“Ningún Hombre Dirige el Reino de Dios: El Sacerdocio, la Unidad y la Edificación de Sion”
Ningún Hombre Puede Dirigir el Reino de Dios—El Evangelio No Se Originó con Joseph Smith ni con Brigham Young—Los Santos Obrando con Dios y los Ángeles—La Gran Organización de la Iglesia—Otras Instituciones de Sion
por el presidente John Taylor, Discurso pronunciado en la Conferencia, Salt Lake City, domingo por la tarde, 8 de abril de 1878
Volumen 19, discurso 43, páginas 300–311
Me sentiré muy agradecido mientras intento dirigirme a vosotros, si permanecéis tan tranquilos como sea posible; porque es una tarea bastante ardua hablar a una congregación tan grande, y a menos que se preserve el silencio y el orden, es imposible que toda la gente pueda escuchar.
He estado muy interesado y edificado al escuchar los comentarios hechos por los hermanos desde que nos reunimos en esta Conferencia. Y me ha complacido mucho presenciar la unión y el sentimiento general de interés manifestado entre el pueblo al asistir a estas reuniones. Esto es para mí una evidencia de que el pueblo siente interés en estos grandes y eternos principios desarrollados por medio de nuestra santa religión, y que tiene el deseo de obedecer la ley de Dios y guardar Sus mandamientos. Y únicamente en ello se encuentran nuestra seguridad, nuestra felicidad, nuestra posteridad y nuestra exaltación como pueblo; porque recibimos toda bendición de la que disfrutamos, ya sea temporal o espiritual, de nuestro Padre Celestial; y sin Él no podemos hacer ni realizar ninguna buena obra, pues en Él “vivimos, nos movemos y somos”; y de Él, y por medio de Él, recibimos todas las bendiciones pertenecientes a esta vida, y más adelante, si poseemos vidas eternas, las heredaremos y las obtendremos mediante la bondad, la misericordia y la longanimidad de Dios nuestro Padre Eterno, por medio de los méritos y la redención de Jesucristo nuestro Salvador.
No está en el hombre dirigir, administrar ni controlar los asuntos del Reino de Dios. Ningún hombre ha poseído jamás ese poder, ni lo poseerá, sin la ayuda del poder del Todopoderoso. Todas las naciones y todos los pueblos están, en mayor o menor grado, bajo Su dirección y control, aunque muchos de ellos no lo sepan. Él levanta una nación y derriba otra; humilla al orgulloso y exalta al humilde según Su voluntad, y sigue este curso entre todos los pueblos y naciones de la tierra, según le parece mejor; y todas las naciones y todos los pueblos son Su descendencia, y Él es el Dios y Padre de los espíritus de toda carne, y se interesa por el bienestar de toda la familia humana. En las edades pasadas, y también en la presente, ha estado haciendo todo lo posible para promover la felicidad y el bienestar de la familia humana. Esto no siempre es evidente para las personas de entendimiento superficial; los tratos de Dios con los hombres no siempre son comprendidos. Sin embargo, Él controla los destinos de todos los pueblos; y aunque en muchos casos no parezca ser para su beneficio presente, aun así, puesto que la humanidad está compuesta por seres eternos que tienen que ver tanto con la eternidad como con el tiempo, cuando los secretos de todos los corazones sean revelados y las acciones de Dios sean dadas a conocer y plenamente comprendidas en los destinos futuros de las razas humanas, se descubrirá que el Juez de toda la tierra ha hecho lo correcto.
El Señor, en estos últimos días, para Sus propios propósitos especiales y también en beneficio de la humanidad, se ha revelado desde los cielos, ha manifestado Su voluntad al hombre, ha enviado a Sus santos ángeles para comunicar y revelar a nosotros, Sus hijos, ciertos principios tal como existen en el seno de Dios, y ha señalado el camino por el cual podemos asegurar nuestra felicidad y una exaltación eterna en el Reino Celestial de Dios. Ha tenido a bien restaurar nuevamente el Evangelio eterno en toda su plenitud, con todas sus riquezas, bendiciones, poder y gloria. Ha organizado Su Iglesia y Su Reino sobre la tierra; ha escogido hombres, como lo hizo en tiempos antiguos, para que sean portadores de Su mensaje de vida y salvación a las naciones de la tierra. Por medio de estos instrumentos nos ha instruido y nos ha congregado, tal como nos encontramos aquí hoy, desde las diferentes naciones donde nos alcanzó el Evangelio. Nos ha traído aquí de acuerdo con ciertos principios eternos que tenía en mente antes de que el mundo existiera, y conforme a ciertos concilios que tuvieron lugar en los cielos entre los dioses, quienes han estado obrando sobre la familia humana y con ella desde el principio hasta el presente, y continuarán haciéndolo hasta la escena final.
