Isaías 51
«Yo soy vuestro Consolador»
Isaías 51 se dirige a quienes buscan justicia, pero contemplan una Sion desolada y sienten que su pequeñez vuelve imposible la restauración. El Señor los invita a mirar a Abraham y a Sara: de una pareja anciana y aparentemente sin futuro levantó un pueblo numeroso. Si Dios pudo producir una nación donde humanamente no había esperanza, también puede consolar las ruinas de Sion, transformar su desierto en Edén y llenar nuevamente sus lugares desolados de gozo, alabanza y cánticos. La restauración no depende del tamaño de los recursos presentes, sino del poder creador y redentor de Jehová.
El capítulo también responde al temor y al sentimiento de abandono. Sion había olvidado al Creador y, como consecuencia, el opresor mortal ocupaba todo su campo de visión. Sin embargo, Dios declara: «Yo, yo soy vuestro Consolador». Los hombres y sus imperios se marchitan como la hierba, pero la justicia y la salvación del Señor permanecen aun cuando los cielos y la tierra envejezcan. Quienes confían en Él volverán a Sion con gozo perpetuo. La fe no niega el poder temporal del opresor; lo contempla desde la perspectiva del Dios que creó los cielos, fundó la tierra y puede abrir un camino de liberación.
Finalmente, Jerusalén recibe el mandato de despertar y levantarse. Había bebido el cáliz del aturdimiento y sufrido las consecuencias de su rebelión, pero el Señor lo quita de su mano y se presenta como su Abogado. La restauración no ocurre porque Israel nunca haya pecado, sino porque Jesucristo defiende, perdona y redime al pueblo que se vuelve hacia Él. Por medio de Su expiación, el cautivo puede quedar libre, el desierto puede florecer y las ruinas pueden convertirse en Sion. El dolor y el gemido no tendrán la última palabra: el Redentor conduce a Su pueblo hacia una alegría que ninguna opresión temporal puede destruir.
Joseph Fielding Smith: La antigua Jerusalén, después que los judíos hayan sido limpiados y santificados de todos sus pecados, llegará a ser una ciudad santa en la que morará el Señor y desde la cual enviará Su palabra a todos los pueblos.
De igual manera, sobre este continente se edificará la ciudad de Sion, la Nueva Jerusalén, y desde ella también saldrá la ley de Dios. No habrá ningún conflicto, porque cada ciudad será una sede del Redentor del mundo, y desde cada una de ellas Él enviará Sus proclamaciones según lo requiera la ocasión.
Jerusalén será el lugar de congregación de Judá y de sus compañeros de la casa de Israel; y Sion será el lugar de congregación de Efraín y de sus compañeros, sobre cuyas cabezas serán conferidas «las bendiciones más ricas»…
Estas dos ciudades, una en la tierra de Sion y la otra en Palestina, llegarán a ser las capitales del reino de Dios durante el Milenio. (Doctrines of Salvation, 3 tomos, Bruce R. McConkie, editor [Salt Lake City: Bookcraft, 1954–1956], 3:69–71).
Isaías 51:1 — Mirar la Roca de nuestro origen
«Oídme, los que seguís la justicia, los que buscáis a Jehová; mirad a la piedra de donde fuisteis cortados y al hueco de la cantera de donde fuisteis arrancados».
El Señor se dirige a quienes buscan la justicia y desean acercarse a Él, invitándolos a recordar su origen de convenio. Así como una piedra conserva la naturaleza de la cantera de la cual fue extraída, Israel debía recordar la fe de Abraham y Sara, los convenios establecidos con sus antepasados y el propósito para el cual había sido formado como pueblo. Contemplar ese origen podía fortalecer a una generación que se sentía pequeña, dispersa y rodeada de ruinas.
Recordar nuestra herencia espiritual no significa confiar solamente en la fidelidad de generaciones anteriores. Cada persona debe escoger por sí misma buscar al Señor y vivir en justicia. Sin embargo, conocer las promesas, sacrificios y testimonios de quienes nos precedieron puede ayudarnos a recuperar identidad y esperanza. También quienes no recibieron una herencia familiar de fe pueden comenzar, mediante Jesucristo, una nueva historia espiritual para las generaciones futuras.
En un sentido más profundo, Jesucristo es la Roca de nuestra salvación. Recordar de dónde procedemos incluye reconocer que somos hijos de Dios, creados con identidad y propósito eternos, y llamados a formar parte de Su pueblo del convenio. No fuimos separados de la Roca para vivir independientemente de ella, sino para reflejar su naturaleza. Cuando edificamos sobre Cristo y permitimos que Su gracia nos transforme, nuestra vida puede manifestar la firmeza, la justicia y la fidelidad de Aquel de quien procede toda salvación.
Isaías 51:2 — Abraham y Sara: promesas cumplidas desde comienzos imposibles
«Mirad a Abraham, vuestro padre, y a Sara, que os dio a luz; porque lo llamé a él cuando era uno solo, y lo bendije y lo multipliqué».
Dios menciona expresamente a Abraham y a Sara como antepasados del pueblo del convenio. Ambos recibieron promesas que parecían humanamente imposibles debido a su edad y a la ausencia de hijos. Sus vidas demuestran que el convenio abrahámico no descansaba únicamente en la capacidad natural de las personas, sino en el poder y la fidelidad del Dios que puede producir vida donde parece existir esterilidad. Al mirarlos, Israel debía recordar que las circunstancias difíciles no anulan las promesas divinas.
Abraham era un solo hombre cuando Dios lo llamó, pero por medio de él levantó una posteridad numerosa destinada a bendecir a todas las naciones. El tamaño inicial de una obra no determina su resultado final cuando el Señor participa en ella. Dios puede comenzar con una persona, una familia o un pequeño grupo y desarrollar, con el tiempo, propósitos cuyo alcance nadie habría podido anticipar.
Sion podía sentirse pequeña, dispersa y sin futuro, pero el Señor que multiplicó a Abraham podía reunirla y hacerla florecer nuevamente. Esta verdad también nos anima cuando nuestros recursos o esfuerzos parecen insignificantes. Jesucristo puede consagrar comienzos humildes, fortalecer una fe pequeña y multiplicar el bien realizado con sinceridad. Nuestra responsabilidad es responder al llamamiento y perseverar; el crecimiento definitivo de la obra se encuentra en las manos de Dios.
Orson Hyde: Miraremos a Abraham, nuestro padre, y a Sara, quien nos dio a luz; porque, si somos de Cristo, entonces somos descendencia de Abraham y herederos conforme a la promesa…
¿Cómo fue entonces con Abraham? Se dice que es el padre de los fieles, el gran dirigente de la Iglesia durante los días de los patriarcas y la cabeza de quienes han sido adoptados en el convenio de Jehová mediante la sangre de Su Unigénito; porque, si somos de Cristo, entonces somos descendencia de Abraham y herederos conforme a la promesa.
Si mediante la virtud de la sangre del Salvador nuestros pecados son lavados, somos hijos de Abraham. Lo reconocemos como nuestro padre y a Sara como nuestra madre. Él es el padre de los fieles y el padre de muchas naciones.
