Isaías 59
«Vendrá el Redentor a Sion»
Isaías 59 comienza aclarando que el Señor no ha perdido Su poder para salvar ni Su capacidad para escuchar. La separación entre Dios y Su pueblo procede del pecado: manos manchadas de violencia, labios mentirosos, tribunales corruptos y caminos torcidos. Israel esperaba luz y paz mientras continuaba recorriendo una senda que solo podía producir oscuridad e inquietud. El pecado no disminuye el poder de Dios, pero endurece el corazón, debilita nuestra sensibilidad espiritual y nos aleja de las bendiciones que Él desea concedernos.
Entonces ocurre el gran cambio del capítulo: Jehová contempla que no existe ningún intercesor humano capaz de resolver el problema y Su propio brazo trae salvación. Jesucristo aparece simbólicamente vestido de justicia, salvación, venganza y celo, preparado para juzgar la opresión y rescatar al arrepentido. Él realiza aquello que la humanidad no podía efectuar por sí misma: satisface las demandas de la justicia, vence el pecado y abre un camino de reconciliación con el Padre. Su juicio no contradice Su misericordia; protege al oprimido, expone la maldad y permite que la redención sea verdaderamente justa.
Finalmente, el Redentor viene a Sion y establece un convenio basado en Su Espíritu y Su palabra. La promesa no elimina la necesidad del arrepentimiento, pues se dirige a quienes «se vuelvan de la transgresión». Sin embargo, garantiza que ninguna separación tiene que ser definitiva. El Espíritu y la palabra del Señor pueden permanecer de generación en generación, formando un pueblo que testifique de Jesucristo. Su mano no se ha acortado ni Su oído se ha agravado: todavía puede escuchar, alcanzar, limpiar y reunir a toda persona que abandone el pecado y vuelva con fe hacia Él.
Isaías 59:1 — La mano de Dios puede salvar y Su oído todavía escucha
«He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar ni se ha endurecido su oído para oír».
Israel podía interpretar la ausencia de liberación como evidencia de que Dios había perdido poder o ya no se interesaba por Su pueblo. Isaías rechaza ambas conclusiones. La mano que abrió el mar, derrotó a los opresores y sostuvo a Israel en el desierto continuaba siendo plenamente capaz de redimir. Ningún pecado, cautiverio, hábito destructivo o problema supera el alcance de Jesucristo. Si nuestra relación con Dios se ha debilitado, nunca será porque Su expiación haya perdido eficacia o Su brazo sea demasiado corto para alcanzarnos.
El oído del Señor tampoco se ha endurecido. Él escucha cada oración, incluso aquellas que no podemos expresar con palabras y que solo se manifiestan mediante lágrimas, suspiros o deseos interiores. Su aparente silencio no significa falta de conocimiento, amor o atención. En ocasiones, la respuesta requiere tiempo, llega de una manera distinta de la esperada o forma parte de un proceso de crecimiento que todavía no comprendemos.
Sin embargo, la oración no debe utilizarse para exigir bendiciones mientras rechazamos deliberadamente la voluntad divina. La comunión con Dios está relacionada con la sinceridad de nuestro deseo de arrepentirnos y dejarnos transformar. Él siempre puede escuchar y salvar, pero nosotros debemos volver el corazón hacia Él. Jesucristo mantiene extendida Su mano; la fe consiste en reconocer nuestra necesidad, abandonar la resistencia y permitir que Su poder redentor actúe en nuestra vida.
Jeffrey R. Holland: Por muy tarde que crean que han llegado, por muchas oportunidades que piensen que han perdido, por muchos errores que sientan que han cometido o talentos que crean que no tienen, o por muy lejos del hogar, de la familia y de Dios que sientan que se han alejado, testifico que no se han apartado más allá del alcance del amor divino. No les es posible hundirse más abajo de donde brilla la luz infinita de la expiación de Cristo. («Los obreros de la viña», Conferencia General, abril de 2012).
Jeffrey R. Holland: A todos ustedes que piensan que están perdidos o sin esperanza, o que creen que han hecho demasiadas cosas demasiado malas durante demasiado tiempo; a cada uno de ustedes que teme haber quedado varado en algún lugar de las llanuras invernales de la vida y haber destrozado su carro de mano en el proceso, esta conferencia proclama el persistente estribillo de Jehová: «[Mi] mano aún está extendida» (véase Isaías 5:25; 9:17, 21). «Extenderé mi brazo hacia ellos —dijo Él—, [y aunque] me nieguen, sin embargo, seré misericordioso con ellos… si se arrepienten y vienen a mí; porque mi brazo está extendido todo el día, dice el Señor Dios de los Ejércitos» (2 Nefi 28:32). Su misericordia permanece para siempre, y Su mano aún está extendida. Suyo es el amor puro de Cristo, la caridad que nunca deja de ser, esa compasión que perdura incluso cuando todas las demás fuerzas desaparecen. («De nuevo hay profetas en la tierra», Conferencia General, octubre de 2006).
Isaías 59:2 — El pecado produce separación, pero Cristo ofrece reconciliación
«Pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar su rostro de vosotros para no oír».
Isaías identifica la causa central del problema: Dios no había abandonado arbitrariamente a Israel ni perdido poder para salvarlo; las decisiones del pueblo habían creado una barrera espiritual. El pecado no reduce el amor que Dios siente por Sus hijos, pero sí debilita nuestra sensibilidad al Espíritu, afecta nuestra comunión con Él y nos aparta de ciertas bendiciones que requieren obediencia. La separación no demuestra insuficiencia en la mano del Señor, sino la consecuencia de emplear nuestro albedrío para alejarnos de Su voluntad.
El rostro de Dios representa Su presencia, favor y comunión. Persistir deliberadamente en la iniquidad conduce a una condición en la que dejamos de disfrutar plenamente de la luz de Su semblante. Esto no significa necesariamente que Dios ignore toda súplica del pecador; precisamente porque nos ama, sigue llamándonos al arrepentimiento. Sin embargo, no podemos esperar una relación íntima con Él mientras defendemos aquello que contradice Su santidad.
