Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 14

El sacerdocio preparatorio

Porque he aquí, el Señor Dios ha enviado al ángel que clama por en medio del cielo, diciendo: Preparad la vía del Señor, y enderezad sus sendas, porque la hora de su venida está cerca. —Doctrina y Convenios 133:17


Mientras José Smith y Oliver Cowdery trabajaban en la traducción del Libro de Mormón, llegaron a comprender que, si la ordenanza del bautismo había sido esencial para la salvación de los santos en la antigüedad, debía serlo igualmente en la actualidad. Deseosos de saber cómo podían disfrutar de las bendiciones relacionadas con aquella sagrada ordenanza, y sabiendo que solo en los cielos podían encontrar una respuesta confiable, se retiraron a un lugar apartado, a orillas del río Susquehanna, para preguntar al Señor. Al describir lo que sucedió después, José, cuya costumbre era siempre registrar tales acontecimientos con sencillez y claridad, declaró: “Mientras en esto nos hallábamos, orando e implorando al Señor, descendió un mensajero del cielo en una nube de luz” (José Smith—Historia 1:68). Oliver, con su estilo más vívido, ofrece un relato más completo de lo sucedido. “Repentinamente”, dijo, “como desde el centro de la eternidad, la voz del Redentor nos habló paz, mientras se partía el velo y el ángel de Dios descendía revestido de gloria y entregaba el anhelado mensaje y las llaves del evangelio de arrepentimiento. ¡Qué gozo! ¡Qué admiración! ¡Qué asombro! Mientras el mundo se hallaba atormentado y confuso, mientras millones andaban a tientas como ciegos palpando la pared, y todos los hombres, en general, se apoyaban en la incertidumbre, nuestros ojos vieron, nuestros oídos oyeron, como en el ‘fulgor del día’; sí, más aún: ¡por encima del resplandor del rayo de sol de mayo que entonces derramaba su brillo sobre la faz de la naturaleza! Entonces su voz, aunque apacible, penetró hasta lo más profundo, y sus palabras: ‘Soy vuestro consiervo’, disiparon todo temor” (José Smith—Historia 1:71, nota al pie).

Deberes, oficios y promesas

Cuando el sacerdocio mayor fue quitado de entre los hombres en general en los días de Moisés, “continuó el sacerdocio menor, que tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio, el cual es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados, y la ley de los mandamientos carnales, que el Señor en su ira hizo que continuara con la casa de Aarón entre los hijos de Israel, hasta Juan, a quien Dios levantó, y quien fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Porque fue bautizado mientras estaba aún en su niñez, y cuando tenía ocho días de edad fue ordenado por el ángel de Dios para este poder, para derribar el reino de los judíos y enderezar las vías del Señor delante de la faz de su pueblo, a fin de prepararlo para la venida del Señor, en cuyas manos se ha dado todo poder” (Doctrina y Convenios 84:26–28).

En una revelación sobre el sacerdocio se nos dice que “hay en la iglesia dos sacerdocios, a saber, el de Melquisedec y el de Aarón, que incluye el Levítico” (Doctrina y Convenios 107:1). En cuanto a los deberes del Sacerdocio Aarónico, se nos dice: “El segundo sacerdocio es llamado el Sacerdocio de Aarón, porque se confirió a Aarón y a su descendencia por todas sus generaciones. Se llama el sacerdocio menor porque es una dependencia del mayor, o sea, el Sacerdocio de Melquisedec, y tiene el poder para administrar las ordenanzas exteriores. El obispado es la presidencia de este sacerdocio, y posee las llaves o autoridad de este” (Doctrina y Convenios 107:13–15). En cuanto al encargo específico dado al Sacerdocio Aarónico, se nos dice que “el poder y la autoridad del sacerdocio menor, o sea, el de Aarón, consisten en tener las llaves del ministerio de ángeles y en administrar las ordenanzas exteriores, la letra del evangelio, el bautismo de arrepentimiento para la remisión de pecados, de acuerdo con los convenios y los mandamientos” (Doctrina y Convenios 107:20).

Junto con el oficio de obispo, el Sacerdocio Aarónico incluye otros tres oficios: diácono, maestro y presbítero. “El deber del presbítero es predicar, enseñar, exponer, exhortar, bautizar y administrar la santa cena, y visitar la casa de todos los miembros, y exhortarlos a orar vocalmente, así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares. Y también puede ordenar a otros presbíteros, maestros y diáconos; y debe hacerse cargo de las reuniones cuando no esté presente ningún élder; pero cuando esté presente un élder, solamente debe predicar, enseñar, exponer, exhortar y bautizar, y visitar la casa de todos los miembros, exhortándolos a orar vocalmente, así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares. En todos estos deberes, el presbítero debe ayudar al élder, si la ocasión lo requiere” (Doctrina y Convenios 20:46–52).

