Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 19

El Sacerdocio Eterno y la Autoridad de los Doce Apóstoles


El Salvador entre los nefitas—La impresión del Libro de Mormón—La Presidencia de la Iglesia—El antiguo sacerdocio—El Templo de Kirtland

por el élder Orson Pratt, Discurso pronunciado en el Nuevo Tabernáculo, Salt Lake City, viernes 5 de octubre de 1877
Volumen 19, discurso 20, páginas 111–119


Voy a leer unas pocas palabras de nuestro Señor y Salvador, pronunciadas en el momento de Su última aparición personal entre los nefitas, o más bien, el último relato de Su aparición en medio de ellos, según la historia registrada en el Libro de Mormón.

“Escribid las cosas que habéis visto y oído, salvo aquellas que os esté prohibido escribir. Escribid las obras de este pueblo que han de acontecer, así como se ha escrito de las que ya acontecieron. Porque he aquí, de los libros que se han escrito y de los que se escribirán, será juzgado este pueblo, porque por ellos sus obras serán conocidas por los hombres. Y he aquí, todas las cosas son escritas por el Padre; por tanto, de los libros que se escribirán será juzgado el mundo. Y sabed que vosotros seréis jueces de este pueblo, de acuerdo con el juicio que yo os daré, el cual será justo. Por tanto, ¿qué clase de hombres debéis ser? De cierto os digo, así como yo soy”.

Estas palabras de nuestro Señor y Salvador, dirigidas a los antiguos israelitas del continente americano, fueron escritas no solamente para el beneficio de los descendientes de los israelitas que habitan este continente, sino también para el beneficio de todos los pueblos, a fin de que todos puedan conocer algo acerca de la autoridad que Dios confirió a Sus siervos en tiempos antiguos. El sacerdocio no es una autoridad delegada del cielo para ser ejercida únicamente en esta vida; es una autoridad divina destinada a ejercerse también en la vida venidera, así como en esta. Su ejercicio aquí es solamente el comienzo.

Antes de detenerme en este tema, deseo decir a los Santos de los Últimos Días que, por consejo de los siervos de Dios, se me permitió realizar otra misión muy breve en el extranjero, habiendo salido de Salt Lake City el 18 de julio y regresado después de aproximadamente dos meses y nueve días de ausencia, recorriendo durante ese período cerca de trece mil millas por tierra y mar. Me siento muy feliz y me regocijo de haber tenido esta oportunidad de salir una vez más entre las naciones. Aunque mi misión no fue especialmente una misión de predicación para declarar a la gente las cosas pertenecientes al reino de Dios, procuré, en la medida en que las oportunidades me lo permitieron, dar mi humilde testimonio entre el pueblo.

Mi misión, como es bien sabido, consistía en ir a Inglaterra con el propósito de imprimir el Libro de Mormón y el Libro de Doctrina y Convenios de acuerdo con el sistema fonotípico de Pitman. Declararé aquí que el sistema fonético de Pitman ha sido cambiado y vuelto a cambiar tantas veces en Inglaterra que finalmente ha caído casi por completo en desuso en ese país. Pitman continúa publicando una revista en la que presenta sus formas actuales de tipos o caracteres y sus formas actuales de ortografía, pero su publicación promueve principalmente el sistema de escritura abreviada o fonografía, que goza de bastante popularidad en Inglaterra. Al investigar, descubrí que uno de los hermanos, Benj. Pitman, disgustado por las numerosas modificaciones que se estaban realizando, vino a América para ver si podía establecer un sistema basado en un principio algo diferente. Un caballero adinerado de nuestro país se interesó en la empresa y, mediante disposición testamentaria, proporcionó fondos para publicar un extenso diccionario basado en el principio fonético. En nuestro país se adoptó un alfabeto ligeramente diferente al utilizado en Inglaterra. Después de examinar estos diferentes sistemas, llegué a la conclusión de que todos ellos estaban equivocados en algunos pocos aspectos. Estos errores consistían principalmente en la manera de escribir las palabras. Algunos habían adoptado una norma y otros una diferente; y habiendo examinado cuidadosamente los distintos sistemas, finalmente decidí aceptar el alfabeto fonético americano, con excepción de dos o tres caracteres, y también adoptar la ortografía del diccionario fonético americano, con algunas ligeras modificaciones.

