El Orden del Sacerdocio y la Responsabilidad de los Santos
El orden del sacerdocio—Los deberes de los diversos cuórumes—Las dificultades y su resolución—Los deberes de los maestros—La disciplina en la Iglesia.
por el élder John Taylor,
Discurso pronunciado en Farmington, el domingo por la mañana, 17 de junio de 1877.
Volumen 19, discurso 10, páginas 51–57
El siguiente pasaje se encuentra en Doctrina y Convenios, página 266 de la nueva edición:
“El cual sacerdocio continúa en la Iglesia de Dios por todas las generaciones, y es sin principio de días ni fin de años. Y el Señor también confirmó un sacerdocio sobre Aarón y su descendencia, por todas sus generaciones, el cual sacerdocio también continúa y permanece para siempre junto con el sacerdocio que es según el santísimo orden de Dios. Y este sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios. Por tanto, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad. Y sin las ordenanzas de este sacerdocio y la autoridad del mismo, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne; porque sin esto ningún hombre puede ver el rostro de Dios, el Padre, y vivir”.
Hay algunas ideas relacionadas con estos principios a las que me referiré brevemente. Nos hemos reunido aquí para organizar más perfectamente la Iglesia de Dios en este lugar; para establecer una Estaca; para seleccionar, nombrar y apartar a los oficiales necesarios para ella. Nuestro Presidente ha sido inspirado para llamar a los Doce a recorrer el Territorio y atender estos asuntos, de acuerdo con una revelación que hace que sea deber de los Doce “ordenar y poner en orden a todos los oficiales de la Iglesia”; procurar que la Iglesia sea “enderezada” en todos sus diversos departamentos y en la organización de sus distintos cuórumes; donde sea necesario organizar Estacas, organizarlas; y procurar que todos los cuórumes y oficiales sean colocados en su debida posición para que trabajen armoniosamente y de acuerdo con las revelaciones y el orden de Dios. El crecimiento de la Iglesia y los cambios que continuamente tienen lugar hacen necesario que se atienda esta labor para la cual hemos sido llamados. También es muy deseable y necesario que cada hombre comprenda su verdadera posición en la Iglesia, para que pueda magnificar mejor su llamamiento y cumplir con todo deber que recaiga sobre él. En la organización de una Estaca de Sion, según ha sido revelado, debe haber un Presidente con dos Consejeros, para presidir sobre todos los oficiales, autoridades y miembros de esa Estaca. También debe haber un Sumo Consejo compuesto por doce consejeros, presidido por el Presidente de la Estaca y sus dos Consejeros. Debe haber asimismo un Cuórum de Sumos Sacerdotes, con un Presidente y dos Consejeros para presidir sobre todos los Sumos Sacerdotes de la Estaca.
El Cuórum de Élderes debe estar compuesto por noventa y seis élderes, presididos por un Presidente y dos Consejeros; y cuando haya más de noventa y seis, deben organizarse otros cuórumes.
El Cuórum de Sacerdotes debe estar compuesto por cuarenta y ocho miembros, presididos por un Obispo. El Cuórum de Maestros debe componerse de veinticuatro, y el de Diáconos de doce, cada uno con sus respectivos Presidentes y Consejeros. El Obispo necesariamente preside sobre todo el sacerdocio menor de su barrio, y estos están bajo su guía y dirección especial, mientras que él es presidido por la Presidencia de la Estaca; y los Presidentes de Estaca, a su vez, son presididos por la Primera Presidencia y los Doce. De esta manera todos son responsables ante la autoridad correspondiente dentro de sus diversas organizaciones y no existe división en el cuerpo. Todos los Obispos deben ser debidamente ordenados junto con sus Consejeros, a fin de estar capacitados para actuar eficazmente en sus oficios y para desempeñarse como jueces comunes en Israel.
Con frecuencia hemos oído decir que “el orden es la primera ley del cielo”. En ningún gobierno terrenal se manifiesta tanto orden como en la Iglesia y reino de Dios, y por ello estamos en deuda con las revelaciones de Dios. La función del sacerdocio es realmente gobernar y dirigir dentro de ese gobierno que es reconocido como el del Señor, ya sea en los cielos o sobre la tierra. Y puesto que el Señor ha restaurado el evangelio eterno y las llaves del sacerdocio eterno que administra en el tiempo y en la eternidad, cuando elegimos oficiales para ocupar cargos en esta Iglesia escogemos hombres cuya autoridad, mediante su fidelidad, tendrá validez no solo sobre esta tierra sino también en los cielos; no solo ahora sino también en el futuro. Y cuando estas cosas se lleven a cabo en toda su plenitud, entonces “la voluntad de Dios se hará en la tierra como en el cielo”, y los mansos se regocijarán bajo la administración de Su gobierno.
