Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 19

“No Hay Muerte para los que Mueren en el Señor”


Una época de visitación y revelación—La revelación como ley de gobierno—La naturaleza de la muerte—Jesús, nuestro precursor y ejemplo—Los tres testigos—El conocimiento personal por encima de todo—Las ordenanzas por los muertos

por el élder Joseph F. Smith, pronunciados durante los servicios fúnebres de Emma, hija del élder Daniel H. y Emmeline Wells, la mañana del jueves 11 de abril de 1878.
Volumen 19, discurso 39, páginas 258–265


Mientras estaba sentado escuchando el canto, se me ocurrió que, al hacer unas pocas observaciones en esta ocasión, leería parte de una revelación dada a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días el 27 de diciembre de 1832, creyendo que al hacerlo podremos recibir consuelo y aliento, así como también esclarecimiento.

Luego leyó la sección 88 de Doctrina y Convenios, nueva edición, desde el versículo 3 hasta el 32 inclusive.

Estas son las palabras de Dios para nosotros, palabras que no fueron pronunciadas en algún período remoto del mundo y transmitidas hasta nosotros por las tradiciones de nuestros padres, sino que son las palabras del Todopoderoso habladas directamente a nuestros hermanos escogidos por Dios para ser Sus portavoces y reveladores para el pueblo de esta época. Son, por tanto, palabras de verdad y de vida eterna, palabras en las que podemos confiar con la más absoluta seguridad, sin duda ni vacilación, ni temor de rendirnos a los caprichos de una vana filosofía; porque no son palabras de hombre, sino de Dios.

Es bueno para nosotros comprender, si es posible hacerlo —y podemos hacerlo si disfrutamos de una porción suficiente del Espíritu de Dios—, que estamos viviendo en una época en la que el Padre Celestial ha tenido a bien visitar a Sus hijos, dándose a conocer al declarar Su ley y Su palabra, por Su propia boca y por Su propia presencia. Si pudiéramos comprender siempre esto, me parece que confiaríamos más plenamente en las palabras de vida eterna que han llegado hasta nosotros; seríamos inducidos a vivir tan cerca del Señor y a ser tan fieles en el cumplimiento de nuestros deberes como pueblo del convenio de Dios, que nuestros corazones arderían de gozoso agradecimiento. Nos inclinaríamos hacia aquello que es agradable y aceptable al Señor durante todo el día, y evitaríamos aun la apariencia del mal. En las variadas escenas de la vida jamás lo olvidaríamos, ni desobedeceríamos Su voluntad, ni descuidaríamos un deber; sino que permaneceríamos en el convenio del Evangelio, en el amor de Dios y de nuestros semejantes, haciendo obras de justicia y sin dejar pasar oportunidad alguna de hacer el bien. Es necesario que comprendamos estas cosas y las tengamos presentes para obedecer la ley que nos ha sido dada, una parte de la cual les he leído; ley que es necesario guardar para que podamos ser hallados observando la ley celestial y ser vivificados por esa gloria, de modo que nuestras almas, que son nuestros cuerpos y espíritus, sean redimidas y restauradas a la vida y a la inmortalidad, para poseer coronas de gloria y exaltación, las cuales solo pueden obtenerse en el reino celestial; en otras palabras, para que podamos ser vivificados por la gloria celestial y recibir una plenitud de ella, de acuerdo con esta revelación.

