Isaías 27
Comienza con la derrota de Leviatán y termina con Israel adorando en el monte santo. Este movimiento resume el triunfo de Jesucristo: Él vencerá al adversario, protegerá Su viña, purificará a Su pueblo y recogerá a los dispersos.
La viña que anteriormente había producido fruto amargo se convierte ahora en una «viña deleitosa». Jehová la riega a cada momento y la guarda de día y de noche. La restauración es posible porque la disciplina divina no busca aniquilar a Israel, sino conducirlo al arrepentimiento, destruir sus ídolos y hacer que vuelva a echar raíces en los convenios.
La expresión más tierna del capítulo es «seréis reunidos uno por uno». Aunque el recogimiento sea una obra mundial, la salvación siempre es profundamente personal. El Señor conoce cada nombre, cada exilio y cada herida. La gran trompeta continúa sonando por medio del Evangelio restaurado, invitando a cada persona a hacer la paz con Dios, acudir a Jesucristo y producir frutos que bendigan toda la tierra.
Isaías 27:1 — La derrota definitiva del mal
«Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte a Leviatán».
Leviatán, descrito como serpiente veloz, serpiente tortuosa y dragón del mar, representa las fuerzas del caos, la opresión y el mal que se levantan contra Dios y Su pueblo. En su contexto histórico, esta imagen puede aludir a los grandes imperios enemigos de Israel; sin embargo, su significado doctrinal es más amplio y señala a Satanás, a su reino y a todos los poderes que procuran frustrar la obra divina. La profecía enseña que, aunque el adversario parezca poderoso, amenazante y difícil de vencer, nunca ha sido ni será igual a Dios.
La espada «dura, grande y fuerte» simboliza la autoridad, el juicio y la palabra irresistible del Señor. Jesucristo no solamente derrotará a las naciones y sistemas que se oponen a Su reino, sino que vencerá definitivamente al pecado, a la muerte y al diablo. Por medio de Su expiación, Su resurrección y Su futura venida en gloria, el Salvador librará a la creación de la influencia del mal y establecerá un reino de justicia y paz. Este versículo ofrece esperanza a los fieles: el conflicto entre el bien y el mal no continuará para siempre, porque la victoria final ya está asegurada en Jesucristo.
Isaías 27:2 — Israel como viña deleitosa
«En aquel día, cantad a la viña deleitosa».
En Isaías 5, la casa de Israel es comparada con una viña cuidadosamente cultivada que, en lugar de producir buenos frutos, dio uvas silvestres; por esa razón quedó expuesta al juicio y a las consecuencias de su apostasía. En Isaías 27, la imagen se transforma: la viña ha sido restaurada, llega a ser deleitosa y se convierte en motivo de un cántico de gozo. Este contraste muestra que la disciplina del Señor no tiene como propósito destruir definitivamente a Su pueblo, sino corregirlo, purificarlo y prepararlo para volver a disfrutar de las bendiciones del convenio.
La viña deleitosa representa el recogimiento y la restauración espiritual de Israel mediante Jesucristo. Gracias al arrepentimiento y al poder purificador de Su expiación, quienes anteriormente fueron infructuosos pueden experimentar un cambio profundo y producir frutos de fe, obediencia, amor y justicia. Esta promesa también se aplica individualmente: Dios no define a Sus hijos únicamente por sus errores pasados. Cuando regresamos sinceramente a Él, puede transformar una vida espiritualmente estéril en una vida fértil, agradable ante Sus ojos y capaz de bendecir a los demás.
Si no le agrada la mezcla de metáforas, no lea Isaías. Aquí se produce un rápido cambio de imagen: del dragón a la viña. Como enseñó Jesús: «Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, y la cercó con un vallado, y cavó en ella un lagar y edificó una torre» (Mateo 21:33). La viña representa a la casa de Israel; el padre de familia representa al Señor, y el lagar produce el fruto de la viña.
El Señor parece complacido en asumir la responsabilidad de cuidar la viña: «Yo, Jehová, la guardo; cada momento la regaré; la guardaré de noche y de día, para que nadie la dañe».
