Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 19

“Tratando de Ser Santos: Las Verdaderas Riquezas de Sion”


Procurando Ser Santos—Los Tesoros de las Colinas Eternas—La Colina de Cumorah—La Obediencia a los Verdaderos Principios, la Clave del Conocimiento—Todo Gozo Proviene de Dios—La Organización—Los Deberes de los Oficiales—Resultados Finales

por el presidente Brigham Young,
Discurso pronunciado en una conferencia especial celebrada en Farmington, con el propósito de organizar una estaca de Sion para el condado de Davis, el domingo por la tarde, 17 de junio de 1877.
Volumen 19, discurso 8, páginas 36–45.


Tengo por privilegio reunirme con los Santos de los Últimos Días. He visitado Farmington muchas veces, y puedo decir que, por lo general, al asistir a sus reuniones, he sentido mucha de la paz y de las bendiciones que fluyen del cielo hacia este pueblo.

No tengo duda de que la mayoría de las personas llamadas Santos de los Últimos Días desean realmente ser santos; de no ser así, podría sentirme parcialmente desanimado. Las personas que son honestas, que procuran conocer y comprender la verdad, son las que, en la medida de su fe y buenas obras, y de su influencia y capacidad, sostienen el reino que Dios ha comenzado a establecer sobre la tierra. Cuando consideramos la condición de los Santos de los Últimos Días y vemos cuántos hay que parecen tener sus ojos fijos en las cosas de este mundo, cosas que no son duraderas, sino que perecen con el uso, y cuán ansiosos están por obtenerlas, ¿cómo creen que me siento al respecto? Vemos a muchos de los élderes de Israel deseosos de enriquecerse, y adoptan cualquier curso que creen que les traerá riquezas, lo cual para mí es tan insensato como puede serlo cualquier cosa: ver a hombres de sabiduría, hombres que parecen tener entendimiento del mundo y de las cosas de Dios, buscando minerales por estas montañas; recorren las colinas, excavan aquí y allá, y siguen cavando, picando y removiendo rocas desde la mañana hasta la noche. Esta cadena montañosa ha sido recorrida de norte a sur, y sus diversos ramales han sido explorados; ¿y qué encuentran? Apenas lo suficiente para atraerlos y finalmente apartarlos de la fe, para terminar haciéndolos miserables y pobres. Pregunten a los hermanos por qué hacen esto, y la respuesta inmediata será: “¿No es mi privilegio encontrar una mina de oro o una mina de plata, igual que otros?” En cuanto a mí, diría: “Sí, ciertamente es su privilegio, si puede encontrar una”. Pero ¿saben cómo encontrar una de esas minas? No, no lo saben. Estos tesoros que están en la tierra son vigilados cuidadosamente; pueden ser trasladados de un lugar a otro según el beneplácito de Aquel que los hizo y los posee. Él tiene a sus mensajeros a su servicio, y es tan fácil para un ángel trasladar minerales de una parte de estas montañas a otra, como lo es para usted y para mí caminar de un lado a otro de este salón. Sin embargo, esto no es comprendido por el mundo cristiano, ni tampoco por nosotros como pueblo. Hay ciertas circunstancias que varios de mis hermanos y hermanas me han oído relatar, que demostrarán esto de manera tan positiva que nadie necesita dudar de la verdad de lo que digo.

Supongo que algunos de los presentes me han oído narrar una circunstancia relacionada con el descubrimiento de una mina de oro en el cañón Little Cottonwood, y diré aquí que las muestras extraídas de ella, que hoy tengo en mi posesión, son muestras de oro tan finas como cualquiera que se haya encontrado en este continente. Un hombre que algunos de ustedes conocen bien me trajo una hermosa pepita. Yo le dije que dejara la mina en paz.