La solución no consiste en negar la separación, justificarnos o intentar eliminar la culpa mediante nuestros propios méritos. Jesucristo vino precisamente para vencer esa distancia y reconciliarnos con el Padre. Mediante Su expiación pagó el precio del pecado y abrió el camino de regreso. Cuando ejercemos fe, confesamos y abandonamos nuestras transgresiones y renovamos los convenios, Su gracia limpia el corazón y restaura la comunión que habíamos perdido.
Gaylen Hinton: Hay una conocida cita del presidente Spencer W. Kimball acerca de su método favorito para acercarse al Señor. Él dijo: «He descubierto que, cuando tomo a la ligera mi relación con la Divinidad y cuando parece que ningún oído divino escucha y ninguna voz divina habla, estoy muy, muy lejos. Si me sumerjo en las Escrituras, la distancia se acorta y la espiritualidad regresa». (Las enseñanzas de Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball [1982], pág. 135).
Ciertamente, las Escrituras son una excelente manera de reducir la distancia entre nosotros y Dios. Lamentablemente, para la mayoría de nosotros, que no somos tan justos como el presidente Kimball, uno de los mayores obstáculos entre nosotros y Dios son nuestros propios pecados. Buscamos a Dios, le oramos y anhelamos estar más cerca de Él, pero no lo suficiente como para arrepentirnos de nuestros pecados. El Señor dijo: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20). Entonces, ¿por qué no abrimos sencillamente la puerta? ¿Podría ser porque no queremos que Él vea lo que hacemos cuando las puertas están cerradas?
¿Qué sucedería si adaptáramos ese conocido pasaje del presidente Kimball para relacionarlo con este versículo de Isaías? Podría decir: «He descubierto que, cuando tomo a la ligera mi relación con la Divinidad y cuando parece que ningún oído divino escucha y ninguna voz divina habla, estoy muy, muy lejos. Si me arrepiento, me arrepiento y me arrepiento de mis pecados, la distancia se acorta y la espiritualidad regresa».
«El arrepentimiento debe ser nuestra primera tarea cuando nos inclinamos ante el Señor. Al confesar nuestros pecados, buscar el perdón del Señor por nuestras faltas y luego procurar Su ayuda para vencerlas, nos liberamos de nuestras cargas ante el propiciatorio. Entonces, con manos limpias y corazones puros, nuestra “confianza se [fortalece] en la presencia de Dios” (Doctrina y Convenios 121:45), y podemos presentarnos dignamente ante nuestro Padre. En ese estado, podemos comunicarnos con nuestro Padre, expresarle nuestro amor y sentir Su amor a cambio». (Gaylen Hinton, «Tengo una pregunta», Ensign, octubre de 1993, pág. 61).
Marion D. Hanks: Pablo escribió a los romanos que nada «nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 8:39).
Estoy seguro de que esto es verdad. Testifico que es verdad. Pero también es cierto que podemos separarnos de Su Espíritu. En Isaías está escrito: «…vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios…» (Isaías 59:2). Y también: «…han traído el mal sobre sí mismos» (Isaías 3:9).
Por medio de Helamán aprendemos que «quien comete iniquidad, la comete contra sí mismo…» (Helamán 14:30), y por medio de Benjamín: «…os apartáis del Espíritu del Señor…» (Mosíah 2:36). (Conference Report, octubre de 1973, pág. 21).
Isaías 59:3 — El pecado contamina las obras y las palabras
«Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira y habla maldad vuestra lengua».
Las manos y los dedos representan las acciones, mientras que los labios y la lengua representan la comunicación. Isaías muestra que la corrupción de Israel no estaba limitada a pensamientos privados: se manifestaba en violencia, injusticia, mentira y palabras destructivas. El pecado había afectado tanto lo que el pueblo hacía como lo que decía, revelando una condición interior que necesitaba arrepentimiento y purificación.
La conversión debe alcanzar ambos ámbitos. No basta con evitar actos abiertamente violentos mientras utilizamos las palabras para herir, manipular, engañar o destruir reputaciones. Tampoco es suficiente hablar de amor y justicia si nuestras acciones o decisiones continúan perjudicando a otros. El discipulado exige integridad: las manos y la lengua deben expresar la misma fidelidad a Jesucristo.
Solo el Salvador puede limpiar completamente esa contaminación, pero Su gracia requiere una respuesta sincera. Arrepentirnos implica abandonar las acciones injustas, decir la verdad, reparar en lo posible el daño causado y aprender a utilizar nuestras palabras para edificar. Jesucristo puede purificar nuestras manos para servir y santificar nuestra lengua para consolar, enseñar y testificar de Él. La conversión auténtica transforma no solo lo que creemos, sino también la manera en que actuamos y hablamos.
Isaías 59:4 — La corrupción de la justicia comienza en el corazón
«No hay quien clame por la justicia ni quien juzgue con integridad; confían en la vanidad y hablan vanidades; conciben malicia y dan a luz iniquidad».
La corrupción de Israel había alcanzado los tribunales y los espacios públicos. Quienes debían defender la verdad utilizaban argumentos vacíos, testimonios engañosos y procedimientos que terminaban perjudicando al inocente. Dios se interesa profundamente en la administración de justicia. La religión verdadera no puede limitarse a ceremonias o declaraciones de fe; debe manifestarse en decisiones honestas, testimonios veraces, trato imparcial y protección para quienes tienen menos poder.
Isaías compara el pecado con un proceso de gestación: se concibe como pensamiento, deseo o intención; crece interiormente y finalmente «da a luz» una acción injusta. La iniquidad pública no aparece de manera repentina, sino que suele comenzar cuando las personas alimentan resentimientos, ambiciones o engaños privados. Cuando esas disposiciones llegan a quienes administran autoridad, pueden convertirse en sistemas que multiplican el daño y presentan la injusticia como si fuera legítima.
El arrepentimiento temprano permite atender el pecado antes de que madure y produzca consecuencias más graves. No somos culpables por toda idea no deseada que aparezca en la mente, pero sí somos responsables de aquello que decidimos alimentar y convertir en intención. Mediante la gracia de Jesucristo, la oración y la disciplina mental, podemos rechazar la malicia, reemplazarla con deseos rectos y actuar con integridad. El Salvador no solo perdona las obras injustas; también puede transformar el corazón donde comenzaron.