Dios ha dado leyes para gobernar todas Sus obras, y especialmente ha dado leyes para gobernar a Su pueblo, que son Sus hijos e hijas. Hemos venido a morar en la carne para obtener tabernáculos para nuestros espíritus inmortales; o, en otras palabras, hemos venido con el propósito de realizar una obra semejante a la que realizó el Señor Jesucristo. El objeto de nuestra existencia terrenal es que podamos tener una plenitud de gozo y llegar a ser hijos e hijas de Dios en el sentido más pleno de la palabra, siendo herederos de Dios y coherederos con Jesucristo, para ser reyes y sacerdotes para Dios, heredar gloria, dominio, exaltación, tronos y todo poder y atributo desarrollado y poseído por nuestro Padre Celestial. Este es el propósito de nuestra existencia sobre la tierra. Para alcanzar esta posición exaltada es necesario que pasemos por esta experiencia mortal, o período de probación, mediante el cual podamos probar que somos dignos, con la ayuda de nuestro Hermano Mayor, Jesús. El espíritu sin el cuerpo no es perfecto; no está capacitado, sin el cuerpo, para poseer una plenitud de la gloria de Dios y, por lo tanto, no puede cumplir su destino sin él. Estamos preordenados para llegar a ser conformes a la semejanza del Señor Jesucristo; y para llegar a ser semejantes a Él debemos seguir Sus huellas, hasta santificarnos por la ley de la verdad y de la justicia. Esta es la ley del reino celestial; y cuando muramos, su poder nos hará salir en la mañana de la primera resurrección, revestidos de gloria, inmortalidad y vidas eternas. A menos que guardemos la ley que Dios nos ha dado en la carne, la cual tenemos el privilegio de recibir y comprender, no podremos ser vivificados por su gloria, ni recibir su plenitud y la exaltación del reino celestial.

“Hay una ley, irrevocablemente decretada en los cielos antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basan todas las bendiciones; y cuando obtenemos alguna bendición de Dios, es por la obediencia a aquella ley sobre la cual está basada.”

Debemos, por tanto, aprender las leyes del cielo, que son las leyes del Evangelio, vivirlas y obedecerlas con todo nuestro corazón y permanecer en ellas con fe, perfeccionándonos por medio de ellas, para recibir la plenitud de la gloria de ese reino.

Hago estas observaciones, no para los que han partido, sino para los vivos; para ustedes tanto como para mí mismo, que todavía permanecemos en la carne, luchando contra las debilidades y flaquezas de la naturaleza humana, y que aún tenemos que aprender por experiencia para ser instruidos en las cosas que es necesario conocer, a fin de que nuestro curso aquí nos asegure la mayor recompensa en la presencia de nuestro Padre y Dios.

No nos hemos reunido aquí para alimentar nuestras tristezas por esta pérdida temporal —al vernos privados, quizá solo por un corto tiempo, de la sociedad y compañía de una hija, una hermana o una amiga—; porque las lágrimas se han secado en parte y el dolor se ha mitigado grandemente por el hecho de que nuestra pérdida es su ganancia. Ella ha sido liberada de un mundo de tristeza, angustia y dolor, y descansa de sus labores terrenales. Bendita es su condición, porque ha cumplido su misión en la tierra, ha hecho honorable su nombre entre los honestos y verdaderos del pueblo de Dios, ha peleado la buena batalla y ahora ha partido, ha regresado a su antiguo hogar de donde vino. ¿Qué ha perdido? Simplemente la compañía de sus amigos terrenales, pero no en la medida en que nosotros la extrañamos; porque creo que lo mayor siempre puede comprender lo menor, mientras que lo menor solo puede comprender lo mayor en la medida en que le sea revelado de vez en cuando por el Espíritu Santo. Mientras estamos en la mortalidad estamos limitados y vemos como por un espejo oscuramente; vemos solo en parte, y nos resulta difícil comprender aun las cosas más pequeñas con las que estamos relacionados. Pero cuando nos revistamos de inmortalidad, nuestra condición será muy diferente; ascenderemos a una esfera más amplia. Sin embargo, no llegaremos a ser perfectos inmediatamente después de partir del cuerpo, porque el espíritu sin el cuerpo no es perfecto, y el cuerpo sin el espíritu está muerto. El espíritu desencarnado, durante el intervalo entre la muerte del cuerpo y su resurrección de la tumba, no es perfecto; por consiguiente, no está preparado para entrar en la exaltación del reino celestial. Pero tiene el privilegio de elevarse en medio de seres inmortales y de disfrutar, hasta cierto punto, de la presencia de Dios; no de la plenitud de Su gloria ni de la plenitud de la recompensa que buscamos y que estamos destinados a recibir si somos hallados fieles a la ley del reino celestial, sino solamente en parte. Al espíritu justo que parte de esta tierra se le asigna su lugar en el Paraíso de Dios; posee privilegios y honores que, en excelencia, están muy por encima de la comprensión humana. Y en esa esfera de acción, disfrutando esta recompensa parcial por su conducta justa en la tierra, continúa sus labores, siendo en este aspecto muy diferente del estado del cuerpo del cual ha sido liberado. Porque mientras el cuerpo duerme y se descompone, el espíritu recibe un nuevo nacimiento; para él se abren las puertas de la vida; nace de nuevo a la presencia de Dios. El espíritu de nuestra amada hermana, al partir de este mundo, nace de nuevo en el mundo de los espíritus, regresando allí de la misión que había estado desempeñando en este estado de probación, después de haber estado ausente por algunos años de Padre, Madre, parientes, amigos, vecinos y de todo cuanto le era querido. Ha regresado más cerca del círculo familiar, a antiguas asociaciones y escenas, de manera muy semejante a la de un hombre que vuelve a casa después de una misión en tierras lejanas, para reunirse nuevamente con su familia y amigos y disfrutar de los placeres y consuelos del hogar. Esta es la condición de aquella cuyos restos yacen ahora ante nosotros, o de todo aquel que haya sido fiel a la virtud y a la pureza mientras peregrinó aquí abajo; pero especialmente de aquellos que tuvieron el privilegio de obedecer el Evangelio y que vivieron verdaderos y fieles a sus convenios. Ellos, en lugar de continuar aquí entre las cosas temporales, rodeados como nosotros de las debilidades de un mundo caído y sujetos a preocupaciones y tristezas terrenales, son liberados de ellas para entrar en un estado de gozo, gloria y exaltación; no una plenitud de estas cosas, sino para esperar la mañana de la resurrección de los justos, salir de la tumba para redimir el cuerpo y reunirse nuevamente con él, convirtiéndose así en un alma viviente, un ser inmortal que nunca más morirá. Habiendo cumplido su obra, habiendo pasado por su probación terrenal y cumplido su misión aquí abajo, entonces está preparado para el conocimiento, la gloria y la exaltación del reino celestial. Esto fue lo que hizo Jesús; y Él es nuestro precursor, Él es nuestro ejemplo. El sendero que Él señaló es el que nosotros debemos recorrer, si alguna vez esperamos morar y ser coronados con Él en Su reino. Debemos obedecerle y poner nuestra confianza en Él, sabiendo que Él es el Salvador del mundo.

