Isaías

Isaías 37


Isaías 37 responde a la pregunta planteada en el capítulo anterior: «¿En quién confías?». Ezequías reconoce que Judá no posee fuerzas suficientes para salvar Jerusalén, pero en vez de rendirse ante Asiria, rasga sus vestidos, entra en el templo y consulta al profeta Isaías. Cuando recibe la carta amenazante de Senaquerib, la extiende delante de Jehová y ora. Su conducta muestra que la fe no consiste en negar nuestra incapacidad, sino en llevar aquello que no podemos resolver ante Aquel para quien nada es imposible.
La oración de Ezequías combina realismo y fe. No niega que Asiria haya conquistado territorios y destruido numerosas naciones, pero comprende una diferencia fundamental: los dioses derrotados eran obras de madera y piedra, mientras que Jehová es el Creador de los cielos y de la tierra. La fe verdadera no minimiza la magnitud del problema ni inventa una realidad más cómoda; coloca la amenaza al lado de la grandeza de Dios. Cuando contemplamos nuestras dificultades únicamente desde la perspectiva de nuestros recursos, podemos desesperarnos; cuando las presentamos ante Jesucristo, recordamos que Su poder, conocimiento y misericordia superan todo aquello que nos amenaza.
El Señor responde prometiendo que el remanente de Judá echará «raíz abajo» y dará «fruto arriba». Asiria es detenida sin que Jerusalén pueda atribuirse la victoria, y Senaquerib regresa derrotado para morir posteriormente en el templo de un dios incapaz de protegerlo. El capítulo enseña que las amenazas deben llevarse a Dios, que la revelación debe pesar más que la intimidación y que ninguna fuerza puede cruzar los límites establecidos por Jehová. Jesucristo puede permitir que la prueba llegue hasta nuestras puertas, pero continúa siendo soberano y puede transformar una crisis aparentemente definitiva en una demostración de Su poder salvador.


Isaías 37:1 — Ezequías lleva su angustia al templo
«Aconteció, pues, que cuando el rey Ezequías lo oyó, rasgó sus vestidos y, cubierto de cilicio, entró en la casa de Jehová».

Al conocer las amenazas y blasfemias de Asiria, Ezequías rasga sus vestidos y se cubre de cilicio como expresión pública de dolor, humildad y arrepentimiento. No intenta aparentar una fortaleza que no posee ni minimiza la gravedad de la crisis. Sin embargo, tampoco permanece paralizado por el temor ni corre inmediatamente a buscar otra alianza militar. Su primer movimiento decisivo consiste en entrar en la casa de Jehová y llevar su angustia ante Dios.
Esta reacción muestra un cambio importante con respecto a los errores anteriores de Judá. En otras ocasiones, sus gobernantes habían confiado en Asiria o Egipto en vez de escuchar el consejo profético. Ezequías reconoce ahora que los recursos humanos son insuficientes y que la verdadera seguridad solo puede encontrarse en el Señor. La crisis se convierte así en una oportunidad para volver a Él con mayor humildad y renovar la confianza en Sus promesas.
El templo representa la presencia de Dios, el poder de los convenios y una perspectiva eterna desde la cual contemplar nuestros problemas. Acudir al templo no significa escapar de la realidad, sino colocarla ante Jesucristo y recordar que ninguna amenaza es mayor que Su poder. Cuando enfrentamos situaciones que no podemos resolver, podemos seguir el ejemplo de Ezequías: reconocer sinceramente nuestro dolor, humillarnos y buscar al Señor en la oración, la adoración y la fidelidad a nuestros convenios.


Isaías 37:2 — Buscar el consejo del profeta
«Y envió a Eliaquim, mayordomo de la casa, y a Sebna, escriba, y a los ancianos de los sacerdotes, cubiertos de cilicio, a ver al profeta Isaías hijo de Amoz».

Ezequías no depende exclusivamente de su propio juicio para enfrentar la crisis. Envía a sus principales funcionarios y a los ancianos de los sacerdotes, también cubiertos de cilicio, para solicitar la palabra del Señor por medio del profeta Isaías. La presencia conjunta de autoridades civiles y religiosas muestra que toda la nación reconocía la gravedad de la amenaza y necesitaba algo más que una estrategia política o militar: necesitaba revelación.
La fe personal y el consejo profético no compiten entre sí, sino que se complementan. Dios espera que oremos, estudiemos las circunstancias y actuemos responsablemente; al mismo tiempo, llama profetas para comunicar Su voluntad y proporcionar orientación ante peligros que afectan a todo Su pueblo. Buscar consejo inspirado no elimina nuestra responsabilidad de recibir confirmación personal mediante el Espíritu Santo, pero nos protege de depender únicamente de una perspectiva limitada.
El ejemplo de Ezequías también enseña que la humildad permite recibir ayuda. Como rey, podría haber supuesto que su autoridad y experiencia eran suficientes, pero reconoció que necesitaba escuchar a Dios. Del mismo modo, seguir a Jesucristo requiere estar dispuestos a corregir nuestras ideas y ajustar nuestras decisiones a Su palabra. Cuando unimos la oración personal, la revelación del Espíritu y el consejo profético, podemos afrontar las crisis con una comprensión más completa de los propósitos del Señor.


Isaías 37:3 — Cuando faltan fuerzas para dar a luz
«Este día es día de angustia, de reprensión y de blasfemia, porque los hijos están a punto de nacer y no hay fuerzas para dar a luz».

Ezequías compara la situación de Judá con un parto que ha llegado a su momento decisivo, pero en el que la madre carece de fuerzas para completarlo. Jerusalén había alcanzado una crisis extrema: necesitaba urgentemente liberación, pero no poseía capacidad militar ni recursos suficientes para producirla. La imagen transmite dolor, impotencia y peligro, pues aquello que estaba a punto de nacer podía perderse precisamente por falta de fuerzas en el instante final.
Doctrinalmente, esta comparación expresa el límite del esfuerzo humano. Existen circunstancias que no podemos resolver solos, por mucha sinceridad, preparación o dedicación que tengamos. Reconocer esa incapacidad no significa abandonar toda responsabilidad ni rendirse ante la desesperación. Significa aceptar humildemente que nuestros recursos tienen límites y que necesitamos un poder superior para llevar a término aquello que nosotros no podemos completar.
En esos momentos aprendemos que la salvación no es una realización humana, sino un don de Dios. Jesucristo interviene donde nuestras fuerzas terminan y hace posible aquello que nosotros jamás podríamos lograr por nosotros mismos. Su gracia no siempre evita que lleguemos al límite, pero nos sostiene allí y demuestra que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad. Cuando no tenemos fuerzas para «dar a luz» la solución, podemos acudir al Salvador y confiar en que Él posee poder para producir vida, liberación y esperanza.


Isaías 37:4 — Orar por el remanente
«Eleva oración por el remanente que aún queda».