La obra en la que estamos comprometidos no es obra del hombre; no se originó con el hombre ni fue descubierta por él. Es la obra que fue profetizada por todos los santos profetas que han vivido en este continente, en el continente de Asia y en las diversas partes de la tierra. Como la describe el apóstol Pablo, es “la dispensación del cumplimiento de los tiempos”, de la cual hablaron todos los santos profetas desde el principio del mundo. Y cualquier cosa que hayamos recibido —cualquier luz, cualquier inteligencia, cualquier conocimiento de las cosas de Dios— ha emanado y procedido de Él. Él vio y comprendió el momento apropiado para que esta obra comenzara; preparó el camino abriendo nuevamente los cielos, revelándose a Sí mismo y a Su Hijo Jesús, y enviando después santos ángeles para comunicar Su voluntad, Sus propósitos y Sus designios a la familia humana. Por lo tanto, esta obra no se originó con nosotros, ni con ninguna secta, partido o pueblo; porque nadie, ni siquiera Joseph Smith, ni Brigham Young, ni ninguno de los Doce Apóstoles, sabía nada acerca de los grandes principios que estaban almacenados en la mente de Dios. Fue la mente, la voluntad y las revelaciones de Dios dadas a conocer a la familia humana, primero a Joseph Smith, y por medio de él a otros. Y cuando los élderes de esta Iglesia salieron a las naciones de la tierra como portadores del mensaje del Evangelio, si hubieran ido por su propia responsabilidad no habrían logrado nada. Pero habiendo sido escogidos y apartados por el Señor, salieron como Sus mensajeros, sin bolsa ni alforja, confiando en Él. Y Él abrió su camino y preparó su senda, tal como había dicho de antemano que lo haría. “He aquí”, dijo Él, “os envío a las naciones de la tierra, y Mi Espíritu irá con vosotros, y Mis ángeles prepararán el camino delante de vosotros”. Os envío no para ser enseñados, sino para enseñar; no para ser instruidos por el mundo de la humanidad ni por la sabiduría del mundo, sino por la sabiduría, la inteligencia, el poder y el espíritu que Yo os daré; y es por medio de esta influencia que hemos sido congregados. ¿Y por qué hemos sido congregados? Estos élderes no podrían haberos reunido a menos que Dios hubiera estado con ellos; no podrían haberos influido para venir aquí a menos que el Espíritu y el poder de su misión hubieran estado con ellos. Pero el Señor dijo en años anteriores por medio de Sus profetas: “Os tomaré uno de una ciudad y dos de una familia, y os traeré a Sion. Y os daré pastores según Mi corazón, que os apacienten con conocimiento y entendimiento”. Y mediante la operación e influencia del Espíritu del Dios viviente, manifestado por medio del sacerdocio, los ministros de Dios sobre la tierra, habéis sido reunidos como hoy lo estáis. ¿Pero por qué debemos ser así congregados? Para que exista un pueblo al cual Dios pueda comunicar Su voluntad; para que haya un pueblo preparado para escuchar la palabra, la voluntad y la voz de Dios; para que haya un pueblo reunido de las diferentes naciones que, bajo la influencia de ese Espíritu, llegue a ser salvador sobre el Monte Sion; para que, bajo la inspiración del Todopoderoso y mediante el poder del Santo Sacerdocio que reciban, puedan salir a esas naciones y proclamar a la gente los principios de vida, a fin de que verdaderamente lleguen a ser salvadores de los hombres. Y si pudiéramos comprender plenamente nuestra posición, veríamos las cosas de manera muy diferente a como las vemos ahora. Si pudiéramos comprender nuestra relación con Dios, entre nosotros, con Su Iglesia sobre la tierra, y también la grandeza y magnitud de la obra en la que estamos comprometidos, y las responsabilidades que recaen sobre nosotros como élderes en Israel y como santos del Altísimo Dios, veríamos las cosas bajo una luz muy distinta. No estamos aquí, como dicen en la Iglesia de Inglaterra, para “seguir los designios y deseos de nuestros propios corazones”; no estamos aquí para perseguir nuestros propios intereses y beneficios individuales; no estamos aquí simplemente para ocuparnos de nuestros asuntos seculares, sino para aprender las leyes de la vida y luego enseñar al pueblo el camino de la salvación. Existía un antiguo dicho entre el Israel de antaño: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es; y amarás a Jehová tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a Él solamente adorarás”. Y Jesús, más tarde, añadió algo más a esto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Dios es uno, y quienes moran con Él son uno. Aquellos que heredarán el reino celestial serán uno cuando lleguen allí; y nosotros, como pueblo, debemos ser uno: uno en la fe, uno en los principios, uno en la práctica, uno en nuestros intereses, uno en nuestras asociaciones mutuas y en nuestras familias; uno con Dios, uno con los santos ángeles, uno en el tiempo y uno en la eternidad.
