Capítulo 28
La ampliación del canon
Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación. —Doctrina y Convenios 68:4
La familia de Joseph Smith, padre, amaba la Biblia, y fue en ese entorno donde el Vidente de los últimos días adquirió su propio amor por las Santas Escrituras. La mayoría de sus sermones, escritos y cartas están entretejidos con citas, paráfrasis o resúmenes de pasajes y preceptos bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. José comentó en una ocasión que se puede «ver la propia escritura de Dios en el volumen sagrado; y quien lo lea con mayor frecuencia será quien más lo aprecie» (Enseñanzas, pág. 56). Creía que la Biblia representaba la palabra de Dios al género humano, y se gloriaba en las verdades y las lecciones imperecederas que contenía. Incluso en sus tiernos años, José aprendió que la Biblia era objeto de considerable contención: una guerra de palabras y un tumulto de opiniones, en los que las personas se valían de sus enseñanzas para sus propios fines. José no creía que la Biblia estuviera completa, ni consideraba que las dificultades religiosas pudieran resolverse necesariamente con rapidez recurriendo al Antiguo o al Nuevo Testamento en busca de ayuda.
Más allá de la Biblia
Nefi supo de muchas actitudes y acciones inicuas que afligirían a las personas de los últimos días. Entre ellas se encontraban la tendencia a enseñar según el propio conocimiento y, de ese modo, negar el poder del Espíritu Santo; negar el poder de Dios en general; suponer que la obra de redención estaba completa y que, por tanto, no tenía aplicación en los tiempos modernos; declarar que el día de los milagros había pasado; y fomentar la complacencia diciendo cosas como «comed, bebed y divertíos» y «todo va bien en Sion; sí, Sion prospera, todo va bien» (véase 2 Nefi 28:3–8, 21). Y entonces Nefi añadió: «Por tanto, ¡ay del que reposa en Sion! ¡Ay del que exclama: Todo está bien! Sí, ¡ay de aquel que escucha los preceptos de los hombres y niega el poder de Dios y el don del Espíritu Santo! Sí, ¡ay de aquel que diga: Hemos recibido, y no necesitamos más! Y por último, ¡ay de todos aquellos que tiemblan y están enojados a causa de la verdad de Dios! Pues he aquí, aquel que está edificado sobre la roca, la recibe con gozo» (2 Nefi 28:24–28).
Nefi dedica un capítulo entero a una severa denuncia de quienes rechazan revelaciones adicionales de Dios y, más particularmente, el Libro de Mormón. «¿Por qué murmuráis», reprendió el Salvador, «por tener que recibir más de mi palabra? […] Así que no por tener una Biblia debéis suponer que contiene todas mis palabras; ni tampoco debéis suponer que no he hecho escribir otras más» (2 Nefi 29:8, 10). Quienes afirman pertenecer a la «iglesia […] viviente» (Doctrina y Convenios 1:30) deben abrirse a la luz viviente y a la autoridad viviente; deben reconocer la revelación continua de la intención y la voluntad de Dios a Su pueblo y gloriarse en ella.
Después de hablar de la profunda impresión que Santiago 1:5 había causado en su alma, el Profeta dijo: «Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo […]; porque los maestros religiosos de las diferentes sectas interpretaban los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruían toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia» (José Smith—Historia 1:12). En otra ocasión habló acerca de su creencia en la revelación continua de Dios:
Por lo que podemos deducir de las Escrituras con respecto a las enseñanzas del cielo, nos inclinamos a pensar que desde el principio se ha dado al hombre mucha instrucción que ahora no poseemos. Esto tal vez no concuerde con las opiniones de algunos de nuestros amigos que se atreven a decir que tenemos escrito en la Biblia todo lo que Dios ha hablado al hombre desde el principio del mundo, y que, si Él hubiera dicho algo más, ciertamente lo habríamos recibido. […] Tenemos lo que tenemos, y la Biblia contiene lo que contiene; pero decir que Dios nunca ha dicho al hombre nada más de lo que está registrado allí equivaldría a decir que, por fin, hemos recibido una revelación; porque se necesitaría una para llegar a tal conclusión, ya que en ninguna parte de ese volumen se dice, por boca de Dios, que después de dar lo que allí se contiene no volvería a hablar; y si algún hombre ha averiguado con certeza que la Biblia contiene todo lo que Dios ha revelado al hombre, lo ha averiguado mediante una revelación directa. (Enseñanzas, pág. 61).
