Isaías

Isaías 25


Es uno de los capítulos más esperanzadores del libro. Después de describir en capítulos anteriores la caída de ciudades, imperios y sistemas orgullosos, Isaías presenta lo que Dios establecerá en su lugar: Sion, un banquete para todos los pueblos, el fin de la oscuridad y la victoria definitiva sobre la muerte.
Las imágenes progresan desde la necesidad hasta la plenitud. El pobre encuentra fortaleza, quien enfrenta la tormenta recibe refugio, el hambriento participa del banquete, el que estaba cubierto por el velo recibe luz y quien llora ve sus lágrimas enjugadas. Todas estas bendiciones se cumplen plenamente en Jesucristo.
El corazón del capítulo se encuentra en dos declaraciones: «Destruirá a la muerte para siempre» y «He aquí, este es nuestro Dios». Gracias a la resurrección del Salvador, la muerte no será el final de ninguna historia humana. Quienes esperen fielmente en Cristo lo reconocerán cuando venga y se alegrarán en Su salvación. La invitación es acudir ahora a Su banquete, recibir Su Evangelio y permanecer fieles hasta el día en que la esperanza se convierta en visión y toda lágrima sea enjugada.


Isaías 25:1 — Una declaración personal de fe
«Jehová, tú eres mi Dios; te exaltaré; alabaré tu nombre».

Después de contemplar el futuro reinado de Jehová, Isaías responde con una declaración personal: «Tú eres mi Dios». No se limita a hablar del Dios de sus padres o de la nación, sino que expresa una relación propia de confianza, adoración y lealtad. La doctrina recibida mediante la revelación se ha convertido en un testimonio que compromete su corazón y su vida.
El testimonio verdadero va más allá de reconocer intelectualmente que Dios existe. Significa recibirlo como nuestro Dios, confiar en Su carácter y someter voluntariamente nuestras decisiones a Su palabra. La adoración sincera surge cuando reconocemos personalmente la bondad del Padre y el poder redentor de Jesucristo, y podemos decir que Su gracia ha actuado en nuestra propia historia.


Isaías 25:1 — Los consejos antiguos son verdad y fidelidad
«Has hecho maravillas, tus consejos antiguos son verdad y fidelidad».

Los «consejos antiguos» pueden referirse a los propósitos eternos establecidos por Dios antes de la fundación del mundo y revelados progresivamente mediante Sus profetas. Lo que para nosotros parece incierto o se desarrolla lentamente ya es conocido por Él. Las maravillas que Isaías contempla son el cumplimiento de un plan concebido con sabiduría perfecta.
Dios no improvisó la salvación después de la Caída. La misión expiatoria de Jesucristo, la resurrección, el recogimiento de Israel y el establecimiento final de Sion forman parte de Su plan eterno. Sus consejos son «verdad» porque nunca están basados en error, y son «fidelidad» porque Él posee el poder y la constancia necesarios para cumplir cada promesa.


Isaías 25:2–3 — La caída de la ciudad del mundo
«Convertiste la ciudad en un montón de escombros».

La ciudad fortificada representa los sistemas humanos edificados sobre el orgullo, la violencia y la oposición a Dios. Se relaciona con la «ciudad del desorden» del capítulo anterior y, simbólicamente, con Babilonia espiritual. Sus murallas parecían garantizar seguridad, pero no podían sostener una sociedad cuyo fundamento moral estaba corrompido.
Cuando el Señor derriba aquello que parecía invencible, incluso los pueblos fuertes reconocen Su autoridad. La caída de Babilonia no es solamente el fin de un sistema malo; prepara el camino para el establecimiento de Sion. Todo poder fundado en la opresión es temporal, mientras que el reino de Jesucristo permanecerá porque se apoya en la justicia, la misericordia y la verdad.


Isaías 25:4 — Dios es fortaleza para el pobre
«Fuiste fortaleza para el pobre, fortaleza para el menesteroso en su aflicción».

Mientras las ciudades poderosas dependen de murallas, ejércitos y riquezas, los pobres encuentran en Jehová una fortaleza que no puede ser comprada ni destruida. Dios conoce a quienes carecen de influencia y protección humana; escucha su clamor y se presenta como defensor frente a aquellos que utilizan el poder para oprimir.
Este versículo revela el carácter del reino de Dios y establece un modelo para Sus discípulos. Seguir a Jesucristo significa ayudar a que el pobre, el afligido y el desamparado encuentren protección y esperanza. La grandeza cristiana no se mide por la capacidad de dominar, sino por la disposición para levantar, sostener y servir a quienes no pueden devolvernos el favor.