¿Cómo fue con Abraham? ¿Agradó a Dios, caminó rectamente delante de Él, recibió el testimonio de que había agradado a Dios y obtuvo promesas que ningún otro hombre ha recibido desde los días de Abraham, con excepción del Hijo de Dios?
Jehová prometió que en él y en su descendencia serían benditas todas las naciones de la tierra, como modelo de piedad y como gran cabeza de la Iglesia. Debido a su fidelidad al guardar los mandamientos de Jehová sobre la Tierra, obtuvo de los cielos aquella gran promesa.
¿Quién ha vivido desde entonces que haya sido bendecido de esa manera? Me atrevería a decir que ninguno. Por tanto, si somos sus hijos, ¿no haremos las obras del fiel Abraham? (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], 2:79).
Isaías 51:3 — El Señor convierte las soledades de Sion en un nuevo Edén
«Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y convertirá su desierto en Edén y su soledad en huerto de Jehová; se hallarán en ella alegría y gozo, alabanza y voz de cántico».
El consuelo divino no se limita a palabras tranquilizadoras; incluye una acción restauradora sobre las ruinas de Sion. La expresión «todas sus soledades» comunica un cuidado completo: ninguna pérdida, herida o parte quebrantada queda fuera del conocimiento de Jesucristo. Esto no significa que toda consecuencia desaparecerá inmediatamente o que cada pérdida será reemplazada exactamente como deseamos, sino que el Redentor puede entrar en todos nuestros lugares desolados y darles un propósito dentro de Su obra de sanación.
El desierto convertido en Edén representa una transformación que supera la mera supervivencia. Edén evoca vida, belleza, abundancia y comunión con Dios. El Señor no promete que Sion apenas resistirá en medio de su esterilidad, sino que llegará a florecer como «huerto de Jehová». Esta restauración puede manifestarse física, comunitaria y espiritualmente: Cristo puede hacer fructificar una tierra devastada, una comunidad dispersa o un corazón que parecía definitivamente seco.
El resultado será «alegría y gozo, alabanza y voz de cántico». El silencio de las ruinas será reemplazado por voces que reconocen la misericordia del Redentor. El gozo de Sion no dependerá únicamente de mejores circunstancias materiales, sino de saber que Dios ha cumplido Sus promesas y vuelve a morar con Su pueblo. Cuando Jesucristo transforma nuestros desiertos, la vida restaurada se convierte en adoración y en testimonio de que ninguna soledad está fuera del alcance de Su gracia.
W. Cleon Skousen: Desde la organización de la Iglesia, los santos han sido objeto de persecución y burla pública. Aunque esas dificultades posiblemente hayan disminuido durante los últimos tiempos, los Santos de los Últimos Días todavía reciben más persecución que admiración. Sin embargo, todas esas injusticias, tanto individuales como colectivas, serán eliminadas.
Los santos que recibieron el mandamiento de edificar Sion durante la década de 1830 (véanse Doctrina y Convenios 57; 63) debieron sentirse horrorizados cuando fueron atacados por turbas y expulsados de sus hogares en el condado de Jackson.
La promesa es, y siempre ha sido, que el Señor no espera que Sus santos sufran eternamente. «Este versículo —2 Nefi 8:3— fue un gran consuelo para los santos cuando fueron expulsados de Misuri y posteriormente de Illinois. El Señor aseguró a los santos que finalmente derramaría consuelo y bendiciones sobre Su pueblo en América». (W. Cleon Skousen, Isaiah Speaks to Modern Times, págs. 633–634).
Ezra Taft Benson: Vivimos en una época en la que el diablo anda suelto y trabaja entre los santos para frustrar y derribar la obra de Dios. Sin embargo, no tendrá éxito. Algunas personas pueden caer y otras pueden traicionar convenios sagrados, pero el reino de Dios seguirá avanzando hasta alcanzar su destino decretado de llenar toda la Tierra.
Llevo en mi agenda un pasaje de las Escrituras que algunas veces utilizo para recordarme a mí mismo y a otras personas cuál será el resultado final de los esfuerzos por destruir la Iglesia:
«Ninguna arma forjada contra ti prosperará; y condenarás toda lengua que te injurie en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su justicia viene de mí, dice Jehová» (3 Nefi 22:17). (Come unto Christ [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1983], pág. 22).
Podemos esperar que la redención de Sion incluya una transformación completa del paisaje: la tierra llegará a ser semejante al Jardín de Edén. Sin embargo, el Señor ha dejado claro que las bendiciones que se propone derramar sobre los santos los acompañarán adondequiera que vayan.
Mientras se encontraban en Kirtland, el Señor declaró: «Por tanto, ¿no haré yo que los lugares solitarios broten y florezcan, y produzcan abundantemente?, dice el Señor. ¿No hay suficiente lugar en las montañas de Adán-ondi-Ahmán?» (Doctrina y Convenios 117:7–8).
El élder LeGrand Richards explicó que el desierto de la Gran Cuenca, donde se establecieron los primeros pioneros, floreció como la rosa en cumplimiento de la profecía de Isaías (véase A Marvelous Work and a Wonder, págs. 233–234).
Isaías declaró: «El desierto y el lugar solitario se alegrarán por ellos; y el yermo se regocijará y florecerá como la rosa» (Isaías 35:1). El Señor consolará a los santos y embellecerá el desierto adondequiera que vayan los puros de corazón.
Rudger Clawson: «Porque Jehová consolará a Sion; consolará todos sus lugares desolados, y convertirá su desierto en Edén y su soledad en huerto de Jehová; se hallarán en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto».
Esta vasta congregación constituye un testimonio viviente del cumplimiento literal de esas palabras del profeta. ¿No era esta tierra un verdadero desierto en el año 1847? ¿No ha sido transformada en un jardín semejante a Edén? Esta tierra ha llegado a ser escogida por encima de todas las demás. No deseamos ninguna mejor.
Me inclino a pensar que el Señor no podría conducirnos a una tierra mejor que la que tenemos actualmente, a menos que se concediera a otra tierra una bendición especial superior a la que hemos recibido.
Durante esta conferencia hemos contemplado el gozo del pueblo y presenciado su alegría. Desde este púlpito hemos escuchado la voz de agradecimiento de labios de los élderes de Israel. En este coro hemos oído la voz de melodía.
Isaías debió haber contemplado estas ocasiones; y en las grandes visiones que recibió debió haber presenciado las congregaciones del pueblo del Señor. ¡Cuánto se ha regocijado nuestro corazón durante esta ocasión! (Conference Report, abril de 1905, segundo día, sesión de la mañana, pág. 97).
Kristin M. Yee: “Sé que nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, es poderoso para salvar. Como el Hijo de Dios, quien expió los pecados del mundo y dio Su vida y la volvió a tomar, Él posee el poder de la redención y de la resurrección. Ha hecho posible la inmortalidad para todos y la vida eterna para quienes lo escojan a Él. Sé que mediante Su sacrificio expiatorio podemos arrepentirnos y en verdad ser purificados y redimidos. Es un milagro que Él nos ame a ustedes y a mí de esa manera. … Él puede sanar las ‘soledades’ de su alma: los lugares que el pecado y los pesares han tornado áridos, inclementes y desolados, y ‘converti[r] su desierto en Edén’, (Isaías 51:3)”.