En una carta de 1833 dirigida a su tío Silas Smith, José Smith escribió acerca de la necesidad de recibir dirección continua por medio de profetas:
Puesto que el Señor nunca ha dado a entender al mundo, por nada de lo revelado hasta ahora, que haya dejado para siempre de hablar a Sus criaturas cuando se le busca de la manera apropiada, ¿por qué habría de considerarse increíble que se complaciera en hablar de nuevo en estos últimos días para la salvación de ellas? Quizás te sorprenda esta afirmación de que yo diga «para la salvación de Sus criaturas en estos últimos días», puesto que ya poseemos un extenso volumen de Su palabra [la Biblia] que Él ha dado anteriormente. Pero admitirás que la palabra hablada a Noé no fue suficiente para Abraham. […] A Isaac, la descendencia prometida, no se le exigió que fundara su esperanza en las promesas hechas a su padre Abraham, sino que tuvo el privilegio de recibir la certeza de Su aprobación [la de Dios] ante el cielo mediante la voz directa del Señor dirigida a él. […]
No tengo duda de que los santos profetas, apóstoles y santos de la antigüedad fueron salvos en el reino de Dios. […] Puedo creer que Enoc anduvo con Dios. Puedo creer que Abraham tuvo comunión con Dios y conversó con ángeles. […] Puedo creer que Elías el Profeta fue llevado al cielo en un carro de fuego con caballos de fuego. Puedo creer que los santos vieron al Señor y conversaron con Él cara a cara después de Su resurrección. Puedo creer que la iglesia de los hebreos se acercó al monte Sion y a la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial, y a una compañía innumerable de ángeles. Puedo creer que contemplaron la eternidad y vieron al Juez de todos y a Jesús, el Mediador del nuevo convenio; pero ¿me proporcionará todo esto una certeza, o me llevará a las regiones del día eterno con mis vestidos sin mancha, puros y blancos? ¿O no debo más bien obtener por mí mismo, mediante mi propia fe y diligencia en guardar los mandamientos del Señor, una certeza de salvación para mí? ¿Y no tengo el mismo privilegio que los santos de la antigüedad? ¿Y no oirá el Señor mis oraciones y escuchará mis clamores con la misma prontitud con que oyó los de ellos, si acudo a Él de la misma manera que ellos lo hicieron? ¿O hace Él acepción de personas? (Los escritos personales de José Smith, págs. 298–301; se han modernizado la ortografía y la puntuación).
El Profeta escribió: «Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente» (Artículos de Fe 1:8). Parece que José Smith quiso expresar lo que generalmente se asocia con el término transmitida; ciertamente, la forma en que recibimos la Biblia implicó mucho más que cuestiones de traducción, entre ellas la copia, las adiciones, las supresiones y la interpretación, así como los problemas de traducción de las lenguas antiguas. En 1843, José Smith dijo: «Creo en la Biblia tal como se hallaba cuando salió de la pluma de los escritores originales. Los traductores ignorantes, los escribientes descuidados y los sacerdotes intrigantes y corruptos han cometido muchos errores» (Enseñanzas, pág. 327). Enseñó que se habían quitado de la Biblia muchas verdades claras y preciosas antes de que los documentos se recopilaran en lo que ahora conocemos como el Antiguo y el Nuevo Testamento (1 Nefi 13:20–40). Esta fue una de las razones por las que José Smith se sintió llamado a iniciar una restauración de la verdad y del poder, y no simplemente una reforma de los asuntos religiosos existentes. Por eso, los Santos de los Últimos Días hablan de la restauración de la plenitud del Evangelio de Jesucristo por medio de José Smith, lo cual incluye asuntos doctrinales y teológicos que en otro tiempo se enseñaban o practicaban con claridad, pero que el mundo perdió con el transcurso de los siglos.
