“La Gran Obra de Mejorar y Redimir a la Familia Humana”
La obra del sacerdocio, el mejoramiento de la familia humana: el Evangelio es más que moralidad, incluye la redención; diferencias entre las ideas de los santos y las del mundo; los profetas con respecto al aumento de la riqueza mineral; enseñad a los hijos.
por el presidente Brigham Young,
Discurso pronunciado en el Tabernáculo de Ogden, domingo por la mañana, 27 de mayo de 1877.
Volumen 19, discurso 9, páginas 45–50.
Puedo ofrecer algunas reflexiones de mi propia mente con respecto al discurso del hermano Geo. Q. Cannon. Tomaré su texto: “Tenemos una gran obra que realizar.” No porque tenga tiempo de tomar punto por punto, explicarlos y darles puntos de vista correctos para que puedan comprender todas las cosas relacionadas con esta gran obra; pero sí diré unas pocas palabras, esperando que estén preparados para recibirlas con corazones buenos y honestos, y para asimilarlas por el espíritu de revelación, comprendiendo lo que llevo en mi propio corazón.
La mejora que estamos emprendiendo no es una labor pequeña. No es la obra de un día, ni de una semana, ni de un mes, sino la obra de toda una vida; y cuando terminemos nuestra carrera aquí, esperamos dejar tras nosotros, sobre la tierra, a nuestra propia posteridad, mejor capacitada para continuar esta obra, y que lo haga hasta que quede completada. ¿Cuál es esta obra? La mejora de la condición de la familia humana. Esta obra debe continuar hasta que las personas que viven sobre la tierra estén preparadas para recibir a nuestro Señor cuando venga, para morar con los santificados y asociarse con los ángeles y con nuestro Salvador, preparándose así para entrar en la presencia de nuestro Padre Celestial.
Ahora bien, esta es la obra; y la pregunta es cómo debemos llevarla a cabo, cuestión que espero puedan comprender. Desearía que tuvieran el espíritu de revelación. Me deleitaría ver a los Santos de los Últimos Días vivir de tal manera que el Espíritu de Dios estuviera dentro de ellos, para que pudieran ver, comprender y juzgar todas estas cosas por sí mismos.
Comenzaré llamando la atención sobre la filosofía del hombre aquí sobre la tierra. Nos vemos a nosotros mismos aquí hoy. Aquí hay hombres ancianos de cabellos grises, damas de edad avanzada, niños en brazos de sus madres y personas en las diferentes condiciones y etapas de la vida, con variados aspectos, sentimientos, simpatías y pasiones. Vemos hoy esta diversidad ante nosotros. Pero todos comenzamos al pie de la colina. Vemos al niño en brazos de su madre. ¿Para qué está aquí este niño? ¿Cuál es el propósito en la creación de este pequeño infante? Reposa en los brazos de su madre; no ofrecería la menor resistencia si se le dejara caer en una caldera de aceite hirviendo; si se le arrojara al fuego, no lo sabría hasta sentir las llamas; podría ser dejado aquí, y un lobo podría venir y lamer su rostro, y no sabría sino que era su madre quien lo acariciaba. Ven ustedes este fundamento, este punto de partida, este germen de inteligencia encarnado en este niño, destinado a crecer y expandirse hasta la madurez, luego hasta la capacidad de un ángel, y después avanzar hacia la exaltación eterna. Pero aquí está el fundamento. Enviado a la escuela, el niño aprende a leer y continúa mejorando mientras vive. ¿Es este el fin del conocimiento del hombre? No. Es solamente el comienzo. Es la primera etapa de toda la inteligencia que el filósofo, en sus reflexiones, contemplando el mundo estrellado y observando la inmensidad de las creaciones de Dios, puede imaginar. Aquí está el primer lugar donde aprendemos; este es el pie de la colina.
Ahora bien, el objetivo es mejorar las mentes de los habitantes de la tierra hasta que aprendamos para qué estamos aquí y lleguemos a ser uno delante del Señor, para que podamos regocijarnos juntos y ser iguales. No para hacer pobres a todos. No. El mundo entero está delante de nosotros. La tierra está aquí, y su plenitud está aquí. Fue hecha para el hombre; y un hombre no fue creado para pisotear a su semejante y disfrutar de todo lo que desea su corazón mientras miles sufren. Consideremos esto desde un punto de vista moral y político, y veremos la desigualdad que existe en la familia humana. Tomemos a los habitantes del mundo civilizado: ¿cuántos trabajadores hay en proporción a la población? Aproximadamente uno de cada cinco son productores, y se supone que diez horas de trabajo de uno para tres personas en veinticuatro horas sostendrán a los cinco. Es una condición desigual de la humanidad. Vemos siervos que trabajan temprano y tarde, que no tienen la oportunidad de medir sus horas a diez de veinticuatro. No pueden asistir a la escuela ni apenas conseguir ropa para asistir a las reuniones del día de reposo. He visto muchos casos de esta clase en Europa, cuando una joven tenía que tomar su vestido un sábado por la noche y lavarlo para poder asistir a la reunión el domingo con ropa limpia. ¿Para quién trabajaba ella? Para aquellos que, en muchos casos, vivían en el lujo. Y para servir a las clases que viven de ellos, los hombres y mujeres pobres trabajan y consumen su vida para ganar apenas lo necesario para mantener un poco de vida dentro de sí. ¿Es esto igualdad? ¡No! ¿Qué se hará entonces? Los Santos de los Últimos Días nunca cumplirán plenamente su misión hasta que esta desigualdad desaparezca de la tierra.
