Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 15

El santo orden de Dios

Hay en la iglesia dos sacerdocios, a saber, el de Melquisedec y el de Aarón, que incluye el Levítico.
La razón por la que el primero se llama el Sacerdocio de Melquisedec es que Melquisedec fue un gran sumo sacerdote.
Antes de su época se llamaba el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios.
Pero por respeto o reverencia al nombre del Ser Supremo, para evitar la repetición demasiado frecuente de su nombre, ellos, los de la iglesia en los días antiguos, dieron a ese sacerdocio el nombre de Melquisedec, o sea, el Sacerdocio de Melquisedec.
—Doctrina y Convenios 107:1–4; énfasis en el original


Para quienes hemos nacido con vista es difícil, si no imposible, comprender cómo sería haber nacido sin visión. Así sucede también en el ámbito de las cosas espirituales. Como herederos legítimos y receptores de las bendiciones del sacerdocio, los Santos de los Últimos Días a menudo no comprendemos plenamente cuán singular y excepcional es nuestra posición, especialmente desde la perspectiva de quienes no son de nuestra fe. Por ejemplo, cuando hablamos del sacerdocio con muchas personas del mundo cristiano tradicional, generalmente damos por sentado que compartimos cierta base de entendimiento y nos sorprende descubrir que no es así. Prácticamente cualquier Santo de los Últimos Días, si se le preguntara qué es el sacerdocio, respondería que es el poder y la autoridad para actuar en el nombre de Dios. Por sencillo que parezca ese concepto, otros no lo comparten. Los diccionarios teológicos más exhaustivos definen el sacerdocio sencillamente como el oficio o la función de un sacerdote. La imagen bíblica es la de alguien que realiza un sacrificio ritual. Hoy en día, la idea es simplemente la de un ministro. Ejercer el sacerdocio supone una autoridad cuyo origen puede remontarse expresamente hasta Dios, que requiere una comunicación directa y personal con Él y que abarca la responsabilidad de hablar en primera persona en Su nombre, algo que no se comparte comúnmente. Tal entendimiento requiere que todo poseedor del sacerdocio ejerza su oficio conforme al modelo de los profetas y apóstoles del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por tanto, deben obrar por el espíritu de revelación, hablar como quienes tienen autoridad y actuar conforme al modelo de sus homólogos de la antigüedad.

La naturaleza atemporal del sacerdocio

“En las épocas primitivas, los padres de familia, los príncipes y los reyes eran sacerdotes. Así, Caín y Abel, Noé, Abraham, Melquisedec, Job, Isaac y Jacob ofrecían sus propios sacrificios” (Diccionario Webster de 1828). Desde la época de Moisés, el oficio de sacerdote quedó restringido a la tribu de Leví. Constaba de tres órdenes: sumo sacerdote, sacerdotes y levitas. Hoy en día, el cristianismo tradicional se encuentra dividido en cuanto al asunto de la autoridad: los católicos la reclaman para “la Iglesia”, mientras que los protestantes la reclaman para “la Biblia”. Ambos coinciden en que el hombre debe someterse a una autoridad superior a sí mismo; difieren en atribuir esa autoridad a la organización institucional, en un caso, o a un libro o recopilación de escritos, en el otro.

El conocimiento de lo que es el sacerdocio, de quién tiene derecho a poseerlo, de cómo se obtiene y de cómo debe funcionar nos fue restaurado por el profeta José Smith. Puesto que la respuesta a cada una de estas preguntas representa la restauración de un orden antiguo y atemporal, comprender cómo funcionaba el sacerdocio en la antigüedad es esencial para comprender cómo debe funcionar en nuestros días. En verdad, en un texto de los días de Adán que José Smith restauró, leemos: “Y este mismo Sacerdocio que existió en el principio existirá también en el fin del mundo” (Moisés 6:7). De igual manera, el apóstol Pablo se refirió a esta misma autoridad como el “sacerdocio inmutable” (Hebreos 7:24). Como cabría esperar, las referencias al sacerdocio ciertamente figuraban entre las principales cosas claras y preciosas que fueron quitadas de los textos bíblicos (véase 1 Nefi 13:20–34). En la Biblia tal como la tenemos hoy, la palabra sacerdocio se encuentra solo en dos capítulos del Nuevo Testamento y se menciona únicamente nueve veces en el Antiguo Testamento.

