“El Hombre a Imagen de Dios y Su Progreso Eterno”
Origen del Hombre y los Atributos de la Deidad—Los Filósofos y Astrónomos frente a las Escrituras—El Hombre Posee el Poder de Progresar—Este Desarrollo Mediante la Inspiración
por el élder Erastus Snow, Discurso pronunciado en los Salones de Asamblea del Barrio Catorce, domingo por la tarde, 20 de enero de 1878
Volumen 19, discurso 45, páginas 322–329
“Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
Y los bendijo Dios, y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla; y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” Génesis 1:26–28.
“Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo.” —Génesis 5:1.
“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios hizo Él al hombre.” —Génesis 9:6.
Quienes creen en la religión cristiana y en la divinidad de la misión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, creen también las palabras del apóstol Pablo cuando habla de Él de esta manera: que estaba en la semejanza de Su Padre y era la imagen misma de Su persona. Y los relatos que tenemos de Jesús lo representan como alguien que era físicamente, y en todas las partes esenciales, semejante al hombre. Que comió y bebió, y participó de los elementos que entran en la composición de nuestro tabernáculo terrenal; que estuvo sujeto al dolor y a las debilidades de nuestra carne, y que sufrió todas las cosas a las que nosotros estamos sujetos en la carne; que esta condición mortal estuvo sometida en Él a los dolores y a las penas de la muerte, así como lo está en la humanidad en general. En este aspecto, Su origen divino no eximió a Su tabernáculo mortal de las leyes que gobiernan nuestra carne, excepto en que el Espíritu de lo Alto le fue dado sin medida, y tuvo fortaleza para resistir toda forma de tentación, siendo capaz de obedecer la ley correspondiente a Su existencia aquí sin cometer pecado. Por lo demás, en lo que respecta a Su persona y apariencia exterior, no había diferencia esencial entre Él y la raza de Adán en general.
Existe una gran variedad de ideas y nociones predominantes en el mundo actual respecto al origen del hombre y a los atributos de la Deidad. Parece haber en el hombre, en todas partes y entre todas las naciones y pueblos, un instinto que lo impulsa a adorar a un ser superior. En este aspecto, las naciones cristianas no constituyen una excepción. Es cierto que en los países paganos se erigen diversas imágenes y representaciones de la Deidad para que el pueblo las adore o les rinda alguna deferencia como a la Deidad. Pero la parte reflexiva de todas esas naciones que fomentan estas diversas representaciones de la Deidad no admite ni por un momento que esos dioses, como a veces se les llama, hechos por manos humanas de madera, piedra u otro material, sean realmente dioses o sean adorados como tales; sino únicamente como la encarnación de la idea de una Deidad, una representación de un ser superior. Y el hecho de que exista este sentimiento predominante entre la humanidad, y esta necesidad universal de rendir homenaje a un ser superior, por muy rudimentaria e indefinida que sea esta idea y por muy diversa que sea en la mente de los hombres de las diferentes naciones de la tierra, es, considerada en conjunto, la impresión de la Deidad sobre todos los que llevan Su forma en la tierra, reconociéndolo como Deidad, como un Ser Superior. Entre muchas sectas cristianas de nuestro tiempo, y durante generaciones pasadas, la idea de la Deidad ha parecido ser muy indefinida. Muchos filósofos y teólogos han intentado describir a la Deidad. La encontramos expuesta en muchos catecismos cristianos y artículos de fe. Dios era un ser sin cuerpo, partes ni pasiones. Esto ha sido enseñado durante muchas generaciones por la Iglesia establecida de Inglaterra y por la mayoría de las sectas protestantes, tanto en Europa como en América; ellas describen a la Deidad como “una sustancia espiritual e inmaterial”. Esta palabra sustancia se utiliza en relación con la palabra inmaterial. ¡Un espíritu inmaterial y, sin embargo, una sustancia! Nunca he encontrado todavía a un filósofo capaz de describir una sustancia que no sea material. La idea de una Deidad que no puede localizarse en ninguna parte, que no tiene forma, sustancia ni materialidad, y que es descrita como un espíritu, es, a mi parecer, la mejor definición de la nada misma, semejante a la conocida expresión pintoresca: “una media sin pie y sin pierna”.
