Capítulo 4
Dios el segundo: el Redentor
Oíd, oh cielos, y escucha tú, oh tierra, y regocijaos, vosotros los habitantes de ellos, porque el Señor es Dios, y aparte de él no hay Salvador. —Doctrina y Convenios 76:1
En el corazón de la doctrina restaurada por medio del profeta José Smith se encuentra la doctrina de Cristo. “Los principios fundamentales de nuestra religión”, observó en una ocasión el vidente moderno, “son el testimonio de los Apóstoles y Profetas concerniente a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso” (Enseñanzas, pág. 121). La realidad es que Adán cayó y nosotros estamos sujetos a los efectos de esa caída. La gloriosa noticia y las buenas nuevas son que Cristo nuestro Señor ha venido a la tierra, se ha ofrecido a Sí mismo como rescate por el pecado y ha hecho posible la liberación de la muerte, del infierno y del tormento sin fin. Nos regocijamos en el mensaje de redención que salió de los labios de los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Más particularmente, nos exultamos al comprender que a los Santos de los Últimos Días se les han dado conocimiento, verdad, luz y entendimiento acerca de Jesucristo —quién fue, quién es y qué maravillas se han realizado por medio de Él— mediante registros adicionales de las Escrituras y declaraciones proféticas modernas. Al igual que Jacob, nos maravillamos de la misericordia, la sabiduría, la bondad y la grandeza del Santo de Israel. (Véase 2 Nefi 9:8–13).
El Cristo cósmico
Hay muchas voces en el mundo actual: voces seductoras, voces que reclaman nuestra atención. A la izquierda oímos las burlas de los incrédulos, de quienes denigran la religión y menosprecian la fe sencilla. A la derecha se encuentran los tonos discordantes de quienes poseen un celo excesivo, personas espiritualmente inestables que se esfuerzan por ser más fieles que los fieles. Otros proclaman que no hay Dios, que todo es producto de sucesos fortuitos, que los hombres y las mujeres no son más que animales y que el éxito solo llega a los más aptos, que sobreviven en la selva del mundo. A nuestro alrededor vemos las diversas denominaciones cristianas, algunas de las cuales proclaman: “He aquí está el Cristo, o allí” (Mateo 24:23). Muchos de ellos son hombres y mujeres sinceros y bienintencionados que procuran con ahínco descubrir y luego conocer a su Salvador.
En medio del clamor de las voces y de la confusión generada por afirmaciones contradictorias, el profeta José Smith se destaca como el principal revelador profético de Jesucristo al mundo en esta última era de la historia de la tierra. Por medio del Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Perla de Gran Precio, la traducción de la Biblia de José Smith, la certeza esclarecedora que proviene de labios proféticos y el poder del Espíritu Santo, los Santos de los Últimos Días pueden conocer a su Señor. Principalmente mediante la revelación de los últimos días, junto con la Biblia, testificamos del Cristo cósmico, del Señor y Salvador cuyos nombres y títulos son innumerables y cuyas funciones son muchas. A continuación expondremos algunas de esas funciones.
1. El Primogénito. La revelación moderna atestigua que Jesús fue el primogénito de los hijos espirituales de Dios el Padre y, por tanto, el receptor de la primogenitura de la familia real. Como tal, en aquel ámbito preterrenal fue el Hermano Mayor de todos los hijos y las hijas espirituales del Padre. Por medio del Evangelio —el poder de Dios para salvación, puesto a nuestro alcance mediante Su sacrificio expiatorio—, Cristo invita a todas las personas a venir a Él, participar de Su poder purificador y llegar a ser coherederos con Él de todo lo que el Padre tiene. “Estuve en el principio con el Padre”, afirma nuestro Señor en una revelación moderna, “y soy el Primogénito; y todos los que son engendrados por medio de mí son participantes de la gloria de él, y son la iglesia del Primogénito” (Doctrina y Convenios 93:21–22).
