Capítulo 29
José Smith como traductor
He aquí, en esto hay sabiduría; sí, ser vidente, revelador, traductor y profeta, teniendo todos los dones de Dios, los cuales él confiere sobre el cabeza de la iglesia. —Doctrina y Convenios 107:92
José Smith fue llamado a hablar en nombre de Dios; era un profeta. Fue llamado a dar a conocer al pueblo de estos últimos días la intención y la voluntad de Dios; era un revelador. Fue llamado a recibir el poder divino de Dios y a obrar bajo su dirección; era un administrador legítimo. Y fue llamado a descubrir, dar a conocer y comunicar cosas que no son visibles al ojo natural; era un vidente. Su ministerio habría sido extraordinario aunque no hubiera hecho más que declarar las verdades salvadoras acerca de Dios, Cristo y el plan de redención, tal como Dios, Cristo y los ángeles ministrantes se las comunicaron. Pero hizo más, mucho más. Pocos hombres, si es que alguno, en la historia del mundo han sacado a luz más Escrituras, especialmente registros sagrados de la antigüedad escritos originalmente en lenguas antiguas. José Smith fue llamado a sacar a luz esos registros; era un traductor.
La obra de traducción
El rey Limhi preguntó a Ammón: «¿Sabes de alguien que pueda traducir? Porque deseo que estos anales [las veinticuatro planchas de oro que contenían el registro jaredita] sean traducidos a nuestra lengua; pues quizá nos darán conocimiento de un resto del pueblo que ha sido destruido, de donde vinieron estos anales; o tal vez nos darán conocimiento de este mismo pueblo que ha sido destruido; y quisiera saber la causa de su destrucción. Ahora bien, Ammón le dijo: De cierto puedo decirte, oh rey, de un hombre que puede traducir los anales [es decir, el rey Mosíah; véase Mosíah 21:28]; porque tiene con qué mirar y traducir todos los anales que son de fecha antigua; y es un don de Dios. Y a estas cosas se les llama intérpretes, y ningún hombre puede mirar en ellos a menos que se le mande, no sea que mire lo que no debe, y perezca. Y aquel a quien se le manda mirar en ellos, es llamado vidente» (Mosíah 8:12–13).
«He aquí, se llevará entre vosotros una historia», mandó el Señor cuando se organizó la Iglesia restaurada; «y en ella serás llamado vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo, élder de la iglesia por la voluntad de Dios el Padre, y la gracia de tu Señor Jesucristo» (Doctrina y Convenios 21:1). En una gran revelación sobre el sacerdocio, ese mismo Señor declaró: «Y además, el deber del Presidente del oficio del Sumo Sacerdocio es presidir a toda la iglesia, y ser semejante a Moisés; he aquí la sabiduría; sí, de ser vidente, revelador, traductor y profeta, teniendo todos los dones de Dios que él confiere sobre el cabeza de la iglesia» (Doctrina y Convenios 107:91–92; compárese con 124:125). Al igual que Mosíah, José Smith recibió acceso a los intérpretes, el Urim y Tumim, que utilizó para traducir el Libro de Mormón, así como los papiros egipcios que llegaron a constituir el libro de Abraham. Además, varias de las primeras revelaciones de nuestro actual libro de Doctrina y Convenios se recibieron por medio del Urim y Tumim (véanse Doctrina y Convenios 3, 6, 7, 11, 14, 15, 16, 17). Así como antiguos líderes proféticos como Noé (véase Diario de discursos 16:50), el hermano de Jared (véase Éter 3:24), Abraham (véase Abraham 3:1), Moisés (véanse Éxodo 28:30; Números 27:21; Deuteronomio 33:8) y David (véase Diario de discursos 18:156) utilizaron el Urim y Tumim para recibir revelación, ese Dios que es el mismo ayer, hoy y para siempre escogió hablar a Su Vidente de los últimos días por el mismo medio.