Después de la caída de muchas ciudades de Judá ante el ejército asirio, Jerusalén representaba un remanente vulnerable y amenazado. Reconociendo que sus propias fuerzas no eran suficientes para salvar al pueblo, Ezequías pidió al profeta Isaías que elevara una oración por quienes todavía permanecían. Su petición demuestra humildad y fe: en lugar de confiar solamente en estrategias humanas, buscó la ayuda del Señor mediante la intercesión de Su profeta.
La oración intercesora es una profunda expresión de amor, fe y solidaridad espiritual. Podemos presentarnos ante Dios no solo para pedir por nuestras propias necesidades, sino también para suplicar por nuestras familias, comunidades, congregaciones y pueblos. Aunque no siempre podamos eliminar directamente las pruebas de los demás, podemos acompañarlos espiritualmente, compartir sus cargas y pedir que reciban fortaleza, protección, consuelo y liberación.
El “remanente que aún queda” también representa a quienes permanecen fieles en medio de la adversidad. Dios conoce a quienes resisten, protege lo que todavía puede ser preservado y puede restaurar aquello que parece estar a punto de desaparecer. Este versículo nos invita a no abandonar la esperanza ni dejar de orar por las personas que atraviesan momentos críticos, pues la oración sincera puede abrir el camino para que el poder y la misericordia del Señor se manifiesten en su favor.


Isaías 37:6 — No temer las palabras blasfemas
«No temas por las palabras que has oído».

El Rabsaces había utilizado sus palabras como armas para sembrar pánico, desacreditar al rey Ezequías y ridiculizar la confianza del pueblo en Jehová. Por eso, la primera respuesta del Señor no se dirige al ejército asirio ni a su poder militar, sino al temor que aquellas palabras habían producido. Antes de librar a Jerusalén de la amenaza exterior, Dios procuró fortalecer interiormente a Su pueblo, recordándole que las voces arrogantes del enemigo no podían anular Sus promesas ni vencer Su poder.
Las amenazas, las críticas y los mensajes de desaliento pueden ocupar nuestra imaginación hasta parecer más poderosos que la realidad. Cuando escuchamos repetidamente palabras que cuestionan nuestra fe, nuestra dignidad o la capacidad de Dios para ayudarnos, podemos comenzar a aceptarlas como verdaderas. Sin embargo, el Señor nos invita a distinguir entre la voz que intimida, confunde y destruye, y Su palabra, que ilumina, fortalece y comunica paz. La fe crece cuando concedemos mayor autoridad a lo que Dios declara que a las voces que procuran apartarnos de Él.
“No temas” no significa ignorar los peligros ni negar las dificultades, sino enfrentarlos desde la perspectiva de las promesas divinas. Las palabras humanas pueden herir y atemorizar, pero no determinan el resultado final cuando el Señor interviene. Este versículo nos enseña a cuidar aquello que permitimos que gobierne nuestros pensamientos y a recordar que ninguna voz blasfema, acusadora o amenazante posee más autoridad que la palabra de Jesucristo.


Isaías 37:7 — Dios puede cambiar el curso de los acontecimientos
«Oirá un rumor y volverá a su tierra».

El Señor anunció que pondría un espíritu en Senaquerib y utilizaría una noticia acerca de otra amenaza militar para desviar su atención y hacerlo regresar a su propia tierra. Aunque el ejército asirio parecía controlar por completo la situación, Dios demostró que podía modificar el curso de los acontecimientos sin depender de la fuerza de Judá. Una información inesperada, una decisión política o un cambio de circunstancias podían convertirse en instrumentos para cumplir Su palabra y librar al remanente.
Esta profecía enseña que la providencia divina también actúa mediante acontecimientos aparentemente ordinarios. Dios no siempre responde con manifestaciones espectaculares; puede coordinar noticias, decisiones, encuentros, demoras y circunstancias históricas para abrir caminos que nosotros no alcanzamos a prever. Lo que desde nuestra limitada perspectiva parece una coincidencia puede formar parte de una intervención discreta del Señor, quien conoce todas las posibilidades y puede utilizarlas para realizar Sus propósitos.
Por eso, cuando no vemos una salida, no debemos suponer que Dios carece de medios para ayudarnos. Él puede cambiar una decisión, desviar una amenaza, proporcionar una oportunidad o transformar repentinamente una situación. Esto no significa que toda coincidencia deba interpretarse como una señal divina, pero sí que podemos confiar en que el Señor gobierna con sabiduría y posee innumerables maneras de cumplir Sus promesas, incluso por medio de los acontecimientos más sencillos.


«El hecho de que Senaquerib regresara y habitara en Nínive está confirmado en los anales asirios. Los documentos asirios también confirman que sus hijos posteriormente lo asesinaron —veinte años después, en el año 681 a. C.—. De ese modo se cumplieron las profecías de Isaías» (David B. Galbraith, D. Kelly Ogden y Andrew C. Skinner, Jerusalem: The Eternal City [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], pág. 99).

Brigham Young:  Si cada uno de los Santos de los Últimos Días viviera a la altura de sus privilegios, no temería al mundo ni a todo lo que este pudiera hacer, más de lo que temería que las grullas que vuelan graznando a más de un kilómetro de altura dejaran caer sus huevos sobre ellos y les destrozaran la cabeza. Si el pueblo estuviera santificado ante el Señor y cumpliera Su voluntad cada día, sería tan absurdo temer ese acontecimiento como temer a todas las fuerzas del infierno.
¿Les resultan extrañas estas ideas? Lean y aprendan cómo protegió el Señor a los hijos de Israel en la antigüedad, incluso durante sus períodos de iniquidad y rebelión contra Él.
Cada vez que un hombre bueno les decía: «Abandonen su iniquidad, apártense de sus ídolos y busquen al Señor», y ellos escuchaban su consejo, el Señor peleaba sus batallas y mataba a sus enemigos por decenas y centenares de millares. En una ocasión, el ángel del Señor mató a ciento ochenta y cinco mil de quienes habían venido contra Su pueblo para destruirlo, «y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todos eran cadáveres». Así lo relata la Biblia. El Señor peleó sus batallas.
En otra ocasión, el siervo de Eliseo vio que había más a favor de ellos que en su contra; contempló las laderas de las montañas cubiertas de «carros de fuego».
Cuando el Señor manda a esos seres invisibles […] ellos pueden pelear las batallas de ustedes.
Ahora bien, si en la antigüedad un solo ángel pudo pelear sus batallas y vencer a los enemigos del pueblo de Dios, ¿a quién temeremos? ¿Temeremos a quienes pueden matar el cuerpo y después de eso no pueden hacer nada más? No; temeremos a Aquel que no solamente puede destruir el cuerpo, sino que también tiene poder para arrojar el alma y el cuerpo al fuego del infierno. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], 2:255–256).


Isaías 37:10 — El ataque directo contra la confianza en Dios
«No te engañe tu Dios en quien tú confías».

La nueva amenaza de Senaquerib ya no se dirige principalmente contra la capacidad militar de Judá, sino contra el fundamento espiritual de Ezequías: su confianza en Jehová. Al afirmar que Dios podía engañarlo, el rey asirio procuraba convertir la promesa divina en motivo de duda y hacer que la fe pareciera una esperanza ingenua. Este ataque revela una estrategia frecuente del adversario: cuando no logra destruir inmediatamente al creyente, intenta debilitar su relación con Dios y persuadirlo de que confiar en Él es inútil.
El adversario procura que interpretemos la fe como ingenuidad, las promesas de Dios como ilusiones y la demora de Sus respuestas como una señal de abandono. También puede utilizar experiencias dolorosas, aparentes contradicciones o probabilidades desfavorables para insinuar que el Señor no cumplirá Su palabra. Sin embargo, la fe verdadera no exige ignorar los hechos ni negar la gravedad de una situación; nos invita a considerar todos los hechos, incluido el poder, la sabiduría y la fidelidad de Dios.
Este versículo nos ayuda a reconocer que algunas de nuestras mayores batallas se libran en el interior del corazón. La pregunta decisiva no siempre es cuán grande es la amenaza, sino a qué voz concederemos mayor autoridad. Las circunstancias pueden parecer contrarias a las promesas del Señor, pero no determinan por sí solas el resultado. Quien recuerda cómo Dios ha actuado en el pasado puede resistir las voces que producen desconfianza y continuar apoyándose en Él aun antes de contemplar la liberación.


