Capítulo 12
La vida más allá del sepulcro
Después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas. —Alma 34:33
El conocimiento acerca de la vida más allá del sepulcro llegó a José Smith muy al principio de su ministerio. Dios el Eterno Padre y Su Hijo Jesucristo se aparecieron al joven profeta en una arboleda sagrada en la primavera de 1820. En medio de una luz cuyo fulgor superaba el del sol se encontraban dos personajes santos cuya sola presencia atestiguaba la realidad de la vida venidera. Las posteriores apariciones de mensajeros santos, enviados para conferir conocimiento, llaves y poderes, darían un testimonio adicional a los Santos de los Últimos Días de que la muerte no es el fin. “Todos los hombres saben que deben morir”, explicó José Smith a los Santos de los Últimos Días en Nauvoo. “Y es importante que comprendamos las razones y causas por las cuales estamos expuestos a las vicisitudes de la vida y de la muerte, y los designios y propósitos de Dios al venir nosotros al mundo, padecer aquí y partir de él. […] Es razonable suponer que Dios revelaría algo con respecto a este asunto, y es un tema que debemos estudiar más que cualquier otro. Debemos estudiarlo de día y de noche, porque el mundo ignora su verdadera condición y relación. Si tenemos derecho a pedir algo a nuestro Padre Celestial, es conocimiento sobre este importante asunto” (Enseñanzas, pág. 324).
Como parte de la Restauración, el Dios del cielo escogió dar a conocer, línea por línea, precepto por precepto, las verdades reconfortantes relacionadas con esa tercera fase de nuestro viaje eterno que conocemos como la existencia después de la muerte.
La doctrina de la muerte
Nada es más común entre los mortales que la muerte; el destino común de todos los que vienen a esta vida es dejarla. Todo hombre y toda mujer nacen, y todo hombre y toda mujer deben morir. Todos nacen como niños indefensos y, con pocas excepciones, todos parten de esta esfera igualmente indefensos ante la muerte. La muerte es algo que la mayoría tememos, algo de lo que nos escondemos, algo que la mayoría escogeríamos evitar si pudiéramos. Aun entre quienes leen a la luz del entendimiento del Evangelio, con frecuencia se contempla la muerte con temor y temblor. Wilford Woodruff “se refirió a una declaración de José Smith que le había oído pronunciar, semejante a esta: Si la gente supiera lo que hay detrás del velo, intentaría por todos los medios […] llegar allí. Pero el Señor, en Su sabiduría, había implantado el temor a la muerte en toda persona para que se aferrara a la vida y así cumpliera los designios de su Creador” (Diario de Charles L. Walker, 1:595–596; ortografía y puntuación modernizadas).
En el sentido más puro, no hay muerte ni hay muertos. Cuando las cosas mueren, no dejan de existir; simplemente dejan de existir en este mundo. La vida continúa. La muerte es una transición, un cambio de asignación, un traslado a otra esfera. Cuando morimos, el espíritu continúa viendo, actuando, sintiendo y relacionándose; es solo el cuerpo físico el que queda inactivo y sin vida por un tiempo. Por eso utilizamos el término muerte para describir esta transición desde nuestra perspectiva limitada. Sin embargo, desde un punto de vista eterno, solo hay vida. A menudo hablamos de la muerte prematura de una persona. Generalmente queremos decir que es prematura para nosotros, para quienes permanecemos aquí. Aunque es cierto que las personas pueden apresurar su muerte y, de ese modo, acortar su día de probación, para los fieles no hay nada prematuro en la muerte. El presidente Joseph Fielding Smith declaró: “Permítanme decir, para consuelo de quienes lloran y para alivio y orientación de todos nosotros, que ningún hombre justo es llevado antes de su tiempo. En el caso de los santos fieles, simplemente son trasladados a otros campos de labor. La obra del Señor continúa en esta vida, en el mundo de los espíritus y en los reinos de gloria a los que van los hombres después de su resurrección” (discurso pronunciado en el funeral del élder Richard L. Evans, 4 de noviembre de 1971, pág. 1; véase también Spencer W. Kimball, La fe precede al milagro, págs. 103, 105).