La idea de que José Smith tradujo registros antiguos resulta difícil de aceptar para algunos. Aunque el Profeta y algunos de los hermanos de la Escuela de los Profetas estudiaron hebreo bíblico durante un tiempo, José Smith no era lingüista. No era un erudito, al menos según los criterios de este mundo. Pero poseía la mente de Dios, disfrutaba de todos los dones del Espíritu y estaba en sintonía con el Infinito. En una ocasión dijo: «Yo […] he presenciado las visiones de la eternidad y contemplado las gloriosas mansiones de felicidad, así como las regiones y la miseria de los condenados. […] He oído la voz de Dios, he tenido comunión con ángeles y he hablado inspirado por el Espíritu Santo para la renovación del convenio sempiterno y para el recogimiento de Israel en los últimos días» (véase Historia de la Iglesia 6:77–78). Al hablar de su aprecio por una antigua traducción alemana de la Biblia, declaró: «Doy gracias a Dios por tener este libro antiguo; pero le agradezco más el don del Espíritu Santo. Tengo el libro más antiguo del mundo; pero [también] tengo en mi corazón el libro más antiguo, sí, el don del Espíritu Santo» (Enseñanzas, pág. 349). Por tanto, la instrucción del Profeta provenía del Espíritu. Sus maestros eran seres celestiales. Y la luz y la inteligencia que recibía eran puras, sin mezcla alguna con el conocimiento de los sabios del mundo.
El Señor con frecuencia llama a «lo débil del mundo, a los que son indoctos y despreciados» (Doctrina y Convenios 35:13) para que hagan Su obra. «¿Dónde está el sabio?», preguntó el apóstol Pablo. «¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este mundo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?». Pablo continuó señalando que «lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte» (véase 1 Corintios 1:20–21, 25–27). En efecto, la Restauración se ha llevado a cabo para que «lo débil del mundo salga y derribe a lo fuerte y poderoso, para que el hombre no aconseje a su prójimo, ni ponga su confianza en el brazo de la carne, sino para que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo; para que también la fe aumente en la tierra; para que se establezca mi convenio sempiterno; para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra, y ante reyes y gobernantes» (Doctrina y Convenios 1:19–23).
Al hablar de la salida a luz del Libro de Mormón, el élder Bruce R. McConkie observó:
El Libro de Mormón salió a luz y fue traducido por el don y el poder de Dios. No intervinieron la erudición ni el conocimiento de los sabios. No fue sacado a luz por gigantes intelectuales que hubieran sido instruidos en toda la sabiduría lingüística del mundo. Salió a luz por el poder del Espíritu Santo. El traductor dijo: «No soy instruido» (2 Nefi 27:19). El Señor respondió: «Los instruidos no […] leerán» el relato de las planchas (2 Nefi 27:20).
En esto hay una gran clave. El Libro de Mormón está traducido correctamente porque un hombre sin instrucción lo hizo por el don y el poder de Dios. Le tomó menos de sesenta días de traducción. La Biblia abunda en errores y traducciones incorrectas, a pesar de que los eruditos y traductores más instruidos de las distintas épocas trabajaron durante años y años con los manuscritos de la antigüedad para sacarla a luz.
La clave para comprender las Santas Escrituras no reside en la sabiduría de los hombres, ni en recintos académicos, ni en títulos universitarios, ni en el conocimiento del griego y del hebreo —aunque de todo ello pueden resultar perspectivas intelectuales particulares—, sino que las cosas de Dios solo se conocen y comprenden por el poder del Espíritu de Dios (véase 1 Corintios 2). («La Biblia: Un libro sellado», pág. 1).
La salida a luz de las Santas Escrituras
Y así ocurrió con José Smith. La educación formal puede ser de gran valor, pero también puede obstaculizar el progreso espiritual y la iluminación si uno no está dispuesto a dejarse enseñar. El Profeta era un vaso dispuesto a recibir, un conducto puro, un alumno receptivo que llegó a ser un maestro excepcional. Nadie conocía sus limitaciones con más claridad que el propio José. Sin embargo, Dios puede tomar a un alma sensible y sumisa, dispuesta a recibir instrucción, y llevar a cabo obras poderosas.