Cuando el general Conner vino aquí, realizó bastante prospección; y mientras exploraba los cañones Cottonwood, tuvo la sospecha de que allí había oro. Porter, como solemos llamarlo, vino a verme un día diciendo: “Han llegado a cuatro pulgadas de mi veta, ¿qué debo hacer?” Estaba tan entusiasmado con la idea de que debía hacer algo, que le dije que fuera con los otros hermanos interesados y registrara su reclamación. Cuando terminó de hablar, le dije: “Porter, deberías saberlo mejor; has visto y oído cosas que yo no he visto ni oído, y eres un hombre de larga experiencia en esta Iglesia. Quiero decirte una cosa: pueden llegar a cuatro pulgadas de esa veta tantas veces como quieran, y no la encontrarán”. Buscaron y buscaron, cientos de ellos lo hicieron; y tuve el placer de reírme un poco de él, porque cuando volvió allí otra vez, ni siquiera él mismo pudo encontrarla. (Risas.)

A veces me tomo la libertad de hablar un poco más sobre tales cosas. Orin P. Rockwell fue testigo ocular de algunos poderes relacionados con el traslado de los tesoros de la tierra. Él estuvo con ciertas personas que vivían cerca del lugar donde fueron halladas las planchas que contienen los registros del Libro de Mormón. Los nefitas habían escondido una gran cantidad de tesoros. Porter estuvo con ellos una noche en un lugar donde había tesoros; podían encontrarlos con facilidad, pero no podían obtenerlos.

Voy a contarles una historia que será maravillosa para la mayoría de ustedes. Me la contó Porter, a quien yo creería tan rápidamente como a cualquier hombre que vive. Cuando él relata algo que comprende, lo cuenta exactamente como lo sabe; es un hombre que no miente. Dijo que aquella noche, mientras buscaban ese antiguo tesoro, excavaron alrededor del extremo de un cofre unos cincuenta centímetros aproximadamente. El cofre tenía unos tres pies de lado. Un hombre que estaba decidido a obtener el contenido de aquel cofre tomó su pico y golpeó la tapa, atravesándola y abriendo una grieta en el cofre. El golpe desprendió un pedazo de la tapa, el cual cierta dama conservó en su posesión hasta su muerte. Aquel cofre lleno de dinero desapareció dentro de la colina. Porter lo describía así [imitando un sonido retumbante]; decía que esto era tan cierto como los cielos. He oído a otros contar la misma historia. Relato esto porque les parece maravilloso. Pero para quienes entienden estas cosas, no es algo maravilloso.

Se oye hablar mucho acerca de encontrar dinero. No hay ninguna dificultad en encontrar dinero, pero hay muchísimas personas que no saben qué hacer con él cuando lo encuentran. Este es el gran defecto de la familia humana. Podría relatar muchas circunstancias muy singulares. Viví precisamente en la región donde fueron halladas las planchas de las cuales se tradujo el Libro de Mormón, y conozco muchas cosas relacionadas con aquel lugar. Creo que me tomaré la libertad de contarles otra circunstancia que será tan maravillosa como cualquier otra. Este es un incidente de la vida de Oliver Cowdery, aunque él no se tomaba la libertad de contar tales cosas en las reuniones como yo lo hago. Les cuento estas cosas, y tengo un propósito al hacerlo. Quiero que lleguen a los oídos de mis hermanos y hermanas, y también de los niños, para que crezcan comprendiendo algunas cosas que parecen estar completamente ocultas a la familia humana. Oliver Cowdery acompañó al profeta José cuando este depositó las planchas. José no tradujo todas las planchas; una parte de ellas estaba sellada, como pueden aprender en el Libro de Doctrina y Convenios. Cuando José obtuvo las planchas, el ángel le instruyó que las llevara de regreso al cerro Cumorah, y así lo hizo. Oliver dice que cuando José y él fueron allí, el cerro se abrió y entraron en una cueva, dentro de la cual había una sala grande y espaciosa. Dice que en ese momento no pensó si tenían la luz del sol o una luz artificial; pero había tanta claridad como en pleno día. Colocaron las planchas sobre una mesa; era una mesa grande que estaba en aquella habitación. Debajo de ella había una pila de planchas de casi dos pies de altura, y en total había en esa sala más planchas de las que probablemente podrían transportar muchas carretas; estaban apiladas en las esquinas y a lo largo de las paredes. La primera vez que fueron allí, la espada de Labán colgaba de la pared; pero cuando regresaron nuevamente, había sido bajada y colocada sobre la mesa, atravesando las planchas de oro; estaba desenvainada, y sobre ella estaban escritas estas palabras: “Esta espada nunca volverá a ser envainada hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser el reino de nuestro Dios y de su Cristo”. Les digo esto no solamente porque proviene de Oliver Cowdery, sino también de otros que estaban familiarizados con ello y lo comprendían tan bien como nosotros entendemos el hecho de venir a esta reunión, disfrutar del día y luego separarnos y marcharnos, olvidando la mayor parte de lo que se ha dicho, aunque recordando algunas cosas. Así sucede también con otras circunstancias de la vida. Les relato esto y quiero que lo comprendan. Me tomo la libertad de referirme a estas cosas para que no sean olvidadas ni se pierdan. Carlos Smith era un joven tan veraz como cualquier otro joven que teníamos, y fue testigo de estas cosas. Samuel Smith vio algunas de ellas, Hyrum vio muchas, pero José era el líder.