Brigham Young: El Señor de la viña está dispuesto a llevar Su fruto más preciado a cualquier terreno que lo reciba. Incluso va más allá: realiza todo esfuerzo posible para hacer que la preciosa viña florezca en cada región del mundo donde eso resulte posible. Si no funciona en un lugar, la lleva a otro; si ese lugar se aparta, la traslada nuevamente. Si las condiciones han mejorado en algún sitio anterior, regresa para trabajar allí. Es una política de paciencia infinita, capacitación, adaptación, experimentación, cultivo, injerto, trasplante, fertilización, vigilancia y espera. (Hugh Nibley, Brother Brigham Challenges the Saints, editado por Don E. Norton y Shirley S. Ricks [Salt Lake City y Provo: Deseret Book Co., FARMS, 1994], pág. 388).
Isaías 27:3 — El cuidado constante de Jehová
«Yo, Jehová, la guardo; a cada momento la regaré».
El Señor no es un dueño distante ni indiferente, sino el cuidador constante de Su viña. Él mismo la riega, la protege y vela por ella «de noche y de día», impidiendo que sus enemigos la dañen. La supervivencia y el crecimiento de Israel no dependen únicamente de su fortaleza, sino de la fidelidad de Jehová a Sus convenios. Después de disciplinar y purificar a Su pueblo, Dios no lo abandona, sino que continúa obrando pacientemente para restaurarlo y hacerlo fructificar.
Esta promesa también se aplica a cada discípulo de Jesucristo. Dios no nos atiende solamente en momentos extraordinarios; nos sostiene «a cada momento» mediante la gracia del Salvador, la influencia del Espíritu Santo, las Escrituras, la oración y las bendiciones de los convenios. Así como una viña necesita agua de manera continua, nuestra vida espiritual requiere una relación constante con el Señor. Incluso cuando no percibimos Su intervención, Él sigue cuidándonos, fortaleciéndonos y preparando las condiciones necesarias para que produzcamos frutos de fe, obediencia y justicia.
Isaías 27:3 — Protección de día y de noche
«La guardaré de noche y de día, para que nadie la dañe».
La noche puede representar los períodos de incertidumbre, aflicción y peligro, mientras que el día puede simbolizar las épocas de claridad, estabilidad y prosperidad. En ambas circunstancias, la viña permanece bajo la mirada vigilante del Señor. Dios no cuida a Su pueblo únicamente durante las crisis; también lo guarda cuando la tranquilidad podría conducirlo al orgullo o al descuido espiritual. Su protección constante manifiesta Su fidelidad al convenio y Su compromiso de conducir a Israel hacia su restauración.
Esta protección divina no significa que estaremos libres de pruebas, pérdidas o sufrimientos. Significa que ninguna oposición podrá destruir el propósito eterno de Dios para quienes permanecen unidos a Jesucristo. El Señor puede limitar el poder del adversario, sostenernos mediante Su gracia y utilizar incluso la adversidad para profundizar las raíces de nuestra fe. Bajo Su cuidado, tanto las noches difíciles como los días favorables pueden contribuir a nuestro crecimiento espiritual y prepararnos para producir frutos de justicia.
Isaías 27:4–5 — Del juicio a la reconciliación
«No hay en mí enojo… o el que se aferre a mi fortaleza haga conmigo la paz».
Los espinos y cardos representan aquello que amenaza la viña o impide que produzca buenos frutos: el pecado, la rebelión y toda influencia contraria a Dios. El Señor declara que podría enfrentarlos y consumirlos mediante el fuego de Su juicio; sin embargo, antes de la destrucción ofrece una alternativa misericordiosa: «aférrese a mi fortaleza» y «haga conmigo la paz». La justicia divina no nace de un enojo caprichoso, sino de la necesidad de eliminar todo aquello que corrompe, esclaviza y destruye a Sus hijos.
El deseo principal de Dios no es destruir al pecador, sino reconciliarlo consigo. Esa paz se hace posible mediante la expiación de Jesucristo, quien satisface las demandas de la justicia y extiende misericordia a quienes se arrepienten. Aferrarse a la fortaleza del Señor significa abandonar la resistencia, reconocer que no podemos salvarnos por nosotros mismos y confiar en el poder redentor del Salvador. El arrepentimiento, por tanto, no es solamente sentir pesar por el pecado; es aceptar las condiciones de reconciliación que Cristo ofrece y permitir que Su gracia transforme los espinos de nuestra vida en frutos de justicia y paz.