Decimos muy poco acerca de la política. Si hemos de tener leyes, debemos tener buenas leyes, y debemos elegir buenos hombres para administrarlas. Y si estamos en desacuerdo con nuestro vecino y necesitamos un juicio mejor que el nuestro para resolver nuestras diferencias, llamemos a tres o doce hombres y dejemos que ellos decidan entre nosotros. Adopten este método y se ahorrará una inmensa cantidad de tiempo, y el abogado se dedicará a cultivar sus propias papas y trigo en lugar de engañar a la gente. El que no produce debe vivir de los productos de quienes trabajan. No hay otra manera. Si todos trabajáramos unas pocas horas al día, podríamos dedicar el resto de nuestro tiempo al descanso y al perfeccionamiento de nuestra mente. Esto daría oportunidad a los niños de recibir educación en los conocimientos de la época y poseer toda la sabiduría del hombre.
Pero nosotros hemos de revolucionar el mundo. ¿Creen que estos Santos de los Últimos Días pueden hacerlo? No lo sé. Es la obra del Todopoderoso; y si Él envía Su Espíritu para enseñar principios verdaderos al pueblo, tenemos el derecho, un derecho moral y religioso, de decir la verdad a la gente sin interrupción; y los hombres no tienen motivo para enojarse contra este pueblo cuando simplemente estamos diciendo la verdad a los habitantes de la tierra e instruyéndolos acerca de cómo pueden mejorar su condición.
Pero tenemos algo más que moralidad para enseñar al pueblo. ¿Qué es? Es cómo redimir a la familia humana. En Adán —si creemos este libro, la Biblia, y creemos la historia que Moisés dio acerca de nuestros primeros padres y de los habitantes de la tierra, historia de la cual dependemos porque no poseemos otra acerca de nuestros primeros padres y por lo tanto debemos recurrir a ella— si creemos esto, puedo decir que así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Si creemos a Moisés y a los Apóstoles, morimos como consecuencia del pecado cometido por nuestros primeros padres al comer aquello que les fue prohibido; y quedamos excluidos de ver y comprender a los seres celestiales. No podemos contemplar sus rostros. No podemos escuchar sus voces. No podemos contemplar su gloria. Estamos separados de ello. El velo de la mortalidad ha sido colocado entre nosotros y el Creador, y algo debe hacerse para que podamos regresar y contemplar a aquellos que han sido exaltados.
Existe una diferencia entre los Santos de los Últimos Días y el mundo cristiano profesante. ¿Haré un comentario sobre esta diferencia? Enseñamos a nuestros hijos que servimos a un Dios que tiene oído para oír y ojo para ver. Tiene boca para hablar y mano para tocar. Tiene un cuerpo. Posee las partes constitutivas del hombre. Se mueve en su propia esfera. Mora en su propio lugar de residencia. Su presencia y su poder llenan la inmensidad. Ha llenado los cielos y la tierra con sus obras, y ha colocado al hombre aquí sobre la tierra, y en los últimos días ha sacado a luz su obra más grande. Es la obra más grande para la salvación de la familia humana que haya sido revelada al hombre desde la caída de Adán. Espero que enseñen esto en la Escuela Dominical: que servimos a un Dios que tiene cuerpo, partes y pasiones, que tiene sentimientos y compasión. Bien, esto puede sorprenderles. Ustedes tienen compasión. Si el mundo cristiano me oyera declarar que nuestro Padre Celestial puede conocer y simpatizar con esta mortalidad por experiencia propia, y que posee compasión, y que trata con bondad, simpatía y misericordia a aquellos que son obstinados, se sorprenderían. Sin embargo, este es nuestro Padre. Creemos en Él. Sí. Pregunten al mundo cristiano: ¿Creen ustedes en un Dios así? No, responderán. ¿En qué clase de ser creen entonces? En uno como el descrito en la inscripción que Pablo vio escrita en el altar de Atenas: “Al Dios no conocido.” “Adoramos a ese Dios desconocido.” Pero el Dios que adoran los Santos de los Últimos Días, y que enseñamos a nuestros hijos a adorar, es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, y el Padre de nuestros espíritus, el autor de la existencia de nuestros cuerpos, Aquel que los colocó aquí sobre la tierra. Él dio existencia a todos nosotros. Él dio aliento y vida a todos. Y, sin embargo, el hombre posee su albedrío; esta verdad nunca debemos perderla de vista. Debemos enseñar a nuestros hijos que Cristo vino en el meridiano de los tiempos; que sufrió y murió por el pecado original que Adán cometió en el Jardín de Edén, y que probó la muerte por cada hombre. Él sufrió por cada ser humano sobre la tierra.