Si tuviera tiempo podría referirme a los relatos acerca de diversos hombres que estuvieron a la cabeza del sacerdocio en las diferentes épocas del mundo, mostrando cómo este ha sido transmitido de uno a otro conforme a la voluntad de Dios, para el cumplimiento de Sus propósitos y el beneficio de la familia humana. Él nos ha dado una organización muy buena y perfecta; tan perfecta, creo yo, y estoy preparado para decirlo, como cualquier organización que haya existido sobre la faz de la tierra. Y ciertamente es razonable que tal organización exista ahora, porque vivimos en lo que se llama la dispensación del cumplimiento de los tiempos; y ella abarca todas las demás dispensaciones que han existido sobre la tierra. También comprende todos los poderes, privilegios, derechos, llaves y sacerdocios que el hombre haya conocido jamás.
En relación con las organizaciones, se ha manifestado mucha negligencia en muchos casos; no hemos percibido plenamente la importancia de las solemnes responsabilidades que acompañan a este sacerdocio, este poder delegado del cielo. Hemos encontrado más o menos confusión entre las iglesias dondequiera que hemos ido; y por ello la sabiduría manifestada por el Presidente al solicitar una organización más perfecta parece apreciarse aún más debido a la necesidad de mejora que existe. Dice el Señor: “Y sin las ordenanzas de este sacerdocio y la autoridad del mismo, el poder de la divinidad no se manifiesta al hombre en la carne; porque sin esto ningún hombre puede ver el rostro de Dios, el Padre, y vivir”. Habiéndonos dado el Señor esta ley divina y habiéndonos revelado ciertos principios, espera que nos gobernemos de acuerdo con ellos; que cada ordenanza relacionada con el sacerdocio sea administrada correctamente y conforme a Su ley. Sin embargo, encontramos muchas desviaciones de esta ley. En los obispados hallamos muchas irregularidades. En algunos casos hemos encontrado que un Obispo no tiene Consejeros; en otros, quizás tiene un Consejero; y a veces hemos encontrado al Obispo con dos Consejeros, pero él mismo no había sido ordenado al oficio, sino que solamente había sido nombrado; y en algunos casos hemos encontrado que los Consejeros no habían sido debidamente autorizados ni capacitados para actuar en su llamamiento. Sin embargo, existe una ley que regula estas cosas y que esperamos cumplir. Todo Obispo debe ser primero ordenado Sumo Sacerdote y luego apartado para el Obispado por la autoridad correspondiente; y los Consejeros del Obispo, si aún no han sido ordenados al Sumo Sacerdocio, deben serlo, y luego ser apartados para actuar en su calidad de primer y segundo Consejero del Obispo. Estos tres forman entonces un cuórum y un tribunal, y están capacitados para juzgar todos los asuntos que puedan presentarse ante el Obispo como juez común en Israel, dentro de los asuntos concernientes a su barrio. Entonces quedan debidamente autorizados para actuar en esta capacidad, y deben ser apoyados y sostenidos en la posición que ocupan y en todas sus actuaciones, en la medida en que estas estén caracterizadas por la rectitud y el buen juicio, y como dicen las Escrituras, por la humildad, la fe, la paciencia y la sabiduría, y de acuerdo con los principios establecidos en el libro de Doctrina y Convenios, los cuales el Espíritu de Dios inspiraría a hombres que ocupan tal posición.
