Capítulo 2
El Evangelio sempiterno
Os he enviado mi convenio sempiterno, el mismo que existió desde el principio. —Doctrina y Convenios 49:9
Ninguna verdad más fundamental se ha dado a conocer por medio del vidente escogido que el conocimiento de un Evangelio eterno. Ninguna verdad es más esencial para lo que creemos y hacemos como Santos de los Últimos Días que el conocimiento de que, desde el principio, profetas cristianos han declarado doctrina cristiana y administrado ordenanzas cristianas. No estamos participando en un programa nuevo para la salvación de la familia humana ni en un sistema religioso que haya evolucionado; más bien, nos gloriamos en las verdades y nos regocijamos en los poderes que pertenecen al orden antiguo de las cosas. Dios es eterno, y Su plan divino es eterno e inmutable.
Un plan eterno, una Expiación eterna
Sabemos que Dios nuestro Padre tiene un plan para Sus hijos, un programa establecido para que alcancemos nuestro máximo desarrollo y para asegurar nuestra felicidad. Ese solo hecho —que existe un plan divino para la vida— no es tan evidente en la Biblia como en las Escrituras de los últimos días. Gracias a lo que sabemos, podemos reconocer un designio divino, pero rara vez podemos acudir a un pasaje específico del Antiguo o del Nuevo Testamento que hable con claridad de un plan. ¡Cuán diferente es el Libro de Mormón! Los profetas nefitas hablan con corazones agradecidos del “misericordioso designio del gran Creador” (2 Nefi 9:6), del “plan de nuestro Dios” (2 Nefi 9:13), del gran “plan de la misericordia” (Alma 42:15, 31), del “plan de redención” (Jacob 6:8; Alma 12:25–26, 30, 32; 17:16; 18:39; 22:13; 29:2; 34:31; 39:18; 42:11, 13), del “plan eterno de redención” (2 Nefi 11:5), del “plan de salvación” (Jarom 1:2; Alma 24:14; 42:5) y del gran “plan de felicidad” (Alma 42:8, 16). Sabemos que el plan de salvación es “siempre y eternamente el mismo; que la obediencia a las mismas leyes siempre trae la misma recompensa; que las leyes del Evangelio no han cambiado […]; y que, siempre y eternamente, todas las cosas relacionadas con la salvación se centran en Cristo” (Bruce R. McConkie, El Mesías prometido, págs. 4–5).
Jesús es verdaderamente el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8; véase también Moisés 7:47); es decir, el sacrificio expiatorio no solo es oportuno para quienes necesitamos regularmente su poder purificador, sino también atemporal. Aunque el acto de la Expiación no tendría lugar hasta que Jesús sufriera en Getsemaní y en el Gólgota, en el meridiano de los tiempos, a los primeros habitantes de la tierra se les enseñó a invocar a Dios en el nombre de Su Hijo Amado para obtener liberación (véase Moisés 5:5–8). Una vez más, esta verdad fundamental no se encuentra en el mundo cristiano. De hecho, ¡uno de los ataques irónicos contra el Libro de Mormón es que está demasiado centrado en Cristo! Algunos críticos sostienen que el Libro de Mormón contiene demasiado acerca de Cristo mucho antes de que hubiera un Cristo.
Los Santos de los Últimos Días saben que, desde el principio, Dios se ha revelado a Sí mismo, así como Su plan y al Mediador de Su sagrado convenio, a hombres y mujeres. La voz del Padre llegó a Adán: “Si te vuelves a mí y escuchas mi voz, y crees y te arrepientes de todas tus transgresiones, y te bautizas, sí, en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito, […] el cual es Jesucristo, el único nombre que se dará debajo del cielo mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres, recibirás el don del Espíritu Santo” (Moisés 6:52). Además, se mandó a Adán que enseñara a sus hijos que, debido a los efectos de la Caída, todos los hombres y las mujeres “tenéis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser limpiados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, sí, gloria inmortal” (Moisés 6:59).
