Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 19

“La Plenitud del Espíritu y la Gloria Futura de la Tierra”


El Derramamiento del Espíritu—Los Registros del Pasado—Las Dos Varas—Las Promesas y Bendiciones de José—La Tierra Santificada—Hay un Espíritu en el Hombre

por el élder Orson Pratt, Discurso pronunciado en los Salones de Asamblea del Barrio Catorce, el domingo por la tarde, 2 de diciembre de 1877
Volumen 19, discurso 29, páginas 168–178


Llamaré la atención de la congregación a un pasaje de la profecía de Joel, capítulo segundo, comenzando con el versículo 28:

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones.

Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.

Y mostraré prodigios en los cielos y en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo.

El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y terrible de Jehová”.

Estas palabras fueron pronunciadas por el hombre inspirado mucho antes de la primera venida de nuestro Salvador; se refieren a la condición futura del mundo, un estado de cosas que nunca se ha sabido que haya existido sobre nuestra tierra desde que vivió el Profeta. Toda carne estará bajo la influencia del Espíritu de Dios, y no solamente toda carne humana, sino también la creación animal y todos los seres vivientes. El efecto de este derramamiento del Espíritu Santo sobre la humanidad será que los jóvenes profetizarán, convirtiéndose en reveladores, y los ancianos soñarán sueños. Esta profecía fue citada por el apóstol Pedro el día de Pentecostés, cuando se hallaba bajo la influencia de ese mismo Espíritu. Sin embargo, no la citó con la intención de declarar su cumplimiento en aquel momento, sino simplemente para informar a los judíos incrédulos que era el mismo Espíritu del que habló Joel. Se recordará que, en la mañana del día de Pentecostés, unos ciento veinte discípulos habían recibido este Espíritu. En aquella ocasión, mientras estaban reunidos en el templo, actuó sobre ellos con tanto poder que los iletrados e incultos pudieron hablar en diferentes idiomas, y se manifestó en forma de lenguas repartidas, semejantes al fuego en apariencia. Las personas que presenciaron estas manifestaciones se maravillaron y asombraron en gran manera. Pero algunos se inclinaron al mal y acusaron a estos hombres de Dios de estar ebrios. Entonces el apóstol Pedro, para corregir cualquier impresión falsa en la mente de la congregación, se levantó y, después de negar la acusación de aquellas personas malintencionadas, dijo: “Esto es lo dicho por el profeta Joel”, citando la profecía casi palabra por palabra.

Algunos han supuesto que la profecía se cumplió entonces. Es muy evidente para cualquiera que reflexione unos momentos que tal no fue el caso, sino que el Espíritu que reposó sobre aquellos ciento veinte era el mismo Espíritu que, en los últimos días, sería derramado sobre toda carne. Resulta aún más evidente que no se cumplió entonces por lo que sigue: “Y mostraré prodigios en los cielos y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre”, etc., lo cual hace referencia a Su segunda venida, cuando estos grandes acontecimientos tendrán lugar. Generalmente se cree, entre las diversas iglesias cristianas, que ya no habrá más revelaciones, ni visiones, ni sueños dados por el Espíritu de Dios, y esta creencia ha sido sostenida durante generaciones por millones de personas que se llaman cristianas. Pero cuando esta profecía se cumpla verdaderamente, todos los hombres y mujeres sobre la tierra llegarán a ser reveladores, recibiendo de los cielos información y conocimiento por el poder de ese Espíritu derramado sobre ellos. Pienso que nuestra Biblia actual será entonces grandemente ampliada, si sus revelaciones llegaran a escribirse.

