Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 20

La salvación y la familia eterna

En la gloria celestial hay tres cielos o grados;
y para alcanzar el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio];
y si no lo hace, no puede alcanzarlo.
Podrá entrar en el otro, pero ese es el límite de su reino; no puede tener aumento. —Doctrina y Convenios 131:1–4


José Smith enseñó que la salvación suprema se encuentra únicamente en la unión eterna del hombre y la mujer. Todo sacerdocio, gracia, poder y autoridad restaurados al profeta José Smith se centran en la salvación de la familia. Pedro, Santiago y Juan restauraron el Santo Sacerdocio, autorizando así a los hombres para efectuar las ordenanzas de salvación; Elías restauró la ordenanza del matrimonio eterno y la promesa de una descendencia sin fin; y Elías el Profeta restauró el poder para sellar y la plenitud del sacerdocio mediante los cuales el esposo, la esposa y los hijos quedan unidos eternamente. Estas doctrinas se apoyan en la certeza que ofrece el Libro de Mormón de que la resurrección es corpórea y, por tanto, de que las mujeres resucitarán como mujeres y los hombres como hombres, conservándose siempre intacto el vínculo de su amor. Así, tal como el bautismo es la puerta a la senda estrecha y angosta que conduce a la vida eterna, el matrimonio eterno llega a ser la puerta por la cual deben entrar todos los que heredan esa gloria. Nadie entra solo. El hombre y la mujer deben estar uno al lado del otro. Las parejas, a su vez, deben quedar unidas mediante un convenio eterno con sus progenitores justos y con su posteridad. En ese sistema eterno y restaurado que conocemos como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la salvación es un asunto de familia.

Mundos eternos y familias eternas

Al hablar del mundo eterno, José Smith observó: “Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos” (Doctrina y Convenios 130:2). Al decir esto, el Profeta enseñaba una doctrina muy distinta de la que se enseñaba en el mundo cristiano tradicional. En contraste con la idea de santos que cantan salmos y descansan en el éxtasis del Todopoderoso, está la idea del matrimonio, de dar vida mediante la creación de hijos espirituales y de la responsabilidad y el privilegio sin fin de ser padres. Los fieles llegan a ser padres y madres en el cielo, donde trabajan para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de su progenie.

¿No sería extraño y carente de sentido que el Dios del cielo nos creara varón y mujer, y mandara que el hombre dejara a su padre y a su madre y se allegara a su esposa y a ninguna otra, para que su amor y devoción mutuos se fortalecieran cada vez más con el paso de los años, solo para que la muerte los separara violentamente y jamás volvieran a unirse? ¿No sería igualmente extraño que este Dios omnisciente pusiera a Sus creaciones en una tierra cuya naturaleza y sociedad no tuvieran nada que ver con los mundos venideros? ¿Cuál es el propósito de nuestra permanencia terrenal si las lecciones aprendidas y la experiencia adquirida no tienen nada que ver con nuestra morada eterna ni con la naturaleza de la vida allí? Sin embargo, muchos enseñan que en el cielo los justos participarán en una liturgia sempiterna de alabanza a Dios o en una meditación interminable y solitaria sobre Su majestad y bondad divinas, sin haber obtenido para ello ventaja alguna de su experiencia en la tierra y sin sentir interés ni amor por quienes fueron tan importantes para ellos aquí. Según tales ideas, la tierra, por ser en todos sus aspectos contraria al orden del cielo, ha de ser destruida junto con nuestro recuerdo de todas las relaciones terrenales.