Y entonces, si hay una apelación de este tribunal, esta pasa al Sumo Consejo, que también está compuesto por Sumos Sacerdotes apartados para ese oficio por la Primera Presidencia o los Doce, y presidido por la Presidencia de la Estaca. Debido a la falta de esta organización más perfecta, en muchos casos ha prevalecido toda clase de confusión entre los hermanos; toda clase de pequeñas diferencias son llevadas al Sumo Consejo cuando deberían ser llevadas al tribunal del Obispo. A veces las personas discuten por asuntos insignificantes, cuestiones muy triviales que no representan más de diez o veinte dólares en asuntos monetarios, y no quedan satisfechas a menos que el Sumo Consejo juzgue tales casos. ¿Y cuál es el resultado? En lugar de que estas pequeñas cuestiones sean resueltas por los Maestros o por los Obispos en sus propios barrios, ocupan el tiempo de los quince hombres que componen el Consejo, además del suyo propio y del de los testigos, que generalmente son entre cinco y quince. Pero estos hombres trabajan sin remuneración y se sostienen por sí mismos, por lo que a los litigantes no les cuesta nada la resolución de sus diferencias; mientras que, en tales casos, los miembros del Sumo Consejo preferirían meter la mano en el bolsillo y pagar la cantidad en disputa antes que escuchar semejantes disparates. Y parecería que algunos hombres son tan poco considerados que se aprovechan de ellos porque están dispuestos a dedicar su tiempo.
Tales casos no deberían llegar ante el Sumo Consejo; pertenecen más apropiadamente al sacerdocio menor, a los Sacerdotes y Maestros, y al tribunal del Obispo.
Tales hombres no comprenden su posición ante Dios ni ante sus hermanos. Si los hombres tienen diferencias, deberían procurar resolverlas amistosamente entre ellos mismos. Pero si no pueden hacerlo, entonces deben seguir los primeros pasos indicados en los convenios de la Iglesia; después deben reunirse como hermanos, reclamando el Espíritu y el poder de Dios que los acompañaría si vivieran su religión. Entonces, si los Sacerdotes y Maestros cumplieran con su deber y estuvieran llenos de sabiduría y del espíritu de su oficio y llamamiento, noventa y nueve de cada cien casos podrían resolverse satisfactoriamente sin molestar ni al tribunal del Obispo ni al Sumo Consejo. Pero debido a que estos deberes del sacerdocio menor no se cumplen fielmente ni se valoran suficientemente, no se llevan a cabo conforme a las leyes establecidas para nuestro gobierno, y por ello existen muchas de estas diferencias y dificultades entre nosotros.
Cuando la Iglesia está organizada en todos sus diversos departamentos, con el Presidente a la cabeza, los Doce en su lugar, los Sumos Sacerdotes, los Setentas y los Élderes en el suyo, junto con los Obispos y el sacerdocio menor, los auxilios y gobiernos locales actuando cada uno en su esfera y llamamiento designados, y todos siendo guiados e influenciados por el Espíritu Santo, entonces el conjunto llega a ser como el cuerpo de un hombre, sano y completo en todos sus miembros, y todo avanza armoniosa y agradablemente. Porque el cuerpo, se nos dice, no tiene un solo miembro, sino muchos: “Y el ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros”; sino que cada hombre debe actuar en su lugar, en su oficio y llamamiento. Y recae tanta responsabilidad sobre los Sacerdotes, Maestros y Diáconos, y sobre quienes poseen el sacerdocio menor, como sobre cualquier otro miembro de la Iglesia. Cuando ellos no cumplen sus deberes, ¿cuál es el resultado? La gente acude a los Doce o a la Primera Presidencia, pasando por alto a las autoridades más inmediatas; entonces existen confusión y desorden, se ocupa innecesariamente un tiempo valioso, y quienes están dispuestos a trabajar pueden hacerlo hasta quedar agotados, listos para terminar sus labores terrenales; y todo esto por falta de que los hombres conozcan sus deberes y los cumplan.