Si creemos que hay alguna verdad en los escritos de Moisés, de los patriarcas, profetas y apóstoles, y en las enseñanzas de Jesús; si realmente queremos ser cristianos consecuentes y aceptar los escritos de los padres, creyendo lo que les fue dicho, debemos creer que el hombre fue hecho a imagen de Dios y, por consiguiente, que pertenecemos a la misma especie que los dioses. Aunque seamos infantiles y débiles en esta condición de mortalidad, somos, sin embargo, descendientes de los dioses, hechos a su imagen y semejanza.
Y cuando Lucas, al darnos la genealogía de Jesucristo, remonta Su linaje por medio de Su madre hasta David, hijo de Isaí, y así sucesivamente, sigue Su descendencia hasta llegar a Abraham, hijo de Taré, y luego a Noé, hijo de Lamec; y cuando llega a Adán, el primero de nuestra raza, dice de él: “hijo de Dios”. Oh, dirá alguien, se nos enseña que Adán fue creado, no nacido. Este es un asunto sobre el que no me propongo detenerme mucho en este momento. Cada uno puede pensar sobre ello como le plazca, ya sea que fuera creado o nacido, o si acaso un hombre, por haber nacido, deja de ser creado. Yo no entiendo el término creación como algo hecho repentinamente de la nada. Creo que el hombre que nace es tan verdaderamente creado como la cosa que se hace en un molde y se deja secar, a la que llamamos adobe. No importa si se requieren unos pocos minutos para hacerlo o un período más largo: ha sido creado o hecho. Y entiendo que el término crear es sinónimo del verbo hacer, y lo que es hecho es creado, y lo que es organizado es formado. Y cuando está escrito que Dios formó al hombre a Su propia imagen y semejanza, no describe el tiempo ni el modo, sino simplemente el hecho de haber hecho o creado al hombre a Su propia imagen.
Los maestros religiosos del mundo cristiano han expresado con frecuencia que Dios creó todas las cosas en seis días y que en el séptimo descansó. Leemos en este primer capítulo de Génesis que en seis días el Señor creó los cielos y la tierra. Ahora bien, los científicos modernos intentan refutar esta historia dada por Moisés, demostrando que la tierra se ha formado mediante la operación de un largo proceso de leyes naturales y que jamás pudo haber llegado a su condición actual en seis días. Por supuesto, quienes razonan de esta manera suponen que los días aquí mencionados eran períodos de la misma duración que los días que nosotros contamos por la rotación de la tierra sobre su eje, cada vez que gira sobre sí misma y marca el día y la noche. Pero debo llamar la atención sobre un hecho: al comienzo de esta historia, Moisés nos dice que cuando Dios organizó o creó por primera vez los elementos de esta tierra, ésta estaba desordenada y vacía; es decir, no tenía su forma actual, y las tinieblas cubrían la faz del abismo. Entonces, ¿cómo se contaban los días? Hasta que nuestra tierra asumió su posición entre los planetas y comenzó a realizar sus revoluciones, y estuvo lo suficientemente completa como para ocupar su lugar entre los orbes celestiales y efectuar sus movimientos como ahora, los métodos actuales para medir el tiempo no podían ser establecidos para el hombre: ni nuestros días, ni nuestros meses, ni nuestros años, todos los cuales están determinados por las revoluciones de la tierra sobre su eje, de la luna alrededor de la tierra y de la tierra en su órbita alrededor del sol. Pero ¿cuál es la regla o medida del tiempo por la que Dios calcula Su labor y Su obra? ¿Es acaso el tiempo medido para los habitantes de Marte o del pequeño planeta Mercurio, que completa su revolución alrededor de nuestro sol en menos de tres meses y cuenta cuatro de sus años mientras nosotros, sobre la tierra, contamos uno? ¿O se mide según el tiempo señalado para un orbe más distante de nuestro sistema, que requiere ciento sesenta o más de nuestros años para completar sus revoluciones alrededor del sol y así contar un solo año suyo? ¿O acaso los días fueron contados según el gran ciclo de las multitudes de sistemas que se mueven en el espacio alrededor del centro común?