La visión del cielo en la fe cristiana histórica es que la muerte ha sido vencida y que el dolor y el pesar ya no existen; pero tampoco se conservarán los amigos, la familia ni la creatividad humana, pues se consideran simples distracciones que apartan de Dios, quien ha de ser el centro de toda atención. En esta visión teocéntrica, todas las cosas giran en torno a la Deidad. El hombre fue creado para reverenciarlo y honrarlo y, por tanto, pasará la eternidad haciéndolo. En contraste, el cielo del que habló José Smith era la perfección de todo lo que Dios había creado y puesto sobre la tierra. Así como todos los seres vivientes —tanto plantas como animales— fueron creados como espíritus antes de ser revestidos de cuerpos tangibles y mortales, también han de salir en la resurrección corpóreos e inmortales. La gloria de Dios, enseñó José Smith, consiste en “salvar todo lo que Sus manos han hecho, sean bestias, aves, peces u hombres; y Él se glorificará con ellos” (Enseñanzas, pág. 291). Los seres vivientes de cada “esfera de la creación”, nos dicen nuestras revelaciones, tienen derecho a “gozar de su felicidad eterna” (Doctrina y Convenios 77:3). Todas las cosas han sido creadas para embellecer y enriquecer este mundo en preparación para lo que llegará a ser (véase Doctrina y Convenios 59:18–19). Además, la experiencia de la vida terrenal tiene un valor infinito, pues se nos asegura que “cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección; y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero” (Doctrina y Convenios 130:18–19).

Así como todo poder y autoridad restaurados por el profeta José Smith conducen a la salvación de la familia, lo mismo sucede con la restauración doctrinal que tuvo lugar por medio de él. La primera de las doctrinas restauradas fue el conocimiento de la naturaleza de nuestro Padre Eterno. El Dios del profeta José Smith es un ser personal, no en el sentido metafórico que sostiene el mundo cristiano tradicional, sino en el más literal de los sentidos. Es un hombre, exaltado y glorificado, pero un hombre al fin. Nuestro Padre Celestial es un Hombre de Santidad (véase Moisés 6:57). Cuando los Santos de los Últimos Días se dirigen a su Padre Celestial en oración, están haciendo precisamente eso: hablar con su Padre, el Padre literal de sus espíritus y el verdadero Padre tanto del espíritu como del cuerpo del Señor Jesucristo. Pablo lo expresó bien cuando dijo: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Efesios 3:14–15). La declaración de Moisés de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios también se entiende de manera muy literal (véase Génesis 1:27).

En el discurso de King Follett, el gran sermón del Profeta sobre la naturaleza de Dios, José Smith aprovechó la ocasión para explicar que Dios no crea las cosas de la nada (véase Enseñanzas, pág. 350). Por lo general, las implicaciones de tal declaración pasan inadvertidas. ¡En el momento en que se adopta la idea de la creación de la nada, Dios y la humanidad dejan de estar emparentados! Esta doctrina nos deshereda a todos como hijos e hijas de Dios. Si fuimos creados de la nada, ya no podemos sostener que somos hijos espirituales de Dios, que fuimos instruidos y preparados para nuestra experiencia en la vida terrenal, que vinimos a la tierra con una preordenación, ni que hubo un gran concilio en los cielos en el cual escogimos sostener a Cristo como nuestro Redentor y nos comprometimos por convenio a hacer la voluntad del Padre. Tal idea sugiere que nuestra verdadera relación con Dios no es más estrecha que la de una vasija con el alfarero o la de una manta con el tejedor.

Es imposible exagerar la importancia de la declaración de José Smith para comprender la naturaleza de Dios y nuestra relación con Él. Si Dios creó la tierra y todo lo que hay en ella de la nada, entonces la búsqueda de nuestros antepasados acabará remontándose a la nada. Esa es una idea muy diferente de la declaración de que somos hijos de Dios. En la idea de la creación ex nihilo, Dios se convierte en un ser incomprensible y abstracto; en la teología de José Smith, Dios llega a ser un Padre amoroso y la salvación se convierte en un asunto de familia. Así encontramos al Profeta explicando: “Hay muy pocos seres en el mundo que entiendan correctamente el carácter de Dios”. Luego añadió: “Si los hombres no comprenden el carácter de Dios, no se comprenden a sí mismos” (Enseñanzas, pág. 343).

