Esta Vida: Una Escuela para la Eternidad
Ninguna Salvación en la Ignorancia—Revelación de Calamidades—Este Mundo No Es Malo; Está Adaptado a Su Propósito—La Incredulidad de la Humanidad—Los Santos Vivirán.
por el élder Charles C. Rich, Discurso pronunciado en el Tabernáculo, Salt Lake City, el domingo 30 de junio de 1878.
Volumen 19, discurso 53, páginas 371–376.
Estoy agradecido por tener la oportunidad de reunirme con los Santos de los Últimos Días esta tarde en este Tabernáculo. Confío en poder impartirles algunas palabras de instrucción, en la medida en que sea asistido para ello por el Espíritu Santo; sin esta ayuda, soy consciente de que no estaría capacitado para hablar para vuestra edificación.
Nos hemos reunido en este día de reposo con el propósito de ofrecer nuestro Sacramento al Altísimo Dios y adorarle; y mientras estamos así ocupados, permitidme pediros, hermanos y hermanas, que apartéis las distracciones de vuestra mente y supliquéis que Su Santo Espíritu repose sobre nosotros, para que nuestra adoración sea aceptable al Señor y verdaderamente beneficiosa para nosotros mismos; porque, como hemos aprendido, toda bendición procede de Él, y dependemos de Él para todo lo bueno que recibimos.
Somos un pueblo bendecido por haber recibido el conocimiento del plan de salvación; pues estamos en condiciones de mejorar nuestra situación día tras día mediante la instrucción que recibimos, en la medida en que deseamos ser hallados obedientes a todos los requisitos que Dios nos impone. Hemos comenzado a andar por el camino estrecho y angosto que, según se nos dice, conduce a la exaltación y a la continuación de las vidas, y pocos son los que lo encuentran. El hecho de haber hallado el camino de la vida debería inspirar en nuestros corazones el deseo de aprender todo lo que sea necesario saber para poder continuar en él, sirviendo a nuestro Dios con todo nuestro corazón. Supongo que estos son los sentimientos de mis hermanos y hermanas presentes hoy. Sin duda deseáis saber qué requiere el Señor de nosotros, con la esperanza de vencer toda imperfección, toda insensatez y todo mal al que estamos sujetos mientras vivimos en la carne.
El Señor nos ha dicho en nuestra época, por boca de Su siervo José, que un hombre no puede salvarse en la ignorancia. Este solo punto es de gran importancia para que lo tengamos siempre presente, pues está destinado a estimularnos a buscar el conocimiento y la sabiduría que vienen de Dios, los cuales nos permitirán, en toda circunstancia, discernir entre el bien y el mal y finalmente conducirnos de regreso a Su presencia. Y habiendo alcanzado una porción de ese conocimiento que buscamos, sin duda estamos dispuestos a vivir conforme a él y a practicarlo en nuestra vida. Porque todo lo que es recto y agradable a la vista de Dios no es probable que produzca mal alguno; por el contrario, su fruto natural es bueno. Al hacer lo correcto, al cumplir la voluntad de Dios, no perjudicamos a nadie; antes bien, estamos en condiciones de bendecir y beneficiar a los demás. Ya hemos demostrado este hecho. Todos sabemos que cuanto más cerca vivimos del Señor, mejor nos sentimos, mayor es el grado de felicidad que existe entre nosotros y más influencia para el bien ejercemos dondequiera que vayamos. He conocido personas cuya creencia religiosa las llevó a imaginar que la salvación no podía obtenerse sino hasta llegar a lo que llamamos el mundo de los espíritus. Pero nosotros hemos aprendido que los principios de rectitud producen felicidad en este mundo así como en el mundo venidero.
En lo que respecta al mundo religioso, parece ser perfectamente entendido por todas las clases y denominaciones que importa muy poco qué forma de adoración se escoja o adopte, siempre que las personas se sientan satisfechas con ella; la cuestión de si el servicio que procuran rendir a Dios es aceptable y aprobado por Él o no, no parece digna de consideración; de hecho, ni siquiera se cuestiona.
