Capítulo 17
Las ordenanzas de salvación
Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne. —Doctrina y Convenios 84:21
Con la introducción del concepto de un “sacerdocio de todos los creyentes” por parte de los protestantes después de la Reforma, y al apoyarse en las Escrituras como única autoridad, no es de extrañar que dejara de reconocerse la necesidad doctrinal de las ordenanzas o que, en el mejor de los casos, esta se volviera confusa e incierta. Durante la larga noche de la apostasía, muchos perdieron el conocimiento de aspectos como la eficacia salvadora de las ordenanzas, su función como conducto del poder divino y la necesidad de conservar la forma y la manera divinamente reveladas de efectuarlas. Por ello, desde los primeros días de la obra de la Restauración, el Señor comenzó a dar a conocer Su voluntad acerca de los sacramentos de la Iglesia, incluidos aquellos que conocemos como las ordenanzas de salvación.
El significado de las ordenanzas
La rectitud y la verdad producen orden, mientras que el mal y la iniquidad conducen a la confusión y al desorden. Al describir el estado de depravación que existía al final del relato nefita, Mormón habló de su pueblo como personas “sin civilización”, “sin principios”, “sin sentimientos” y, de manera bastante significativa, “sin orden y sin misericordia” (Moroni 9:11, 18, 20). Mientras que la fidelidad y la obediencia a la luz de Cristo y a los códigos y las normas morales producen paz, decencia y una mejor organización entre los hijos y las hijas de Dios, la indiferencia o la oposición a la ley divina producen caos y división. Nefi explicó que “el Espíritu del Señor no luchará siempre con el hombre. Y cuando el Espíritu cesa de luchar con el hombre, entonces viene una presta destrucción” (2 Nefi 26:11). Quienes ya no disfrutan de la influencia del Espíritu “están sin Cristo y sin Dios en el mundo; y son llevados de un lado para otro como paja que se lleva el viento” (Mormón 5:16). Cuando el Espíritu deja de luchar con los hombres y las mujeres, Satanás tiene “pleno poder sobre el corazón de los del pueblo”, y estos son “abandonados a la dureza de sus corazones y a la ceguedad de sus mentes” (Éter 15:19). El Santo Espíritu es un principio organizador, y cuanto más nos acerquemos a nuestro Padre Celestial, mayor será nuestra comprensión de la realidad, nuestra capacidad de ver las cosas como realmente son y de valorar nuestra verdadera relación con el hombre y con Dios.
La Casa del Señor es “una casa de orden” (Doctrina y Convenios 132:8), y Él espera que Sus siervos terrenales mantengan ese orden. “Organizaos”, instruyó a los miembros de la Escuela de los Profetas; “preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios; para que vuestras entradas sean en el nombre del Señor; vuestras salidas sean en el nombre del Señor; para que todas vuestras salutaciones sean en el nombre del Señor” (Doctrina y Convenios 88:119–120). “Por tanto, siendo vosotros agentes, estáis en la obra del Señor; y lo que hagáis conforme a su voluntad es asunto del Señor” (Doctrina y Convenios 64:29).
Una ordenanza es una ley, un estatuto, un mandamiento. Es una disposición, una guía, un medio de ordenar las cosas o de poner los asuntos en su lugar o en su debida relación con otros asuntos. En suma, una ordenanza es aquello que ayuda a mantener el orden. Las ordenanzas de Dios son los mandamientos y las reglas para gobernar y ordenar nuestra vida. Esta es la definición amplia de ordenanza. Así, el Señor, en Su prefacio a Doctrina y Convenios, explicó acerca del mundo religioso anterior a la Primera Visión: “Se han desviado de mis ordenanzas y han violado mi convenio sempiterno” (Doctrina y Convenios 1:15; énfasis añadido). Además, el Salvador proporcionó un modelo para discernir entre los impostores y los verdaderos siervos de Dios. Sabremos que un hombre es quien dice ser “si obedece mis ordenanzas” (véase Doctrina y Convenios 52:15–16). La obediencia a las leyes de Dios es un requisito previo para recibir la aprobación del cielo. Si alguien viene entre nosotros afirmando tener autoridad divina para hablar o demostrando poder milagroso, solo tenemos que prestar atención a la manera en que observa las leyes y los estatutos de Dios.