El Señor dijo a Oliver Cowdery: «Tan ciertamente como vive el Señor, que es tu Dios y tu Redentor, así también ciertamente recibirás un conocimiento de cuantas cosas pidas con fe, con un corazón sincero, creyendo que recibirás un conocimiento concerniente a los grabados sobre planchas antiguas, que son de antigüedad, las cuales contienen aquellas partes de mis Escrituras de que se ha hablado por la manifestación de mi Espíritu» (Doctrina y Convenios 8:1). Poco después, el Salvador instruyó a Oliver que, cuando se completara la traducción de las planchas de oro, «tengo otros anales, para cuya traducción te daré poder para ayudar» (Doctrina y Convenios 9:2). Estas dos revelaciones señalan la labor de traducción del Profeta con el Libro de Mormón, la traducción inspirada de la Biblia y el libro de Abraham.
El Libro de Mormón. El Libro de Mormón es en sí mismo una maravilla. Es una joya de valor incalculable, una obra de las Santas Escrituras cuyo valor no puede medirse. En realidad, no sabemos cómo tradujo el Profeta el Libro de Mormón. Tenemos diversos relatos de ese proceso, todos los cuales difieren un tanto en sus detalles. Las revelaciones declaran que Dios «le dio poder de lo alto para traducir el Libro de Mormón, por los medios preparados de antemano» (Doctrina y Convenios 20:8). De hecho, se le dio «visión y poder para traducir» (Doctrina y Convenios 3:12). El profeta José dijo sencillamente en la carta a Wentworth: «Por medio del Urim y Tumim traduje el registro por el don y el poder de Dios» (Documentos 1:431). Aunque nos gloriamos en la manera milagrosa en que el Señor tuvo a bien preparar e investir a un joven campesino sin instrucción, centramos nuestra atención en la realidad de que lo que importa es el texto, el contenido del Libro de Mormón; otras cosas, aunque fascinantes, resultan insignificantes cuando se comparan con el mensaje del propio Libro de Mormón.
Las buenas nuevas que llevamos al mundo son, por supuesto, las de Jesucristo, que fue crucificado. Pero las declaramos mediante el testimonio de un revelador moderno, un vidente contemporáneo, alguien que ha visto y sabe con certeza (véase Doctrina y Convenios 31:3–4). Ciertamente, la mayor evidencia física y espiritual del llamamiento de José Smith es el Libro de Mormón. Se puede tomar en las manos. Se puede palpar. Se puede leer, estudiar, meditar y orar acerca de él. O se puede ignorar, menospreciar, rechazar o atacar. Pero no se puede descartar con un simple ademán ni lanzando calificativos ofensivos contra él o contra su traductor. No es el libro el que está siendo juzgado; es el mundo. El Libro de Mormón exige una decisión, pues está en juego la salvación misma.
La traducción de la Biblia realizada por José Smith. En algún momento anterior a junio de 1830, el Señor mandó a José Smith que comenzara un estudio detenido de la versión del rey Santiago de la Biblia, estudio que llegó a conocerse como la «nueva traducción». El 8 de octubre de 1829, el Profeta y Oliver Cowdery compraron a E. B. Grandin, en Palmyra, Nueva York, una edición grande de la Biblia, del tipo que se usaba en los púlpitos. Esta fue la Biblia que se utilizó en la traducción. El Profeta leía de la Biblia y, bajo inspiración, dictaba a un escribiente —ya fuera Oliver Cowdery, Emma Smith, John Whitmer o Sidney Rigdon—, quien entonces escribía lo que se decía en hojas manuscritas. El trabajo con la Biblia se realizó sin la ayuda del Urim y Tumim. Lo primero que se reveló, fechado en junio de 1830, llegó a ser lo que conocemos como Moisés 1, un relato de una experiencia del profeta Moisés que no figura en la Biblia y que tuvo lugar en un monte cuyo nombre no se menciona. Después de este relato, el Profeta y su escribiente comenzaron a avanzar por Génesis, haciendo modificaciones en el texto según eran inspirados. Lo que ahora tenemos como el libro de Moisés en nuestra Perla de Gran Precio es la traducción de José Smith de los primeros capítulos de Génesis. Los traductores trabajaron con el texto de Génesis hasta el 7 de marzo de 1831, cuando una revelación les indicó que comenzaran la traducción inspirada del Nuevo Testamento (véase Doctrina y Convenios 45:60–62). Para entonces habían llegado hasta Génesis 19:35. Durante aproximadamente un mes se avanzó tanto en Génesis como en Mateo, hasta que, a principios de abril, se dedicó todo el tiempo y la atención al Nuevo Testamento.