En cierto sentido, morimos en cuanto a la vida preterrenal para nacer a la vida terrenal. De igual manera, debemos morir en cuanto al tiempo para nacer a la eternidad. La separación del cuerpo físico y del espíritu eterno es una parte necesaria del plan de Dios, pues, como explicó Alma, rescatar al hombre de esta muerte temporal “destruiría el gran plan de felicidad” (Alma 42:8). Verdaderamente, la muerte pasa sobre todos los hombres y las mujeres “para cumplir el misericordioso designio del gran Creador” (2 Nefi 9:6). La muerte es misericordiosa en el sentido de que nos libera de los afanes y las agonías de esta vida. “Cuando los hombres están preparados”, observó el Profeta, “les conviene más partir de aquí” (Enseñanzas, pág. 326). Al hablar de los niños pequeños que dejan esta vida antes de llegar a la edad de responsabilidad, dijo: “El Señor se lleva a muchos aun en la infancia, para que escapen de la envidia del hombre y de los pesares y males de este mundo actual; eran demasiado puros, demasiado hermosos para vivir sobre la tierra; por tanto, si lo consideramos debidamente, en lugar de lamentarnos tenemos motivo para regocijarnos, pues son librados del mal, y pronto los tendremos de nuevo” (ibíd., págs. 196–197).
La muerte también es misericordiosa porque nos abre una nueva fase de la vida, un tiempo en el que desaparecen las restricciones de esta existencia mortal y la mente o el espíritu pueden remontarse. Brigham Young, al hablar de la gloria de lo que nos espera, comentó: “Puedo decir, en cuanto a separarnos de nuestros amigos y a nuestra propia partida, que he estado lo bastante cerca de comprender la eternidad como para haber tenido que ejercer mucha más fe para desear vivir de la que jamás ejercí en toda mi vida para vivir. El fulgor y la gloria de la siguiente morada son inexpresables. No está sujeta a impedimentos […] de modo que, al avanzar en años, tengamos que andar a trompicones y cuidarnos de no caer. Incluso vemos a nuestros jóvenes tropezar con frecuencia y caerse. Pero allá, ¡qué diferente! Se mueven con facilidad y como el relámpago” (en Diario de discursos, 14:231). “¿Cómo sabemos”, preguntó el élder Orson Pratt, “si, cuando este espíritu quede libre de este tabernáculo mortal, todos [nuestros] sentidos no se ampliarán grandemente? […] Despojad al espíritu de su envoltura y, en lugar de exponer solo una pequeña parte de él, del tamaño aproximado de un guisante, a la acción de los rayos de luz, quedaría expuesto en su totalidad. Creo que entonces podríamos ver en distintas direcciones a la vez. […] Creo que en el mundo venidero seremos liberados, en gran medida, de estas maneras estrechas y limitadas de pensar. En lugar de pensar por un solo cauce y seguir cierto razonamiento para descubrir una verdad determinada, el conocimiento llegará a raudales de todas partes; […] instruyendo al espíritu y dándole entendimiento acerca de diez mil cosas al mismo tiempo; y la mente será capaz de recibirlo y retenerlo todo” (en ibíd., 2:243, 246).
La separación de los lazos familiares por la muerte es lo más doloroso de todo, y trae consigo una avalancha de emociones, entre ellas la soledad y el pesar. Quienes pertenecen a la familia de la fe no están exentos de tales sentimientos. Nuestro Padre Celestial conoce todas las cosas y contempla todo el tiempo y la eternidad como un presente, y aun Él conoce tales agonías. El Señor ha dicho: “Viviréis juntos en amor, al grado de que lloraréis por los que mueran” (Doctrina y Convenios 42:45). Lloramos y anhelamos volver a estar juntos, pero no nos entristecemos como quienes no tienen esperanza (véase 1 Tesalonicenses 4:13), pues hacerlo sería expresar falta de fe en los propósitos y el plan de Dios e ignorar la promesa de reunión y restauración dada por nuestro Señor y Salvador. En verdad, los amargos inviernos de la vida pueden encontrarnos caminando solos. Durante esas frías y oscuras épocas de soledad, nos envolvemos en el abrigo protector de la fe y de la perspectiva que esta nos da, y encontramos calor en los recuerdos entrañables. Así seguimos adelante, procurando siempre ver las cosas como Dios las ve. “Estimada es a los ojos de Jehová”, declara la palabra revelada, “la muerte de sus santos” (Salmos 116:15). Tenemos la certeza, por la revelación moderna, de que “los que mueran descansarán de todas sus obras, y sus obras los seguirán; y recibirán una corona en las mansiones de mi Padre, las cuales he preparado para ellos” (Doctrina y Convenios 59:2).