— Hermana Kristin M. Yee, segunda consejera de la presidencia general de la Sociedad de Socorro, conferencia general de octubre de 2024, “El gozo de nuestra redención”
Isaías 51:4 — La ley de Dios iluminará a los pueblos
«Estad atentos a mí, pueblo mío, y escuchadme, nación mía; porque de mí saldrá la ley, y mi justicia estableceré para luz de los pueblos».
La ley de Dios no estaba destinada a permanecer limitada a Israel. El pueblo del convenio debía recibirla, vivirla y compartirla para que su influencia llegara como luz a todas las naciones. La ley divina revela la diferencia entre el bien y el mal, protege la dignidad humana y enseña una forma de vida fundamentada en la verdad, la justicia y la misericordia. Israel no fue escogido para guardar la luz exclusivamente para sí mismo, sino para ayudar a iluminar a otros pueblos.
En los últimos días, la palabra del Señor sale de Sion y prepara a las naciones para el gobierno de Jesucristo. Su ley no pretende oprimir ni controlar arbitrariamente, sino disipar las tinieblas espirituales y conducir hacia la libertad y la paz. Los mandamientos establecen límites porque el Salvador conoce qué decisiones producen vida y cuáles conducen al cautiverio. Someternos a Su ley significa confiar en la sabiduría del Legislador que también es nuestro Redentor.
Para que la ley se convierta verdaderamente en «luz de los pueblos», debe ser visible en la vida de quienes la han recibido. No basta con enseñarla mediante palabras; debemos demostrar sus frutos mediante la integridad, la compasión, la justicia y el servicio. Cuando los discípulos reflejan el carácter de Jesucristo, ayudan a otros a comprender que Su ley no es una carga oscura, sino una luz que muestra el camino de regreso al Padre.
La administración del reino de Dios se realizará desde la Sion situada sobre el continente americano. Desde esta Nueva Jerusalén saldrán la ley y los juicios del Señor: «Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová» (Isaías 2:3).
Orson Pratt: También leemos que de Sion saldrá la ley. Leemos asimismo que Sion llegará a ser tan gloriosa en tiempos futuros que las naciones lejanas se dirán unas a otras: «Ciertamente Sion es la ciudad de nuestro Dios, porque el Señor está allí; Su poder está allí y Su gloria está allí».
Si en la historia de la Sion de los últimos días llegará el momento en que el poder de Dios se manifieste en medio de ella de tal manera que conmueva a las naciones lejanas y las haga exclamar: «Sion es verdaderamente la ciudad de Dios; sus leyes son divinas; sometámonos a sus leyes», ¿suponen que nosotros, con nuestra organización actual, incluso después de perfeccionarla tanto como podamos esperar, estaríamos listos y preparados para enviar leyes a las naciones extranjeras para su gobierno? No.
Entonces habrá personas ordenadas y apartadas para diversos propósitos; no para conferir ningún sacerdocio nuevo, porque todo se encuentra incluido en el sacerdocio eterno y sempiterno según el orden del Hijo de Dios, sino para apartar dentro de la gran organización a personas que ya posean el sacerdocio, a fin de que reciban leyes divinas.
En otras palabras, tendrán la responsabilidad de regular las naciones conforme a las leyes de Sion, para que estas comprendan sus leyes y conozcan el gobierno divino por el cual deberán regirse. Se enviarán ministros o plenipotenciarios para realizar negocios entre todas las naciones y pueblos que voluntariamente decidan someterse a las leyes de Sion.
En cuanto a las naciones rebeldes, ninguna permanecerá con vida. Como está escrito: «La nación o el reino que no te sirva perecerá». «Esas naciones serán completamente asoladas». Por consiguiente, las naciones que permanezcan y no sean destruidas completamente estarán deseosas de ser gobernadas por las leyes de Sion.
Antes de las escenas finales existirá, por tanto, una organización que gobernará políticamente a las naciones. Les concederá el privilegio de permanecer en sus propias tierras si así lo desean, pero sujetas a las leyes de Sion. (Journal of Discourses, tomo 19, 20 de mayo de 1877, pág. 14).
Isaías 51:5 — La salvación está cerca y las naciones esperan en el brazo del Señor
«Cercana está mi justicia, ha salido mi salvación, y mis brazos juzgarán a los pueblos; en mí esperarán las islas, y en mi brazo pondrán su esperanza».
Aunque Sion todavía contemplaba dispersión, ruinas y sufrimiento, Dios anunciaba que Su justicia estaba cerca y que Su salvación ya había salido. Desde la perspectiva humana, la liberación podía parecer distante porque aún no se veían sus primeros resultados; sin embargo, el Señor ya estaba poniendo en movimiento personas y acontecimientos para cumplir Su promesa. La aparente demora no era inactividad divina. La fe confía en que las promesas de Cristo avanzan hacia su cumplimiento aun cuando las circunstancias presentes todavía no lo demuestren.
Las «islas» representan pueblos y territorios lejanos que llegarían a esperar en Jehová. Su obra salvadora no se limitaría a restaurar a Israel, sino que alcanzaría a todas las naciones. El juicio y la salvación aparecen unidos porque Dios corregirá la injusticia, derribará los poderes opresores y abrirá un camino para que personas de todos los confines de la tierra entren en Su convenio. Nadie se encuentra demasiado lejos para ser alcanzado por Su llamado.
El brazo de Jehová simboliza Su poder activo para intervenir y redimir, y se manifiesta plenamente en Jesucristo. Su brazo posee fuerza suficiente para cargar nuestros pecados, vencer la muerte y recoger a la familia humana. Esperar en Él no significa permanecer pasivos, sino confiar, obedecer y prepararnos mientras Su obra avanza. Cuando nuestras propias fuerzas resultan insuficientes, podemos depositar la esperanza en el brazo del Salvador, que nunca se acorta ni pierde poder para rescatar.
Isaías 51:6 — La creación es temporal; la salvación permanece para siempre
«Alzad a los cielos vuestros ojos y mirad abajo a la tierra; porque los cielos se desvanecerán como humo, y la tierra se envejecerá como ropa… pero mi salvación será para siempre, y mi justicia no perecerá».
Isaías invita a contemplar aquello que parece más estable: los cielos sobre nosotros y la tierra bajo nuestros pies. Sin embargo, incluso la creación en su condición presente está sujeta al cambio. Los cielos se desvanecerán «como humo» y la tierra se desgastará «como ropa», mostrando que toda estructura mortal, material, política y económica posee una duración limitada. Nada perteneciente exclusivamente a este mundo puede ofrecernos seguridad eterna.