Ahora bien, tal vez piensen que soy imprudente al contar públicamente estas cosas, pensando quizá que debería guardarlas en mi propio pecho; pero esa no es mi manera de pensar. Me gustaría que el pueblo llamado Santos de los Últimos Días comprendiera algunas pequeñas cosas con respecto a las obras y tratos del Señor con Su pueblo aquí sobre la tierra. Podría relatarles muchísimas más, todas las cuales son familiares para muchos de nuestros hermanos y hermanas.

Ahora bien, si ustedes fueran a buscar oro o plata, encontrarían apenas lo suficiente para atraerlos y destruirlos. Pero podría decirse: “¿No son la tierra y sus tesoros propiedad del Señor que los creó, y no los dará Él, de acuerdo con la promesa, a Sus discípulos fieles?” Oh sí, esto es estrictamente correcto; pero fíjense en esto: el hombre que es fiel a su llamamiento y a este santo Sacerdocio nunca va en busca de oro o plata a menos que sea enviado. Tales hombres se hallan siguiendo sus ocupaciones legítimas, trabajando en sus campos, en sus talleres y jardines, embelleciendo sus moradas; en otras palabras, ocupados en edificar y ayudar a establecer la Sion de Dios sobre la tierra, con la mente centrada en las verdaderas riquezas y no en las cosas de este mundo. La gente no lo sabe, pero yo sé que hay un sello puesto sobre los tesoros de la tierra; a los hombres se les permite llegar hasta cierto punto y no más allá. He conocido lugares donde había tesoros en abundancia; pero ¿podían los hombres obtenerlos? No. Pueden leer en el Libro de Mormón acerca de los antiguos nefitas que poseían sus tesoros, y de cómo estos se volvían escurridizos; de modo que, después de haber escondido privadamente su dinero, al volver al lugar, he aquí, no estaba allí, sino en otra parte, aunque ellos no sabían dónde. El pueblo no entiende esto; quisiera que lo entendiera, porque entonces haría como yo: prestaría atención al negocio legítimo que Dios le ha dado para realizar. ¿Ando yo tras minas o cavando hoyos en la tierra? No, en absoluto. Es como un fuego fatuo, una luz engañosa. Pregunten a nuestros hombres de negocios, o vayan a California y pregunten allí si vale la pena buscar oro. Me atrevo a decir que jamás se ha sacado un dólar de las montañas de California, ni de estas montañas del oeste, ni de este Territorio, que no haya costado de diez a cien dólares. ¿Lo creen? Se dice que se ha ganado mucho dinero aquí y allá. ¿Quién lo ha ganado? Se ha extraído bastante plomo de aquí, y un poco de plata; pero cuando cuentan el tiempo que se ha empleado, y después de darle una valoración justa, encontrarán que lo que digo es un hecho, sin mencionar las vidas y propiedades que se pierden. Un pequeño pueblo directamente al oeste de aquí, hace unos quince meses, contenía cierto número de hombres que se dedicaban a la minería. Calculamos su tiempo según la tarifa que se pagaba por el trabajo común; luego averiguamos la cantidad obtenida del tesoro sacado de la tierra, que era bien conocida; y se demostró que gastaban alrededor de setecientos dólares al día, y recibían a cambio unos treinta. Lo que sí obtenían era apenas suficiente para atraerlos.

