“La Reunión de Israel, el Espíritu de Elías y la Obra del Templo”
La reunión como resultado de la revelación—La construcción de templos de manera semejante—La restauración del sacerdocio—La obra por los muertos—El Evangelio sostenido por Dios
por el presidente John Taylor, Discurso pronunciado en los salones de reuniones del Barrio Catorce, domingo por la tarde, 14 de noviembre de 1877
Volumen 19, discurso 27, páginas 150–160
Hay algo novedoso, así como interesante, en la contemplación del tema al que se ha referido el hermano Folsom. Las ideas sostenidas por los Santos de los Últimos Días son diferentes de las creídas por cualquier otro pueblo sobre la faz de la tierra; y existe un sentimiento y un espíritu que reposan sobre los Santos que no son conocidos ni experimentados por ningún otro pueblo. La manera en que hemos sido guiados es muy peculiar y difiere completamente de cualquier otra cosa que exista en el mundo. Nuestra reunión, la clase de Evangelio que se predica, la disposición y el sentimiento de edificar templos, la fuerte impresión que parece descansar sobre todo el pueblo, son algo en sí mismos muy notables.
Ahora bien, con respecto a nuestra reunión, ¿quién hay en cualquier otra parte del mundo que sienta como sienten los Santos de los Últimos Días? No se encuentra en ninguna parte, y nada excepto el Espíritu de Dios actuando sobre la mente de las personas podría haberlas inducido a reunirse como lo han hecho. Este espíritu fue impartido, así como lo es el Espíritu Santo, mediante la imposición de manos, por medio del sacerdocio. Y esta peculiaridad parecía aún más sorprendente al principio, porque tan pronto como se predicó por primera vez el principio de la reunión, la gente no necesitó argumentos convincentes, pues el Espíritu del Señor se lo había revelado y sabían que era verdad. Y no importaba dónde las personas lo escucharan ni en qué idioma fuera predicado, inmediatamente sentían un fuerte y ferviente deseo de reunirse en Sion, de congregarse con los Santos y adorar con ellos. Y por muy insensatamente que muchos de nosotros hayamos actuado desde entonces, estos fueron los sentimientos que brotaron de nuestro corazón; y surgieron debido a ciertos principios que fueron desarrollados por medio de José Smith. Vosotros que estáis familiarizados con la historia de José Smith sabéis bien que, en el Templo de Kirtland, entre otras visiones, manifestaciones y ministraciones que recibió, hubo una en la que se le apareció el profeta Moisés, quien le confirió las llaves de la dispensación del recogimiento. Él fue quien dirigió el éxodo de Israel en tiempos antiguos y, como todos los demás hombres que han poseído el santo sacerdocio y han sido fieles en el cumplimiento de sus deberes, no solo ministró en el tiempo, sino que continúa ministrando en la eternidad. Y al poseer las llaves de este sacerdocio, era la persona apropiada para conferirlas al profeta José; y al hacerlo, le dijo que le había conferido “las llaves del recogimiento de Israel de las cuatro partes de la tierra y de la conducción de las Diez Tribus desde la tierra del norte”. Y esto fue en cumplimiento de una importante escritura que dice: “Que en la dispensación del cumplimiento de los tiempos reuniese todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; aun en él”.
Por consiguiente, después que los hombres eran bautizados para la remisión de los pecados y se les imponían las manos sobre la cabeza para recibir el Espíritu Santo por aquellos que poseían este sacerdocio y autoridad, siendo este uno de sus principios, comenzaban inmediatamente a sentir el deseo de reunirse en Sion. Esto ha sido mencionado por antiguos hombres de Dios como uno de los acontecimientos de los últimos días. Uno de los profetas, refiriéndose a ello, dijo: “Os tomaré uno de una ciudad y dos de una familia, y os traeré a Sion. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia”. Fue mediante este principio y esta ordenación, junto con el espíritu que lo acompañaba, primero conferidos a José Smith y después a los creyentes del Evangelio mediante la obediencia al mismo, a través de la administración del bautismo y de la imposición de manos por los élderes, que el pueblo fue reunido como lo está hoy. Dondequiera que este Evangelio ha sido predicado, creído y obedecido, este deseo de abandonar las tierras de su nacimiento para reunirse con los Santos se ha manifestado poderosamente; y tan fuerte ha sido que he tenido hombres que me han ofrecido comprometerse a servirme durante bastante tiempo, o hacer cualquier cosa que se les requiriera, con tal de que se les ayudara a llegar al lugar de reunión de los Santos. Y fue para satisfacer esta necesidad universal que se organizó el Fondo Perpetuo de Emigración, el cual ha sido el medio para traer a este país a miles de personas, la mayoría de las cuales, quizá, nunca habrían podido reunir por sus propios esfuerzos los recursos necesarios para venir aquí; y como se requería que cada uno, después de haber sido ayudado, devolviera la cantidad recibida para este propósito, otros podían disfrutar de los mismos beneficios de igual manera, y así el fondo se convertía en perpetuo.