Los filósofos y astrónomos no han vivido lo suficiente sobre esta tierra, ni han llevado un registro de los cuerpos celestes durante el tiempo suficiente, como para poder calcular la duración de ese período. Sin embargo, hay una declaración del apóstol Pedro que dice: “No ignoréis esto: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”. Pero no se nos dice si esto tiene alguna relación con los días de los que habla Moisés, durante los cuales el Señor estuvo ocupado en la formación de esta tierra. Sin embargo, sean esos períodos más largos o más cortos, los cuales el Señor llamó seis períodos o días en los que realizó Su obra, eso tiene muy poca importancia para nosotros. Tampoco vale la pena gastar nuestro tiempo discutiendo o contendiendo con geólogos o científicos modernos acerca de la duración de esos períodos. El hecho es que la tierra existe, que tiene su esfera en la que se mueve, que ha sido designada para ser la morada del hombre y que nosotros estamos aquí; y nuestros padres nos han enseñado que descendemos de los Dioses. Y que cuando Dios dijo a Sus asociados: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”, no estaba solo. Y como dijo Pablo: “hay muchos dioses y muchos señores”; pero en cuanto a nosotros, se nos ha dado un solo Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Y poco importa cuántos más existan, dónde estén ubicados o cuál sea la extensión de su poder y dominio. No podemos comprenderlo; somos apenas infantes, comparativamente hablando; nuestras ideas apenas están comenzando a desarrollarse; nos esforzamos por comprender lo poco que está a nuestro alcance y descubrimos que apenas podemos abarcar una pequeña parte. Y es inútil intentar mirar hacia el principio, si es que hubo alguno, o hacia el fin, si es que existe un fin. Pero se nos enseña que las obras de Dios son un eterno círculo y que no tienen principio ni fin.
Podemos preguntarnos en tono jocoso: ¿Qué fue primero, el ganso o el huevo? Y nuevamente: ¿Produce la calabaza la semilla o produce la semilla la calabaza? Se puede responder a la pregunta como se quiera, afirmativa o negativamente, y cualquiera de las respuestas, o ambas, serían correctas en cierto sentido. Pero diréis: “Eso no nos basta; queremos saber dónde y cómo se produjo la primera calabaza”. Eso es algo que no podemos decir, ni ningún otro mortal tampoco; igualmente podríamos preguntar cuándo se producirá la última calabaza. Es algo absolutamente incomprensible, porque no hay principio ni fin; está más allá del alcance del entendimiento humano. Pero aceptamos el efecto; estamos aquí; la creación es una realidad. Vemos una variedad de rocas sólidas y preguntamos: ¿Cómo se formaron? Los geólogos intentan explicárnoslo y nos remiten al Libro de la Naturaleza. Pero son como otros escolares; cometen muchos errores al leer. Lo que leen correctamente es correcto; lo que leen incorrectamente es incorrecto. “Es como es, y no puede ser de otra manera”. Y es una necedad que los geólogos o cualquier otra clase de científicos supongan que lo saben todo, o que han leído el Libro de la Naturaleza desde el principio hasta el fin y lo comprenden por completo.
El señor Darwin y una escuela afín de filósofos modernos quisieran convencernos de su teoría de la evolución y hacernos creer que descendemos de nuestro antepasado, el mono, y que sólo estamos un poco más avanzados que él; y que otros grados inferiores de animales aspiran a convertirse en monos. Pero no logran demostrar sus teorías, simplemente porque no son demostrables.