El nuevo y sempiterno convenio del matrimonio

Por revelación, José Smith aprendió que en el grado de gloria celestial, o el más alto, hay tres cielos o grados. “Para alcanzar el más alto”, explicó, “el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio]; y si no lo hace, no puede alcanzarlo. Podrá entrar en el otro, pero ese es el límite de su reino; no puede tener progenie” (véase Doctrina y Convenios 131:1–4). “A menos que un hombre y su esposa entren en un convenio sempiterno y se casen por la eternidad, durante este estado de probación, por el poder y la autoridad del Santo Sacerdocio, dejarán de aumentar cuando mueran; es decir, no tendrán hijos después de la resurrección” (Enseñanzas, págs. 300–301).

La exaltación, que solo se alcanza al obtener la plenitud del Padre, únicamente puede obtenerse en la unión eterna del hombre y la mujer en matrimonio. Así como a todos se les concederá el privilegio de oír el Evangelio, también todos tendrán la oportunidad de entrar en este orden del sacerdocio. El amor y el matrimonio son tan necesarios para el reino de los cielos como la fe, el arrepentimiento y el bautismo. “Quien prohíbe casarse”, dijo el Señor a José Smith, “no es ordenado por Dios, porque el matrimonio lo decretó Dios para el hombre. Por tanto, es lícito que tenga una esposa, y los dos serán una sola carne, y todo esto para que la tierra cumpla el objeto de su creación [lo cual implica que la tierra fue creada con el propósito mismo de que pudiéramos cortejar, enamorarnos y casarnos]; y para que sea llena con la medida del hombre, conforme a la creación de este antes que el mundo fuera hecho” (Doctrina y Convenios 49:15–17).

Para ser vinculantes, los convenios siempre deben comprender la ordenanza correspondiente, efectuada por la debida autoridad, que actúa bajo la dirección de quienes poseen las llaves. Las condiciones del convenio deben cumplirse con exactitud y honor. Así, el Señor explica que si un hombre se casa con una mujer en el mundo, y no se casa con ella por mí ni por mi palabra, y hace convenio con ella mientras él esté en el mundo, y ella con él, ninguna validez tienen su convenio y matrimonio cuando mueren y están fuera del mundo; por tanto, no están ligados por ninguna ley cuando están fuera del mundo.

Por consiguiente, cuando están fuera del mundo ni se casan ni se dan en casamiento, sino que son nombrados ángeles en el cielo, y estos ángeles son siervos ministrantes para ministrar a aquellos que son dignos de un peso de gloria mucho mayor, y extraordinario y eterno.

Porque estos ángeles no permanecieron en mi ley; por tanto, no pueden tener aumento, sino que permanecen separada y solitariamente, sin exaltación, en su estado de salvación, por toda la eternidad; y en adelante no son dioses, sino ángeles de Dios para siempre jamás.

Y además, de cierto te digo, si un hombre se casa con una mujer, y hace convenio con ella por el tiempo y por toda la eternidad, si ese convenio no se efectúa por mí ni por mi palabra, que es mi ley, y no es sellado por el Santo Espíritu de la promesa, por conducto de aquel a quien he ungido y nombrado para este poder, entonces no es válido, ni está en vigor cuando están fuera del mundo, porque no los ha unido el Señor, ni por mi palabra, dice el Señor; cuando están fuera del mundo no se puede recibir allá, porque los ángeles y los dioses están allí designados, y por ellos no pueden pasar; por tanto, no pueden heredar mi gloria; porque mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor (Doctrina y Convenios 132:15–18).

Doctrinas de consuelo

El Evangelio restaurado de Jesucristo es un mensaje de esperanza, una voz de consuelo. Más que cualquier otra cosa, el mensaje del Evangelio expone la verdad eterna de que nuestro Padre nos ama, que se interesa por nuestro bienestar, que hará todo lo que pueda para asegurar nuestra felicidad y bienestar, y que nadie será olvidado ni pasado por alto. La responsabilidad principal de enseñar el Evangelio a los hijos recae en sus padres, no en la Iglesia ni en ninguna de sus organizaciones auxiliares. Sin embargo, hay hijos que, a pesar de los mejores esfuerzos de sus padres, escogerán apartarse de sus enseñanzas y de su ejemplo. Aunque les duela el corazón, los padres fieles cuyos hijos son herederos del convenio tienen motivos para conservar la esperanza aun por aquellos que se desvían. “Cuando se pone un sello sobre el padre y la madre, este asegura a su posteridad, de modo que no pueden perderse, sino que serán salvos en virtud del convenio de su padre y de su madre” (Enseñanzas, pág. 321).