Antes de que toda carne reciba el Espíritu de Dios, el reino de Dios debe aparecer sobre la tierra. La obra debe comenzar, y Su Espíritu debe ser derramado sobre unos pocos, preparatoriamente a la venida del Hijo del Hombre, para que haya nuevamente profetas y reveladores sobre la tierra, y para que la verdadera Iglesia de Dios vuelva a existir entre los hombres, como antiguamente. Habiendo llegado plenamente el tiempo, en este siglo XIX, para el cumplimiento de las profecías concernientes al establecimiento del reino de los últimos días, el Señor y Su ángel, como se predijo en el capítulo 14 del Apocalipsis de Juan, revelaron las planchas originales de las cuales se tradujo el Libro de Mormón por inspiración y con la ayuda del Urim y Tumim. Este libro contiene la plenitud del Evangelio del Hijo de Dios, tal como fue revelado en la antigüedad a los israelitas de este hemisferio occidental, los antepasados de nuestra raza indígena. Ellos comprendían el Evangelio y también la ley de Moisés, la cual habían observado durante casi seiscientos años antes de Cristo. Después de Su crucifixión y resurrección de entre los muertos, fueron favorecidos con Su ministerio personal; el Evangelio les fue enseñado con gran claridad, y doce hombres fueron escogidos en este continente y comisionados para salir a predicar la plenitud del Evangelio a todos los habitantes de la tierra. Estos doce hombres, al igual que los apóstoles del hemisferio oriental, predicaron la fe en el Señor Jesucristo, el bautismo por inmersión en agua para la remisión de los pecados y la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo; y sobre aquellos que creyeron y obedecieron, el Espíritu del Señor fue derramado en gran medida. Tuvieron visiones, sueños, revelaciones y grandes manifestaciones del poder de Dios, y los pueblos en general, tanto de América del Norte como de América del Sur, fueron convertidos y enseñados e instruidos en las cosas de Dios. Sin embargo, esto no incluyó a toda carne y, por tanto, no cumplió la profecía de Joel.

El Señor ha sacado a la luz estos antiguos registros, que contienen la plenitud del Evangelio, y ha mandado que se prediquen y publiquen a toda nación y en toda lengua sobre la faz de la tierra, para que todos Sus numerosos hijos tengan la oportunidad de escuchar y, mediante la obediencia a sus requisitos, recibir el Espíritu Santo, el Consolador, que les revelará la mente y la voluntad de Dios concernientes a ellos y los guiará por la senda de la verdad. Este mandamiento especifica estrictamente que este Evangelio debe ser predicado a todo el mundo, pero primero a las naciones gentiles; y cuando estas hayan sido plenamente advertidas y sus tiempos se hayan cumplido, entonces el Señor declarará selladas la ley y el testimonio, en cuanto a seguir predicándoles se refiere; y volverá a comisionar a Sus siervos para que vayan a los judíos, la Casa de Israel, a quienes el Señor preparará, mediante Su propio poder y sabiduría, para recibir el mensaje y no rechazarlo como lo hicieron antiguamente. Decenas de miles de personas, entre las diferentes naciones, ya han recibido el ministerio del Evangelio revelado por el ángel, y han sido llenas del Espíritu Santo, conforme a la promesa hecha a toda alma que crea y se arrepienta de sus pecados; y en cierta medida han llegado a ser reveladores y profetas. Este es, por tanto, el comienzo de la gran obra de los últimos días, la cual nunca terminará hasta que toda carne que no sea destruida de sobre la faz de la tierra por los juicios anunciados llegue a participar de este mismo Espíritu, y este produzca el mismo efecto prometido.

Podrán preguntar: ¿Por qué no ha sucedido así desde el primer siglo de la era cristiana? ¿Por qué no se ha cumplido entre las diversas denominaciones cristianas de nuestro mundo? ¿Por qué no han recibido sueños, visiones y revelaciones por el poder del Espíritu Santo? Puede ser un misterio para algunos por qué ha transcurrido un período tan largo entre los pueblos de las diferentes naciones durante el cual no han tenido revelaciones, ni visiones, ni profecías, ni la voz de Dios. La razón de esto, según ha sido revelada por el Señor, es que la gente se apartó del antiguo Evangelio; hicieron, tal como se había predicho que harían, cambios en las ordenanzas y quebrantaron los convenios eternos; apostataron de la verdad de tal manera que la autoridad del apostolado cesó entre ellos; la autoridad para bautizar dejó de existir, la autoridad para imponer las manos a fin de que recibieran el Espíritu Santo dejó de existir, y ya no pudieron ministrar con autoridad en el nombre del Señor en ninguna de las ordenanzas de la Iglesia. Hubo muchas personas buenas y morales que vivieron durante ese tiempo. Pero, ¿dónde podía encontrarse la Iglesia organizada según el modelo del Nuevo Testamento, con apóstoles vivientes que recibieran revelación del cielo y poseyeran el poder que poseían los antiguos?