Isaías 37:11–13 — El éxito pasado alimenta la arrogancia
«Has oído lo que han hecho los reyes de Asiria a todas las tierras».

Senaquerib presenta ante Ezequías una lista de pueblos, ciudades y reyes derrotados por Asiria. Sus victorias históricas eran reales y constituían una evidencia intimidante de su poder militar. Sin embargo, extrajo de aquellos hechos una conclusión falsa: que Jerusalén necesariamente tendría el mismo destino y que Jehová sería tan incapaz de salvarla como los dioses de las naciones conquistadas. Su error no consistió en recordar sus éxitos, sino en interpretarlos desde la arrogancia y comparar al Dios viviente con ídolos hechos por manos humanas.
Los éxitos pasados pueden generar la peligrosa ilusión de que siempre controlaremos el futuro. Una persona, institución o nación puede llegar a creer que sus recursos, conocimientos y triunfos la hacen invulnerable. Sin embargo, ninguna cadena de victorias coloca a alguien por encima de Dios. Lo que ocurrió anteriormente permite comprender la experiencia humana, pero no puede establecer los límites del poder divino ni determinar lo que el Señor hará conforme a Su voluntad.
Este pasaje también enseña que no debemos permitir que los antecedentes de una dificultad dicten completamente nuestras expectativas. Que otros hayan fracasado, que una situación se haya repetido o que el problema parezca invencible no significa que Dios sea incapaz de intervenir. La fe no niega la evidencia ni desprecia la experiencia, pero reconoce que el Señor introduce una realidad superior: Su poder, Sus propósitos y Sus promesas. La historia puede mostrar lo que los hombres han hecho; solamente Dios puede revelar lo que todavía es capaz de hacer.


Isaías 37:14 — Extender el problema delante de Jehová
«Ezequías subió a la casa de Jehová y las extendió delante de Jehová».

Después de leer la carta amenazante enviada por Senaquerib, Ezequías fue al templo y la extendió delante del Señor. No negó el peligro, ocultó sus sentimientos ni fingió poseer una solución. Presentó claramente aquello que lo angustiaba ante Dios. Su acción fue una expresión de humildad y confianza: reconoció que la amenaza era demasiado grande para enfrentarla solo, pero no demasiado grande para el poder de Jehová.
Podemos seguir este modelo en nuestras propias oraciones. Es apropiado hablar con Dios de manera específica, explicarle nuestros temores, repasar sinceramente los hechos y colocar ante Él aquello que no sabemos resolver. Aunque el Señor ya conoce nuestras circunstancias, expresarlas nos ayuda a ordenar nuestros pensamientos, reconocer nuestra dependencia de Él y abrir el corazón para recibir dirección. Orar no significa exagerar el problema ni minimizarlo, sino contemplarlo en la presencia de Dios.
Al extender nuestras cargas delante del Señor, dejamos de enfrentarlas en aislamiento. La dificultad quizá no desaparezca inmediatamente, pero nuestra relación con ella comienza a cambiar: una amenaza privada se convierte en una carga compartida con Aquel que posee sabiduría y poder perfectos. Este pasaje nos invita a llevar nuestras “cartas amenazantes” al Señor —los diagnósticos, conflictos, preocupaciones y decisiones que nos abruman— confiando en que Él puede concedernos paz, orientación y una salida que todavía no alcanzamos a ver.


Isaías 37:16 — Reconocer quién es Dios antes de pedir ayuda
«Solo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste los cielos y la tierra».

Ezequías comienza su oración adorando a Jehová y reconociendo Su identidad antes de presentar su petición. Lo llama Dios de Israel, declara que Él gobierna sobre todos los reinos y recuerda que es el Creador de los cielos y de la tierra. Esta confesión contradice directamente las afirmaciones de Senaquerib: Asiria podía dominar muchas naciones, pero continuaba siendo solamente un reino terrenal bajo la soberanía del Dios verdadero. El poder del enemigo era grande, pero limitado; el poder de Jehová era supremo.
La adoración proporciona perspectiva espiritual. El problema no desaparece ni deja de ser grave, pero ya no ocupa el centro absoluto de nuestra visión. Cuando recordamos que Dios es el Creador, el Rey soberano y el Padre que conoce perfectamente a Sus hijos, comenzamos a medir correctamente aquello que nos amenaza. En vez de evaluar la capacidad de Dios según el tamaño de la dificultad, evaluamos la dificultad a la luz del carácter, el poder y la fidelidad de Dios.
Este modelo puede enriquecer nuestras propias oraciones. Antes de concentrarnos exclusivamente en lo que necesitamos, podemos recordar quién es el Señor, lo que ha hecho y las promesas que ha cumplido. Tal reconocimiento no busca informar a Dios, sino preparar nuestro corazón para confiar en Él. La adoración desplaza el temor de su posición dominante y fortalece nuestra certeza de que ninguna circunstancia está fuera del conocimiento, la autoridad o el poder redentor del Señor.


Isaías 37:17 — Dios escucha y observa
«Inclina, oh Jehová, tu oído y oye; abre, oh Jehová, tus ojos y mira».

Ezequías no pensaba que Dios desconociera los acontecimientos ni que necesitara recibir información sobre las amenazas de Senaquerib. Este lenguaje expresa una súplica profunda y urgente para que Jehová atendiera la aflicción de Su pueblo e interviniera frente a la blasfemia del rey asirio. Ezequías presenta las palabras del enemigo ante el Señor porque comprende que el ataque no estaba dirigido solamente contra Jerusalén, sino también contra el nombre, la autoridad y el poder del Dios viviente.
Este versículo enseña que podemos dirigirnos a Dios con sinceridad, confianza y profundidad emocional. La reverencia no exige que nuestras oraciones sean frías, impersonales o distantes. Podemos expresar angustia, temor, dolor y urgencia, así como nuestro deseo de que el Señor manifieste Su justicia y Su poder. Él permite que derramemos el corazón ante Su presencia, pues la oración verdadera no consiste en ocultar nuestras emociones, sino en consagrarlas al presentárselas humildemente.
Pedirle al Señor que escuche y mire también es una declaración de fe: afirmamos que nuestra situación no le resulta indiferente y que ninguna injusticia permanece oculta ante Sus ojos. Su respuesta quizá no llegue de inmediato ni adopte la forma que esperamos, pero podemos confiar en que Él escucha cada súplica, contempla plenamente nuestras circunstancias y actuará de acuerdo con Su perfecta sabiduría, justicia y misericordia.


Isaías 37:18–19 — Los ídolos no son dioses
«No eran dioses, sino obra de manos de hombre».