Para ilustrar el entendimiento que perdió el lector de la Biblia, tomemos el caso de Melquisedec, el hombre cuyo nombre se dio al sacerdocio mayor o santo. Melquisedec se menciona en tres lugares de la Biblia. Aparece por primera vez en el libro de Génesis (capítulo 14), en relación con Abraham. Luego, después de transcurridos mil años, vuelve a mencionarse en uno de los salmos de David (110:4). Pasan otros mil años de relato sin que se le mencione hasta que Pablo habla de él en su epístola a los Hebreos (capítulos 5, 7). Para los comentaristas de la Biblia, Melquisedec es un enigma y generalmente se le describe como sacerdote y rey cananeo. Por la restauración que José Smith hizo del texto de Génesis, aprendemos que “Melquisedec era un hombre de fe, que hacía justicia”, que fue “aprobado por Dios” y “ordenado sumo sacerdote […] según el orden del Hijo de Dios; orden que no vino por hombre, ni por la voluntad del hombre; ni por padre ni por madre; ni por principio de días ni por fin de años, sino de Dios”. Además, aprendemos que el sacerdocio de Dios “se entregó a los hombres por el llamamiento de su propia voz, de acuerdo con su propia voluntad, a cuantos creyeron en su nombre” (TJS, Génesis 14:26–29). Las restauraciones al texto de Hebreos incluyen esta declaración: “Porque este Melquisedec fue ordenado sacerdote según el orden del Hijo de Dios”; y esta promesa: “Y todos los que son ordenados a este sacerdocio son hechos semejantes al Hijo de Dios, permaneciendo sacerdotes para siempre” (TJS, Hebreos 7:3). Es decir, todo poseedor del Sacerdocio de Melquisedec es, o debería ser, un símbolo y una representación de Cristo. Quienes vivieron antes de Su venida fueron símbolos de ella, y quienes han vivido desde el meridiano de los tiempos deben trabajar a imagen y semejanza de Su ministerio, o como una representación de este. Todos debían y deben ser como Él fue.

La traducción de Hebreos de José Smith y las revelaciones registradas en la sección 84 de Doctrina y Convenios revelan el significado, de otro modo misterioso, de las palabras del salmista. David escribió: “Juró Jehová y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Salmos 110:4). Pablo explica: “Porque la ley [de Moisés] se administró sin juramento [es decir, el juramento que corresponde al sacerdocio mayor] y nada perfeccionó, sino que fue solamente la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios. Por cuanto este sumo sacerdote [Cristo] no fue sin juramento, tanto más Jesús fue hecho fiador de un mejor convenio” (TJS, Hebreos 7:19–21). El propósito del argumento de Pablo es demostrar que, así como había un sacerdocio mayor que aquel que administraba la ley de Moisés, también había en Cristo una ley superior a la ley carnal que existió desde Moisés hasta la época de Cristo. En la revelación sobre el sacerdocio que ahora conocemos como la sección 84 de Doctrina y Convenios, aprendemos que el sacerdocio mayor, o de Melquisedec, se recibe mediante un juramento y convenio. Es decir, Dios —quien juró a Melquisedec que, si magnificaba su sacerdocio, recibiría la plenitud de las bendiciones del cielo— hace ese mismo juramento a todos los poseedores fieles del sacerdocio que guardan su convenio de magnificar su oficio o llamamiento en el sacerdocio y de sostener a quienes han sido llamados a presidirlos (véase Doctrina y Convenios 84:33–44). En una segunda revelación sobre el orden del sacerdocio, José Smith aprendió que había dos sacerdocios en la Iglesia en los tiempos del Antiguo Testamento: “el de Melquisedec y el de Aarón, que incluye el Levítico”. La razón por la que el primero recibió el nombre de Melquisedec fue que este “fue un gran sumo sacerdote. Antes de su época se llamaba el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios. Pero por respeto o reverencia al nombre del Ser Supremo, para evitar la repetición demasiado frecuente de su nombre, ellos, los de la iglesia en los días antiguos, dieron a ese sacerdocio el nombre de Melquisedec, o sea, el Sacerdocio de Melquisedec” (Doctrina y Convenios 107:1–4; énfasis en el original).