La construcción de templos es otra característica asociada con este Evangelio que es peculiar en sí misma. Estamos aquí, como lo estuvo Jesús, no para hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que nos envió; y así como Él lo hizo, se espera que nosotros también hagamos y llevemos a cabo aquellas cosas que el Todopoderoso requiera de nosotros. Esta es realmente la posición que ocupamos como Santos de los Últimos Días, si pudiéramos comprender plenamente la situación. Hay ciertos poderes y privilegios, derechos, inmunidades y bendiciones relacionados con este Evangelio que no existen en ninguna otra parte, y este es uno de ellos. Se nos dice que el Evangelio trae a la luz la vida y la inmortalidad, y que sin él no existe un conocimiento correcto de la vida y la inmortalidad. No entendíamos ni nuestra propia posición ni la posición del mundo; no podíamos comprender nada acerca de Dios, ni de las leyes de Dios, ni de las leyes de la vida, hasta que llegamos a conocer el Evangelio. Todo buen don y todo don perfecto procede de Dios, en quien no hay mudanza ni sombra de variación. Y el mundo, en general, es ignorante de Dios. ¿Por qué? Porque se nos dice que nadie conoce las cosas de Dios sino por el Espíritu de Dios. Y si no pueden obtener conocimiento de Dios sino por el Espíritu de Dios, entonces, a menos que reciban ese Espíritu, deben permanecer ignorantes de estos principios. Y no importa cuál sea el aprendizaje, la inteligencia, la investigación, la filosofía o la religión de los hombres, las cosas de Dios no pueden comprenderse excepto por medio del Espíritu y las revelaciones de Dios. Y esto solo puede obtenerse mediante la obediencia a los principios que Dios ha ordenado, sancionado y reconocido. Por eso, en estos últimos tiempos, Él comunicó primero un conocimiento de Sí mismo a José Smith, hace muchos años, cuando este era aún muy joven. ¿Quién en aquellos días sabía algo acerca de Dios? ¿Quién había recibido alguna revelación de Él, o sabía algo acerca de los principios de la vida y la salvación? Si había tales personas, nunca oí hablar de ellas, ni leí acerca de ellas, ni las conocí. Pero cuando el Señor se manifestó a José Smith, presentándole a Su Hijo, que también estaba allí, y diciendo: “Este es mi Hijo Amado; escúchalo”, entonces supo que Dios vivía; y no dependía de nadie más para obtener ese conocimiento. Lo vio y escuchó Su voz, y supo por sí mismo que había un Dios; y de esto dio testimonio, sellando ese testimonio con su sangre. La evidencia de la existencia de Dios que recibió no podía ser impartida por nadie excepto Dios.
Pues bien, ¿cuál fue el resultado? Dios le mostró cómo otros podían obtener el mismo conocimiento de Él y de Sus leyes; y le dio a conocer un medio mediante el cual podría obtener conocimiento de estas cosas. ¿Y cómo lo hizo? Comunicándole un conocimiento del sacerdocio eterno y enviando ese sacerdocio para revelarle sus leyes y ordenanzas. Así, ya el 21 de septiembre de 1823, un ángel dijo a José Smith: “He aquí, te revelaré el sacerdocio”. Se le informó que debía cumplirse cierta ordenanza, a saber, el bautismo. Y como Juan el Bautista había poseído las llaves de ese sacerdocio en generaciones pasadas, fue enviado para conferir a José Smith y a Oliver Cowdery lo que se conoce como el Sacerdocio Aarónico, autorizándolos a bautizarse mutuamente para la remisión de los pecados. Y este mensajero celestial vino realmente y los ordenó el 15 de mayo de 1829, diciendo:
“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves de la ministración de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; y esto nunca más será quitado de la tierra hasta que los hijos de Leví vuelvan a ofrecer una ofrenda al Señor en justicia”.