Isaías 27:5 — La invitación repetida a hacer la paz
«Haga conmigo la paz, sí, haga la paz conmigo».
La repetición de esta frase comunica urgencia, intensidad y profunda misericordia. Incluso dentro de una profecía de juicio, el Señor mantiene abierta la posibilidad de la reconciliación. Dios no se complace en condenar, sino que llama insistentemente al pecador para que abandone su rebelión y se aferre a Su fortaleza. Esta invitación revela que Sus advertencias no buscan solamente anunciar consecuencias, sino despertar el arrepentimiento antes de que esas consecuencias lleguen.
No hacemos la paz con Dios negociando nuestras propias condiciones ni procurando justificar el pecado, sino aceptando a Jesucristo, arrepintiéndonos y sometiendo nuestra voluntad a la Suya. Por medio de Su expiación, el Salvador satisface las demandas de la justicia y ofrece perdón, sanidad y una relación renovada con el Padre. Cuando dejamos de resistir Su voluntad, descubrimos que Dios nunca fue nuestro enemigo: Su propósito siempre ha sido rescatarnos del pecado, transformarnos y conducirnos a una paz verdadera y permanente.
Kent P. Jackson: Quienes decidan seguir al Señor pueden «acogerse a Su fortaleza». Pueden unirse a Su ejército, aunque anteriormente hayan combatido a favor de Satanás. El Señor de la viña no desea destruir, sino salvar. No quiere quemar la cizaña —por eso el texto declara: «No hay enojo en mí»—; desea recoger Su fruto. Para que ese fruto sea bueno, debe acogerse a la fortaleza de Él. Si lo hace, puede esperar florecer y echar renuevos, llenar la faz del mundo con fruto y disfrutar de la paz de su Señor.
«Que se acoja a mi fortaleza». Esta es una gran invitación de Aquel que dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28). ¿Nos acogemos a Su fortaleza? ¿Utilizamos el poder de Su Expiación? ¿Nos valemos de la gracia que Él ofrece tan generosamente?
«Cuando trabajamos con la fortaleza del Señor, todas las cosas son posibles. Si obedecemos los mandamientos y seguimos las enseñanzas de la Iglesia, Dios nos bendecirá en nuestros deseos justos. Debido a sus deseos y obediencia, los hijos de Mosíah fueron bendecidos con éxito en sus misiones. Cuando se regocijaron por los numerosos milagros que habían presenciado, no se gloriaron en su propia fuerza, sino en los hechos milagrosos de Dios». (Kent P. Jackson, editor, Studies in Scripture, Vol. 7: 1 Nephi to Alma 29 [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1987], pág. 339).
Chieko Okazaki: ¡Qué promesa tan gloriosa! Al vencer nuestras limitaciones mediante la gracia de Jesucristo, tenemos la oportunidad de encontrarnos entre las cosas débiles que se fortalecen con la fortaleza del Señor. ¡Reclamemos esa promesa! (Lighten Up! [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1993], pág. 51).
Wilford Woodruff: …capítulo tras capítulo, él [Isaías] continúa declarando que la fortaleza de Sion se encuentra en el Señor Todopoderoso y que Su fortaleza está con ella debido a su fidelidad e integridad. Si los élderes de Israel tuvieran abiertos los ojos de su entendimiento para contemplar a Sion en su belleza y gloria, no tendrían tiempo para pecar ni hacer lo malo; sino que se levantarían con la fortaleza del Señor Dios de Israel y realizarían todo lo que Él requiriera de sus manos. Sion todavía se encuentra en su debilidad, pero el pequeño llegará a ser miles, y el menor, una nación fuerte. Hablamos del futuro y de las promesas que Dios nos ha hecho. Son dignas de ser mencionadas, dignas de que vivamos por ellas y dignas de nuestro regocijo, porque son verdaderas. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo XI, pág. 248).