Diez mil veces diez mil cosas testifican que la muerte no es el fin, sino un punto importante en la línea infinita de la vida. Verdaderamente, “esta vida no lo es todo; la voz de la razón, el lenguaje de la inspiración y el Espíritu del Dios viviente, nuestro Creador, nos enseñan, mientras sostenemos en nuestras manos el registro de la verdad, que ese no es el caso, que no es así; porque los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de Sus manos” (Enseñanzas, pág. 56). Nacemos, morimos, y así el ciclo de la vida continúa eternamente. Si no hubiera muerte, no habría vida. Si no hubiera muerte, el crecimiento, el desarrollo, la expansión y la deificación que nos esperan nos serían negados para siempre. Hay un propósito en la vida y hay un propósito en la muerte. Aquel que conoce todas las cosas dirige los acontecimientos de nuestra existencia y sabe lo que es mejor para nosotros. Por ello, el profeta José declaró: “Con respecto a las muertes en Sion, sentimos el deseo de llorar con los que lloran, pero recordad que el Dios de toda la tierra hará lo que es justo” (Historia de la Iglesia, 1:341).
El mundo de los espíritus sin cuerpo
La revelación moderna atestigua que la transición del tiempo a la eternidad es inmediata. Cuando una persona exhala su último aliento, su espíritu deja el cuerpo y pasa directamente al mundo de los espíritus. José Smith enseñó: “Los espíritus de los justos son elevados a una obra mayor y más gloriosa; por tanto, son bendecidos al partir al mundo de los espíritus. Envueltos en fuego resplandeciente, no están lejos de nosotros, y conocen y comprenden nuestros pensamientos, sentimientos y movimientos, y con frecuencia les causan dolor” (Enseñanzas, pág. 326; énfasis añadido). “¿Está aquí el mundo de los espíritus?”, preguntó el presidente Brigham Young. “No está más allá del sol, sino que está en esta tierra que fue organizada para las personas que han vivido, que viven y que vivirán sobre ella” (en Diario de discursos, 3:372). Parley P. Pratt explicó de igual manera que el mundo de los espíritus “está aquí, en el mismo planeta donde nacimos” (Clave de la ciencia de la teología, pág. 80).
En el momento de entrar en el mundo de los espíritus, la persona experimenta lo que el presidente Joseph F. Smith llamó un “juicio parcial” (véase Doctrina del Evangelio, págs. 448–449). Va al paraíso o al infierno (véanse 1 Nefi 15:29; 2 Nefi 9:12). El paraíso es la morada de los fieles, un estado de felicidad, “un estado de descanso, un estado de paz, donde descansarán de todas sus aflicciones, y de todo cuidado y pena” (Alma 40:12). El paraíso es un lugar donde los espíritus “aumentan en sabiduría, donde tienen alivio de todas sus aflicciones y donde las preocupaciones y el pesar no los perturban” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 448). Por otra parte, los espíritus de los inicuos “serán echados a las tinieblas de afuera; habrá llantos y lamentos y el crujir de dientes; y esto a causa de su propia iniquidad, pues fueron llevados cautivos por la voluntad del diablo” (Alma 40:13).
La revelación moderna también deja claro que todo el mundo de los espíritus, no solo la parte conocida como infierno o tinieblas de afuera, es, en cierto sentido, una “prisión de los espíritus”. Aunque hay divisiones de alguna clase entre los justos y los inicuos, todos los espíritus de los hombres y las mujeres se encuentran en un solo mundo, tal como sucede mientras están en la carne. En el mundo de los espíritus después de la muerte, quienes carecen de cuerpo anhelan la liberación y buscan alivio de su condición actual; consideran como un cautiverio la larga separación de sus espíritus y sus cuerpos (véanse Doctrina y Convenios 45:17; 138:50; véase también 138:15–18, 23). “Cuando nuestros espíritus dejen estos cuerpos, ¿serán felices?”, preguntó Orson Pratt. “No perfectamente”, respondió. “¿Por qué? Porque el espíritu está separado del cuerpo; no puede ser perfectamente feliz mientras una parte del hombre yace en la tierra. […] Seréis felices, estaréis tranquilos en el paraíso; pero aun así estaréis buscando una morada en la que vuestro espíritu pueda entrar y actuar como lo hacía anteriormente” (en Diario de discursos, 1:289–290).