El Señor ha permitido que nuestros enemigos vengan entre nosotros, quienes nos destruirían si pudieran. Solo se les permite atraer la mente de los insensatos, de los que carecen de juicio y no conocen las cosas de Dios. Pero cuando nosotros, como individuos y como pueblo, aprendamos las cosas tal como son, hallaremos este hecho: toda verdad es digna y vale la pena poseerla, mientras que toda falsedad no es digna ni merece que corramos tras ella, ni que trabajemos por ella, ni que gastemos nuestra vida en ella. El Evangelio de vida y salvación que Dios nos ha revelado incorpora todos los sistemas que existen. Todo principio verdadero, toda ciencia verdadera y toda verdad que existe están incorporados dentro de la fe de los Santos de los Últimos Días. Esto es algo digno de poseerse; vale la pena dedicar nuestro tiempo a ello; pero las religiones del día, aparte de su valor moral, no son más que un mito, una sombra; no hay realidad en ellas. Pero cuando llegan a la filosofía de la religión del cielo, tienen en su posesión hechos que vale la pena tener; son dignos de la admiración de los sabios, los prudentes, los nobles, los grandes y de aquellos que buscan la sabiduría que viene de Dios, ¡y los Santos de los Últimos Días están en posesión de este tesoro! ¿Qué estamos haciendo? Si fuéramos el pueblo de Dios, como profesamos ser, no habría ni una voz disidente en todo Israel al obedecer al Sacerdocio. Esta mañana el hermano Cannon observó, con respecto a rendir obediencia, que se nos llamaba a obedecer porque era un mandamiento de Dios, y nuestra fe exige obediencia. ¿A qué? ¿Por qué? ¿Para qué? Obediencia a todo principio de verdad. ¿Con qué fin? Para que lleguemos a poseer toda verdad. ¿Por qué debemos hacerlo? Porque nos da salud, nos da riqueza, nos da conocimiento, nos da poder, nos da hermosura, nos da excelencia, nos da tesoros en la tierra y tesoros en el cielo, nos da conocimiento de Dios y del amor de Dios, nos da comunión con los santos que son santificados y glorificados, y nos da todas las cosas que promueven la felicidad y la paz. Estas son las razones por las que lo hacemos. Si toman el otro camino, ¿qué obtienen? Nada. Cuando las personas se apartan del Evangelio del Hijo de Dios, ¿hacia qué se vuelven? Hacia nada. ¿Y de qué se apartan en el porvenir? De todas las cosas dignas de poseerse, de todo lo que los hombres y los Dioses pueden poseer en el tiempo y en la eternidad. Tomen el otro camino, y obtendrán una sombra por el momento, y quizá piensen que tienen la sustancia; pero tarde o temprano quedarán como una pluma flotando en el aire, o peor aún, como un barco en el océano, sin brújula ni timón, privado de la luz del sol, de la luna y de las estrellas, sacudido de un lado a otro hasta que se hunda para no levantarse más. Para rendir obediencia a la verdad, deben amar la verdad y tener el temor de Dios en sus corazones. Todos los que sienten el verdadero espíritu de esta obra de los últimos días se deleitan en la verdad, se deleitan en oír la verdad y se deleitan en obedecer la verdad; es su deleite conocer la mente y la voluntad de Dios, para poder rendirle obediencia. Esta es la experiencia de todo hombre y mujer fiel en esta Iglesia. Pero consideren la experiencia de los apóstatas, y la experiencia de aquellos que se han levantado en oposición al profeta José