Una segunda ilustración de cómo se quitó de la Biblia el entendimiento del sacerdocio proviene de los escritos de Abraham, que también nos fueron restaurados por José Smith. Por este texto aprendemos que Abraham, quien anteriormente había sido ordenado al santo sacerdocio por Melquisedec (véase Doctrina y Convenios 84:14), procuró obtener la plenitud de las bendiciones del sacerdocio. Abraham dijo: “Y hallando que había mayor felicidad, paz y reposo para mí, busqué las bendiciones de los patriarcas, y el derecho al cual yo debía ser ordenado, a fin de administrarlas; habiendo sido yo mismo seguidor de la rectitud, deseando también ser el poseedor de gran conocimiento, y ser un seguidor más fiel de la rectitud, y lograr un conocimiento mayor, y ser un padre de muchas naciones, un príncipe de paz, y anhelando recibir instrucciones y guardar los mandamientos de Dios, llegué a ser un heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, poseedor del derecho que pertenecía a los patriarcas” (Abraham 1:2). Abraham explicó que los patriarcas le habían conferido este derecho y que su origen se remontaba “aun desde el principio, o antes de la fundación de la tierra”, hasta el padre Adán y, a través de los patriarcas, hasta él. Por tanto, dijo: “Busqué mi nombramiento en el sacerdocio conforme al nombramiento de Dios a los patriarcas concerniente a la descendencia” (Abraham 1:3–4).

Si tales textos se hubieran conservado en la Biblia, ni las afirmaciones católicas ni las protestantes de poseer el sacerdocio, o la autoridad para representar a Dios, resistirían el examen de las Escrituras. Por los textos restaurados que acabamos de examinar, aprendemos que la rectitud es un requisito para poseer el sacerdocio, al igual que la aprobación de Dios. Se recalca la necesidad de la ordenación, junto con la necesidad de que quienes efectúan la ordenación puedan remontar su autoridad hasta el trono de Dios. En verdad, el sacerdocio mismo se identifica con el nombre de Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios, lo cual sugiere la necesidad de santidad, orden y fe en la doctrina de la filiación divina de Cristo. Curiosamente, cada una de estas verdades se ha perdido en su pureza para quienes también han perdido el sacerdocio que poseían los antiguos.

La restauración del orden del sacerdocio

Con la restauración del sacerdocio viene el conocimiento de que su propósito principal es preparar a los santos fieles para entrar en la presencia de Dios. Una revelación fundamental sobre el sacerdocio habla de los poderes de la divinidad necesarios para que los hombres en la carne vean la faz de Dios y vivan (véase Doctrina y Convenios 84:19–22). Otra gran revelación acerca del sacerdocio explica que el poder y la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec consisten en poseer las llaves para abrir los cielos y “comunicarse con la asamblea general e iglesia del Primogénito, y gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre y de Jesús, el mediador del nuevo convenio” (véase Doctrina y Convenios 107:18–19). Así como los propósitos del Evangelio son eternamente los mismos, también lo son su doctrina y su sacerdocio. José Smith explicó que Adán “bendijo a su posteridad” para poder llevarla a la presencia de Dios (Enseñanzas, pág. 159). Tres años antes de su muerte, Adán reunió al resto justo de su posteridad en el valle de Adán-ondi-Ahmán, donde el Señor se les apareció y los bendijo (véase Doctrina y Convenios 107:53). “El orden de este sacerdocio se confirmó para descender de padre a hijo, y pertenece de derecho a los descendientes literales de la descendencia escogida, a quienes se hicieron las promesas”. Estas promesas debían ser “preservad[as] hasta el fin de la tierra” (Doctrina y Convenios 107:40–42). ¿Cómo preparó Adán a sus descendientes para entrar en la presencia del Señor? Los preparó para recibir la “plenitud del sacerdocio”, o la plenitud de las bendiciones de la Casa del Señor (Doctrina y Convenios 124:28). En la antigüedad, este orden del sacerdocio se conocía como el orden patriarcal porque descendía de padre a hijo (véase Doctrina y Convenios 107:40–52). En nuestros días nos referimos a este “orden del sacerdocio” como el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio (Doctrina y Convenios 131:2), un orden que solo puede obtenerse en el templo mediante la ordenanza del matrimonio eterno.