Brigham Young preguntó: “¿Dónde están los espíritus de los impíos? Están en prisión. ¿Dónde están los espíritus de los justos, de los profetas y de los Apóstoles? Están en prisión, hermanos; allí es donde están”. El presidente Young continuó: “Sé que es una idea sorprendente decir que el profeta y el perseguidor del profeta van todos juntos a prisión […], pero aún no tienen sus cuerpos; por consiguiente, están en prisión” (en ibíd., 3:94–95). El vidente escogido resumió: “Hades, en griego, o Seol, en hebreo: ambos términos significan un mundo de espíritus. Hades, Seol, paraíso, espíritus encarcelados, todo es uno: es un mundo de espíritus” (Enseñanzas, pág. 310). Por tanto, al declarar el apóstol Pedro que Jesús fue, después de Su muerte terrenal, a predicar a los “espíritus encarcelados” (véase 1 Pedro 3:18–20), y sabiendo por las Escrituras modernas que el Maestro no ministró en persona a los inicuos (véase Doctrina y Convenios 138:20–22, 29, 37), concluimos que predicó a los espíritus encarcelados en el sentido de que predicó el Evangelio en el mundo de los espíritus. Más específicamente, “organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas, sí, a todos los espíritus de los hombres” (Doctrina y Convenios 138:30).
Tan ciertamente como hay diferencias entre los piadosos en el paraíso, también debe haber diferencias entre quienes están en el infierno. Están los muy inicuos que, como explicó Alma, tienen que afrontar su condición, sufrir y pasar por un penoso arrepentimiento. Hay otros —personas buenas, en general— que no han disfrutado de las bendiciones de la plenitud del Evangelio porque no estuvieron a su alcance. Tales personas pueden continuar trabajando, creciendo, aprendiendo y desarrollándose, y muchas de ellas abren el corazón al mensaje del Evangelio. Los profetas modernos han aclarado además que, una vez que se ha comunicado el mensaje del Evangelio y las personas del mundo de los espíritus lo han aceptado, y una vez que quienes están en la carne han efectuado las ordenanzas correspondientes al actuar como representantes de los difuntos, “el Señor tiene allí administradores para ponerlos en libertad” (Enseñanzas, pág. 367). Una vez que una persona ha recibido el Evangelio y sus ordenanzas salvadoras, se le permite cruzar el abismo que separa el infierno del paraíso y, en adelante, disfrutar de la dulce compañía de los fieles (véase Lucas 16:26; véanse también 1 Nefi 15:28–30; Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 2:158, 230).
Pedro enseñó que a las personas del mundo de los espíritus se les presenta el Evangelio y se espera que lo acepten por la fe, tal como se esperaría que lo hicieran en la carne (véase 1 Pedro 4:6). Y, conociendo la bondad y la justicia de nuestro Dios, no suponemos que sería más fácil aceptar el Evangelio como espíritu sin cuerpo que como mortal. Sin embargo, hay factores que influyen en la capacidad de una persona para ver, sentir, oír y recibir la verdad. Algunos de esos factores influyen en todos nosotros, y algunos están fuera de nuestro control. A medida que nos acerquemos al gran día milenario, la iniquidad se extenderá y la malevolencia se multiplicará. Aumentará el índice de contaminación moral, haciendo cada vez más difícil permanecer ilesos y sin heridas en la guerra contra el mal. “Tengo la convicción”, testificó el élder Boyd K. Packer, “de que algún día esas influencias inicuas serán contrarrestadas” (en Informe de la Conferencia, abril de 1992, pág. 94).