Vemos una variedad infinita en las creaciones que nos rodean, variedad en cada especie de vida animal y en cada especie del reino vegetal; y lo mismo puede decirse de los cuerpos celestes. Y en lo que respecta al hombre, aunque evidentemente procede de un origen común, la variedad es casi tan grande como el número de individuos; y aunque los rasgos generales del rostro son sustancialmente los mismos, la diversidad es tan grande que no pueden encontrarse dos personas exactamente iguales en todos los aspectos. Ninguna madre que haya dado a luz gemelos, por muy semejantes que sean, ha estado jamás incapaz de discernir alguna diferencia por la cual distinguir a uno del otro. Ni siquiera en el reino vegetal encontramos violada esta ley de infinita variedad, ni tampoco en el reino animal. ¿Dónde encontramos alguna especie, aparte del hombre, dotada con la capacidad de sojuzgar la tierra y controlar los elementos que hay en ella? Moisés nos dice que Dios dijo al hombre: “Ten dominio sobre la tierra y sométela; ejerce dominio sobre todas las especies inferiores de vida animal, y sobre los frutos y las hierbas que os serán dados como alimento”. ¿Ha hecho esto alguna otra rama del reino animal? Cuando el hombre aparece por primera vez en la existencia, parece más indefenso que el becerro o la cabra; pero en su progreso y desarrollo manifiesta el poder de los Dioses. Toma los elementos y los obliga a adoptar formas y estructuras que se adapten a su conveniencia y sirvan a sus propósitos. No sólo su inteligencia superior hace que el rey de las bestias y todas las ramas del reino animal se sometan a él, sino que cada elemento que existe está a su servicio. Debido a esta divinidad que hay en él, y mediante su ejercicio y desarrollo, encadena el relámpago y lo convierte en su siervo para transmitir sus pensamientos o mandatos por toda la tierra; aprovecha el vapor y lo transforma en una fuerza motriz que lo transporta por tierra y mar. Hace que todos los elementos que están a su alcance sirvan a sus propósitos, e inventa los medios por los cuales los controla y los utiliza. Empleo la palabra “inventa” porque se adapta un poco mejor al orgullo y la vanidad del hombre; pero el término más apropiado, diría yo, es inspiración, porque ninguna gran verdad ha sido jamás revelada al hombre sin inspiración. Y cuando Watt, observando el temblor de la tapa de una tetera provocado por la fuerza del vapor, concibió la idea de utilizar ese poder, ¿fue invención o inspiración? Cuando Newton, al ver caer una manzana del árbol y preguntarse por qué caía hacia abajo y no hacia arriba, ni hacia la izquierda ni hacia la derecha, vio cómo su mente era guiada desde esa simple observación hacia la comprensión de una verdad tras otra, hasta que fue capaz de dar al mundo las leyes de la gravitación; y de allí pasó a investigar las leyes que gobiernan los planetas, de modo que los astrónomos de hoy pueden realizar cálculos matemáticos de los movimientos futuros de los cuerpos celestes con mucha mayor precisión de la que el superintendente del Ferrocarril Utah Southern puede calcular la velocidad de su tren. ¿Fue esto inspiración o fue invención?
Cuando los hombres que trabajaron para sacar a luz y desarrollar la verdad, ya fuera científica o religiosa —porque considero que toda verdad es a la vez científica y religiosa; en otras palabras, la verdadera religión abarca toda verdad, pues ésta emana de Dios, quien es la fuente de toda verdad, o, dicho de otro modo, quien posee toda la verdad que nos es posible alcanzar al menos—. Y en cuanto a afirmar que Él ha llegado al final de todo conocimiento, no me atrevería más a decirlo que a afirmar que usted o yo hemos llegado al final. No me corresponde, en mi imaginación y necedad, poner límites a los dioses ni clavar una estaca para sujetarlos con una cuerda.