Para lograr una unión de esta clase, se ha introducido el principio del bautismo, para que todos seamos bautizados en un mismo bautismo; mediante la imposición de manos y por medio de los diversos oficios de Su Sacerdocio, todos participamos del mismo Espíritu; y siendo llevados a la unión y comunión con Dios, todos podamos buscar a Dios, de modo que decenas de miles y cientos de miles sean puestos en conexión con el Todopoderoso, cuyas oraciones puedan ascender a los oídos del Señor de los Ejércitos. Y para el cumplimiento de este propósito, Él escogió a Joseph Smith para ser el primer Apóstol de Su Iglesia; fue llamado “no por voluntad de hombre”, ni por el poder del hombre, ni por la inteligencia del hombre, sino por Dios, quien se reveló a este joven, así como también el Salvador, confiándole una misión que debía llevar a cabo entre los habitantes de la tierra. Fue investido con poder y autoridad que le fueron dados para ese propósito, a fin de que pudiera ser el representante legítimo de Dios sobre la tierra. También le enseñó cómo organizar Su Iglesia y lo puso en comunicación con muchos de los antiguos profetas que habían partido hacía mucho tiempo, quienes también se comunicaron con él y le revelaron más ampliamente el plan y el designio del Todopoderoso concernientes a esta tierra y a la salvación de todos los que estuvieran dispuestos a escuchar los principios de la verdad.
Las naciones de la tierra tienen sus representantes, sus ministros y sus plenipotenciarios, facultados y enviados por la autoridad reconocida de las diversas naciones. Él era el representante de Dios; sus credenciales provenían de Dios, y su misión no se extendía únicamente a una nación, sino a todas las naciones; y fue autorizado para establecer y organizar lo que se denominó la Iglesia y el Reino de Dios sobre la tierra. Y cada paso que dio, cada principio que inculcó y cada doctrina que enseñó, procedían de Dios mediante las revelaciones de Dios dadas a él y, por medio de él, al pueblo. Escogió a otros por revelación: apóstoles, sumos sacerdotes, setentas, obispos, élderes, presbíteros, maestros y diáconos; también altos consejos, consejos de obispos, patriarcas y todas las diversas autoridades y organizaciones de esta Iglesia. Joseph Smith no sabía cómo seleccionar hombres, a quién seleccionar ni cuáles debían ser sus oficios, hasta que el Señor se lo comunicó. Y, sin embargo, encontramos que estos principios revelados a él concuerdan con aquellos que existieron en épocas anteriores siempre que Dios tuvo una Iglesia o un pueblo sobre la tierra. Por lo tanto, la restauración del Evangelio simplemente significa la revelación de la voluntad de Dios al hombre; significa poner a la humanidad en comunicación con el Señor para que no sea gobernada por sus propias necedades, ideas o teorías, sino por la voluntad y la palabra de Dios. Y los ejemplos a los que aquí se ha hecho referencia, de nuestras estacas con sus presidencias, junto con los obispos y sus consejos, etc., forman parte del sistema del cielo tal como existe en los mundos eternos; y el Sacerdocio que poseemos es el Sacerdocio eterno, y administra en el tiempo y administrará en la eternidad; y el conocimiento de las obras en las que ahora estamos comprometidos, relacionadas con la edificación de templos y las ordenanzas que en ellos se efectúan, vino todo de Dios y forma parte del sistema eterno. ¿Quién sabía acerca de estas cosas hasta que Dios las reveló? Nadie. ¿Quién sabe cómo administrar aceptablemente en estos templos sin revelación? Nadie, excepto aquellos a quienes les ha sido comunicado; vino de Dios. Y nuestra predicación a los vivos y nuestras ministraciones por los muertos son todas partes integrantes de una misma obra. El hecho es que estamos en un estado de probación; nos hemos alistado bajo el estandarte del Todopoderoso; nos hemos dedicado a Él para el tiempo y para la eternidad, y Él espera de nosotros que seamos fieles a la confianza que nos ha conferido, que seamos fieles a nuestras obligaciones y las cumplamos, que honremos a nuestro Dios, que magnifiquemos nuestros llamamientos y nuestro Sacerdocio, y que nos presentemos ante el pueblo y ante las naciones como representantes de Dios sobre la tierra. Tenemos una visión similar a la del apóstol Pablo, quien dijo al dirigirse a los corintios: “No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. Nos hemos enrolado en una obra; hemos entrado en una lucha que durará mientras exista el tiempo; y si vivimos nuestra religión y guardamos Sus mandamientos, los principios que poseemos nos llevarán triunfantes sobre la muerte, el infierno y el sepulcro, y nos conducirán entre los justos, entre las huestes celestiales que moran con nuestro Padre en los cielos. Realmente no tenemos tiempo para ocuparnos de aquellos asuntos triviales que algunas personas parecen pensar que deberían absorber gran parte de nuestro tiempo. Deseo ahora, mientras estamos reunidos, hablar sobre algunos principios generales relacionados con el Sacerdocio que nos ha sido conferido.