Hice arreglos con una casa editorial de Londres para que suministrara los tipos fonéticos, y la mayor parte de ellos ya había llegado a Liverpool justo cuando fui llamado a regresar a casa.

Estos preparativos preliminares para la impresión se realizaron tan rápidamente como fue posible antes de conocer la triste noticia de la muerte de nuestro amado Presidente, noticia que recibimos unas siete horas después de que él exhalara su último aliento. Algunas horas más tarde recibimos otro telegrama del Consejo de los Doce Apóstoles, instruyendo al hermano Joseph F. Smith y a mí para que arregláramos los asuntos concernientes a la misión europea en Gran Bretaña y regresáramos inmediatamente. Hemos cumplido con dicha solicitud.

Sentimos, con todo nuestro corazón, el deseo de llorar junto con los Santos de los Últimos Días por la pérdida de un hombre tan grande y bueno como el Presidente, quien nos dirigió con notable éxito durante un tercio de siglo. Fue el instrumento en las manos de Dios para conducir al pueblo unas mil cuatrocientas millas desde el gran río Misisipi, atravesando llanuras salvajes, áridas y sin caminos, hasta establecerlo aquí, en el gran desierto americano. Fue el instrumento en las manos de Dios para dar consejo e instrucción respecto a los numerosos pueblos, ciudades y aldeas de nuestra región montañosa. Fue el principal impulsor de las manufacturas e industrias locales, introduciendo a su propio costo mucha maquinaria en el Territorio para hacer que los Santos de los Últimos Días fueran, en la medida de lo posible, un pueblo autosuficiente. Trabajó diligentemente durante los últimos años de su vida para lograr un mayor grado de unión entre los Santos de los Últimos Días en los asuntos temporales. Y cerca del final de su útil vida, fue influenciado por el Espíritu de Dios, especialmente durante su última misión en St. George, para aconsejar a los Doce Apóstoles que recorrieran todas las partes del Territorio y organizaran más plenamente al pueblo de acuerdo con las revelaciones, los mandamientos y las instituciones del cielo, tal como fueron dadas por revelación mediante el profeta José Smith. Habiendo realizado una obra tan grande al conducir al pueblo de Dios y establecerlo aquí en estas montañas, tan lejos de lo que se llama civilización, y habiendo redimido el desierto, establecido academias y escuelas, tabernáculos y templos, manufacturas e industrias locales, y finalmente habiendo organizado a los santos en estacas, nombrando obispos y ordenándolos en todas las partes de nuestro Territorio, habiendo cumplido y completado la obra, el Señor lo ha llevado a Su presencia.

Esta mañana escuchamos acerca del profeta Elías. El Señor tenía para él una gran obra que realizar; vivió para cumplirla, y entonces supo que había llegado el momento de partir y dejar a los hijos de Israel. Fue llevado al cielo. El profeta Brigham también tenía una obra que realizar; vivió para llevarla a cabo, y ha partido en paz, amado por su pueblo.

Esta es la segunda vez en la historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en que los Doce han dado un paso al frente como las autoridades apropiadas para llevar adelante este reino y presidir la Iglesia. José estuvo entre nosotros solo unos pocos años. El Señor lo llamó para poner los cimientos de esta obra; le dio revelaciones antes de la organización de la Iglesia. Lo ordenó a él y a Oliver Cowdery al apostolado, dándoles autoridad, poder, oficio y sacerdocio para realizar las cosas necesarias para la futura organización de la Iglesia, dando línea por línea y precepto por precepto, de tiempo en tiempo, para instruir a los diversos consejos de la Iglesia respecto a sus respectivas responsabilidades. Habiendo cumplido la obra que Dios requería de sus manos, fue quitado; el Señor consideró conveniente retirarlo de entre nosotros. Entonces la autoridad recayó sobre los Doce y sobre el sacerdocio de los Doce. Aproximadamente tres años y seis meses después del martirio de José, fue organizada otra Primera Presidencia. Durante ese tiempo el Señor estuvo con los Doce en cada uno de sus deberes, y una gran obra fue realizada por ellos. La mayor parte del Templo de Nauvoo fue construida por los Doce después de la muerte del Profeta. En ese templo los Doce administraron investiduras mientras presidían la Iglesia. También se efectuaron sellamientos y bendiciones a favor de los vivos y de los muertos. Todas las ordenanzas necesarias en aquella ocasión fueron administradas bajo la presidencia y jurisdicción de los Doce. Y no solo esto, sino que el Señor les permitió conducir al pueblo a través de una región inexplorada y seleccionar un lugar donde establecerse. Habiendo hecho esto, regresaron en la última parte del año 1847 a los campamentos situados junto al río Misuri.