Isaías 25:4–5 — Amparo contra la tempestad y sombra contra el calor
«Amparo contra la tempestad, sombra contra el calor».

En una tierra árida, la sombra podía significar protección frente a un calor mortal; durante una tormenta, el refugio preservaba la vida. Isaías utiliza esas experiencias para representar la persecución, la violencia y las pruebas que amenazan al pueblo. Los opresores pueden parecer tan intensos como una tempestad, pero su poder no permanecerá indefinidamente ante Dios.
Jesucristo es nuestro refugio espiritual. No siempre evita que comience la tormenta ni retira inmediatamente la aflicción, pero mediante Su expiación ofrece paz, fortaleza y esperanza para atravesarla. Permanecer en Él mediante la oración, el Espíritu Santo y los convenios permite que las pruebas nos golpeen sin determinar nuestro destino eterno.


Isaías 25:6 — El banquete preparado por Jehová
«Jehová de los ejércitos preparará […] a todos los pueblos un banquete de manjares suculentos».

El banquete representa abundancia, comunión, celebración y satisfacción. Después del hambre y la devastación descritas anteriormente, Jehová prepara en Su monte una mesa abundante. Proféticamente, esta imagen representa las bendiciones del Evangelio y la celebración de la salvación bajo el gobierno de Jesucristo.
La mesa del Señor no está reservada para una sola nación, cultura o clase social: el banquete es preparado para «todos los pueblos». Mediante la obra misional y el recogimiento de Israel, Dios invita a toda la humanidad a recibir verdad, ordenanzas, convenios, revelación y perdón. El templo y Sion anticipan esa comunión universal en la presencia del Señor.


Isaías 25:6 — El Evangelio satisface el hambre espiritual
«Banquete de vinos añejos, de gruesos tuétanos, de vinos refinados».

Isaías emplea las imágenes de los alimentos más valiosos y cuidadosamente preparados de su época para comunicar la excelencia de las bendiciones divinas. El Evangelio no es presentado como una provisión escasa o de poca calidad, sino como un banquete generoso que Dios ha preparado con amor para satisfacer plenamente a Sus hijos.
El mundo ofrece placeres que pueden aliviar momentáneamente el vacío, pero que pronto despiertan nuevamente el hambre. Jesucristo es el Pan de Vida y la fuente de Agua Viva. Quienes acuden a Él con fe encuentran perdón, identidad, propósito y esperanza eterna: alimento espiritual que no solo distrae del hambre, sino que transforma y sostiene el alma.


Durante la Última Cena, el Salvador prometió a Sus discípulos: «No beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre» (Mateo 26:29). El Maestro se refería al gran banquete del Milenio, cuando el Señor preparará un banquete grande y solemne. Será grandioso para los santos que se sentarán a Su mesa y se alimentarán, tanto temporal como espiritualmente, de «manjares suculentos» y de «vinos refinados».

«Según las Escrituras antiguas y modernas, Jesucristo, el Esposo (Mateo 25:1–13), celebrará una “cena de bodas” en Su segunda venida, cuando simbólicamente reciba a Su esposa: los miembros fieles de Su Iglesia (Apocalipsis 19:5–9; Doctrina y Convenios 109:73–74).

»En la parábola de Jesús sobre las bodas del hijo del rey (Mateo 22:1–14), “el rey” representa a Dios y “su hijo” es Jesús. Los primeros invitados a las bodas representan a la casa de Israel. Los invitados que posteriormente fueron llamados desde “los caminos” representan a los gentiles, a quienes se llevó el Evangelio después de que la mayoría de los judíos lo rechazara en el meridiano de los tiempos (Jesús el Cristo, págs. 536–540).

»Los Santos de los Últimos Días creen que, al enseñar y ejemplificar el evangelio de Jesucristo por todo el mundo, extienden a toda la humanidad la invitación a participar en el banquete de bodas: “Para este fin os he enviado… para que la tierra sepa que… todas las naciones serán convidadas. Primeramente, los ricos y los instruidos, los sabios y los nobles;… y entonces los pobres, los cojos, los ciegos y los sordos entrarán en las bodas del Cordero y participarán de la cena del Señor” (Doctrina y Convenios 58:6–11).