¿Y qué siguió después? Era necesario que se introdujeran otras instituciones y que se desarrollaran otros principios; y, en consecuencia, los apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecieron, trayendo y confiriendo sobre sus cabezas el Sacerdocio de Melquisedec, el cual posee las llaves de los misterios y revelaciones de Dios, y mediante el cual podían imponer las manos sobre las personas para la recepción del Espíritu Santo. Y cuando recibían este don, este “les recordaba todas las cosas, los guiaba a toda verdad y les mostraba las cosas por venir”; abría la comunicación entre los cielos y la tierra, por medio de la cual otros, además de José Smith, podían saber que Dios vivía y obtener por sí mismos, mediante la administración de las ordenanzas, el conocimiento de su aceptación ante Él y de su relación con Él, así como también el conocimiento de las cosas celestiales y terrenales. De modo que, primero, José Smith recibió el conocimiento de que Dios vivía, y después otros, mediante el medio ordenado por Dios, recibieron el mismo privilegio. Así se abrió una comunicación con los cielos; no solo para José Smith y Oliver Cowdery, y para aquellos asociados inmediatamente con ellos, sino también para quienes recibieron el Evangelio. Y como dicen las Escrituras: “Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Y recibieron ese Espíritu mediante el cual podían comprender los principios de la verdad; y como dice el apóstol Juan: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. Pero la unción que vosotros recibisteis de Él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la misma unción os enseña todas las cosas, y es verdadera y no es mentira, así como ella os ha enseñado, permaneceréis en Él”.
¿Cómo recibieron esta unción? Arrepintiéndose de sus pecados, siendo bautizados por alguien que poseía la autoridad de Dios para la remisión de los pecados, e imponiéndoles las manos sobre la cabeza para la recepción del Espíritu Santo. Recibieron este Espíritu precisamente de esta manera, y por ello obtuvieron este conocimiento por sí mismos; conocimiento que poseen todos los Santos de los Últimos Días que viven su religión, caminan humildemente y obedecen delante de Dios. Por consiguiente, esto forma parte de lo que llamamos el Evangelio; es parte de lo que llamamos los principios de la vida o las leyes de la vida, porque conduce a la vida, conduce a Dios, conduce al conocimiento de las leyes de Dios y al conocimiento de los principios de la verdad, y al entendimiento de aquellos principios destinados a exaltar y ennoblecer a la humanidad tanto en el tiempo como por toda la eternidad. No hay nada nuevo en ello, y sin embargo sí lo hay. Se le llama el Evangelio nuevo y sempiterno. Es singular que algo eterno sea llamado nuevo. Pero es un principio que ha existido con Dios, o con los Dioses, si así lo preferís, desde las eternidades, y que ha sido comunicado de tiempo en tiempo a los hijos de los hombres. Y aunque poseemos una gran cantidad de inteligencia, aprendizaje, ciencia y todo lo demás que los hombres consideran valioso, no tenemos en todo ello nada que nos proporcione conocimiento de las leyes de la vida. Se necesita una manifestación de Dios para desenredar estas cosas y hacernos conocer nuestra verdadera posición. Por tanto, aunque es nuevo para nosotros, sigue siendo un principio eterno. Somos seres mortales e inmortales; tenemos que ver con el tiempo y también con la eternidad. Y como las cosas futuras están ocultas a los hombres y solo pueden conocerse por medio del Evangelio, este fue el medio utilizado por el Todopoderoso para introducir los principios de la verdad y colocar a la humanidad en la posición de adquirir conocimiento de Él y de Sus leyes. Habiendo sido colocados en esta posición, todos nosotros, hombres y mujeres que vivimos nuestra religión, preservándonos en la pureza del Evangelio y actuando honorable y honestamente delante de Dios y de los hombres, tenemos el derecho de conocer y comprender por nosotros mismos los principios de verdad que hemos abrazado. Recuerdo muy bien una observación que José Smith me hizo hace más de cuarenta años. Me dijo: “Élder Taylor, has sido bautizado, se te han impuesto las manos para la recepción del Espíritu Santo y has sido ordenado al santo sacerdocio. Ahora bien, si continúas siguiendo la guía de ese Espíritu, siempre te conducirá correctamente. A veces podría ser contrario a tu propio juicio; no importa, sigue sus impresiones; y si eres fiel a sus susurros, con el tiempo se convertirá en ti en un principio de revelación, de modo que llegarás a conocer todas las cosas”. Esto concuerda exactamente con algunas de las palabras de Juan en el pasaje que os he citado: “Tenéis la unción del Santo y conocéis todas las cosas, y no necesitáis que nadie os enseñe; sino que la misma unción os enseña todas las cosas”.
Ahora bien, aquello que enseñó Juan era el Evangelio sempiterno, y aquello que enseñó José Smith era el Evangelio sempiterno. Lo que enseñó Juan fue olvidado hace mucho tiempo por la gente; ellos no lo poseen y, en consecuencia, no pueden comprenderlo. Y por eso, cuando José Smith lo reveló, predicó el Evangelio nuevo y sempiterno; nuevo para la generación que vive, y sempiterno porque ha existido en todas las edades y épocas en que Dios se ha revelado a la familia humana.