Existían muchos credos cuando el Salvador estuvo sobre la tierra, todos ellos teniendo como fundamento de su fe el Antiguo Testamento. Desde Su época muchos han existido y siguen existiendo, y las palabras del Salvador son tan aplicables hoy como cuando las pronunció: “Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Jesús dijo exactamente las cosas como son, y sabía de lo que hablaba. El mundo cristiano, en general, descubrirá cuando termine esta vida que esta, así como muchas otras declaraciones y enseñanzas del Salvador, está llena de significado; y descubrirá también que es verdad, una verdad que no puede ser cambiada ni anulada. No todos hallarán la puerta, ni los credos de los hombres ni las ideas de los hombres les permitirán encontrarla. Dios mismo tiene voz en este asunto; Él ha provisto el camino, y es conforme a Su designio, que no es más ni menos que el plan concebido y preordenado en los cielos antes de la fundación de la tierra. Este plan del Evangelio no puede ser cambiado ni alterado; es el “camino angosto” y el único medio por el cual el hombre puede servir a Dios de manera aceptable. Si, por tanto, forma parte del plan que los hombres, para llegar a ser portadores de Su mensaje, deban primero obedecer ciertos requisitos inmutables y luego ser comisionados por Él antes de estar autorizados para predicar Su palabra y Su voluntad a sus semejantes, y así llegar a ser verdaderamente Sus siervos, tales requisitos deben cumplirse. Nunca será correcto que individuos que desatienden estos requisitos y que carecen completamente de autorización divina salgan a actuar como ministros enviados por Dios para declarar el camino de la vida a los hijos de los hombres. Tampoco serviría de nada que las personas aceptaran las doctrinas de tales hombres, por muy populares y agradables que sean para los hombres, porque Dios, con quien todos nosotros tenemos que tratar, no las aprobará. El servicio que le rendimos debe hacerse conforme a Su voluntad; si se hace de otra manera, Él no lo aprobará. Las ordenanzas relacionadas con Sus santos templos deben efectuarse únicamente como Él lo ha indicado y en el lugar que Él ha mandado, a menos que el Señor revele otra cosa. Esto es razonable. Si nosotros, por ejemplo, contratamos personas para servirnos, queremos dirigir sus labores y deseamos que hagan exactamente lo que les pedimos, y no lo que ellas prefieran hacer. ¡Cuánto más nuestro Padre Celestial! Si nuestros servicios no son aceptables a Dios, entonces no le estamos sirviendo a Él; ¿de quiénes somos siervos entonces? Dice el Salvador: “El que no recoge conmigo, desparrama”. Y también: “El que no es conmigo, contra mí es”. Y el apóstol Pablo dice: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis; sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?”. Por tanto, hermanos míos, consideremos debidamente la importancia de esto, temiendo que los servicios que prestamos no sean de “obediencia para justicia” y, por consiguiente, se pierdan para nosotros y resulten estar en oposición a la voluntad de nuestro Padre Celestial. Debemos conformar nuestra voluntad a la Suya; el mismo Salvador lo hizo, y no procuró hacer ni más ni menos. Y si le servimos de manera aceptable, debe ser como Él se complazca en dirigirnos, y no como nosotros quisiéramos hacerlo, a menos que deseemos hacer lo que Él quiere que hagamos.
Cuando comprendamos la verdadera posición que ocupamos como hijos de Dios, y no de este mundo, descubriremos que ocupamos una posición peculiar.
Tenemos que aprender algo, y debemos aprender por el conducto apropiado lo que el Señor requiere de nosotros; y cuando lo hayamos aprendido, debemos estar preparados y dispuestos a cumplirlo, sea lo que sea. Y si el mundo lo supiera, esta es la misión que se nos ha dado en esta tierra: que aprendamos, en esta escuela terrenal, cosas que no podríamos aprender en ningún otro lugar. Y para que aprendamos correctamente, debemos estar dispuestos a ser enseñados por quienes son competentes para enseñar, y debemos aceptar y estudiar las lecciones que se nos han proporcionado.