Smith y al Evangelio sacado a luz y contenido en el Libro de Doctrina y Convenios y en el Libro de Mormón, y a las revelaciones que él fue el instrumento honrado en las manos de Dios para revelar al pueblo; los que se levantan en oposición a esto, ¿quiénes son y cuál es su fin? Oirán de ellos un hecho: “Hermano——, ¿ha disfrutado usted desde que renunció al “mormonismo”? Ahora diga la verdad. Vamos, díganos tal como es. ¿Ha experimentado gozo y felicidad desde que dejó el reino de Dios? Vamos, ¡no mienta!” El hermano—— responde: “No he disfrutado ni un solo día de paz desde que dejé la Iglesia”. Esta es la declaración de los apóstatas hoy, cuando dicen la verdad al respecto. Miren sus semblantes: ¿hay felicidad representada allí? No, hay tristeza; escogen el error en lugar de la verdad, aman más las tinieblas que la luz, y el fin de ello, usando el lenguaje de las Escrituras, es la muerte. La tristeza de ello la sienten cada día, porque el espíritu del hombre es influido continuamente. Somos tan independientes en nuestra organización como lo son los Dioses, pero aun así somos criaturas de circunstancias, influidos por los espíritus y por los poderes de la eternidad que están aquí y alrededor de nosotros. Estamos aquí y somos influidos por ellos en nuestra organización. Este es el lugar donde todo hombre comienza a adquirir el germen de la independencia que se disfruta en los cielos. Estas influencias, en comparación, son como las brisas frescas de las montañas que nos son tan agradables, que nos reaniman y refrescan, que nos dan vida. Pero, por otro lado, viene el miasma del pantano, trayendo enfermedad y muerte; y sin saberlo inhalamos el aire venenoso, tomamos conciencia de nuestra debilidad, sentimos que estamos adquiriendo fiebre, que nos estamos enfermando: llegamos a ser presa del enemigo, y sobreviene la muerte. Esa es la diferencia entre las dos influencias que actúan continuamente sobre la humanidad. Es gozo o sufrimiento. Todos están sujetos a estos elementos en los que vivimos. Aquí está el bien obrando, diciéndoles todo el tiempo a los hombres y mujeres, antes de pasar por las pruebas de la redención, que deben arrepentirse; que entonces la luz de Cristo estará sobre ellos de tiempo en tiempo, para influir en sus mentes, enseñándoles: están haciendo mal, están diciendo lo que no es correcto, han renunciado al Libro de Mormón, han renunciado a Doctrina y Convenios, han renunciado a José, a sus investiduras o a la ley celestial. Cuando revelan la verdad de sus corazones, dirán, como dijo Lyman E. Johnson en una de nuestras reuniones de cuórum, después de haber apostatado y tratado de quitar a José de en medio. Lyman dijo la verdad. Dijo: “Hermanos —los llamaré hermanos—, les diré la verdad. Si pudiera creer en el “mormonismo” —no importa si es verdadero o no—, pero si pudiera creer en el “mormonismo” como lo creía cuando viajaba con ustedes y predicaba, si poseyera el mundo lo daría. Daría cualquier cosa; permitiría que me cortaran la mano derecha, si pudiera creerlo otra vez. Entonces estaba lleno de gozo y alegría. Mis sueños eran agradables. Cuando despertaba por la mañana, mi espíritu estaba alegre. Era feliz de día y de noche, lleno de paz, gozo y gratitud. Pero ahora todo es tinieblas, dolor, tristeza, miseria extrema. Desde entonces no he visto ni un momento feliz”.