La salvación y la justicia de Dios, en cambio, no envejecen ni pierden su poder. La expiación de Jesucristo no depende de circunstancias favorables, instituciones humanas o la estabilidad de una civilización. Su victoria sobre el pecado y la muerte es permanente, y las promesas que extiende mediante Sus convenios continuarán vigentes cuando todo apoyo temporal haya desaparecido.
Por ello, es más sabio edificar nuestra identidad y esperanza sobre Jesucristo que sobre la riqueza, la posición social o las condiciones presentes. Estas cosas pueden ser bendiciones útiles, pero no pueden constituir nuestro fundamento definitivo. Quien se apoya únicamente en lo temporal teme constantemente perderlo; quien edifica sobre el Salvador posee una esperanza que trasciende los cambios de la tierra y se extiende hasta la resurrección y la vida eterna.
La Tierra será transformada en dos ocasiones diferentes. Al comienzo del Milenio, pasará de un estado telestial a uno terrestre. Será semejante al paraíso del Jardín de Edén antes de la caída de Adán.
La segunda transformación de la Tierra ocurrirá al terminar la breve temporada posterior al Milenio, cuando será convertida en una esfera celestial para quienes sean dignos de una gloria celestial.
Joseph Fielding Smith: Esta Tierra está cumpliendo la medida de su creación (Doctrina y Convenios 88:18–26). Actualmente atraviesa su estado mortal. Llegará el momento en que morirá y dejará de existir en su estado actual, tal como sucede con todas las cosas que hay sobre ella. Isaías declara:
«La Tierra está de duelo y se marchita; el mundo desfallece y se marchita; desfallecen los pueblos altivos de la Tierra» (Isaías 24:4).
«La Tierra será completamente quebrantada; la Tierra será enteramente disuelta; la Tierra será conmovida en gran manera. La Tierra se tambaleará como un ebrio y será removida como una choza; y pesará sobre ella su transgresión; caerá y no volverá a levantarse» (Isaías 24:19–20).
Nuevamente declara: «Alzad a los cielos vuestros ojos y mirad la Tierra abajo; porque los cielos —es decir, los cielos que rodean la Tierra— se desvanecerán como humo, y la Tierra envejecerá como un vestido, y de igual manera morirán los que en ella habitan» (Isaías 51:6).
Aquí tenemos profecías de que la Tierra dejará de existir en su condición actual, morirá y todos sus habitantes también morirán de igual manera. Esta verdad no fue comprendida de forma general ni correcta hasta que el Señor reveló a José Smith que eso ocurriría.
Cuando Isaías dijo que la Tierra «caería y no volvería a levantarse», la interpretación es que no sería restaurada a la misma condición mortal o temporal. Cuando la Tierra deje de existir en su estado actual y sea disuelta, atravesará una condición semejante a la que experimenta el cuerpo humano durante la muerte…
Los «cielos nuevos y la tierra nueva» mencionados en Isaías 65:17, y también en Doctrina y Convenios 101:23–31, se refieren al cambio que experimentarán la Tierra y todo lo que hay sobre ella al comienzo del reinado milenario, tal como declaramos en el décimo Artículo de Fe.
Esta será la Tierra renovada cuando reciba su gloria paradisíaca o sea restaurada a la condición que poseía antes de la caída del hombre (véase Compendium, artículo «Millennial Reign», pág. 202).
Los «cielos nuevos y la tierra nueva» mencionados en Doctrina y Convenios 29 se refieren al cambio final, o la resurrección de la Tierra, después de la «breve temporada» que seguirá al Milenio. (Church History and Modern Revelation, tomo 1, pág. 132).
Isaías 51:7 — La ley escrita en el corazón
«Oídme, los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley».
La ley de Dios no debe permanecer únicamente escrita en tablas, libros o discursos. Debe ser recibida interiormente hasta influir en nuestros pensamientos, deseos y decisiones. Conocer la justicia significa más que poder explicarla; implica permitir que la verdad transforme nuestra manera de vivir. El Señor desea formar un pueblo que no solo recuerde Sus mandamientos, sino que llegue a amarlos y reconocer en ellos el camino hacia la libertad.
Cuando la ley está en el corazón, la obediencia deja de ser una apariencia religiosa sostenida solamente por la presión externa. Se convierte gradualmente en la expresión natural de nuestro amor a Dios y de nuestra identidad de convenio. Esto no significa que obedecer siempre resulte fácil, sino que aun durante la lucha interior deseamos permanecer leales al Señor y buscamos Su ayuda para vencer nuestras inclinaciones contrarias.
Jesucristo realiza esta transformación mediante Su expiación y el poder santificador del Espíritu Santo. Él no solo perdona nuestras desobediencias pasadas; puede cambiar aquello que deseamos y ayudarnos a encontrar gozo en la rectitud. Las ordenanzas y los convenios dan forma visible a esa relación, mientras el Espíritu escribe la ley cada vez más profundamente en nuestro interior. Así, la obediencia deja de ser solamente algo que hacemos y se convierte en parte de lo que estamos llegando a ser en Cristo.
Dallin H. Oaks: “Inevitablemente, las acciones de las personas que intentan seguir el Plan de Salvación de Dios pueden causar malentendidos e incluso conflicto con familiares o amigos que no crean en esos principios. Tal conflicto es siempre así. Cada generación que ha procurado seguir el plan de Dios ha tenido sus desafíos. En la antigüedad, el profeta Isaías dio fortaleza a los Israelitas, a quienes llamó ‘los que conocéis rectitud… en cuyo corazón está mi ley’. A ellos declaró, ‘No temáis afrenta de hombre ni tengáis miedo de sus ultrajes’ (Isaías 51:7; véase también 2 Nefi 8:7). Sea cual sea la causa del conflicto con aquellos que no entienden o creen el plan de Dios, aquellos que sí lo creen tienen el mandamiento de escoger la manera del Señor en lugar de la manera del mundo”.
— Presidente Dallin H. Oaks, en aquel entonces miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2017, “El plan y la proclamación”
Isaías 51:7–8 — No temer el desprecio humano
«No temáis afrenta de hombre ni tengáis miedo de sus ultrajes. Porque como a vestidura se los comerá la polilla… pero mi justicia permanecerá perpetuamente y mi salvación de generación en generación».
Quienes llevan la ley de Dios en el corazón pueden ser ridiculizados, rechazados o presionados para abandonar sus convicciones. El Señor les recuerda que la opinión humana es cambiante y temporal: quienes hoy parecen poseer autoridad para avergonzar a los fieles desaparecerán como una prenda consumida por la polilla. El temor a la desaprobación social no debe adquirir mayor influencia sobre nuestras decisiones que la verdad revelada por Dios.
Esto no significa despreciar a las personas, rechazar toda crítica ni suponer que siempre tenemos razón. La humildad exige escuchar, examinar nuestra conducta y arrepentirnos cuando una observación es verdadera. Sin embargo, cuando existe un conflicto real entre la voluntad de Dios y las exigencias del mundo, el discípulo debe permanecer fiel sin responder con hostilidad. El valor cristiano no consiste en atacar a quien piensa diferente, sino en vivir la verdad con firmeza, respeto y amor.