Isaías 59:5 — Los huevos de serpiente y el fruto venenoso del pecado
«Incuban huevos de áspides y tejen telas de araña; el que come de sus huevos muere, y si los rompen, sale una víbora».
Isaías compara los proyectos injustos del pueblo con huevos de serpiente. Exteriormente podían parecer pequeños, inofensivos o incluso útiles, pero en su interior contenían veneno y muerte. De igual manera, una decisión pecaminosa puede ofrecer una ventaja inmediata a quien la toma mientras prepara consecuencias destructivas para sí mismo y para quienes lo rodean. Lo que se alimenta secretamente termina desarrollándose y revelando su verdadera naturaleza.
No debemos evaluar una decisión únicamente por el beneficio, placer o alivio que produce en el presente. También necesitamos preguntarnos qué clase de fruto desarrollará en nuestro carácter, nuestras relaciones y nuestra comunión con Dios. La mentira puede resolver momentáneamente un problema, la injusticia puede proporcionar ganancias y el resentimiento puede ofrecer una sensación de poder; sin embargo, cada uno lleva dentro de sí efectos que finalmente dañan la vida espiritual.
El arrepentimiento permite interrumpir ese proceso antes de que el pecado alcance toda su madurez. Mediante la luz y la gracia de Jesucristo podemos reconocer el veneno oculto, abandonar la intención corrupta y reemplazarla con pensamientos y obras que produzcan vida. El Salvador no solo nos ayuda a soportar las consecuencias después de que aparecen; también nos concede discernimiento y fortaleza para dejar de incubar aquello que terminaría destruyéndonos.
Isaías 59:5–6 — Telas que no pueden cubrir y manos llenas de violencia
«Tejen telas de araña… Sus telas no servirán para vestir ni con sus obras serán cubiertos; sus obras son obras de iniquidad, y obra de violencia está en sus manos».
Las telas de araña pueden parecer complejas y cuidadosamente elaboradas, pero son demasiado frágiles para servir como vestido o protección. Así son las excusas, justificaciones y sistemas mediante los cuales las personas intentan cubrir su culpa. Podemos construir explicaciones convincentes, ocultar el daño o comparar nuestra conducta con faltas mayores, pero ninguna obra humana puede borrar el pecado ni producir por sí sola la justicia necesaria para comparecer limpios ante Dios.
Solamente Jesucristo puede cubrir nuestra desnudez espiritual con la vestidura de Su justicia. Esta cobertura no consiste en esconder superficialmente la transgresión, sino en perdonar, limpiar y transformar al pecador arrepentido. Recibirla requiere que dejemos de proteger el pecado con nuestras «telas» y nos presentemos honestamente ante el Salvador. Su gracia hace posible tanto el perdón como la reparación que esté a nuestro alcance.
La violencia en las manos demuestra que la maldad interior se había convertido en daño concreto. El pecado de Israel no era solamente ceremonial o privado; amenazaba la seguridad y la dignidad de otras personas. Dios nunca separa la espiritualidad de la manera en que utilizamos nuestra fuerza, autoridad y recursos. Las manos del discípulo no deben herir, dominar ni explotar, sino servir, levantar y sanar, siguiendo el ejemplo de las manos heridas de Jesucristo.
Isaías 59:7 — Pies que corren al mal y pensamientos que producen desolación
«Sus pies corren al mal y se apresuran para derramar sangre inocente; sus pensamientos son pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos».
El pueblo ya no tropezaba accidentalmente con la iniquidad, sino que corría deliberadamente hacia ella. La repetición de decisiones pecaminosas había formado deseos, hábitos y reflejos que facilitaban el camino hacia la violencia. Aquello que al principio pudo requerir una decisión consciente llegó a convertirse en una inclinación casi automática. El arrepentimiento, por tanto, no procura corregir solamente una acción aislada, sino cambiar la dirección hacia la cual avanzan nuestros pies y la clase de caminos que escogemos frecuentar.
La violencia comienza antes del acto visible. Los pensamientos de resentimiento, codicia, desprecio o venganza que se toleran y alimentan terminan influyendo en las palabras, las decisiones y aun en los sistemas que construimos. Esto no significa que toda idea involuntaria constituya pecado; la responsabilidad aparece cuando decidimos conservarla, justificarla y permitir que gobierne nuestra conducta. El Señor se interesa tanto en nuestras acciones externas como en el mundo interior que las produce.
El Evangelio de Jesucristo nos enseña a gobernar ese mundo interior mediante la verdad y el Espíritu Santo. La gracia del Salvador puede limpiar no solo nuestras obras pasadas, sino también transformar gradualmente nuestros deseos y pensamientos. Al orar, estudiar las Escrituras y escoger repetidamente el bien, comenzamos a formar nuevas inclinaciones. Los pies que antes corrían hacia el mal pueden aprender a apresurarse para servir, y los pensamientos que producían destrucción pueden convertirse en fuentes de paz, compasión y vida.
Isaías 59:8 — El camino torcido no conduce a la paz
«No conocieron camino de paz ni hay justicia en sus caminos; sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas vaya no conocerá paz».
El pueblo deseaba paz, pero continuaba caminando por sendas de engaño, opresión y violencia. No podía llegar a un destino contrario a la dirección que había escogido. Los caminos torcidos quizá parecían ofrecer ventajas rápidas, control o satisfacción inmediata, pero inevitablemente producían desconfianza, división y temor. El problema no era que Dios se negara arbitrariamente a conceder paz, sino que Israel insistía en recorrer una senda incapaz de producirla.
La paz no es simplemente una emoción que Dios añade a cualquier manera de vivir. Es fruto de la reconciliación con Él y de una vida orientada hacia la verdad, la justicia y la misericordia. Esto no significa que toda persona justa estará libre de ansiedad, conflicto o sufrimiento. Significa que la obediencia permite disfrutar de una paz profunda con Dios aun cuando las circunstancias exteriores sean difíciles, mientras el pecado no puede ofrecer esa seguridad duradera.
Jesucristo es el Príncipe de Paz y también el Camino que conduce hacia ella. Mediante Su expiación puede perdonar nuestras desviaciones, enderezar nuestros deseos y enseñarnos a caminar de una manera nueva. El arrepentimiento implica abandonar las veredas torcidas, reparar en lo posible el daño y seguir los pasos del Salvador. No podemos conservar deliberadamente el camino de Babilonia y esperar llegar a la paz de Sion; debemos permitir que Cristo cambie tanto nuestro destino como nuestra dirección.