Se dijo del antiguo Israel que, si hubiera guardado los mandamientos, Dios habría hecho de él un reino de sacerdotes. Nosotros somos literalmente un reino de sacerdotes hoy. Nuestra labor no consiste en seguir nuestra propia voluntad, nuestros propios deseos y planes, sino en procurar conocer y hacer la voluntad de Dios, llevar a cabo estos principios que Él ha revelado; y en ello se encuentra nuestra felicidad y exaltación en el tiempo, y también a través de las eternidades venideras.
Debemos estar obrando con Dios y con los santos ángeles; debemos procurar acercarnos a ellos; debemos estar trabajando junto con el antiguo Sacerdocio que vivió antes que nosotros: los patriarcas, los profetas, los apóstoles y todos aquellos hombres de Dios que vivieron y murieron en la fe, quienes actúan con Dios nuestro Padre Celestial y con Jesús, el Mediador del nuevo convenio. Debemos colaborar con ellos en el establecimiento de la rectitud sobre toda la tierra, no de manera nominal, sino real; debemos trabajar juntamente con ellos en la salvación de los vivos, no considerándolo una carga, una molestia o un trabajo penoso, algo que apenas podamos soportar, sino, por el contrario, sintiendo que es un honor estar asociados con los intereses de Dios y ser portadores del mensaje de vida y salvación; y también procurando obtener sabiduría, inteligencia, poder y revelación de Dios para llevar a cabo Su voluntad y Sus designios, y para cumplir Sus propósitos sobre la tierra.
¿Se cumplirán Sus propósitos? Sí, se cumplirán. ¿Crecerá, se extenderá y aumentará el Evangelio? Os digo, en el nombre del Dios de Israel, que así será. ¿Llegará el tiempo en que toda cosa ficticia sea eliminada, cuando la luz y la verdad prevalezcan, y cuando los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo? Os digo que sí, y Dios apresurará esa obra en Su debido tiempo. Y este sacerdocio y este pueblo han de ser los instrumentos en las manos de Dios, en unión con el sacerdocio que nos precedió, quienes ahora están obrando en su esfera, así como nosotros lo estamos en la nuestra. El Señor lo ha ordenado así, dice el Apóstol, “que ellos” (refiriéndose a los muertos), “sin nosotros no pueden ser perfeccionados”; ni tampoco nosotros podemos ser perfeccionados sin ellos. Debe haber una unión y un vínculo que nos conecte, para que en todas nuestras acciones como siervos y representantes de Dios seamos influenciados y dirigidos desde lo alto; y estando unidos con los Dioses en los cielos, podamos llegar a ser uno en todas las cosas sobre la tierra y después uno en los cielos. Y dice el Señor: “Si no sois uno, no sois míos”. Todo lo que tiende a dividir al pueblo, como escuchasteis esta mañana, procede de abajo, y quienes participan en ello son emisarios del diablo; porque así como él es el padre de la mentira, también es el padre de la división, la contienda y la discordia. Pero la unión, la paz, el amor, la armonía, el compañerismo, la fraternidad y todo lo que es honorable, noble y edificante procede de Dios; estos son los principios que debemos procurar y difundir tanto como podamos en todas partes y entre todos los pueblos. Y entonces, cuando hayamos realizado esa obra, dirigir nuestra atención a la construcción de templos y ministrar en ellos por los muertos, para que podamos colaborar con los padres en beneficio de su posteridad, ayudándoles a efectuar por sus descendientes aquello que ellos no pudieron hacer.
¿Y con respecto al mundo, cuáles deben ser nuestros sentimientos hacia él? Deben ser sentimientos de generosidad, bondad y simpatía, con nuestros corazones llenos de caridad, longanimidad y benevolencia, tal como los tiene Dios nuestro Padre; porque Él hace salir Su sol sobre malos y buenos, y envía Su lluvia sobre justos e injustos. Y aunque repudiamos los males, las corrupciones, los fraudes y las iniquidades, la lascivia, las mentiras y las abominaciones que existen en el mundo, siempre que veamos un principio honorable, un deseo de hacer lo correcto, o una oportunidad de promover la felicidad de alguna de estas personas o de rescatar al que se ha extraviado, es nuestro deber hacerlo, como salvadores sobre el Monte Sion.