La justicia y la salvación de Jesucristo no sufren el deterioro del tiempo. Permanecer fieles puede parecer costoso en el presente, pero el juicio eterno revelará que ninguna obediencia sincera, ningún sacrificio recto y ningún testimonio humilde fueron desperdiciados. Las burlas terminarán; la palabra de Dios permanecerá. Quien edifica su identidad sobre la aprobación de Cristo puede soportar el desprecio temporal sin perder la paz ni abandonar el camino del convenio.
«Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien, temed a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28).
«He aquí, hablo con valentía, teniendo autoridad de Dios; y no temo lo que el hombre pueda hacer, porque el amor perfecto desecha todo temor» (Moroni 8:16).
«Porque no me avergüenzo del evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente y también al griego» (Romanos 1:16).
Gordon B. Hinckley: Reconozcamos que el temor no procede de Dios, sino que este elemento corrosivo y destructor viene del adversario de la verdad y de la rectitud. El temor es la antítesis de la fe. Sus efectos son corrosivos e incluso mortales. (Commentaries on Isaiah in the Book of Mormon, K. Douglas Bassett, editor [American Fork, Utah: Covenant Publishing Co., 2003], pág. 39).
Gordon B. Hinckley: Cuando fui a la misión, mi padre me entregó una pequeña tarjeta que contenía un versículo del Nuevo Testamento, las palabras del Señor dirigidas al siervo del centurión que había llevado noticias acerca de la pequeña hija de este: «No temas; cree solamente».
Recomiendo esas palabras a cada uno de nosotros, mis hermanos y hermanas. No necesitan temer si se encuentran del lado de lo correcto. (Commentaries on Isaiah in the Book of Mormon, K. Douglas Bassett, editor [American Fork, Utah: Covenant Publishing Co., 2003], pág. 40).
Isaías 51:9–10 — El brazo del Señor abre caminos para los redimidos
«Despiértate, despiértate, vístete de poder, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo… ¿No eres tú el que secó el mar, las aguas del gran abismo, el que transformó en camino las profundidades del mar para que pasaran los redimidos?».
Sion clama para que el Señor manifieste nuevamente el poder demostrado en generaciones anteriores. «Rahab» y el dragón representan fuerzas caóticas, orgullosas u opresoras vencidas por Jehová y evocan especialmente la derrota de Egipto. La expresión «despiértate» no significa que Dios estuviera dormido o hubiera perdido interés, sino que manifiesta la urgencia de un pueblo que desea volver a contemplar Su intervención. Recordar las antiguas liberaciones fortalece la oración presente: el Dios que derrotó al opresor no ha perdido Su poder para salvar.
Durante el éxodo, el mar estaba delante de Israel y el ejército egipcio detrás. Desde la perspectiva humana, no existía salida; sin embargo, Dios transformó precisamente el obstáculo en un camino para los redimidos. El mar no desapareció antes de que comenzara la liberación, sino que fue abierto por el poder del Señor cuando el pueblo necesitó atravesarlo. Aquello que parecía confirmar el final de Israel se convirtió en testimonio de que Jehová podía llevarlo hacia la libertad.
Jesucristo también puede abrir caminos cuando nuestras opciones parecen agotadas. La redención no depende de que encontremos primero una salida por nuestra propia capacidad, sino de que escuchemos y sigamos la vía que Él prepara. No siempre removerá inmediatamente el obstáculo; a veces abrirá un paso a través de él y nos pedirá avanzar con fe. El mismo brazo que obró en la antigüedad continúa teniendo poder para romper cautiverios, vencer fuerzas opresoras y conducir a los redimidos hacia una vida nueva.
¿Quién despedazó a Rahab y atravesó al dragón? ¿Qué significa esto? Reynolds y Sjodahl explicaron que Rahab representa a Egipto (Commentary on the Book of Mormon, tomo 1, pág. 290), y Ezequiel 29:3 llama a Faraón «el gran dragón».
Por tanto, podemos parafrasear este pasaje de la siguiente manera:
«¿No eres tú —el gran Jehová— quien destruyó a Egipto y atravesó a Faraón? ¿No eres tú quien secó el mar Rojo, las aguas del gran abismo, y convirtió sus profundidades en un camino para que atravesaran los hijos redimidos de Israel?».
Este famoso acontecimiento de las Escrituras posee muchos significados simbólicos. Los ejércitos egipcios constituían la fuerza militar más poderosa sobre la faz de la Tierra cuando Moisés se enfrentó a ellos. Sin embargo, el poder del Señor fue suficientemente grande para destruirlos y salvar a Su pueblo.
Este acontecimiento se repetirá durante la redención de Sion y Jerusalén. En aquel día, el poder del Señor descansará sobre los santos de tal manera que «se dirá entre los malvados: No subamos a combatir contra Sion, porque sus habitantes son terribles; por tanto, no podemos prevalecer» (Doctrina y Convenios 45:70).
De manera semejante, Jerusalén será salvada del ejército más formidable jamás reunido en la historia del mundo (Apocalipsis 9:16). Un análisis cuidadoso de las plagas enumeradas en Apocalipsis revela una sorprendente semejanza con las plagas de Egipto (compárense Éxodo 7–9 y Apocalipsis 8–9).
Por tanto, cuando pensemos en el triunfo de los hijos de Israel sobre el poder de Faraón, debemos reconocer el simbolismo relacionado con los últimos días. El poder del Señor fue ejercido entonces en beneficio de Su pueblo, y ese mismo poder volverá a manifestarse de una manera igualmente extraordinaria.
Isaías 51:11 — Los redimidos volverán a Sion con gozo perpetuo
«Ciertamente volverán los redimidos de Jehová; volverán a Sion cantando, y gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas; tendrán gozo y alegría, y huirán el dolor y el gemido».
El cautiverio no sería el destino final de Israel. Los redimidos regresarían a Sion como una comunidad agradecida que reconoce la obra de su Libertador. Este recogimiento no consiste únicamente en volver a una tierra o reconstruir una ciudad; significa regresar a Jesucristo, renovar los convenios y recuperar una relación correcta con Dios. El canto de los redimidos expresa que la salvación no fue producto de su propia fuerza, sino de la gracia y el poder de Jehová.
El «gozo perpetuo» prometido no es una emoción pasajera dependiente de circunstancias frágiles. Nace de la redención, de la presencia del Señor y de la certeza de pertenecer a Él. Podemos recibir anticipos de ese gozo durante la mortalidad mediante el arrepentimiento, la compañía del Espíritu Santo y la adoración en convenio. Su plenitud llegará con la resurrección y el reino de Cristo, cuando las consecuencias de la Caída sean vencidas y toda bendición justa sea restaurada.
Isaías presenta el dolor y el gemido como enemigos que finalmente deben huir ante la obra del Redentor. Esta promesa no minimiza las lágrimas actuales ni exige fingir alegría mientras sufrimos. Declara que el dolor posee un límite que la expiación y la resurrección de Jesucristo terminarán imponiéndole. Las aflicciones pueden acompañarnos durante una parte del camino, pero no pueden entrar con nosotros en la plenitud eterna de Sion. El Salvador tendrá la última palabra, y esa palabra será redención, alegría y gozo eterno.