Isaías 59:9 — Esperar luz mientras se escoge la oscuridad
«Por esto se alejó de nosotros la justicia, y no nos alcanzó la rectitud; esperamos luz, y he aquí tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad».
Israel deseaba recibir luz, paz y liberación, pero continuaba practicando la mentira, la injusticia y la violencia que producían oscuridad. La distancia entre sus expectativas y sus decisiones generaba frustración: esperaba los frutos de la rectitud mientras permanecía en un camino contrario a ella. Dios no había perdido Su capacidad para iluminar; era el pueblo quien había vuelto el rostro y se alejaba de la fuente de luz.
También nosotros podemos pedir claridad y bendiciones mientras nos aferramos a hábitos que debilitan nuestra sensibilidad espiritual. La luz divina no se obtiene simplemente deseándola; requiere disposición para recibirla y caminar conforme a ella. Esto no significa que toda confusión sea consecuencia del pecado personal, pues los discípulos fieles también atraviesan periodos de oscuridad. Sin embargo, cuando conocemos una conducta que nos aparta del Señor, no podemos conservarla deliberadamente y esperar disfrutar plenamente de Su presencia.
El arrepentimiento alinea nuestras expectativas con el camino que verdaderamente conduce a Jesucristo. Volvernos hacia Él implica reconocer la oscuridad, abandonar lo que la produce y comenzar a obedecer la luz que ya hemos recibido. No necesitamos esperar hasta comprenderlo todo para actuar; podemos dar el siguiente paso iluminado. Cristo es la Luz del Mundo y puede perdonar nuestro extravío, restaurar nuestra visión espiritual y guiarnos gradualmente fuera de las tinieblas.
Isaías 59:10 — Ceguera espiritual al mediodía
«Palpamos la pared como ciegos y andamos a tientas como los que no tienen ojos; tropezamos al mediodía como de noche».
La imagen es profundamente trágica: el pueblo tropieza en pleno mediodía, cuando la luz está disponible y debería permitirle ver con claridad. Israel poseía profetas, la ley, convenios y una historia llena de intervenciones divinas; sin embargo, caminaba como si todo estuviera oscuro. El problema no era falta de revelación, sino una ceguera espiritual producida por la persistencia en el pecado y el rechazo de la verdad recibida.
Estar rodeados de luz no garantiza que la percibamos o vivamos conforme a ella. Podemos escuchar las Escrituras, participar en ordenanzas y conocer enseñanzas correctas, pero permanecer espiritualmente desorientados si el orgullo, la desobediencia o la autosuficiencia cierran nuestro corazón. La familiaridad con las cosas sagradas nunca debe confundirse con la conversión. La luz solo puede guiarnos cuando estamos dispuestos a abrir los ojos y caminar según ella.
Jesucristo puede restaurar la visión espiritual. El arrepentimiento permite reconocer que estamos tropezando, abandonar la pretensión de que vemos perfectamente y acudir con humildad al Salvador. Mediante el Espíritu Santo, Él ilumina la mente, corrige nuestras percepciones y nos enseña a distinguir nuevamente el camino. La ceguera no tiene que ser permanente: aun quien ha tropezado al mediodía puede volver a ver cuando recibe a Cristo, la Luz del Mundo.
Joseph Fielding Smith: El Señor no nos ha dejado andar a tientas en la oscuridad, sino que ha dado a todo hombre que nace con entendimiento el poder de discernir entre el bien y el mal, entre la verdad y la falsedad, mediante el poder de la inteligencia, la luz de la verdad o la luz de Cristo con la que nace. Sin embargo, cuando el hombre se aparta de la verdad, el poder de la inteligencia lo abandona, y por esa razón no viene a Dios. (El camino hacia la perfección [Salt Lake City: Sociedad Genealógica de Utah, 1949], pág. 230).
Élder Brigham S. Young: El Evangelio es de tal naturaleza que un hombre puede beneficiarse de él si así lo desea, pero no ofrece ayuda al hombre que no aprovecha lo que le brinda. Es un sistema perfecto de desarrollo personal. Un hombre puede elevarse hasta las alturas más sublimes, si así lo desea; o puede demorarse por el camino y desperdiciar la luz del día hasta que lo alcance la oscuridad, y entonces tendrá que avanzar a tientas porque no aprovechó la luz. (Conference Report, abril de 1927, sesión de la tarde, pág. 59).
George Albert Smith: Si entramos en la oscuridad, si permitimos que nuestro corazón se llene de codicia o corrupción, o cedemos al libertinaje, a la embriaguez, a la profanación del día de reposo, a la incredulidad o a cualquier delito que corroa nuestro organismo o constitución, de modo que nuestros tabernáculos se vuelvan inapropiados para que more en ellos el Santo Espíritu, este se retirará de nosotros. La luz que hay en nosotros se oscurecerá, y esa oscuridad será tan grande que andaremos a tientas como un ciego y vagaremos de aquí para allá. Quienes permitan que estos ciegos los guíen caerán con ellos en el hoyo, pero la obra seguirá avanzando. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo 17, pág. 196).
Joseph Fielding Smith: El Señor ha señalado el camino. Nos ha dado una clave para afrontar la situación. Nunca fue la intención de nuestro Padre Celestial dejar que los hombres avanzaran a tientas en la oscuridad, sin ninguna luz que los guiara, y esperar que, en tales condiciones, encontraran el camino de regreso a Su reino y a Su santa presencia. Esa no es la manera del Señor. A lo largo de todas las épocas, desde el principio, nuestro Padre Celestial ha mostrado Su bondad hacia Sus hijos y ha estado dispuesto a guiarlos. Desde los tiempos más antiguos, los cielos se han abierto; el Señor ha enviado mensajeros de Su presencia a siervos divinamente designados, hombres que poseen la autoridad del sacerdocio y que han sido comisionados para enseñar los principios del Evangelio, advertir al pueblo y enseñarle la rectitud. Estos hombres han recibido ese conocimiento, esa inspiración y esa guía de los mensajeros enviados desde la presencia de Dios. Esto también es cierto en nuestra propia dispensación. No hay necesidad de que los hombres cierren los ojos y sientan que no tienen otra luz que aquella que puedan obtener de su propia razón, pues el Señor siempre ha estado dispuesto a conducirlos, guiarlos y mostrarles el camino. (Conference Report, octubre de 1931, primer día, sesión de la mañana, pág. 13).