No es difícil para mí creer esto; leo la Biblia, en la cual encuentro relatos de muchas de Sus obras, palabras, preceptos y ejemplos. Y no creo que ningún hombre o mujer rectos y honestos, poseedores de una inteligencia común, puedan leer los Evangelios del Nuevo Testamento y los testimonios allí dados del Salvador, sin sentir intuitivamente que Él era lo que afirmaba ser. Porque toda persona recta y honesta posee, en mayor o menor grado, el Espíritu Santo, y este santo mensajero en el corazón de los hombres da testimonio de la palabra de Dios; y cuando tales personas leen estos escritos inspirados con sinceridad de corazón y mansedumbre de espíritu, libres de prejuicios y de las falsas concepciones surgidas de las tradiciones y de una educación errónea, el Espíritu del Señor da testimonio en un lenguaje inconfundible que arde con convicción. Por tanto, creo que Jesús fue el Cristo, el Salvador, el Unigénito del Padre; y esto también mediante la lectura de la Biblia. Pero, ¿dependemos de la Biblia para esta convicción y conocimiento? No, gracias al Señor, no dependemos únicamente de ella. ¿Qué más tenemos para impartir este conocimiento y confirmar este testimonio? Tenemos el Libro de Mormón, la “vara de Efraín”, que ha llegado a nosotros por el don y el poder de Dios, el cual también testifica de Él y revela un relato de Su misión y de Sus tratos con los habitantes de este continente después de Su resurrección de entre los muertos, cuando vino a esta tierra para visitar a Sus “otras ovejas”, a fin de reunirlas en un solo redil, para que ellas también fueran Sus ovejas y Él su gran Pastor. Además de la convicción que el propio libro lleva consigo, tenemos el testimonio adicional de quien lo tradujo y selló su testimonio con su sangre; así como el de otros testigos, quienes testifican al mundo entero que vieron las planchas y las inscripciones grabadas en ellas, de las cuales fue traducido el libro. Estas planchas les fueron mostradas por un ángel de Dios, quien declaró que el libro había sido traducido correctamente por el don y el poder de Dios; y en obediencia al mandato divino, estos testigos dan testimonio de lo que vieron y oyeron.

