer. Jesucristo conoce no solo el destino, sino también el camino que conduce hasta él. Cuando permitimos que Él enseñe y encamine nuestra vida, descubrimos que Sus mandamientos no son obstáculos para la libertad, sino la senda que nos lleva hacia ella.
Isaías 48:18 — Paz como un río y justicia como las olas del mar
«¡Oh, si hubieras escuchado mis mandamientos! Entonces tu paz habría sido como un río, y tu justicia como las olas del mar».
La exclamación del Señor revela Su pesar por las bendiciones que Israel dejó de recibir. Gran parte de su sufrimiento podía haberse evitado si el pueblo hubiera escuchado Sus mandamientos. Dios le ofrecía una paz continua y abundante, semejante a un río que fluye sin detenerse, pero Israel rechazó las condiciones espirituales que la producían. Los mandamientos no eran cargas arbitrarias, sino el cauce preparado para conducir la vida hacia la seguridad y la libertad.
La obediencia no elimina toda adversidad ni significa que cada persona fiel vivirá sin dolor. Jesucristo mismo sufrió a pesar de Su perfecta obediencia. Sin embargo, guardar los mandamientos evita muchas consecuencias del pecado y nos permite disfrutar de paz con Dios aun cuando las circunstancias externas continúen siendo difíciles. Esa paz procede de una conciencia limpia, de la compañía del Espíritu Santo y de la confianza en que nuestra vida está orientada hacia el Señor.
La justicia comparada con «las olas del mar» comunica continuidad, fuerza y renovación. La rectitud del convenio no consiste en una buena acción aislada, sino en una manera constante de vivir. No producimos esa justicia únicamente mediante nuestra fuerza; la gracia de Jesucristo nos perdona, capacita y sostiene mientras escogemos obedecer cada día. Al escuchar al Redentor, Su paz puede correr continuamente por nuestra vida y Su justicia manifestarse una y otra vez en nuestros pensamientos, decisiones y obras.
Isaías 48:19 — Bendiciones para las generaciones futuras
«Como la arena habría sido tu descendencia, y los renuevos de tus entrañas como los granos de arena; nunca su nombre habría sido talado ni borrado de mi presencia».
La obediencia de Israel habría permitido que las promesas abrahámicas se manifestaran con mayor plenitud. Su descendencia habría crecido y su identidad de convenio habría permanecido firme ante Dios. El pecado no afectaba solamente a quienes lo cometían; también debilitaba la transmisión de la fe, fragmentaba al pueblo y limitaba las bendiciones que podrían haber alcanzado a las generaciones siguientes.
Nuestras decisiones también influyen en quienes vienen después. La fidelidad no garantiza que nuestros hijos o descendientes vivirán sin pruebas ni que escogerán automáticamente el camino correcto, pues cada persona conserva su propio albedrío. Sin embargo, podemos dejarles una herencia espiritual formada por verdades enseñadas, convenios honrados, oraciones ofrecidas y ejemplos sinceros de arrepentimiento, servicio y perseverancia.
Jesucristo puede también sanar las consecuencias de historias familiares marcadas por el pecado o la deslealtad. Nadie está condenado a repetir los errores de generaciones anteriores. Al volvernos hacia el Salvador, podemos iniciar una nueva tradición de fe y convertirnos en un eslabón fuerte para quienes vendrán después. Una decisión recta tomada hoy puede producir frutos espirituales mucho más allá del alcance de nuestra propia vida.
Isaías 48:20 — Salir de Babilonia y anunciar la redención
«¡Salid de Babilonia! ¡Huid de entre los caldeos! Dad nuevas de esto con voz de alegría; publicadlo, llevadlo hasta lo postrero de la tierra; decid: Redimió Jehová a Jacob».
La liberación divina requería una respuesta activa. Cuando Dios abriera el camino, los cautivos tendrían que levantarse, abandonar Babilonia y emprender el viaje de regreso. Espiritualmente, salir de Babilonia significa apartarnos de los valores, hábitos y sistemas que se oponen al Señor. No basta con desear la paz de Sion mientras permanecemos voluntariamente aferrados a aquello que nos mantiene cautivos. La gracia de Cristo abre la prisión, pero nosotros debemos responder con fe, arrepentimiento y obediencia.
La orden de «huir» comunica urgencia. No conviene negociar indefinidamente con el pecado ni permanecer cerca de influencias que sabemos que debilitan nuestra relación con Dios. Algunas formas de cautiverio requieren decisiones claras: abandonar un hábito, cambiar una prioridad, reparar un daño o alejarnos de una situación espiritualmente destructiva. Jesucristo no solo nos manda salir; también nos concede la fuerza necesaria para comenzar y perseverar en el camino de regreso.
La liberación debía anunciarse con alegría «hasta lo postrero de la tierra»: «Redimió Jehová a Jacob». Quien ha experimentado la gracia del Salvador recibe la oportunidad de compartirla, no para exaltarse a sí mismo, sino para testificar del Redentor. El Evangelio proclama que existe una salida del pecado, restauración para el cautivo y regreso para el disperso. Nuestra vida renovada puede convertirse en una buena noticia visible de que Jesucristo todavía rompe cadenas y conduce a Su pueblo hacia Sion.
