Isaías 55
La invitación gratuita y transformadora del Evangelio
Isaías 55 presenta el Evangelio como un abundante banquete ofrecido a quienes no poseen nada con qué pagarlo. El agua, la leche, el vino y el pan representan la vida espiritual, el crecimiento y el gozo que Jesucristo concede gratuitamente porque Él ya pagó el precio infinito de nuestra redención. Sin embargo, recibir este don requiere una respuesta: venir al Salvador, escuchar Su palabra, abandonar el pecado y aceptar Su convenio sempiterno. Por eso, el Señor confronta nuestras prioridades al preguntar: «¿Por qué gastáis… en lo que no sacia?». Podemos dedicar nuestros esfuerzos a logros, placeres y reconocimientos que prometen satisfacción, pero que no pueden nutrir el alma. Cristo nos invita a buscar algo superior y asegura que será «amplio en perdonar» a todo aquel que abandone su camino y regrese sinceramente a Él.
La palabra de Dios es comparada con la lluvia y la nieve que descienden para regar la tierra y hacerla producir. Del mismo modo, Su palabra siempre cumple el propósito para el cual fue enviada y no regresa vacía. Ella puede producir arrepentimiento, fortalecer la fe, llevar adelante la restauración prometida y conducir a los cautivos espirituales hacia la libertad y la paz. Cuando recibimos esa palabra con humildad y permitimos que obre en nosotros, Jesucristo transforma el terreno estéril de nuestra vida: donde antes crecían zarzas y espinos, hace surgir cipreses y arrayanes. Así, una vida renovada por Su gracia se convierte en una señal permanente de la misericordia, el poder y la fidelidad del Señor.
Isaías 55:1 — La invitación gratuita a la plenitud del Evangelio
«Oh los sedientos, ¡venid a las aguas!». La sed representa nuestra necesidad espiritual de perdón, verdad, propósito y comunión con Dios. La invitación se dirige especialmente a quienes reconocen esa necesidad, porque el autosuficiente difícilmente busca agua mientras niega que tiene sed. Jesucristo es la fuente de agua viva; quienes acuden a Él con humildad pueden recibir purificación, renovación y una vida espiritual que no depende de las fuentes temporales e insuficientes del mundo.
El Señor también llama a quienes «no tienen dinero» para que vengan, compren y coman «sin dinero y sin precio». Las bendiciones esenciales del Evangelio no pueden adquirirse mediante riquezas, méritos personales ni posición social; ricos y pobres se acercan a Dios bajo la misma condición, pues todos dependen completamente de la gracia de Jesucristo. La palabra «comprad» expresa la necesidad de recibir y apropiarnos personalmente de Su ofrecimiento por medio de la fe, el arrepentimiento y los convenios. La salvación es gratuita para nosotros porque Cristo pagó su precio infinito. El agua simboliza vida y purificación; la leche, alimento y crecimiento; y el vino, abundancia y gozo. Juntas, estas imágenes describen la plenitud de las bendiciones que el Salvador ofrece gratuitamente a todo aquel que reconoce su sed y viene a Él.
Hugh Nibley:
Pregunta: ¿Qué quiere decir con estas palabras: «Sí, venid, comprad vino y leche sin dinero y sin precio»?
Respuesta: Esas son las dos bebidas nutritivas: el vino y la leche. Israel era una «tierra que fluye leche y miel». Esa es la promesa. Y cada hombre beberá vino de su propia vid, etcétera. Estas son las dos fuentes de fortaleza y los dos líquidos.
Pregunta: ¿También se refieren a la Expiación?
Respuesta: Sí, también se refieren a ella; es algo simbólico. (Teachings of the Book of Mormon—Semester 1: Transcripts of Lectures Presented to an Honors Book of Mormon Class at Brigham Young University, 1988–1990 [Provo: FARMS], pág. 308).
Bruce R. McConkie: Escuchadlo, todos los confines de la Tierra. Dios ha hablado; los cielos se han abierto; tenemos Su Evangelio; nuevamente se han conferido llaves y poderes a los hombres; y se invita a todas las personas a venir, sin dinero y sin precio, y a deleitarse en la buena palabra de Dios, porque la salvación es gratuita. («The Caravan Moves On», Ensign, noviembre de 1984, pág. 83).