Hace ya casi medio siglo, cuando el Señor comenzó por primera vez a revelar los principios de salvación a nosotros, Sus hijos, empezó también a decirnos lo que vendría sobre la tierra; predijo el derrocamiento de los reinos de este mundo y comisionó y envió a Sus siervos para dar testimonio de Su segunda venida y de Su reinado sobre la tierra. Nos habló de terremotos, hambres, pestilencias y otros juicios que finalmente sobrevendrían a los inicuos por causa de su maldad, y esto fue dicho en una época en que el mundo clamaba por paz. Pero las personas están tan ciegas respecto al cumplimiento de las profecías en estos días como lo estuvieron antiguamente, cuando el Salvador dijo de ellas: “Viendo, no ven; y oyendo, no oyen ni entienden”. Tal ha sido la condición de todas las generaciones, a pesar de que las revelaciones que se les han dado han sido claras y positivas; muchas se han cumplido y muchas se están cumpliendo. Así como ocurrió con la destrucción de los judíos, así sucederá en estos últimos días. El Señor cumplirá Su palabra y cumplirá todo lo que ha dicho acerca de Su venida, estemos preparados o no. Derribará los reinos de este mundo y establecerá Su reino, y el mundo de la humanidad no podrá impedirlo. Nos corresponde prepararnos para las dispensaciones de Su providencia haciendo lo correcto; no simplemente pensando que es correcto, ni suponiéndolo, ni imaginándolo, sino sabiendo lo que es correcto. Tenemos la oportunidad de aprender qué es lo correcto y qué se requiere de nosotros, y tenemos el poder para hacerlo; y si no lo hacemos, ciertamente seremos hallados faltos. Comparativamente, seremos como las vírgenes insensatas cuyas lámparas se apagaron y que, cuando llegó el momento de estar preparadas para salir al encuentro del Esposo a quien esperaban, descubrieron que no tenían aceite en sus lámparas; y mientras procuraban reabastecerse, el esposo llegó y ellas llegaron demasiado tarde para recibirle. Hay muchas cosas relacionadas con nosotros, los Santos de los Últimos Días, que deberían ocupar seriamente nuestra atención. Es fácil cometer errores si no somos muy cuidadosos; y si los cometemos, nos encontraremos más o menos perjudicados, apartados del sendero correcto y privados de aquella porción del Espíritu Santo que de otro modo podríamos disfrutar.
En lo que respecta a este mundo, algunas personas lo consideran un mundo terrible, lleno de dolor, tristeza y sufrimiento. Yo no lo veo así. Lo considero un mundo bendecido, un mundo glorioso, que nos brinda muchísimos privilegios. ¿Qué otro lugar existe además de este mundo donde podamos obtener la remisión de los pecados? Esa ordenanza pertenece a esta vida y a este mundo, y a ningún otro. Y hay muchas cosas relacionadas con este mundo que podemos hacer aquí, pero que no podremos hacer después de pasar detrás del velo. Si cumplimos con los deberes de esta vida en su debido tiempo y estación, sin dejar sin hacer nada de lo que somos capaces de hacer, todo irá bien para nosotros en el más allá; pero si fallamos en el cumplimiento de nuestros deberes aquí, ciertamente lamentaremos y quizás lloraremos nuestra negligencia cuando hayamos partido; y además tendremos entonces que depender de otros para que hagan en nuestro favor cosas que nosotros mismos podríamos haber hecho. Aprovechemos nuestras oportunidades aquí y apreciémoslas tan plenamente como deberíamos. Son grandes y gloriosas, y si no hacemos buen uso de ellas, ciertamente lo lamentaremos cuando partamos; y lo que hace esto aún más serio es que no sabemos cuándo, si es que alguna vez, dejaremos de lamentarlo. Esta probación es corta, y cuando hayamos hecho todo cuanto esté en nuestro poder, empleando nuestros mejores esfuerzos para cumplir toda obligación y deber, apenas estaremos preparados. Cuanto más aprendamos y comprendamos las cosas de Dios, más conscientes seremos de la importancia de ser cuidadosos y resueltos, y de no ceder jamás al espíritu de indiferencia ni cometer acto alguno que sea incorrecto. Nos sorprendería que un mensajero del mundo eterno pudiera ser inducido a cometer un acto de insensatez o maldad. Como santos de Dios, deberíamos ser tan firmes y tener tal determinación unida a nuestro conocimiento, que ninguna influencia ni poder pudiera movernos a hacer algo malo, por insignificante que parezca. ¿Qué está en juego en este asunto? Todo, en lo que respecta a nuestra exaltación. Esto es algo en lo que debemos pensar y que debemos tener presente en todas nuestras relaciones y circunstancias de la vida, siendo cuidadosos para no producir un mal que viva más tiempo que nosotros. Viendo que estamos continuamente sujetos a la tentación y, por consiguiente, a hacer lo malo, deberíamos estar decididos en nuestro corazón a no permitir jamás que algún mal que hagamos sobreviva a nuestra propia vida; procuremos que ningún mal, por pequeño que sea, encuentre lugar en nuestro corazón; más bien cultivemos el buen fruto en todas nuestras relaciones en esta vida, sintiéndonos agradecidos de tener el privilegio de trabajar por la causa de la rectitud y la verdad, y de desarrollar estos principios dentro de nosotros.