2. Jehová: el gran Yo Soy. El hombre Jesús fue y es Jehová el Todopoderoso, el que fue, el que es y el que será para siempre. Él es quien es, el que existe por Sí mismo, el que hace que las cosas sean, el que las trae a la existencia. Como Jehová, llegó a ser el principal defensor y promotor del plan del Padre Eterno, Aquel que dijo: “Hágase tu voluntad” (Moisés 4:2). Fue Él quien se ofreció voluntariamente a poner en pleno vigor todos los términos y condiciones de aquel majestuoso plan. Fue Jehová quien se manifestó a Adán y Eva después de la Caída, quien se reveló a Enoc (véase Moisés 7:54–55) y a Noé (véase Moisés 8:19), quien dio a conocer el plan de vida y salvación a Abraham, Isaac, Jacob y a todos los fieles del Antiguo Testamento (véase 1 Nefi 19:10). Fue Jehová quien dio la ley de Moisés al antiguo Israel (véase 3 Nefi 15:5), quien habló a Mahonri Moriáncumer y dirigió a los jareditas (véase Éter 3, 6), quien condujo a los descendientes de Lehi a una tierra de promisión y quien inspiró y facultó a Jacob, Benjamín, Abinadí, Alma y Samuel.
3. El Creador. Como espíritu, Jehová creció en conocimiento y poder hasta llegar a ser “semejante a Dios” (Abraham 3:24). Bajo la dirección del Padre y en compañía de “los nobles y grandes”, creó este mundo y todas las cosas que hay sobre su faz (Abraham 3:22–24; véase también 4:1). Además, llegó a ser el Creador de “incontables mundos” (Moisés 1:33; véanse también Doctrina y Convenios 76:24; Moisés 7:30). Como “el Señor Omnipotente”, llegó a ser conocido por los antiguos como “el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio” (Mosíah 3:5, 8). A los nefitas les declaró: “He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay. Yo era con el Padre desde el principio” (3 Nefi 9:15).
4. El Mesías prometido. Por medio de su traducción inspirada de Génesis, una parte de la cual tenemos ahora como el libro de Moisés, el profeta José aprendió que a nuestros primeros padres se les mandó ofrecer las primicias de sus rebaños como ofrenda al Señor. Adán y Eva fueron obedientes, y un ángel les enseñó que el sacrificio de animales era “una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre”. “Por consiguiente”, instruyó el ángel, “harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:5–8). Y así fue como, desde los albores del tiempo en este mundo, los hombres y las mujeres esperaron con el ojo de la fe aquel “gran y postrer sacrificio” (Alma 34:13) que abriría la puerta a la redención. Jehová vendría a la tierra como el Mesías, el Ungido, el Cristo. Desde Adán hasta Zacarías y desde Zenós hasta Abinadí, los profetas de la antigüedad hablaron de la venida del Santo de Israel, el Cordero inmolado desde el principio del mundo. Verdaderamente, como declaró Jacob, descendiente de Lehi, “ninguno de los profetas ha escrito ni profetizado sin que haya hablado concerniente a este Cristo” (Jacob 7:11).
5. El Unigénito en la carne. La revelación moderna certifica que Jesús de Nazaret es literalmente el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre en la carne. No es el Hijo del Espíritu Santo, ni es el Hijo del Padre en algún sentido místico o metafórico; es el Hijo de Dios Todopoderoso. En verdad, es el “Hijo del Hombre”, es decir, el Hijo del “Hombre de Santidad” (Moisés 6:57). De María, Su madre, una mujer mortal, heredó la mortalidad, la capacidad de morir. De Elohim, Su exaltado Padre, heredó los poderes de la inmortalidad, el poder para expiar los pecados de la humanidad, para levantarse de entre los muertos y para dar inicio a la resurrección de todos los demás mortales. Esa doble herencia lo hizo apto y lo facultó para llevar a cabo el sacrificio expiatorio infinito y eterno. Verdaderamente, como enseñó Helamán, “ha recibido poder del Padre para redimirlos de sus pecados por motivo del arrepentimiento” (Helamán 5:11). Juan el Bautista testificó: “Y yo, Juan, doy testimonio de que vi su gloria, como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, sí, el Espíritu de verdad que vino y moró en la carne, y habitó entre nosotros” (Doctrina y Convenios 93:11).