Bruce R. McConkie: En la Iglesia verdadera no predicamos por salario ni adivinamos por dinero. Seguimos el modelo de Pablo y ofrecemos el evangelio de Cristo gratuitamente, para no abusar ni utilizar indebidamente el poder que el Señor nos ha concedido. Gratuitamente hemos recibido y gratuitamente damos, porque la salvación es gratuita. Todos los que tienen sed son invitados a venir y beber de las aguas de vida, y a comprar grano y vino sin dinero y sin precio.
Todo nuestro servicio en el reino de Dios se basa en Su ley eterna, que declara: «El obrero en Sion trabajará para Sion; porque si trabaja por dinero, perecerá» (2 Nefi 26:31). (Ensign, mayo de 1975, pág. 52).
Marion G. Romney: Jesús no asignó ningún precio monetario a Su invitación. Nefi lo cita diciendo: «Venid a mí, todos vosotros, extremos de la Tierra; comprad leche y miel sin dinero y sin precio» (2 Nefi 26:25).
Sin embargo, el hecho de que no le asignara un precio monetario no significa que no exista un costo. Llegar a ser discípulo de Cristo exige pagar un costo, y uno muy real; pero es el costo de actuar y obedecer, no un precio monetario. («A Disciple of Christ», Ensign, noviembre de 1978, pág. 38).
Joe J. Christensen: ¿Cuál es su bendición más preciada? […] Observen cuántas de las bendiciones que aparecen al principio de su lista son aquellas que ustedes desearían tener el valor de proteger, incluso si tuvieran que entregar su vida mortal. Después, observen cuánto deben descender en la lista antes de encontrar alguna bendición que puedan comprar con dinero.
Las bendiciones más preciadas no tienen precio; su valor es incalculable. (Ensign, marzo de 1999, pág. 59).
Jeffrey R. Holland: “Cuando se nos pide hacer cosas difíciles, incluso cosas que son contrarias a los vivos deseos del corazón, recuerden que la lealtad que prometemos a la causa de Cristo es que sea la devoción suprema de nuestra vida. Aunque Isaías nos asegura que se halla disponible ‘sin dinero y sin precio’ (Isaías 55:1) —y así es—, debemos estar preparados para que, en palabras de T. S. Eliot, nos cueste ‘nada menos que todas las cosas’”.
— Jeffrey R. Holland del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2021, “La mayor posesión”
Isaías 55:2 — El alimento que verdaderamente satisface
«¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?». Mediante estas preguntas, el Señor nos invita a examinar aquello en lo que invertimos nuestros recursos más valiosos: el tiempo, la energía, la atención, el dinero y los afectos del corazón. El mundo ofrece numerosos sustitutos del alimento espiritual, como el prestigio, el consumo, el placer, el poder y la aprobación de los demás. Estas cosas pueden proporcionar satisfacción momentánea, pero no poseen la capacidad de sostener el alma. Podemos estar ocupados, esforzarnos intensamente y alcanzar metas importantes, pero aun así permanecer espiritualmente desnutridos. Cristo no condena el trabajo, el progreso ni los logros temporales; nos enseña a colocarlos dentro de un propósito eterno y a no exigirles una plenitud que solamente Dios puede conceder.
Frente a esos alimentos insuficientes, el Señor declara: «Oídme atentamente y comed del bien». El verdadero alimento del alma se recibe al escuchar la palabra de Dios por medio de las Escrituras, la revelación personal y las enseñanzas de Jesucristo. Escuchar atentamente significa mucho más que percibir palabras: requiere creer, meditar, arrepentirse y obedecer. La verdad comienza a nutrirnos cuando deja de ser únicamente información y se convierte en parte de nuestras decisiones y nuestra manera de vivir. Cuando acudimos al Salvador y ordenamos nuestras prioridades conforme a Su voluntad, nuestra alma deja de depender de aquello que nunca sacia y comienza a deleitarse en el bien que produce paz, propósito y vida eterna.
Isaías 55:3 — Escuchar, venir y vivir mediante el convenio
«Inclinad vuestros oídos y venid a mí; escuchad, y vivirá vuestra alma». El versículo relaciona tres acciones esenciales del discipulado: inclinar el oído con humildad, acercarse voluntariamente al Señor y responder con obediencia a Su palabra. La vida espiritual no se recibe admirando las enseñanzas de Jesucristo desde lejos, sino viniendo personalmente a Él y permitiendo que Su voz transforme nuestras decisiones. Escuchar verdaderamente al Salvador significa confiar en Él, seguirlo y recibir la vida que procede de una relación de convenio.
