Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 19

La Roca de la Revelación Continua y la Obra Eterna de Dios


La Roca de la Revelación Nueva (o Continua)—Incidente relacionado con P. P. Pratt—“Un Señor, una Fe, un Bautismo”—La Obra del Padre se Extiende a Través de las Eternidades

por el élder George Q. Cannon, Discurso pronunciado en el Nuevo Tabernáculo, Salt Lake City, 16 de septiembre de 1877
Volumen 19, discurso 18, páginas 104–107.


Aquellos que han escuchado el discurso del élder Woodruff y los testimonios que ha dado acerca de esta obra, sin duda se habrán interesado en su relato, en sus explicaciones y en las doctrinas que ha expuesto, las cuales tienen un interés especial para los Santos de los Últimos Días. Si no fuera por las nuevas revelaciones recibidas del Todopoderoso, este pueblo llamado Santos de los Últimos Días no existiría. Si no fuera porque el Señor ha revelado con gran claridad Su mente y Su voluntad a Su pueblo, ellos no serían una organización, ni sus élderes habrían salido a dar testimonio de las verdades del Evangelio eterno. La roca sobre la cual está edificada esta Iglesia, y su piedra fundamental, es la revelación nueva proveniente de Dios para los hombres; y siendo esa revelación de origen divino, necesariamente debe concordar con las revelaciones que ya han sido dadas. Por lo tanto, como él ha dicho, las doctrinas enseñadas por el profeta José Smith y la organización de la Iglesia, tal como fue dirigido a establecerla, estaban en perfecta armonía con las verdades contenidas en este libro (la Biblia). No puede ser de otra manera y seguir siendo lo que afirma ser. No importaba si José Smith había leído o estaba familiarizado con cada doctrina enseñada por los Apóstoles; no tenía necesidad de ajustar sus enseñanzas para evitar diferencias entre lo que él enseñaba y lo que había sido enseñado anteriormente, porque el mismo Espíritu que reveló a los antiguos Apóstoles y Profetas, y que los inspiró para enseñar al pueblo y dejar registradas sus profecías y doctrinas, también le enseñó a él y le permitió enseñar exactamente las mismas verdades.

Recuerdo haber oído relatar a Parley P. Pratt su primera entrevista con los santos en Fayette, condado de Seneca, donde se organizó la Iglesia. Quienes recuerdan al hermano Parley conocen su familiaridad con las Escrituras, especialmente con las profecías. En aquella ocasión fue invitado a hablar; el profeta José no estaba presente en ese momento. Él presentó, a partir de las profecías de Isaías, Jeremías, Ezequiel y otros profetas, abundantes pruebas acerca de la obra que el Señor había establecido por medio de Su siervo José. Muchos de los Santos de los Últimos Días se sorprendieron al descubrir cuántas evidencias existían en la Biblia acerca de esta obra. La Iglesia había sido organizada apenas unos cinco meses antes, pero los miembros nunca habían oído de los élderes estas pruebas y evidencias contenidas en la Biblia. Y, si recuerdo correctamente, él me dijo que Oliver Cowdery y el propio profeta José quedaron sorprendidos por la gran cantidad de evidencia que había en la Biblia respecto a estas cosas. El profeta José fue inspirado por Dios para enseñar las doctrinas de vida y salvación, y lo hizo sin depender de lo que los antiguos profetas habían dicho. He escuchado al presidente Young hacer observaciones similares. Él decía que nunca consultaba el Libro de Doctrina y Convenios, ni la Biblia, ni el Libro de Mormón para comprobar si las doctrinas y consejos que era inspirado a dar coincidían con esos libros. Era algo que no le preocupaba particularmente, porque siempre procuraba ser guiado por el Espíritu del Señor y hablar de acuerdo con él. Por ello, estos hombres tuvieron muy poca preocupación acerca de si sus doctrinas y consejos estaban en armonía con los de quienes los precedieron. Su deber era procurar conocer la mente y la voluntad del Señor y comprender Su Espíritu mientras reposaba sobre ellos, para hablar de acuerdo con él; y la doctrina enseñada bajo la inspiración de ese Espíritu se encontrará en perfecta armonía con las doctrinas enseñadas por hombres inspirados por Dios en tiempos antiguos.