Ciertamente, en el mundo de los espíritus después de la muerte, las cargas del abuso, el abandono, las enseñanzas falsas y las tradiciones incorrectas —todo lo cual puede impedir que alguien abrace la verdad— serán arrancadas de los hombres y las mujeres como una película que los recubre. Entonces, quizás, libres en aquella esfera de las burlas de Lucifer, verán como son vistos y conocerán como son conocidos. Wilford Woodruff declaró: “Os digo que, cuando los profetas y los Apóstoles vayan a predicar a quienes están encerrados en prisión, […] miles de ellos abrazarán allí el Evangelio. Saben más en aquel mundo que aquí” (citado en Packer, El Santo Templo, pág. 206). Lorenzo Snow, refiriéndose presumiblemente a las personas de corazón sincero que entran en el mundo de los espíritus, también señaló:
Durante los últimos meses, miles de personas del mundo de los espíritus han sido puestas en condiciones de recibir la palabra de Dios y ser salvas, mediante las ordenanzas que se han administrado en estos cuatro templos de este Territorio. Se está realizando una obra maravillosa en nuestros templos en favor de los espíritus encarcelados. Creo, y firmemente, que cuando se predique el Evangelio a los espíritus encarcelados, el éxito de esa predicación será mucho mayor que el que acompaña la predicación de nuestros élderes en esta vida. Creo que serán muy pocos, en verdad, los espíritus que no reciban con alegría el Evangelio cuando se les lleve. Allí las circunstancias serán mil veces más favorables. […] Creo que serán muy pocos los que no reciban la verdad. Oirán la voz del Hijo de Dios; oirán la voz del Sacerdocio del Hijo de Dios, y recibirán la verdad y vivirán (en Stuy, Discursos recopilados, 3:363).
“En este intervalo entre la muerte y la resurrección del cuerpo, las dos clases de almas permanecen, en felicidad o en miseria, hasta el tiempo señalado por Dios para que los muertos salgan y vuelvan a unirse el espíritu y el cuerpo” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 448). Así pues, el mundo de los espíritus después de la muerte es una estancia intermedia para todos los hombres y las mujeres. Es un lugar de espera, de arrepentimiento y sufrimiento, de paz y descanso, y de instrucción y preparación. Las personas celestiales que reciben y disfrutan de las bendiciones del Evangelio y las personas terrestres que al menos reciben el testimonio de Jesús saldrán del mundo de los espíritus en la primera resurrección (véase Doctrina y Convenios 76:50–79). Quienes continúen imponiendo su propia voluntad y rechacen el ofrecimiento de iluminación y renovación del Salvador permanecerán en el mundo de los espíritus hasta que terminen los mil años (Doctrina y Convenios 76:81–85). Entonces, en esa segunda o última resurrección, saldrán, ya sea para una gloria telestial o para un reino sin gloria como hijos de perdición (véase Doctrina y Convenios 76:31–38).
La resurrección y el juicio
El apóstol Pablo enseñó que “si solamente en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres” (1 Corintios 15:19). Es decir, si los mayores logros de Jesús consistieron en Su bondad, Su generosidad y Sus sabios consejos, entonces nuestra esperanza de felicidad en la vida venidera carece de fundamento. Al igual que Pablo, Jacob, el profeta del Libro de Mormón, declaró que, si Cristo no se levantó de entre los muertos como se había predicho, entonces todos nosotros quedaríamos destinados, al morir, a la ruina y la destrucción espirituales, y estaríamos sujetos para siempre al padre de las mentiras. ¿Por qué? Porque, si Jesús no tenía el poder de levantarse de entre los muertos y redimir así el cuerpo de la tumba, ciertamente tampoco tenía el poder de perdonar los pecados y redimir así el espíritu del infierno (véase 2 Nefi 9:7–9; compárese con 1 Corintios 15:12–17). “Si la resurrección de los muertos no fuera un punto o elemento importante de nuestra fe”, explicó José Smith, “tendríamos que confesar que nada sabemos de ella; porque, si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, no era el Hijo de Dios”. Por otra parte, “si ha resucitado de entre los muertos, las ligaduras de la muerte temporal han sido rotas, de modo que la tumba no tiene victoria. Si, entonces, la tumba no tiene victoria, quienes guardan las palabras de Jesús y obedecen Sus enseñanzas tienen no solo la promesa de una resurrección de entre los muertos, sino también la certeza de ser admitidos en Su glorioso reino” (Enseñanzas, pág. 62). Porque Jesucristo se ha levantado de entre los muertos, nosotros también nos levantaremos de entre los muertos. Porque Él vive, nosotros también viviremos más allá del sepulcro.