Por lo tanto, el Profeta no sostenía la creencia tradicional en la infalibilidad o la ausencia de errores de la Biblia. Ciertamente creía que el mensaje esencial de la Biblia era verdadero y provenía de Dios. Podríamos decir que creía que, en términos generales, era la palabra de Dios. Sin embargo, no estamos tan seguros de que él o los líderes actuales de la Iglesia estuvieran convencidos de que cada oración registrada en los Testamentos contiene necesariamente las palabras de Dios, es decir, una cita directa o una transcripción de instrucciones divinas. José enseñó, y sus sucesores han recalcado, que el espíritu de revelación que mora en la persona llamada por Dios es la fuerza vivificante y que, en la mayoría de los casos, Dios coloca el pensamiento en la mente o en el corazón del revelador, quien entonces asume la responsabilidad de expresar el mensaje divino en palabras. Ciertamente hay ocasiones en que un profeta registra directamente las palabras de Dios, pero muy a menudo la «voz apacible y delicada» (Doctrina y Convenios 85:6) susurra al profeta, quien entonces habla en nombre de Dios.
Cuando Moroni se apareció a José Smith en 1823, citó muchos pasajes de las Escrituras. En particular, citó Malaquías 4:5–6 de manera bastante diferente a la versión del rey Santiago. Lo que dijo Moroni es como un brillante faro de luz en comparación con el pasaje bíblico; lo que tenemos en José Smith—Historia 1:38–39 y en Doctrina y Convenios 2 amplía extraordinariamente nuestra visión de las promesas hechas a los antiguos padres. Pero nos apresuramos a añadir que la versión del rey Santiago de este pasaje es buena, verdadera y correcta; años después, José Smith se refirió a la obra por los muertos y citó directamente el pasaje de Malaquías de la Biblia del rey Santiago. «Pude haber dado una traducción más clara de esto» —a saber, lo que había recibido de Moroni unos diecinueve años antes—, escribió en una epístola, «pero para mi objeto, basta la forma en que está» (Doctrina y Convenios 128:18). De esto aprendemos que, a menudo, un pasaje bíblico puede expresarse de más de una manera, y que la cantidad de luz y verdad que se comunica mediante un pasaje puede depender en gran medida de la preparación espiritual y la receptividad de quienes lo reciben.
La perspectiva del Profeta moderno sobre las Escrituras podría expresarse de la siguiente manera: cuando Dios escoge hablar por medio de una persona, esa persona no se convierte en un instrumento sin pensamiento propio, en un sistema de sonido terrenal por el cual la Deidad pueda hacerse oír. Más bien, la persona es iluminada y llena de inteligencia o verdad. Nada podría ser más claro en el Antiguo Testamento, por ejemplo, que el hecho de que muchos factores influyeron en el mensaje profético: la personalidad, la experiencia, el vocabulario y el talento literario. La palabra del Señor expresada por medio de Isaías es bastante diferente de la palabra del Señor expresada por medio de Lucas, y ambas difieren de la expresada por Jeremías o Marcos. Algunos sugieren que, si no se puede confiar en la Biblia en todas las cosas, no se puede confiar en ella. Debido a las innumerables variantes textuales, algunos de los que creen que la Biblia carece de errores admiten que hay errores en nuestra Biblia actual, mientras mantienen la infalibilidad de los manuscritos originales. La dificultad, por supuesto, es que ninguno de los manuscritos originales está disponible en la actualidad.