Aquí, pues, tenemos dos testigos: la Biblia y el Libro de Mormón, ambos dando testimonio de la misma verdad: que Jesús fue el Cristo, que murió y vive nuevamente, habiendo roto las ligaduras de la muerte y triunfado sobre la tumba. Esta evidencia adicional es la que poseen los Santos de los Últimos Días acerca de este hecho, además de la que posee el mundo cristiano que no cree en el Libro de Mormón.

¿Pero es esto todo? No. Tenemos aquí otro libro, Doctrina y Convenios, que contiene revelaciones de Dios dadas por medio del profeta José Smith, quien vivió contemporáneamente con nosotros. Son las palabras de Cristo, declarando que Él fue el mismo que vino a los judíos, que fue levantado sobre la cruz, puesto en la tumba, rompió las ligaduras de la muerte y salió del sepulcro. Que Él fue el mismo que vino a los nefitas sobre este continente; quien, cuando estaba a punto de partir de entre ellos, declaró que iba a visitar a las diez tribus que el Padre había llevado lejos, teniendo el mismo propósito que tuvo al visitar a los nefitas. Aquí, entonces, tenemos otro testimonio de esta verdad divina; por consiguiente, tenemos tres testigos. Por boca de dos o tres testigos, se nos dice, toda cosa será establecida; y por el testimonio de dos o tres testigos permaneceremos firmes o seremos condenados.

¿Pero me satisfaría esto? Tal vez sí, si no pudiera obtener más luz o conocimiento. Pero cuando llega una luz mayor y tengo el privilegio de hacerla mía, no podría permanecer satisfecho con la menor. Nunca podremos estar satisfechos ni ser felices en el más allá, a menos que recibamos una plenitud de la luz y de las bendiciones preparadas para los justos. Esto constituirá, en parte, la miseria, el dolor y la angustia de los condenados: aquellos que rechazan la verdad cuando les es ofrecida, porque sus ojos serán abiertos para contemplar, aunque sea en parte, la luz mayor, la exaltación y el gozo que podrían haber alcanzado, pero que han perdido irremediablemente debido a su desobediencia y malas obras. Por eso digo que no podemos estar satisfechos con nada menos que una salvación completa en el reino de Dios; nuestro gozo no puede ser pleno a menos que obtengamos una plenitud de conocimiento. Por lo tanto, no estoy satisfecho únicamente con la Biblia, el Libro de Mormón ni con Doctrina y Convenios. Estos tres, por sí solos, no son suficientes para mí, porque se han revelado privilegios mayores al hombre, y están al alcance de todos los que viven sobre la tierra. Por consiguiente, no podría sentirme satisfecho conmigo mismo hasta haber aprovechado plenamente mis privilegios.

Se nos concede conocer estas cosas por nosotros mismos. Dios ha dicho que nos las mostrará; y para este propósito el Espíritu Santo ha sido impartido a todos aquellos que tienen derecho a recibirlo mediante la obediencia, pues Él da testimonio del Padre y del Hijo, y también toma de las cosas de Dios y las muestra al hombre. Las convicciones que previamente hayamos tenido respecto a la verdad son confirmadas por el Espíritu Santo, dándonos una seguridad positiva de su veracidad; y por medio de Él obtenemos un conocimiento personal, no como quien ha sido informado por otros, sino como quien ha visto, sentido, oído y sabe por sí mismo.