Esta es la naturaleza de Aquel a quien recibimos como nuestro Salvador.
Queremos que crean en Él, hijo mío, hija mía. Crean en Su Padre y en que ellos tienen compasión de nosotros, y que debemos escuchar Su consejo. ¿Qué se requiere de nosotros tan pronto como llegamos a la edad de responsabilidad? Se requiere de nosotros, porque es una institución del cielo cuyo origen ni ustedes ni yo podemos explicar, por la sencilla razón de que no tiene principio; es de eternidad en eternidad. Se requiere de nosotros que descendamos a las aguas del bautismo. He aquí una fuente o elemento que simboliza la pureza de las eternidades. Descendemos a las aguas y allí somos bautizados para la remisión de los pecados; luego se nos imponen las manos para confirmarnos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Después recibimos el Espíritu de verdad, o el Espíritu Santo. Entonces vivimos de acuerdo con toda palabra que sale de la boca de Dios por medio de aquellos hombres que Él ha designado aquí sobre la tierra, hasta que lleguemos a ser perfectos.
Si vamos y predicamos el Evangelio, y hombres y mujeres adultos, jóvenes y niños creen nuestro testimonio, avanzan y desean recibir la remisión de sus pecados obedeciendo las ordenanzas de la casa de Dios, las cuales han sido establecidas precisamente para ese propósito, entonces comienzan a vivir vidas morales, como corresponde a quienes han abrazado la verdad, y continúan viviendo conforme a ella hasta estar preparados para entrar en una exaltación. ¿Cuánto tiempo vivirán aquí? No importa si viven tanto como Matusalén, siempre que comiencen esa reforma moral que se requiere en sus vidas. Quienes han tenido el hábito de blasfemar, no blasfemen más. Nunca usen el nombre de la Deidad sin Su autoridad. Si tenemos el hábito de decir aquello que no es verdad, aprendamos a decir la verdad. Si hablamos mal de nuestros vecinos, dejemos de hacerlo. No codiciemos lo que no nos pertenece. Guardemos los Diez Mandamientos y luego sigamos adelante hasta llegar a ser perfectos, amando a nuestro prójimo más de lo que nos amamos a nosotros mismos, impartiendo a todos ese espíritu de compasión que nos permita tomar a quienes se encuentran en esta pobre y afligida condición de vida y levantarlos, para que también puedan disfrutar de los frutos de la tierra y gozar de todo lo que nosotros disfrutamos en vestido, alimento y posesiones. Criemos nuestros propios caballos, produzcamos nuestros propios alimentos y hagamos que todos sean productores; entonces podremos, con toda justicia, ser consumidores. No perjudiquemos a nadie. En lugar de empobrecer a otros, hagamos que todos prosperen.
Unas pocas palabras acerca de los minerales que se encuentran en nuestras montañas. Hemos tenido muchos hombres explorando entre las montañas y a través de las mesetas y cordilleras del sur. Hace pocos años, todo el mundo científico habría comprometido su reputación asegurando que no existía ningún mineral en las formaciones de arenisca a lo largo del río Virgen. Ahora los están encontrando en muchos lugares. Muchísimas personas me dijeron que allí no había minerales, pero ahora se han descubierto en diversas partes de la porción sur de este Territorio. ¿Qué puedo decir al respecto? El Señor declara en Isaías: “Por bronce traeré oro, y por hierro traeré plata, y por madera bronce, y por piedras hierro.” No puedo atribuirlo a ninguna otra causa que al poder de Dios difundiendo estas riquezas en las montañas. Dejaré esto al juicio del mundo científico. Tan fácil sería tomar un trozo de madera y decir que se convertirá en una piedra arenisca, como afirmar que se encontrará plata en la arenisca. ¿Alguna vez supieron que la arenisca se petrificara? Ahora es difícil decir dónde no se encontrará mineral, cuando incluso se encuentra en las cortezas de árboles petrificados. No importa; el Señor dirige todas estas cosas y hace exactamente lo que le place con respecto a los tesoros de la tierra. Podemos buscarlos, pero si no debemos hallarlos, permanecerán ocultos. Cuando Dios diga a Sus agentes: “Quitad este oro, esta plata, este cobre”, así se hará. Ustedes no entienden esta filosofía, pero yo sí. Y mi filosofía va más allá de la filosofía de quienes estudian únicamente en los libros. He dicho suficiente respecto a los minerales de la tierra.