La labor de traducción continuó hasta febrero de 1833, cuando se completó el Nuevo Testamento. Entonces los traductores regresaron al Antiguo Testamento. El 2 de julio de 1833, el Profeta escribió a los líderes de la Iglesia en Misuri y les indicó que él y su escribiente acababan de completar su traducción de la Biblia. En realidad, José trabajó con el texto durante los siguientes once años de su vida, editando, corrigiendo y refinando lo que había recibido por revelación. La traducción de la Biblia realizada por José Smith es una de las mayores evidencias de su llamamiento profético. En total, se modificaron más de 3410 versículos de la versión del rey Santiago mediante correcciones, adiciones y alguna supresión ocasional. No cabe duda de que, en muchos casos, estos cambios representan una restauración de textos antiguos que habían sido alterados o se habían perdido antes de la recopilación de la Biblia (véase el encabezamiento de Doctrina y Convenios 76). Ciertamente, ese es el caso de los conocimientos que recibió José Smith acerca de la Creación, la Caída y la Expiación, y de la obra de Adán y Eva (véase Moisés 2–6); la vida, el ministerio y la traslación de Enoc (véase Moisés 6–7); el ministerio cristiano de Noé (véase Moisés 8); la persona y los poderes de Melquisedec (véase TJS, Génesis 14:25–40); y las profecías de José de la antigüedad (véase TJS, Génesis 50:24–38). En el Nuevo Testamento, detalles doctrinales importantes acerca de Juan el Bautista (véase TJS, Lucas 3:4–11), el lugar de Jesús como el Verbo y el bautismo de Cristo (véase TJS, Juan 1:1–34), el Sermón del Monte como una especie de centro de capacitación misional para los Doce (véase TJS, Mateo 5–7) y decenas de otros cambios apuntan a una restauración dirigida por Dios.
En otros casos, puede ser que el profeta José restaurara conversaciones y enseñanzas, así como episodios de la vida de los antiguos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que realmente ocurrieron, pero que nunca se registraron. Además, no podemos pasar por alto la posibilidad de que, en algunos casos, las modificaciones del Profeta a la versión del rey Santiago representen una clase de comentario profético inspirado sobre el texto, una prerrogativa profética en la que no encontramos nada objetable y que ciertamente debe recibirse con entusiasmo. Y, sin duda, una razón por la que debemos tomar en serio la totalidad de la Traducción de José Smith es que el Profeta nunca se tomó el tiempo de especificar qué cambios eran restauraciones, cuáles eran armonizaciones y cuáles eran comentarios proféticos. No estamos autorizados a escoger cuáles de los oráculos proféticos aceptaremos y aplicaremos y cuáles no; se nos manda vivir «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Doctrina y Convenios 84:44).