Pero mientras contendemos por cosas pequeñas, ¿qué sucede con nosotros? Estamos perdiendo de vista nuestros llamamientos; olvidamos que este reino fue establecido sobre la tierra con el propósito de introducir la rectitud y las leyes y principios de la verdad, las leyes del cielo sobre la tierra, y de bendecir a la humanidad y salvar tanto a los vivos como a los muertos. Olvidamos para qué estamos aquí y para qué fue establecido el reino de Dios. No es solamente para usted, para mí o para cualquier otra persona; se trata de los intereses del mundo y de la salvación de la humanidad. Se espera que cada uno de nosotros cumpla los diversos deberes y responsabilidades que recaen sobre él. Si los descuidamos, ¿no somos culpables ante Dios? ¿De dónde provienen las dificultades que tenemos entre nosotros? Porque, como he dicho, en muchos casos el sacerdocio no cumple con sus deberes, no es vigilante ni fiel. Los Maestros a veces vienen a visitarnos y otras veces no. No sé cómo será con ustedes, pero a mí rara vez me visitan. Cuando vienen, ¿me alegra verlos? Sí. Reúno a mi familia y luego, dirigiéndome a los Maestros, les digo: “Hermanos, todos nos alegramos mucho de verlos; estamos listos para escucharlos y, si tienen alguna instrucción para nosotros, estaremos felices de oírla”. Esos son mis sentimientos respecto a los hombres que actúan como Maestros. ¿Y están ellos preparados para enseñarme? Sí. Si he sido negligente o descuidado, deben investigarlo; y lo mismo respecto a los miembros de mi familia. ¿Existen malos sentimientos entre algunos miembros del hogar, o entre ellos y nuestros vecinos? Si es así, deben averiguarlo. Es su responsabilidad saber si yo y mi familia estamos viviendo nuestra religión o no; y lo mismo ocurre con todas las demás familias de la Iglesia. Pero ¿cómo sucede ahora? Quizás vienen una vez cada tres meses, o cada nueve meses, según el caso. Y cuando vienen, tienen unas pocas palabras y preguntas que, por decir lo menos, son muy formales. ¿Es ese el espíritu y llamamiento de un Maestro? ¡No! Ellos deberían estar llenos de la luz y revelación de Dios, ser rápidos para descubrir todo, conocer a cada persona y saber cuál es su condición dentro de su jurisdicción. Y así sería si cumplieran sus deberes y fueran fieles al bienestar del pueblo. ¿Cuál es el resultado? Los barrios no reciben la atención debida. ¿Qué sigue? Tenemos bebidas alcohólicas entre nosotros. Sí, Élderes, Sumos Sacerdotes y Setentas son tentados a beber y se humillan ante Dios y ante el pueblo. Tenemos otros que quebrantan el día de reposo, y otros que juran y blasfeman el nombre de Dios. Tenemos otros que mienten y engañan. ¿Y quién presta atención a ello? Algunos piensan que no sería cortés ocuparse de ciertos asuntos; pero les digo que Dios se encargará de ellos a su debido tiempo, y sabrán si Él será cortés o no. Si un hombre obra mal, que sea considerado responsable de ello, sin importar quién sea. Si engaña, llévenlo ante la justicia; si miente, que sea tratado como mentiroso; si quebranta el día de reposo, llámenlo a rendir cuentas por ello. Que los oficiales apropiados de la Iglesia procuren cumplir con su deber, o Dios no los tendrá por inocentes. Que todos los Élderes, Sacerdotes, Maestros, Diáconos y demás oficiales cumplan cabal y fielmente con sus deberes, y entonces veremos si hay poder en el sacerdocio o no; entonces sabremos si las bendiciones del Señor acompañan las ordenanzas o no; entonces sabremos que Dios gobierna en Israel, y que los sinceros de corazón, los veraces y los que aman la rectitud son verdaderamente Su pueblo, y que mantendrán lo correcto y limpiarán la Iglesia de toda clase de mal. No queremos hacernos partícipes de los pecados ajenos; la Primera Presidencia no lo hará, ni tampoco los Doce; los Obispos tampoco deberían hacerlo, porque Dios lo demandará de sus manos.