Veo a un hombre crecer desde la infancia hasta convertirse en un erudito y, con el tiempo, gobernar un imperio y dar leyes al pueblo que puedan igualar las condiciones de los hombres, conducirlos a un estado de felicidad y excelencia, otorgarles todas las ventajas que el ser humano puede poseer sobre la tierra y hacer que cada persona sea feliz y viva cómodamente. Esta es la obra que tenemos entre manos. Enseñen al pueblo la fe del Evangelio. Enséñenles quién es Dios, cuál es Su obra, y que jamás hubo un tiempo como el que muchos de nuestros filósofos describen, quienes retroceden una y otra vez, pasando de una teoría a otra, hasta llegar a afirmar que todos fuimos reptiles. ¿Cuándo hubo un tiempo en que no existiera Dios? Pero ellos dicen que debió haber existido tal tiempo. Entonces ustedes me declaran que hubo un tiempo en que no existía el tiempo. Y esta es la filosofía de muchos de los científicos de nuestra época. Ven los cielos extendidos, pero no los comprenden. ¿Y por qué no dicen también que si hubo un tiempo en que no existía el tiempo, volverá a haber un tiempo en que no existirá el tiempo? ¡Qué condición tan lamentable para el hombre! ¿Podemos mirar hacia adelante y hacia arriba a través de la inmensidad del espacio, contemplar mundos sobre mundos que llamamos estrellas e imaginar que serán borrados para siempre? ¡Qué idea! ¡Qué filosofía! Debería provocar la risa incluso de los ignorantes y de quienes son todavía niños en sus reflexiones. ¿Un tiempo en que no existía Dios ni eternidad? No puede ser posible, y el filósofo que intenta establecer tal doctrina no puede poseer una comprensión correcta de su propia existencia. ¿Habrá alguna vez tal tiempo? No. Sino que será para siempre, hacia adelante y hacia arriba. Así sucede también con la religión que hemos abrazado.
Enseñen a los niños de la Escuela Dominical acerca de los cielos, acerca de su fe, acerca de sus vidas mortales, y ayúdenlos a extender la mirada hacia esa vida superior, muy por encima de esta vida que ahora disfrutamos sobre la tierra. Esta es la condición del hombre. Este es el camino por el que los hombres deben andar: ser obedientes a los principios de la verdad eterna, a esos principios inmortales que Dios nos ha revelado.
Con respecto a las ordenanzas de Dios, podemos decir que les obedecemos porque Él lo requiere; y cada una de Sus exigencias tiene una filosofía racional detrás. No establecemos cosas basadas en hipótesis. Esa filosofía se extiende hasta toda la eternidad, y es la filosofía en la que creen los Santos de los Últimos Días. Cada partícula de verdad que cualquier persona ha recibido es un don de Dios. Recibimos estas verdades y avanzamos de gloria en gloria, de vidas eternas a vidas eternas, adquiriendo conocimiento de todas las cosas y llegando a ser Dioses, sí, hijos de Dios. Estos son los seres celestiales. Estos son aquellos que el Señor ha escogido por causa de su obediencia. Son quienes no rechazaron la verdad cuando la escucharon. Son quienes no rechazaron el Evangelio, sino que reconocieron a Jesús y a Dios en su verdadero carácter; quienes reconocieron a los ángeles en su verdadero carácter. Son aquellos que trabajan por la salvación de la familia humana.
Digo a los Santos de los Últimos Días que todo lo que tenemos que hacer es aprender de Dios. Dejemos que los mentirosos sigan mintiendo y que los blasfemos sigan blasfemando, y ellos irán a la perdición. Lo único que nosotros debemos hacer es seguir avanzando hacia adelante y hacia arriba, guardando los mandamientos de nuestro Padre y Dios; y Él confundirá a nuestros enemigos. A ustedes y a mí nos corresponde mejorar a nuestros hijos y enseñarles a desarrollar los elementos que se encuentran aquí, hasta que poseamos todas las cosas que hay sobre la tierra, y luego prepararnos para poseer las cosas que están en los cielos, avanzando de gloria en gloria, hasta que seamos coronados con Dios el Padre.
Que el Señor los bendiga. Amén.


