Pero volviendo a esta singular cuestión de la construcción de templos, a la cual volveré a referirme. ¿Por qué queremos edificar estos templos? Algunos de nosotros apenas lo sabemos; pero sí queremos construirlos. ¡Qué cosa tan singular! Considerad simplemente la cantidad de trabajo que ya se ha realizado en todo este Territorio. Seguramente el pueblo tiene algún motivo en mente. El artesano o el trabajador no se pone a laborar a menos que reciba alguna clase de recompensa. Cuando los hombres se dedican a cualquier tipo de trabajo, ya sea mental, físico, mecánico o científico, tienen algún objetivo particular en vista. Así sucede también en relación con estas cosas. Ya me he referido a ello; pero muchos de nosotros apenas podemos comprender por qué estamos comprometidos en estas labores.
Volveré atrás y me referiré a otra manifestación. Encontramos que entre aquellos que se aparecieron a José Smith estuvo también el profeta Elías; ¿y para qué vino? Su misión especial fue “hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres”. Y la misma escritura nos informa de su venida “antes del día grande y terrible del Señor”. ¿Qué significa esto?, pregunta el mundo. Significa que somos descendencia de Dios; significa, como dicen las Escrituras, que Dios es el Padre de los espíritus de toda carne; significa que tenemos que ver con la eternidad tanto como con el tiempo; significa que tenemos que ver con las cosas pasadas, con las presentes y con las futuras; significa que, siendo hijos de nuestro Padre Celestial, estamos, o deberíamos estar, bajo Su gobierno, rindiéndole obediencia, y que deberíamos colaborar con Él en extender misericordia, amor y salvación a los vivos y a los muertos, de acuerdo con ciertas leyes generalmente desconocidas por los hombres, pero conocidas por Dios y nuevamente reveladas por Él para la salvación de nuestra raza. Significa que Dios es el Padre de la familia humana y que está interesado en toda Su posteridad, tanto en los que ahora existen como en los que ya han partido. Significa que existen ciertas leyes en los cielos con las cuales todos los hombres tienen relación y que deben cumplirse, si no en el tiempo, entonces en la eternidad. Significa que todos los hombres que han vivido y muerto sin un conocimiento del Evangelio serán colocados en el mismo plano que nosotros por medio del plan que Él ha provisto, dando a todos Sus hijos, ya sean vivos o muertos, una oportunidad igual para aprovechar los medios de salvación; y que nosotros debemos obrar en favor de ellos, efectuando ciertas ordenanzas por ellos que ahora son incapaces de realizar por sí mismos. Significa que, así como Dios se interesa por el bienestar de toda Su familia, los hombres en la carne que poseen Su Espíritu y la luz de la eternidad, habiendo llegado a conocerle a Él y Sus leyes eternas, deben cooperar con Él en el cumplimiento de este propósito. Y también significa que si Él ha conferido el Evangelio y su poder, así como los sacerdocios Aarónico y de Melquisedec, enviando Sus mensajeros desde los cielos para este propósito, no es para un fantasma ni para un juguete con el que se pueda jugar a voluntad; sino para que cooperemos con Dios y con el sacerdocio que vivió antes que nosotros en el cumplimiento de las cosas de Dios sobre la tierra. Eso es lo que significa. Y por eso dice que cuando venga Elías, él “hará volver el corazón de los padres hacia los hijos”, etc. No es para que la humanidad venga, viva y exista por un breve tiempo para luego ser borrada y desaparecer para siempre; sino para que sea iluminada por el Espíritu de Dios, para que simpatice y tenga consideración por toda la familia humana, viva y muerta, deseando promover su felicidad y bienestar, tal como Dios mismo lo hace. ¡Cuántas veces, mientras predicaba este Evangelio en diferentes lugares, he escuchado a hombres decir, y vosotros habéis oído expresar el mismo sentimiento: “Si esto es verdad, ¿qué ha sido de nuestros padres? ¿Han de perderse para siempre?”! Y entonces sabéis que tienen ciertas ideas peculiares acerca del infierno y la condenación, del lago de fuego y azufre en el que una parte de la familia humana será arrojada para arder eternamente sin ser consumida. Y si nuestra doctrina es verdadera, piensan que sería cruel que tal estado de cosas existiera. Pues bien, Dios es más misericordioso que el hombre; posee más simpatía por la naturaleza humana de la que los hombres poseen unos por otros o han poseído jamás. El Señor ha procurado el bienestar de la humanidad durante todo el tiempo, desde el comienzo mismo del mundo hasta el presente. Pero existen ciertas leyes eternas entre los Dioses en los mundos eternos que hacen necesario que la humanidad pase por ciertas pruebas, observe ciertas ordenanzas y sea gobernada por ciertas leyes antes de poder ser exaltada en el reino de Dios. Y como Satanás ha estado obrando en oposición a los designios del Señor, y ha tenido cierto éxito en atraer a los hombres tras de sí, fue necesario que se introdujeran estas ordenanzas instituidas por Dios y que el hombre fuera gobernado por ellas. Por eso fue necesario proveer un Redentor, lo cual fue perfectamente comprendido por uno de los profetas que dijo: “Líbralo de descender al sepulcro; he hallado rescate”. ¿Quién era ese rescate? Cuando Jesús apareció, dijo Juan: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Él era el rescate.