6. El Padre y el Hijo. Por medio de José Smith y de sus sucesores proféticos ha llegado un entendimiento esclarecedor acerca del ministerio de nuestro Señor como el Padre y el Hijo. Si bien es cierto que la palabra Padre se utiliza con respecto a Elohim como el Padre de nuestros espíritus, las Escrituras y los portavoces inspirados de esta dispensación atestiguan que Jesús también es conocido como el Padre: Padre como Creador de los cielos y de la tierra (véase Alma 11:39), Padre por ser quien efectúa nuestra renovación y nuestro renacimiento espirituales (véanse Mosíah 5:7; Doctrina y Convenios 25:1) y Padre por investidura divina de autoridad. Nuestro Salvador, como el Verbo del Padre y el “mensajero de salvación” (Doctrina y Convenios 93:8), está autorizado y designado para actuar y hablar en nombre del Padre, en primera persona por el Padre, como si fuera el Padre.
7. El Ser Perfecto. Las revelaciones de la Restauración confirman y aclaran la verdad bíblica de que Jesús de Nazaret fue y es el único mortal que ha recorrido las sendas de la tierra sin cometer pecado. El Profeta enseñó que Jesús “guardó la ley de Dios y permaneció sin pecado, mostrando así que está al alcance del hombre guardar la ley y permanecer también sin pecado; y también, para que por medio de Él viniera un juicio justo sobre toda carne, y para que todos los que no andan en la ley de Dios puedan ser justamente condenados por la ley y no tengan excusa por sus pecados” (Discursos sobre la fe, 5:2). Jesús nunca dio un paso atrás y, por tanto, nunca perdió el derecho a la influencia del Espíritu de Su Padre. “¿Dónde está el hombre que esté libre de vanidad?”, preguntó José Smith. “Nadie ha sido perfecto sino Jesús; ¿y por qué fue perfecto? Porque era el Hijo de Dios y tenía la plenitud del Espíritu y mayor poder que cualquier hombre” (Enseñanzas, págs. 187–188; compárese con TJS, Juan 3:34). El Salvador fue y es el Santo de Israel, el único ser en la eternidad que no tenía deuda alguna con la justicia divina y que, por ello, podía “reclamar del Padre sus derechos de misericordia que él tiene sobre los hijos de los hombres” (Moroni 7:27).
8. El Salvador lleno de gracia. Ya en la primavera de 1820, en aquella gloriosa teofanía que llamamos la Primera Visión, nuestro Divino Redentor instruyó al joven profeta: “José, hijo mío, tus pecados te son perdonados. Sigue tu camino, anda en mis estatutos y guarda mis mandamientos. He aquí, soy el Señor de gloria. Fui crucificado por el mundo para que todos los que crean en mi nombre tengan vida eterna” (Los documentos de José Smith, 1:6; ortografía y puntuación modernizadas). Así, entre las primeras verdades impartidas en esta última dispensación se encontraba la verdad fundamental de que la salvación está en Cristo y que la redención y la remisión de los pecados no vienen de ninguna otra manera. Las revelaciones de la Restauración proclaman con voz de trueno que Jesús de Nazaret vivió, que ministró en la carne, que sanó a los enfermos y levantó a los muertos, que sufrió en Getsemaní y en la cruz, que murió y que se levantó de entre los muertos en gloriosa inmortalidad. José Smith y Sidney Rigdon dieron testimonio: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!” (Doctrina y Convenios 76:22). Mientras los teólogos de la época de José Smith proseguían la búsqueda del “Jesús histórico” —una búsqueda que continúa en nuestros días—, el profeta de la Restauración afirmó reiterada y constantemente que el Jesús de la historia fue y es el Cristo de la fe, “probando al mundo que las Santas Escrituras son verdaderas” (Doctrina y Convenios 20:11).