El Señor promete: «Haré con vosotros un convenio sempiterno, las misericordias firmes a David». Dios no ofrece una ayuda momentánea, sino una relación eterna que proporciona identidad, comunión y promesas de salvación. Esta relación se establece y renueva mediante ordenanzas autorizadas y es posible gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo. Las misericordias prometidas a David —entre ellas, la continuidad de su trono— encuentran su cumplimiento definitivo en Cristo, descendiente de David y Rey eterno. Su resurrección demuestra que la muerte no pudo terminar Su reinado; Él vive para siempre y, por Su poder y la fidelidad inmutable de Dios, garantiza el cumplimiento de todas las promesas del convenio.
Bruce R. McConkie: A David se le prometió una resurrección, pues escribió: «No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que Tu Santo vea corrupción» (Salmos 16:10).
Esta misericordiosa promesa de redención, esta manifestación de la amorosa bondad del Señor (Salmos 89:48–49), es descrita por Isaías como «un convenio sempiterno: las misericordias firmes prometidas a David» (Isaías 55:3). (Doctrinal New Testament Commentary, 3 tomos [Salt Lake City: Bookcraft, 1965–1973], 2:126).
Bruce R. McConkie: Existen dos grandes verdades:
1. Que el Santo de Israel, el Santo de Dios, el Hijo de David, moriría y después resucitaría.
2. Que, debido a que Él quebrantó las ligaduras de la muerte y llegó a ser las primicias de los que durmieron, todas las personas también resucitarían, tanto los justos como los inicuos, incluso los santos que se convirtieron en pecadores, como sucedió con David, su rey.
Esas dos verdades llegaron a conocerse y fueron denominadas «las misericordias firmes prometidas a David». Esto significa que David, mediante su vida, muerte y resurrección, fue escogido como símbolo para demostrar ante el pueblo que su Santo resucitaría y que todas las personas también saldrían del sepulcro.
David conocía y comprendía esta doctrina, y escribió acerca de ella. Isaías también la conocía, lo cual significa que este principio era conocido y enseñado en el antiguo Israel. Tanto Pedro como Pablo lo utilizaron como fundamento de persuasivos sermones del Nuevo Testamento, en los cuales identificaron al Santo de Israel como aquel Jesús a quien predicaban.
Al hablar de su propia resurrección y de la de su Señor, David escribió: «También mi carne reposará segura», es decir: «Mi cuerpo saldrá del sepulcro».
«Porque no dejarás mi alma en el Seol», lo cual significa: «Mi espíritu no permanecerá para siempre en el mundo de los muertos, sino que volverá a unirse con mi cuerpo cuando yo resucite». De ese modo, la muerte y el infierno entregarán al fallecido David, que se encuentra en ellos.
Después, David pronunció esta gran declaración mesiánica: «Ni permitirás que Tu Santo vea corrupción» (Salmos 16:7–11). Es decir: «El Santo de Israel saldrá en Su resurrección antes de que se permita que Su cuerpo muerto se descomponga y se convierta en polvo». (The Promised Messiah: The First Coming of Christ [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1978], pág. 272).
Isaías 55:4 — Jesucristo, Testigo, Príncipe y Jefe de las naciones
«Lo di como testigo a los pueblos, como príncipe y como jefe a las naciones». El heredero prometido de David no gobernaría solamente a Israel, sino que extendería Su autoridad y Su obra salvadora a todos los pueblos. Jesucristo es el Testigo perfecto del Padre porque lo conoce plenamente, revela Su carácter y representa Su voluntad sin error. Sus palabras, Sus obras y Su sacrificio testifican que Dios ama a Sus hijos y desea conducirlos nuevamente a Su presencia.
Cristo también es presentado como Príncipe y Jefe de las naciones. Su autoridad no procede de elecciones humanas, conquistas militares ni instituciones terrenales, sino del llamamiento divino, de Su obediencia perfecta y de Su victoria sobre el pecado y la muerte. Aunque muchos todavía no reconozcan Su gobierno, toda autoridad temporal es limitada y pasajera, mientras que Su reino es eterno. Seguir a Jesucristo significa aceptar no solo Su testimonio, sino también Su legítimo derecho a dirigir nuestra vida como Salvador, Señor y Rey.