Ezra Taft Benson: [El] templo será un símbolo constante y visible de que Dios no ha dejado al hombre andar a tientas en la oscuridad. Es un lugar de revelación. Aunque vivimos en un mundo caído —un mundo inicuo—, se apartan y consagran lugares santos para que hombres y mujeres dignos puedan aprender el orden del cielo y obedecer la voluntad de Dios. (Enseñanzas de Ezra Taft Benson, pág. 252).
Isaías 59:11 — El gemido de un pueblo que necesita un Redentor
«Gruñimos como osos todos nosotros y gemimos lastimeramente como palomas; esperamos justicia, y no la hay; salvación, pero lejos está de nosotros».
El pueblo expresa frustración, dolor e impotencia. Esperaba justicia y salvación, pero continuaba experimentando oscuridad y cautiverio. Sus lamentos muestran que ya comenzaba a reconocer la gravedad de su condición: sus recursos, instituciones y esfuerzos no podían reparar completamente el daño causado por el pecado ni producir la reconciliación que necesitaba. El gemido se convierte así en la confesión de una necesidad que ninguna fuerza humana puede satisfacer.
Este reconocimiento prepara la intervención del Mesías. Mientras una persona supone que puede justificarse, limpiarse y salvarse completamente por sí misma, no comprende todavía la necesidad de un Redentor. Admitir nuestra incapacidad no significa abandonar toda responsabilidad ni caer en desesperación; significa dejar de confiar en la autosuficiencia y volvernos hacia Jesucristo. Él realiza lo que nosotros no podemos hacer: carga con el pecado, satisface la justicia y abre el camino de regreso al Padre.
La salvación parecía lejana para Israel, pero no porque el brazo del Señor se hubiera acortado. La distancia revelaba la necesidad de arrepentimiento y de una intervención divina. Nuestros propios gemidos pueden convertirse en oraciones cuando los dirigimos hacia Cristo. Él escucha el dolor que no sabemos expresar, se acerca al quebrantado y transforma el reconocimiento de nuestra debilidad en el comienzo de una verdadera liberación.
Isaías 59:12 — Nuestros pecados testifican contra nosotros
«Porque nuestras transgresiones se han multiplicado delante de ti, y nuestros pecados han atestiguado contra nosotros; porque con nosotros están nuestras transgresiones, y conocemos nuestras iniquidades».
Isaías presenta simbólicamente el pecado como un testigo dentro del tribunal divino. Israel ya no puede sostener que es inocente ni atribuir toda su condición exclusivamente a sus enemigos. Sus transgresiones permanecen delante de Dios y también dentro de su propia conciencia. El reconocimiento «conocemos nuestras iniquidades» marca un cambio importante: el pueblo deja de negar el problema y comienza a asumir responsabilidad por sus decisiones.
La confesión honesta es un paso esencial del arrepentimiento. Mientras construimos excusas, culpamos únicamente a otros o minimizamos el daño causado, permanecemos lejos de la sanación. Confesar no significa que debamos quedar definidos para siempre por nuestros peores actos, sino presentarnos ante Dios sin una defensa falsa. También implica, cuando corresponda, reconocer el daño ante quienes fueron afectados y procurar repararlo en la medida posible.
Jesucristo conoce toda la verdad y, aun así, nos invita a acercarnos. No necesitamos engañar al Juez, porque Él mismo ha provisto al Abogado y el sacrificio mediante el cual podemos recibir misericordia. Cuando nuestros pecados testifican contra nosotros, la expiación de Cristo puede hablar en favor del arrepentido. Al confesar y abandonar la transgresión, dejamos de escondernos y permitimos que el Salvador nos perdone, limpie y restaure.
Isaías 59:13 — El pecado comienza en el corazón
«El prevaricar y mentir contra Jehová, y el apartarse de en pos de nuestro Dios; el hablar calumnia y rebelión, concebir y proferir desde el corazón palabras de mentira».
La falsedad pronunciada exteriormente había sido primero concebida y preparada en el interior. Antes de convertirse en calumnia, rebelión u opresión, fue un pensamiento aceptado, un deseo alimentado o una intención justificada. El corazón se había convertido en un taller donde se elaboraban palabras y acciones contrarias a Dios. Isaías enseña así que el pecado no debe evaluarse únicamente cuando produce consecuencias visibles; también es necesario atender la disposición interior que lo origina.
Controlar exteriormente la lengua es importante, pero no constituye por sí solo una conversión completa. Una persona puede evitar ciertas palabras mientras conserva resentimiento, engaño o malicia en el corazón. Tarde o temprano, aquello que cultivamos interiormente influirá en nuestra manera de hablar y actuar. Por eso, el arrepentimiento exige examinar no solo qué dijimos, sino también qué pensamientos y deseos permitimos que prepararan esas palabras.
Jesucristo ofrece más que una modificación temporal de la conducta: desea crear en nosotros un corazón nuevo. Mediante Su gracia y la influencia santificadora del Espíritu Santo, puede purificar las intenciones y hacer que de nuestro interior procedan verdad, justicia y caridad. Esta transformación requiere vigilancia, oración y decisiones constantes, pero no depende únicamente de nuestra fuerza. Cuando entregamos al Salvador el taller del corazón, Él puede cambiar tanto lo que producimos como la fuente misma de donde procede.
Isaías 59:14 — La verdad tropieza y la equidad no puede entrar
«Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza y la equidad no pudo entrar».
La plaza era un espacio de comercio, gobierno, tribunales y vida comunitaria. Precisamente allí donde la verdad debía orientar las relaciones públicas, había sido derribada y reemplazada por intereses, engaños y abuso de poder. Una sociedad no puede conservar justicia duradera cuando abandona la verdad, porque las decisiones dejan de fundamentarse en hechos e integridad y comienzan a depender de quién posee mayor influencia.