Podían encontrarse iglesias en abundancia, llamadas iglesias cristianas, así denominadas por ellas mismas; algunas recibían ciertos nombres y otras diferentes; todas ellas creían en doctrinas separadas y distintas que las caracterizaban. Una creía en un principio del Evangelio, otra en algún otro; una creía en una forma de bautismo, otra en una diferente; una aceptaba parte del Evangelio, y otra afirmaba poseer alguna otra parte. Tal era la condición de las naciones cristianas cuando el Señor envió a Su ángel para revelar la plenitud del Evangelio a José Smith, un simple muchacho que fue levantado especialmente por las manos de Dios para sacar a luz otro registro, en armonía con el que ya existía, llamado el Nuevo Testamento; no otro evangelio, sino el mismo Evangelio enseñado a otra rama de la casa de Israel.

Nuestro Padre Celestial no hace acepción de personas; estima a una rama de la casa de Israel tanto como a otra; y puesto que, por Su propio poder y de acuerdo con sus propios registros, sacó a un remanente de la tribu de José de la tierra de Jerusalén y lo condujo a este continente, tenía por ellos el mismo interés que por los judíos, y el mismo que por las diez tribus que fueron llevadas de la tierra de Palestina unos setecientos veinte años antes de Cristo. Ellas fueron llevadas a la tierra del norte, pero no sabemos exactamente dónde. Él tuvo igual consideración por todas estas ramas de la simiente de Israel; y como todas tenían conocimiento, antes de su dispersión, de la venida del futuro Mesías, sería perfectamente razonable que, cuando Él viniera a sufrir y ser crucificado por los pecados del mundo, los judíos, siendo solamente una parte de Israel, no fueran la única porción favorecida y bendecida con Su ministerio personal. Es perfectamente razonable que Él visitara a las diez tribus y también viniera a este gran continente, donde existía una parte de una tribu, para ministrarles.

Sabéis que Jesús mismo dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. No solamente a los judíos, porque ellos eran únicamente una parte de esa casa; tenía otros dispersos en diversos países y en las islas del mar. Y puesto que todos tenían conocimiento de la venida de Cristo y de que Él ofrecería el gran y último sacrificio, poniendo así fin al rito de los sacrificios que durante tantas generaciones habían considerado sagrado, parecería lógico que les informara, dondequiera que estuvieran, que el verdadero Mesías había venido y se había ofrecido a Sí mismo, y que por tanto ya no debían ofrecer animales ni aves en sacrificio, sino creer para siempre en Él.

También es igualmente razonable que una rama de Israel, existente a miles de kilómetros de Palestina y favorecida con el ministerio personal de Cristo, llevara un registro de Sus enseñanzas, del mismo modo que se hizo en la tierra de Jerusalén; y que Sus enseñanzas, una vez escritas, fueran tan sagradas como lo es el Nuevo Testamento. Asimismo, es igualmente razonable que recibieran el mismo Evangelio y el mismo Espíritu, y que los mismos efectos se produjeran entre ellos que entre aquellos que estaban en Jerusalén.

Jesús también nos informa en el Evangelio de Juan que tenía otras ovejas además de las que estaban en Jerusalén. El pasaje dice: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; a aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño y un pastor”. Él no fue a los gentiles, pues ellos no eran las “otras ovejas” a las que se refería; nunca fueron denominados en las Escrituras como las ovejas de Israel, sino que siempre fueron llamados por su propio nombre. Pero las ovejas de las que Jesús habla eran aquellas que Él tenía la intención de visitar; “oirán mi voz”, es decir, Él les ministraría, lo verían y escucharían Su voz.

Y las instrucciones que les dio fueron mandadas a escribirse con el propósito de que salieran a luz en los últimos días, preparatoriamente al tiempo en que “la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar”; no solamente del conocimiento de Dios contenido en el registro judío, sino del conocimiento de Dios contenido en todos los registros. El Libro de Mormón nos informa que las diez tribus de la tierra del norte tendrán también un registro, así como los judíos, una Biblia propia, si así lo desean llamarla.