Isaías 55:5 — Las naciones correrán hacia la luz del convenio
«Naciones que no te conocieron correrán a ti». Isaías anuncia que el recogimiento de Israel alcanzará a pueblos que anteriormente no conocían al Dios de Israel ni participaban de Sus convenios. Serán atraídos no por el poder político o la grandeza humana del pueblo, sino por la verdad, la misericordia y la gloria del Santo de Israel. Jesucristo es la luz que reúne a las naciones; mediante Su Evangelio, personas de toda lengua, cultura y procedencia pueden entrar en el convenio y llegar a formar parte de la familia de Dios.
La expansión del Evangelio cumple la promesa hecha a Abraham de que todas las familias de la tierra serían bendecidas por medio de su descendencia. Por ello, pertenecer al pueblo del convenio no es una declaración de superioridad, sino un llamamiento a servir. Dios honra a Su pueblo confiándole la responsabilidad de compartir la luz, invitar a otros a venir a Cristo y preparar el camino para su recogimiento. Cuanto más comprendemos nuestros convenios, mayor debe ser nuestra humildad y más profundo nuestro deseo de ayudar a todas las personas a recibir las bendiciones del Salvador.
Isaías 55:6 — Buscar y llamar al Señor mientras está cerca
«Buscad a Jehová mientras puede ser hallado; llamadle en tanto que está cercano». Dios desea ser encontrado y se acerca a nosotros mediante Su palabra, Su Espíritu, las invitaciones proféticas y las oportunidades de arrepentimiento. Sin embargo, Su paciencia no debe interpretarse como permiso para posponer indefinidamente nuestra respuesta. La urgencia de esta invitación no indica que la misericordia divina sea limitada, sino que nuestra vida mortal es breve y que el corazón puede endurecerse cuando rechazamos repetidamente la voz del Señor. Por eso, el mejor momento para buscar a Jesucristo, abandonar el pecado y regresar a Él es hoy.
El Señor puede sentirse especialmente cercano durante una impresión espiritual, una experiencia difícil, una invitación a cambiar o un momento de profunda humildad. Esas oportunidades deben recibirse con gratitud y transformarse en acción. Dios no deja de existir ni pierde Su poder cuando no respondemos, pero nosotros podemos volvernos menos sensibles a Su presencia y a Su voz. La obediencia inmediata protege nuestra receptividad espiritual, fortalece nuestra relación con Cristo y permite que Su gracia comience a obrar en nosotros antes de que la postergación se convierta en indiferencia.
Isaías 55:7 — Abandonar el pecado y regresar al Dios que perdona
«Deje el malvado su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos». El arrepentimiento verdadero requiere más que sentir pesar por las consecuencias del pecado; implica abandonar el sendero equivocado y comenzar a caminar en dirección a Dios. La gracia de Jesucristo no convierte el pecado en algo espiritualmente seguro ni nos permite permanecer voluntariamente en él sin transformación. Cristo nos perdona para liberarnos del pecado y darnos poder para vivir de una manera nueva.
El Señor no desea modificar solamente nuestras conductas visibles; también quiere purificar los pensamientos, deseos, resentimientos, fantasías, motivaciones e intenciones que originan esas conductas. El arrepentimiento profundo permite que Jesucristo transforme tanto nuestras acciones como el corazón del cual proceden. Por eso, el mandato «vuélvase a Jehová» enseña que arrepentirse es regresar a una Persona. No consiste únicamente en alejarse del mal, sino en acercarse al Salvador, recuperar la relación de convenio y volver el corazón completamente hacia Él. Una conducta puede abandonarse temporalmente por miedo o presión, pero la conversión duradera nace del amor a Dios.
A quien regresa, el Señor promete que «tendrá de él misericordia» y que será «amplio en perdonar». Dios no recibe al arrepentido con resentimiento ni lo humilla recordándole interminablemente su fracaso; lo recibe con compasión porque desea restaurarlo. Esta misericordia no elimina ni minimiza la justicia: es posible porque Jesucristo tomó sobre Sí el costo del pecado y satisfizo sus demandas. El perdón divino no es escaso ni está reservado únicamente para faltas pequeñas. El poder expiatorio de Cristo supera todo pecado cuando existe arrepentimiento sincero. Sin embargo, «amplio en perdonar» no significa que el perdón sea automático; el Señor lo ofrece abundantemente, pero nosotros debemos abandonar el pecado y volvernos voluntariamente hacia Él.