Ezequías reconoce con honestidad que los informes de los asirios eran verdaderos: sus ejércitos habían destruido muchas naciones y arrojado al fuego las imágenes de sus dioses. Sin embargo, explica por qué esas victorias no demostraban que Jehová fuera débil ni que Jerusalén estuviera condenada. Los dioses derrotados no poseían vida, voluntad ni poder; eran objetos de madera y piedra fabricados por manos humanas. Senaquerib cometió el error de colocar al Creador en la misma categoría que las cosas creadas.
La fe madura no niega los hechos incómodos ni necesita distorsionar la realidad para sostener la esperanza. Ezequías acepta la gravedad de la expansión asiria, pero interpreta correctamente sus límites. Asiria había vencido a pueblos que confiaban en imágenes incapaces de escuchar, actuar o salvar; nunca había demostrado que pudiera triunfar sobre el Dios viviente. Del mismo modo, una experiencia negativa o el fracaso de una seguridad falsa no constituyen pruebas de que el Señor haya perdido Su poder o dejado de ser fiel.
Este pasaje también nos invita a examinar nuestros propios ídolos: la riqueza, la posición social, el conocimiento, la influencia o cualquier recurso humano al que atribuyamos una seguridad absoluta. Aunque esas cosas puedan ser útiles, no deben ocupar el lugar de Dios, pues son limitadas y pueden desaparecer. Cuando los falsos refugios fracasan, la solución no es abandonar la fe, sino distinguir con mayor claridad entre aquello que hemos creado para sentirnos seguros y el Señor viviente, que posee verdadero poder para sostenernos y salvarnos.


Isaías 37:20 — Pedir salvación para que todos conozcan a Dios
«Sálvanos de su mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que solo tú eres Jehová».

Ezequías deseaba sinceramente la liberación de Jerusalén, pero su oración no se limitó a pedir seguridad personal ni la supervivencia de su pueblo. Comprendió que Senaquerib había desafiado públicamente al Dios de Israel y lo había comparado con los ídolos de las naciones conquistadas. Por eso pidió que la intervención divina revelara ante todos los reinos que Jehová era el único Dios verdadero. La salvación de Jerusalén sería también una manifestación de Su gloria, soberanía y fidelidad.
Esta petición muestra una fe que trasciende el interés personal. Ezequías no pide ser librado para recibir reconocimiento, demostrar su capacidad como rey o vengarse de sus enemigos, sino para que otros lleguen a conocer al Señor. Nuestras oraciones también adquieren un propósito más elevado cuando, además de presentar nuestras necesidades, preguntamos cómo la respuesta puede honrar a Dios, fortalecer la fe de otras personas y permitirnos servirlas. Así, la bendición que recibimos deja de terminar en nosotros y comienza a extenderse hacia los demás.
La liberación personal puede convertirse en un testimonio público de la fidelidad divina. Cuando Dios nos sostiene durante una enfermedad, restaura una relación, nos concede paz en la aflicción o abre un camino inesperado, nuestra experiencia puede ayudar a otros a reconocer Su bondad. Esto no significa exhibir nuestras bendiciones, sino utilizarlas humildemente para dar testimonio de Jesucristo. El propósito más profundo de la salvación no es solamente que seamos rescatados, sino que, por medio de nuestra vida, otros puedan conocer y glorificar al Dios que salva.


Isaías 37:21 — Dios responde a la oración
«Acerca de lo que me rogaste sobre Senaquerib».

Isaías introduce la respuesta divina haciendo referencia directa a la oración de Ezequías. El rey había llevado la carta amenazante al templo, la había extendido delante de Jehová y había expresado con sinceridad su temor y su deseo de liberación. Ahora el Señor le responde por medio de Su profeta, demostrando que había escuchado cada palabra. La intervención que seguiría no sería una simple coincidencia histórica, sino una contestación concreta a una súplica presentada con humildad y fe.
Este versículo confirma que Dios escucha las oraciones. Ninguna petición sincera pasa inadvertida ante Él, aunque Su respuesta no siempre llegue mediante un profeta, de forma inmediata o de acuerdo con nuestras expectativas. Puede responder por medio de las Escrituras, de la inspiración del Espíritu Santo, del consejo de otra persona, de un cambio en las circunstancias o de la fortaleza necesaria para perseverar. A veces modifica la situación; otras veces nos transforma para que podamos afrontarla con mayor fe y paz.
La experiencia de Ezequías también enseña que orar no consiste únicamente en descargar nuestras preocupaciones, sino en permanecer atentos a la respuesta del Señor. Después de hablar, necesitamos escuchar, observar y estar dispuestos a obedecer la dirección recibida. La contestación divina puede ser diferente de lo que imaginamos, pero siempre estará guiada por una sabiduría más amplia que la nuestra. Podemos confiar en que el Dios que escuchó a Ezequías también conoce nuestras amenazas particulares y responderá en el momento y de la manera que mejor cumplan Sus propósitos.


Isaías 37:22 — Sion no será finalmente avergonzada
«Te ha menospreciado, se ha burlado de ti la virgen hija de Sion».

Desde la perspectiva humana, la escena parecía favorecer completamente a Asiria: Jerusalén estaba rodeada, debilitada y sin recursos militares comparables con los del invasor. Sin embargo, la palabra profética invierte la imagen. Sion, que parecía destinada a la humillación, es presentada menospreciando al enemigo y moviendo la cabeza ante él, no por confianza en su propia fuerza, sino porque conoce el desenlace decretado por Dios. La burla asiria no tendría la última palabra; el Señor preservaría la ciudad que Senaquerib creía tener en sus manos.
La expresión “virgen hija de Sion” destaca el valor, la identidad y la protección especial que Jerusalén poseía ante Jehová. Aunque el enemigo la consideraba indefensa y disponible para ser conquistada, Dios declaró que no le pertenecía ni quedaría abandonada a su poder. De manera semejante, el pueblo del convenio puede atravesar temporadas de debilidad, oposición o aparente derrota, pero su futuro definitivo no está determinado por la arrogancia de sus adversarios, sino por la fidelidad del Señor.
La fe permite contemplar las pruebas desde la perspectiva de la promesa y no solamente desde la amenaza inmediata. Esto no significa negar nuestra vulnerabilidad, sino recordar que el enemigo también tiene límites establecidos por Dios. Sion puede ser despreciada, atacada y temporalmente afligida, pero no será finalmente avergonzada. Jesucristo vindicará a quienes confíen en Él y demostrará que ninguna fuerza contraria puede frustrar Su obra ni arrebatar de Sus manos a quienes permanecen fieles.


Isaías 37:23 — Blasfemar contra el Santo de Israel
«¿Contra quién has alzado la voz? ¡Contra el Santo de Israel!».

