Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 11

El segundo estado 

Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra. —Alma 34:32


¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿De dónde vine? ¿Qué será de mí al morir? Estas son las preguntas para las cuales toda persona reflexiva busca respuestas significativas. Si el hombre es más que una anomalía de la naturaleza, más que un accidente cósmico, si en verdad es la creación de algún Ser divino y eterno, entonces debe ser a su Creador a quien acudamos para obtener respuestas a tales preguntas. La revelación debe ser la fuente de todas esas respuestas. O bien el Dios de la creación debe hablar, o la búsqueda humana de significado queda reducida a sus propias divagaciones mentales. Por definición, toda religión verdadera es una religión revelada. Dios debe revelarse o permanecer para siempre desconocido. Solo Él puede dar a conocer Sus propósitos al crear esta tierra y todas las cosas que ha puesto sobre ella.

Hijos e hijas de Dios

No se dispuso que el hombre morara en tinieblas. Mucho antes de que el primero de nuestra raza fuera puesto sobre la tierra, el Señor había dado el mandato: “Haya luz” (Génesis 1:3). Tampoco se dispuso que Adán anduviera en dudas o incertidumbre en cuanto a la naturaleza y el propósito de su creación, o en cuanto a quién debía rendir cuentas de su conducta. “Dios conversó con él cara a cara; se le permitió estar en Su presencia y recibir instrucción de Su propia boca. Oyó Su voz, anduvo delante de Él y contempló Su gloria, mientras la inteligencia irrumpía en su entendimiento y le permitía dar nombre al vasto conjunto de las obras de su Hacedor” (Discursos sobre la fe, 2:18).

Aun después de su expulsión del Jardín de Edén, Adán recibió instrucción mediante la voz del Señor, mensajeros de Su presencia y los susurros del Espíritu Santo, y, en ocasiones sagradas, en la presencia del Señor mismo (véanse Moisés 5:58; Doctrina y Convenios 107:53–56). ¿Cómo habría de obtener la familia de Adán un conocimiento de Dios y de las verdades salvadoras de la salvación? Primero debían aprender de su padre y de su madre, quienes lo conocían, y luego debían comunicarse con su Padre Celestial de la misma manera que lo hacían sus padres; la manera de comunicarnos con nuestro Padre Celestial es la misma para todos Sus hijos a lo largo de todas las generaciones. No podemos sostener que en algún momento los cielos habrían de cerrarse, poniendo fin a la comunicación directa con Dios, como tampoco podemos sostener que en algún punto de la historia los hijos nacerán sin necesitar padres ni su sabia y amorosa dirección.

Fue el salmista quien planteó la pregunta: “¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria [refiriéndose a Dios], y el hijo del hombre para que lo visites?” (Salmos 8:4). Es decir, ¿qué hay en el hombre que atraiga la atención y el interés de un ser divino, incluso hasta el punto de visitarlo personalmente? Al continuar su indagación, tal como se registra para nosotros en la traducción bíblica habitual, el salmista observa que Dios hizo al hombre “poco menor que los ángeles” y lo “coron[ó] de gloria y de honra” (versículo 5). La verdadera naturaleza del hombre y el significado de las palabras del salmista se perdieron en la larga noche de tinieblas de la apostasía. Al permanecer en la luz del Evangelio restaurado y seguir la guía de José Smith, nosotros, como Santos de los Últimos Días, podemos atrevernos a traducir las palabras del salmista tal como fueron escritas. La palabra ángeles de este texto proviene del hebreo elohim, que significa dioses. Por tanto, el texto declara realmente que el hombre fue hecho “poco menor que los dioses”. Tal traducción armoniza perfectamente con un salmo posterior que declara: “Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo” (Salmos 82:6).