Dallin H. Oaks: “El profeta Isaías aseguró, incluso a los inicuos, que cuando se ‘vu[elvan] a Jehová… tendrá de [ellos] misericordia… [y] será amplio en perdonar’ (Isaías 55:7). … nuestro amoroso Salvador abre los brazos para recibir a todo hombre y mujer bajo las amorosas condiciones que Él ha prescrito a fin de disfrutar de las mayores bendiciones que Dios tiene para Sus hijos”.
— Presidente Dallin H. Oaks de la Primera Presidencia, conferencia general de abril de 2019, “Limpios mediante el arrepentimiento”
Isaías 55:8–9 — Los pensamientos y los caminos de Dios son más altos
«Mis pensamientos no son vuestros pensamientos». El conocimiento humano es limitado por el tiempo, la experiencia y la información disponible, mientras que Dios contempla simultáneamente el principio, el presente y las consecuencias eternas de cada decisión. Esta declaración invita a la humildad, pero no exige abandonar el razonamiento ni dejar de hacer preguntas. El Señor nos ha dado una mente para aprender, analizar y buscar entendimiento; sin embargo, la fe reconoce que nuestra perspectiva nunca será tan completa como la Suya. Cuando no comprendemos una respuesta, una demora o una experiencia difícil, podemos admitir los límites de nuestro conocimiento sin concluir que Dios ha dejado de actuar.
«Mis caminos [son] más altos que vuestros caminos». Los métodos de Dios frecuentemente contradicen las expectativas humanas: salva por medio de un Mesías sufriente, engrandece al humilde, ofrece gratuitamente lo que nadie podría comprar y convierte el arrepentimiento en libertad. Que Sus caminos sean más altos no significa que sean arbitrarios, crueles o irracionales; significa que proceden de una sabiduría perfecta, inseparable de Su amor y Su justicia. Cuando no logramos comprender lo que el Señor está haciendo, todavía podemos confiar en quién es Él. Su visión es mayor que la nuestra, pero también lo son Su misericordia, Su fidelidad y Su capacidad para conducir todas las cosas hacia propósitos eternos.
Stephen K. Iba: «Siempre que se establece un convenio o un mandamiento entre Dios y Sus hijos, debe comprenderse dentro del contexto de leyes y principios mayores y eternos. El profeta José Smith declaró: “Dios nos contempla como si estuviéramos en la eternidad. Dios mora en la eternidad y no ve las cosas como nosotros las vemos”» (Enseñanzas del Profeta José Smith, compilación de Joseph Fielding Smith [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1938], pág. 356).
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová.
»Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55:8–9). (Stephen K. Iba, «I Have a Question», Ensign, junio de 1986, pág. 27).
Delbert L. Stapley: El evangelio de Jesucristo es el único fundamento seguro para una vida recta. Ningún otro plan, código moral o credo puede igualar ni reemplazar sus enseñanzas. El Evangelio es un conjunto sabio y orientador de leyes, principios y ordenanzas mediante los cuales deben vivir todas las personas.
La debilidad y la insensatez de muchas personas en la actualidad hacen que se interesen más en las enseñanzas de los hombres que en las enseñanzas de Dios, tal como se encuentran en las Escrituras antiguas y modernas. Lamentablemente, los pensamientos de los hombres mortales se concentran, en su mayor parte, en esta vida temporal y no en la vida eterna.
Las filosofías humanas no pueden reemplazar ni superar la filosofía del Evangelio revelada por Dios. Tampoco puede la ciencia humana sustituir las verdades que Dios ha revelado por medio de Sus profetas.
Los caminos de Dios no son los caminos del hombre, sino que son infinitamente superiores. («The Path to Eternal Glory», Ensign, julio de 1973, pág. 100).
Theodore M. Burton: Se ha dicho que lo que más necesitamos en la actualidad no es la voz del hombre, sino la voz de Dios. ¿Qué generación de hombres y mujeres ha necesitado más que nosotros la voz de un profeta de Dios que la guíe?