Existe muchísima confusión en el mundo cristiano actual con respecto a la gracia y las obras: lo que debemos hacer y lo que solo el Salvador puede hacer. Algunos consideran que cualquier cosa que vaya más allá de una confesión verbal de fe en Cristo es una obra, un esfuerzo humano que en realidad demuestra falta de fe. En el otro extremo del espectro teológico se encuentran quienes llegan a preocuparse tanto por las obras que casi parecen estar esforzándose por salvarse a sí mismos. Como suele suceder, la verdad completa sigue una senda entre los dos extremos. Tal como se presenta especialmente en el Libro de Mormón, el convenio del Evangelio consta de dos partes: lo que debemos hacer y se espera que hagamos, y lo que Dios debe hacer por nosotros, cosas que no podríamos hacer por nosotros mismos. La revelación moderna declara que, en efecto, somos salvos por la gracia de Cristo. No podemos resucitarnos a nosotros mismos, del mismo modo que no podemos crearnos a nosotros mismos. No podemos cambiar nuestra naturaleza y convertirnos en nuevas criaturas en Cristo sin ayuda divina. No podemos hallar satisfacción al vivir el Evangelio solo mediante la fuerza de voluntad, el autodominio o la determinación personal; la paz y el gozo de vivir el Evangelio son frutos del Espíritu. Por otra parte, se espera que recibamos las ordenanzas de salvación, nos abstengamos de la impiedad y hagamos todo lo posible por guardar los mandamientos todos nuestros días. Estos esfuerzos demuestran nuestra disposición a permanecer en el convenio del Evangelio. A partir de ahí aprendemos a confiar “íntegramente en los méritos” de Cristo (2 Nefi 31:19; véase también Moroni 6:4), a comprender que somos redimidos “a causa de la justicia de [nuestro] Redentor” (2 Nefi 2:3) y a saber que, al final, somos salvos por la gracia de Cristo, “después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23). Por tanto, se exhorta a los santos de Dios a “creer en el evangelio y […] confiar en los méritos de Jesucristo, y […] ser glorificados por medio de la fe en su nombre” (Doctrina y Convenios 3:20).
9. El Libertador entre los espíritus sin cuerpo. La Santa Biblia enseña que la misión del Redentor se extendió más allá del velo de la muerte y continuó después de Su propio fallecimiento, aunque no lo hace con claridad inequívoca. Por medio de Isaías, el Señor Jehová proclamó: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ha ungido Jehová para predicar buenas nuevas a los mansos; me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y a los presos apertura de la cárcel” (Isaías 61:1). Que Jesús fue, en efecto, el cumplimiento de esta profecía queda claro por Su propio testimonio (véase Lucas 4:18–19). El profeta José Smith, como parte de su traducción inspirada de la Biblia del rey Santiago, aportó el toque esclarecedor de la inspiración divina a la primera epístola de Pedro: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado por el Espíritu, para llevarnos a Dios. Por esta causa, también fue y predicó a los espíritus encarcelados; algunos de los cuales fueron desobedientes en los días de Noé. […] Por esto, se predica el evangelio a los que han muerto, para que sean juzgados según los hombres en la carne, pero vivan en el espíritu según la voluntad de Dios” (TJS, 1 Pedro 3:18–20; 4:6). En un sermón pronunciado el 12 de mayo de 1844, José Smith enseñó: “Quienes no obedezcan el Evangelio irán al mundo de los espíritus y permanecerán allí hasta que hayan pagado el último cuadrante o hasta que alguna persona pague las deudas que tienen. Ahora bien, todos los que mueren en la fe van a la prisión de los espíritus a predicar a los que están muertos en el cuerpo, pero vivos en el espíritu”. Otro relato de este sermón dice lo siguiente: “Los sectarios no tienen caridad para conmigo, pero yo sí la tengo para con ellos. Tengo la intención de enviar hombres a la prisión para predicarles” (Las palabras de José Smith, págs. 370, 371; ortografía y puntuación modernizadas). Naturalmente, correspondería a Joseph F. Smith anunciar al mundo verdades esclarecedoras adicionales acerca de la obra de la redención de los muertos (véase Doctrina y Convenios 138).