Además, cabe señalar que en la antigüedad se utilizaron piedras, hojas, cortezas, pieles, madera, metales, arcilla cocida y papiro para registrar mensajes inspirados. Lo que más nos interesa de los antiguos no es la perfección con que se registraron esos mensajes, sino la inspiración del mensaje. Más específicamente, nos interesa el hecho de que los cielos se nos han abierto, de que hemos tenido mensajes que registrar. En otras palabras, saber que Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre (véanse 1 Nefi 10:18; Doctrina y Convenios 20:12), y el hecho de que haya hablado a los mortales, independientemente de lo bien o mal que se haya registrado, testifica que Él puede hablar a los hombres y a las mujeres ahora. Nos gloriamos en las Escrituras, no solo en los volúmenes impresos y encuadernados que llamamos los libros canónicos, sino también en las palabras actuales y modernas que los ungidos del Señor pronuncian y escriben cuando son inspirados por el poder del Espíritu, palabras que representan la intención, la voluntad, la voz y la palabra de Dios a Su pueblo (véase Doctrina y Convenios 68:3–4). Después de todo, la Biblia es solo tinta negra sobre papel blanco hasta que el Espíritu de Dios nos manifiesta su verdadero significado; si lo hemos obtenido, hay poca necesidad de discutir sobre la idoneidad de la Biblia como texto de historia o de ciencias. Quizás una declaración de Brigham Young sirva como resumen eficaz: «Cuando Dios habla al pueblo, lo hace de una manera que se adapte a sus circunstancias y capacidades. […] Si el Señor Todopoderoso enviara un ángel para volver a escribir la Biblia, en muchos lugares sería muy diferente de lo que es ahora» (en Diario de discursos 9:311). Para José Smith y sus seguidores, las tradiciones del pasado en cuanto a las Escrituras, la revelación y el canon cambiaron radicalmente con la Primera Visión. Dios había hablado de nuevo, los cielos ya no estaban sellados y se había iniciado una nueva dispensación de verdad. Ciertamente, «creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios» (Artículos de Fe 1:9).
Escrituras adicionales que saldrán a luz
Los Santos de los Últimos Días son herederos de una cantidad infinita de luz y verdad. Ya hemos recibido gran parte de esa verdad, pero mucho —muchísimo, de hecho— todavía ha de darse a la tierra. «Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu», escribió el Profeta bajo inspiración en la cárcel de Liberty, «sí, por el inefable don del Espíritu Santo, [conocimiento] que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora; el cual nuestros antepasados han aguardado con ansiosa expectativa que se revelara en los postreros tiempos, hacia lo cual sus mentes fueron dirigidas por los ángeles, como reservado para la plenitud de su gloria; una ocasión futura en la que nada se retendrá […]. ¿Hasta cuándo pueden permanecer impuras las aguas que corren? ¿Qué poder hay que detenga los cielos? Tan inútil le sería al hombre extender su débil brazo para contener el río Misuri en su curso decretado, o volverlo hacia atrás, como evitar que el Todopoderoso derrame conocimiento desde el cielo sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días» (Doctrina y Convenios 121:26–28, 33). Los santos han sido bendecidos sin medida con conocimientos sagrados; las Escrituras de la Restauración ahora proyectan sus resplandecientes rayos sobre un mundo sumido en la oscuridad y las tinieblas. Pero aún hay más por venir: más luz, más conocimiento, más doctrina, más preceptos. Y más Escrituras.
Todavía leeremos la porción sellada del Libro de Mormón y nos regocijaremos en ella, esa visión panorámica concedida al hermano de Jared en la cual se encuentra «una revelación de Dios, desde el principio del mundo hasta su fin», sí, «todas las cosas, desde la fundación del mundo hasta su fin» (2 Nefi 27:7, 10). Incluso a José, el traductor, se le prohibió tocar la porción sellada al trabajar con el registro nefita-jaredita: «No toques las cosas que están selladas, porque las manifestaré en mi propio y debido tiempo; pues mostraré a los hijos de los hombres que puedo ejecutar mi propia obra. Por tanto, cuando hayas leído las palabras que te he mandado, y obtenido los testigos que te he prometido, entonces sellarás otra vez el libro, y lo esconderás para mí, a fin de que yo preserve las palabras que no has leído, hasta que en mi propia sabiduría me parezca oportuno revelar todas las cosas a los hijos de los hombres» (2 Nefi 27:21–22; compárese con Éter 5:1). A Moroni se le mandó escribir y sellar la visión del hermano de Jared. «No irán a los gentiles sino hasta el día en que se arrepientan de su iniquidad y se vuelvan puros ante el Señor». En efecto, el día en que los habitantes de la tierra ejerzan una fe como la del hermano de Jared y, de ese modo, rasguen el velo de incredulidad que los mantiene en la condenación —presumiblemente durante el Milenio—, «entonces les manifestaré las cosas que vio el hermano de Jared, aun hasta descubrirles todas mis revelaciones» (véase Éter 4:6–7, 15).