Isaías 27:6 — Israel echará raíces y llenará el mundo de fruto
«Los que vienen de Jacob echarán raíces; florecerá y echará renuevos Israel, y la faz del mundo llenará de fruto».
Echar raíces representa estabilidad espiritual, identidad y una conexión profunda con Dios mediante los convenios. Después de haber sido dispersado y disciplinado, Israel volvería a establecerse, florecer y producir fruto bajo el cuidado del Señor. La secuencia es significativa: primero se desarrollan raíces firmes, después aparecen los renuevos y finalmente llega el fruto. Del mismo modo, el crecimiento espiritual comienza interiormente mediante la fe en Jesucristo, el arrepentimiento y la fidelidad a los convenios, pero debe manifestarse exteriormente en una vida transformada y en buenas obras.
La restauración de Israel no tiene un propósito exclusivamente interno ni busca beneficiar solamente al pueblo del convenio. Israel debe llenar «la faz del mundo» con los frutos del Evangelio: verdad, justicia, servicio, unidad y esperanza en Cristo. De esta manera se cumple la promesa hecha a Abraham de que, por medio de su descendencia, serían bendecidas todas las familias de la tierra. Quienes son recogidos por el Señor también reciben la responsabilidad de ayudar a recoger a otros, compartiendo el Evangelio y convirtiéndose en una bendición para el mundo.
Isaías 27:7–8 — La disciplina de Dios tiene medida
«¿Acaso lo ha herido él como él hirió a los que lo hirieron?».
Isaías establece una diferencia entre la disciplina que recibió Israel y el juicio que caería sobre sus opresores. Aunque el Señor permitió que Su pueblo experimentara las consecuencias de su desobediencia —incluso el destierro y la dispersión—, no procuró destruirlo por completo. En cambio, las naciones que actuaron con crueldad, orgullo y deseo de exterminarlo serían juzgadas por sus propias obras. La disciplina de Israel estaba limitada por el convenio y acompañada de la promesa de restauración.
El Señor corrige con sabiduría, justicia y medida. Su disciplina no es caprichosa ni busca satisfacer una ira descontrolada; tiene un propósito redentor: despertarnos, purificarnos y ayudarnos a regresar a Él. Dios conoce perfectamente nuestras circunstancias, debilidades y posibilidades de crecimiento, por lo que nunca permite una corrección mayor de lo que Su amor y sabiduría consideran necesario. Aun cuando resulte dolorosa, la disciplina divina constituye una manifestación de Su misericordia, pues procura destruir el pecado sin destruir al pecador arrepentido.
Isaías 27:8 — El viento que purifica
«Él los remueve con recio viento en el día del viento solano».
El viento solano era seco, intenso y potencialmente destructivo; por ello, representa adecuadamente las pruebas, el destierro y la dispersión mediante los cuales Israel sería disciplinado. Sin embargo, en el contexto del capítulo, este viento no manifiesta una intención de exterminar al pueblo, sino una corrección aplicada «con medida». Así como el viento separa lo firme de lo superficial, las consecuencias de la desobediencia revelarían la verdadera condición espiritual de Israel y removerían su falsa seguridad, su orgullo y su dependencia de otras naciones.
Las dificultades también pueden desprender de nuestra vida aquello que no está firmemente arraigado en Jesucristo. Las pruebas no son siempre un castigo directo por el pecado, pero el Señor puede consagrarlas para nuestra purificación y crecimiento. Si permanecemos unidos al Salvador, el viento no tiene que destruirnos: puede profundizar las raíces de nuestra fe, purificar nuestros deseos y enseñarnos a depender más plenamente de la gracia divina. Aquello que inicialmente parece solamente una fuerza contraria puede convertirse, bajo la dirección de Dios, en un instrumento de transformación espiritual.
Isaías 27:9 — El perdón de Jacob y la destrucción de los ídolos
«De esta manera… será perdonada la iniquidad de Jacob… cuando haga todas las piedras del altar como piedras de cal desmenuzadas».