El cuerpo resucitado es un cuerpo espiritual, lo que significa que es inmortal, que no está sujeto a la muerte (véanse 1 Corintios 15:44; Alma 11:45; Doctrina y Convenios 88:27). La promesa de las Escrituras es que saldremos de la tumba con un cuerpo resucitado apropiado para el reino que heredaremos:
Los que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que fue el cuerpo natural; sí, vosotros recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será esa gloria por medio de la cual vuestro cuerpo será vivificado.
Vosotros los que seáis vivificados por una porción de la gloria celestial, recibiréis entonces de ella, sí, una plenitud.
Y los que sean vivificados por una porción de la gloria terrestre, recibirán entonces de ella, sí, una plenitud.
Y también los que sean vivificados por una porción de la gloria telestial, recibirán entonces de ella, sí, una plenitud.
Y los que permanezcan [los hijos de perdición] también serán vivificados; sin embargo, volverán otra vez a su propio lugar, para gozar de lo que estén dispuestos a recibir, porque no quisieron gozar de lo que pudieron haber recibido (Doctrina y Convenios 88:28–32).
Además, las Escrituras de la Restauración aclaran la naturaleza del cuerpo resucitado. “El alma [que en este caso significa el espíritu] será restaurada al cuerpo”, explicó Alma, “y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23; véase también 11:43). Al hablar de los justos que aguardaban con anhelo la entrada del Salvador en el paraíso, Joseph F. Smith escribió: “Su polvo inerte iba a ser restaurado a su forma perfecta, cada hueso a su hueso, y los tendones y la carne sobre ellos; el espíritu y el cuerpo iban a ser unidos para nunca más ser separados, a fin de recibir una plenitud de gozo” (Doctrina y Convenios 138:17). Los profetas de los últimos días han enseñado que el cuerpo sale de la tumba tal como fue depositado, “sea viejo o joven; no se les ‘añadirá a su estatura un codo’, ni se les quitará nada; todos serán levantados por el poder de Dios, teniendo espíritu en sus cuerpos, y no sangre” (Enseñanzas, págs. 199–200). No debemos entender que las deformidades físicas formarán parte del cuerpo resucitado, pues “la deformidad será eliminada; los defectos serán suprimidos, y los hombres y las mujeres alcanzarán la perfección de sus espíritus, la perfección que Dios dispuso en el principio” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 23).
En una ocasión, el élder Orson Pratt señaló que el cuerpo mortal de una persona cambia constantemente: las células viejas son reemplazadas por otras nuevas, y así sucesivamente. El profeta José respondió: “No hay ningún principio fundamental perteneciente a un organismo humano que jamás pase a otro, ni en este mundo ni en el mundo venidero; no me importa cuáles sean las teorías de los hombres. Tenemos el testimonio de que Dios nos levantará, y Él tiene el poder para hacerlo. Si alguien supone que alguna parte de nuestro cuerpo, es decir, sus partes fundamentales, pasa alguna vez a otro cuerpo, está equivocado” (Historia de la Iglesia, 5:339). Brigham Young, quien fue instruido por el vidente escogido, dijo:
Podría preguntarse: ¿Acaso las partículas que componen el cuerpo del hombre, cuando vuelven a la madre tierra, no pasan a formar o componer otros cuerpos? No, no lo hacen. […] Tampoco pueden las partículas que han compuesto el cuerpo del hombre llegar a formar parte de los cuerpos de otros hombres, ni de bestias, aves, peces, insectos o vegetales. Están regidas por la ley divina y, aunque puedan quedar fuera del conocimiento del mundo científico, esa ley divina sigue sujetándolas, gobernándolas y controlándolas. El cuerpo del hombre puede ser sepultado en el océano, devorado por bestias salvajes o reducido a cenizas; estas pueden ser esparcidas a los cuatro vientos y, aun así, las partículas de las cuales está compuesto no serán incorporadas a ninguna forma de vida vegetal o animal para llegar a ser parte constitutiva de su estructura. […] Al sonido de la trompeta de Dios, toda partícula de nuestra estructura física que sea necesaria para hacer perfectos nuestros tabernáculos será reunida para volver a unirse con el espíritu, cada hombre en su orden. No se perderá ni una sola partícula (“La resurrección”, pág. 153).