»Después de participar de la Santa Cena con Sus apóstoles, Jesús dijo: “No beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26:29). En los últimos días, el Señor declaró: “La hora viene en que beberé del fruto de la vid con vosotros” (Doctrina y Convenios 27:5–12). “Llegará el día en que… quienes hayan conservado la fe serán… admitidos al banquete de bodas;… participarán del fruto de la vid”, o de los emblemas sacramentales del sacrificio expiatorio de Cristo, y reinarán con Él sobre la tierra (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 66)». (John M. Madsen, Encyclopedia of Mormonism, tomos I–IV, editada por Daniel H. Ludlow, pág. 860).

LeGrand Richards: Recuerdo que hace cincuenta años, mientras me encontraba con los misioneros y con el presidente Grant, quien entonces era presidente de la Misión Europea, asistí a una conferencia en Holanda que duró todo el día. Durante aquella jornada se derramaron muchas lágrimas. Al concluir la conferencia, el presidente Grant dijo: «Hoy hemos participado de los manjares suculentos (Isaías 25:6) del Espíritu del Señor. Ahora, hermanos, salgan y compártanlos. Cuanto más compartan, más les quedará». Ese debería ser el sentimiento que exista en el corazón de cada miembro que haya tenido el privilegio de asistir a esta conferencia. Debemos llevar su espíritu a nuestros lugares de trabajo, a nuestros negocios, a nuestras granjas y a todas nuestras actividades en la Iglesia. Sea cual sea la responsabilidad que recibamos, debemos llevar con nosotros este maravilloso espíritu al mundo. (Conference Report, abril de 1955, págs. 119–124).


«Cuando Isaías describe el recogimiento de los fieles en Sion, indica que participarán de “vinos refinados” (Isaías 25:6). En el proceso de elaboración del vino, las “heces” son los sedimentos de levadura y pulpa que se depositan en el fondo del recipiente durante la elaboración, después de que las uvas han sido pisadas. Algunos tipos de vino permanecen sobre esos sedimentos durante cierto tiempo para mejorar su sabor y calidad; otros se estropean si se dejan sobre ellos. Por tanto, las heces pueden entenderse como una representación o símbolo de las cosas que pueden hacernos mejores o peores, dependiendo de aquello de lo que estemos hechos. Las pruebas y las dificultades pueden ser como esos sedimentos. Pueden ayudarnos a crecer e incluso santificarnos (Doctrina y Convenios 101:3–5), o pueden dejarnos amargados y enojados, dependiendo de nuestro carácter y nuestra fe». (Terry Ball y Nathan Winn, Making Sense of Isaiah [Salt Lake City: Deseret Book, 2009], pág. 73).


Isaías 25:7 — El velo que cubre a las naciones será destruido
«Destruirá […] el velo que está extendido sobre todas las naciones».

El velo representa la ignorancia espiritual, la incredulidad y el pecado que impiden reconocer plenamente a Dios y comprender Sus caminos. También puede asociarse con las limitaciones de la mortalidad, pues ahora percibimos las realidades eternas de manera incompleta. El adversario procura aumentar esa oscuridad mediante el engaño, pero no podrá mantenerla para siempre.
Por medio de Jesucristo, el velo comienza a retirarse cuando recibimos revelación, aceptamos Su Evangelio y permitimos que el Espíritu Santo ilumine nuestro entendimiento. En la Segunda Venida, la identidad y autoridad del Salvador serán manifestadas ante las naciones. Muchas verdades actualmente rechazadas u ocultas quedarán expuestas, y la tierra será llena del conocimiento de Jehová.


Isaías 25:8 — Cristo destruirá la muerte para siempre
«Destruirá a la muerte para siempre».

Este es el punto doctrinal culminante del capítulo. La muerte, enemigo universal de la familia humana, no podía ser vencida mediante la ciencia, la riqueza ni el poder político. Jesucristo entró voluntariamente en ella y la derrotó mediante Su resurrección. Como consecuencia de Su victoria, todos los seres humanos resucitarán y recibirán un cuerpo inmortal.
La promesa también comprende la victoria sobre la muerte espiritual, que consiste en estar separados de Dios por causa del pecado. Mediante la expiación de Cristo, quienes ejercen fe, se arrepienten y guardan los convenios pueden ser reconciliados con el Padre. El Salvador no solo prolonga la existencia: hace posible la vida eterna, una vida santa y gloriosa en la presencia de Dios.


Isaías 25:8 — El Señor enjugará toda lágrima
«Enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros».