De hecho, después de haber instruido al remanente de José en esta tierra y haberles revelado Su Evangelio, Jesús les dijo: “Pero ahora voy al Padre, y también a manifestarme a las tribus perdidas de Israel, porque no están perdidas para el Padre, pues Él sabe adónde las ha llevado”. Y uno de los antiguos profetas americanos que vivió en aquellos días profetizó acerca de ellas, diciendo que cuando Dios trajera a estas diez tribus de la tierra del norte, ellas traerían consigo sus registros.

Y acontecería que tendrían los registros de los nefitas, y los nefitas tendrían los registros de los judíos, y los judíos y los nefitas tendrían los registros de las tribus perdidas de la casa de Israel; y las tribus perdidas de Israel tendrían los registros de los nefitas y de los judíos. “Y acontecerá que reuniré a mi pueblo, y también reuniré mi palabra en una”. No solamente el pueblo será reunido desde las regiones distantes de nuestro mundo, sino que también sus registros, o biblias, serán unidos en uno solo.

En el antiguo y venerado libro que cree el mundo cristiano tenemos una profecía que puede encontrarse en el capítulo 37 de Ezequiel, concerniente a la unión de dos registros. Leeré la profecía:

“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

Tú, hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus compañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.

Y júntalos el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno en tu mano.

Y cuando te pregunten los hijos de tu pueblo, diciendo: ¿No nos enseñarás qué te propones con eso?

Diles: Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo tomo el palo de José que está en la mano de Efraín, y las tribus de Israel sus compañeras, y las pondré con él, con el palo de Judá, y los haré un solo palo, y serán uno en mi mano.

Y los palos sobre los que escribas estarán en tu mano delante de sus ojos”.

¿Por qué se le mandó hacer algo tan sencillo? Porque ciertamente en nuestros días se consideraría una cosa simple que un hombre tomara dos varas, escribiera sobre una para Judá y sobre otra para José, luego las uniera y las sostuviera en sus manos para que fueran una sola. Si nosotros intentáramos predicar de esta manera, la gente pensaría que estamos locos. Pero era una forma familiar mediante la cual el Señor tenía la intención de instruir a Su pueblo, y la interpretación es la siguiente: estas dos varas debían representar lo que el Señor haría. Dice Él: “Y cuando los hijos de tu pueblo te pregunten diciendo: ¿No nos enseñarás qué significan para ti estas dos varas que llegan a ser una en tu mano? Así dice Jehová el Señor: He aquí, yo” (no Ezequiel) “tomaré la vara de José”, etc. ¿Y qué harás con ella? La uniré con la vara escrita para Judá y las haré una sola en mi mano. “Y las varas sobre las cuales escribas estarán en tu mano delante de sus ojos”; una siendo representación de la otra. ¿Pero cuándo sucederá esto? Leamos el siguiente versículo.

“Y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo tomaré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde fueron, y los recogeré de todas partes y los traeré a su tierra;

Y los haré una sola nación en la tierra, en los montes de Israel; y un rey será rey para todos ellos; y nunca más serán dos naciones, ni nunca más estarán divididos en dos reinos.

Ni se contaminarán ya más con sus ídolos, ni con sus abominaciones, ni con ninguna de sus rebeliones; sino que los salvaré de todas sus moradas en las cuales pecaron, y los limpiaré; y me serán por pueblo, y yo a ellos por Dios.”

¿Se ha cumplido esto? ¿Ha hecho Él esto por la casa de Israel, dispersa entre las naciones, trayéndola de regreso y haciéndola una sola nación en la tierra y sobre los montes, con un solo rey reinando sobre todos ellos? ¿Ha existido alguna época, desde que las doce tribus vivieron juntas hace unos dos mil quinientos años, en que la casa de Judá haya sido reunida en una sola? Es bien sabido que tales cosas aún no han ocurrido. Pero la profecía se cumplirá, y además en nuestros días. El Señor reunirá a las diez tribus del norte y a la casa de Judá de los cuatro extremos de la tierra adonde han sido llevadas; las recogerá por todas partes y las traerá a su propia tierra, formando de ellas una sola nación bajo un solo rey, para nunca más ser divididas. Ni tampoco, dice el Señor, volverán a contaminarse con sus cosas abominables, etc. “Y habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, donde habitaron vuestros padres”, etc. No es algo espiritual; es literal, y acontecerá exactamente como está escrito.