Dios tiene la intención de edificar aquí una Iglesia según el modelo de la que existe en los cielos, y de descender para asociarse con el hombre sobre la tierra. ¿Estamos preparados? No. ¿Lo estaremos siguiendo el rumbo que llevamos? Jamás, mientras el mundo exista. Por eso estamos recorriendo el territorio y, donde encontramos cosas desorganizadas, las organizamos; y luego llamamos a las diversas organizaciones a cumplir con sus deberes con integridad, honradez y fidelidad, para que cada hombre pueda ser observado hasta los más remotos confines del Territorio, y se sepa qué está haciendo, si está a favor de Dios y de los principios de la verdad o no. No queremos más “Buen Señor y buen diablo”; la línea será trazada y sabremos quién está a favor del reino y quién no. Si no hacemos las cosas que se requieren de nuestras manos, ¿de qué sirve nuestra profesión de fe? ¿Por qué los hombres que no quieren hacer lo correcto, que quebrantan el día de reposo, que roban, defraudan e imponen sobre sus vecinos, buscan la comunión de los Santos? ¿Creen que entrarán en el reino de Dios? No. Leemos acerca de diez vírgenes, cinco prudentes y cinco insensatas; y pienso que tanto las prudentes como las insensatas llegaron a una condición bastante mala: todas se durmieron. Más tarde, a medianoche, se oyó el clamor: “¡He aquí, el esposo viene; salid a recibirle!”. Entonces todas despertaron, se frotaron los ojos, supongo, buscaron sus lámparas, algunas de las cuales tenían aceite y otras estaban vacías. Las que no tenían aceite acudieron a las que sí lo tenían, pidiéndoles que les dieran de su aceite, porque sus lámparas se habían apagado. Pero las que tenían aceite no tenían de sobra, y las insensatas fueron enviadas a comprar a quienes vendían aceite. Cuando llegó el esposo, las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y las otras no; y eso fue todo. Haríamos bien en mirar estas cosas de frente y ver cómo estamos y cuál es nuestra posición ante el Señor. “No os engañéis. Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre sembrare, eso también segará; si sembramos para la carne, de la carne segaremos corrupción; si sembramos para el Espíritu, segaremos vida eterna”.
¿Por qué deberían permanecer entre nosotros hombres que no desean hacer lo correcto? Si yo no quisiera ser un Santo de los Últimos Días, diría: “Caballeros, los dejo; les deseo éxito”. Pero no sé lo que haría o dejaría de hacer si estuviera en tal condición. En cualquier caso, ¿por qué se presentan algunos ante la comunidad como Santos de los Últimos Días cuando no lo son? Y los oímos murmurar y quejarse del sacerdocio. Si el sacerdocio está compuesto por tales bribones, ¿por qué no los abandonan y buscan una sociedad más de su agrado?
Cuando estas organizaciones estén completas, habrá un Presidente con dos Consejeros, y ellos presidirán sobre todos los demás consejos de la Estaca. Y se esperará que todos los demás bajo su presidencia escuchen sus consejos; y se esperará que ellos escuchen las instrucciones del presidente Young y de los Doce. Y entonces se esperará que los Sacerdotes, Maestros y Diáconos escuchen y obedezcan el consejo de su Obispo; y se esperará que el pueblo escuche la voz de sus Sacerdotes y Maestros y de aquellos cuya responsabilidad es velar por su bienestar e interés. Ahora nos estamos acercando a una etapa muy importante en la historia de esta obra de los últimos días; podemos intentar evadir nuestros deberes y responsabilidades, pero tendremos que enfrentarlos. Tenemos que andar de acuerdo con las leyes de Dios o sufrir las consecuencias por no hacerlo. Dios espera estas cosas de nuestras manos, y son cosas que también tenemos derecho a esperar unos de otros; se espera que todos cumplamos con nuestro deber. Y Dios, el Padre de Jesús, y todo el sacerdocio eterno en los cielos esperan que la Primera Presidencia, los Doce, los Presidentes de Estaca, los Sumos Sacerdotes, los Sumos Consejos, los Setentas y Élderes, los Obispos, Sacerdotes, Maestros y Diáconos, todo el sacerdocio y todo el pueblo, sean gobernados por la ley de Dios y ayuden fielmente a edificar Sion y establecer el reino de Dios, para que seamos uno en todas las cosas temporales y espirituales; para que seamos unidos y ligados tanto en la tierra como en los cielos. Hacia eso apunta todo este sistema: que el sacerdocio sobre la tierra opere y coopere con el sacerdocio del cielo en el cumplimiento de los propósitos de Dios. Estamos construyendo templos para trabajar en ellos por nosotros mismos y también para llegar a ser salvadores sobre el Monte de Sion. ¿Cómo podemos cooperar con el sacerdocio del cielo si no somos gobernados por el sacerdocio que Dios nos ha dado sobre la tierra? No podemos hacerlo; debemos ser gobernados por las leyes y principios que Él ha revelado para nuestra guía y para nuestra salvación. Y que Dios nos ayude a hacer Su voluntad y a realizar la obra que nos ha dado para hacer, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