Menciono estas cosas para mostraros que los Doce no estuvieron inactivos después de la muerte de José, sino que tomaron la dirección, organizaron los campamentos de Israel y presidieron sobre todas las autoridades que se hallaban en medio de esos campamentos.

En aquellos días, algunas personas, ignorantes de la autoridad de un apóstol, cuestionaban el derecho de los Doce a presidir; pero yo preguntaría: ¿qué autoridad ha existido alguna vez en la Iglesia que los Doce no posean? Además preguntaría: ¿tenía la Primera Presidencia algún oficio que los Doce no tuvieran? Si lo tenían, ¿de dónde lo recibieron? ¿Lo sabéis? Otra Primera Presidencia de la Iglesia fue organizada tres años y medio después de la muerte de José. Si ellos poseían una autoridad superior, entonces debieron haberla recibido mediante comunicación directa de los cielos. Pero es sabido que la recibieron por la voz del Consejo de los Doce, respaldados por todas las autoridades del reino de Dios. Desde que los Doce fueron escogidos, se nos ha enseñado que poseen todo el poder del Sacerdocio de Melquisedec y todo el poder del apostolado que puede conferirse a un hombre mortal. Por consiguiente, cuando Hyrum Smith fue retirado de la Primera Presidencia y designado para otro llamamiento, aunque no para otro oficio dentro del apostolado, ¿no correspondía a los Doce apartarlo para ese servicio? Sí, porque poseían esa autoridad, ese sacerdocio y ese apostolado que le daban el derecho de hacerlo. ¿Por qué revelación?, preguntaréis. Respondo: por una revelación contenida en el Libro de Doctrina y Convenios, donde se declara que los Doce ordenarán en todas las ramas grandes de la Iglesia a ministros evangélicos. Cuando esta revelación fue dada por primera vez, la palabra “evangélicos” no estaba allí. Pero José fue inspirado por el Espíritu para borrar la palabra “patriarcas” y sustituirla por las palabras “ministros evangélicos”. Por lo tanto, los Doce han ordenado patriarcas, como fue el caso de Hyrum Smith. Pero alguien preguntará: ¿deberían los Doce ordenar profetas, videntes y reveladores? Sí. ¿No fueron ellos designados en el Templo de Kirtland, en el año 1836, después de su dedicación, por la voz de José, de la Primera Presidencia y por la voz unida de la Iglesia, como profetas, videntes y reveladores para el pueblo? Sí. Entonces podían ordenar a otros para tales funciones; o, en otras palabras, podían apartarlos para esos deberes. Podían apartar patriarcas para un oficio como el que ocupó el hermano Hyrum Smith cuando fue retirado de la Primera Presidencia y colocado en el oficio patriarcal.

Además, existe otra revelación concerniente al sacerdocio que podéis leer en Doctrina y Convenios. Después de mencionar los diversos oficios y llamamientos, el Señor impuso como deber a los Doce, aun cuando la Primera Presidencia todavía vivía, organizar a todos los oficiales de Sión. ¿Qué? ¿Los Doce, un sumo consejo viajero; los Doce, que poseen las llaves para todas las naciones, primero para los gentiles y después para los judíos, debían permanecer en casa ocupándose de tal obra? Sí. Los Doce tenían deberes que cumplir tanto en el extranjero como en casa. Después de haber cumplido importantes responsabilidades fuera de Sión, no fueron relevados de los deberes especificados en el mandamiento para actuar en casa; y desde entonces hasta ahora han estado entre el pueblo de Dios, en los lugares de recogimiento.