La expresión «la equidad no pudo entrar» indica que la corrupción había cerrado sistemáticamente las puertas a la justicia. Podían continuar existiendo autoridades, leyes y procedimientos externos, pero estos se convertían en una apariencia vacía cuando el resultado estaba determinado anticipadamente por la parcialidad o la opresión. La justicia requiere más que estructuras formales: necesita personas veraces, reglas aplicadas imparcialmente y disposición para escuchar a quienes poseen menos poder.
El pueblo de Dios debe procurar que sus hogares, congregaciones, instituciones y comunidades sean lugares donde la verdad pueda mantenerse en pie y la equidad tenga libre entrada. Esto exige escuchar al débil, examinar los hechos con honestidad y resistir la tentación de acomodar la verdad a nuestros intereses. Jesucristo es perfectamente justo y verdadero; edificar Sion significa permitir que Su carácter gobierne tanto nuestra conducta privada como nuestras decisiones públicas.
Isaías 59:15 — Dios ve cuando la rectitud convierte a alguien en víctima
«Y la verdad fue detenida; y el que se aparta del mal es despojado. Y lo vio Jehová, y desagradó a sus ojos que no hubiese justicia».
La sociedad estaba tan corrompida que apartarse del mal hacía vulnerable a la persona. Quien se negaba a participar en el engaño, la violencia o la injusticia podía perder protección, posición o bienes. La rectitud puede tener un costo temporal cuando los sistemas premian la complicidad y castigan la integridad. Sin embargo, ninguna ventaja obtenida mediante el mal posee más valor que una conciencia limpia, la aprobación de Dios y la herencia eterna prometida a quienes permanecen fieles.
Jehová vio aquella situación y le desagradó que no hubiera justicia. Dios no permanece neutral ante la corrupción ni ignora el sufrimiento de las víctimas. Contempla tanto la injusticia visible como las decisiones secretas de quienes deberían proteger al débil y, en cambio, se aprovechan de él. Su desagrado demuestra que la opresión nunca debe justificarse como parte aceptable del orden social ni atribuirse indiferentemente a Su voluntad.
El aparente silencio del Señor no significa ausencia o aprobación. Llegará el momento en que intervendrá para juzgar, salvar y restaurar, como anuncian los versículos siguientes. Entretanto, Jesucristo puede sostener a quienes pagan un precio por hacer lo correcto y concederles valor para no volver al mal. También llama a Sus discípulos a defender la verdad y crear comunidades donde nadie sea castigado por actuar con integridad. Aunque el mundo despoje al justo, no puede quitarle la dignidad, la gracia ni la recompensa que recibe del Redentor.
Isaías 59:16 — Cuando nadie podía interceder, el brazo del Señor trajo salvación
«Y vio que no había hombre, y se maravilló de que no hubiese quien intercediese; por tanto, lo salvó su brazo, y le sostuvo su misma justicia».
La condición espiritual y social del pueblo era tan grave que ningún ser humano podía ofrecer una solución suficiente. No había juez, gobernante, profeta ni sacerdote mortal capaz de restaurar completamente la justicia, borrar el pecado y reconciliar a la humanidad con Dios. Este vacío revela nuestra necesidad del Mesías. Jesucristo es el Intercesor que se coloca entre las demandas de la justicia divina y el pecador arrepentido, no para negar nuestra culpa, sino para presentar Su sacrificio expiatorio como el precio de nuestra redención.
Cuando ningún hombre podía salvar, Dios actuó mediante Su propio brazo. El «brazo de Jehová» se manifiesta de manera suprema en Jesucristo, quien realizó la obra que ningún otro podía efectuar. Los profetas pueden anunciar la salvación, los sacerdotes administrar ordenanzas y los discípulos testificar del Redentor, pero ninguno puede sustituirlo. La salvación no es una colaboración entre varios salvadores equivalentes: solamente Cristo llevó los pecados del mundo, venció la muerte y abrió el camino de regreso al Padre.
El Mesías fue sostenido por Su propia justicia. No dependía de una rectitud prestada ni necesitaba que otro pagara una deuda moral por Él. Jesucristo vivió en perfecta obediencia y completa unidad con el Padre; por eso pudo ofrecerse como el sacrificio sin mancha y llevar las iniquidades ajenas. Nuestra esperanza descansa precisamente en esta diferencia: nosotros necesitamos un Intercesor, pero Él no. El Justo hizo por los injustos aquello que jamás habrían podido hacer por sí mismos.
Isaías 59:17 — El Redentor se viste de justicia, salvación y celo
«Pues de justicia se vistió como de una coraza, con yelmo de salvación en su cabeza; se puso ropas de venganza por vestidura y se vistió de celo como con un manto».
La coraza protege los órganos vitales y representa la justicia perfecta con la que el Señor entra en acción contra el mal. El Mesías no combate movido por orgullo, ambición o deseos de conquista, sino desde una santidad absoluta. El apóstol Pablo emplearía imágenes semejantes al describir la armadura de Dios. Los discípulos participan de la victoria de Cristo cuando reciben Su justicia mediante la fe y el arrepentimiento, y permiten que esa gracia se manifieste en una conducta íntegra.
El yelmo de salvación revela el propósito que gobierna cada acción del Mesías: Él interviene para salvar. Para Sus discípulos, la esperanza de salvación también protege la mente contra la desesperación, el engaño y el temor. Recordar la expiación, la resurrección y las promesas de Jesucristo nos ayuda a interpretar las pruebas desde una perspectiva eterna y evita que la oscuridad presente determine nuestras conclusiones sobre el futuro.
Las vestiduras de venganza y el manto de celo muestran que la ternura de Cristo hacia el arrepentido no significa indiferencia ante la opresión. La venganza pertenece a Dios porque solo Él posee conocimiento completo y puede ejercer justicia sin odio, error ni desproporción. Su celo expresa Su compromiso intenso con la verdad, Sus convenios y la defensa de los vulnerables. El mismo Salvador que perdona al arrepentido juzgará y detendrá a quienes persistan en destruir; Su misericordia y Su justicia proceden de un mismo amor santo.
Isaías 59:18 — Dios juzgará conforme a las obras
«De acuerdo con sus hechos, así él pagará: ira a sus adversarios, retribución a sus enemigos».