Algunas de las verdades más importantes de nuestra dispensación llegaron como resultado directo de la traducción de la Biblia realizada por José Smith. Muchas provinieron de la traducción misma, mientras que muchas otras llegaron en forma de revelaciones —ahora registradas en Doctrina y Convenios— que surgieron de preguntas suscitadas por la traducción. En la primera categoría, consideremos los siguientes asuntos, tomados únicamente del Antiguo Testamento, que procedieron directamente de la traducción de José Smith:
- La creación de los espíritus y la creación espiritual (véase Moisés 2–3)
- La existencia preterrenal del género humano (véase Moisés 4)
- La revelación del Evangelio a Adán por medio de mensajeros celestiales; el bautismo, la confirmación y la ordenación de Adán (véase Moisés 6)
- El llamamiento y el ministerio profético de Enoc; el establecimiento de la antigua ciudad de Sion y su traslación (véase Moisés 6–7)
- Las enseñanzas del Evangelio impartidas por Noé (véase Moisés 8)
- El ministerio de Melquisedec y la traslación de Salem (véase TJS, Génesis 14)
- La edad de responsabilidad de los niños (véase TJS, Génesis 17)
- La diferencia entre los dos juegos de tablas que Moisés bajó del Sinaí (véanse TJS, Éxodo 34; TJS, Deuteronomio 10). Y así sucesivamente.
Además, consideremos que las siguientes secciones de Doctrina y Convenios llegaron como resultado directo de la traducción de la Biblia realizada por José Smith: Doctrina y Convenios 74, que trata de 1 Corintios 7:14; Doctrina y Convenios 77, que trata de Apocalipsis; Doctrina y Convenios 91, que trata de los libros apócrifos del Antiguo Testamento; y Doctrina y Convenios 132, que trata del matrimonio eterno. Quizás la más importante fue Doctrina y Convenios 76, la visión de las glorias, una de las revelaciones más grandes y sublimes que jamás se hayan dado o recibido, que llegó mientras José Smith y Sidney Rigdon meditaban sobre un cambio que habían hecho en Juan 5:29.
La Traducción de José Smith resultó ser un elemento vital en la educación espiritual del propio José Smith. El Profeta no intentó simplemente «mormonizar la Biblia», como han sugerido algunos críticos de la Traducción de José Smith; de hecho, en 1830 habría habido muy poco mormonismo con el cual mormonizarla. Más bien, al estudiar el texto de la versión del rey Santiago, llegó a saber por revelación lo que se había quitado, modificado y añadido, y qué cosas debían cambiarse para hacer más comprensibles las Escrituras a los Santos de los Últimos Días y al mundo. El Profeta consideraba que esta obra era una «rama de [su] llamamiento» (Historia de la Iglesia 1:238). Advirtió a los santos: «Dios [ha] cerrado con frecuencia los cielos a causa de la codicia que existe en la Iglesia. El Señor [acortará] Su obra en justicia, y a menos que la Iglesia reciba la plenitud de las Escrituras […], aún fracasará» (Enseñanzas, pág. 9). El Señor mismo tomó esta labor muy en serio. A Sidney Rigdon, el principal escribiente de la Traducción de José Smith, le dijo: «Y te doy el mandamiento de que escribas por él [el Profeta]; y se darán las Escrituras, tal como se hallan en mi propio seno, para la salvación de mis escogidos» (Doctrina y Convenios 35:20).
El libro de Abraham. En el verano de 1835, los líderes de la Iglesia en Kirtland compraron algunos papiros egipcios y cuatro momias a un hombre llamado Michael Chandler. El profeta José quedó fascinado con los papiros y pronto comenzó a traducirlos. Según los registros históricos: «Algunos de los santos de Kirtland compraron las momias y los papiros, […] y con W. W. Phelps y Oliver Cowdery como escribientes, yo [José Smith] comencé la traducción de algunos de los caracteres o jeroglíficos y, para nuestro gran gozo, descubrimos que uno de los rollos contenía los escritos de Abraham y otro los escritos de José de Egipto, etc.; aparecerá un relato más completo de ello en su debido lugar, a medida que proceda a examinarlos o desplegarlos. Verdaderamente podemos decir que el Señor está comenzando a revelar la abundancia de paz y verdad» (Historia de la Iglesia 2:236). Orson Pratt explicó: «El Profeta tradujo la parte de estos escritos que […] se encuentra en la Perla de Gran Precio y se conoce como el Libro de Abraham. Así veis que uno de los primeros dones que el Señor concedió para beneficio de Su pueblo fue el de la revelación: el don de traducir con la ayuda del Urim y Tumim, el don de sacar a luz registros antiguos y de tiempos remotos» (en Diario de discursos 20:65).