En las Escrituras, Babilonia se utiliza como símbolo de la iniquidad del mundo. Salir de Babilonia significa abandonar la maldad del mundo y comenzar una vida como discípulo de Jesucristo.
Este simbolismo también es importante debido a los numerosos pasajes que hablan de la destrucción de Babilonia. Esos pasajes poseen un doble significado: se refieren a la destrucción literal del reino de Babilonia y a la destrucción de los inicuos durante la Segunda Venida de Cristo.
Neal A. Maxwell: Incluso después de decidir salir de Babilonia, algunos de nosotros procuramos conservar allí una segunda residencia o viajamos a ella durante los fines de semana. Citando al presidente Marion G. Romney, algunas personas continúan «tratando de servir al Señor sin ofender al diablo». (Neal A. Maxwell, A Wonderful Flood of Light, pág. 47).
Neal A. Maxwell: ¿Por qué algunos de nuestros jóvenes se arriesgan a participar en una prodigalidad ritual, con la intención de pasar una temporada rebelándose y actuando en Babilonia, mientras ceden ante aquella idea diabólicamente democrática de que «todo el mundo lo hace»?
Las multitudes no pueden convertir en correcto aquello que Dios ha declarado incorrecto. Aunque planean regresar posteriormente, muchos de esos rezagados descubren que el alcohol, las drogas y la pornografía no los dejan escapar fácilmente. Babilonia no concede permisos de salida de buena gana. Es una aplicación irónica de aquella antigua jactancia: «No se perderá ni una sola alma» (Moisés 4:1). (Ensign, noviembre de 1988, pág. 33).
Isaías 48:21 — Agua de la roca en el desierto
«Y no tuvieron sed cuando los llevó por los desiertos; les hizo brotar agua de la piedra; partió la peña, y brotaron las aguas».
Isaías recuerda el éxodo y aplica su modelo a la nueva liberación de Israel. El mismo Dios que sostuvo al pueblo cuando salió de Egipto podía volver a cuidarlo durante su regreso desde Babilonia. El camino hacia la libertad atravesaría el desierto, pero la dificultad del trayecto no significaría que el Señor los hubiera abandonado. Quien había abierto la prisión también podía proporcionar lo necesario para completar el viaje.
Salir del cautiverio no elimina inmediatamente toda dificultad. Abandonar el pecado, una costumbre dañina o una forma de vida contraria a Dios puede conducirnos por un periodo de incertidumbre, esfuerzo y reajuste. En ocasiones, las antiguas cadenas parecen más familiares que el desierto de la transformación. Sin embargo, el Señor no nos llama a salir para después dejarnos solos; puede ofrecer fortaleza y dirección incluso en lugares donde humanamente no vemos recursos.
Jesucristo es la Roca y la fuente de agua viva. De Él proceden la gracia, el consuelo y el poder espiritual que sostienen al discípulo durante el camino de regreso. Quizá no elimine inmediatamente el desierto, pero puede hacer brotar agua en medio de él. Cuando respondemos a Su llamado y avanzamos con fe, descubrimos que Su provisión puede aparecer precisamente donde parecía imposible encontrar vida.
Isaías 48:22 — No hay paz para los malos
«No hay paz para los malos, dijo Jehová».
Esta declaración contrasta directamente con la promesa del versículo 18: «Tu paz habría sido como un río». El Señor estaba dispuesto a conceder a Israel una paz continua y abundante, pero el pueblo escogió caminos contrarios a Sus mandamientos. La iniquidad puede producir placer, ventajas o alivio temporal, pero no puede ofrecer reconciliación con Dios ni una conciencia profundamente tranquila. Incluso cuando sus consecuencias todavía no son visibles, el pecado introduce desorden en el alma.
«No hay paz» no significa que toda persona que atraviesa ansiedad o sufrimiento sea inicua, ni que los justos estarán libres de aflicciones. Jesucristo mismo fue «varón de dolores» y Sus discípulos fieles también afrontan pruebas. La paz prometida es principalmente una relación correcta con Dios: la seguridad espiritual que procede de recibir perdón, la compañía del Espíritu Santo y la esperanza de que nuestra vida está orientada hacia la verdad.
La verdadera paz no consiste simplemente en evitar consecuencias inmediatas ni en conservar circunstancias cómodas. Procede de Jesucristo y se recibe mediante la fe, el arrepentimiento y una vida alineada con Su voluntad. Los malos no encuentran paz mientras insisten en aferrarse al pecado; sin embargo, la invitación a salir de Babilonia permanece abierta. Cuando nos volvemos sinceramente al Redentor, Él puede limpiar la conciencia, restaurar nuestra relación con Dios y hacer que la paz vuelva a correr como un río.


