En una época de la historia en la que nos rodea un clamor de voces que dicen: «He aquí está la verdad» o «No, aquí está la verdad», ¿dónde podemos encontrar una voz autorizada que declare: «Así dice el Señor»? ¿Dónde hay un Moisés, un Isaías, un Pedro o un Pablo que pueda hablar basándose en un conocimiento personal de Dios?
Contemplo, al igual que ustedes, desacuerdos ideológicos a lo largo y a lo ancho de la Tierra. Leemos en periódicos, revistas y libros diversas propuestas de hombres que procuran resolver los problemas morales y éticos mediante la aprobación de leyes.
Vemos a hombres y mujeres acudir a teorías políticas o a la ciencia intentando resolver los problemas espirituales y morales de la civilización actual. Procuramos solucionar nuestros problemas mediante la filosofía y el conocimiento humanos, y mediante la sabiduría del hombre.
Vuelvo a escuchar las palabras de Isaías cuando expresó la mente y la voluntad de Dios [cita Isaías 55:7–11].
El camino de Dios es la manera de solucionar nuestros problemas políticos, morales, éticos e incluso económicos. El camino del Señor puede eliminar las guerras, los disturbios, la discriminación, el sufrimiento y el hambre.
Lo que el mundo necesita, por tanto, es la orientación de un profeta verdadero que, conociendo la mente y la voluntad de Dios, pueda hablar en Su nombre con poder y autoridad, y declarar: «¡Así dice el Señor!». (Ensign, diciembre de 1971, págs. 78–79).
Ezra Taft Benson: Llegarán momentos en los que tendrán que escoger entre las revelaciones de Dios y el razonamiento de los hombres; entre el profeta y el político o el profesor.
El profeta José Smith declaró: «Todo cuanto Dios requiere es correcto, no importa lo que sea, aunque no comprendamos la razón de ello sino hasta mucho tiempo después que hayan ocurrido los acontecimientos» (Scrapbook of Mormon Literature, tomo 2, pág. 173).
¿Le parecería razonable a un oftalmólogo recibir la instrucción de sanar a un ciego escupiendo en la tierra, preparando barro, aplicándolo sobre los ojos del hombre y luego mandándole lavarse en un estanque contaminado? Sin embargo, ese fue precisamente el procedimiento que Jesús siguió con un hombre, y este fue sanado (véase Juan 9:6–7).
¿Parece razonable sanar la lepra diciéndole a una persona que se lave siete veces en un río determinado? Sin embargo, eso fue precisamente lo que el profeta Eliseo mandó hacer a un leproso, y este fue sanado (véase 2 Reyes 5).
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55:8–9). (The Teachings of Ezra Taft Benson [Salt Lake City: Bookcraft, 1988], pág. 134).
David A. Bednar: “A veces, es posible que le pidamos a Dios tener éxito y Él nos dé fortaleza física y mental. Quizás supliquemos por prosperidad y recibamos una perspectiva más amplia y más paciencia; o pidamos ser mejores y se nos bendiga con el don de la gracia. Él puede concedernos convicción y confianza al esforzarnos por alcanzar metas dignas; y cuando suplicamos alivio por las dificultades físicas, mentales y espirituales, quizás Él aumente nuestra resolución y capacidad de recuperación. …
“También recordaremos la declaración del Señor:
“‘Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová.
“‘Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos’ (Isaías 55:8–9)”.
— Élder David A. Bednar del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2013, “Las ventanas de los cielos”
Isaías 55:10 — La palabra que alimenta y produce una cosecha
«Riega la tierra y la hace germinar y producir».
La lluvia no desciende inútilmente: penetra la tierra, despierta la semilla y comienza un proceso que finalmente produce vida y alimento. Aunque los resultados no siempre sean inmediatos o visibles, la obra ya ha comenzado bajo la superficie. De manera semejante actúa la revelación. Una palabra de las Escrituras, una enseñanza profética o una impresión del Espíritu puede permanecer silenciosamente en el corazón durante mucho tiempo antes de manifestar sus frutos. No debemos concluir que la palabra ha sido ineficaz solo porque todavía no observamos un cambio; Dios puede estar preparando dentro de nosotros una cosecha que aparecerá en el momento apropiado.