¿Cómo llevará a cabo esta obra? Precisamente de la manera que Él ha señalado en este capítulo. Tomará la vara, o los registros, de José escritos para José, y los unirá con los de los judíos, escritos por la nación judía; y cuando lleguen a ser uno en Su mano, entonces traerá a Israel desde los cuatro extremos de la tierra y cumplirá todo lo que se ha dicho acerca de ellos.

Aquí (sosteniendo el Libro de Mormón en su mano) presentamos un registro de este continente americano, una historia de una rama de la tribu de José durante casi seiscientos años antes de Cristo y hasta cuatrocientos veinte años después de Cristo; una historia de los tratos del Señor con ellos desde el momento en que dejaron Jerusalén hasta que una de sus principales naciones cayó en batalla debido a su apostasía. Los descendientes del remanente sobreviviente son este pueblo degenerado que llamamos indios y que aún existe. Su registro ha sido sacado a la luz; el Señor lo ha hecho, no José Smith. Él ya ha unido el registro y los testimonios de José con los de Judá para que tengamos evidencia adicional de que Jesús es el Cristo, para que tengamos el testimonio de dos grandes naciones: la nación judía y la nación de José que habitó esta tierra y que después llegó a ser una “multitud de naciones”, conforme a la bendición pronunciada por el antiguo patriarca Jacob cuando bendijo a sus dos nietos, Efraín y Manasés.

Aquí encontramos en este continente una multitud de naciones y, cuando examinamos los idiomas que hablan, descubrimos que evidentemente proceden de una misma fuente. Los estudiosos de antigüedades que han investigado diligentemente este asunto testifican todos de este hecho: que sus lenguas provienen claramente de un origen común. También afirman que debieron haber vivido durante muchas generaciones en este continente para llegar a estar tan diversificados en sus distintos idiomas. Sabéis que cuando un pueblo no tiene una lengua escrita, como la tenemos nosotros, esta se corrompe; y al separarse unos de otros, como ha sucedido con la raza indígena, se corrompe cada vez más. Cuando se estudian los idiomas hablados por los aborígenes de nuestro continente, se descubre que tienen un origen común; y también que esta “multitud de naciones” son descendientes de José, en cumplimiento de la promesa que Dios le hizo por medio de su padre Jacob.

Los patriarcas solían bendecir a sus hijos en la antigüedad y les anunciaban lo que acontecería en los postreros días. Jacob bendijo así a sus doce hijos; y cuando llegó a José pronunció una bendición peculiar sobre su cabeza. Dice así: “José es rama fructífera, rama fructífera junto a una fuente; sus vástagos se extienden sobre el muro”. Esto significaba que una parte de su descendencia no permanecería siempre con el cuerpo principal de su pueblo, sino que se separaría, “se extendería sobre el muro”, y partiría de la tierra de Jerusalén.

“Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores, hasta los límites de los collados eternos; serán sobre la cabeza de José y sobre la coronilla del que fue apartado de entre sus hermanos.”

Los progenitores de Jacob fueron Abraham e Isaac. ¿Qué bendiciones recibieron ellos? Palestina. Pero dice el patriarca: “Yo tengo una bendición mayor; ha prevalecido sobre la de mis progenitores”. ¿Cuánto mayor? “Hasta los límites de los collados eternos”. Dijo: “Yo te la doy a ti, José”; o, “serán sobre la cabeza de José y sobre la coronilla del que fue apartado de entre sus hermanos”.

¡Cuán maravillosos son los tratos de Dios con los hombres al llevar a cumplimiento las declaraciones proféticas de Sus siervos! Hubo otra bendición pronunciada sobre la cabeza de José por Moisés, antes de que este fuera quitado de en medio de Israel, una bendición muy distinta de las dadas a las demás tribus. Dice así:

“Y a José dijo: Bendita de Jehová sea su tierra, con lo mejor de los cielos. Y con lo mejor de la tierra y su plenitud.”

Como si dijera: su tierra será sumamente escogida. En lugar de ser bendecido con tierras contiguas a las del resto de las tribus, debía ser una rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro, hasta los límites de los collados eternos; y allí sería bendecido con toda clase de climas: la zona templada y la zona tórrida; las bendiciones de la tierra y su plenitud en lo que respecta a las regiones templadas; y también las bendiciones de la tierra en lo que respecta a la zona tórrida.