Senaquerib creyó que desafiaba únicamente a una ciudad debilitada y a un rey sin recursos suficientes para defenderla. En realidad, sus amenazas, burlas y palabras arrogantes estaban dirigidas contra Jehová, el Dios del convenio. Su mayor error no fue estratégico, sino espiritual: no reconoció la verdadera identidad de Aquel a quien despreciaba. Al comparar al Señor con los ídolos de las naciones derrotadas, confundió al Creador con las obras creadas por manos humanas.
El título «Santo de Israel» destaca tanto la absoluta pureza de Dios como Su relación de convenio con Su pueblo. Él es completamente distinto de los falsos dioses y está por encima de toda autoridad terrenal. Su santidad y Su poder no disminuyen porque alguien los niegue, ridiculice o blasfeme contra ellos. La incredulidad humana no modifica la realidad divina; solamente revela que quien se burla se ha colocado en oposición a una verdad que permanece inalterable.
Este pasaje nos invita a considerar con reverencia la manera en que hablamos de Dios y respondemos a Su autoridad. También ofrece consuelo cuando la fe es ridiculizada: no necesitamos defender al Señor como si Su gloria dependiera de nosotros. Podemos testificar con firmeza y respeto, confiando en que Él mismo vindicará Su nombre en Su tiempo. Las voces arrogantes pueden parecer dominantes por un momento, pero Jesucristo continúa siendo el Santo de Israel, y ninguna palabra humana puede disminuir Su majestad ni impedir el cumplimiento de Sus propósitos.


Isaías 37:24–25 — La arrogancia se atribuye toda la gloria
«Con la multitud de mis carros he subido… he cavado y bebido las aguas».

Senaquerib describe sus conquistas exclusivamente en primera persona: “he subido”, “he cortado”, “he cavado” y “he secado”. Su lenguaje revela un corazón dominado por la autosuficiencia. Atribuye sus victorias a la multitud de sus carros, a sus estrategias y a sus propias capacidades, sin reconocer ninguna dependencia ni límite. Había confundido los medios que poseía con la fuente definitiva de su éxito y terminó considerando su poder como absoluto.
El orgullo convierte la mayordomía en apropiación. En lugar de recibir nuestras capacidades, recursos y oportunidades como dones que debemos administrar responsablemente, comenzamos a tratarlos como posesiones exclusivamente nuestras y a adjudicarnos toda la gloria por lo alcanzado. Podemos trabajar con disciplina, planificar sabiamente y lograr grandes objetivos; sin embargo, seguimos dependiendo de facultades, personas, circunstancias y oportunidades que no originamos por nosotros mismos. Incluso la vida, la inteligencia, el tiempo y la fuerza con los que actuamos proceden de Dios.
Este pasaje no condena el esfuerzo, la iniciativa ni los logros, sino la pretensión de independencia absoluta. La humildad nos permite reconocer nuestra participación sin olvidar la gracia divina que la hizo posible. En vez de decir solamente “yo lo hice”, el discípulo agradecido pregunta cómo puede consagrar al Señor aquello que ha recibido y conseguido. Cuando reconocemos a Dios como la fuente de toda buena dádiva, el éxito deja de alimentar nuestra arrogancia y se convierte en una oportunidad para servir, agradecer y glorificarlo.


Isaías 37:26 — Asiria fue un instrumento, no el autor del plan
«Desde días antiguos lo he dispuesto… ahora lo he hecho acontecer».

Jehová revela que las conquistas de Asiria no demostraban la independencia absoluta ni la supremacía de Senaquerib. Aquello que el rey atribuía exclusivamente a su fuerza militar había ocurrido dentro de los límites permitidos por Dios y formaba parte de Sus propósitos históricos. Asiria había servido como instrumento de juicio contra ciudades fortificadas, pero no era la autora soberana del plan. Senaquerib podía dirigir ejércitos; solo Jehová gobernaba la historia y conocía su desenlace desde el principio.
Sin embargo, ser utilizado como instrumento no significaba contar con la aprobación divina para toda conducta. Asiria seguía siendo responsable por la crueldad, la violencia, la blasfemia y la arrogancia con las que ejercía su poder. Dios puede permitir, limitar y encauzar las decisiones humanas para que finalmente sirvan a Sus propósitos sin ser el autor de la maldad ni eliminar la responsabilidad moral de quienes la cometen. La soberanía divina y la agencia humana actúan simultáneamente: el Señor gobierna, pero cada persona responde por la manera en que utiliza el poder que recibe.
Este principio nos enseña a ejercer con humildad cualquier influencia, autoridad o capacidad que poseamos. Participar en una obra que Dios puede utilizar no nos convierte en indispensables ni justifica nuestros métodos. Somos mayordomos, no dueños absolutos de nuestros dones y oportunidades. El Señor puede cumplir Su obra por muchos medios y también puede retirar la influencia de quien la emplea con orgullo. Reconocerlo nos ayuda a servir con gratitud, rectitud y plena conciencia de que la gloria final pertenece únicamente a Él.


Isaías 37:28 — Dios conoce cada movimiento
«Yo conozco tu morada, y tu salida, y tu entrada».

Senaquerib actuaba como si no existiera ninguna autoridad superior capaz de observarlo, juzgarlo o limitarlo. Sin embargo, Jehová declara que conocía su morada, sus desplazamientos y el furor que manifestaba contra Él. Ningún movimiento de sus ejércitos, estrategia militar o intención de su corazón permanecía oculto. El rey asirio podía sorprender a otras naciones, pero nunca podía actuar fuera del conocimiento ni de la soberanía de Dios.
La omnisciencia divina constituye una seria advertencia para quienes utilizan su poder para oprimir, engañar o causar daño. Las acciones que pueden esconderse de otras personas permanecen completamente visibles ante el Señor. Él conoce no solamente lo que hacemos, sino también los deseos y motivos que impulsan nuestra conducta. Esta verdad nos invita a vivir con integridad, recordando que toda autoridad humana es temporal y que finalmente tendremos que responder ante el juicio perfecto de Dios.
Al mismo tiempo, este conocimiento es una fuente de profundo consuelo para el afligido. El Señor comprende plenamente las amenazas visibles, los planes secretos y los temores que quizá no podemos explicar a nadie. Nada de lo que enfrentamos lo toma por sorpresa. Cuando nos sentimos ignorados o indefensos, podemos confiar en que Jesucristo conoce nuestra situación en todos sus detalles, permanece atento a cada paso del adversario y puede establecer límites que ninguna fuerza humana es capaz de sobrepasar.


Isaías 37:29 — Dios pone límites al opresor
«Pondré mi argolla en tu nariz… y te haré volver».

Los asirios utilizaban métodos crueles y humillantes para controlar y conducir a los pueblos que conquistaban. Jehová aplica a Senaquerib la imagen de su propia violencia: quien había llevado cautivos a otros sería ahora sujetado, desviado y obligado a regresar por el camino por el cual había venido. El conquistador que se consideraba libre para actuar sin restricciones descubriría que también estaba bajo una autoridad superior y que Dios podía detenerlo cuando lo determinara.
Este lenguaje expresa la justicia retributiva de Dios: Senaquerib enfrentaría las consecuencias de la crueldad con la que había tratado a los demás. El Señor había permitido que Asiria actuara durante un tiempo, pero esa tolerancia no significaba aprobación ni ausencia de límites. Cuando su arrogancia y furor se levantaron contra el Santo de Israel, Jehová declaró que pondría fin a su avance. Ningún poder humano es tan grande como para escapar de Su conocimiento, sobrepasar Su autoridad o frustrar Sus propósitos.
El poder del mal es real y puede ocasionar sufrimiento profundo, pero nunca es absoluto ni eterno. Satanás, los tiranos y los sistemas injustos actúan dentro de límites que finalmente no pueden traspasar. Esto no significa que Dios apruebe sus obras ni que toda aflicción sea evitada inmediatamente; significa que la maldad no tendrá la victoria definitiva. Jesucristo puede restringir al opresor, transformar sus planes y hacer que retroceda. Esta certeza permite a los fieles resistir sin desesperar, confiando en que el Señor establecerá justicia y detendrá todo poder contrario en Su tiempo.