Isaías 51:12 — Dios mismo es nuestro Consolador
«Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo del hombre, que será como heno?».
La repetición «Yo, yo soy» recalca que el consuelo definitivo procede de Dios mismo. La restauración no consiste únicamente en mejorar las circunstancias o eliminar una amenaza, sino en volver a experimentar la presencia del Señor. Jesucristo comprende perfectamente toda aflicción porque tomó sobre Sí los dolores, enfermedades y debilidades de la humanidad. Su consuelo puede alcanzar lugares del alma a los que ninguna explicación humana logra llegar, proporcionando paz incluso antes de que cambien las condiciones exteriores.
El miedo había permitido que el opresor pareciera más grande y permanente que Dios. Jehová recuerda a Sion que incluso el gobernante más amenazante es mortal y terminará marchitándose como la hierba. Esto no significa negar los peligros reales ni rechazar medidas prudentes de protección. Significa no conceder a ningún ser humano la autoridad absoluta para determinar nuestra identidad, destruir nuestra esperanza o frustrar las promesas eternas del Señor.
Temer a Dios es reverenciarlo y reconocerlo como nuestra autoridad suprema. Cuando recordamos quién es Él —el Creador, el Redentor y el Consolador—, las amenazas humanas recuperan sus verdaderas proporciones. Pueden producir dolor temporal, pero no tienen poder para anular la expiación, impedir la resurrección ni separar de Cristo a quienes permanecen fieles. El valor espiritual no nace de creer que el enemigo carece de poder, sino de saber que el poder del Salvador es infinitamente mayor y eterno.
Gordon B. Hinckley: No, no abandonamos esta vida por nuestra propia voluntad para recibir un descanso celestial. Dios, nuestro Padre Eterno, no lo desea así. Sin embargo, Él y Su Hijo Amado pueden venir a nosotros por medio del poder del Espíritu para consolarnos, sostenernos, nutrirnos y bendecirnos.
A quienes están divorciados, sepan que no los menospreciamos ni los consideramos fracasados porque su matrimonio haya terminado. En muchos casos, quizá en la mayoría, ustedes no fueron responsables de aquel fracaso. Además, nuestra obligación no es condenar, sino perdonar y olvidar, elevar y ayudar.
Durante sus horas de desolación, acudan al Señor, quien declaró:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…
»Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga» (Mateo 11:28, 30).
A quienes han perdido a un compañero debido a la muerte, extendemos nuestro corazón con amor y comprensión. Como observó una vez un hombre: «No existe cura para un corazón herido por la espada de la separación» (Hitopadesa, Elbert Hubbard’s Scrapbook [Nueva York: Wm. H. Wise and Co., 1923], pág. 21).
Muchos de ustedes experimentan el dolor persistente de la pérdida y el temor. A ustedes el Señor ha declarado: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mateo 5:4).
Sabemos que muchos de ustedes experimentan días de soledad y noches de profunda añoranza. Sin embargo, también existe aquello que procede de quien declaró: «Yo, yo soy vuestro consolador» (Isaías 51:12).
El Señor es su fortaleza. Él está disponible para ustedes y, cuando lo inviten, vendrá mediante Su Espíritu. («To Single Adults», Ensign, junio de 1989, pág. 74).
Isaías 51:13 — Olvidar al Creador alimenta el temor
«Y te has olvidado de Jehová, tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día has temido continuamente el furor del opresor».
El problema de Sion no consistía únicamente en contemplar demasiado al opresor, sino en recordar demasiado poco al Creador. Al olvidar quién era Jehová y lo que había hecho, el poder del enemigo ocupó todo su campo de visión. El temor llegó a ser continuo porque Sion evaluaba su peligro únicamente según sus propios recursos y la fuerza visible de Babilonia, sin incluir en esa evaluación el poder redentor de Dios.
Recordar al Señor no elimina mágicamente todos los peligros ni significa que debamos ignorar amenazas reales. Nos permite verlas desde una perspectiva más completa. El opresor puede poseer poder temporal y causar daño, pero continúa siendo mortal; Jehová extendió los cielos, fundó la tierra y gobierna sobre la historia. Ninguna fuerza humana puede impedir definitivamente el cumplimiento de Sus promesas.
La memoria espiritual es, por tanto, una defensa contra el temor desordenado. Mediante la oración, las Escrituras, la Santa Cena y el recuerdo de experiencias pasadas, volvemos a colocar a Jesucristo en el centro de nuestra visión. La fe no afirma que el peligro sea pequeño, sino que el Salvador es mayor. Cuando recordamos al Creador, el opresor deja de parecer absoluto y podemos actuar con prudencia, valor y esperanza.
Isaías 51:14 — El cautivo será liberado
«El preso agobiado será libertado pronto; no morirá en la mazmorra ni le faltará su pan».
Dios promete que el cautivo no permanecerá olvidado en la prisión ni será abandonado sin sustento. Aunque el encarcelamiento haya sido prolongado y la liberación parezca imposible, el Señor conoce la condición del preso y prepara su salida. La aparente demora no significa indiferencia: Jehová conserva poder para abrir la prisión, preservar la vida y conducir al cautivo hacia la libertad.
Esta promesa alcanza su cumplimiento más profundo en Jesucristo. Él libera del pecado, la culpa, las adicciones, la ignorancia espiritual y, finalmente, de la muerte. Mientras llega la liberación completa, también puede concedernos el «pan» necesario para perseverar: gracia, esperanza, revelación y la compañía del Espíritu Santo. Cristo no solo abre la puerta al final del cautiverio; sostiene al alma durante el proceso.
Sin embargo, el cautivo debe responder cuando llega el llamado a salir. El arrepentimiento implica levantarse, abandonar aquello que nos mantenía encerrados y comenzar a caminar en una dirección nueva. La gracia prepara la libertad y nos concede poder para recibirla, pero no anula nuestro albedrío. Jesucristo abre la prisión; nosotros demostramos fe al dejar las cadenas y seguirlo hacia la luz.
Isaías 51:14 — El cautivo será liberado
«El preso agobiado será libertado pronto; no morirá en la mazmorra ni le faltará su pan».
Dios promete que el cautivo no permanecerá olvidado en la prisión ni será abandonado sin sustento. Aunque el encarcelamiento haya sido prolongado y la liberación parezca imposible, el Señor conoce la condición del preso y prepara su salida. La aparente demora no significa indiferencia: Jehová conserva poder para abrir la prisión, preservar la vida y conducir al cautivo hacia la libertad.
Esta promesa alcanza su cumplimiento más profundo en Jesucristo. Él libera del pecado, la culpa, las adicciones, la ignorancia espiritual y, finalmente, de la muerte. Mientras llega la liberación completa, también puede concedernos el «pan» necesario para perseverar: gracia, esperanza, revelación y la compañía del Espíritu Santo. Cristo no solo abre la puerta al final del cautiverio; sostiene al alma durante el proceso.