Lyman E. Johnson pertenecía al Cuórum de los Doce; fue el primer hombre llamado cuando se organizó el Cuórum de los Doce; su nombre figuraba primero, el de Brigham Young segundo y el de Heber C. Kimball tercero. El testimonio que él dio acerca de su amarga experiencia es el testimonio que daría todo apóstata si dijera la verdad. Pero ¿lo reconocerán? No, porque no desean decir la verdad.

No hay disfrute, no hay felicidad, no hay consuelo; no hay luz para mi senda; para mí no existe placer ni deleite verdadero, sino únicamente en la observancia de la verdad tal como viene de Dios, obedeciéndola en todo el sentido de la palabra y avanzando como un buen y fiel soldado en el cumplimiento de cada deber. El hombre o la mujer —quizá piensen que soy presuntuoso al decirlo, pero les prometo que lo que voy a decir es verdad— que ha abrazado lo que se llama “mormonismo”, pero que no es ni más ni menos que el Evangelio eterno del Hijo de Dios, y que cuando es aconsejado por hombres de Dios que poseen el Sacerdocio eterno para hacer esto o aquello, se deja llevar por un espíritu que le impulsa a decir: “Oh sí, creo que usaré mi propio juicio. Pienso que tengo tanto criterio como ustedes, y seguiré mi propio camino. Puedo ocuparme de mis propios asuntos tan bien, y quizá un poco mejor que cualquier otra persona, y por lo tanto no necesito que nadie me aconseje”. Digo que el hombre o la mujer que haga esto, atribuyéndose a sí mismo o a sí misma la fuerza y la sabiduría para aconsejarse por cuenta propia, a menos que se arrepienta, cambie de rumbo y actúe mejor, entrará en tinieblas; y tarde o temprano esa persona, o esas personas, apostatarán y caminarán hacia la destrucción. ¿Lo creen? Es tan cierto como el sol que brilla. ¿Es difícil creerlo? No, es la cosa más fácil del mundo creer la verdad. Es mucho más fácil creer la verdad que creer el error. Es más fácil defender la verdad que defender el error. Es necesario que las religiones y credos del mundo cristiano sean defendidos por los estudiantes más capaces y eruditos para hacerlos populares y hacerlos parecer verdaderos. Pero después de que estos estudiosos cristianos han pasado por academias y universidades, y por los seminarios más famosos del mundo, y después de haber estudiado y estudiado, dedicando toda una vida a adquirir una educación teológica, basta uno de nuestros muchachos, con la ayuda de la Biblia y del pequeño Catecismo, para dejarlos sin argumentos como quien da cuerda a un viejo reloj. Esta ha sido la experiencia de muchos de nuestros jóvenes, quienes al salir de sus hogares para predicar el Evangelio no sabían que podían decir gran cosa acerca de sus principios; pero cuando han entrado en contacto con aquellos que han profesado mucho y que han intentado refutar el Evangelio enseñado por los Santos de los Últimos Días, sus mentes se han iluminado, y pasajes de las Escrituras han acudido a ellos, y han confundido a sus oponentes hasta dejarlos sin nada que responder. Yo mismo lo he hecho muchas veces, y eso con pocas palabras; entonces la conversación cambiaba hacia otro tema. Con todo su estudio y aprendizaje, y con toda la filosofía y la ciencia que se ponen al servicio de teorías falsas, ¡qué fácil es creer la verdad! Es mucho más fácil que no creerla. La verdad se recomienda a toda persona honrada, no importa cuán sencillamente sea expresada; y cuando se recibe, parece como si la hubiéramos conocido toda la vida. Es el testimonio de la mayoría de los Santos de los Últimos Días que, cuando escucharon por primera vez la predicación del Evangelio, tal como se encuentra en la Biblia y en Doctrina y Convenios, aunque era algo completamente nuevo para ellos, les parecía que ya lo comprendían y que debían haber sido “mormones” desde el principio.

Bien, antes de sentarme presentaré a la congregación los nombres de tres de nuestros hermanos, a quienes recomendaré para formar la presidencia de esta Estaca de Sion, la cual comprenderá el condado de Davis y cuyo nombre probablemente será Estaca de Sion de Farmington. (Aquí el presidente Young propuso los nombres de William R. Smith, de Centerville, como presidente; de Christopher Layton, de Kaysville, como primer consejero; y de Anson Call, de Bountiful, como segundo consejero). Sé que algunos de ustedes desearían otra cosa, o que se hubiera escogido a otra persona como presidente; pero como no podemos satisfacer los deseos de todos en un asunto de esta naturaleza, debemos concentrarnos en una sola persona, y he sentido la impresión de sugerir el nombre del hermano Smith. (Cada nombre fue presentado por separado y cada votación fue unánime).

Antes de presentar los nombres de los hermanos para componer el sumo consejo, lo cual correspondería hacer, propongo para presidente del Cuórum de Sumos Sacerdotes el nombre de Thomas S. Smith, quien en otro tiempo fue obispo de este lugar. (El hermano Smith fue sostenido por unanimidad; y los hermanos Thomas Steele y Job Welling fueron elegidos como sus consejeros, sin un solo voto en contra. Los nombres de los hermanos que actuarían como miembros del sumo consejo también fueron presentados y sostenidos de manera similar).