¿Tendrán dificultades? Sí. ¿Habrá tribulación? Sí. ¿Se levantará nación contra nación? Sí. ¿Serán derribados tronos y destruidos imperios? Sí. ¿Habrá guerra, matanza y derramamiento de sangre? Sí. Pero esas cosas pertenecen a los pueblos y a Dios. No son nuestra misión; nosotros tenemos una obra que realizar, y esa es predicar el Evangelio e introducir principios correctos, desplegar las leyes de Dios conforme los hombres estén preparados para recibirlas, edificar Su Sion sobre la tierra y preparar a un pueblo para el tiempo en que los cielos abiertos revelen al Hijo de Dios, “y cuando toda criatura que está en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra sea oída diciendo: bendición, gloria, honor, poder, fortaleza, majestad y dominio sean atribuidos a Aquel que está sentado en el trono y al Cordero para siempre”.
¿Crecerá y aumentará este pueblo? Sí. Y llegará el tiempo —aunque no es ahora, pues no estamos preparados para ello— cuando la calamidad, los problemas, el derramamiento de sangre, la confusión y la contienda se extenderán entre todas las naciones de la tierra. Llegará el tiempo, y no está muy distante, cuando aquellos que no quieran tomar la espada para luchar contra sus vecinos tendrán que huir a Sion para hallar seguridad. Eso era cierto hace algún tiempo, y está mucho más cerca de su cumplimiento ahora que cuando fue pronunciado por primera vez.
¿Para qué estamos aquí? ¿Para engrandecernos o enriquecernos a nosotros mismos? No, sino para edificar la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra, y para difundir la luz de la verdad entre las naciones. Ese es nuestro deber; y también orar por las revelaciones de Dios, para que el Espíritu y el poder de Dios reposen sobre nosotros, para que podamos comprender principios correctos y entender las leyes de la vida, a fin de guiar, proteger y preservar la nave de Sion entre las rocas, los bajíos y las dificultades que tarde o temprano sobrevendrán a esta nación y a otras naciones, y prepararnos para los acontecimientos que han de venir. Debemos ser hombres de honor, de honestidad y de integridad, teniendo nuestros ojos puestos únicamente en la gloria de Dios. Ese es el deber de estos Apóstoles, y no actuar buscando su propio engrandecimiento, ni la obtención de ganancias deshonestas ni de ninguna otra cosa perteneciente a este mundo. Nada trajimos a este mundo y nada podremos sacar de él. Nos corresponde trabajar para Dios y en beneficio de Su Iglesia y Su reino.
¿Y qué hay de estos otros hermanos, los sumos sacerdotes? Ellos tienen una misión que cumplir, y consiste en familiarizarse con las leyes, doctrinas, ordenanzas y gobierno de la Iglesia de Dios sobre la tierra, para que estén preparados, cuando sean llamados, para cumplir los deberes y responsabilidades que recaigan sobre ellos. Leeré aquí parte de una revelación que indica la naturaleza de esos deberes: “Y además os doy a Don C. Smith para que sea presidente sobre un quórum de sumos sacerdotes, ordenanza instituida con el propósito de capacitar a aquellos que sean nombrados presidentes permanentes sobre las diferentes estacas esparcidas”. ¡Escuchadlo, oh sumos sacerdotes! Este es el deber principal que recae sobre vosotros. La posición que ocupáis es una especie de escuela normal, si así queréis llamarla, destinada a preparar a quienes forman parte de ella y son instruidos en ella, para que cuando sean llamados a ocupar cargos oficiales en las diversas estacas de Sion, estén preparados para magnificar esos llamamientos. ¿Cómo sucedió cuando estuvimos organizando estas estacas? ¿Estaban preparados estos hermanos? No, muchos de ellos de ninguna manera lo estaban. Uno estaba ocupado en su granja, otro absorbido por sus negocios comerciales, otro había comprado cinco yuntas de bueyes y tenía que probarlas, y otro se había casado y no podía venir. Por lo tanto, tuvimos que ir fuera de los sumos sacerdotes, cuyo deber legítimo era ocupar estas posiciones, y llamar a otros hombres, ordenarlos sumos sacerdotes y apartarlos para presidir en estas estacas como presidentes, obispos y consejeros, tomándolos de entre los quórumes de setentas y élderes, porque los sumos sacerdotes no estaban preparados para magnificar su llamamiento legítimo; mientras que, si hubieran estado cumpliendo con su deber, viviendo su religión, reuniéndose en oración y estudiando la doctrina de Cristo, en lugar de estar dedicados casi exclusivamente a muchos de esos otros asuntos, habrían estado listos para dar un paso adelante y magnificar su llamamiento. Aún quedan muchas otras estacas por organizar. Preparaos, vosotros, sumos sacerdotes, para los deberes y responsabilidades que puedan recaer sobre vosotros, para que la Iglesia de Dios sea fortalecida en todas sus partes, y cada hombre, ocupando su lugar, esté preparado para magnificar su llamamiento.