Las revelaciones de la Restauración enseñan claramente que somos hijos de Dios y que, por tanto, fuimos creados a Su imagen y semejanza. Nos acercamos a tales declaraciones con un sentimiento de sagrada reverencia, pues se cuentan entre las principales verdades claras y preciosas que hombres malvados e intrigantes quitaron de las Escrituras. El libro de Moisés, que proviene de la traducción de Génesis de José Smith, da testimonio de estas verdades: “El día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo; a imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó” (Moisés 6:8–9; énfasis añadido). Así aprendemos que son erróneos los innumerables intentos de explicar la declaración de que el hombre es a imagen y semejanza de Dios (véase Génesis 1:26) como una expresión meramente figurativa. Dios no es una esencia espiritual carente de cuerpo y partes. Los seres exaltados tienen cuerpos, y a Adán y Eva se les dio un cuerpo físico a imagen y semejanza de sus padres divinos. En verdad, esta misma revelación declara que el nombre de Dios es “Hombre de Santidad” y que Su Unigénito en la carne es “el Hijo del Hombre” (Moisés 6:57). En el mismo texto también se nos dice que Adán es “hijo de Dios” (Moisés 6:22). Una vez más, no tenemos justificación para suponer que esta sea una declaración figurativa. Se nos dice que Cristo es el Unigénito en la carne, lo que significa el único hijo engendrado por el Padre inmortal y una mujer mortal, el único hijo engendrado por el Padre que tuvo sangre circulando por sus venas. Adán y Eva obtuvieron sangre únicamente al transgredir, y así fue una caída que introdujo la sangre la que hizo necesaria una expiación mediante la sangre. Fue el padre Abraham quien nos dijo que Adán era el “primogénito” de todos los hijos del Padre sobre esta tierra (Abraham 1:3), y Moisés quien nos dijo que se llevaba una genealogía de la familia de Adán, cuyos integrantes eran “los hijos de Dios” (véase Moisés 6:6–8). Las palabras del salmista, cuando dijo: “Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo” (Salmos 82:6), ya no se encuentran aisladas, y ya no tiene por qué haber duda alguna acerca de quiénes somos.

Por qué vinimos a la tierra

En cuanto a la pregunta de por qué estamos aquí, las revelaciones de la Restauración son nuevamente claras. Venimos a la tierra para obtener un cuerpo, continuar el curso que conduce a la exaltación y ser probados y examinados en todas las cosas. La importancia del cuerpo mortal se explica claramente en el Libro de Mormón, que define la resurrección como la unión inseparable del cuerpo y del espíritu y la perfección de ambos (véase Alma 11:45; 40:23). “Lo que no tiene cuerpo, ni partes ni pasiones no es nada”, declaró José Smith. “No hay otro Dios en el cielo sino aquel Dios que tiene carne y huesos”. En cuanto a nuestro propósito en la vida terrenal, explicó: “Vinimos a esta tierra para tener un cuerpo y presentarlo puro ante Dios en el reino celestial. El gran principio de la felicidad consiste en tener un cuerpo. El diablo no tiene cuerpo, y en eso radica su castigo” (Enseñanzas, pág. 181; véanse también las págs. 305–306). A esto las revelaciones añaden que solo cuando el cuerpo y el espíritu están inseparablemente unidos podemos recibir una “plenitud de gozo” (véase Doctrina y Convenios 93:33–34).

Así es como los espíritus preterrenales vienen a este, su segundo estado, para obtener cuerpos a fin de ser como su Creador y, con el tiempo, obtener una plenitud de gozo. La vida terrenal es una prueba, un lugar para ver si haremos las cosas que Dios requiere de nosotros, venciendo por la fe toda oposición a esos esfuerzos (véase Doctrina y Convenios 76:53). Por el libro de Abraham aprendemos que esta tierra fue creada para proporcionar un lugar donde los hijos espirituales del Padre pudieran venir y probarse, para ver si harían “todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”, con la promesa correspondiente de que “a los que guarden su primer estado les será aumentado; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que hayan guardado su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás” (Abraham 3:25–26).

La gran prueba de la vida terrenal es la obediencia y, como en todas las cosas, Cristo es el ejemplo perfecto de ello. En lo que quizá sea el mayor discurso de las Escrituras sobre el asunto, Nefi preguntó por qué Cristo, que era santo y sin pecado, necesitaba ser bautizado. La respuesta fue que, al ser bautizado, Cristo se humilló ante el Padre y testificó que sería obediente al guardar todos los mandamientos. Así mostró a los hijos de los hombres “la estrechez de la senda, y lo angosto de la puerta por la que deben entrar, habiéndoles él dado el ejemplo” (2 Nefi 31:9). En efecto, Nefi señaló cuatro razones por las cuales Cristo fue bautizado: primero, para demostrar Su humildad; segundo, para manifestar Su obediencia a la voluntad del Padre; tercero, para dar el ejemplo a toda la humanidad; y cuarto, para que Él también pudiera entrar por la puerta, labrando Su propia salvación en las mismas condiciones que se requerían de Sus hermanos y hermanas (versículos 5–10). Al ampliar lo que Nefi enseñó y mostrar que los mismos principios se aplican a todas las ordenanzas de salvación, el profeta José Smith explicó: “Si un hombre obtiene la plenitud del sacerdocio de Dios, tiene que obtenerla de la misma manera que Jesucristo la obtuvo, y eso fue guardando todos los mandamientos y obedeciendo todas las ordenanzas de la Casa del Señor” (Enseñanzas, pág. 308).