Las planchas de bronce eran un registro sagrado y significativo para los nefitas. Nefi mató a un hombre para obtenerlas, a fin de que su pueblo evitara el analfabetismo espiritual e intelectual que ciertamente sobrevendría si no tuviera acceso a los registros de las Escrituras (véanse 1 Nefi 3:19; 4:13, 18). Las planchas de bronce eran, en esencia, una fuente de Escrituras más extensa que nuestro Antiguo Testamento actual (véase 1 Nefi 13:23), y contenían los cinco libros de Moisés, genealogías de los descendientes de Lehi y los demás libros históricos y proféticos hasta Jeremías inclusive (véanse 1 Nefi 3:19–20; 5:11). Además, las planchas de bronce contenían los oráculos de profetas que no se encuentran en nuestro Antiguo Testamento: Zenós, Zenoc, Neum y Ezías. Sus profecías y enseñanzas se centran en Cristo y en el Evangelio, y manifiestan un conocimiento de la plenitud del Evangelio; esos profetas comprendían claramente a Dios, la Trinidad y la redención que habría de venir en Jesucristo y por medio de Él (véanse 1 Nefi 19:10; Alma 33:3–16; Helamán 8:19–20). Las profecías tanto de Lehi como de Alma exponen la emocionante verdad de que algún día todos tendremos acceso a las planchas de bronce. Estos anales debían conservarse y transmitirse «de una generación a otra, y que se guarden y se preserven por la mano del Señor hasta que vayan a toda nación, tribu, lengua y pueblo, a fin de que sepan de los misterios que contienen» (Alma 37:4; compárese con 1 Nefi 5:19). En cierta medida, esta profecía se ha cumplido y seguirá cumpliéndose al inundar la tierra con el Libro de Mormón (véase Moisés 7:62), que contiene porciones importantes de las planchas de bronce. Además, cabría esperar que «algún día el Señor levante a un profeta, que también será vidente y traductor, a quien dará las planchas de bronce para que sean traducidas para el beneficio y la bendición de las personas de todas las naciones» (Bruce R. McConkie, «La restauración doctrinal», pág. 16).
Además de esa porción del registro de las diez tribus que ahora conocemos como Doctrina y Convenios, el registro de los tratos de Dios con el Efraín moderno, nos deleitamos en la certeza de que saldrán a luz otros volúmenes sagrados que relatan el ministerio de nuestro Redentor entre las tribus perdidas. No se ha revelado cómo ni de qué manera saldrán a luz. Lo que sí sabemos es que el Señor de la tierra habla a todas las naciones de la tierra: en el norte, en el sur, en el este y en el oeste. «Porque he aquí», declaró Jehová, «hablaré a los judíos, y lo escribirán; y hablaré también a los nefitas, y estos lo escribirán; y también hablaré a las otras tribus de la casa de Israel, que he conducido lejos, y lo escribirán; y también hablaré a todas las naciones de la tierra, y ellas lo escribirán. Y acontecerá que los judíos tendrán las palabras de los nefitas, y los nefitas tendrán las palabras de los judíos; y los nefitas y los judíos tendrán las palabras de las tribus perdidas de Israel; y las tribus perdidas de Israel tendrán las palabras de los nefitas y los judíos» (véase 2 Nefi 29:11–13).
En resumen, en el futuro nos regocijaremos en verdades sin número que se encuentran en los innumerables registros que llevaron los nefitas y los lamanitas (véase Helamán 3:13–16), entre ellas los asuntos trascendentes que el Salvador dio a conocer entre los nefitas cuando «les explicó todas las cosas, grandes así como pequeñas […]. Y explicó todas las cosas, aun desde el principio hasta la época en que él viniera en su gloria» (3 Nefi 26:1, 3). Además, llegaremos a conocer muchos de los detalles de la vida entre los nefitas durante su época de paz y rectitud semejante al Milenio (véase 4 Nefi 1:1–19). Todavía escudriñaremos y estudiaremos el libro de Enoc (véase Doctrina y Convenios 107:57), así como la plenitud del testimonio de Juan el Bautista (véase Doctrina y Convenios 93:6, 18). El élder Neal A. Maxwell observó: «Hoy llevamos cómodas combinaciones cuádruples de las Escrituras, pero algún día, puesto que vendrán más Escrituras, quizás tengamos que arrastrar pequeños carritos rojos repletos de libros» (Un maravilloso torrente de luz, pág. 18).