Aquí, entonces, percibimos por medio de todas estas predicciones y profecías que el Señor, en Su providencia, ha obrado entre los israelitas de tal manera que estas promesas se han cumplido al pie de la letra. No solamente serían bendecidos con las bendiciones de la tierra, sino que también: “Bendita de Jehová sea su tierra, con las cosas preciosas de los cielos”. ¿Qué consideraríais vosotros como las cosas preciosas de los cielos? Yo diría que las revelaciones dadas desde los cielos a sus descendientes serían tan preciosas como cualquier cosa que pudiera otorgárseles. ¿Por qué, entonces, habría de considerarse irrazonable que estas profecías relativas a los descendientes de José se cumplieran; que el Señor sacara a luz estas cosas preciosas en los últimos días bajo el nombre del registro de José, para que saliera como testimonio junto con el registro judío, primero a los gentiles y luego a la casa de Israel, a fin de preparar el camino para que el reino que debía establecerse en los últimos días creciera sobre la tierra, en cumplimiento de las profecías de Daniel, hasta que el reino y la grandeza del reino debajo de todos los cielos fueran entregados a los santos del Altísimo? Si Dios tiene la intención de establecer un reino representado en el libro de Daniel por una “piedra cortada no con mano de los montes”, y ese reino ha de extenderse hasta convertirse, como él lo vio en visión, en una gran montaña que llena toda la tierra, sin duda será una obra preparatoria para la segunda venida de Su Hijo. De modo que cuando Él venga en toda Su gloria, en las nubes del cielo, acompañado por profetas, apóstoles, reveladores y el resto de los santos para reinar sobre la tierra, es razonable suponer que el reino establecido tendrá profetas, reveladores e inspirados; ancianos que sueñen sueños y jóvenes que vean visiones. Y de esta manera, cuando Jesús descienda con Sus santos resucitados y encuentre un reino preparado para Él, compuesto por aquellos que tienen el Espíritu de Dios en sus corazones, comenzará Su reinado: Su reinado universal sobre la tierra, sobre todos los santos que vivan entonces. Entonces se cumplirá aquella parte de la profecía de Daniel: “Y el reino y el dominio”; no solamente el reino, sino también el dominio; “y la grandeza del reino debajo de todos los cielos será dada al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán”. Es decir, todos los pueblos que vivan entonces estarán bajo este único Rey de reyes; Él reinará en medio de Su pueblo, de los santos resucitados y de los santos que aún vivan. Y toda carne tendrá el Espíritu de Dios derramado sobre ella.

Dije “toda” carne, incluyendo la carne de los animales así como la de los seres humanos. Esto ha sido claramente declarado en las profecías. Es decir, en aquellos días cuando “la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar”, entonces “el león comerá paja como el buey”. Su naturaleza será tan susceptible al Espíritu de Dios que cambiará completamente; en lugar de alimentarse de otros animales y devorar su carne, se nutrirá del reino vegetal, tal como lo hacía en la mañana de la creación. Cuando la tierra fue creada por primera vez, todas las cosas fueron declaradas muy buenas; salió de las manos del Creador en una condición muy perfecta. Pero cuando el hombre cayó, un cambio vino no solamente sobre el hombre, sino también sobre la creación animal, y el reino vegetal quedó sujeto a la maldición, y el poder de Satanás fue ejercido sobre la tierra; se introdujo enemistad entre el hombre y los animales. Pero llegará el tiempo en que el Espíritu de Dios será derramado sobre toda carne y “el lobo morará con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito; el becerro, el león y la bestia doméstica andarán juntos; y un niño pequeño los conducirá”, etc. Eso revertirá la caída de la creación, o al menos de la parte viviente de ella. Entonces la maldición será quitada. Será como el jardín de Edén, y Jesús estará aquí, y enseñará a Su pueblo, cumpliendo lo que está escrito en las sagradas Escrituras acerca de Su reinado de mil años.