El juicio divino responde con perfecta justicia a la conducta, las intenciones, el conocimiento y las oportunidades de cada persona. No es arbitrario ni se deja influir por la posición social, la riqueza, el poder o la nacionalidad. Los tribunales humanos pueden equivocarse por información incompleta o parcialidad; Dios conoce toda la verdad y puede determinar con exactitud la responsabilidad moral de cada uno.
La expiación de Jesucristo ofrece misericordia al arrepentido, pero no transforma el mal en bien ni declara irrelevante el daño causado. Cristo pagó el precio del pecado para abrir un camino de perdón, no para eliminar la necesidad de arrepentirse. Quien acude a Él con fe, confiesa, abandona la transgresión y procura reparar el daño puede recibir gracia y una nueva relación con Dios. Quien rechaza persistentemente esa invitación continúa siendo responsable de sus obras.
Ser juzgados conforme a nuestras obras tampoco significa que podemos salvarnos acumulando suficientes méritos. Las obras revelan a quién hemos escogido seguir y si hemos permitido que la gracia del Salvador transforme nuestro corazón. Nuestra esperanza no descansa en una perfección propia, sino en Jesucristo; sin embargo, una fe verdadera produce frutos de obediencia, justicia y misericordia. El Juez perfecto reconocerá tanto esos frutos como el poder redentor que los hizo posibles.
Neal A. Maxwell: Dios registra con gusto en el libro de la vida (Apocalipsis 20:12) toda nuestra bondad y nuestro servicio. En ese momento de juicio, comprensión y reconocimiento perfectos, todos reconocerán no solo que Jesús es el Cristo, sino también que el juicio y la justicia de Dios son perfectos. (Alma 12:15). (Hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1984], pág. 82).
John Taylor: Debemos regirnos por los principios de la ley y de la equidad. Las Escrituras dicen, al hablar del Señor: «El derecho y la justicia son el fundamento de tu trono». Pero:
¿Quién habitará en tu santo monte?
El que anda en integridad, y hace justicia, y habla verdad en su corazón.
El que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni admite reproche alguno contra su vecino.
Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, pero honra a los que temen a Jehová; el que, aun jurando en perjuicio propio, no cambia.
El que no presta su dinero a usura, ni acepta soborno contra el inocente. El que hace estas cosas no será jamás conmovido. (Salmos 15:1–5).
Procuremos promover el bienestar unos de otros y sentir que somos hermanos, que somos los representantes de Dios sobre la tierra. Nuestro Padre Celestial desea promover la felicidad y el bienestar de toda la familia humana. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo 22, págs. 230–231).
Isaías 59:19 — El Espíritu levanta un estandarte y toda la tierra reconoce al Señor
«Y temerán desde el occidente el nombre de Jehová, y desde el nacimiento del sol, su gloria; porque vendrá el enemigo como río impetuoso, mas el espíritu de Jehová levantará bandera contra él».
El reconocimiento del nombre y de la gloria de Jehová se extenderá desde un extremo hasta el otro de la tierra. La intervención del Redentor no tendrá un alcance local ni beneficiará exclusivamente a Israel; todas las naciones llegarán a contemplar Su poder y Su justicia. En la Segunda Venida se manifestará públicamente lo que Sus discípulos ahora conocen mediante la fe: Jesucristo es el Señor, Su reino permanece y ninguna fuerza opuesta puede impedir Su victoria final.
El enemigo es comparado con un río impetuoso que amenaza con inundarlo todo. La imagen reconoce que la maldad, la confusión y la persecución pueden avanzar con una fuerza que parece irresistible. Sin embargo, el Espíritu de Jehová levanta una bandera o estandarte contra esa corriente. Dios no promete que nunca habrá una inundación, sino que proporcionará autoridad, verdad, protección y un punto visible alrededor del cual Su pueblo pueda congregarse.
La respuesta al avance del mal no consiste en dispersarnos dominados por el miedo, sino en reunirnos alrededor de Jesucristo y Su Evangelio. El estandarte representa Su verdad, Sus convenios y Su poder redentor. Al recibir la guía del Espíritu Santo, podemos discernir el engaño, resistir la corriente y ayudar a otros a encontrar refugio. La fuerza del enemigo puede ser grande, pero no es definitiva; el Espíritu del Señor posee poder para establecer límites, preservar a Sion y preparar a toda la tierra para reconocer la gloria de Cristo.
Isaías 59:20 — El Redentor vendrá a quienes abandonan la transgresión
«Y vendrá el Redentor a Sion y a los que se vuelvan de la transgresión en Jacob, dice Jehová».
Esta es la promesa culminante del capítulo. Después de describir la separación, la oscuridad, la injusticia y la incapacidad humana para producir salvación, Isaías anuncia que el Redentor mismo vendrá a Sion. Jesucristo realiza aquello que ningún ser humano podía efectuar: satisface la justicia, vence el pecado y abre el camino de regreso al Padre. La profecía se cumple en Su primera venida, continúa mediante el recogimiento de Israel y alcanzará una manifestación plena cuando Él regrese con poder y gloria para reinar en Sion.
La promesa se dirige específicamente «a los que se vuelvan de la transgresión». La invitación es universal, pero exige una respuesta de arrepentimiento. Volverse significa cambiar de dirección, abandonar la rebelión y orientar nuevamente la mente, el corazón y la conducta hacia Dios. El arrepentimiento no compra la redención ni demuestra que podemos salvarnos solos; es la manera en que recibimos voluntariamente la gracia que Cristo ya ha preparado.
No se exige que la persona se limpie completamente antes de acercarse al Salvador. Se le invita a acudir con fe, reconocer su necesidad y abandonar aquello que la mantiene separada de Él. Jesucristo recibe al pecador que se vuelve hacia Él y, mediante Su expiación, lo perdona, purifica y transforma. El Redentor no viene solamente a visitar una ciudad llamada Sion; viene a formar un pueblo cuyos integrantes han dejado la transgresión y han permitido que Su gracia los convierta en personas santas.