Luego, nuevamente, están los Setenta; creo que existen unos setenta y seis quórumes de setenta. ¿Consiste su deber simplemente en hacer sus propios planes y cálculos, como establecerse en una granja y vivir allí toda la vida, ocupándose de sus asuntos personales, o dedicarse a cualquier otra ocupación sin considerar las obligaciones que tienen en virtud de su Sacerdocio y llamamiento? Os digo que no. Tenemos algo más que hacer. Leo en la revelación referente a este asunto que, cuando los setenta fueron ordenados, “debían ordenar más setenta hasta que hubiera siete veces setenta, si la labor en la viña lo requería”. Debían hacerlo “si la labor en la viña lo requería”. ¿En la viña de quién? ¿En sus huertos y granjas? No lo leo así. ¿Se refiere esto a sus negocios comerciales? Tampoco lo dice así. ¿A ocuparse de sus propios asuntos o beneficios? Eso no es lo que leo; sino a la labor de la viña. ¿De quién es entonces la viña? De la viña del Señor. Pero parece que muchos de los Setenta no tienen más idea de entrar en la viña del Señor que si no poseyeran tal Sacerdocio o llamamiento; no parecen comprender sus deberes ni sus responsabilidades. ¡Escuchadlo, oh Setenta! Habéis sido llamados y apartados por el Sacerdocio para actuar bajo la dirección de los Doce, para salir como Sus mensajeros a las naciones de la tierra. ¿Lo creéis? Ese es vuestro llamamiento. Preparaos para él. No quiero que los élderes vengan a mí, como algunos han hecho después de haber sido llamados a misiones, diciendo: “Te ruego que me excuses”. Y hago un llamado al Primer Presidente de los Setenta para que instruya a los diversos presidentes de Setenta, y ellos a su vez a los miembros de sus respectivos quórumes, respecto a sus deberes; y que ellos mismos vivan de tal manera que el Espíritu del Dios viviente repose sobre ellos, para que realmente estén capacitados para enseñar a sus hermanos cuáles son sus deberes, a fin de que puedan prepararse para magnificarlos. En lugar de que cada uno busque su propia ganancia personal, que cada hombre sienta que es un siervo del Dios viviente, un mensajero para las naciones de la tierra, y que cuando el Señor lo llame, por medio de la autoridad correspondiente, para realizar una determinada obra, debe obedecer, y hacerlo de buena gana y voluntariamente. Estos son los deberes y responsabilidades que recaen sobre vosotros, mis hermanos de los Setenta.
Y también es deber de los élderes magnificar sus llamamientos; buscar a Dios y procurar instrucción de Él, y magnificar su llamamiento y Sacerdocio tanto en casa como en el extranjero, siendo guiados por el Santo Sacerdocio en cuanto a sus deberes, para que sean aceptables al Señor y magnifiquen sus llamamientos con toda diligencia y fidelidad. Luego, es deber de los presidentes de estaca velar por el interés y el bienestar de las personas bajo su presidencia, no de una manera formal, sino con verdadero interés por su bienestar, teniendo un deseo sincero de beneficiarlas y edificarlas tanto espiritual como temporalmente, y perfeccionarlas en rectitud, expulsando cuando sea necesario a los impíos, levantando y exaltando a los pobres, y bendiciendo y beneficiando a todos conforme a los principios de la rectitud y la verdad; protegiendo su virtud y su honor, y procurando que los hombres sean honorables, que consideren su palabra de más valor que una obligación escrita, para que todos puedan confiar en ellos; hombres que, en el lenguaje del Profeta, mantengan su palabra aun para su propio perjuicio y no cambien, y que hagan lo que es recto y justo delante de Dios. Es su deber, y también el de los obispos, así como el de los sumos sacerdotes, los setenta y los élderes que trabajan con ellos, cuidar de los pobres y procurar que sean atendidos. No permitamos que haya nadie clamando por pan o sufriendo por falta de empleo. Proporcionemos trabajo para todos, dividamos nuestras tierras y planifiquemos generosamente para que todos los que necesiten y deseen trabajar puedan encontrar labor. Y ahora hago un llamado a los presidentes de estaca de toda Sion para que presten a este asunto su seria y ferviente atención. Tenemos tierra en abundancia, agua en abundancia y recursos en abundancia; utilicémoslos para el bien común. ¡Hablad de finanzas! Financiad para los pobres, para el trabajador que necesita empleo y está dispuesto a trabajar, y actuad en beneficio de la comunidad, para el bienestar de Sion y para la edificación del reino de Dios sobre la tierra. Ese es vuestro llamamiento; no es edificaros a vosotros mismos, sino edificar la Iglesia y el reino de Dios; y aseguraros de que no haya motivo de queja en vuestros pueblos, ciudades y vecindarios. Tomemos todos juntos esta obra para lograr este objetivo y pidamos a Dios que nos dé sabiduría para llevarlo a cabo, y Él derramará sobre nosotros bendiciones tan abundantes que no habrá lugar suficiente para contenerlas.