El profeta José Smith observó que “no podemos creer que los antiguos de todas las épocas desconocieran tanto el sistema del cielo como muchos suponen, puesto que todos los que alguna vez fueron salvos lo fueron mediante el poder de este gran plan de redención, tanto antes de la venida de Cristo como después; de no ser así, Dios habría puesto en funcionamiento distintos planes —si podemos expresarlo de esa manera— para llevar a los hombres de regreso a morar con Él; y no podemos creer esto, puesto que no ha habido cambio alguno en la constitución del hombre desde su caída” (Enseñanzas, págs. 59–60). Así, por medio de las Escrituras de la Restauración, aprendemos que a personajes proféticos de la Biblia como Enoc (véase Moisés 6, 7), Noé (véase Moisés 8), Abraham (véase TJS, Génesis 15:9–12) y Moisés (véase Moisés 1) se les revelaron los pormenores del plan del Padre, y que conocieron y enseñaron acerca de la redención venidera en Jesucristo. Verdaderamente, como proclamó el apóstol Pedro: “De [Cristo] dan testimonio todos los profetas” (Hechos 10:43).
No fue diferente en el hemisferio occidental. Con Lehi y su familia llegó, a través de los mares, la plenitud del Evangelio, que incluía el santo sacerdocio y el conocimiento de la salvación y de la función intercesora de Jesús el Cristo. Muy al principio del relato del Libro de Mormón, Nefi declaró que, “seiscientos años después de la salida de mi padre de Jerusalén, el Señor Dios levantaría a un profeta entre los judíos, sí, un Mesías, o, en otras palabras, un Salvador del mundo” (1 Nefi 10:4). Nefi vio en visión que Jesús sería “levantado sobre la cruz y muerto por los pecados del mundo” (1 Nefi 11:33). Casi seiscientos años antes del nacimiento de Jesús en Belén, Lehi enseñó a su hijo Jacob que “la redención viene en el Santo Mesías, y por medio de él, porque él es lleno de gracia y de verdad”. Además, explicó: “No hay carne que pueda morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías, quien da su vida, según la carne, y la vuelve a tomar por el poder del Espíritu, para efectuar la resurrección de los muertos, siendo el primero que ha de resucitar” (2 Nefi 2:6, 8). Alma enseñó a un hijo que se había descarriado que, puesto que las almas de los hombres y las mujeres que viven antes del meridiano de los tiempos son tan preciosas a la vista de Dios como las de quienes viven durante esa época o después de ella, es necesario que la redención en Cristo esté al alcance de las personas de todas las épocas (véase Alma 39:17–19). En verdad, “ninguno de los profetas ha escrito ni profetizado sin que haya hablado concerniente a este Cristo” (Jacob 7:11; compárese con Jacob 4:4 y Mosíah 13:33).
Porciones de verdad eterna entre todas las naciones
Ciertamente, Aquel que es la personificación de la misericordia y la benevolencia no deja de amar a aquellos de Sus hijos que no disfrutan de la plenitud de las bendiciones del Evangelio en su vida. Nuestro Padre Celestial hará todo lo que esté en Su poder para inspirar, elevar, edificar y alentar a las personas, las familias, las comunidades y las naciones. Fue a Nefi a quien el Señor Jehová habló acerca de este asunto:
¿No sabéis que hay más de una nación? ¿No sabéis que yo, el Señor vuestro Dios, he creado a todos los hombres, y que me acuerdo de los que viven en las islas del mar; y que gobierno arriba en los cielos y abajo en la tierra; y manifiesto mi palabra a los hijos de los hombres, sí, sobre todas las naciones de la tierra?
[…] Porque he aquí, hablaré a los judíos y lo escribirán; y hablaré también a los nefitas y estos lo escribirán; y también hablaré a las otras tribus de la casa de Israel que he conducido lejos, y lo escribirán; y también hablaré a todas las naciones de la tierra, y ellas lo escribirán (2 Nefi 29:7, 12).