El profeta José trabajó en la traducción de los papiros durante los años siguientes, hasta que se publicaron, junto con los facsímiles, en 1842 en Tiempos y Estaciones. El comentario anterior acerca de los escritos de José sugiere que nuestro actual libro de Abraham no constituye la totalidad de la traducción. ¿Cuáles eran esos escritos? Ciertamente no hay nada en nuestro libro de Abraham que trate de José. Parley P. Pratt escribió que los papiros se encontraban «actualmente en proceso de traducción por medio del Urim y Tumim, y resultan ser un registro escrito en parte por el padre de los fieles, Abraham, y terminado por José mientras estaba en Egipto» (Estrella Milenaria 3:47). John Whitmer también comentó: «José el Vidente vio estos registros y, por la revelación de Jesucristo, pudo traducir estas palabras, que daban cuenta de nuestros antepasados. Gran parte de ellos fue escrita por José de Egipto, que fue vendido por sus hermanos; cuando todo esté traducido, será una historia agradable y de gran valor para los santos» (en McKiernan y Launius, Una historia temprana de los Santos de los Últimos Días, págs. 147–148).
El 1 de febrero de 1843, John Taylor, editor de Tiempos y Estaciones, animó a los miembros de la Iglesia a renovar sus suscripciones. Escribió: «Queremos señalar además que hemos recibido la promesa del hermano José de proporcionarnos más extractos del Libro de Abraham» (Tiempos y Estaciones 4:95). Los santos esperaban plenamente recibir más información de los papiros, presumiblemente información que ya se había traducido, además de lo que figura en el actual libro de Abraham. Asimismo, José Smith hizo referencia más de una vez a conocimientos doctrinales que había adquirido mediante la traducción de los papiros y que no son evidentes en el libro de Abraham. «Se concertó un convenio sempiterno entre tres personajes antes de la organización de esta tierra, y se relaciona con su dispensación de las cosas a los hombres sobre la tierra; estos personajes, según el registro de Abraham, son llamados Dios el primero, el Creador; Dios el segundo, el Redentor; y Dios el tercero, el testigo o Testador» (Enseñanzas, pág. 190). Apenas once días antes de su muerte, el Traductor comentó que había aprendido la doctrina de la pluralidad de Dioses «al traducir el papiro que ahora se encuentra en mi casa» (ibíd., pág. 373).
En años recientes se ha dicho mucho acerca del libro de Abraham, particularmente por parte de sus críticos. Con el descubrimiento en 1967 de algunos fragmentos de papiro que se cree que formaban parte del conjunto egipcio original, varios investigadores de historia y egiptólogos capacitados han sugerido que los fragmentos existentes tienen poco o nada que ver con Abraham, que son esencialmente textos funerarios, documentos que los antiguos utilizaban para preparar a hombres y mujeres para la sepultura y para entrar en el mundo venidero. Algunos Santos de los Últimos Días, en un esfuerzo por satisfacer a los críticos y evitarnos el conflicto entre el intelecto y la fe, han propuesto una especie de explicación intermedia: que los fragmentos tienen poco que ver con el libro de Abraham y que José Smith en realidad utilizó el papiro como punto de partida; es decir, que el papiro sirvió como una especie de catalizador para suscitar una revelación independiente, la cual provenía de Dios. Este grupo acepta el contenido del libro de Abraham, pero sugiere que el Profeta en realidad no estaba traduciendo los papiros.