La lluvia proporciona «semilla al que siembra y pan al que come», mostrando que Dios ofrece tanto alimento para el presente como recursos para una cosecha futura. Su palabra sostiene, consuela y fortalece personalmente al discípulo, pero también le entrega verdades que debe compartir con otros. No toda la luz recibida debe utilizarse únicamente en beneficio propio: parte de ella se transforma en semilla cuando enseñamos, testificamos y servimos. Así, la palabra de Dios primero produce vida en nosotros y después, por medio de nuestra fidelidad, puede llevar esperanza y alimento espiritual a muchas otras personas.
Isaías 55:11 — La palabra de Dios cumple siempre Su propósito
«No volverá a mí vacía».
Todo lo que Dios declara cumple el propósito para el cual fue enviado. Su palabra revela la verdad, advierte acerca del pecado, consuela al afligido, invita al arrepentimiento y coloca a cada oyente ante una decisión responsable. Esto no significa que todas las personas aceptarán el mensaje, porque Dios respeta el albedrío. Incluso cuando alguien rechaza Su palabra, esta no ha fracasado: ha testificado de la verdad, ha extendido una invitación y ha hecho responsable al oyente de la manera en que decida responder.
La palabra del Señor «hará lo que yo quiero y será prosperada». Sus promesas no dependen de la popularidad, las circunstancias políticas ni la aprobación humana. El Evangelio continuará avanzando, el recogimiento seguirá adelante y el plan de redención alcanzará su cumplimiento en Jesucristo. Esta certeza nos permite proclamar la verdad con confianza y humildad, sin pretender controlar la respuesta de los demás ni medir el éxito únicamente por resultados inmediatos. Nuestra responsabilidad es sembrar fielmente; el poder para hacer germinar, transformar y producir la cosecha pertenece a Dios.
Wilford Woodruff: ¿Ha defraudado Dios alguna vez a una persona después de hacerle una promesa? ¿Ha defraudado alguna vez a un profeta o legislador durante cualquier época del mundo? No, nunca.
Él ha declarado que los cielos y la Tierra pasarán, pero Su palabra nunca pasará, sino que toda ella se cumplirá. Lo mismo sucede en nuestros días. Todas las palabras que el Señor ha pronunciado por medio de Sus siervos se cumplirán al pie de la letra, ya sea que se refieran a la salvación de los justos o a la condenación de los inicuos.
Cristo tenía presente este principio cuando declaró: «El cielo y la Tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35).
También está escrito: «Yo apresuraré mi palabra para cumplirla». Cuando el Señor habló por medio de Isaías acerca de este asunto, declaró: «Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para lo cual la envié».
Los élderes salen a predicar el Evangelio a las naciones de la Tierra sabiendo que el Señor respaldará sus palabras mediante el poder y la manifestación del Espíritu Santo. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], 10:12–13).
Isaías 55:12 — Liberados con alegría y conducidos en paz
«Con alegría saldréis y en paz seréis conducidos».
Esta imagen recuerda la liberación de Israel del cautiverio babilónico, pero también representa toda liberación que Dios realiza mediante Jesucristo. El pueblo no escapará dominado por el temor ni avanzará sin rumbo; será conducido por el Señor con alegría y paz. Cristo no se limita a invitarnos a abandonar el pecado, la culpa o el cautiverio espiritual; también camina con nosotros hacia una vida nueva. La libertad que ofrece el Evangelio no consiste solamente en dejar atrás aquello que nos esclavizaba, sino en recuperar el gozo de vivir en comunión con Dios y avanzar bajo Su dirección.
«Los montes y los collados prorrumpirán en cánticos». Isaías personifica a la creación entera participando del gozo de la redención. La restauración del pueblo de Dios se encuentra unida a la futura renovación de la tierra y al cumplimiento de Sus propósitos eternos. Cuando Jesucristo reine, Su paz y Su orden no bendecirán solamente a individuos aislados, sino que alcanzarán a las naciones y a toda la creación. Los cánticos de los montes expresan la magnitud de esa victoria: lo que el pecado desordenó será restaurado, y todo lo creado dará testimonio del poder redentor de su verdadero Rey.
Cuando los hijos del Señor no se regocijan suficientemente en Su gloria, algunas veces los elementos de esta Tierra deben realizar esa labor por ellos.