Alma explicó que “el Señor concede a todas las naciones que, de su propia nación y lengua, enseñen su palabra, sí, con sabiduría, todo lo que él juzgue conveniente que tengan” (Alma 29:8). Un grupo de personas puede estar preparado para recibir la plenitud de la luz y el conocimiento; otro puede estar preparado únicamente para un tenue destello de ese rayo de verdad. Dios adapta Sus bendiciones a la capacidad de los hijos de los hombres para recibirlas. El élder B. H. Roberts ofreció el siguiente consejo acerca de este principio:
Aunque La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se ha establecido para la instrucción de los hombres y es uno de los instrumentos de Dios para dar a conocer la verdad, Él no está limitado a esa institución para tales propósitos, ni en el tiempo ni en el espacio. Dios levanta hombres sabios […] de su propia lengua y nacionalidad, hablándoles por medios que puedan comprender; no siempre les da una plenitud de verdad como la que puede encontrarse en la plenitud del Evangelio de Jesucristo, pero siempre les da la medida de verdad que el pueblo está preparado para recibir. El mormonismo sostiene, por tanto, que todos los grandes maestros [aquellos que enseñan principios de verdad y virtud] son siervos de Dios, entre todas las naciones y en todas las épocas. Son hombres inspirados, designados para instruir a los hijos de Dios de acuerdo con las condiciones en medio de las cuales Él los encuentra. […] Dondequiera que Dios encuentra un alma suficientemente iluminada y pura, alguien con cuyo espíritu Su Espíritu pueda comunicarse, he aquí, hace de ella un maestro de los hombres. Aunque la senda de la sensualidad y de las tinieblas sea la que recorre la mayoría de los hombres, unos pocos […] han sido guiados por la senda ascendente; unos pocos, en todos los países y generaciones, han sido buscadores de sabiduría, o buscadores de Dios. Lo han sido porque la divina Palabra de Sabiduría ha puesto Su mirada en ellos, escogiéndolos para que lo conozcan y le sirvan (Defensa de la fe y de los santos, 1:512–513).
Por lo tanto, es razonable que por todo el mundo, en diversas culturas y entre distintos grupos religiosos, se encuentren vestigios de la verdad y piezas de un mosaico mucho más amplio. A medida que el mundo ha atravesado etapas de apostasía y restauración, han permanecido vestigios de doctrina revelada, aunque en algunos casos en formas alteradas o incluso tergiversadas. Quienes carecen de discernimiento espiritual y de la fe que se deriva del conocimiento del plan eterno de salvación de Cristo pueden intentar poner en duda el Evangelio verdadero señalando leyendas y tradiciones de relatos épicos de la Creación o historias del Diluvio que supuestamente son anteriores al Pentateuco, observando con avidez similitudes entre las ordenanzas del templo y las prácticas de culturas paganas, y sugiriendo así que el cristianismo no ha hecho más que copiar de fuentes más antiguas.
El presidente Joseph F. Smith tenía mucho que decir a quienes procuran restar importancia al cristianismo. Jesucristo, enseñó, “por ser la fuente de la verdad, no es un imitador. Él enseñó la verdad primero; era Suya antes de que se diera al hombre”. Además:
Cuando leo libros que se difunden ampliamente por el mundo, desacreditando las palabras, las enseñanzas y las doctrinas del Señor Jesucristo, y diciendo que algunas de las ideas que Jesús expresó, verdades que promulgó, ya habían sido enunciadas por los antiguos filósofos entre las naciones paganas del mundo, quiero deciros que no ha existido, desde el principio, ningún filósofo pagano en todo el mundo que haya poseído una verdad o enunciado un principio de la verdad de Dios sin haberlo recibido de la fuente misma, de Dios mismo. […]
[…] Recordemos que Cristo estuvo con el Padre desde el principio, que el Evangelio de verdad y luz existió desde el principio y es de eternidad en eternidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como un solo Dios, son la fuente de la verdad. […] Si encontramos la verdad en fragmentos dispersos a lo largo de las épocas, podemos establecer como un hecho incontrovertible que se originó en la fuente y fue dada a filósofos, inventores, patriotas, reformadores y profetas por la inspiración de Dios. En primer lugar, provino de Él por medio de Su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo, y de ninguna otra fuente. Es eterna.
[…] Los hombres son meros repetidores de lo que Él les ha enseñado. Él no ha expresado ningún pensamiento que se haya originado en el hombre. Las enseñanzas de Jesús no comenzaron con Su encarnación, pues, al igual que la verdad, Él es eterno. No solo inspiró a los antiguos desde el principio, sino que, cuando vino a la tierra, reiteró la verdad eterna y original, y añadió gloriosamente a las revelaciones que los hombres habían expresado. Cuando regresó al Padre, siguió interesándose, y aún se interesa, por Sus hijos y Su pueblo, revelándoles nuevas verdades e inspirando sus acciones; y, a medida que los hombres crezcan en el conocimiento de Dios, llegarán a ser cada vez más semejantes a Él, hasta el día perfecto, cuando Su conocimiento cubra la tierra como las aguas cubren las profundidades del mar (Doctrina del Evangelio, págs. 30, 395, 398–400; véase también Diario de discursos, 15:325).