En la revelación dada el 19 de enero de 1841, Brigham Young fue llamado por nombre y designado presidente de los Doce; y también, en otra revelación dada aproximadamente en la misma época, se le requirió permanecer en casa. En lugar de ser un consejero viajero enviado entre las naciones, sus servicios eran necesarios en el hogar, lo cual también sucedió con varios de los apóstoles, especialmente después de la muerte de José.

Hay otro asunto, mientras hablamos del sacerdocio, sobre el cual deseo expresarme; me refiero a los consejeros que puedan quedar cuando el Presidente, el Primer Presidente de la Iglesia, es quitado de entre nosotros. Se nos ha enseñado que los consejeros que existían en los días de José no podían seguir actuando como consejeros de José después de que él fue quitado; ser sus consejeros sería imposible, a menos que ellos mismos pasaran al otro lado del velo. Por lo tanto, cuando el Presidente fue quitado, cesaron sus deberes como consejeros del Profeta, el Primer Presidente. Lo mismo ocurriría con los consejeros de un obispo en circunstancias semejantes. Supongamos que el obispo muriera; sus dos consejeros no podrían legítimamente adelantarse y afirmar que ellos mismos son obispos; además, sus deberes como consejeros del obispo fallecido cesarían con su muerte. Y sería igual si el obispo, en lugar de morir, fuera llamado a otro lugar o fuera expulsado de la Iglesia. Así se entendió en los días en que perdimos a nuestro Profeta y Vidente, José Smith. Los dos consejeros que existían entonces tuvieron el privilegio, si así lo deseaban, de asociarse con el Consejo de los Doce para ayudarnos en la obra de llevar adelante el reino; no como miembros de los Doce, sino actuando con ellos y prestándoles ayuda. El mismo orden se ha seguido nuevamente; y es exactamente como yo creía que sería cuando me encontraba en Liverpool después de enterarme de la muerte del presidente Young. Allí surgió la pregunta, y me tomé la libertad de instruir a los santos que hacían consultas. Les dije que cuando la Primera Presidencia dejara de existir, los Doce dirigirían la Iglesia hasta que el Espíritu de Dios y el deseo universal del pueblo indicaran que debía seleccionarse, apartarse y sostenerse nuevamente una Primera Presidencia mediante la fe y las oraciones de los santos. Además, esto fue publicado en los periódicos, especialmente en América y también en Inglaterra, y parecía existir una gran ansiedad por parte de nuestros enemigos por saber quién iba a dirigir la Iglesia. Parecían tener mucha más preocupación sobre este asunto que vosotros mismos. Porque los santos, en general, habían sido instruidos respecto a este tema y lo entendían en cierta medida. Sabíamos que el presidente Brigham Young y sus dos consejeros no recibieron ningún nuevo oficio al ser tomados del Quórum de los Doce y asignados a otras responsabilidades. Del mismo modo que el hermano Joseph F. Smith ha sido llamado y apartado, no a un nuevo oficio, sino para ir a Gran Bretaña y presidir la Misión Europea. Esa responsabilidad no recayó sobre el hermano Richards, ni sobre el hermano Rich, ni sobre ningún otro miembro de los Doce; solamente él puede desempeñar ese deber. No es un nuevo oficio, sino simplemente una nueva responsabilidad requerida de él. Lo mismo ocurre con la Primera Presidencia. No reciben un nuevo oficio, sino que se les asignan nuevas responsabilidades cuando son escogidos por el sacerdocio y apartados, no ordenados a un nuevo oficio, sino apartados para presidir.