¿Por qué no dejamos de imaginar las imágenes poéticas de Isaías y contemplamos alguna representación que exprese el mismo concepto? Dios pondrá un garfio en la nariz de Senaquerib y lo arrastrará de regreso a su tierra. Quizá se vería de esta manera.
¿Es demasiado? ¿Resulta demasiado gráfico? Bueno, el autor es médico especialista en oído, nariz y garganta, ¡así que le parece fascinante!

John Taylor: ¿Quién nos ha sostenido aquí? Dios. ¿Y quién continuará sosteniéndonos? El Todopoderoso. Estos necios que piensan que pueden pisotear a los siervos de Dios y destruir el reino de Dios están haciendo sus cálculos sin tomar en cuenta a su verdadero adversario. Están arremetiendo contra el escudo del gran Jehová y descubrirán que Él pondrá un garfio en su nariz y los conducirá por un camino que no conocen.
Israel se levantará y resplandecerá, y el poder de Dios descansará sobre Su pueblo. La obra que Él ha comenzado seguirá avanzando «hasta que los reinos del mundo hayan venido a ser de nuestro Señor y de Su Cristo; y Él reinará para siempre jamás» (Apocalipsis 11:15). (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], 17:211).


Isaías 37:30 — Una señal de recuperación gradual
«Al tercer año, sembraréis, y segaréis, y plantaréis viñas».

La invasión asiria había interrumpido la agricultura, destruido campos y alterado la vida cotidiana de Judá. Como señal de que la amenaza terminaría, el Señor prometió que durante los primeros años el pueblo se alimentaría de lo que creciera espontáneamente; después volvería a sembrar, cosechar y plantar viñas. Esta señal no anunciaba solamente la retirada del enemigo, sino la restauración progresiva de la estabilidad, el trabajo y la esperanza.
La liberación puede producirse en un momento, pero la recuperación suele necesitar tiempo. Dios podía detener rápidamente al ejército asirio, pero los campos debían volver a cultivarse y los ciclos naturales debían seguir su curso. De manera semejante, después de una enfermedad, una pérdida, una crisis familiar o una experiencia traumática, la amenaza inmediata puede desaparecer mientras sus efectos continúan. Esto no significa que la liberación haya sido incompleta, sino que el Señor también obra mediante procesos graduales de sanación y reconstrucción.
La promesa de volver a sembrar y recoger enseña que Dios no solamente desea que Su pueblo sobreviva, sino que vuelva a vivir con propósito y fecundidad. Llegaría el momento de abandonar la incertidumbre, trabajar nuevamente la tierra y esperar una cosecha futura. Cuando el Señor nos libera, también nos invita a participar activamente en la restauración: sembrar con fe, cultivar con paciencia y confiar en que, después de una temporada de escasez, Él puede hacer regresar la estabilidad y producir nuevamente frutos abundantes.


Isaías 37:31 — Raíces abajo y fruto arriba
«Volverá a echar raíz abajo y dará fruto arriba».

El remanente sobreviviente de Judá es comparado con una planta que vuelve a establecerse después de haber sido sacudida por la invasión. Antes de producir una cosecha visible, debía extender sus raíces en lo profundo de la tierra para recibir nutrición, estabilidad y fuerza. La promesa indica que la restauración del pueblo no sería superficial: Dios lo afirmaría interiormente para que pudiera crecer nuevamente y producir frutos duraderos.
Esta imagen presenta un modelo del crecimiento espiritual. Antes de manifestar obras visibles y permanentes, necesitamos desarrollar raíces profundas en Jesucristo por medio de la fe, el arrepentimiento, los convenios, las Escrituras y la oración. Gran parte de ese crecimiento sucede silenciosamente y no recibe reconocimiento, pero sostiene todo lo que posteriormente aparece en nuestra conducta. Sin raíces profundas, el fruto puede ser temporal; cuando estamos arraigados en Cristo, podemos resistir las sequías, los vientos y las temporadas de adversidad.
“Echar raíz abajo” y “dar fruto arriba” también muestran que la fortaleza interior debe expresarse exteriormente. La comunión con Dios debe producir obediencia, amor, servicio, paciencia y buenas obras que bendigan a otras personas. El Señor no solo desea preservarnos durante las pruebas, sino restaurarnos para que lleguemos a ser espiritualmente fecundos. Cuanto más profundamente se arraigue nuestra vida en el Salvador, más abundante y duradero será el fruto que demos.


Isaías 37:32 — El Señor preserva un remanente
«Porque de Jerusalén saldrá un remanente, y del monte Sion los que escapen. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto».

Aunque numerosas ciudades de Judá habían caído y Jerusalén parecía próxima a desaparecer, Dios no permitiría que el pueblo del convenio fuera destruido por completo. Preservaría un remanente que saldría de Jerusalén y continuaría siendo portador de Sus promesas. En las Escrituras, el remanente no representa simplemente a quienes sobreviven físicamente, sino a quienes son preservados por la misericordia divina para mantener viva la fe, renovar el convenio y participar en la obra futura del Señor.
La historia de la salvación avanza frecuentemente mediante remanentes fieles. Dios no necesita multitudes, ejércitos poderosos ni recursos extraordinarios para realizar una gran obra. Puede comenzar con una familia, una congregación o una pequeña comunidad que permanece arraigada en Jesucristo. Aunque los fieles parezcan pocos o vulnerables, su influencia puede extenderse cuando conservan su testimonio, enseñan la verdad y transmiten el convenio a la generación siguiente. La debilidad numérica no limita el poder de Dios.
La preservación de Judá no dependería principalmente de su capacidad militar, sino del «celo de Jehová de los ejércitos». Este celo expresa la determinación santa, constante y fiel del Señor de cumplir Sus convenios; no describe una emoción caprichosa, sino Su amor comprometido con Su pueblo y Su propia obra. Cuando Dios promete preservar, salvar y restaurar conforme a Sus propósitos, dispone de toda sabiduría y poder para hacerlo. El remanente subsiste no porque sea invencible por sí mismo, sino porque el Señor está decidido a cumplir Su palabra por medio de él.


Remanente es la palabra clave para referirse a «una parte de la casa de Israel preservada por la mano de Dios para ser congregada nuevamente». Sabemos que el reino de Israel ya había sido destruido y que las diez tribus habían sido llevadas hacia el norte. Sin embargo, este remanente pertenece a la casa de Judá. ¿Qué significa eso? Ezequías empleó el mismo término en el versículo 4 cuando pidió que se elevara «oración por el remanente que aún queda». ¿Qué nos falta comprender?
Aquello que falta lo encontramos en el propio registro de Senaquerib: «Saqué de ellas a 200 150 personas, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, caballos, mulas, asnos, camellos y ganado mayor y menor en cantidades incontables, y los consideré botín» (Jerusalem: The Eternal City [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], pág. 99).