Además, tenemos lo que se llama el Fondo Perpetuo de Emigración. Deseo llamar la atención no solo de los presidentes de estaca, sino también de los obispos de los diversos barrios y de todo el pueblo, a las responsabilidades que recaen sobre nosotros en relación con este asunto. Parece que estamos decayendo en algunas de estas cosas, y lamento decir que existe una gran falta de la integridad y el interés que nos gustaría ver manifestados entre nuestros hermanos. Hay personas aquí que han contribuido con sus recursos por una suma superior a un millón de dólares, cantidad que permanece impaga por aquellos que recibieron el beneficio de ella. El propósito era que esos recursos se utilizaran para traer a esta tierra a aquellos de nuestros hermanos que necesitaban y eran dignos de esa ayuda; y cuando vosotros, que fuisteis ayudados de esa manera, estabais en tierras lejanas orando y deseando reuniros con Sion, esa ayuda llegó a vosotros y os permitió venir aquí. Y en lugar de pagar esa deuda honrada, os dedicáis a prosperar vosotros mismos sin cumplir con vuestras obligaciones. ¿Cuál es el resultado? Que vuestros hermanos que aún permanecen en otros lugares, y que son tan dignos como vosotros de reunirse con Sion, quedan clamando por ayuda. Recibo diariamente cartas de diferentes partes de la tierra solicitando esta asistencia y suplicando: “Deseamos reunirnos con los santos, ¿no podéis ayudarnos?”. Sí, podemos, si vosotros, que debéis al Fondo, pagáis vuestras deudas honestamente; entonces podremos satisfacer todas esas necesidades. Y hago un llamado a los presidentes de estaca y a los obispos para que atiendan estos asuntos y se aseguren de que estas obligaciones sean cumplidas, para que los pobres del extranjero no clamen en vano; sino que podamos ayudarlos, y luego ellos devuelvan la cantidad que se les adelantó para ayudar a otros, manteniendo así la obra avanzando en la misma dirección. Y si este deber no se cumple, ¿cómo podemos esperar que las bendiciones de Dios reposen sobre nosotros?
Estamos comprometidos de manera muy extensa en la edificación de templos. Estamos construyendo uno aquí, otro en Cache Valley y otro más en Sanpete; y si tuviéramos tiempo, y se considerara conveniente, podríamos leer el informe que expone los ingresos y desembolsos de estos lugares; y supongo que lo haremos antes de que concluya la conferencia. Baste decir que, a pesar de nuestro retraso en algunos otros asuntos, hay muchísimos Santos de los Últimos Días que están haciendo todo lo que pueden en cada empresa digna de elogio. Supongo que en la actualidad no hay menos de quinientos hombres trabajando en la construcción de los muros de estos templos. Y los hombres están participando con energía, haciendo en muchos casos todo lo que pueden, aunque no en todos ni mucho menos.
En cuanto a nuestras operaciones relacionadas con el diezmo, el obispo Hunter me informa que muchas personas son muy negligentes en este asunto. Ahora bien, quisiera decir en favor del pueblo que quizá exista una excusa parcial para algunas de estas cosas. Hemos pasado por tiempos muy difíciles durante varios años; una crisis financiera ha prevalecido en los estados del este durante algún tiempo, y casi todos los periódicos informan de la quiebra de instituciones mercantiles y comerciales, del fracaso de una empresa tras otra; y nosotros también hemos estado sujetos, en mayor o menor medida, a estas dificultades. También debe considerarse el hecho de que se han realizado grandes esfuerzos en la construcción del Templo de St. George, así como de los tres templos que actualmente están en construcción, los cuales ya han consumido considerables recursos aportados principalmente por los habitantes de esos distritos del templo. Debo reconocer al pueblo su celo y energía en esta dirección, lo cual todos debemos admitir que es muy digno de elogio y reconocimiento. Y quizá, al realizar esta labor, muchos hayan hecho lo mejor que pudieron, y posiblemente las circunstancias hayan sido tales que apenas puedan cumplir con su diezmo, pues por regla general son precisamente aquellos que se deleitan en observar la ley del diezmo quienes también responden a estos otros llamamientos. No deseamos presionar ni cargar al pueblo; más bien, hagamos las cosas con calma y prudencia, procurando siempre romper el yugo del que está oprimido y dejar libre al afligido. Y extendamos nuestras simpatías hacia la viuda y el huérfano; y mientras construimos templos, pagamos nuestros diezmos y ofrendas, y hacemos lo mejor que podemos ante Dios y los hombres, dejemos que eso sea suficiente por el momento, y cuando nos encontremos en circunstancias más favorables lo haremos mejor. En cualquier caso, seguiremos adelante con esfuerzo constante, fuerte y unido, como un solo pueblo en beneficio de todo Israel. Pero no debemos olvidar nuestros deberes para con el Señor.