¿Y qué sucede con los demás, aquellos que murieron sin conocer el Evangelio? Se ha provisto abundantemente para ellos. El Señor nos ha mostrado que debemos construir templos en los cuales oficiar por ellos. Hemos comenzado a hacerlo, y nuestros padres ya han comenzado a interesarse por nosotros, manifestándose mediante sueños y visiones, y de diversas maneras a aquellos que están más interesados en su bienestar. Y habiendo establecido este orden de cosas para nuestra guía, el que tenemos hoy, con Presidentes, Apóstoles, Presidentes de Estaca, Sumos Consejos, Sumos Sacerdotes, Setentas, Obispos, Élderes, Sacerdotes, Maestros y Diáconos, y las diversas organizaciones de la Iglesia; nos corresponde a cada uno de nosotros actuar en nuestra esfera bajo la dirección del Todopoderoso; y preocuparnos no solo por nosotros mismos, sino también por los demás, como lo hicieron Abraham, Isaac y Jacob. Debemos tener el deseo de bendecir a nuestra posteridad después de nosotros; y Dios nos ha mostrado cómo hacerlo, y ha conferido Su autoridad patriarcal con poder para bendecir. Él ha establecido esto mediante el sacerdocio y las ordenanzas de sellamiento. Lo que está unido, ningún hombre lo puede separar; y lo que es atado en la tierra también es atado en los cielos; y hay además muchas otras cosas de naturaleza semejante relacionadas con nosotros mismos. En el momento en que un hombre es iluminado por el Espíritu de Dios y comienza a comprenderse a sí mismo, empieza a preocuparse por el bienestar de los demás. “Tengo una esposa, ¿qué haré para salvarla? Tengo hijos, ¿qué puedo hacer por ellos?” Y poco a poco su comprensión se expande, y comienza inmediatamente a pensar en su padre, en su abuelo, y en amigos y familiares que han fallecido; y si expresara sus sentimientos diría: ¿Qué puedo hacer por ellos para ayudarlos? Sí, Él nos ha revelado que podemos prestar una ayuda valiosa a nuestros amigos y antepasados fallecidos; y, como he dicho, el Señor nos ha mostrado que, para que ellos reciban el beneficio de nuestros servicios, deben construirse templos, los cuales deben ser dedicados a Dios y aceptados por Él; y por medio de esas estructuras sagradas y de las ordenanzas realizadas en ellas, habrá una unión y un enlace de todos los principios y de todos los pueblos, y sin ellos esta gran obra no puede llevarse a cabo.