Los santos entonces habrán resucitado, y también serán habitantes de este globo. Están cantando acerca de ello en el cielo, mientras sus cuerpos duermen en la tumba. Leed el capítulo 5 del Apocalipsis de Juan, y tendréis una idea de lo que esperan los santos del cielo. Las palabras del nuevo cántico que Juan los oyó cantar fueron: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes; ¡y reinaremos sobre la tierra!”. ¡Qué claro! “¡Reinaremos sobre la tierra!”. Ellos lo esperan; cantan acerca de ello; lo anhelan tanto como nosotros esperamos ir con ellos y mezclarnos con ellos, y tanto como tenemos fe en que, cuando depositemos nuestros cuerpos en la tumba, iremos a nuestra antigua morada donde una vez estuvimos, a las mansiones preparadas, y nos uniremos a las huestes celestiales. No olvidaremos la tierra; es nuestro hogar nativo. Antes bien, nos uniremos a ellos en su nuevo cántico y, junto con ellos, esperaremos con gozosa anticipación el día en que volveremos para reinar sobre la tierra, habiendo sido hechos reyes y sacerdotes para nuestro Dios.

Y Jesús y los Doce Apóstoles estarán en medio de nosotros. Y tenemos un relato de sus tronos. “Y Jesús les dijo: De cierto os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de Su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”. Entonces las doce tribus regresarán, y doce hombres sentados sobre doce tronos, en la tierra de Palestina, reinarán sobre ellas. Los doce discípulos levantados en esta tierra hace mil ochocientos años tendrán también sus tronos; quienes, después de haber sido juzgados por los Doce de Jerusalén, se sentarán en sus propios tronos y juzgarán al remanente de la tribu de José. Y tendrán esa obra que realizar en los mundos eternos. El sacerdocio no se da por unos pocos años para luego cesar; todos los siervos de Dios que han ministrado aquí abajo por autoridad del sacerdocio continuarán su obra entre seres inmortales y entre aquellos que vivan y que aún no hayan sido transformados al estado inmortal.

Algunos piensan que cuando Jesús venga, todos los que vivan sobre la tierra serán transformados. No existe ninguna Escritura que enseñe tal cosa. Pero sí hay una Escritura que dice que los santos vivientes serán “transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta”. Cuando suene la primera trompeta, en la venida del Salvador, ellos no serán transformados, sino que serán arrebatados; pero cuando las tumbas de los santos se abran y ellos salgan como seres inmortales, los santos vivientes serán vivificados, no hechos inmortales, sino renovados en cierta medida, y serán llevados juntamente con aquellos que asciendan de sus sepulcros para encontrarse con Jesús y descender con Él.

Y los inmortales se multiplicarán y se extenderán, de manera que los muchos lugares despoblados como consecuencia de los grandes juicios que precederán Su venida serán habitados por sus numerosos hijos durante el milenio, llenando las diferentes regiones de la tierra. De modo que cuando los mil años terminen y Satanás sea soltado nuevamente, encontrará un gran número de personas que no habrán sido tentadas por él; entonces empleará su astucia entre ellas y logrará desviar a muchas. Reunirá a sus numerosas huestes desde los cuatro extremos de la tierra y rodeará el campamento de los santos. Los santos entonces se reunirán desde todas partes, como lo hacen ahora, y tendrán que levantar sus tiendas mientras lo hacen; y el ejército de Satanás también rodeará la ciudad amada para destruir al pueblo de Dios. Pero descenderá fuego de Dios desde el cielo y los consumirá.

Entonces la ciudad amada y los justos serán llevados al cielo; y después de que terminen los mil años, la tierra pasará. Esta tierra que habrá sido santificada, purificada y bendecida con la presencia de Jesús, y sobre la cual los santos inmortales y resucitados vivirán y reinarán como reyes y sacerdotes; esta tierra, debido a la caída y a la maldición que vino sobre ella, tendrá que experimentar un cambio aún mayor, al igual que nuestros cuerpos, y pasará. No se hallará lugar para ella como mundo organizado; existirá en una condición elemental, con todos sus elementos dispersos por el espacio, hasta que el Señor considere oportuno reunirlos nuevamente mediante Su poder y formar una tierra inmortal, una tierra libre de la maldición, libre de los efectos de la caída, restaurada tal como era en el principio.

Esta será entonces la nueva tierra y el nuevo cielo, donde solamente habitarán los justos. La ciudad amada descenderá sobre esta tierra eterna, y entonces llegará a ser una de las mansiones celestiales, donde los santos que estén preparados reinarán por los siglos de los siglos.