El propósito final de la disciplina de Israel no era su destrucción, sino la remoción de su iniquidad y su reconciliación con Dios. Esto no significa que el sufrimiento humano pueda pagar el precio del pecado: solamente Jesucristo, mediante Su sacrificio expiatorio, puede satisfacer las demandas de la justicia y conceder el perdón. Sin embargo, las consecuencias y correcciones permitidas por Dios pueden despertar al pecador, revelar la gravedad de su condición y conducirlo al arrepentimiento necesario para recibir la gracia del Salvador. El Señor no deseaba únicamente mejorar las circunstancias temporales de Jacob, sino purificarlo de la idolatría y restaurarlo a una relación de convenio.
La destrucción de los altares y símbolos idolátricos constituía la evidencia visible de ese arrepentimiento. No bastaba con que Israel lamentara su sufrimiento; debía desmenuzar las piedras de los altares que sostenían su infidelidad y abandonar por completo su antigua adoración. De igual manera, el arrepentimiento verdadero produce cambios concretos: implica renunciar a prácticas, hábitos, relaciones o circunstancias que alimentan el pecado. No podemos pedir la paz y el perdón de Dios mientras conservamos cuidadosamente nuestros ídolos. Recibir plenamente la misericordia de Cristo requiere entregarle no solo nuestra culpa, sino también aquello que nos induce a alejarnos de Él.
Isaías 27:10–11 — Una fortaleza sin entendimiento queda desolada
«La ciudad fortificada será desolada… porque ese pueblo no tiene entendimiento; por tanto, su Hacedor no tendrá de él misericordia».
La ciudad fortificada simboliza a quienes confían en sus propias defensas, recursos y capacidades mientras permanecen alejados de Dios. Sus murallas podían ofrecer una apariencia de seguridad, pero no podían protegerlos de las consecuencias de la apostasía. En las Escrituras, carecer de entendimiento no significa simplemente tener poca capacidad intelectual, sino negarse a reconocer al Señor y a vivir conforme a Su voluntad. Una persona o una nación puede poseer conocimiento, poder y abundantes recursos y, aun así, permanecer espiritualmente vulnerable si olvida a su Hacedor. La verdadera seguridad no se encuentra únicamente en lo que edificamos, sino en nuestra relación de convenio con Dios.
La declaración de que su Hacedor no tendría misericordia de ellos no significa que Dios haya dejado de ser compasivo, sino que describe las consecuencias de una rebelión persistente. El mismo que los creó y formó deseaba restaurarlos, pero ellos rechazaron Su corrección y cerraron el corazón a Su gracia. Jesucristo ofrece misericordia y salvación a todos, pero no anula el albedrío ni concede el perdón sin arrepentimiento. Para recibir plenamente Su compasión debemos reconocer nuestra dependencia de Él, abandonar aquello que nos separa de Su presencia y aceptar las condiciones de reconciliación que establece. Rechazar continuamente al Hacedor nos deja expuestos; volvernos hacia Él transforma Su poder creador en poder restaurador dentro de nuestra vida.
Isaías 27:12 — Recogidos uno por uno
«Acontecerá en aquel día que trillará Jehová desde el cauce del río hasta el torrente de Egipto; y vosotros, oh hijos de Israel, seréis reunidos uno por uno».
La imagen de trillar o recoger el fruto desde el río hasta Egipto describe una obra extensa y cuidadosa. El Señor separará el grano valioso y reunirá a Su pueblo desde todos los lugares donde haya sido dispersado. Ninguna distancia, frontera ni condición puede impedirle encontrar a los hijos del convenio. Él conoce dónde se encuentran, prepara los medios para llevarles el Evangelio y los invita a regresar a Jesucristo y a participar nuevamente de las bendiciones de Su convenio.
Aunque el recogimiento de Israel es una obra mundial, siempre se lleva a cabo de manera personal: «uno por uno». Dios no ve únicamente naciones, congregaciones o multitudes; conoce el nombre, las necesidades y las posibilidades eternas de cada alma. El recogimiento es tanto físico como espiritual y ocurre principalmente cuando una persona recibe a Jesucristo, acepta Su Evangelio, celebra convenios y se une al pueblo del Señor. Esta expresión también manifiesta la paciencia divina: así como el grano se recoge cuidadosamente para que ninguno se pierda, el Señor busca, enseña y conduce a cada persona respetando su albedrío.