Pero vemos que este ser llamado hombre, del cual se dice que fue formado a imagen de Dios, posee el poder de mejorar, de avanzar indefinidamente; y ¿quién pondrá límites al progreso y perfeccionamiento del hombre más de lo que podría poner límites a los dioses de la eternidad? El apóstol Pablo, en su carta a los filipenses, dice: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús; el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse”. “¡Oh, blasfemia!”, exclamará el fanático estrecho y limitado. “¡Blasfemia! Pablo, amigo mío, más te valdría retractarte”. ¿Qué? ¿Exhortar a tus hermanos a cultivar la misma mente, el mismo sentimiento, el mismo deseo y la misma aspiración que hubo en Cristo Jesús, quien, al encontrarse en la forma de Dios, no consideró un robo ser igual a Dios? ¡Qué idea! ¿No espera todo padre que su hijo crezca y llegue a ser su igual? ¿Y no aspira todo hijo a llegar a ser como su padre? Y el niño contempla el rostro de su madre como la criatura más querida que conoce, considerándola quizá perfecta; su palabra es ley, no conoce otra autoridad. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”. Y así como Él no consideró un robo ser igual a Dios cuando se encontró en la forma de Dios, tampoco vosotros debéis pensar de otra manera. ¿Por qué? ¿Acaso podríamos despojarle de algo? No, ciertamente. Dar no lo empobrece, ni retener lo enriquece. Él es capaz de impartir lo que posee si nosotros somos capaces de recibirlo; y tan rápido como estemos preparados para recibir, Él es abundantemente capaz de otorgar. Él no se empobrece mientras nosotros nos enriquecemos; mientras nosotros crecemos grandemente, Él no disminuye en nada. Y esto lo ha ordenado para aquellos a quienes ha formado a Su imagen y semejanza. Pero el mundo dice: “Estas son cosas que no podemos comprender”. Muy cierto, no podemos ver el final de ellas; pero sí podemos ver una parte, aunque no podamos comprender el todo. Podemos permanecer observando una cadena interminable que gira sin cesar y, mientras se mueve, contar sus eslabones; pero no podemos encontrar su final ni señalar su comienzo. Sin embargo, vemos los eslabones, y tiene muy poca importancia para nosotros saber cuántos componen la cadena, siempre que comprendamos que la eternidad es un círculo eterno. No necesitamos intentar encontrar el final; no podemos hacerlo, nadie lo ha hecho jamás ni lo hará, simplemente porque no existe final. Y si queréis saber qué calabaza produjo la primera semilla y qué semilla produjo la primera calabaza, decimos que ni vosotros ni nadie puede responderlo; nadie puede señalar el momento en que existió una sin la otra. Pero hubo un tiempo en que comenzamos a existir, ¿no es así? Sí. ¿Nuestro espíritu? Sí. ¿Nuestra forma terrenal? Sí. ¿Y llegará un momento en que nuestros cuerpos dejarán de existir? Oh, sí; eso es algo que ocurre diariamente: la humanidad viene y va. Y lo mismo sucede con todas las creaciones de nuestras manos. Esta casa en la que nos reunimos, ¿cuándo fue creada? Oh, hace unos quince o veinte años. Sin embargo, el filósofo os dirá que los árboles de los cuales se aserró la madera tenían cientos de años de antigüedad. “¡Oh, decirme que esta casa fue hecha hace sólo quince o veinte años! Yo sé más que eso. Mi conocimiento de la madera me enseña que los árboles de los que provino tenían varios cientos de años.” Y el geólogo os llevará a las colinas o a la costa y os señalará las evidencias en la naturaleza de los largos períodos que debieron transcurrir desde la formación de las rocas sedimentarias, sin mencionar siquiera las rocas primarias. Y os dirán que el período mencionado por Moisés en la historia de Adán y de la creación apenas es un cero comparado con el tiempo durante el cual estos elementos de la tierra han estado tomando forma. ¿Y qué tiene que ver todo eso con el gran principio fundamental? Diremos que las partes componentes de cada herramienta formada por el ingenio y el trabajo del hombre son mucho más antiguas que la herramienta misma.