Senaquerib ya había conquistado cuarenta y seis ciudades fortificadas y muchas aldeas pequeñas pertenecientes a la casa de Judá. Tomó a unos doscientos mil prisioneros junto con sus pertenencias y se los llevó a Asiria. Jerusalén es denominada remanente porque era la única ciudad de la casa de Judá que todavía no había caído.
La historia judía no nos revela cuán desesperada era realmente la situación. El texto habla de la gran fe de Ezequías y del cumplimiento de la profecía de Isaías; sin embargo, convenientemente omite la historia completa de cómo todo el reino, con la excepción de Jerusalén, había sido destruido. Sencillamente resultaba demasiado humillante.
Este remanente tenía que sobrevivir. Jerusalén debía ser salvada o no quedaría nada: no habría Jeremías, Ezequiel, Lehi, Nefi, Daniel ni Malaquías. Durante el siglo siguiente, el remanente de Jerusalén repoblaría el reino de Judá. Las tierras volverían a ser habitadas y las ciudades serían reconstruidas. Ellos eran quienes «volverían a echar raíces hacia abajo y a dar fruto hacia arriba».
Más tarde, cuando hubieran madurado en su orgullo e idolatría, Dios enviaría a Nabucodonosor para llevarlos cautivos, aproximadamente en el año 587 a. C. Como Jerusalén nunca había sido conquistada, sus habitantes pensaban que eso no era posible (1 Nefi 2:13).
Jerusalén fue entonces saqueada por los babilonios y se formaron más remanentes. Algunos fueron llevados temprano a Babilonia —entre ellos Ezequiel—; Lehi y su familia constituyeron su propio remanente, el cual posteriormente se unió al remanente de Mulek; y otro remanente regresó de Babilonia después de setenta años de cautiverio. Este último remanente estaba compuesto por apenas unos 42 000 hombres (Esdras 2:64).
Cada uno de esos remanentes puede considerarse una rama —se mencione específicamente o no— dentro de la alegoría de Zenós (Jacob 5). Verdaderamente, «grandes son las palabras de Isaías. Porque ciertamente habló acerca de todas las cosas concernientes a mi pueblo, que es de la casa de Israel» (3 Nefi 23:1–2).


Isaías 37:33–35 — Una promesa específica de protección
«No entrará en esta ciudad ni arrojará saeta contra ella».

Dios establece límites precisos a la invasión de Senaquerib: no entraría en Jerusalén, no lanzaría una flecha contra ella, no avanzaría con escudo ni levantaría un terraplén para sitiarla. Regresaría por el mismo camino por el que había venido. Humanamente, estas palabras parecían improbables ante la superioridad militar de Asiria; sin embargo, la seguridad de Jerusalén no dependería de sus fortificaciones ni de su ejército, sino de la palabra soberana de Jehová.
No todas nuestras pruebas vienen acompañadas de una promesa tan específica de liberación inmediata. Por eso, este relato no significa que toda amenaza desaparecerá antes de causarnos dolor. Enseña, más bien, que cuando Dios revela claramente Su voluntad, ninguna fuerza humana puede impedir que se cumpla. El Señor conoce los límites exactos de cada adversidad y puede detener aquello que parece incontenible. La amenaza puede llegar hasta donde Él lo permita, pero nunca podrá sobrepasar Su autoridad ni frustrar Sus propósitos eternos.


Isaías 37:35 — Dios es fiel a Sus convenios
«Ampararé a esta ciudad para salvarla, por mi causa y por causa de David, mi siervo».

La protección de Jerusalén estaba relacionada con el nombre y la gloria de Dios, así como con las promesas que había establecido con David. Judá no era un pueblo perfecto ni podía exigir la liberación como recompensa por sus propios méritos. Sin embargo, Jehová permanecía fiel a Su palabra y preservaría la línea de David mediante la cual, finalmente, vendría Jesucristo, el Rey y Mesías prometido.
Nuestra esperanza tampoco descansa en la afirmación de que merecemos todas las bendiciones que pedimos, sino en el carácter misericordioso y fiel de Dios. Por medio de Jesucristo se ha establecido el convenio de salvación, y quienes se vuelven a Él con fe y arrepentimiento pueden confiar en Sus promesas. Aunque la respuesta divina no siempre adopte la forma temporal que deseamos, el Señor jamás abandonará Sus propósitos redentores ni dejará de cumplir aquello que ha prometido para nuestra salvación eterna.


Isaías 37:36 — El poder de Dios libera sin el ejército de Judá
«Salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta y cinco mil».

La derrota del campamento asirio ocurrió mediante una intervención divina y no por la fuerza militar de Jerusalén. Judá no tuvo que alcanzar igualdad numérica, desarrollar una estrategia superior ni vencer al enemigo en combate. Al amanecer, el ejército que parecía asegurar la victoria de Senaquerib había quedado destruido. Así se cumplió la promesa de que el rey asirio no entraría en la ciudad ni lanzaría una sola flecha contra ella: la liberación procedió enteramente del poder de Jehová.
Este relato no debe emplearse para glorificar la guerra ni celebrar la muerte humana. Más bien, muestra la gravedad del juicio que finalmente recae sobre un poder agresor que había conquistado naciones con crueldad, blasfemado contra Dios y amenazado con destruir a Su pueblo. El Señor había tolerado y encauzado temporalmente el avance de Asiria, pero también había establecido un límite que no podría traspasar. La intervención revela que la paciencia divina no significa indiferencia ante la injusticia.
El pasaje también enseña que Dios no necesita disponer de recursos humanos equivalentes a los del adversario para cumplir Su palabra. Cuando nuestras fuerzas resultan insuficientes, Su poder no queda limitado por nuestra debilidad. Esto no significa que siempre seremos librados de manera inmediata o milagrosa, sino que ninguna dificultad supera la capacidad del Señor para salvar conforme a Sus propósitos. Jesucristo puede detener aquello que nosotros no podemos vencer y recordarnos que la liberación definitiva no procede del poder humano, sino de Su gracia y autoridad soberanas.