La obra misional y la ministración reflejan este modelo divino. Cada conversación, testimonio, ordenanza y acto de servicio puede convertirse en el medio por el cual una persona reconoce su identidad dentro de la casa de Israel y regresa al Salvador. Quienes ya han sido recogidos reciben la responsabilidad de colaborar con Cristo para buscar a otros «uno por uno», recordando que, para Dios, ninguna alma es anónima, insignificante ni está fuera de Su alcance.
Bruce R. McConkie: Isaías profetizó que el Señor «hará que los venideros de Jacob echen raíces; Israel florecerá y echará renuevos, y la faz del mundo se llenará de fruto». La promesa del Señor es: «Seréis recogidos uno por uno, oh hijos de Israel» (Isaías 27:6, 12).
Es decir, Israel será recogido persona por persona y familia por familia en las estacas de Sion establecidas en todas las regiones de la tierra, a fin de que el mundo entero sea bendecido con los frutos del Evangelio.
Este es, por tanto, el consejo de las Autoridades Generales: Edifiquen Sion, pero edifíquenla en la región donde Dios les ha dado nacimiento y nacionalidad. Edifíquenla donde Él les ha concedido ciudadanía, familia y amigos. Sion se encuentra aquí, en Sudamérica, y los santos que forman esta parte de Sion son, y deben ser, una influencia positiva semejante a la levadura en todas estas naciones.
Y sepan esto: Dios bendecirá a la nación que organice sus asuntos de manera que contribuya al progreso de Su obra.
Su obra incluye la edificación de Sion en los últimos días. Él nos ha encargado que realicemos esa obra en Su nombre. Los cimientos de Sion ya han sido establecidos en Norteamérica, Sudamérica, Europa, Asia, el Pacífico Sur y en todo lugar donde existan estacas de Sion. Sin embargo, Sion todavía no ha sido perfeccionada en ninguno de esos lugares. Cuando sea perfeccionada, será como la Sion de la antigüedad: el Señor vendrá y morará con Su pueblo. (Conference Report, abril de 1977, pág. 118).
Isaías 27:13 — La gran trompeta y el propósito del recogimiento
«Acontecerá también en aquel día que se tocará con gran trompeta; y vendrán los que perecían en la tierra de Asiria y los que habían sido desterrados a la tierra de Egipto, y adorarán a Jehová en el monte santo, en Jerusalén».
La trompeta anunciaba acontecimientos solemnes, advertía del peligro y convocaba al pueblo; aquí simboliza el llamado universal de Dios y la proclamación del Evangelio a la casa de Israel dispersa. Asiria y Egipto representan los lugares de exilio, opresión y cautiverio desde los cuales el Señor rescatará a Sus hijos. Algunos «perecían» y otros habían sido «desterrados», pero ninguno se encontraba fuera del alcance de Su voz. Esta promesa revela que Dios busca tanto a quienes se perdieron por circunstancias ajenas como a quienes se alejaron por sus propias decisiones. Mientras una persona pueda escuchar y responder al llamado de Cristo, existe para ella un camino de regreso.
La trompeta, sin embargo, exige una respuesta: quienes la oyen deben abandonar su cautiverio espiritual y acudir al Señor. El recogimiento de Israel no consiste solamente en un traslado geográfico ni termina cuando las personas se unen visiblemente al pueblo del convenio. Su finalidad es conducirlas a Jesucristo, para que ejerzan fe en Él, se arrepientan, reciban las ordenanzas de salvación y permanezcan fieles a sus convenios. La verdadera evidencia del recogimiento es que los dispersos llegan a adorar a Jehová.
El «monte santo» representa Jerusalén y Sion y, por extensión, la casa del Señor, donde Sus hijos reciben instrucción, poder y bendiciones sagradas. Somos recogidos plenamente en Cristo cuando aceptamos Su Evangelio y entramos en una relación de convenio con Él. De este modo, el capítulo concluye mostrando la trayectoria completa de la redención: Dios llama a los perdidos, los saca del cautiverio, los reúne uno por uno y los conduce a Su presencia para que lo adoren.


