José Smith nos dice que todos los santos profetas poseían el Sacerdocio de Melquisedec (véase Enseñanzas, pág. 180). Por tanto, no habían perdido el derecho de estar en la presencia divina. Elías el Profeta, por ejemplo, poseía las llaves del poder para sellar y efectuó muchos grandes milagros en sus días. Tenía poder para sellar los cielos, levantar a los muertos, aliviar la tierra azotada por la sequía y hacer descender fuego del cielo. Fue el último profeta del Antiguo Testamento que poseyó las llaves del sacerdocio (véase ibíd., pág. 172). Fue llevado al cielo sin probar la muerte para que, al igual que Moisés, tuviera un cuerpo tangible y pudiera así conferir llaves a Pedro, Santiago y Juan en el Monte de la Transfiguración. A la muerte de los Doce del meridiano de los tiempos, el sacerdocio y sus llaves se perdieron en el Viejo Mundo. Poco después, esta misma autoridad se perdió entre el resto de Israel que había sido trasplantado al Nuevo Mundo. Por tanto, el mundo quedó sin las bendiciones que provienen de esta autoridad hasta que fue restaurada al profeta José Smith.

¿Qué es, entonces, el sacerdocio? Desde la perspectiva del hombre mortal, es el poder y la autoridad de Dios, delegados al hombre sobre la tierra, para actuar en todas las cosas en favor de la bendición de los hombres y las mujeres de la tierra. Es el derecho divinamente otorgado a alguien aquí en la tierra para actuar en nombre de la Deidad y, con el tiempo, estar en la presencia divina. En verdad, si la Casa del Señor es una casa de orden, todo lo que se haga en Su nombre debe hacerse por el sacerdocio o bajo su dirección. Si el Evangelio es de Jesucristo, entonces la autorización para enseñarlo también debe ser Suya. Esto, por supuesto, no podría ser menos cierto en cuanto a las ordenanzas del Evangelio; la autorización para efectuarlas debe recibirse por los conductos del sacerdocio. El “sacerdocio mayor administra el evangelio” (Doctrina y Convenios 84:19). En verdad, José Smith nos dice que el Sacerdocio de Melquisedec “es el conducto por el cual se revelan desde el cielo todo conocimiento, doctrina, el plan de salvación y todo asunto importante” (Enseñanzas, págs. 166–169). Además, se nos dice que el sacerdocio posee “la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios” (Doctrina y Convenios 84:19). Los misterios del reino son aquellas cosas que solo pueden conocerse y obtenerse por el espíritu de revelación. A menudo, tales revelaciones están relacionadas con ordenanzas o ritos sagrados que solo pueden efectuarse por la autoridad del sacerdocio. Poseer la llave del sacerdocio es poseer esa autoridad que abre el acceso a tal conocimiento sagrado o lo imparte.

En una revelación dada al recién llamado Cuórum de los Doce de nuestra dispensación, el Señor dijo: “El poder y la autoridad del sacerdocio mayor, o sea, el de Melquisedec, consisten en tener las llaves de todas las bendiciones espirituales de la iglesia: tener el privilegio de recibir los misterios del reino de los cielos, ver abiertos los cielos para ellos, comunicarse con la asamblea general e iglesia del Primogénito, y gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre y de Jesús, el mediador del nuevo convenio” (Doctrina y Convenios 107:18–19). Una vez más, el Sacerdocio de Melquisedec es la autoridad de Dios conferida al hombre para prepararlo para estar en la presencia divina. Abarca la autoridad para abrir el velo, recibir revelación y comunicarse con quienes han poseído las llaves y la autoridad de la salvación en dispensaciones pasadas.