“Y las llaves de los misterios del reino no le serán quitadas a mi siervo José Smith, hijo, por los medios que he señalado, mientras viva, si obedece mis ordenanzas” (Doctrina y Convenios 64:5). Esto no parece referirse a la disposición de José a ser bautizado, confirmado, ordenado o sellado, sino que es más bien una expresión de su necesidad de guardar los mandamientos del Señor. De igual manera, en una revelación a Brigham Young acerca del Campamento de Israel, vino la palabra del Señor: “Y este será nuestro convenio: Andaremos en todas las ordenanzas del Señor” (Doctrina y Convenios 136:4).
“Entre Sus leyes y mandamientos”, ha escrito el élder Bruce R. McConkie, “el Señor ha dispuesto ciertos ritos y ceremonias que también se llaman ordenanzas. Estas ordenanzas rituales podrían representarse como un pequeño círculo dentro del círculo mayor de las ordenanzas que son mandamientos. La mayoría de estos ritos y ceremonias, como lo ilustran el bautismo y el matrimonio celestial, son esenciales para la salvación y la exaltación en el reino de Dios; algunos de ellos, como la bendición de niños y la dedicación de sepulturas, no son ordenanzas de salvación, sino que se efectúan para el alivio, el consuelo y el ánimo de los santos” (Doctrina mormona, págs. 548–549; énfasis en el original). Las ordenanzas sirven como un conducto entre los cielos y la tierra, un medio por el cual Dios puede comunicar Su poder e impartir entendimiento divino a Su pueblo. Muchas de las ordenanzas sirven como maravillosos medios de enseñanza, transmitiendo verdades sagradas, así como poderes o privilegios sagrados. Por esta razón, se han efectuado, se efectúan y se efectuarán para siempre de una manera determinada.
Por ejemplo, sabemos que el bautismo por inmersión simboliza la muerte, la sepultura y la resurrección de nuestro Redentor a una vida nueva (véanse Romanos 6:3–5; Doctrina y Convenios 128:12). Debe efectuarse por inmersión para corresponder al símbolo, para expresar su significado simbólico. Así enseñó el Profeta:
Dios ha establecido muchas señales en la tierra, así como en los cielos; por ejemplo, el roble del bosque, el fruto del árbol y la hierba del campo llevan todos una señal de que allí se ha plantado semilla; porque es un decreto del Señor que todo árbol, planta y hierba que produzca semilla dé fruto según su especie, y no puede hacerlo conforme a ninguna otra ley o principio. Sobre ese mismo principio sostengo que el bautismo es una señal ordenada por Dios para que el creyente en Cristo la tome sobre sí a fin de entrar en el reino de Dios. […] Quienes procuren entrar por cualquier otro camino lo intentarán en vano; porque Dios no los recibirá, ni los ángeles reconocerán sus obras como aceptadas, pues no han obedecido las ordenanzas ni observado las señales que Dios dispuso para la salvación del hombre, para prepararlo y darle derecho a una gloria celestial. […]
El bautismo es una señal para Dios, para los ángeles y para el cielo de que hacemos la voluntad de Dios, y no hay otro camino bajo los cielos que Dios haya dispuesto para que el hombre venga a Él para ser salvo y entrar en el reino de Dios, salvo la fe en Jesucristo, el arrepentimiento y el bautismo para la remisión de los pecados; y cualquier otro proceder es en vano; entonces tenéis la promesa del don del Espíritu Santo (Enseñanzas, pág. 198).
La obediencia a las ordenanzas de salvación, entendidas tanto como mandamientos como ritos, es un requisito previo para recibir el poder de Dios, pues “los poderes del cielo […] no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (Doctrina y Convenios 121:36). Una revelación moderna declara que el “sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios. Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad. Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne; porque sin esto” —el poder de la divinidad— “ningún hombre puede ver la faz de Dios, sí, el Padre, y vivir” (Doctrina y Convenios 84:19–22). “Dios es conocido”, escribió el élder McConkie, en el sacerdocio, por medio de él y a causa de él; sin este permanecería desconocido. Por medio del sacerdocio se da a los hombres el Espíritu Santo, Consolador que es enviado para dar testimonio del Padre y del Hijo; además, mediante el sacerdocio los hombres pueden progresar en las cosas espirituales hasta alcanzar una comunión personal con la Deidad. […] En el santo sacerdocio y por medio de él, incluidas todas las leyes y los ritos que lo acompañan, el poder de la divinidad, o en otras palabras, el poder de la rectitud, se hace realidad en la vida de los hombres. Sin estas leyes y poderes del sacerdocio, el poder y la gloria de Dios no se revelarían al hombre sobre la tierra. Sin ellos no podrían ver la faz de Dios, pues, si lo hicieran, Su gloria los destruiría (El Mesías prometido, pág. 589).