El hermano Folsom, que acaba de hablaros acerca de sus recientes labores en el Templo de Manti, dice que nunca se sintió mejor en su vida que cuando estuvo ocupado allí. ¿Cuál es la razón? Ha estado comprometido en el servicio de Dios; y no existe felicidad entre los hombres que pueda compararse con el gozo y la satisfacción que imparte el Evangelio. Este nos eleva por encima de las cosas terrenales del tiempo y de los sentidos, y sentimos que somos dioses, sí, hijos de Dios, y que Él es nuestro Padre; y sabemos que tenemos una esperanza que florece en inmortalidad y vidas eternas, y sentimos que estamos en las manos de Dios, y que Él nos guiará, nos dirigirá, nos sostendrá y nos llevará triunfantes bajo todas las circunstancias; y nos sentimos gozosos y felices al contemplar estas cosas. Y además era necesario que el Señor introdujera este Evangelio; o, ¿diré acaso que de otra manera nunca habría podido salvar a la familia humana que ya partió? Sí, lo diré; porque existen ciertas leyes relacionadas con estas cosas que deben ser obedecidas; el Señor mismo está gobernado por ellas, y nosotros también debemos estarlo. Por eso, cuando Elías vino e impuso sus manos sobre José Smith, confiriéndole aquel Evangelio que había de volver el corazón de los padres hacia los hijos, él lo recibió, y nosotros hemos recibido su espíritu; y esa es la razón por la que queremos construir templos. Y en este aspecto estamos asociados con aquellos que están en los cielos para llevar a cabo el plan que fue contemplado y diseñado por los dioses antes de que existiera el mundo, con respecto a la formación de la tierra, al poblarla, y luego en cuanto a su redención y la salvación de sus habitantes y de todo lo relacionado con ella, hasta que sea celestializada y seres celestiales la habiten. Y nosotros estamos obrando, o deberíamos hacerlo, y lo haremos cuando nos conozcamos a nosotros mismos, juntamente con los santos ángeles y con el santo sacerdocio que existió antes, realizando nuestra parte en la tierra mientras ellos desempeñan la suya en los cielos. ¿Podríamos hacer algo si Dios no nos ayudara? No, no podríamos. Podríais predicar hasta que la lengua se os pegara al paladar, exhortando al pueblo a construir templos, pero si el espíritu de Elías no descansara sobre ellos, jamás lo harían. Y a veces las personas piensan que esto interfiere con sus dólares y centavos y con sus cálculos monetarios; ¿pero qué importa eso? Dios está interesado en estas cosas, y no le preocupan mucho los dólares, porque el oro y la plata, y el ganado sobre mil colinas, le pertenecen; la tierra con toda su plenitud es suya; los cielos son su trono y la tierra el estrado de sus pies, y Él gobierna y dirige según el consejo de Su propia voluntad. Y así como enviamos a nuestros ministros a las naciones de la tierra para cumplir ciertas misiones designadas por el sacerdocio sobre la tierra, así también Dios emplea en los cielos eternos a Sus siervos que están a Su alrededor para el cumplimiento de este mismo gran propósito.
¿Creéis que este Evangelio habría resistido la oposición con que se ha enfrentado, y que este pueblo habría podido sobrevivir bajo la calumnia y el oprobio, la injuria, el odio y la persecución que los hombres han levantado contra él, si Dios no hubiera estado con nosotros? No; habríamos sido dispersados como el tamo delante del viento hace mucho, muchísimo tiempo. Pero Dios nos ha sostenido, y ha dicho a todos los hombres, y continuará diciendo: Hasta aquí llegarás y no más; aquí se detendrá tu poder. Nuestra fuerza está en Dios y no en el hombre. Muchas, muchísimas veces he visto cómo la ira de los hombres era apartada cuando se pensaba que su poder nos aplastaría; y ello por un solo principio. ¿Cuál era? Jesús, cuando estuvo en la carne, enseñó a Sus discípulos a orar; y el Señor también nos ha enseñado a nosotros cómo orar. Y tenemos el consuelo de saber que nuestras oraciones han prevalecido ante Él, porque hemos visto a nuestros enemigos frustrados, confundidos, derrotados y dispersados, ellos que buscaban nuestra destrucción; y hemos visto fracasar por completo sus planes, aun cuando, según todas las apariencias humanas, estábamos a punto de ser sumergidos y abrumados por su furia. Y mientras continuemos temiéndole, observando Sus leyes y guardando Sus mandamientos, todos sus planes fracasarán desde este momento y para siempre [la congregación dijo: Amén], porque Dios está de nuestro lado, y Él nos sostendrá y jamás nos abandonará.
Volviendo nuevamente al tema de la construcción de templos. Podría hablar de ello desde ahora hasta mañana y aun así no habría recorrido ni una cuarta parte del tema, porque hay muchísimas cosas relacionadas con él. Pero ahora sentimos que queremos construir templos para poder administrar en ellos las ordenanzas. El hermano Woodruff ha estado trabajando durante mucho tiempo en el Templo de St. George; y quizás le habéis oído testificar acerca de las visitas que ha recibido del mundo de los espíritus, de espíritus de hombres que una vez vivieron sobre la tierra y que deseaban que él oficiara por ellos en las ordenanzas del templo. Este sentimiento está plantado en el corazón del pueblo; y el sacerdocio en los cielos vela por nosotros; son espíritus ministradores enviados para ministrar a quienes serán herederos de la salvación, dice el Apóstol; y si no fuéramos receptores de sus ministraciones y de su vigilante cuidado, estaríamos en una condición muy pobre. Ellos están obrando en los cielos y nosotros en la tierra; ellos sin nosotros no pueden ser perfeccionados, ni nosotros sin ellos; se requieren los esfuerzos combinados y unidos de ambas partes, dirigidos por Dios mismo, para consumar la obra en la que estamos comprometidos.