Entonces, al estar delante de vosotros, mis hermanos y hermanas, como un humilde instrumento en las manos de Dios, testifico, no en virtud del conocimiento que haya obtenido de los libros, sino por las revelaciones de Dios a mí, que Jesús es el Cristo. Sé que mi Redentor vive; sé que, aunque los gusanos destruyan este cuerpo, en mi carne veré a Dios, y lo contemplaré por mí mismo y no por otro. Esta luz ha venido a mí y está en mi corazón y en mi mente, y de ella doy testimonio; por medio de ella y gracias a ella testifico, y sé de lo que hablo. Dios me ha llamado, junto con mis hermanos, a esta misión, y este es nuestro testimonio para todo el mundo. Por lo tanto digo que aquí no hay muerte; en lugar de muerte, es vida para quienes han partido. Lo que llamamos muerte es simplemente el sueño y el descanso de este barro mortal, y eso solo por una breve temporada, mientras el espíritu, la vida, ha ido nuevamente a disfrutar de la presencia y compañía de aquellos de quienes procedió, y a quienes es motivo de gozo volver. Y esta será la condición de los justos hasta la mañana de la resurrección, cuando el espíritu tendrá poder para llamar al cuerpo sin vida para que se una nuevamente a él, y ambos lleguen a ser un alma viviente, un ser inmortal, lleno de la luz y el poder de Dios. Yo soy testigo de estas cosas. ¿Estoy solo? No; hoy hay decenas de miles que pueden dar este mismo testimonio. Ellos también lo saben por sí mismos; Dios se lo ha mostrado, han recibido el Espíritu Santo, que ha dado testimonio de estas cosas en sus corazones, y por ello tampoco dependen de libros ni de las palabras de otra persona, porque han recibido conocimiento de Dios por sí mismos, y conocen como Él conoce, y ven como Él ve con respecto a estas cosas sencillas y preciosas.

¿Qué razón tenemos para lamentarnos? Ninguna, excepto que somos privados por unos pocos días de la compañía de alguien a quien amamos. Y si demostramos ser fieles mientras estamos en la carne, pronto la seguiremos y nos alegraremos de haber tenido el privilegio de pasar por la mortalidad y de haber vivido en una época en la que se predicó la plenitud del Evangelio Eterno, mediante el cual seremos exaltados; porque no hay exaltación sino por medio de la obediencia a la ley. Toda bendición, privilegio, gloria o exaltación se obtiene únicamente mediante la obediencia a la ley sobre la cual ha sido prometida. Si obedecemos la ley, recibiremos la recompensa; pero no podemos recibirla de ninguna otra manera. Regocijémonos, pues, en la verdad, en la restauración del Sacerdocio, ese poder delegado al hombre mediante el cual el Señor sanciona en los cielos lo que el hombre hace en la tierra. El Señor nos ha enseñado las ordenanzas del Evangelio mediante las cuales podemos perfeccionar nuestra exaltación en Su reino. No vivimos como los paganos, sin ley; aquello que es necesario para nuestra exaltación ha sido revelado. Nuestro deber, por tanto, es obedecer las leyes, y entonces recibiremos nuestra recompensa, sin importar si somos llamados de esta vida en la niñez, en la madurez o en la vejez; es lo mismo, siempre que vivamos de acuerdo con la luz que poseemos. No seremos privados de ninguna bendición ni de ningún privilegio; porque hay un tiempo después de esta vida mortal y existe un medio provisto mediante el cual podremos cumplir la medida de nuestra creación y destino, y llevar a cabo toda la gran obra que hemos sido enviados a realizar, aunque pueda extenderse mucho en el futuro antes de que la completemos plenamente. Jesús no había terminado Su obra cuando Su cuerpo fue muerto; tampoco la concluyó después de Su resurrección de entre los muertos. Aunque había cumplido el propósito para el cual vino entonces a la tierra, no había terminado toda Su obra. ¿Y cuándo la terminará? No hasta que haya redimido y salvado a todo hijo e hija de nuestro padre Adán que haya nacido o que llegue a nacer sobre esta tierra hasta el fin de los tiempos, excepto los hijos de perdición. Esa es Su misión. Nosotros no terminaremos nuestra obra hasta que nos hayamos salvado a nosotros mismos, y aun entonces no la habremos concluido hasta que hayamos salvado a todos los que dependen de nosotros; porque estamos llamados a llegar a ser salvadores sobre el monte de Sion, así como Cristo. Hemos sido llamados a esta misión. Los muertos no son perfectos sin nosotros, ni nosotros sin ellos. Tenemos una misión que realizar por ellos y en su favor; tenemos una obra específica que hacer para liberar a aquellos que, debido a su ignorancia y a las circunstancias desfavorables en las que vivieron aquí, no están preparados para la vida eterna. Debemos abrirles la puerta realizando ordenanzas que ellos no pueden efectuar por sí mismos y que son esenciales para su liberación de la “cárcel espiritual”, para que puedan salir y vivir conforme a Dios en el espíritu y ser juzgados conforme a los hombres en la carne.