Por tanto, nuestro propósito en la vida terrenal es colocarnos en la senda que conduce de regreso a la presencia de Dios. El bautismo es la puerta. Nos coloca en esa senda estrecha y angosta del Evangelio. Después de ser bautizados, debemos “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres”. Se nos ha prometido que, si seguimos “adelante, deleitándo[nos] en la palabra de Cristo, y persever[amos] hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna”. A esto Nefi añade: “Esta es la senda; y no hay otro camino, ni nombre dado debajo del cielo por el cual el hombre pueda salvarse en el reino de Dios” (2 Nefi 31:20–21).

En todas las cosas, Cristo es nuestro ejemplo. Su permanencia en la tierra marca la senda que debemos seguir. En una gran revelación destinada a mostrarnos la manera apropiada de adorar y la razón para hacerlo, el Profeta nos restauró algunos de los escritos de Juan el Bautista. El testimonio de Juan es que Cristo no recibió la plenitud de Su Padre al principio, sino que “recibió gracia sobre gracia; […] hasta que recibió la plenitud; y por esto fue llamado el Hijo de Dios, porque no recibió de la plenitud al principio”. Juan testificó que “los cielos se abrieron y el Espíritu Santo descendió sobre él [Cristo] en forma de paloma, y reposó sobre él; y vino una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo Amado. Y yo, Juan, testifico que recibió la plenitud de la gloria del Padre; y recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; y la gloria del Padre estaba con él, porque habitó en él” (véase Doctrina y Convenios 93:12–18). ¿Cómo debemos adorar, entonces? Siguiendo el ejemplo de Cristo al avanzar de gracia en gracia, permitiendo que nuestra voluntad sea absorbida en la voluntad del Padre (véase Mosíah 15:7), sirviendo y creciendo de innumerables maneras en la gran labor de edificar el reino de Dios en la tierra, de acuerdo con las oportunidades y los talentos que se nos dan. ¿Y a quién debemos adorar? A un Dios cuyo Hijo nos marcaría la senda al venir también a esta tierra y tomar sobre Sí todas las vicisitudes de la vida terrenal, venciéndolas a medida que avanzaba de una gracia a otra mayor. Así fue como recibió la plenitud del Padre, y así es como nosotros también podemos obtener esa misma plenitud (véase Doctrina y Convenios 93:19–20).

Las pruebas de la vida terrenal se representan en el sueño visionario de Lehi (véase 1 Nefi 8). Con un ángel como instructor y guía, se le mostró un campo grande y espacioso en el que vio un árbol cuyo fruto producía gran felicidad. El árbol era blanco, más que cualquier cosa que hubiera visto antes. Al participar del fruto, su alma se llenó de gozo y de inmediato deseó que su familia también participara de él. Al mirar a su alrededor en busca de su familia, advirtió un río que corría cerca del árbol, el cual siguió con la mirada hasta su nacimiento, donde vio a su esposa, Saríah, y a sus hijos Sam y Nefi. Lehi percibió que no sabían qué debían hacer. Los llamó para que se unieran a él y participaran del fruto del árbol. Después de buscar un poco más, divisó a Lamán y Lemuel y los animó a unirse a él, pero se negaron. Lehi vio entonces una barra de hierro que se extendía a lo largo de la orilla del río y conducía al árbol. “Y vi también un sendero estrecho y angosto que corría a un lado de la barra de hierro hasta el árbol donde yo estaba; y también pasaba por el nacimiento de la fuente hasta un campo grande y espacioso, como si hubiera sido un mundo” (1 Nefi 8:20).