Permítanme mostraros aquí la diferencia entre las obras de los hombres y las del Señor en relación con la familia humana. Los hombres hacen guerra unos contra otros; matan, destruyen y devastan. Esta obra de muerte y destrucción está ocurriendo incluso ahora entre rusos y turcos. Y hace muy poco tiempo los alemanes y los franceses hacían lo mismo; y parece casi como si fuera un recuerdo de ayer cuando nuestra propia nación se manchaba las manos con la sangre de sus propios hermanos, cuando los clamores de viudas y huérfanos, de padres y madres afligidos, de hermanos y hermanas en duelo, se escuchaban por toda nuestra tierra, y cuando la necesidad y la miseria, el dolor y la tristeza, se reflejaban en los rostros de tantos a causa de la inhumanidad del hombre para con su semejante. ¿Qué dicen las Escrituras? “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada”. ¿Qué derecho tiene un hombre de interferir con la vida de otro hombre?
Ahora volveré para mostraros cómo obra el Señor. En una ocasión destruyó a todo un mundo, excepto a unos pocos a quienes preservó para Sus propios propósitos especiales. ¿Y por qué? Tenía más de una razón para hacerlo. Aquellas personas antediluvianas no solo eran extremadamente inicuas, sino que, al tener el poder de perpetuar su especie, transmitían sus naturalezas y deseos injustos a sus hijos, y los criaban para que participaran en sus mismas prácticas perversas. Y los espíritus que habitaban en los mundos eternos sabían esto, y comprendían muy bien que nacer de semejante linaje les acarrearía una cantidad infinita de problemas, miserias y pecados. Y suponiendo que nosotros fuéramos parte de esos espíritus aún no nacidos, ¿no sería razonable suponer que apelaríamos al Señor diciendo: “Padre, ¿no ves la condición de este pueblo, cuán corrupto y malvado es?” Sí. “¿Es justo entonces que nosotros, que ahora somos puros, tomemos tales cuerpos y nos sometamos así a experiencias sumamente amargas antes de poder ser redimidos según el plan de salvación?” “No”, diría el Padre, “eso no está de acuerdo con mi justicia”. Bien, ¿qué harás entonces? El hombre posee su albedrío y no puede ser obligado; y mientras viva tiene el poder de perpetuar su especie. “Primero les enviaré mi palabra, ofreciéndoles liberación del pecado y advirtiéndoles de mi justicia, la cual ciertamente los alcanzará si la rechazan; y los destruiré de sobre la faz de la tierra, impidiendo así que continúen multiplicándose, y levantaré otra descendencia.” Pues bien, ellos rechazaron la predicación de Noé, el siervo de Dios que les fue enviado, y en consecuencia el Señor hizo que las lluvias de los cielos descendieran incesantemente durante cuarenta días y cuarenta noches, inundando la tierra; y al no haber medio de escape, salvo para las ocho almas que obedecieron el mensaje, todos los demás perecieron ahogados. Pero, dice el crítico, ¿es correcto que un Dios justo destruya a tantas personas? ¿Está eso de acuerdo con la misericordia? Sí, fue justo para aquellos espíritus que aún no habían recibido sus cuerpos; y también fue justo y misericordioso para aquellas personas culpables de iniquidad. ¿Por qué? Porque al quitarles la existencia terrenal impidió que transmitieran sus pecados a su posteridad y la degradaran, y además evitó que continuaran cometiendo más actos de maldad. ¿Y fue justo enviarlos al infierno para arder eternamente en fuego sin jamás consumirse? Nosotros no sabemos nada acerca de esa parte del asunto; eso es sectarismo y no forma parte del Evangelio de Jesucristo. Baste decir que fueron puestos en prisión, y las puertas quedaron tan firmemente cerradas que no podían abrirse hasta que llegara el momento apropiado. Los profetas comprendieron esto y hablaron de ello.
¿Y qué sucedió después? Dios continuó interesándose por ellos; y dijo, hablando del Salvador, que Él vendría. ¿Y para qué? “Para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y apertura de la cárcel a los presos; para proclamar el año agradable del Señor.” Esta era la naturaleza de Su misión sobre la tierra. ¿Y qué nos dicen las Escrituras que hizo? “Siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé.” ¿Fueron redimidos? Sí, si Jesús les predicó el Evangelio, y ciertamente lo hizo. Si un hombre mata a otro, ¿sabe luego cómo redimirlo? No, no lo sabe; por lo tanto, los hombres no tienen derecho a arrogarse las prerrogativas de Dios, y por eso las Escrituras dicen que “ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”. Podéis conseguir que un sacerdote o varios sacerdotes oren por él y lo envíen al cielo en el mismo momento en que exhale su último aliento aquí; pero tales oraciones no tienen eficacia; jamás llegará allí, sino que irá al lugar que le haya sido señalado. Aquí, entonces, está la diferencia entre el trato de Dios con los hombres y el trato de los hombres entre sí.