Deseo también decir unas pocas palabras con respecto al antiguo sacerdocio. Encuentro en el Libro de Mormón, en relación con los antiguos Doce —los doce nefitas de esta tierra— que Jesús los escogió, los llamó por nombre, los apartó y los ordenó. Antes de esto, antes de Su muerte, había escogido a doce en la tierra de Jerusalén. Estos oficiales, los Doce del continente oriental y los Doce del continente occidental, no perdieron su oficio por la muerte; sino que, como fue claramente declarado esta mañana por el hermano Snow y como se establece claramente en la revelación, conservaron su oficio. Por ejemplo, tomemos el Libro de Mormón. En la visión y profecía de Nefi, dada casi seiscientos años antes de Cristo, el Señor mostró a ese profeta que habría Doce Apóstoles unos cinco o seis siglos después de su época. Y en lugar de señalar cuáles serían los deberes de estos apóstoles mientras vivieran en esta existencia temporal, señaló los deberes más importantes que recaerían sobre ellos en el estado venidero. Los deberes sencillos de esta vida eran nada en comparación con los del mundo futuro. Por eso el ángel dijo a Nefi que estos Doce Apóstoles juzgarían a las doce tribus de Israel. ¡Qué gran obra! Luego le mostró a los doce discípulos nefitas, todos descendientes de Nefi y de sus hermanos. Dijo: estos doce discípulos del Cordero serán juzgados por los Doce Apóstoles que serán escogidos en la tierra de Jerusalén. Aquí, entonces, se asignaba otro deber sumamente importante a aquel consejo particular de apóstoles después de esta vida mortal. Primero, se dice que juzgarán a toda la casa de Israel; segundo, juzgarán a “los doce ministros de tu descendencia”. También, por el lenguaje del texto que he leído, aprendemos que los Doce Apóstoles nefitas tenían conocimiento de otras responsabilidades futuras que debían desempeñar en el mundo venidero. “Sabed que vosotros seréis jueces de este pueblo. ¿Qué clase de hombres debéis ser? De cierto os digo, aun como yo soy”. En otras palabras: si vais a ser jueces de todo este pueblo al cual estáis ministrando; si vais a sentaros a juzgar en el gran día venidero; y si las palabras escritas en los libros que conserváis, y que también son escritas por el Padre, serán los registros por medio de los cuales el pueblo será juzgado, ciertamente debéis ser tan puros y santos como Jesús mismo. También se nos dice que no dependerían de su juicio débil e imperfecto, sino que juzgarían conforme al juicio que el Señor su Dios les daría. En otras palabras, después de dejar esta vida presente y cuando llegara el momento de sentarse en consejo en medio de los nefitas, en lugar de juzgar según la sabiduría humana y el conocimiento imperfecto, Dios les daría el espíritu de juicio, o el espíritu de inspiración, en una medida mucho más abundante de la que poseían en esta vida; y para que pudieran ser dignos de juzgar a todo el pueblo, se les requería ser puros y santos.

Permítanme decir unas palabras acerca de otra revelación que el Señor dio en el año 1830 sobre este mismo tema. Él dice: “El decreto ha salido del Padre de que mis Apóstoles, aquellos que estuvieron conmigo en mi ministerio en la tierra de Jerusalén, al tiempo de mi venida, se sentarán sobre doce tronos, vestidos de gloria, así como yo estoy vestido, para juzgar a toda la casa de Israel, a los que me han amado y guardado mis mandamientos, y a nadie más”. Nuevamente apelaremos al Nuevo Testamento: “Vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, también os sentaréis sobre doce tronos y juzgaréis a las doce tribus de Israel; y comeréis y beberéis a mi mesa”.

Aquí, entonces, tenemos numerosas evidencias y testigos provenientes del Libro de Mormón, de Doctrina y Convenios y del Nuevo Testamento, concernientes a los deberes futuros de los siervos de Dios en el mundo venidero. En relación con los Doce Apóstoles judíos, ¿tenían ellos una Primera Presidencia independiente de los Doce, un cuerpo separado? No la tenían. ¿Por qué fueron escogidos doce apóstoles en lugar de nueve, trece o cualquier otro número? ¿Por qué ese número en particular? Porque ocurrió, dentro de la economía del Altísimo, que cierto siervo de Dios tuvo poder para prevalecer ante Él y, por medio de cuatro esposas, tuvo el privilegio de engendrar doce hijos; y el Señor decretó que por medio de ellos surgieran las doce tribus sobre la tierra, y tendría consideración por ellas. Su propósito era que no solo estuvieran organizadas como tribus en esta vida, sino también en la vida venidera. Y para que todos tuvieran jueces, fueron escogidos doce para realizar esta obra en lugar de cualquier otro número. ¿Tenían estos Doce Apóstoles de la antigüedad, que según los registros no poseían una Primera Presidencia separada, poder para presidir la Iglesia? Lo tenían. Si no hubieran tenido ese poder, no habría existido ninguna autoridad sobre la tierra.