Aquellos ritos o ceremonias que conocemos como los sacramentos u ordenanzas de salvación deben recibirse con rectitud para que tengan valor eterno para nosotros. Es decir, la dignidad y la compañía del Espíritu Santo son el terreno fértil para la eficacia de las ordenanzas. El Espíritu Santo es un revelador; nadie puede recibir el Espíritu Santo sin recibir revelación (véase Enseñanzas, pág. 328). El Espíritu Santo es un consolador, el medio divino por el cual la paz, el consuelo y la certeza llegan a los santos. El Espíritu Santo es un santificador, el medio por el cual los hombres y las mujeres son bautizados por fuego y nacen de nuevo, el medio por el cual la escoria y la iniquidad son eliminadas del alma como por fuego. El Espíritu Santo es el Santo Espíritu de la Promesa, el Santo Espíritu prometido a los fieles, el medio por el cual las ordenanzas y los convenios son ratificados, sellados y aprobados por Dios. Verdaderamente, “todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos, juramentos, votos, prácticas, uniones, asociaciones o aspiraciones que no son hechos, ni concertados, ni sellados por el Santo Espíritu de la promesa […] ninguna eficacia, virtud o fuerza tienen en la resurrección de los muertos, ni después; porque todo contrato que no se hace con este fin termina cuando mueren los hombres” (Doctrina y Convenios 132:7).
Los convenios y las ordenanzas son siempre los mismos
Puesto que sabemos que el gran plan de felicidad es eterno y que la salvación en cualquier época se lleva a cabo únicamente en la mediación del Redentor y por medio de ella, también sabemos que los convenios y las ordenanzas son igualmente eternos e inmutables. Es a la luz de esto —la naturaleza eterna de las cosas— que el Evangelio restaurado se llama el nuevo y sempiterno convenio. Las revelaciones modernas afirman: “Por tanto, os digo que os he enviado mi convenio sempiterno, el mismo que existió desde el principio” (Doctrina y Convenios 49:9). “De cierto te digo, bendito eres por recibir mi convenio sempiterno, sí, la plenitud de mi evangelio, enviado a los hijos de los hombres para que tengan vida y sean hechos participantes de las glorias que han de ser reveladas en los postreros días, como lo escribieron los profetas y apóstoles en los días antiguos” (Doctrina y Convenios 66:2; compárese con 1:22; 39:11; 45:9; 49:9; 133:57). En palabras del presidente Joseph Fielding Smith: “El nuevo y sempiterno convenio es la suma total de todos los convenios y obligaciones del Evangelio” (Doctrina de Salvación, 1:156). El convenio del Evangelio es nuevo en el sentido de que se revela de nuevo después de un período de apostasía. Es sempiterno en el sentido de que existió desde el principio.
“Ahora bien, dando por sentado que las Escrituras dicen lo que quieren decir y quieren decir lo que dicen”, observó el profeta José, “tenemos fundamentos suficientes para continuar y demostrar por la Biblia que el Evangelio siempre ha sido el mismo; las ordenanzas para cumplir sus requisitos, las mismas; los oficiales para oficiar, los mismos; y las señales y los frutos que resultan de las promesas, los mismos”. Continúa con una ilustración de este principio: “Por tanto, puesto que Noé era un predicador de rectitud, debe haber sido bautizado y ordenado al sacerdocio por la imposición de manos” (Enseñanzas, pág. 264). Anteriormente, durante su ministerio, el Profeta había hablado acerca de Abel, el hijo de Adán:
Pablo dice en su carta a los hermanos hebreos [véase Hebreos 11:4] que Abel obtuvo testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas. […] Entonces, ciertamente Dios le habló; en verdad, se dice que Dios conversó con él; y, si lo hizo, viendo que Abel era justo, ¿no le habría comunicado todo el plan del Evangelio? ¿Y no es el Evangelio la noticia de la redención? ¿Cómo podía Abel ofrecer un sacrificio y esperar con fe en el Hijo de Dios para la remisión de sus pecados sin comprender el Evangelio? […] Y si a Abel se le enseñó acerca de la venida del Hijo de Dios, ¿no se le enseñó también acerca de Sus ordenanzas? Todos admitimos que el Evangelio tiene ordenanzas; y, si es así, ¿no tuvo siempre ordenanzas, y no fueron siempre las mismas? (Ibíd., pág. 59).