Sin embargo, el cautivo debe responder cuando llega el llamado a salir. El arrepentimiento implica levantarse, abandonar aquello que nos mantenía encerrados y comenzar a caminar en una dirección nueva. La gracia prepara la libertad y nos concede poder para recibirla, pero no anula nuestro albedrío. Jesucristo abre la prisión; nosotros demostramos fe al dejar las cadenas y seguirlo hacia la luz.
Isaías 51:16 — La palabra, la protección y la identidad del pueblo de Dios
«Y en tu boca he puesto mis palabras, y con la sombra de mi mano te he cubierto… para decir a Sion: Pueblo mío eres tú».
El Señor coloca Sus palabras en la boca de Su siervo para que Sion vuelva a cumplir su misión como testigo ante las naciones. Hablar en nombre de Dios exige fidelidad a la revelación: el mensajero no debe sustituir la palabra divina por opiniones personales ni utilizar el nombre del Señor para obtener poder, reconocimiento o prestigio. Su responsabilidad es recibir con humildad, enseñar con claridad y vivir de manera coherente con el mensaje que proclama.
La misma mano que extendió los cielos cubre y protege al siervo llamado. Esta protección no garantiza ausencia de oposición, sufrimiento o rechazo, sino la presencia de Dios dentro de la misión. Los adversarios pueden dificultar temporalmente la obra, pero no pueden destruir el propósito eterno del Señor. Saber que estamos bajo la sombra de Su mano nos permite servir con valor, sin depender exclusivamente de nuestra capacidad ni vivir dominados por el temor.
La declaración «Pueblo mío eres tú» restaura la identidad de Sion después de la dispersión y el cautiverio. La disciplina no había borrado el convenio ni cancelado definitivamente su llamamiento. Mediante Jesucristo, Israel podía ser perdonado, reunido y reconocido nuevamente como el pueblo de Dios. El Redentor no solo nos libera del pecado; también nos devuelve una identidad, pone Su palabra en nuestro corazón y nos envía a participar en Su obra bajo el cuidado de Su mano.
Isaías 51:17 — Jerusalén debe despertar y levantarse
«Despierta, despierta, levántate, oh Jerusalén, que bebiste de la mano de Jehová el cáliz de su ira; bebiste hasta los sedimentos el cáliz de aturdimiento y lo agotaste».
Anteriormente, Sion había clamado: «Despiértate, oh brazo de Jehová»; ahora el Señor responde ordenando a Jerusalén que despierte. Dios nunca perdió Su poder para salvar; era el pueblo quien debía abandonar su aturdimiento espiritual, levantarse y responder. La restauración requiere acción humana dentro de la gracia divina. El Señor prepara la liberación y abre el camino, pero nosotros debemos ejercer el albedrío, arrepentirnos y comenzar a caminar en la dirección que Él señala.
El cáliz de aturdimiento representa las consecuencias amargas de la rebelión y el juicio experimentado por Jerusalén. Haberlo bebido «hasta los sedimentos» comunica la profundidad de su aflicción: la ciudad había llegado a un estado de agotamiento, confusión e incapacidad para sostenerse. Sin embargo, el mandato de levantarse demuestra que el sufrimiento no sería su condición definitiva. La disciplina podía despertar al pueblo, pero la misericordia de Dios era la que haría posible su restauración.
En un sentido mesiánico, la imagen también recuerda la copa amarga que Jesucristo aceptó voluntariamente en Getsemaní. Aunque era inocente, tomó sobre Sí el peso del pecado y afrontó las demandas de la justicia para que el arrepentido pudiera recibir misericordia. Él bebió la copa que nosotros no habríamos podido soportar plenamente. Por eso, cuando el Salvador nos dice «levántate», no exige que nos rescatemos solos; nos invita a recibir el poder de Su expiación y levantarnos mediante Su gracia.
Para encontrar una descripción gráfica de los castigos que ha sufrido Jerusalén, véase el comentario sobre 2 Nefi 6:10. El élder McConkie ofrece un buen resumen de los dos principales acontecimientos mencionados en las Escrituras durante los cuales los judíos son obligados a beber hasta las heces de la copa de temblor.
Bruce R. McConkie: Daniel habló proféticamente de un día en que existiría «la abominación desoladora» (Daniel 11:31; 12:11), y durante los tiempos del Nuevo Testamento se volvió a utilizar la expresión: «La abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel» (Mateo 24:15)…
Esas condiciones de desolación, producidas por la abominación y la iniquidad, ocurrirían dos veces en cumplimiento de las palabras de Daniel.
La primera tuvo lugar cuando las legiones romanas al mando de Tito sitiaron Jerusalén en el año 70 d. C., destruyeron y dispersaron al pueblo, no dejaron piedra sobre piedra en el templo profanado y extendieron un terror y una devastación que pocas veces —si acaso alguna— han sido igualados sobre la Tierra.
Moisés había predicho que durante aquellos días la severidad del sitio haría que los padres se comieran a sus propios hijos y que abundaran una repugnancia y una maldad extremas (Deuteronomio 28).
Acerca de esos mismos acontecimientos, nuestro Señor declaró:
«Porque entonces, en aquellos días, habrá gran tribulación sobre los judíos y sobre los habitantes de Jerusalén, cual Dios no ha enviado antes sobre Israel desde el principio de su reino hasta ese tiempo; no, ni jamás volverá a ser enviada sobre Israel. Y si aquellos días no fueran acortados, no se salvaría ninguna carne de ellos» (José Smith—Mateo 1:18–20).
Posteriormente, hablando de los últimos días, de la época siguiente a la restauración del Evangelio y a su proclamación «para testimonio a todas las naciones», nuestro Señor declaró: «Y nuevamente se cumplirá la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel» (José Smith—Mateo 1:31–32).
Es decir, Jerusalén volverá a estar sitiada: «Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén». Nuevamente, la severidad del sitio y los extremos del brutal enfrentamiento, nacidos de la iniquidad y la abominación, conducirán a una gran devastación y desolación: «Y la ciudad será tomada, y serán saqueadas las casas y violadas las mujeres; y la mitad de la ciudad irá al cautiverio» (Zacarías 14).
Durante ese sitio vendrá Cristo, los inicuos serán destruidos y comenzará la era milenaria. (Mormon Doctrine, pág. 12).
Isaías 51:18–20 — Una ciudad sin quien la guíe ni la tome de la mano
«De todos los hijos que dio a luz, no hay quien la guíe; ni quien la tome de la mano, de todos los hijos que crio».
Jerusalén es presentada como una madre debilitada cuyos propios hijos, abatidos por el hambre, la destrucción y el cautiverio, no pueden guiarla ni sostenerla. La ciudad había confiado en recursos, gobernantes y alianzas humanas, pero todos ellos resultaron insuficientes cuando llegó la calamidad. La imagen expresa una soledad profunda: quien había cuidado a sus hijos ahora no encuentra entre ellos a nadie con fuerzas para tomarla de la mano.