10. El Rey de reyes y Señor de señores. Sabemos por la revelación moderna que Jesús de Nazaret fue y es el Cristo, el Santo de Israel. Sabemos que vino a la tierra para enseñar, para limpiar y santificar el corazón humano, y para morir y levantarse del sepulcro. Además, vino a la tierra como administrador legítimo, facultado para conferir autoridad a otros. Ordenó, apartó y confirió sacerdocios, llaves y autoridad, y así estableció Su Iglesia y Su reino sobre la tierra. Aquella Iglesia de Jesucristo cayó en la apostasía después de la muerte de los Apóstoles, y las llaves de autoridad se perdieron del mundo durante casi dos milenios. El llamamiento de José Smith marcó no solo una restauración de verdades divinas, sino también una restauración de los poderes necesarios para restablecer el reino de Dios sobre la tierra, esta vez para permanecer para siempre. La gloriosa restauración, que comenzó en la primavera de 1820, continuará hasta el Milenio y durante este. Jesucristo reinará entonces, en aquel magnífico día de paz y gloria, como el Segundo David, el Rey de Israel y de toda la tierra, el Rey de reyes. Y esta tierra será Suya. Por tanto: “Invocad al Señor, para que su reino se extienda sobre la tierra, para que los habitantes de ella lo reciban y estén preparados para los días que han de venir, en los cuales el Hijo del Hombre descenderá del cielo, revestido del resplandor de su gloria, para recibir el reino de Dios establecido sobre la tierra. Por tanto, extiéndase el reino de Dios, para que venga el reino de los cielos” (Doctrina y Convenios 65:5–6).
La Expiación infinita
Por medio de José Smith ha llegado la realidad, que amplía la mente y conmueve el alma, de que la expiación de Jesucristo es infinita en su alcance. La Expiación es infinita en el sentido de que abarca todos los pecados, con excepción del asesinato y del pecado contra el Espíritu Santo, y hace así posible la redención para todas las personas (véase Artículos de Fe 1:3). En el capítulo 2 analizamos brevemente el carácter atemporal de la expiación de Cristo: se extiende desde un pasado lejano hasta un futuro lejano, y sus efectos fueron, son y serán sentidos por todos los habitantes de este mundo, desde Adán hasta el fin de la tierra. En segundo lugar, la expiación de Cristo es infinita porque vence aquello que todos los mortales tienen en común: la muerte física. “A menos que fuera una expiación infinita”, explicó Jacob, “esta corrupción no podría revestirse de incorrupción”. En tal caso, “esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás” (2 Nefi 9:7).
En tercer lugar, la expiación del Salvador es infinita en el sentido de que Él es un ser infinito. Jesús pudo hacer por nosotros lo que sencillamente no habríamos podido hacer por nosotros mismos. Para empezar, Su ofrenda fue sin pecado, un acto realizado por alguien que fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Además, y quizá lo más importante, Cristo pudo hacer lo que hizo —sufrir en Getsemaní y en el Calvario, así como levantarse del sepulcro en gloriosa inmortalidad— debido a quién era y a lo que era. “Por eso me ama el Padre”, dijo Jesús, “porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla [mortalidad], y tengo poder para volverla a tomar [inmortalidad]. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:17–18).