El élder Orson F. Whitney explicó esta gran doctrina de esperanza:

El profeta José Smith declaró —y nunca enseñó una doctrina más consoladora— que los sellamientos eternos de los padres fieles y las promesas divinas que se les hicieron por su servicio valiente en la causa de la verdad los salvarían no solo a ellos mismos, sino también a su posteridad. Aunque algunas de las ovejas se desvíen, el ojo del Pastor está sobre ellas, y tarde o temprano sentirán que los brazos de la Divina Providencia se extienden hacia ellas y las hacen volver al redil. Ya sea en esta vida o en la venidera, regresarán. Tendrán que pagar su deuda a la justicia; sufrirán por sus pecados y quizá recorran una senda espinosa; pero, si al final esta los conduce, como al hijo pródigo arrepentido, al corazón y al hogar de un padre amoroso y dispuesto a perdonar, la dolorosa experiencia no habrá sido en vano. Orad por vuestros hijos descarriados y desobedientes; aferraos a ellos con vuestra fe. Seguid esperando, seguid confiando, hasta que veáis la salvación de Dios (en Informe de la Conferencia, abril de 1929, pág. 110).

Puesto que muchos de los habitantes de la tierra, incluidos muchos de la familia de la fe que son dignos en todos los demás aspectos, no tendrán la oportunidad de casarse en el templo, ¿qué será de ellos? ¿Qué sucederá con quienes desearon profunda y sinceramente disfrutar de todos los privilegios y las dulces bendiciones relacionados con la unidad familiar eterna, pero nunca tuvieron esa oportunidad? Lorenzo Snow, uno de los sucesores del profeta José, enseñó: “No hay ningún Santo de los Últimos Días que muera después de haber llevado una vida fiel que vaya a perder algo por no haber hecho ciertas cosas cuando no se le brindaron las oportunidades. En otras palabras, si un joven o una joven no tiene la oportunidad de casarse y lleva una vida fiel hasta el momento de su muerte, tendrá todas las bendiciones, la exaltación y la gloria que tendrá cualquier hombre o mujer que haya tenido esa oportunidad y la haya aprovechado. Eso es seguro y positivo” (Las enseñanzas de Lorenzo Snow, pág. 138).

Otra maravillosa doctrina de consuelo que enseñó el Profeta tiene que ver con quienes murieron antes de alcanzar la madurez. Joseph F. Smith, hijo de Hyrum y sexto Presidente de la Iglesia, nos dice que “José Smith declaró que la madre que sepultó a su hijo pequeño, al verse privada del privilegio, el gozo y la satisfacción de criarlo hasta que llegara a ser hombre o mujer en este mundo, tendría, después de la resurrección, todo el gozo, la satisfacción y el placer, y aun más de lo que habría sido posible tener en la vida terrenal, al ver a su hijo crecer hasta alcanzar la medida completa de la estatura de su espíritu” (Doctrina del Evangelio, pág. 453).

Conclusión

La familia es la unidad más importante en el tiempo y en la eternidad, y ninguna organización, ni siquiera las reveladas divinamente, como la Iglesia y sus organizaciones auxiliares, debe tener prioridad sobre la familia. Puesto que la familia ocupa un lugar tan central en el gran plan de nuestro Dios, nuestro Padre Celestial ha dispuesto lo necesario para su perpetuación sempiterna. Esa disposición es el matrimonio eterno y el sellamiento del esposo y la esposa, de los padres y los hijos, mediante las sagradas ordenanzas del templo. Es el poder de atar y sellar en la tierra y en el cielo lo que lo hace todo posible.

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