No existen dos modos de bautismo; no existen dos métodos para organizar la Iglesia de Cristo; no existen dos caminos que conduzcan al reino de Dios nuestro Padre Celestial; no existen dos formas de doctrina. “Hay un solo Señor”, como dice el apóstol Pablo, “una sola fe y un solo bautismo”. Hay una sola forma de doctrina, y cuando todos nos reunamos (aquellos de nosotros que tengamos la dicha de ser redimidos y santificados en la presencia de nuestro Padre y del Cordero), descubriremos que nuestras doctrinas concuerdan perfectamente; nuestra obediencia tendrá un carácter semejante, y todos veremos que las doctrinas que hemos recibido y a las cuales nos hemos sometido son exactamente las mismas doctrinas, ya sea que fuimos bautizados en Cristo en América, Asia, África o cualquier otra parte de la tierra. Y se hallará, cuando todos nos reunamos como la familia de nuestro Padre Celestial, que todos hemos recibido la misma fe, las mismas doctrinas, y hemos participado del mismo Espíritu y de los mismos dones, habiendo reposado el Espíritu sobre todos por igual, de acuerdo con la fe de cada uno. Si no fuera así, el cielo estaría lleno de sectarios en conflicto; estaría lleno de confusión, disputas, divisiones y toda clase de contiendas; porque el mismo espíritu que caracteriza a los hombres aquí y que crea división y contención entre ellos, si pudieran llegar al cielo poseyéndolo, como algunos afirman, convertiría al mismo cielo en un pandemonio y no sería mejor que esta tierra en cuanto a confusión se refiere. Este no es el Evangelio del Señor Jesucristo; este no es el camino que Él señaló. Él trazó un camino claro, y todos los habitantes de la tierra deben, si alguna vez desean entrar en la presencia del Cordero, caminar por ese sendero hasta el fin, o jamás podrán llegar allí. Y los millones de muertos a los que se ha referido el hermano Woodruff también escucharán las buenas nuevas de salvación. Y los innumerables millones que murieron sin haber oído jamás el nombre del Hijo de Dios, y sin haber conocido nada acerca de la redención que Él efectuó para ellos; aquellos que murieron ignorando la ley no serán, por supuesto, juzgados ni responsabilizados por ella, puesto que nunca la conocieron. Sería contrario a la justicia, a la justicia eterna de nuestro Padre Celestial, responsabilizar a cualquier hombre o ser por una ley que violó sin haber sido primero instruido en ella. Por lo tanto, si mueren en su ignorancia, serán juzgados según la luz que recibieron. Pero ¿permanecerán para siempre, a través de las interminables edades de la eternidad, en esa ignorancia? Ciertamente no. La obra de nuestro Padre no está confinada a esta existencia terrenal; se extiende a través de las eternidades; se extiende de eternidad en eternidad; no tiene principio ni fin; es tan indestructible y duradera como Él mismo. Todos los hijos de nuestro Padre que han vivido sobre la tierra, así como Sus hijas, escucharán en el momento oportuno y bajo las circunstancias apropiadas las buenas nuevas de salvación, el nombre de nuestro Redentor y el plan mediante el cual pueden ser redimidos y exaltados a Su presencia. Existen varias alusiones claras a estas doctrinas en las Escrituras. Pedro habla de ellas muy claramente. El propio Salvador aludió a la misma idea cuando habló al ladrón en la cruz y le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”; cuando es un hecho bien conocido que Él no ascendió ese día a Su Padre Celestial. Mientras Su cuerpo yacía en la tierra, Su espíritu fue a otro lugar y estuvo separado de ese cuerpo. El apóstol Pablo también hace referencia a ello en el capítulo 15 de su epístola a los Corintios, y nuestras mentes han hallado descanso mediante esas gloriosas revelaciones y doctrinas, porque nos explican la bondad, la misericordia y la justicia de nuestro Padre Celestial, y nos permiten, a quienes hemos recibido estas doctrinas y creemos en ellas, glorificarle como no podríamos hacerlo si creyéramos que esos innumerables millones a los que me he referido están condenados a una perdición eterna sin haber tenido jamás la oportunidad de ser redimidos de ella. Siempre ha sido un misterio para mí, desde que tuve edad suficiente para comprender la verdad, cómo los hombres, con las ideas que sostienen acerca del Evangelio, pueden reconciliar sus creencias con el hecho de que nuestro Padre es un Dios de verdad, un Dios de misericordia y un Dios de perfecta justicia. No me sorprende que muchos se vuelvan escépticos al considerar las ideas que prevalecen en el llamado mundo cristiano. En algunos casos, una persona debe desechar sus sentimientos y su razón, rendir su juicio y aceptar las teorías predominantes sobre este tema sin razonar ni cuestionar, para seguir la corriente ortodoxa. Esa es la única manera en que muchos logran avanzar sin dificultad. Pero si el Evangelio se enseñara en su sencillez y plenitud, y si hombres y mujeres lo comprendieran tal como es, no habría nada que contradijera las verdades a las que me he referido; todo estaría en armonía con ellas, y todo tendería a aumentar la fe, fortalecer el amor y elevar el sentimiento de admiración en el corazón humano al contemplar el carácter de nuestro Padre a la luz del plan que Él ha revelado para nuestra salvación del poder del pecado. Y esto es precisamente lo que el Evangelio (o, como muchos prefieren llamarlo hoy, “mormonismo”) ha hecho por nosotros. Esto es lo que ha iluminado a este pueblo; esto es lo que lo ha reunido de entre las naciones de la tierra y le ha permitido soportar las privaciones y persecuciones con las que ha tenido que luchar; y esto es lo que lo llevará adelante hasta que sea llevado de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Ruego que las bendiciones del Señor reposen sobre el pueblo, y que las revelaciones del Señor Jesucristo estén en sus corazones y en sus almas para guiarlos por el camino que los llevará de regreso a la presencia de nuestro Padre, lo cual pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

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