Los barrios serán organizados posteriormente; se colocarán obispos sobre ellos, junto con sus dos consejeros, todos los cuales serán ordenados sumos sacerdotes, si aún no lo han sido, y luego serán apartados para actuar en sus respectivos oficios. Entonces formarán un tribunal; y después todos los demás cuórumes del sacerdocio serán puestos en orden. ¿Para qué? Pablo dice: “A fin de perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo”. Pero si ese será el resultado aquí, no lo sé. Todo lo que sé es que así debería ser, y si cada uno cumple con su deber y vive su religión, así será. (Los hermanos escogidos y elegidos para ocupar los diversos cargos aquí mencionados fueron entonces apartados para actuar en ellos. El presidente continuó entonces:)

Solo unas pocas palabras para la Presidencia de esta Estaca de Sion. Ahora es su deber velar para que los oficiales dentro de su jurisdicción cumplan con sus respectivas responsabilidades; y eso, por sí solo, es trabajo suficiente para ellos si realmente lo atienden. Espero que el Sumo Consejo no tenga mucho que hacer. Se me ha dicho que durante los últimos veintitrés años solo tres casos de Farmington han llegado a juicio ante el Sumo Consejo. Eso está muy bien. A los obispos que actualmente están sirviendo, quienes serán ordenados obispos, así como al hermano Hess, que creo es el único obispo ya ordenado en el condado, les diré que ahora se les requerirá cuidar de sus respectivos barrios con más diligencia que antes; ver que los maestros sean diligentes en el cumplimiento de sus deberes, y que todas las dificultades que puedan surgir entre los hermanos del barrio sean resueltas, si es posible, por los maestros; y también procurar que todos los que reclaman membresía en esta Iglesia observen la ley moral de nuestra religión. No esperamos oír de personas quebrantando el día de reposo, ni de un centenar de otras cosas que son incompatibles con nuestros santos llamamientos y contrarias al cumplimiento de la obra que el Padre nos ha dado para realizar. Ahora son llamados a familiarizarse con las revelaciones y mandamientos que el Señor nos ha dado para nuestro perfeccionamiento, para nuestra santificación preparatoria a nuestra exaltación, y a vivir de tal manera que nuestros actos y conversaciones se conformen a ellos. Esperamos ver un cambio radical, una reforma, en medio de este pueblo, para que cuando las autoridades correspondientes les llamen a hacer esto o aquello, todos sean hallados dispuestos y listos para responder, poniéndose a sí mismos, junto con todo lo que poseen, al servicio de la edificación del reino de Dios. Esto está de acuerdo con una revelación dada a esta Iglesia antes de que se revelara la ley del diezmo; pero debido a la incredulidad e imperfección del pueblo, no fue observada, y por ello se dio una ley más adaptada a su condición, a saber, la ley del diezmo. Ahora son llamados a mejorar sus caminos, a buscar con toda sinceridad un aumento de fe para que puedan vivir conforme a leyes más elevadas, lo cual es su privilegio hacer y es tan necesario para nuestra paz y bienestar, para el buen orden de la sociedad y para la salvación de los Santos de los Últimos Días. Esperaremos este cambio, y no creo que nos sintamos decepcionados; y si lo fuéramos en algo, creo que sería una feliz decepción para todo Israel debido a la gran reforma que se efectuará entre los Santos de los Últimos Días.