Quisiera decir en relación con esto que tres de los Doce han sido designados para supervisar la construcción de estos edificios en los distritos externos, mientras que otros permanecen aquí atendiendo los asuntos locales. Y procuramos actuar en armonía y hacer lo mejor que podemos. Algunas personas tienen la idea de que estos templos deberían construirse con los fondos provenientes del diezmo; no tengo ninguna objeción a ello, siempre y cuando paguéis vuestro diezmo. Pero no podemos construir templos con algo que existe solamente de nombre. Tratad honradamente con el Señor, entregando a su debido tiempo aquello que pertenece a Su alfolí, y entonces os mostraremos si no podemos construir templos, así como realizar cualquier otra cosa que sea necesaria con esos recursos. Mientras tanto, tenemos que hacer lo mejor que podamos en estos asuntos; y puesto que estamos personalmente interesados en ellos, así como también nuestros hermanos fallecidos que nos precedieron y dependen de que esta obra se realice, sentimos un fuerte deseo de llevar adelante estos proyectos; y me complace decir que este sentimiento existe en todo Israel.
También deseamos estar plenamente comprometidos con la causa de la educación. El Señor nos ha mandado obtener conocimiento tanto por el estudio como por la fe, buscándolo en los mejores libros. Y corresponde a nosotros enseñar a nuestros hijos y proporcionarles instrucción en toda rama de la educación que contribuya a su bienestar, dejando de lado aquellas falsas enseñanzas que conducen a la incredulidad y apartan la mente y el corazón de las cosas de Dios. Queremos recopilar la inteligencia y el conocimiento de este pueblo en forma de libros, así como mediante la enseñanza y la predicación; adoptando todos los buenos y útiles libros que podamos obtener, y produciendo aquellos que necesitemos y no podamos conseguir. Y en lugar de hacer como muchos en el mundo, que toman las obras de Dios para intentar demostrar que no hay Dios, nosotros queremos demostrar mediante las obras de Dios que Él existe, que vive, que gobierna y que nos sostiene, por decirlo así, en la palma de Su mano. Porque es muy injusto que el hombre utilice las obras de Dios para intentar probar que Dios no existe. Pero también es cierto que solamente el necio ha dicho en su corazón: no hay Dios. Me gustaría hablar sobre este tema si el tiempo lo permitiera.
Me complace ver los esfuerzos realizados por las asociaciones de mejoramiento mutuo de los jóvenes y de las jóvenes para beneficiar y bendecir a la generación emergente de nuestro pueblo. También me alegra observar el grado de inteligencia y dedicación al estudio manifestado por nuestros jóvenes; es algo digno de crédito y alabanza. Queremos guiarlos y alentarlos en el estudio de principios correctos, para que cuando la responsabilidad de llevar adelante la Iglesia y el Reino de Dios pase de nosotros a ellos, estén preparados para ello y continúen la obra hasta una culminación gloriosa y triunfante. Y deseamos que, en lo que respecta a la educación, la cultura, las ciencias, las artes y toda clase de conocimiento, nos encontremos tan por encima de las naciones de la tierra como hoy lo estamos en asuntos religiosos.
Y antes de concluir, quisiera referirme brevemente a la Sociedad de Socorro de las hermanas. Se nos dice que “ni el hombre es sin la mujer, ni la mujer sin el hombre, en el Señor”. Ella es descrita como una ayuda idónea para su esposo. Recuerdo la organización de la primera Sociedad de Socorro en Nauvoo por el profeta Joseph Smith; hoy las vemos extendidas por toda la tierra, y los beneficios de sus labores son ampliamente reconocidos. Nuestras hermanas están realizando una obra noble y digna de elogio al escribir y publicar, al visitar a los enfermos y necesitados, ministrar a sus necesidades, mostrar bondad y benevolencia hacia los afligidos y angustiados, y también al defender principios honorables y encomiables ante Dios y los hombres, destinados a elevar y bendecir a su sexo. Y digo a las hermanas: Dios os bendiga en vuestras labores de amor y en vuestras iniciativas; continuad avanzando en vuestra buena obra, y el Señor bendecirá a vosotras y a vuestra posteridad después de vosotras; porque sois madres en Israel que estáis levantando reyes y sacerdotes para el Altísimo Dios. Procurad que vuestros hijos sean enseñados correctamente y que crezcan en virtud y pureza delante del Señor. Enseñadles buenos principios; no os preocupéis tanto por las modas, sino procurad que la economía, la diligencia, la caridad, la bondad y la virtud sean impresas tempranamente en sus mentes; y procurad amar a vuestros hijos e hijas y guiarlos por los senderos de la vida.
Me gustaría hablar de nuestras Escuelas Dominicales y de otras instituciones, pero el tiempo no lo permite. He hablado lo suficiente. Que Dios os bendiga, en el nombre de Jesús. Amén.


