“El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos; y cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias; y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y también que todos cumplan con sus deberes. Y se hará cargo de las reuniones en ausencia del élder o presbítero; y los diáconos han de ayudarlo siempre, en todos sus deberes en la iglesia, si la ocasión lo requiere. Pero ni los maestros ni los diáconos tienen la autoridad para bautizar, administrar la santa cena o imponer las manos; deben, sin embargo, amonestar, exponer, exhortar, enseñar e invitar a todos a venir a Cristo” (Doctrina y Convenios 20:53–59).

El libro de Malaquías contiene una maravillosa profecía acerca del regreso del Bautista en los últimos días y de la restauración del Sacerdocio Aarónico. Al describir los acontecimientos de los últimos días, Cristo citó este pasaje a los nefitas para que también pudiera registrarse en el Libro de Mormón:

He aquí, yo envío a mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, sí, el mensajero del convenio, a quien deseáis vosotros. He aquí, viene, ha dicho Jehová de los ejércitos.

¿Y quién podrá soportar el día de su venida?, o, ¿quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores.

Y se sentará como refinador y purificador de plata, y purificará a los hijos de Leví; los afinará como a oro y como a plata, y ofrecerán a Jehová ofrenda en rectitud.

Y será grata a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados y como en los años antiguos (Malaquías 3:1–4; véase también 3 Nefi 24:1–4).

Quienes no son de nuestra fe sostienen que esta promesa profética se cumplió durante el ministerio terrenal de Cristo. Ese argumento no es fiel a las palabras de la profecía. Aunque el Señor enseñó con frecuencia en el templo durante Su ministerio terrenal, no hizo allí ninguna aparición “súbita” como la que se menciona en esta profecía. Es cierto que Juan el Bautista vino como mensajero para preparar el camino delante de Él en Su ministerio terrenal, pero es igualmente cierto que Juan estaba destinado a venir de nuevo para preparar el camino antes del reinado milenario. Por lo que escribió Malaquías, es evidente que el pueblo del Señor ha de ser tanto un pueblo que edifica templos como un pueblo del convenio. También es evidente que el pueblo del Señor debe creer en los mensajeros enviados divinamente y aceptarlos.

La primera evidencia clara de que esta profecía tendrá su cumplimiento en los últimos días, en lugar de en el ministerio terrenal de Cristo, es su referencia a Él como el “Señor de los ejércitos”. En Su ministerio terrenal, Cristo vino a este mundo como un niño indefenso, no a la cabeza de un ejército de ángeles. En la profecía de Malaquías sigue entonces una pregunta acerca de quién será digno y estará preparado para recibirlo o soportar el día de Su venida. Nadie tuvo dificultad alguna para soportar Su presencia durante Su ministerio terrenal. Los hijos de Leví no fueron purificados de sus pecados en aquel entonces, ni hicieron una ofrenda que le fuera aceptable. Esta autoridad, dijo él, no sería quitada de la tierra hasta que los hijos de Leví hubieran hecho una ofrenda aceptable al Señor. La versión que Oliver da de las palabras del Bautista es aún más enfática: “¡Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero este sacerdocio y esta autoridad, que permanecerán sobre la tierra para que los hijos de Leví todavía puedan ofrecer al Señor una ofrenda en rectitud!” (José Smith—Historia 1:71, nota al pie).

La ofrenda que harán los hijos de Leví es el mismo rito de sacrificio de animales que se ofrecía en la antigüedad. Esto resulta algo sorprendente para muchos Santos de los Últimos Días. El profeta José Smith explica:

Generalmente se supone que el sacrificio quedó completamente abolido cuando se ofreció el Gran Sacrificio [es decir,] el sacrificio del Señor Jesús, y que en el futuro no habrá necesidad de la ordenanza del sacrificio; pero quienes afirman esto ciertamente no conocen los deberes, los privilegios y la autoridad del sacerdocio, ni a los profetas.

El ofrecimiento de sacrificios siempre ha estado vinculado con el sacerdocio y forma parte de sus deberes. Comenzó con el sacerdocio y continuará hasta después de la venida de Cristo, de generación en generación. Con frecuencia encontramos menciones del ofrecimiento de sacrificios por los siervos del Altísimo en los días antiguos, antes de la ley de Moisés; estas ordenanzas continuarán cuando el sacerdocio sea restaurado con toda su autoridad, poder y bendiciones. […]

Estos sacrificios, así como toda ordenanza perteneciente al sacerdocio, serán plenamente restaurados y observados en todos sus poderes, ramificaciones y bendiciones cuando se edifique el Templo del Señor y sean purificados los hijos de Leví. Esto siempre ha existido y siempre existirá cuando los poderes del Sacerdocio de Melquisedec se manifiesten suficientemente; de otro modo, ¿cómo podría llevarse a cabo la restauración de todas las cosas de que hablaron los santos profetas? No debe entenderse que la ley de Moisés será establecida de nuevo con todos sus ritos y su variedad de ceremonias; los profetas nunca han hablado de esto; pero aquellas cosas que existían antes de los días de Moisés, a saber, el sacrificio, continuarán.