Aunque este planteamiento puede satisfacer a algunos, a nosotros, como autores, nos resulta sumamente incómodo. Por una parte, este planteamiento no explica cosas como Abraham 1:12 y 1:14, y el facsímile número 2, figuras 8–21, donde se hace referencia a elementos que se encuentran en los papiros. José Smith creía que estaba traduciendo. Dijo que estaba traduciendo. Habló con frecuencia de ello en la Historia de la Iglesia (véase Historia de la Iglesia 2:238, 286, 334, 388; 3:27; 5:1). Otros hablaron de que lo hacía por medio del Urim y Tumim. Testificamos que José Smith sabía exactamente lo que estaba haciendo y que Abraham 1–5 procede de papiros que el Profeta poseía, pero que hoy no están disponibles, al igual que las planchas de oro.
Al igual que con el Libro de Mormón, hacemos bien en dedicar la mayor parte de nuestro tiempo y esfuerzo a estudiar los frutos de la traducción: el contenido doctrinal del libro de Abraham. En ese volumen adquirimos una comprensión más profunda de la existencia preterrenal; el concilio de los Dioses y la conferencia general de todos los espíritus; la creación de la tierra y de todas las formas de vida; los deseos de Abraham de disfrutar de las bendiciones del sacerdocio que tenían los antiguos; los orígenes de Egipto, los egipcios y los derechos al sacerdocio; y la visión que tuvo Abraham del cosmos y del lugar central de Jesucristo en el plan del Padre.
Conclusión
En el futuro seguramente llegaremos a comprender cómo tradujo el Profeta las planchas de oro, los papiros egipcios y la Biblia del rey Santiago. Todos y cada uno de nosotros veremos que era un hombre íntegro, que sabía de lo que hablaba y que realizó tareas sobrehumanas mediante la ayuda divina. Entretanto, aceptar la obra de José Smith como traductor trasciende lo que actualmente se conoce o está disponible en el ámbito de la erudición y, por lo tanto, entra en el ámbito de la fe. Si por ahora no podemos comprender cómo tradujo el egipcio reformado de las planchas de oro, podemos saborear la dulzura de lo que nos restauró. Si no podemos conciliar el texto del libro de Abraham con lo que los eruditos traducen de los facsímiles de los pocos fragmentos de papiro que poseemos, aun así podemos reconocer el espíritu de verdad en lo que él registró. Si encontramos que la traducción de la Biblia realizada por el Profeta no concuerda con los manuscritos hebreos o griegos, aun así reconocemos en ella el espíritu y el genio de un profeta. «Escudriñad diligentemente», exhortó el Señor en una revelación moderna, «orad siempre, sed creyentes, y todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien, si andáis en la rectitud y recordáis el convenio que habéis hecho el uno con el otro» (Doctrina y Convenios 90:24; cursiva agregada).
El Señor no nos pide que suspendamos toda actividad mental, que comprometamos nuestra integridad ni que confiemos en fábulas ingeniosamente inventadas. Lo que sí nos pide es que estemos dispuestos a ejercer fe, a creer en la realidad de lo que no se ve y a confiar en cosas que van más allá de las obras de nuestras propias manos o de la sabiduría de nuestros propios descubrimientos. Si somos leales y fieles a lo que creemos y sabemos en el corazón, el Señor todavía abrirá nuestra mente y hará que salgan a luz grandes descubrimientos en la tierra. Si, por otra parte, permitimos que lo que hemos descubierto únicamente mediante el estudio determine nuestra fe y nuestro compromiso, nos cerramos a un ámbito vital de la realidad e impedimos la acción de la mano de Dios. Nuestro estudio siempre debe estar moderado por la fe si deseamos ser leales a la obra de José Smith, quien anduvo y habló en la luz de la verdad divina. «Su mente fue abierta por las visiones del Todopoderoso», testificó el élder Wilford Woodruff, «y el Señor le enseñó por visión y revelación muchas cosas que nunca se enseñaron públicamente en sus días; porque el pueblo no podía soportar el torrente de inteligencia que Dios derramaba en su mente» (en Diario de discursos 5:83–84). José fue un profeta, un vidente y un revelador. Y fue un traductor. ¡Alabado sea Dios por sus traducciones!


