Durante la batalla de Gettysburg hubo aproximadamente cincuenta mil bajas. ¡Eso no es nada en comparación con ciento ochenta y cinco mil muertos en un solo día! ¡Qué matanza tan extraordinaria por la mano de Dios! De algún modo, este asombroso acto de poder ha quedado fuera del conocimiento general. ¿Cuántos miembros de la Iglesia conocen este milagro? Además de la destrucción del ejército de Faraón en el mar Rojo, ¿qué otro acontecimiento puede compararse con este milagro? ¡Ni siquiera la caída de Jericó (Josué 6)!
«Lo siguiente es lo que realmente les sucedió a Senaquerib y a sus ejércitos:
»Y aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová e hirió en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil; y cuando se levantaron por la mañana los que todavía estaban vivos, he aquí que todos eran cadáveres.
»Entonces Senaquerib, rey de Asiria, partió, regresó y habitó en Nínive.
»Y aconteció que mientras adoraba en el templo de Nisroc, su dios, sus hijos lo hirieron a espada (2 Reyes 19:35–37).
»El historiador griego Heródoto, en el siglo V antes de Cristo, sugirió en sus escritos que los ratones hicieron que los asirios se retiraran cuando alguna clase de plaga se extendió por su campamento…
»El enfrentamiento entre Ezequías y Senaquerib, y la liberación milagrosa de Jerusalén, dejaron una impresión imborrable en los habitantes de Judá. Este episodio alcanzó mayor fama en tiempos modernos gracias a la magnífica poesía de Lord Byron en La destrucción de Senaquerib (1815):
El asirio descendió como el lobo al redil,
y sus huestes brillaban de púrpura y oro;
el fulgor de sus lanzas era como estrellas sobre el mar,
cuando las olas azules recorren de noche la profunda Galilea.
Como las hojas del bosque cuando verdea el verano,
así fueron vistas al ponerse el sol aquellas huestes con sus estandartes;
como las hojas del bosque cuando ha soplado el otoño,
así yacía aquel ejército, marchito y disperso, a la mañana siguiente.
Porque el ángel de la muerte extendió sus alas sobre el viento
y sopló en el rostro del enemigo mientras pasaba;
y los ojos de los durmientes se tornaron mortales y fríos,
y sus corazones palpitaron una sola vez y quedaron quietos para siempre.
Y allí yacía el corcel con las fosas nasales dilatadas,
pero por ellas ya no corría el aliento de su orgullo;
y la espuma de su agonía reposaba blanca sobre el césped,
fría como el rocío del oleaje que golpea contra las rocas.
Y allí yacía el jinete, desfigurado y pálido,
con el rocío sobre la frente y el óxido sobre su armadura;
y las tiendas permanecían silenciosas; solos los estandartes,
las lanzas sin levantar y la trompeta sin sonar.
Y las viudas de Asur elevan fuertemente su lamento,
y los ídolos son quebrados en el templo de Baal;
y el poder de los gentiles, sin ser herido por la espada,
se ha derretido como nieve ante la mirada del Señor».
(David B. Galbraith, D. Kelly Ogden y Andrew C. Skinner, Jerusalem: The Eternal City [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], págs. 99–100).

John Taylor: ¿Quién ha resultado perjudicado por la reciente cruzada de los Estados Unidos contra nosotros —refiriéndose a la Guerra de Utah de 1857–1858—? Con uno de los ejércitos mejor equipados que jamás se haya organizado en los Estados Unidos, vinieron para aplastar a este pueblo y borrarnos de la existencia: desafiantes, amenazadores, orgullosos y altivos, con todo el despliegue, la pompa y las circunstancias propias de la guerra. Sin embargo, el Señor puso un garfio en su nariz, los despojó de su gloria, los dejó temblando de frío y los alimentó con patas de mula. ¿Quién ha sido perjudicado?
Nosotros todavía estamos aquí y Dios dirige los acontecimientos para nuestro bien. El presidente Young dice: «Esto continuará siendo así si vivimos nuestra religión tal como la comprendemos y dejamos tranquilos a los inicuos; porque quienes se oponen a la Iglesia de Cristo no pueden hacernos daño, y todos esos personajes tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre» (Apocalipsis 21:8).
Por tanto, ciñamos nuestros lomos y defendamos los principios de la verdad. Hagamos todo lo que podamos para extirpar la iniquidad de entre nosotros, pero dejemos que los inicuos se revuelquen en la inmundicia de su propio libertinaje. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], 8:99).

Lorenzo Young: «En cierta ocasión, durante una batalla, el Señor envió a Su ángel y este mató a ciento ochenta y cinco mil personas en una sola noche. En otra ocasión, cuando el pueblo de Dios salió a la batalla y sintió temor, el siervo del Señor se presentó delante de ellos y los alentó (Josué 5:13–15), exhortándolos con palabras de consuelo y diciendo: “El Señor está a la cabeza de Sus ejércitos”.
»Hermanos, no confíen únicamente en las armas que tienen en sus manos. Cuando peleen, oren y permitan que sus pensamientos se dirijan a Dios. El Señor los tendrá en cuenta, responderá sus oraciones y peleará sus batallas, como lo hizo en los días de los filisteos, cuando estos desafiaron a los ejércitos de Israel (1 Samuel 17:45).
»El Señor concede la victoria a Su pueblo; pero nosotros siempre debemos estar dispuestos a acudir en ayuda del Señor contra los poderosos cuando sea necesario». (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], 6:226).


Isaías 37:37 — Senaquerib regresa derrotado
«Entonces Senaquerib, rey de Asiria, partió, y se fue, y volvió y moró en Nínive».

La profecía se cumplió exactamente como el Señor la había declarado: Senaquerib no entró en Jerusalén, sino que partió y regresó a su propia tierra. La repetición de los verbos —“partió”, “se fue” y “volvió”— acentúa la retirada definitiva del invasor. El hombre que había anunciado la caída de Jerusalén y ridiculizado la confianza de Ezequías terminó abandonando el lugar que estaba seguro de conquistar. Su arrogancia no pudo prevalecer contra la palabra de Jehová.
Este desenlace demuestra que Dios puede invertir por completo una situación. Jerusalén había comenzado el episodio rodeada, atemorizada y aparentemente indefensa; Asiria lo terminó debilitada y en retirada. El pueblo no produjo esa liberación mediante su propio poder ni pudo anticipar cómo ocurriría. El Señor abrió una salida donde humanamente no parecía existir ninguna y convirtió aquello que parecía una derrota inevitable en testimonio de Su soberanía y fidelidad.
En nuestra vida, algunas amenazas parecen permanentes porque solo podemos ver las condiciones presentes. Sin embargo, Dios contempla todo el curso de los acontecimientos y puede modificar circunstancias, cerrar caminos al adversario y hacer retroceder aquello que nos oprime. Esto no garantiza que cada problema desaparezca de inmediato, pero sí nos recuerda que ninguna dificultad posee autoridad para escribir por sí sola el final de nuestra historia. La última palabra pertenece al Señor, y aquello que hoy parece definitivo puede convertirse mañana en una evidencia de Su poder para liberar.


Isaías 37:38 — El dios de Senaquerib no puede salvarlo
«Mientras adoraba en el templo de Nisroc, su dios… sus hijos lo mataron».

Senaquerib, quien se había burlado de Jehová y había afirmado que ningún dios podía librar a Jerusalén de su poder, murió mientras adoraba en el templo de Nisroc. El dios al que rendía culto no pudo advertirle del peligro, protegerlo ni salvarlo. Además, su propia familia se convirtió en instrumento de su caída: dos de sus hijos lo asesinaron y otro ocupó su trono. Aquel que había sembrado violencia entre las naciones terminó experimentando la violencia dentro de su propia casa.
El contraste con Ezequías es solemne y deliberado. Ante la amenaza, Ezequías entró en la casa de Jehová, extendió la carta delante de Él y recibió una respuesta de protección y liberación. Senaquerib, en cambio, entró en el templo de un ídolo incapaz de escuchar o actuar y no encontró refugio. Ambos buscaron seguridad en el lugar de su adoración, pero cada uno descubrió el verdadero valor del dios en quien había depositado su confianza: Jehová demostró ser el Dios viviente, mientras que Nisroc permaneció impotente.
Este desenlace nos invita a examinar dónde buscamos nuestra seguridad definitiva. Los falsos dioses modernos —el poder, la riqueza, la reputación, el éxito o la autosuficiencia— pueden ofrecer una sensación temporal de control, pero no pueden redimirnos ni garantizar nuestro futuro. Aquello que adoramos moldea nuestra vida y determina el fundamento sobre el cual enfrentamos las crisis. Quienes confían en Jesucristo encuentran un Salvador vivo y fiel; quienes convierten las cosas creadas en su refugio final descubrirán que estas no pueden sostenerlos cuando más necesitan ser salvados.