Además, estos doce hombres entre los nefitas, que debían sentarse a juzgar, tuvieron muchos sucesores, probablemente entre sesenta y setenta en número. ¿Tenían todos esos sucesores igual poder sobre la tierra? Pienso que sí; en lo concerniente al apostolado o discipulado, poseían igual autoridad que aquellos que los precedieron. Pero en el mundo venidero, ¿podrán estos sesenta o setenta sucesores ocupar la posición de los primeros escogidos? No. Así sucede también con los apóstoles de los últimos días. En esta Iglesia han sido ordenadas al Consejo de los Doce Apóstoles veintiocho personas. Seis de los Doce Apóstoles originales apostataron, y tres de sus sucesores también apostataron, haciendo un total de nueve apóstatas sobre quienes una vez se impusieron las manos para ordenarlos al apostolado. La mayoría de estos apóstatas ya han muerto. No podemos suponer que puedan poseer en la eternidad un oficio que han perdido. Se nos enseña lo contrario en Doctrina y Convenios; pues el Señor declaró, mediante una revelación dada al profeta José en Misuri, que Sus siervos John E. Page, Wilford Woodruff y Willard Richards ocuparían el lugar de aquellos que habían apostatado. Y Oliver Cowdery, aunque nunca fue uno de los Doce, también tuvo su lugar ocupado; y las llaves, glorias y promesas conferidas a Oliver Cowdery le fueron quitadas y otorgadas al hermano Hyrum Smith. Pero hay diecinueve apóstoles que no apostataron. De ese número, siete han fallecido y doce permanecen vivos. Si el Señor, en el mundo venidero, siguiera los ejemplos dados respecto a los Doce de la antigüedad, supongamos que estos diecinueve permanecieran fieles y obtuvieran sus coronas; aun así, creo que solamente doce serían colocados en ciertas posiciones, tal como ocurrió con los Doce en Jerusalén y con los antiguos Doce en esta tierra americana. Sin embargo, esto es algo que no ha sido revelado ni manifestado a nosotros en los últimos días; no sabemos cuál será el futuro de los Doce, como sí se nos ha mostrado respecto a aquellos antiguos que ya partieron.

En el año 1829, el Señor dijo a David Whitmer y a Oliver Cowdery que buscaran a los Doce, y señaló cómo debían ser reconocidos, etc. En la misma revelación habla de sus deberes y también les informa cuán grande era la responsabilidad y bendición conferidas sobre ellos si permanecían fieles en todas las cosas; que la bendición sobre ellos era superior a todas las demás. Hasta dónde se extiende esto no lo sé; eso es todo lo que ha sido revelado, según mi conocimiento, en todas las revelaciones de Dios con respecto al futuro de los Doce Apóstoles en los últimos días.

Ahora esperamos que estos diecinueve apóstoles permanezcan fieles. Thomas B. Marsh, el mayor de los Doce originales, escogidos en 1838, y que ocupaba la posición principal, apostató y abandonó la Iglesia. David W. Patten era el siguiente en edad, y el Señor lo tomó para sí, según se nos informa en la revelación dada el 19 de enero de 1841. El Señor dice: “Mi siervo David W. Patten, que está conmigo en este tiempo”. El Señor lo aceptó. Murió en la fe, como mártir en Misuri. “Lo he tomado para mí”. Sin embargo, dice el Señor, “otro puede ser nombrado para el mismo llamamiento”; y además declara que “mi siervo Lyman Wight es nombrado para sucederle”. ¿Le dio eso a Lyman Wight poder para presidir sobre los Doce Apóstoles? No. David W. Patten murió en la fe y, hasta donde sabemos, conserva las llaves de la presidencia de los Doce en el mundo venidero. Pero puede haber cambios en ese mundo. Los Doce originales, los primeros escogidos, fueron hechos iguales por el profeta José Smith. Y él les dijo en el sótano del templo, cuando iban a ser enviados como consejo en su primera misión, que el de mayor edad presidiría en la primera conferencia; en las conferencias siguientes presidiría el siguiente en antigüedad, y así sucesivamente, hasta que todos hubieran tenido su turno de presidir. “Y seréis iguales”, dijo, mostrando respeto al de mayor edad. Fueron organizados según sus edades, mientras que todos sus sucesores fueron organizados según la fecha de sus respectivas ordenaciones.