Una dama prepara un pastel de frutas quizá en unas pocas horas; pero un hombre que no la vio hacerlo y que desconoce de dónde provienen sus ingredientes observa una pasa dentro del pastel. “Oh”, dice él, “señora, ¿cuántos años tiene este pastel?” “Lo hice ayer”, responde ella. “Pero, señora, esa pasa creció en una vid, sin duda, y mi conocimiento y experiencia me enseñan que las vides no crecen en un día.” Sin embargo, la dama insiste en que hizo el pastel ayer y añade: “Si desea saber cómo lo preparé, pase a mi cocina y lo aprenderá fácilmente”. Tal vez, con el tiempo, se nos permita entrar en la cocina o laboratorio del Señor y comenzar allí a recibir lecciones sobre estos asuntos, así como ahora podemos entrar en el taller de un maestro del hierro para aprender cómo toma las diferentes clases de mineral y, mediante un determinado proceso, las convierte en hierro bruto o en rieles para ferrocarril. Él habla, dirige, y el material surge obedeciendo su mandato. Entramos en su taller y aprendemos cómo se hace; pero aún no hemos avanzado lo suficiente para saber cómo fueron reunidos esos materiales ni cómo fueron compuestos. Nos basta saber que se ha hecho y que alguien lo ha hecho. Y sería tan razonable decir que el hierro de los rieles no tuvo creador, que nadie lo diseñó ni ordenó a los elementos combinarse, como decir que no hay Dios porque no tenemos el privilegio de entrar directamente en Su laboratorio para descubrir cómo ordenó a los elementos unirse.
Descendemos a la costa marítima de la antigua Salem o de Boston y vemos barcos partir al mar, debidamente equipados, tripulados y dirigidos, impulsados por velas, vapor o ambos. Al cabo de un mes, los mismos barcos regresan al puerto; y más tarde emprenden otro viaje, regresando aproximadamente en el mismo tiempo. Vemos partir otros navíos, y transcurre un período mucho más largo o más corto antes de que vuelvan. No sabemos dónde han estado ni las distintas rutas que han recorrido, pero sabemos que regresan. Y aunque quizás ignoremos a dónde fueron, de dónde vinieron o cuánto tiempo emplearon, la tripulación que los condujo, el capitán que los dirigió y el poder que está detrás de ellos, que los gobierna y los controla, lo saben perfectamente. Sin embargo, nuestras propias observaciones deberían enseñarnos que hubo alguien que los dirigió; que sus movimientos no fueron obra del azar, sino del propósito y del diseño; que alguien planeó y determinó su labor. Y aunque no podamos medir las distancias de los cuerpos celestes ni comprender plenamente la extensión de sus revoluciones, vemos y sabemos lo suficiente para convencernos de que todos están regulados y sujetos a leyes; leyes tan bien comprendidas por el hombre mortal que incluso puede contarlos, entender sus movimientos y calcular sus tiempos y períodos.
Ahora bien, ¿no sería un hombre tan insensato al decir que no hay Dios, como lo sería al afirmar que no existe un capitán que guíe el rumbo de un barco ni un propietario que lo controle? Sus viajes y períodos son determinados por aquel que decide dirigirlos. Así sucede también con el hombre. Como ha dicho el apóstol Pablo: “Él da a todos vida, aliento y todas las cosas”.
“Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación.”