El élder Bruce R. McConkie escribió:
No se ha pronunciado la última palabra sobre ningún tema. Aún fluirán corrientes de agua viva del Manantial Eterno, que es la fuente de toda verdad. Hay más cosas que no sabemos acerca de las doctrinas de salvación que cosas que sí sabemos.
Cuando nosotros, como pueblo, creamos en todas las verdades que hemos recibido y vivamos de acuerdo con ellas, recibiremos más de la intención, la voluntad y la voz del Señor. Lo que recibamos y cuándo llegue depende en gran medida de nosotros. El Señor tiene muchas cosas que desea decirnos, pero hasta ahora no hemos alcanzado esa unidad y esa estatura espiritual que nos permitirán hacer descender sobre nosotros conocimiento del cielo.
Alabamos a Dios porque ha tenido a bien darnos lo que hemos recibido […] y oramos para que creamos y obedezcamos con la fe y la devoción que harán que el Señor nos dé más de Su palabra eterna. Cuanto más sepamos, cuantas más Escrituras recibamos, cuanto más tengamos en nuestros libros canónicos, mayor será nuestra oportunidad de obtener la vida eterna en el reino de nuestro Padre. Nunca podremos vivir una ley hasta que nos sea revelada. ¿Puede alguno de nosotros saber demasiado? ¿Podemos recibir demasiada revelación? ¿Podemos añadir demasiado a nuestras Santas Escrituras?
¡Qué maravilla es adorar a un Dios que todavía habla, cuya voz aún se oye y cuyas palabras no tienen fin! («Un nuevo mandamiento: Sálvate a ti mismo y a tus familiares», pág. 11).
Conclusión
En marzo de 1844, el profeta José Smith dio una asignación poco común a un grupo de líderes de la Iglesia: se les pidió que enmendaran la Constitución de los Estados Unidos de modo que fuera «la voz de Jehová» (citado en Ehat, «“Parece que el cielo comenzó en la tierra”», pág. 259). Varias semanas después, el élder John Taylor, como representante de un comité especial de tres miembros, respondió que no se había avanzado en la preparación de una constitución para el reino de Dios. El Profeta reconoció que no habían logrado la tarea e indicó que sabía que «no podían redactar una constitución digna de guiar al reino de Dios» (ibíd.). El propio Profeta había acudido al Señor para pedir que se diera a conocer tal constitución por revelación. La respuesta llegó: «Vosotros sois mi Constitución, y yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mis portavoces; por tanto, de aquí en adelante guardad mis mandamientos» (citado en ibíd.).
En una revelación dada al presidente John Taylor el 27 de junio de 1882, el Salvador dijo: «De cierto, así dice el Señor: He instituido mi Reino y mis leyes, con sus llaves y su poder, y os he nombrado mis portavoces y mi Constitución, con el presidente John Taylor a vuestra cabeza, a quien he nombrado para mi Iglesia y mi Reino como Profeta, Vidente y Revelador». Más adelante, en la misma revelación, el Señor afirmó: «Vosotros sois mi constitución, y yo soy vuestro Dios» (en Collier, Revelaciones inéditas, págs. 132, 134). En resumen, José Smith enseñó e ilustró el principio de una iglesia viviente: que el reino terrenal del Señor debe ser gobernado por revelación —revelación actual, diaria y moderna— y no únicamente por documentos escritos. No es posible codificar todos los propósitos de Dios para Sus hijos. Nada es más firme, fijo y establecido que el hecho de que, entre el pueblo de Dios, el canon de las Escrituras está abierto, es flexible y sigue ampliándose.


























