Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 21

El monte de la Casa del Señor 

Y acontecerá en los postreros días que será establecido el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.
Y vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará acerca de sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. —Isaías 2:2–3


Los Santos de los Últimos Días difícilmente podrían afirmar que poseen la fe del antiguo Israel sin afirmar al mismo tiempo que han recibido, como parte de esa restauración, el concepto de la adoración en el templo. Siempre que el Señor ha tenido un pueblo al que ha reconocido como Suyo, este ha sido un pueblo que edificaba templos. Así, desde los días de Adán hasta la época de Cristo, existieron templos en los que se efectuaban ceremonias y ordenanzas sagradas, se recibían revelaciones y el Señor se manifestaba a los fieles. “Por esta causa”, dijo el Señor a José Smith, mandé a Moisés que construyera un tabernáculo, para que lo llevaran consigo en el desierto, y que edificara una casa en la tierra de promisión, a fin de que se revelaran esas ordenanzas que habían estado ocultas desde antes que el mundo fuese.

Por tanto, de cierto os digo, que vuestros lavamientos y vuestras unciones, y vuestros bautismos por los muertos, y vuestras asambleas solemnes y vuestros memoriales para vuestros sacrificios por los hijos de Leví, y para vuestros oráculos en vuestros lugares santísimos, donde recibís comunicaciones, y vuestros estatutos y juicios, para el principio de las revelaciones y fundación de Sion, y para la gloria, honra e investidura de todos sus ciudadanos, se decretan por la ordenanza de mi santa casa, la cual mi pueblo siempre ha recibido el mandato de construir a mi santo nombre (Doctrina y Convenios 124:38–39).

La tradición sostiene que en Jerusalén, en la época de Cristo, pudo haber hasta 480 sinagogas. Su función era auxiliar a la del templo, que constituía el centro del sistema hebreo de adoración. Puesto que el templo ocupaba el lugar central en la fe de los santos del Antiguo Testamento, se entendía que su propia existencia era una manifestación del favor de Dios que reposaba sobre aquella nación. Cuando Cristo dijo a quienes poseían un sacerdocio corrompido que el templo sería destruido, estaba profetizando la destrucción de su nación. La declaración adicional de que no quedaría piedra sobre piedra era un anuncio profético de su dispersión entre las naciones de la tierra (véanse José Smith—Mateo 1:3–4; Doctrina y Convenios 45:18–21). Por tanto, la restauración del templo y la realización de las ordenanzas sagradas en él constituyen una certeza de que el Señor recuerda los convenios que hizo con Su antiguo pueblo del convenio y de que Israel ha de ser recogido.

El regreso de Israel en los últimos días

Tanto Isaías como Miqueas registraron una importante profecía acerca del templo en los últimos días. “Y acontecerá en los postreros días que será establecido el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y andaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Isaías 2:2–3; véase también Miqueas 4:1–2).

La profecía anuncia claramente que, en los últimos días, el templo volverá a ser el centro de la adoración entre el pueblo del Señor. Numerosas profecías anuncian que el Evangelio será llevado a toda nación, tribu, lengua y pueblo. La profecía indica que, a pesar de que el Evangelio será llevado hasta los extremos de la tierra, también será necesario que quienes lo abracen vengan a los “montes de la casa del Señor” para obtener ciertas bendiciones que una vez conocieron Jacob y los demás patriarcas de la antigüedad. Los santos entendían que las referencias a Sion y a Jerusalén representaban dos ciudades distintas: la Sion o Nueva Jerusalén que se menciona en los escritos de Enoc y en el Libro de Mormón, y la antigua Jerusalén, las cuales han de ser edificadas como ciudades santas para el Señor (véanse 3 Nefi 20:22; Éter 13:8–12; Moisés 7:62–63). Así, se nos dice que en los últimos días quienes estén “entre los gentiles” deben huir a Sion, y quienes sean de Judá deben “hu[ir] a Jerusalén, a los montes de la casa del Señor” (Doctrina y Convenios 133:12–13).