¿Cuál es la fuente de la que bebemos conocimiento? ¿Son los libros? Yo digo que sí, siempre que tengamos dentro de nosotros la inspiración que nos permita separar lo bueno de lo malo, la verdad del error, conservando lo que vale la pena guardar y desechando la escoria. Porque encontramos que los libros son con frecuencia un laberinto de necedad y debilidad humana; pues los hombres escriben como hablan, y hablan como piensan. Y cuando piensan equivocadamente, hablan equivocadamente y escriben equivocadamente. ¿Cuál es la norma de la verdad? Nuestro Padre; y sin Él no existe una norma segura para nosotros. Aunque haya muchos de nuestra propia especie delante de nosotros, avanzando y ascendiendo en la escala de la inteligencia y el poder, y nosotros nos esforcemos por seguirlos y aprender de ellos, la inspiración del Todopoderoso es la única fuente verdadera de conocimiento. Como dijo Job: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda”. Es la lámpara del Señor, y Su Espíritu la enciende.
Los hombres orgullosos, altivos y llenos de suficiencia suelen ignorar esta fuente de conocimiento; y cuando reciben Su gracia e inspiración, sus corazones son demasiado soberbios para reconocerlo. Y si alguien ha sido inspirado un poco antes que ellos, o ha sido favorecido con una idea que se adelanta a la suya, entonces, en su orgullo y fanatismo, se levantan para resistirla. Así sucedió cuando Galileo, cuya mente había sido receptiva a las inspiraciones del Todopoderoso, reveló al mundo que la tierra se movía sobre su eje. “¡Blasfemia!”, clamaron; y el poder de la Iglesia de Roma fue movilizado para aplastar al hombre. Y así ha ocurrido siempre que un profeta, vidente, revelador, filósofo o sabio ha expresado una inspiración que iba más allá de la comprensión de sus contemporáneos; la oposición se ha levantado contra él. “¡No podemos tolerar esta innovación! ¡Fuera con él! ¡Matadlo! ¡No podemos soportarlo!” Esta es la razón por la cual la descendencia de Abraham mató a los antiguos profetas y persiguió a Jesús; y es también la misma razón por la cual el profeta José Smith fue martirizado. Él fue un poco más allá que sus contemporáneos en su comprensión de Dios, de la eternidad, de la inmortalidad y de la divinidad, así como en sus ideas sobre las relaciones humanas y la moralidad. Estaba un poco por delante de los hombres de su tiempo, y por eso no pudieron soportarlo. “¡Que sea muerto y que su pueblo sea abandonado a su suerte!”
¿Y cuál es el problema? “Oh, ellos se casan con sus esposas. Son padres de sus hijos. Los honran y cuidan de ellos, en lugar de arrojarlos al barro y la inmundicia de las calles para que perezcan. Las mujeres con quienes se casan las reciben verdaderamente en su seno, las aman, las honran, las cuidan, las sostienen y las bendicen, en lugar de andar furtivamente, más semejantes a bestias rastreras que a hombres, seduciendo a las hermosas hijas de Eva; y después de satisfacer sus pasiones, abandonarlas a ellas y a sus hijos para que sean objeto perpetuo de reproche. ¡Oh, Santos de los Últimos Días, no podemos soportaros! No queréis descender a nuestro nivel. Nosotros, los congresistas, vamos tras vosotros; ¡os enseñaremos moralidad! No importa cuántas amantes tengáis, no presentamos ninguna queja contra esa parte del asunto; los proyectos de ley que hemos introducido no tienen la intención de impedir que tengáis y conservéis tantas cortesanas como queráis, sino de prohibiros que os caséis con ellas.”
Hermanos y hermanas, no os retendré por más tiempo. Que Dios os bendiga. Seamos hombres y mujeres fieles a nosotros mismos, fieles a nuestro Dios y fieles a la santa religión que hemos recibido. Y llegará el día en que aquellos que ahora nos desprecian, nos injurian, nos maltratan, nos calumnian, nos difaman y procuran pisotearnos en el polvo, honrarán nuestra memoria y bendecirán a nuestros hijos.
Que el cielo nos proteja es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.


