Jehová no aparece únicamente como el vencedor cósmico de la muerte, sino como el Dios que se acerca personalmente a quienes lloran. Enjugar una lágrima es un gesto de ternura y proximidad. La imagen enseña que el Salvador conoce cada pérdida, cada injusticia y cada dolor que quizá haya permanecido oculto para los demás.
En la Resurrección y la plenitud de la redención serán reparadas pérdidas que ahora parecen irreversibles. Las enfermedades, separaciones, limitaciones y aflicciones de la mortalidad no tendrán la última palabra. Cristo no desperdicia ningún sufrimiento entregado a Él con fe: puede santificarlo ahora y finalmente sanarlo de manera completa.

Neal A. Maxwell: No necesitamos encontrarnos en la cima de montañas elevadas ni en arboledas sagradas para que Dios esté allí. Dios también está presente incluso en las manifestaciones más delicadas de Su presencia.

La conciencia permite que el Señor esté allí, ya sea mediante advertencias tempranas o advertencias finales. Él nos concede un destello de comprensión o un estremecimiento del recuerdo, apartándonos de un precipicio o impulsándonos a hacer el bien. La conciencia puede advertirnos que, al insistir en vengarnos, únicamente nos estamos quedando más atrás. La conciencia nos advierte que no debemos aferrarnos demasiado profundamente al terreno de la vida mortal, el cual es peligrosamente artificial.

De innumerables maneras, la Divinidad siempre estará allí, tal como testificó Enoc, incluso en medio de nuestro sufrimiento.

Algunos de nosotros, gravemente enfermos, conocemos la soledad nocturna de una habitación de hospital cuando nuestros seres queridos se han marchado o están «durmiendo a causa de la tristeza» (Lucas 22:45), incapaces de velar «una hora» más (Mateo 26:40). La noche intensifica el silencio de los pasillos del hospital mientras esas personas rozan el velo de la muerte. Aun así, hayan sido o no «señaladas para morir» (Doctrina y Convenios 42:48), esas personas fieles están en Sus manos. Pueden saber, y en verdad saben, que Dios está allí: «¡Sin embargo, Tú estás allí!» (Moisés 7:30).

Las viudas y los viudos cuya privación se prolonga durante años, cuando la caricia de los recuerdos desvanecidos ya no es suficiente, en ocasiones sollozan intentando encontrar un propósito en todo ello. Sin embargo, más adelante conocerán momentos en que el Señor «enjugará las lágrimas de todos los rostros» (Isaías 25:8). Mientras tanto, pueden testificar sinceramente: «¡Sin embargo, Tú estás allí!».

Las esposas y los esposos cuyas vidas quedan destrozadas por la traición de un cónyuge que los abandona pueden sentirse desamparados o inundados por la injusticia. Sin embargo, ellos también pueden saber: «Tú estás allí», al responder a la invitación de Jesús: «Venid a mí todos los que… estáis cargados» (Mateo 11:28).

Los padres que procuran llegar hasta un hijo adolescente rebelde y rescatarlo, experimentando decepción tras decepción y preguntándose cuándo terminará todo, pueden tener la seguridad de que: «¡Sin embargo, Tú estás allí!».

A quienes sufren de esa manera y, a pesar de ello, perseveran y testifican mediante la elocuencia de su ejemplo, ¡los honramos en Cristo! Por favor, perdonen a quienes intentamos consolarlos con torpeza. Sabemos de dónde procede su verdadero consuelo. Allí está el «seno» de Dios para que puedan apoyarse en él. («Yet Thou Art There», Ensign, noviembre de 1987, pág. 32).


Isaías 25:8 — La afrenta de Su pueblo será quitada
«Quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra».

Israel había sufrido dispersión, cautiverio, humillación y desprecio. Sus enemigos podían interpretar esas circunstancias como prueba de que las promesas de Dios habían fracasado. Sin embargo, Jehová asegura que restaurará a Su pueblo y demostrará públicamente que nunca olvidó el convenio establecido con él.
Esta promesa también fortalece a quienes son ridiculizados o rechazados por seguir a Jesucristo. La aprobación del mundo cambia rápidamente y no constituye la medida final de la fidelidad. En Su tiempo, el Señor corregirá las injusticias, revelará la verdad y honrará a quienes hayan permanecido leales sin recurrir al resentimiento ni a la venganza.


Isaías 25:9 — Reconocer al Dios esperado
«He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará».