La falta de ayuda humana no significa que las relaciones y los recursos terrenales carezcan de valor. Dios frecuentemente obra por medio de ellos. Sin embargo, este pasaje muestra sus límites: llega un momento en que ninguna capacidad humana puede proporcionar la redención completa que necesitamos. La incapacidad del pueblo prepara el reconocimiento de que solamente Jehová puede asumir plenamente la causa de Sion.
Cuando nuestros apoyos parecen agotados, Jesucristo puede acercarse y tomarnos de la mano. Reconocer nuestra insuficiencia no exige abandonar todo esfuerzo, sino dejar de confiar exclusivamente en él. El Redentor puede fortalecer a quienes están abatidos, levantar a la comunidad debilitada y ofrecer la guía que ningún recurso mortal puede garantizar. Cuando ya no sabemos cómo avanzar, Su mano permanece extendida para sostenernos y conducirnos hacia la restauración.
Isaías 51:19 — ¿Quién puede consolar a Jerusalén?
«Estas dos cosas te han acontecido: asolamiento y destrucción, hambre y espada. ¿Quién se compadecerá de ti? ¿Quién te consolará?».
La pregunta destaca la profundidad de las pérdidas de Jerusalén. El asolamiento, la destrucción, el hambre y la espada habían afectado tanto a la ciudad que ninguna ayuda humana parecía suficiente para reparar el daño. Sion no necesitaba solamente un alivio momentáneo o palabras tranquilizadoras, sino una consolación capaz de entrar en sus ruinas, defender su causa y producir una restauración verdadera.
La respuesta ya había sido declarada por Dios en el versículo 12: «Yo, yo soy vuestro Consolador». El Señor no siempre explica de inmediato por qué permitió cada dolor ni devuelve exactamente lo que se perdió. Sin embargo, promete Su presencia y Su poder redentor. Su consuelo no niega el sufrimiento; lo reconoce plenamente y comienza a transformarlo mediante esperanza, fortaleza, sanación y promesas eternas.
Jesucristo puede ofrecer este consuelo porque tomó sobre Sí nuestros dolores y conoce perfectamente toda forma de aflicción. Él no observa las ruinas desde la distancia, sino que entra en ellas para acompañarnos y comenzar la reconstrucción. Las personas pueden consolarnos y convertirse en instrumentos de Su amor, pero solamente el Salvador puede sanar completamente el alma, vencer la muerte y asegurar que la destrucción, el hambre y la espada no tendrán la última palabra.
Isaías 51:21 — Afligida y ebria, pero no de vino
«Oye, pues, ahora esto, afligida, ebria, pero no de vino».
Jerusalén se tambalea debido a la intensidad del sufrimiento, la pérdida y la confusión. Sus fuerzas están agotadas y su capacidad para orientarse parece debilitada, aunque su condición no procede del vino. La imagen describe el aturdimiento que puede producir una aflicción prolongada: la persona sabe que debe levantarse, pero el peso de lo vivido le impide pensar con claridad o reconocer inmediatamente el camino.
Dios no desprecia a Jerusalén por encontrarse en ese estado. La llama a escuchar porque comprende su debilidad y está a punto de anunciar que quitará de su mano el cáliz de aturdimiento. El Señor no exige que una ciudad abatida se restaure mediante sus propias fuerzas; se acerca, habla y ofrece la ayuda necesaria para que pueda volver a levantarse.
Las pruebas también pueden afectar profundamente nuestra capacidad de pensar, decidir y avanzar. Esto no siempre indica falta de fe. Jesucristo reconoce los efectos del dolor y trata al afligido con paciencia y misericordia. Puede ayudarnos mediante el Espíritu Santo, las Escrituras, personas compasivas y, cuando sea necesario, apoyo profesional. El Salvador no nos define por nuestro momento de desorientación; nos sostiene hasta que recuperamos claridad, fuerza y esperanza.
Isaías 51:22 — Dios aboga por Su pueblo y retira el cáliz
«Así dice tu Señor y tu Dios, quien aboga por su pueblo: He aquí, he quitado de tu mano el cáliz de aturdimiento, los sedimentos del cáliz de mi ira; nunca más lo beberás».
Jehová se presenta como el defensor legal de Israel. Aunque el pueblo había pecado y sufrido las consecuencias de su rebelión, Dios toma nuevamente su causa y decreta que la disciplina no continuará para siempre. Su justicia no ignora las transgresiones, pero Su misericordia establece un límite al sufrimiento y abre el camino hacia la restauración. El mismo Juez que conoce perfectamente la culpa se convierte en Abogado del pueblo arrepentido.
Jesucristo es nuestro Abogado ante el Padre. Él no sostiene falsamente que somos inocentes ni declara que nuestros pecados carecen de importancia. Presenta Su sacrificio expiatorio y aplica Sus méritos, Su misericordia y Su gracia a quienes ejercen fe, se arrepienten y entran en Su convenio. Gracias a Él, podemos ser perdonados y justificados sin que la justicia divina sea anulada, porque el Salvador pagó el precio de nuestra redención.
Jerusalén, debilitada y aturdida, no podía retirar por sí sola el cáliz de su mano; Dios tuvo que quitárselo. Esta imagen enseña que la liberación definitiva procede de la intervención divina. En Getsemaní y en la cruz, Jesucristo bebió voluntariamente la copa amarga para que la culpa y la condenación no permanecieran eternamente sobre el arrepentido. Él retira el cáliz del juicio y ofrece en su lugar perdón, reconciliación y vida eterna.
Isaías 51:23 — Dios pone fin a la humillación
«Y lo pondré en mano de tus angustiadores, que dijeron a tu alma: Inclínate, para que pasemos por encima de ti; y tú pusiste tu cuerpo como tierra y como camino para los que pasaban».
Los opresores habían humillado profundamente a Jerusalén, obligándola a postrarse y tratándola como si fuera una calle sobre la cual podían pasar. La imagen comunica deshumanización: Babilonia no veía al pueblo como personas dotadas de dignidad, sino como objetos que podían ser pisoteados para aumentar su propio poder. Dios declara que esa condición terminará y que el cáliz del juicio pasará a quienes habían empleado su autoridad para afligir y degradar.
Esta inversión no autoriza a Israel ni a nosotros a buscar venganza personal. Es Jehová quien juzga, porque solamente Él conoce plenamente las obras, intenciones, oportunidades y heridas de cada persona. La justicia divina no es resentimiento descontrolado; es la respuesta perfecta de Dios ante el mal. Los sistemas edificados sobre la violencia y la humillación finalmente deben enfrentar las consecuencias de aquello que produjeron.
Jesucristo defiende la dignidad de quienes fueron tratados como si no tuvieran valor. Haber sido humillados por otros no modifica nuestra identidad como hijos e hijas de Dios. El Salvador puede levantar a quien fue obligado a inclinarse, sanar las heridas causadas por el abuso y establecer la verdad que los opresores intentaron ocultar. Confiar el juicio al Señor no significa tolerar pasivamente la injusticia; podemos buscar protección y justicia por medios rectos mientras dejamos la venganza final en las manos del Juez perfecto.


