Somos impulsados a construir templos. Hay uno que se está edificando actualmente en Logan, en el Valle de Cache. Estuve allí hace dos semanas y me sentí muy complacido al ver que la obra avanzaba con tanta energía y entusiasmo. Desde principios de junio, creo que más de treinta mil dólares han sido invertidos por la gente de esa y otras dos estacas para hacer los preparativos necesarios para la construcción de este templo. Encontramos el mismo espíritu entre ellos que encontramos en St. George, en Sanpete y aquí, y, de hecho, el mismo espíritu que encontramos en todas partes entre los Santos de los Últimos Días; y me alegra mucho ver que el pueblo es movido e influenciado de esta manera. Durante el Milenio, un período de mil años, estaremos activamente ocupados administrando por los muertos y ayudando a Dios a ajustar las cuentas con los habitantes de la tierra.
Antes de concluir, deseo añadir unas pocas palabras respecto a asuntos asociados con nuestra posición aquí, la cual es muy importante ante los ángeles y ante el pueblo. Ocupamos una posición importante en este sentido; somos hijos e hijas de Dios. Si obedecemos Sus leyes y guardamos Sus mandamientos, demostrando ser valientes y fieles a Su causa, seremos herederos, “herederos de Dios y coherederos con Jesucristo; y si sufrimos con Él, también reinaremos con Él, para que todos seamos glorificados juntamente en los mundos eternos”. Ahora bien, si podemos realizar una obra de esta naturaleza y obtener la aprobación de Dios y la cooperación del santo sacerdocio, entonces estaremos haciendo algo que no solo será aceptable para Él y para los santos ángeles, sino que también redundará en nuestro nombre, nuestra reputación, nuestro honor, nuestra felicidad y nuestra gloria; y al aumento de nuestro dominio no habrá fin. Pero si damos lugar a la necedad y a la vanidad, a la codicia y al orgullo, o al mal, a la iniquidad o a cualquier forma de corrupción, la mano de Dios estará sobre nosotros, nuestro candelero será quitado de su lugar, la luz que hay en nosotros se apartará, y las tinieblas ocuparán su lugar; ¡y cuán grandes serán esas tinieblas! ¡Cuántas veces he visto a hombres que he conocido en esta Iglesia, y a quienes he respetado como honorables, naufragar en la fe, perder el Espíritu de Dios y caer en la oscuridad! Cuando se apartan después de haber recibido cierta luz e inteligencia, ¿podéis traerlos de vuelta? No, no podéis. No tienen deseo de hacerlo, y vosotros no podéis implantar ese deseo en ellos. ¿Qué dice Pablo? “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y de los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios.” No queremos encontrarnos en esa terrible condición. Seamos cuidadosos, entonces, en lo que hacemos, en lo que decimos y en la manera en que actuamos y vivimos. Tratémonos unos a otros de una manera correcta y apropiada; no procuremos oprimir, defraudar ni despojar a otros de sus bienes, de su honor, de su reputación o de cualquier otra cosa; sino procuremos imitar al Hijo de Dios, andando con toda humildad y mansedumbre, prefiriendo sufrir una injusticia antes que cometerla, y deseando siempre promover la felicidad y el bienestar de los demás. No seamos críticos, opresivos, tiránicos ni exigentes; cultivemos más bien el espíritu de bondad y caridad, y busquemos continuamente el Espíritu de Dios para que nos guíe y dirija. Cada mañana al levantarnos, dediquémonos a Dios y pidamos Su bendición sobre nosotros durante el día, para que seamos preservados del mal, de la necedad y de la vanidad. Seamos gobernados e influenciados por los consejos que recibimos de nuestros obispos y autoridades presidentes; y oremos por ellos, para que sean mantenidos puros y santos. Y no dejéis de suplicar al Padre en favor de los Doce, porque somos criaturas pobres y débiles, y necesitamos la fe y las oraciones de los Santos, así como la ayuda y el favor del Todopoderoso; y pedimos un lugar en vuestras oraciones, para que podamos ser guiados por las sendas de la vida; porque ninguno de nosotros puede hacer nada a menos que Dios esté con nosotros.
Hermanos y hermanas, que Dios os bendiga y os guíe por las sendas de la vida, para que podáis ser preparados para una herencia en el reino celestial de Dios, en el nombre de Jesús. Amén.


