Quienes confiaron en el Señor finalmente lo contemplarán y reconocerán con gozo. La repetición de la idea de haberlo esperado muestra que la liberación no siempre llegó inmediatamente. Hubo periodos de silencio, oposición e incertidumbre, pero la aparente demora nunca significó que Dios hubiera olvidado Sus promesas.
Esperar en Jehová no es permanecer pasivos. Significa continuar orando, sirviendo, arrepintiéndonos y guardando los convenios cuando todavía no vemos el resultado esperado. Esa perseverancia transforma el corazón y prepara al discípulo para reconocer al Salvador. Quien aprende a confiar en Cristo durante Su aparente ausencia podrá recibirlo con seguridad cuando aparezca en gloria.


Una de las cosas difíciles de ser creyente es soportar las burlas. El mundo secular se mofa de nosotros; el hombre natural se burla. El edificio grande y espacioso está completamente lleno y, en ocasiones, resulta difícil esperar que la mano justiciera del Señor caiga sobre los inicuos. ¿Quiénes han esperado al Señor? El hombre que nació con una discapacidad «le ha esperado». La viuda solitaria y olvidada «le ha esperado». La víctima de maltrato físico «le ha esperado». El alma afligida que ha sufrido abuso sexual «le ha esperado». La hermana justa que permanece soltera «le ha esperado». El matrimonio que no ha podido tener hijos «le ha esperado». La persona divorciada y abandonada «le ha esperado». Todos los que amamos el Evangelio y al Señor «le hemos esperado». Todos seguimos esperándolo: esperamos que venga, que nos enseñe, que nos guíe, que nos manifieste Su amor personalmente y que establezca la rectitud y el juicio en Sion y en Jerusalén.

Ninguna persona que «le haya esperado» quedará decepcionada. ¡Cuán diferente es esto de quienes depositan su esperanza en el brazo de la carne!

José Smith: Todas sus pérdidas les serán compensadas en la Resurrección, siempre que continúen fieles. Por medio de una visión del Todopoderoso, lo he visto. (History of the Church, tomo V, pág. 362).


Isaías 25:9 — Alegría en la salvación
«Nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación».

Los redimidos no celebran sus propios méritos, habilidades o previsiones. Se alegran en «su salvación», reconociendo que la liberación procede de Jehová. La humildad intensifica el gozo porque permite comprender que todo perdón, resurrección y esperanza eterna son dones recibidos mediante Jesucristo.
La verdadera alegría del Evangelio puede comenzar ahora al experimentar Su gracia, pero alcanzará su plenitud cuando Él regrese. Para quienes hayan rechazado persistentemente Su luz, Su presencia será motivo de temor; para quienes lo hayan esperado, será el cumplimiento de su esperanza más profunda. Ellos no huirán del Rey, sino que se alegrarán al reconocer al Dios que los salvó.


Isaías 25:10 — La mano de Jehová reposará sobre Sion
«La mano de Jehová reposará en este monte».

El monte se refiere a Sion, el lugar donde Jehová prepara el banquete para las naciones, retira el velo y manifiesta Su salvación. Que Su mano repose allí comunica permanencia, protección y poder. No se trata de una intervención momentánea: la presencia del Señor permanecerá con el pueblo que haya sido purificado y preparado para recibirlo.
La seguridad de Sion no procederá principalmente de su riqueza, tecnología o capacidad militar, sino de Jesucristo y de la fidelidad de sus habitantes a los convenios. Esa promesa comienza a cumplirse en hogares, templos y comunidades donde se procura vivir con pureza, unidad y amor. Los convenios no son amuletos protectores; nos unen al Salvador y nos enseñan a vivir de manera que Su Espíritu pueda morar entre nosotros.

Isaías 25:10–12 — La soberbia de Moab será abatida
«Abatirá su soberbia y la destreza de sus manos».

Moab representa aquí a quienes se oponen a Dios y confían orgullosamente en sus propias capacidades. Aunque extienda sus manos para salvarse y utilice toda su destreza, no podrá sostener las altas fortificaciones que ha levantado. La habilidad humana puede lograr grandes cosas, pero no puede ofrecer redención ni hacer permanente aquello que se edifica contra la voluntad del Señor.
El contraste con Sion es deliberado: sobre Sion reposa la mano de Jehová, mientras Moab depende de la destreza de sus propias manos. La humildad no rechaza el esfuerzo ni los talentos, sino que los coloca bajo la dirección de Dios y reconoce la necesidad de Su gracia. El orgullo, en cambio, convierte los dones en falsas seguridades; cuando estas caen, queda expuesto que Jesucristo era el único fundamento capaz de sostenernos eternamente.