Sin embargo, no todas las formas de apostasía religiosa comenzaron por motivos perversos o infames. Muchas creencias y prácticas falsas se han desarrollado a lo largo de los siglos como resultado del deseo de personas bienintencionadas de preservar creencias y prácticas verdaderas. “Lo que comúnmente se denomina idolatría”, señaló el presidente Brigham Young, “ha surgido de unos pocos hombres sinceros, llenos de fe y con un poco de conocimiento, que instaban a un pueblo que se estaba apartando de la fe a preservar ciertas costumbres, a aferrarse a ciertas formas o figuras que les recordaran a aquel Dios a quien sus padres habían conocido, sin proponerse ni desear que el pueblo adorara un ídolo, que adorara troncos, piedras, bestias y aves. Se han introducido ídolos que ahora se adoran, y que han sido adorados durante siglos y miles de años; pero no se introdujeron de una sola vez. Se introdujeron para preservar entre el pueblo la idea del Dios verdadero” (en Diario de discursos, 6:194).
Vestigios de la fe
Sabiendo lo que sabemos acerca de Dios nuestro Padre —que es un ser personal, que tiene un cuerpo de carne y huesos tan tangible como el nuestro, que es un ser exaltado y glorificado, que una vez fue un hombre y habitó en una tierra—, ¿debería sorprendernos encontrar leyendas y mitos acerca de dioses que tienen poderes divinos, pero atributos y pasiones humanos? Sabiendo que Adán, Set, Enós y otros que vivieron antes del Diluvio hablaron de la venida del Mesías, y de que el Mesías vendría a la tierra como hombre, pero poseería los poderes de un Dios, ¿sería forzar demasiado la imaginación suponer que estos primeros profetas también sabían que nacería de una virgen? ¿Debería sorprendernos, entonces, encontrar tradiciones paganas acerca de nacimientos virginales y de seres humanos divinos?
Adán oyó la voz divina que decía: “Soy Dios; yo hice el mundo y a los hombres antes que existiesen en la carne” (Moisés 6:51). Es decir, los hombres y las mujeres de las épocas más remotas conocían la existencia de un primer estado, una existencia preterrenal. ¿Es de extrañar que varias tradiciones religiosas estén ligadas a una idea de vidas anteriores? Puesto que las doctrinas del nuevo nacimiento, la regeneración, la resurrección y la inmortalidad del alma se enseñaron a Adán y a su posteridad, ¿por qué habríamos de inquietarnos al descubrir las doctrinas de la reencarnación, la transmigración de las almas y el renacimiento en tradiciones como el hinduismo, el jainismo y el sijismo, o al encontrarnos con un pueblo como los antiguos egipcios, obsesionado no con la muerte, como algunos suponen, sino con la vida después de la muerte?
De particular interés para los Santos de los Últimos Días es la semejanza entre lo que ocurre en nuestros propios templos y los acontecimientos que tienen lugar en las estructuras sagradas de otras religiones. En muchos casos, esas semejanzas pueden tener su origen en buscadores sinceros de la verdad que actúan sin autoridad, tal como lo hizo Faraón, bisnieto de Noé, quien, “siendo un hombre justo, estableció su reino y juzgó a su pueblo prudente y rectamente todos sus días, tratando con afán de imitar el orden que los padres establecieron en las primeras generaciones, en los días del primer reinado patriarcal, sí, en el reinado de Adán y también en el de Noé, su padre” (Abraham 1:26).
Y lo que es cierto acerca de las prácticas y creencias sagradas de todo el antiguo mundo no cristiano también lo es en el mundo cristiano moderno. Sabemos que hubo una gran apostasía algunos años después de la muerte de los Apóstoles del meridiano de los tiempos y que, por tanto, se perdieron verdades claras y preciosas y la autoridad del sacerdocio. Sabemos que Dios comenzó la restauración de verdades y poderes por medio de José Smith y que continuará esta restauración durante el período previo al Milenio y durante este. Sin embargo, el solo hecho de que los protestantes o los católicos no posean la autoridad para actuar en el nombre de Dios no significa que no tengan verdad alguna ni que toda interpretación de las Escrituras que provenga de ellos sea automáticamente incorrecta o corrupta. Como ya hemos señalado, en el cristianismo moderno pueden encontrarse vestigios de la verdad, elementos de iluminación y aspectos de la fe de los santos de la antigüedad. El Señor ama a Sus hijos, a todos ellos, y recompensará a quienes sean fieles a la luz que poseen.