Durante la entrada triunfal del Maestro en Jerusalén, los fariseos se quejaron de la atención que Jesús recibía. Él respondió: «Os digo que, si estos callaran, las piedras clamarían» (Lucas 19:40).
Quizá, si las piedras realmente hubieran comenzado a alabar a Jesús, los montes y los árboles también se habrían unido a la celebración.
Chieko N. Okazaki: ¿Han escuchado alguna vez a los montes prorrumpir en cánticos o a los árboles aplaudir? Para mí, este pasaje declara que el Señor tiene milagros preparados para nosotros: milagros que sencillamente no podemos imaginar y maravillas que nunca podremos comprender si intentamos considerar los pensamientos de Dios como simples variaciones de nuestros propios pensamientos. (Aloha! [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1995], pág. 178).
Ronald A. Rasband: “Isaías describió de manera poética lo que significa servir en el “campo” misional. En las Escrituras leemos que ‘el campo es el mundo’ (Mateo 13:38-39). Este gran profeta de la antigüedad escribió: ‘Porque con alegría saldréis y en paz seréis conducidos; los montes y los collados prorrumpirán en cánticos delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso’ (Isaías 55:12). Los montes, collados, campos y árboles se pueden comparar con los presidentes de misión, obispos, líderes de distrito y miembros, y aquellos que buscan la verdad … testificarán que los misioneros mayores cambian el paisaje mismo con su testimonio de nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo”.
— Élder Ronald A. Rasband del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2023, “Cuán grande será su gozo”
Isaías 55:13 — La transformación que glorifica al Señor
«En lugar de la zarza crecerá el ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá el mirto».
La zarza y la ortiga representan esterilidad, dolor y las consecuencias de una tierra descuidada, mientras que el ciprés y el mirto simbolizan belleza, permanencia y vida renovada. La gracia de Jesucristo no se limita a eliminar aquello que nos hiere o contamina; coloca algo santo y fructífero en su lugar. El Salvador cambia el pecado por santidad, el cautiverio por libertad, el resentimiento por reconciliación y la desolación por una vida capaz de producir buenos frutos.
Esta transformación «será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será borrada». La vida renovada del discípulo glorifica al Señor porque demuestra que la restauración no se produjo únicamente mediante esfuerzo o capacidad humana. Cuando Jesucristo cambia el corazón, quienes observan los nuevos frutos pueden reconocer Su poder redentor. De este modo, una vida rescatada se convierte en una señal permanente de la misericordia de Dios: su manera de amar, servir y perseverar proclama el nombre de Cristo incluso antes de pronunciar una sola palabra.
Craig J. Ostler: «Creemos […] que la Tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca» (Artículos de Fe 1:10).
«La nueva Tierra del Milenio será un paraíso físico de vegetación exuberante y gran belleza. Isaías continuó explicando el proceso mediante el cual el desierto será transformado en un lugar tan verde y fructífero como el Carmelo, Sarón o el Líbano: “Porque aguas serán cavadas en el desierto y torrentes en la soledad. El lugar reseco se convertirá en estanque y el sequedal en manantiales de agua” (Isaías 35:6–7).
»Además de las transformaciones que se producirán en los desiertos, también habrá cambios en las regiones que hoy son fértiles. Isaías escribió que en los terrenos fértiles de la Tierra, “en lugar del espino crecerá el ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá el arrayán” (Isaías 55:13).
»De ese modo, en lugar de plantas dañinas o malezas provistas de espinos y cardos que causan dolor, habrá árboles y arbustos frondosos, hermosos y agradables. Esta descripción ilustra la anulación de la maldición que cayó sobre la Tierra después de la caída de Adán.
»A Adán se le declaró que, a diferencia de las condiciones que había disfrutado en el Jardín de Edén, la tierra sería maldecida y produciría espinos y cardos (Génesis 3:18). La Tierra milenaria será restaurada a las condiciones que existían antes de la Caída.
»Por tanto, tanto el desierto como los campos fértiles experimentarán transformaciones en la nueva Tierra que existirá durante el Milenio». (Craig J. Ostler, Sperry Symposium: Voices of Old Testament Prophets—The 26th Annual Sidney B. Sperry Symposium [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1997], pág. 73).


