El sacerdocio verdadero siempre puede remontarse hasta Dios; un hombre que posee el sacerdocio debe poder demostrar que fue “llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos” de quienes se sabe que poseen esa autoridad (Artículos de Fe 1:5). En una revelación que abarca la ley de la Iglesia, el Señor dijo: “No se permitirá que salga nadie a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad y que ha sido debidamente ordenado por las autoridades de la iglesia” (Doctrina y Convenios 42:11). ¿Quién puede, entonces, poseer el sacerdocio? Aquellos a quienes el profeta de Dios, el hombre que posee las llaves o el derecho de presidencia sobre el sacerdocio, extiende la invitación de poseerlo. Quienes son llamados de esta manera deben ser hallados dignos y recibir el voto de sostenimiento de la Iglesia (véase Doctrina y Convenios 26:2; 68:15; 107:22).

La historia de la restauración del Sacerdocio Aarónico, o sacerdocio menor, se relató en el capítulo anterior. El sacerdocio mayor, o de Melquisedec, fue restaurado a José Smith y Oliver Cowdery pocas semanas después de la restauración del Sacerdocio Aarónico. La fecha exacta se ha perdido para nosotros, pero no los acontecimientos relacionados con ella. Conforme a la promesa de Juan el Bautista a José y a Oliver, Pedro, Santiago y Juan, quienes recibieron el sacerdocio de manos de Cristo mismo, vinieron a ellos y les confirieron esa misma autoridad (véase Doctrina y Convenios 27:12; 128:20). El élder Erastus Snow ofrece la siguiente descripción de aquellos acontecimientos: “A su debido tiempo, como leemos en la historia que él [José] dejó, Pedro, Santiago y Juan se le aparecieron; fue en una época en que sus enemigos los perseguían y tuvieron que viajar toda la noche; y al amanecer del día siguiente, cuando estaban fatigados y agotados, ¿quiénes habrían de aparecérseles sino Pedro, Santiago y Juan, con el propósito de conferirles el apostolado, cuyas llaves ellos mismos habían poseído mientras estaban sobre la tierra, y que les habían sido conferidas por el Salvador? Este sacerdocio que les confirieron aquellos tres mensajeros abarca todos los oficios del sacerdocio, desde el más alto hasta el más bajo” (en Diario de discursos, 23:183).

Conclusión

La visión que José Smith tenía del sacerdocio era sobrecogedora. Buscamos en vano en el mundo sectario una comprensión significativa de la autoridad necesaria para representar a Dios y efectuar las ordenanzas de salvación. Al igual que con todas las demás doctrinas que enseñó, el Profeta nos vincula de inmediato con los cielos y con el poder y la autoridad de Dios. Verdaderamente, “todo aquel que fuese ordenado según este orden y llamamiento tendría poder, mediante la fe, para derribar montañas, dividir los mares, secar las aguas y desviarlas de su curso; para desafiar los ejércitos de las naciones, dividir la tierra, romper toda atadura, estar en la presencia de Dios; para hacer todas las cosas según su voluntad, de acuerdo con su mandato, someter principados y potestades; y esto por la voluntad del Hijo de Dios, que existía desde antes de la fundación del mundo” (TJS, Génesis 14:30–31).

¿Y a quiénes se les ha de confiar tal poder y autoridad? En esta gran dispensación del Evangelio se ha extendido la invitación a todos los varones dignos miembros de la Iglesia para que sean investidos de esa manera. A todos se les manda que sus entrañas se llenen “de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe”. Además, se les manda dejar que la virtud engalane sus pensamientos incesantemente, con la promesa correspondiente de que su confianza se fortalecerá “en la presencia de Dios” y que la doctrina del sacerdocio destilará sobre su alma “como rocío del cielo”. Se les promete que el Espíritu Santo será su compañero constante y que su cetro será un “cetro inmutable de justicia y de verdad” (Doctrina y Convenios 121:45–46). El Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios ha sido restaurado a la tierra en nuestros días. Está aquí. Sus poderes están aquí. Las llaves para oficiar en las ordenanzas de salvación están en posesión de quienes han sido llamados como profetas, videntes y reveladores para presidir La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y ellos las han delegado a otras personas que presiden las unidades eclesiásticas de la Iglesia por toda la tierra. Así, la obra de redención sigue adelante bajo la autoridad divina.

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