Como explicación, se dio una revelación por medio de José Smith en septiembre de 1832. “Sí, la palabra del Señor concerniente a su iglesia, establecida en los últimos días para la restauración de su pueblo, como lo ha declarado por boca de sus profetas, y para el recogimiento de sus santos sobre el monte de Sion, el cual será la ciudad de la Nueva Jerusalén. Esta ciudad será edificada, comenzando en el terreno del templo, que se ha señalado por el dedo del Señor, en las fronteras occidentales del estado de Misuri, y dedicado por mano de José Smith, hijo, y otros con quienes el Señor estaba bien complacido. En verdad, esta es la palabra del Señor, que la ciudad de la Nueva Jerusalén será edificada por el recogimiento de los santos, comenzando en este lugar, sí, el sitio del templo, el cual se edificará en esta generación. Porque en verdad, no pasará toda esta generación sin que se edifique una casa al Señor; y reposará sobre ella una nube, la cual será la gloria del Señor que llenará la casa” (Doctrina y Convenios 84:2–5).

Estos acontecimientos se expresan en el décimo Artículo de Fe, que declara que “creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las Diez Tribus”, y que Sion, es decir, la Nueva Jerusalén, “será edificada sobre el continente americano”. Por revelación se designó Independence, Misuri, como el lugar de la Nueva Jerusalén (véase Doctrina y Convenios 57:1–3). Las revelaciones y el entendimiento correspondiente de estos principios llegaron al Profeta “línea por línea”. En la conferencia de abril de 1844, observó que había habido considerable discusión acerca de dónde estaba Sion y dónde debían congregarse los santos. En respuesta, dijo: “Ahora voy a decíroslo. Los profetas han hablado y escrito sobre ello; pero haré una proclamación que abarcará un terreno más amplio. Toda América es Sion misma, de norte a sur, y así la describen los profetas, quienes declaran que es la Sion donde debe estar el monte del Señor y que este debe hallarse en el centro de la tierra. Cuando los élderes estudien y examinen las antiguas profecías de la Biblia, lo verán” (Enseñanzas, pág. 362).

Al continuar su instrucción sobre el asunto, José Smith explicó que en cuanto estén preparados el templo y la pila bautismal [la referencia aquí es al Templo de Nauvoo], tenemos la intención de dar a los élderes de Israel sus lavamientos y unciones, y efectuar aquellas ordenanzas finales y más solemnes sin las cuales no podemos obtener tronos celestiales. Pero debe prepararse un lugar santo para ese propósito. Se hizo una proclamación a tal efecto cuando se colocaron los cimientos del templo, y se han tomado disposiciones hasta que la obra esté terminada, para que los hombres puedan recibir sus investiduras y ser hechos reyes y sacerdotes para el Dios Altísimo, sin ocuparse de asuntos temporales, sino dedicando todo su tiempo a las cosas que pertenecen a la Casa de Dios. Sin embargo, debe edificarse un lugar expresamente para ese propósito y para que los hombres sean bautizados por sus muertos. Debe edificarse aquí, en este lugar central; porque todo hombre que desee salvar a su padre, madre, hermanos, hermanas y amigos debe pasar por todas las ordenanzas por cada uno de ellos por separado, tal como por sí mismo, desde el bautismo hasta la ordenación, los lavamientos y las unciones, y recibir todas las llaves y los poderes del sacerdocio, tal como por sí mismo.

He recibido instrucciones del Señor de que, de ahora en adelante, dondequiera que los élderes de Israel establezcan iglesias y ramas para el Señor por todos los estados, allí habrá una estaca de Sion. En las grandes ciudades, como Boston, Nueva York, etcétera, habrá estacas. Es una proclamación gloriosa, y la reservé para el final, con la intención de que se entendiera que esta obra comenzará después de que se hayan efectuado aquí los lavamientos, las unciones y las investiduras (ibíd., págs. 362–363).

Desde la época misma de su dispersión, los profetas del antiguo Israel anunciaron un día futuro de restauración. Isaías, Jeremías y Ezequiel hablaron mucho de estas cosas, pero las mayores profecías de consuelo para el Israel disperso se encuentran en el Libro de Mormón. Su mensaje, junto con las revelaciones de la Restauración, deja claro que los mayores acontecimientos de nuestra dispensación se centrarán en la proclamación del Evangelio a las naciones de la tierra y en la respuesta de la descendencia de Abraham a ese mensaje. Esa descendencia, de acuerdo con las promesas del convenio, sentirá que el mensaje le toca el corazón y será impulsada a abrazar la fe de sus antiguos padres. Esa fe la conducirá al monte de la Casa del Señor, a los templos del Señor que finalmente se edificarán por todo el mundo. Allí se renovará con ellos el convenio hecho con sus antiguos padres. Allí aprenderán a andar por sendas de fe con los “puros de corazón” de todas las épocas (Doctrina y Convenios 97:21; véase también 100:16; 101:18).