Finalmente, tenemos la reconfortante certeza de que, aunque los hombres y las mujeres sean refinados, renovados y perfeccionados en cuerpo y alma en la resurrección, conservaremos nuestra identidad. Reconoceremos a nuestros amigos y seres queridos en la resurrección y después de ella, tal como los reconocemos ahora. Aunque los cristianos de la época de José Smith —y muchos también en la actualidad— hablaban de ser arrebatados al amor de Jesús y fundirse con Su naturaleza, las revelaciones del cielo declaran lo contrario. Al hablar de encontrarse en el futuro con una ser querida que había fallecido, el presidente Joseph F. Smith enseñó: “Espero poder reconocerla, tal como podría reconocerla mañana si estuviera viva […], porque su identidad es fija e indestructible, tan fija e indestructible como la identidad de Dios el Padre y de Jesucristo el Hijo. No pueden ser otros que ellos mismos. No pueden ser cambiados; son de eternidad en eternidad, eternamente los mismos; así será con nosotros. Progresaremos, nos desarrollaremos y creceremos en sabiduría y entendimiento, pero nuestra identidad jamás podrá cambiar” (Doctrina del Evangelio, pág. 25).
En el Libro de Mormón, la resurrección y el juicio eterno son doctrinas relacionadas entre sí, al igual que la Caída y la Expiación. Uno de los grandes actos de misericordia y gracia es que todos los hombres y las mujeres que recibieron un cuerpo físico, incluidos los hijos de perdición, resucitarán y después serán llevados ante Dios para ser juzgados por sus obras. Por tanto, en cierto sentido, la Expiación vence la muerte espiritual para todos, al menos durante un breve período en el que las personas comparecen de nuevo en la presencia divina. Jacob escribió: “Y acontecerá que cuando todos los hombres hayan pasado de esta primera muerte a la vida, ya que se habrán vuelto inmortales, tendrán que comparecer ante el tribunal del Santo de Israel; y entonces viene el juicio, y entonces tendrán que ser juzgados según el santo juicio de Dios” (2 Nefi 9:15). Samuel el Lamanita también declaró que Jesús “de cierto tiene que morir para que venga la salvación; sí, a él le corresponde y se hace necesario que muera para efectuar la resurrección de los muertos, a fin de que por ese medio los hombres sean llevados a la presencia del Señor” (Helamán 14:15; compárese con 3 Nefi 27:13–16). Finalmente, Moroni dio testimonio de que “a causa de Jesucristo vino la redención del hombre. Y a causa de la redención del hombre, que vino por Jesucristo, son llevados de nuevo a la presencia del Señor; sí, en esto son redimidos todos los hombres” (Mormón 9:12–13; énfasis añadido).
Conclusión
“Más dolorosos me resultan los pensamientos de la aniquilación que la muerte”, declaró una vez José Smith (Enseñanzas, pág. 296). Con la restauración de las verdades divinas acerca de la vida después de la muerte, la luz ha reemplazado a las tinieblas, la sana doctrina y la religión pura han reemplazado a la ignorancia y la superstición, y los hombres y las mujeres pueden ahora recorrer las sendas de la vida sin ese temor ominoso acerca de lo que sigue a la muerte, si es que algo sigue. Sabemos de dónde vinimos. Sabemos por qué estamos aquí. Y sabemos adónde vamos cuando la muerte nos llama a cada uno, cuando atravesamos ese velo que separa el tiempo de la eternidad. El testimonio de las Santas Escrituras resuena: en Cristo hay paz. En Cristo hay esperanza de liberación del pecado y de la muerte. No hay injusticias que no sean reparadas en el tiempo o en la eternidad, ni cargas que no sean levantadas. José Smith el vidente, con una perspectiva iluminada por una visión panorámica, prometió proféticamente: “Todas vuestras pérdidas os serán compensadas en la resurrección, con tal de que continuéis fieles. Por la visión del Todopoderoso lo he visto” (ibíd.).


