Verdaderamente, el Señor “estableció que las ordenanzas fueran las mismas para siempre jamás” (ibíd., pág. 168). Es decir: “Las ordenanzas instituidas en los cielos antes de la fundación del mundo, en el sacerdocio, para la salvación de los hombres, no han de alterarse ni cambiarse. Todos deben ser salvos conforme a los mismos principios” (ibíd., pág. 308).
Adán posee “las llaves de la salvación bajo el consejo y la dirección del Santo” (Doctrina y Convenios 78:16). José Smith observó que “el sacerdocio es un principio sempiterno y existió con Dios desde la eternidad, y existirá hasta la eternidad, sin principio de días ni fin de años. Las llaves tienen que ser traídas del cielo cada vez que se envía el Evangelio. Cuando se revelan desde el cielo, es por la autoridad de Adán” (Enseñanzas, pág. 157). Más específicamente, Adán fue el “primero en poseer las bendiciones espirituales, a quien se dio a conocer el plan de las ordenanzas para la salvación de su posteridad hasta el fin” (ibíd., pág. 167). Dios “estableció que las ordenanzas fueran las mismas para siempre jamás, y puso a Adán para velar por ellas, para revelarlas desde el cielo al hombre o enviar ángeles para que las revelaran” (ibíd., pág. 168).
Con ese espíritu, y sabiendo lo que sabemos acerca de la naturaleza sempiterna del Evangelio, de la Iglesia y el reino, y de los convenios y las ordenanzas que les pertenecen, sabemos que muchos de los antiguos tenían el Evangelio. Muchos de ellos conocían al Señor, enseñaban Su doctrina y oficiaban como administradores legítimos en Su reino terrenal. Isaac, Israel, José y todos los patriarcas disfrutaron de la revelación personal y de la comunión con su Hacedor. Cabe suponer que Eva, Sara y Rebeca fueron bautizadas; que Jacob recibió la investidura del templo; que Miqueas y Malaquías ocuparon el oficio profético por llamamiento divino y no porque asumieran esa función por su cuenta. Nefi, hijo de Lehi, fue bautizado por agua y recibió el don del Espíritu Santo, así como el sumo sacerdocio, aunque el relato de estos acontecimientos no se encuentra directamente en el registro nefita. Que las bendiciones del santo templo estaban al alcance de los santos de la antigüedad queda claro en la traducción que hizo el Profeta de los papiros egipcios. Se nos dice que una figura en particular representa “las grandes palabras claves del Santo Sacerdocio, cual fueron reveladas a Adán en el Jardín de Edén, como también a Set, Noé, Melquisedec, Abraham y todos aquellos a quienes se revelaba el sacerdocio” (Abraham, facsímile núm. 2, explicación de la figura 3). Debido a lo que se ha dado a conocer por medio de José Smith —principios de doctrina y de gobierno del sacerdocio—, sabemos lo que se requiere para que funcione el reino de Dios y lo que el pueblo de Dios debe hacer para cumplir con ello.
Conclusión
José Smith escribió: “Creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:4). El Profeta fue el conducto por el cual innumerables verdades han llegado a la tierra en esta última dispensación. Nos ha enseñado acerca de los poderes espirituales que pueden y deben disfrutar los hombres y las mujeres de la familia de la fe. Nos ha enseñado acerca de los poderes divinos que se comunican a los hombres y a las mujeres mediante convenios y ordenanzas sagrados. En verdad, solo al recibir dignamente las ordenanzas de salvación podemos hacer uso de muchas de esas fuerzas divinas que un Dios benevolente ha concedido a los santos del Altísimo. Verdaderamente, “todas las ordenanzas y los deberes que alguna vez hayan sido requeridos por el sacerdocio, bajo las instrucciones y los mandamientos del Todopoderoso en cualquiera de las dispensaciones, se tendrán en la última dispensación” (Enseñanzas, pág. 171). No somos libres de escoger cuáles de esos sacramentos observaremos, pues “todos los hombres que lleguen a ser herederos de Dios y coherederos con Jesucristo tendrán que recibir la plenitud de las ordenanzas de Su reino; y quienes no reciban todas las ordenanzas no alcanzarán la plenitud de esa gloria, si es que no la pierden por completo” (ibíd., pág. 309; véase también la pág. 331).


