Un pueblo del templo

La importancia de estos acontecimientos pesaba tanto en la mente del Profeta que procuró oportunidades para iniciar a algunos en las ordenanzas del templo antes de que el edificio estuviera terminado. Esto se logró acondicionando habitaciones en el piso superior de su tienda de ladrillos en Nauvoo. Allí, el 4 de mayo de 1842, comenzó a administrar estos ritos sagrados. El diario del Profeta correspondiente a ese día dice:

Miércoles 4.—Pasé el día en la parte superior de la tienda, es decir, en mi oficina privada […] en consejo con el general James Adams, de Springfield, el patriarca Hyrum Smith, los obispos Newel K. Whitney y George Miller, el presidente Brigham Young y los élderes Heber C. Kimball y Willard Richards, instruyéndolos en los principios y el orden del sacerdocio, efectuando lavamientos, unciones, investiduras y la comunicación de llaves pertenecientes al Sacerdocio Aarónico, y así sucesivamente hasta el orden más alto del Sacerdocio de Melquisedec, exponiendo el orden perteneciente al Anciano de Días y todos aquellos planes y principios por los cuales cualquier persona puede asegurarse la plenitud de las bendiciones que se han preparado para la Iglesia del Primogénito, y ascender y morar en la presencia de los Elohim en los mundos eternos. En este consejo se instituyó el orden antiguo de las cosas por primera vez en estos últimos días. Y las comunicaciones que hice a este consejo eran de cosas espirituales, que solo podían recibir quienes tuvieran una mente espiritual; y nada se dio a conocer a estos hombres que no se vaya a dar a conocer a todos los santos de los últimos días, tan pronto como estén preparados para recibirlo y se prepare un lugar apropiado para comunicarlo, aun al más débil de los santos; por tanto, sean diligentes los santos en edificar el templo y todas las casas que Dios les haya mandado, o les mande en adelante, edificar; y esperen su turno con paciencia, con toda mansedumbre, fe y perseverancia hasta el fin, sabiendo con certeza que todas estas cosas a las que se hizo referencia en este consejo siempre se rigen por el principio de la revelación (Enseñanzas, pág. 237).

A lo largo de los años, no ha sido raro que las personas, particularmente al compartir el Evangelio con otros, enumeren las semejanzas entre el mormonismo y la iglesia del Nuevo Testamento. En tales conversaciones esperamos oír que se cite el sexto Artículo de Fe, que declara: “Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia Primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.”. Ciertamente, tales cosas constituyen evidencia de la veracidad de la Iglesia de los últimos días. Sin embargo, por impresionantes que puedan ser tales presentaciones, no captan la grandeza de José Smith y del mensaje de la Restauración. No es solo la iglesia del Nuevo Testamento la que nos ha sido restaurada, sino una iglesia conocida por los fieles de todas las épocas y dispensaciones pasadas. Una enumeración de quienes restauraron llaves ilustra este punto. José Smith recibió llaves del sacerdocio de Adán, Enoc, Rafael, Elías, Moisés, Elías el Profeta, Juan el Bautista, y Pedro, Santiago y Juan. Todos restauraron autoridad arraigada en el Antiguo Testamento. Aunque vivieron en los tiempos del Nuevo Testamento, Juan el Bautista trajo de nuevo el Sacerdocio Aarónico, y Pedro, Santiago y Juan, el Sacerdocio de Melquisedec.

Conclusión

En esto encontramos la grandeza del mensaje del Evangelio restaurado. No fue únicamente el oficio de Apóstol ni el Sermón del Monte lo que José Smith restauró; fue el convenio que Dios hizo con Abraham. Fue la promesa hecha a su descendencia dispersa entre todas las naciones de la tierra. Fue la promesa dada una y otra vez por los profetas desde la época de Moisés hasta la época de Cristo y después. Fue una promesa centrada en las ordenanzas y los ritos del templo. Fue la promesa resumida en las palabras de Isaías y Miqueas cuando describieron el regreso de Israel a “los montes de la casa del Señor”.

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