Os he presentado algunos de estos puntos relacionados con el sacerdocio, con los Doce de Jerusalén, los Doce discípulos nefitas y los Doce de estos últimos tiempos; y ahora permitidme decir que, en cuanto a las diversas autoridades y consejos del sacerdocio, nunca ha habido un tiempo desde el establecimiento de esta Iglesia en que el pueblo haya estado tan completa y plenamente organizado como en la actualidad. Vayamos donde vayamos por todos estos valles montañosos, y dondequiera que encontremos una familia o una pequeña rama de la Iglesia, si investigamos, descubriremos que está incluida dentro de una estaca regular de Sión; pertenece a alguna estaca, y también encontraremos que es atendida y cuidada, si los oficiales están cumpliendo con sus deberes, porque se la considera parte integrante de la gran familia de Dios. Siento deseos de felicitar a los Santos de los Últimos Días, en esta ocasión, por la organización tan perfecta que existe en toda nuestra región montañosa, y espero que cada hombre procure aprender su deber y cumplirlo fiel y honradamente.

Deseo declarar además, respecto al sacerdocio, ya que estamos tratando este tema, que en el Templo de Kirtland, cuando las autoridades fueron presentadas ante el pueblo, se les pidió que votaran por quórumes. No es que siempre se hiciera de esa manera. Ese fue el método que José estableció en el templo; cada consejo votaba por separado, poniéndose de pie para que sus votos pudieran conocerse mejor que si permanecían sentados. Después de que un quórum había votado por la autoridad más alta de la Iglesia, se pedía a otro quórum o consejo que emitiera su voto, y así sucesivamente hasta que todos hubieran votado por las diferentes autoridades; entonces se presentaba a toda la Iglesia, hombres y mujeres. ¿Por qué? Porque Dios ordenó, el 6 de abril de 1830, como podéis leer en Doctrina y Convenios, que todas las cosas en esta Iglesia debían hacerse por consentimiento común. Esta es la razón de las votaciones. Aunque el Señor pueda dar una revelación sobre un asunto, aunque pueda decir: “Sea mi siervo Hyrum Smith patriarca” o “Sea mi siervo Brigham Young presidente de los Doce Apóstoles”, y aunque el Señor lo revele, Él mismo estaba deseoso de llevar a cabo el principio que había revelado mucho tiempo antes; a saber, que todo lo que he nombrado sea presentado ante la Conferencia General para ser sancionado y aprobado, o para no ser aprobado. ¿Qué? ¿Tiene el pueblo derecho a rechazar a quienes el Señor nombra? Sí, tiene ese derecho; Él mismo se lo concedió. “Que sean aprobados o no aprobados”; mostrando así que tenía consideración por el pueblo mismo, para que votara y expresara su voz general, ya fuera para sostener o para no sostener. No sé exactamente por qué, excepto que en los últimos días el reino se encuentra en circunstancias algo diferentes sobre la faz de la tierra de las que tuvo en dispensaciones anteriores. Vivimos bajo un gobierno republicano libre, donde el pueblo vota, y el Señor estableció este gran gobierno americano y dio la Constitución; y deseó que el pueblo tuviera voz en cuanto a los oficiales nombrados; quiso que ejercieran su albedrío. Podríais llamarlo un principio democrático. Aunque Él mismo señale a las personas y las llame por nombre, aun así podéis aprobarlas o desaprobarlas en mi Conferencia General.

Quizás ya he dicho suficiente; hay un campo muy amplio cuando se habla del sacerdocio. Que el Señor os bendiga. Amén.

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