Ahora se nos llama a edificar templos. Puedo decir con gran satisfacción que, hasta donde alcanza mi conocimiento entre los Santos de los Últimos Días, ellos, en general, están dispuestos a realizar esta labor. Hemos aprendido, mediante la bondad y misericordia de Dios, que los templos tienen un propósito importante y que sin ellos, en nuestra condición actual, no podemos recibir ciertas bendiciones necesarias para nuestra salvación y exaltación en el Reino de Dios. ¿Por qué? Porque el Señor ha ordenado que esas bendiciones sean administradas en tales lugares y que, si no se realizan como Él ha indicado, carecen de eficacia. Estas son cosas que comprendemos porque el Señor nos ha iluminado mediante Su Santo Espíritu. Ha sido una afirmación común en el mundo que los Santos de los Últimos Días eran guiados ciegamente por el profeta José; después de su muerte se dijo que eran engañados por el profeta Brigham; y ahora puede decirse que prestamos obediencia ciega al presidente Taylor. Pero nosotros, como Santos de los Últimos Días, entendemos que es privilegio de todo hombre y de toda mujer saber por sí mismos que estos hombres fueron y siguen siendo siervos del Dios viviente, y que, por lo tanto, es Dios quien los guía y dirige. Y si alguno que pertenece a esta Iglesia no está satisfecho en este punto, es porque no está viviendo a la altura de sus privilegios; y a todos ellos, si los hay, les diría que ya es tiempo de obtener este conocimiento; es tiempo de que todo hombre y toda mujer que afirme ser miembro de la Iglesia y Reino de Dios pueda levantarse y dar testimonio al mundo, si fuese necesario, de que sabe que Dios ha extendido Su mano para edificar Su reino, que este ha sido establecido en la tierra en nuestros días y que se nos ha permitido recibirlo. Cuando podamos dar este testimonio, no será: “Creo que sí”, o “Tal vez sea así”; sino: “De cierto, así dice el Señor”.
Puedo decir ahora, como lo he dicho muchas veces antes ante vosotros y ante el mundo, que sé por mí mismo que Dios ha establecido Su reino sobre la tierra en estos días, y que Él requiere obediencia a las leyes de Su reino; y no solo la requiere, sino que es nuestro deber someternos voluntaria y alegremente a Su voluntad, cualquiera que esta sea, porque Él no puede exigirnos nada que no sea para nuestro bien, y además algo que debamos realizar para purificarnos a fin de entrar en el reino celestial. “Bueno”, podría decir alguno, “pero el mundo no lo cree”. Sé que el mundo no creyó a Noé cuando les predicó durante ciento veinte años que, si no recibían su testimonio, el Señor enviaría un diluvio de aguas sobre ellos. El mundo tampoco creyó a Jesús, el Hijo de Dios, cuando les habló del futuro de Jerusalén. Sé también que, según nos informa la historia, el mundo nunca ha recibido los testimonios de los siervos de Dios, ni tampoco cree ahora lo que Sus siervos les predican. Pero a pesar de ello, el Señor siempre ha cumplido Su palabra, y por ella los justos han sido salvados y los desobedientes destruidos. Y sabemos que Él hará realidad todo lo que ha sido hablado por boca de Sus siervos, crea o no el mundo. Y nosotros, como pueblo de Dios, que hemos sido lo suficientemente sencillos para recibir el mensaje que Él nos ha enviado, tenemos el consuelo de saber que mientras la maldad, la abominación y todos los que se deleitan en ellas serán barridos de la tierra, de acuerdo con el decreto del Todopoderoso, Sus santos, junto con sus hijos, vivirán para multiplicarse, extenderse y finalmente llenar toda la tierra. Cultivemos dentro de nosotros el conocimiento de Dios viviendo de acuerdo con la luz que hemos recibido; y apreciemos siempre los privilegios que este mundo nos ofrece para aprender el bien y el mal, y para poder distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Tenemos el poder, si somos fieles, de vencer el mal, la oposición y todas las potestades de las tinieblas; de santificarnos ante el Señor mediante Su verdad y de prepararnos mientras estamos en esta tierra para heredar Su gloriosa presencia en el mundo venidero.
Que este sea nuestro feliz destino, es mi oración en el nombre de Jesús. Amén.


