Allí Lehi vio innumerables multitudes de personas, “muchas de las cuales se apremiaban a fin de alcanzar el sendero que conducía al árbol al lado del cual [él se] hallaba” (1 Nefi 8:21). Entonces se levantó un vapor de tinieblas que hizo que muchos perdieran el rumbo, se apartaran del sendero y se extraviaran. Otros llegaron a salvo al árbol y comenzaron a participar del fruto. Después de hacerlo, apartaron los ojos del árbol y miraron a su alrededor como si estuvieran avergonzados. Lehi vio un edificio grande y espacioso al otro lado del río, que se alzaba en el aire, muy por encima de la tierra. Estaba lleno de hombres y mujeres de todas las edades, elegantemente vestidos, que se burlaban de quienes habían venido a participar del fruto. Avergonzados, quienes se habían deleitado en el fruto dejaron de hacerlo, se apartaron por senderos prohibidos y se perdieron. Otras multitudes siguieron adelante y se asieron al extremo de la barra de hierro, continuando hasta participar del fruto del árbol. Suponemos que permanecieron leales y fieles. Lehi también vio a otras multitudes que tanteaban su camino hacia el edificio grande y espacioso que había visto. Muchos se ahogaron en las profundidades de la fuente, y muchos se perdieron de su vista, desviándose por senderos extraños. Un gran número entró en aquel extraño edificio, después de lo cual también comenzaron a señalar con desprecio a Lehi y a quienes participaban del fruto con él, “pero no les hicimos caso” (véase 1 Nefi 8:23–33).

En capítulos posteriores analizaremos qué sucede con el cuerpo y el alma del hombre después de la muerte. Por ahora, bastará con decir que nuestras revelaciones nos aseguran que las obras de esta vida nos seguirán a la vida venidera. De quienes mueren en la fe, el Señor ha dicho: “Sus obras los seguirán; y recibirán una corona en las mansiones de mi Padre, las cuales he preparado para ellos” (Doctrina y Convenios 59:2). Con respecto a toda la humanidad, el Señor dijo: “Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección; y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero” (Doctrina y Convenios 130:18–19). Nuestro cuerpo y nuestra alma constituyen el libro de la vida por el cual seremos juzgados. Todo lo que hayamos hecho o dejado de hacer quedará registrado allí de manera indeleble. Así, la balanza de la justicia eterna sopesará nuestras obras junto con los deseos de nuestro corazón, o nuestra fe junto con nuestras obras.

En palabras de Alma: “Esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra”. Se nos advierte que no demoremos ni el día de nuestro arrepentimiento ni las obras de nuestra rectitud, “porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna” (véase Alma 34:32–34). Poco o nada se gana con el arrepentimiento en el lecho de muerte. La razón, explica Amulek, es que ese mismo espíritu —es decir, esas mismas propensiones o disposiciones— que dominaba nuestro corazón y nuestra mente en este mundo tendrá ese mismo vínculo con nuestra alma en el mundo venidero. Nos corresponde a nosotros cambiar nuestra naturaleza; ni la muerte ni el nacimiento lo harán por nosotros.

Conclusión

En el sueño de Lehi, solo encontraron la felicidad quienes se aferraron a la barra de hierro y se regocijaron en la dulzura del fruto del árbol de la vida. El propósito de su viaje a través del vapor de tinieblas que conocemos como la vida terrenal era obtener ese gozo y esa felicidad, y compartirlos como familias. “La felicidad”, explicó José Smith, “es el objeto y propósito de nuestra existencia; y será el fin de ella, si seguimos la senda que nos conduce a la felicidad; y esta senda es virtud, rectitud, fidelidad, santidad y el cumplimiento de todos los mandamientos de Dios”. Además, nos aseguró que Dios no instituirá ninguna ordenanza ni dará ningún mandamiento “que por su naturaleza no tenga por objeto promover esa felicidad que Él ha dispuesto, y que no resulte en el mayor bien y gloria para quienes reciban Su ley y Sus ordenanzas” (Enseñanzas, págs. 255–257). El Evangelio no tiene otro propósito que iluminar y bendecir a quienes lo viven. “Lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas. Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (Doctrina y Convenios 50:23–24).

Si volvemos a la pregunta del salmista: “¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?” (Salmos 8:4), nuestra respuesta es que el hombre es descendiente de Dios y, por tanto, el centro de Su amor y atención. Esta tierra fue creada para la bendición y el progreso de los hijos y las hijas de Dios. Se nos ha dado el Evangelio como escudo y protección, como fuente de confianza y certeza, como un sistema divino de felicidad. En una revelación a Moisés, el Señor dijo: “Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Cada uno de los propósitos de Dios tiene por objeto bendecirnos. El gozo que los padres encuentran en el progreso de sus hijos no es sino un reflejo del orden celestial de las cosas. Dios procura coronar a Sus hijos de gloria y honra y hacerlos Sus herederos, sí, “coherederos con Cristo” (Romanos 8:14–17). Cuando el hombre escoge seguir la senda de la felicidad, los cielos encuentran motivo para regocijarse.

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