Helamán dio otro testimonio de que el Salvador “ha recibido poder del Padre para redimir [a las personas] de sus pecados por motivo del arrepentimiento” (Helamán 5:11). Amulek también dio testimonio del Mesías al declarar que “no hay hombre alguno” —es decir, un simple mortal, alguien que no posea los poderes de Dios— “que pueda sacrificar su propia sangre, la cual expíe los pecados de otro. Y bien, si un hombre asesina, he aquí, ¿tomará nuestra ley, que es justa, la vida de su hermano? Os digo que no. Pero la ley requiere la vida de aquel que ha asesinado; por tanto, nada hay, a no ser una expiación infinita, que pueda responder por los pecados del mundo”. En verdad, “ese grande y postrer sacrificio será el Hijo de Dios, sí, infinito y eterno” (Alma 34:11–12, 14).
En cuarto lugar, la expiación de Cristo es infinita en el sentido de que su influencia se extiende a todos los mundos que Cristo ha creado. Lo que Él crea, lo redime. El Evangelio de Jesucristo son “las buenas nuevas […] [de] que vino al mundo, sí, Jesús, para ser crucificado por el mundo y para llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda iniquidad; para que por medio de él fuesen salvos todos aquellos a quienes el Padre había puesto en su poder y hecho mediante él” (Doctrina y Convenios 76:40–42). Al hablar con Moisés en el monte, Dios declaró: “Y por la palabra de mi poder los he creado, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad. Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado. […] Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser” —es decir, han pasado a su gloria— (Moisés 1:32–33, 35).
Al expresar su testimonio del Maestro, el Profeta afirmó: “¡Que vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (Doctrina y Convenios 76:22–24). En una versión poética de estos versículos de la visión de las glorias, José Smith escribió:
Y oí una gran voz que testificaba desde el cielo:
Él es el Salvador y el Unigénito de Dios;
Por Él, de Él y por medio de Él fueron hechos todos los mundos,
Sí, todos los que recorren los cielos tan vastos,
Cuyos habitantes también, del primero al último,
Son salvos por el mismísimo Salvador nuestro;
Y, por supuesto, son engendrados hijas e hijos de Dios,
Por las mismísimas verdades y los mismísimos poderes.
(“La respuesta”, Tiempos y Estaciones, 4:82–83).
Conclusión
Jesucristo es la figura central de la doctrina y la práctica de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él es “Dios el segundo, el Redentor” (Enseñanzas, pág. 190). Centramos nuestra adoración en Dios el Eterno Padre y dirigimos a Él nuestras oraciones (véanse 2 Nefi 25:16; Jacob 4:5). Dios dio mandamientos a nuestros primeros padres para que “lo amaran y lo sirvieran a él, el único Dios verdadero y viviente, y que él fuese el único ser a quien debían adorar” (Doctrina y Convenios 20:19; véanse también 18:40; TJS, Juan 4:24). Esto, al igual que todas las cosas —sermones, testimonios, oraciones y ordenanzas—, lo hacemos en el nombre de Jesucristo (véanse 3 Nefi 18:19; Moisés 5:8).
Adoramos a Cristo el Hijo al reconocerlo como la fuente de la verdad y de la redención, como la luz y la vida del mundo, como el camino al Padre (véanse Juan 14:6; 2 Nefi 25:29; 3 Nefi 11:11). Lo adoramos al acudir a Él en busca de liberación y procurar emular Su vida incomparable (véase Doctrina y Convenios 93:11–20). Verdaderamente, como proclamó Nefi: “Hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo, […] para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26). José Smith se destaca como el principal testigo profético de Cristo para esta dispensación. Por medio de lo que el Profeta ha dado a conocer, se nos invita a venir a Cristo —a aprender de Él, a escuchar Sus palabras, a “camina[r] en la mansedumbre de [su] Espíritu” (Doctrina y Convenios 19:23)— y, de ese modo, a crecer en una profunda unión espiritual con aquel Señor a quien pertenecemos.


