Hermanos y hermanas, sentimos deseos de bendecirlos; los estamos bendiciendo todo el tiempo, y Dios los está bendiciendo. Vean cómo Él ha moderado los elementos; cómo ha mantenido a nuestros enemigos bajo control y nos ha librado de su poder y dominio; cómo nos ha prosperado cuando hemos concentrado nuestra atención en nuestros negocios legítimos. Y puedo decir con toda propiedad que, si hubiéramos seguido estrictamente los consejos que se nos han dado desde el principio hasta hoy, en lugar de encontrarnos en la pobreza en que estamos en cierto sentido, seríamos un pueblo autosuficiente e independiente, manejando millones tan fácilmente como ahora manejamos miles. ¡Pero cuán imprudentes, cuán insensatos son algunos de nuestros hermanos! Me avergüenzo de ellos, y su condición es lamentable. En lugar de embellecer sus hogares, mejorar sus granjas, ayudar a desarrollar la comunidad y edificar la Sion de los últimos días, ¿qué han hecho? ¿Han cavado agujeros en la tierra? No sé cómo será entre ustedes, pero vayan a Salt Lake City y encontrarán hombres cuya experiencia y juicio deberían haberles enseñado algo mejor, cosechando ahora los resultados de su insensatez: sus casas y terrenos hipotecados, sus granjas también; muchos se encuentran en esta condición y la mayoría perderá sus propiedades. Querían un poco más de dinero, permitieron que se les sedujera, y lo perdieron todo. Yo mismo fui el medio por el cual varios hermanos prosperaron, empleándolos y proporcionándoles negocios que atender hasta que llegaron a ser ricos; y ahora están en la pobreza. Mientras que, si hubieran seguido mi consejo, podrían haber aumentado sus riquezas y estar hoy en circunstancias cómodas y favorables; el éxito y la prosperidad los habrían acompañado, la paz y las bendiciones habrían sido su porción, y ellos, a su vez, habrían estado en posición de bendecir a otros de sus hermanos. Esto lo digo con toda confianza y seguridad; pero no, el egoísmo y la codicia los cegaron; quisieron más y codiciaron aquello que no era suyo; y si aún no lo han percibido, puedo decirles que el llanto, el lamento y la aflicción los alcanzarán, y todo esto lo han traído sobre sí mismos.

Tomemos el camino señalado y evitaremos los problemas; si prestamos atención a nuestro llamamiento, seremos abundantemente bendecidos tanto temporal como espiritualmente; y cuando se diga al pueblo: Hagamos esto o aquello, se hará. No exigimos nada más del pueblo que lo que el Señor exige de nosotros. ¿Y qué es eso? Es esto: “Hijo mío, dame tu corazón”. Seamos verdadera y realmente siervos de Dios, manteniéndonos a nosotros mismos y a todo lo que poseemos sujetos a la voluntad de Dios, para ser utilizados, si es necesario, en la edificación de Su reino sobre la tierra. Esto es lo que el Señor requiere, esto es lo que requiere el Sacerdocio, y es el camino que procuro seguir.

Digo: Dios los bendiga; yo los bendigo. Digo: la paz sea con ustedes. Hermanos, cada uno de ustedes, sean fieles, sean diligentes. Todos tenemos mucho que hacer; nos corresponde vivir de tal manera que, por la luz del Espíritu Santo, podamos ver la obra que tenemos delante. No permitamos que nuestra mente corra tras el oro y la plata, ni tras casas y tierras; aquello que el Señor nos da, cuidémoslo de la mejor manera posible, dándole un uso sabio y apropiado, o de lo contrario nuestros corazones no podrán estar en el reino.

Nunca he visto, en tan gran medida, una disposición tan grande para trabajar por la causa de la rectitud como la que se manifestó en el templo de St. George el invierno pasado. El Espíritu de Dios llenó los corazones de los hermanos y hermanas, ¡y cuán dispuestos estaban a trabajar! Esta obra continuará, y los hermanos y hermanas entrarán en los templos del Señor para oficiar por aquellos que han muerto sin el Evangelio, desde los días del padre Adán hasta la escena final de esta dispensación, hasta que se haya oficiado por cada uno que pueda o quiera recibir el Evangelio, para que todos tengan la oportunidad y los privilegios de la vida y la salvación.

¿No creen que tenemos una obra que realizar? Sí, y tomará mil años llevarla a cabo. En el templo, el invierno pasado, los hermanos y hermanas disfrutaron más de lo que jamás habían disfrutado en sus vidas. Así lo dijeron ellos mismos. Y nuestros hijos, apenas con la edad suficiente para trabajar, ¡qué felices estaban! Exclamaban: “¡Nunca había sabido realmente lo que era el “mormonismo” antes de esto!”. Si ustedes estuvieran en los templos de Dios trabajando por los vivos y por los muertos, sus ojos y sus corazones no estarían tras las modas del mundo ni tras las riquezas del mundo. Sin embargo, toda la riqueza de este mundo pertenece al Señor, y Él puede darla a quien le plazca. Amén.

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