Orson Pratt: Hay algo seguro: tan seguro como que el sol brilla allá en los cielos, así de seguro es que el Señor cumplirá una cosa con respecto a este pueblo. ¿Cuál es? Los hará regresar al condado de Jackson, y en la parte occidental del estado de Misuri edificarán una ciudad que se llamará Sion (Doctrina y Convenios 57:1–3; 84:1–4), que será la sede de esta Iglesia de los Santos de los Últimos Días; y ese será el lugar donde los profetas, los apóstoles y los hombres inspirados de Dios tendrán su sede. Será el lugar donde el Señor Dios se manifestará a Su pueblo, tal como lo ha prometido en las Escrituras (Zacarías 2:10; Isaías 59:20), así como en la revelación moderna (Doctrina y Convenios 45:67; 116:1).
«¿Cree usted eso?», pregunta alguien. Lo creemos tanto como creíamos, mucho antes de que ocurriera, aquello que ya ha sucedido. El mundo puede creer lo que ha ocurrido porque ya se ha cumplido. Los Santos de los Últimos Días creen en las profecías antes de que se cumplan. Tenemos tanta confianza en regresar al condado de Jackson y en edificar una gran ciudad central que permanecerá allí durante mil años antes de que la tierra pase, como la que tienen los judíos en regresar a Jerusalén y reconstruir los lugares desolados de Palestina. (Journal of Discourses, tomo 13, pág. 139).
Orson Pratt: «Y vendrá el Redentor a Sion, y a los que se vuelvan de la transgresión en Jacob, dice Jehová» (Isaías 59:20). A la Sion de la que aquí se habla se le pide: «Levántate, resplandece, porque… la gloria de Jehová ha nacido sobre ti» (Isaías 60:1). No hay cosa alguna más plenamente revelada en las Escrituras de verdad eterna que el surgimiento de la Sion de nuestro Dios en los últimos días, revestida con la gloria de Dios procedente de los cielos: una Sion que atraerá la atención de todas las naciones y familias de toda la tierra (Salmos 48:2). No será algo que suceda en un rincón (Hechos 26:26), en alguna isla distante del mar o entre algún pueblo desconocido, sino algo que llamará la atención de todos los pueblos y naciones sobre la faz de toda la tierra. El surgimiento de Sion, la Sion de los últimos días. ¿Qué debemos entender por el significado de Sion? Lo que yo entiendo, y lo que las Escrituras han descrito acerca del significado de Sion, es un pueblo que recibirá la ley de Dios y será reconocido por el Señor como Su pueblo: un pueblo que será recogido de entre las naciones de la tierra y edificará una casa al nombre del Señor en los últimos días. Un pueblo que tendrá su morada en las montañas y edificará una ciudad que se llamará Sion. (Journal of Discourses, tomo 16, pág. 78).
Isaías 59:21 — El convenio del Espíritu y de la palabra
«Y este será mi convenio con ellos, dice Jehová: Mi espíritu que está sobre ti y mis palabras que puse en tu boca no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tu descendencia ni de la boca de la descendencia de tu descendencia, dice Jehová, desde ahora y para siempre».
La restauración no termina cuando los enemigos son derrotados o el cautivo regresa a su tierra. Dios establece una relación permanente con Su pueblo mediante Su Espíritu y Su palabra. Este convenio concede identidad, dirección y una misión: quienes han sido redimidos deben recibir la revelación, vivir conforme a ella y testificar fielmente de Jesucristo. El Señor no libera a Sion para que vuelva a vivir sin Él, sino para que se convierta en un pueblo guiado por Su presencia.
El Espíritu Santo distingue y santifica al pueblo del convenio. Su influencia permite reconocer la verdad, recibir revelación, desarrollar el carácter de Cristo y testificar con poder. No basta con conservar una historia religiosa o depender de las experiencias espirituales de generaciones anteriores. Cada persona necesita buscar y recibir por sí misma la compañía del Espíritu mediante la fe, el arrepentimiento, las ordenanzas y una vida de obediencia.
La palabra del Señor debe pasar de una generación a otra, por lo que padres, maestros y comunidades tienen la responsabilidad de enseñarla con claridad y mediante el ejemplo. Sin embargo, esa transmisión no puede ser únicamente cultural o verbal. Los descendientes deben llegar a conocer, creer y vivir personalmente la verdad que recibieron. Cuando cada generación hace suya la palabra y aprende a escuchar al Espíritu, el convenio permanece vivo y el testimonio del Redentor continúa proclamándose «desde ahora y para siempre».
Otra promesa maravillosa de Isaías pasa casi inadvertida. ¿Qué bendición podría ser mayor para un patriarca o una matriarca amorosos que ver que su testimonio de la verdad perdure durante generaciones entre su posteridad? Todos sus hijos saben, todos sus nietos conocen su amor imperecedero por el Señor y su compromiso de servir a Su causa a cualquier precio. ¿Qué clase de legado estamos dejando a nuestros hijos? ¿Acudirán a nosotros en busca de consejo inspirado, de un testimonio inquebrantable y de enseñanzas verdaderas? ¿Se sentirán decepcionados cuando lean nuestro diario? ¿Habrá un diario que puedan leer? ¿Estará contenido allí nuestro testimonio?
Lección para llevar a casa: El Señor nos da inspiración regularmente. Algunos de esos momentos son invaluables; otros pueden parecer comunes y corrientes. Ninguno sobrevivirá al olvido del tiempo a menos que lo escribamos. Que nuestro legado de inspiración y revelación quede registrado en el cielo y perdure en nuestros descendientes.
Spencer W. Kimball: ¿Ha concluido toda su obra? No, amigos míos, pues apenas ha comenzado.
¿Piensan que su querida y dulce voz ha enmudecido para siempre? ¡No! Sepan
que los testimonios verdaderamente expresados por personas sinceras
no quedan desatendidos, olvidados ni perdidos para siempre.
Pues ángeles fieles anotan cada palabra de cada uno, un registro
para todos los tiempos: para la eternidad. Regocíjense en esta certeza.
Es seguro que el perdón sigue al testimonio expresado,
y nada se pierde de cuanto encaja en el gran Plan eterno.
¿Ha concluido toda su obra? No, amigos míos, pues apenas ha comenzado.
En la obra de esta vida apenas damos un comienzo. No hay final.
Cuán gloriosa es la verdad de que nuestras eternidades se edifican
sobre cimientos firmemente establecidos en estos días de nuestra vida mortal. (BYU Studies, tomo 25 [1985], número 4, otoño de 1985, pág. 164).


