El profeta José Smith ha dicho que este es uno de los deberes más importantes que recaen sobre los Santos de los Últimos Días. ¿Y por qué? Porque esta es la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la cual introducirá el reinado milenario y en la que deben cumplirse todas las cosas dichas por boca de los santos profetas desde el principio del mundo, y todas las cosas deben ser reunidas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. Tenemos que hacer esa obra, o al menos todo lo que podamos de ella, dejando el resto a nuestros hijos, en cuyos corazones debemos inculcar la importancia de esta labor, criándolos en el amor a la verdad y en el conocimiento de estos principios, para que cuando nosotros partamos, después de haber hecho todo lo que nos fue posible, ellos continúen la obra hasta que sea consumada.

Que el Señor bendiga a esta familia afligida y la consuele en su pérdida. Los que mueren en el Señor no gustarán la muerte. Cuando Adán participó del fruto prohibido, fue expulsado de la presencia de Dios a las tinieblas de afuera; es decir, fue privado de la presencia de Su gloria y del privilegio de Su compañía, lo cual constituyó la muerte espiritual. Esta fue la primera muerte; esta sí fue verdaderamente la muerte, porque fue separado de la presencia de Dios. Y desde entonces la posteridad de Adán ha estado sufriendo la pena de esta muerte espiritual, que consiste en ser desterrados de Su presencia y de la compañía de seres santos. Esta primera muerte también será la segunda muerte. Ahora contemplamos los restos mortales de nuestra hermana que ha partido; su parte inmortal se ha ido. ¿A dónde? ¿A las tinieblas de afuera? ¿Desterrada de la presencia de Dios? No; sino que ha nacido de nuevo en Su presencia, restaurada o nacida de la muerte a la vida, a la inmortalidad y al gozo en Su presencia. Esto, entonces, no es muerte; y esto es cierto con respecto a todos los santos que mueren en el Señor y en el convenio del Evangelio. Ellos regresan de en medio de la muerte a la vida, donde la muerte no tiene poder. No hay muerte sino para aquellos que mueren en pecado, sin la esperanza firme y segura de la resurrección de los justos. No hay muerte cuando permanecemos en el conocimiento de la verdad y en la esperanza de una gloriosa resurrección. La vida y la inmortalidad han sido sacadas a luz por medio del Evangelio; por tanto, aquí no hay muerte. Aquí hay un sueño apacible, un reposo tranquilo por un breve tiempo, y luego ella volverá a levantarse para disfrutar nuevamente de este tabernáculo. Si faltara alguna ordenanza relacionada con la Casa del Señor, que hubiera sido omitida o no alcanzada, esos requisitos pueden cumplirse por ella. Aquí están su padre y su madre, sus hermanos y hermanas; ellos conocen el camino que deben seguir, conocen las ordenanzas necesarias que deben realizarse para asegurarle todo beneficio y bendición que le habría sido posible recibir en la carne. Estas ordenanzas nos han sido reveladas precisamente con este propósito: para que podamos nacer a la luz desde en medio de esta oscuridad, de la muerte a la vida.

Vivimos, entonces; no morimos. No esperamos la muerte, sino la vida, la inmortalidad, la gloria, la exaltación y ser vivificados por la gloria del reino celestial, y recibir de ella una plenitud. Este es nuestro destino; esta es la posición exaltada que podemos alcanzar, y no hay poder que pueda privarnos de ella ni arrebatárnosla, si demostramos ser fieles y verdaderos al convenio del Evangelio.

Que el Señor bendiga, consuele y fortalezca a la familia de Su siervo, quienes están llamados a lamentar esta pérdida momentánea; que en medio de su aflicción, mientras su dolor no encuentra alivio en las lágrimas, puedan inclinarse obedientemente ante la voluntad del cielo y, con gratitud y acción de gracias, alabar a Aquel “de quien proceden todas las bendiciones”. Y que el Señor nos ayude a ser fieles, es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.

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