Esta será entonces nuestra morada eterna; no debemos buscar un cielo

“Más allá de los límites del tiempo y el espacio,
donde la mente humana jamás puede llegar.”

No hemos de ir más lejos de lo que nuestros pensamientos puedan llevarnos, a algún lugar remoto y desconocido acerca del cual no se ha dado revelación alguna. Más bien regresaremos a nuestra tierra, y entonces se cumplirá aquella parte de la visión en la que Juan dice: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí, el tabernáculo de Dios está con los hombres, y Él morará con ellos; y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios.

Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”

¿Por qué? Porque entonces todos sus habitantes serán inmortales, y la tierra misma será celestial; en consecuencia, no habrá más funerales ni motivo alguno para el duelo. “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”, dijo el que estaba sentado en el trono.

Esa será la historia de esta pequeña creación nuestra; es solamente una entre la inmensidad de creaciones que Dios ha hecho, todas las cuales tienen sus tiempos de redención y deben pasar por cambios semejantes a los que he mencionado; y los pueblos que las habitan tienen que aprender mediante una escuela de experiencia. Ellos tienen sus alegrías y sus tristezas al igual que nosotros, porque ellos, como nosotros, no podrían adquirir la experiencia necesaria de ninguna otra manera para prepararse para la sociedad de las huestes celestiales.

Cuando, de acuerdo con la profecía de Joel, Dios otorgue visiones y revelaciones a sus hijos e hijas, y sueños por medio del mismo Espíritu a los ancianos, adquirirán más conocimiento en muy poco tiempo del que podría aprenderse estudiando los mejores libros que poseen los colegios e instituciones de enseñanza de todo el mundo. Tenemos que estudiar durante años para aprender una sola rama del conocimiento, por ejemplo las matemáticas: geometría, secciones cónicas, cálculo, etc.

Se requieren años de estudio para adquirir conocimiento de estas materias, y para cuando apenas las hemos dominado parcialmente, ya somos ancianos, listos para partir de este estado de existencia. Pero cuando llegue el tiempo en que el Espíritu del Dios viviente sea derramado sobre toda carne, en unos pocos momentos el Señor podría abrir los misterios y tesoros de la tierra, de modo que pudiéramos comprender no solamente la superficie geográfica de la tierra, sino también, por el poder de la visión, contemplar cada una de sus partículas tanto por dentro como por fuera, y asimismo la ley que gobierna sus elementos constitutivos, casi todo lo cual está ahora oculto a nuestra visión mortal. Solo podemos llegar hasta cierto punto con nuestra vista natural; pero existe una facultad en cada hombre y mujer que ahora duerme en un estado latente, y tan pronto como sea tocada por el Espíritu del Señor, seremos capaces de contemplar, por así decirlo, un nuevo mundo de cosas. Los misterios se abrirán ante nosotros y los percibiremos tan naturalmente como si estuvieran escritos; y de esta manera podremos aprender con extraordinaria rapidez. Si deseamos conocimiento acerca de este mundo o de nosotros mismos, de cuándo nacieron nuestros espíritus, o si deseamos saber cosas que ocurrieron antes de que se pusieran los fundamentos del mundo o se formara su núcleo, cuando los hijos de Dios gritaban de gozo; si deseáramos conocer estas cosas, solo sería necesario que el Espíritu del Señor tocara la visión de nuestra mente e iluminara nuestro entendimiento, y podríamos contemplar acontecimientos pasados de miles de generaciones de mundos anteriores a la creación de la tierra. Podríamos ver la sucesión de mundos que existieron mucho antes de que esta tierra fuera formada; podríamos contemplar las pruebas por las que pasaron, verlos surgir a la existencia, atravesar sus diversos cambios y finalmente llegar a ser gloriosas mansiones celestiales en la presencia de Dios. Por este mismo Espíritu del que habló Joel, podríamos mirar hacia el futuro lejano y contemplar nuevos mundos formados y redimidos; y no solo eso, sino también ver y comprender las leyes por las cuales fueron creados, así como el propósito y el fin de todas estas creaciones, siendo tocados por el dedo del Todopoderoso e iluminados por el Espíritu Santo. Amén.

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