Conclusión
Gran parte de lo que sabemos acerca del presente y una parte considerable de lo que anticipamos acerca del futuro provienen de lo que se ha revelado acerca del pasado. Ammón enseñó al rey Limhi que “un vidente puede saber de cosas que han pasado y también de cosas futuras; y por este medio todas las cosas serán reveladas, o mejor dicho, las cosas secretas serán manifestadas, y las cosas ocultas saldrán a la luz; y las cosas que no son sabidas serán descubiertas por este medio” (Mosíah 8:17). Bien puede ser que el profeta José Smith, el “vidente escogido” del que habló su antiguo homónimo (2 Nefi 3:7), haya revelado tanto acerca del pasado como acerca del futuro. La manera en que Dios se relacionó en el pasado con Sus antiguos portavoces proporciona tanto perspectiva para el presente como una visión profética del futuro.
Una de las verdades más importantes que se dieron a conocer a José Smith fue el concepto de dispensación, el principio de que Dios se ha revelado a Sí mismo y ha revelado la plenitud de Su Evangelio a hombres y mujeres durante épocas, eras o dispensaciones de tiempo determinadas. El cabeza de una dispensación es llamado a ser el principal revelador profético de Dios, de Cristo y del plan de salvación al mundo durante ese período. Es probable que el Dios del cielo declarara a videntes y reveladores como Enoc, Noé, Abraham y Moisés lo mismo que declaró al cabeza de nuestra propia dispensación: “Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti” (Doctrina y Convenios 5:10); es decir, si el conocimiento y el poder de Dios han de llegar a los habitantes de la tierra durante una dispensación específica, llegarán por medio de la obra y el ministerio iniciados por el cabeza de esa dispensación, o no llegarán en absoluto.
En ese océano de inteligencia que hemos llegado a conocer como la dispensación del cumplimiento de los tiempos desembocan los ríos de verdad y poder de las dispensaciones anteriores. Quienes poseen las llaves del sacerdocio en la actualidad lo hacen en conexión con todos aquellos que han recibido una dispensación en cualquier momento desde el principio de la Creación, y esta dispensación final es, por tanto, tanto una continuación como una culminación de la obra y la gloria del Padre (véanse Doctrina y Convenios 112:30–32; 128:18, 20). Por ello, el Profeta enseñó: “Ahora bien, Su propósito en la escena final de la última dispensación es que todas las cosas pertenecientes a esa dispensación se lleven a cabo precisamente de acuerdo con las dispensaciones anteriores. Y, además, Dios se propuso que no hubiera una plenitud eterna hasta que cada dispensación se hubiera cumplido y reunido en una sola, y que todas las cosas que hubieran de reunirse en una de esas dispensaciones para alcanzar la misma plenitud y gloria eterna estuvieran en Cristo Jesús” (Enseñanzas, pág. 168). Esta obra cumple así la profecía del apóstol Pablo, quien escribió que, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, el Señor reuniría todas las cosas en una, en Cristo (véanse Efesios 1:10 y Doctrina y Convenios 27:13).
Y así volvemos al punto donde comenzamos. El Evangelio de Cristo es eterno. Fue entregado a los habitantes de la tierra en el principio. A lo largo de las épocas, ha sido predicado por profetas cristianos que conocían a su Señor y procuraban ser fieles a los convenios y las ordenanzas divinos. Dios ama a todos los hombres y a todas las mujeres y está deseoso de iluminarlos de todas las maneras que pueda. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nos ocupamos de asuntos sagrados, asuntos antiguos y eternos, asuntos que se analizaron y preordenaron desde antes de la fundación del mundo, asuntos que prepararán a esta tierra para soportar la venida del Rey de reyes. Lo que creen los Santos de los Últimos Días es lo que creían los santos de la antigüedad. La doctrina que creemos nos vincula, por tanto, con el pasado y nos señala un futuro glorioso.


