Algunos podrían preguntar: ¿Qué necesidad hay del sacrificio, puesto que ya se ofreció el Gran Sacrificio? En respuesta a ello: Si el arrepentimiento, el bautismo y la fe existían antes de los días de Cristo, ¿qué necesidad hay de ellos desde entonces? (Enseñanzas, págs. 172–173).

No se sabe con certeza hasta qué grado se llevará a cabo la ley del sacrificio en aquel día futuro. Esto sí sabemos: como “parte de la restauración de todas las cosas —y entonces solo de manera limitada—, volverán a ofrecerse sacrificios de sangre” (McConkie, El Mesías mortal, 1:128; véase también Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 3:94). Esto es literal. Los profetas lo afirman enfáticamente. Es una doctrina difícil, pero es verdadera. No debe confundirse con la aplicación que hizo el profeta José Smith del pasaje de Malaquías a nuestra responsabilidad en favor de los muertos: “Ofrezcamos, pues, como iglesia y como pueblo, y como Santos de los Últimos Días, una ofrenda al Señor en rectitud; y presentemos en su santo templo, cuando se termine, un libro que contenga el registro de nuestros muertos, el cual sea digno de toda aceptación” (Doctrina y Convenios 128:24).

Por medio del profeta José Smith hemos recibido mucho entendimiento acerca de cómo funcionaba el Sacerdocio Aarónico en la antigüedad. “En cuanto al Evangelio y al bautismo que Juan predicaba”, dijo, diría que Juan vino predicando el Evangelio para la remisión de los pecados; tenía su autoridad de Dios, y los oráculos de Dios estaban con él, y por un tiempo parecía que el reino de Dios descansaba únicamente en Juan. El Señor prometió a Zacarías que tendría un hijo que sería descendiente de Aarón, pues el Señor había prometido que el sacerdocio continuaría con Aarón y su descendencia por todas sus generaciones. Que nadie tome para sí esta honra, a menos que sea llamado por Dios, como lo fue Aarón; y Aarón recibió su llamamiento por revelación. Un ángel de Dios también se apareció a Zacarías mientras estaba en el templo y le dijo que tendría un hijo, cuyo nombre sería Juan, y que sería lleno del Espíritu Santo. Zacarías era sacerdote de Dios y oficiaba en el templo, y Juan fue sacerdote como su padre, poseía las llaves del Sacerdocio Aarónico y fue llamado por Dios a predicar el Evangelio del reino de Dios. Los judíos, como nación, al haberse apartado de la ley de Dios y del Evangelio del Señor, prepararon el camino para que este fuera transferido a los gentiles.

Pero, dice alguien, el reino de Dios no pudo haber sido establecido en los días de Juan, porque Juan dijo que el reino estaba cerca. Sin embargo, yo preguntaría si podía estar más cerca de ellos que encontrándose en manos de Juan. El pueblo no tenía que esperar hasta el día de Pentecostés para encontrar el reino de Dios, porque Juan lo tenía consigo, y salió del desierto clamando: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”, como si dijera: “Aquí afuera tengo el reino de Dios, y vosotros podéis recibirlo, y voy a buscaros; y si no lo recibís, seréis condenados”; y las Escrituras indican que toda Jerusalén acudía al bautismo de Juan. Había un administrador legítimo, y quienes eran bautizados eran súbditos de un rey; también estaban allí las leyes y los oráculos de Dios; por tanto, el reino de Dios estaba allí, porque ningún hombre podía tener mayor autoridad para administrar que Juan; y nuestro Salvador mismo se sometió a esa autoridad al ser bautizado por Juan; por tanto, el reino de Dios fue establecido sobre la tierra aun en los días de Juan.

Hay una diferencia entre el reino de Dios y los frutos y las bendiciones que emanan del reino; el hecho de que hubiera más milagros, dones, visiones, sanidades, lenguas, etcétera, en los días de Jesucristo y Sus apóstoles, y en el día de Pentecostés, que durante la administración de Juan, de ninguna manera demuestra que Juan no tuviera el reino de Dios, como tampoco demostraría que una mujer no tuviera un recipiente para leche porque no tuviera un recipiente lleno de leche; pues, mientras el recipiente podría compararse con el reino, la leche podría compararse con las bendiciones del reino.

Juan era sacerdote según el orden de Aarón, tenía las llaves de ese sacerdocio y salió predicando el arrepentimiento y el bautismo para la remisión de los pecados; pero al mismo tiempo proclamaba: “Viene tras mí el que es más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar, agachado, la correa de su calzado”; y Cristo vino de acuerdo con las palabras de Juan, y era mayor que Juan porque poseía las llaves del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios, y anteriormente había revelado el sacerdocio a Moisés; sin embargo, Cristo fue bautizado por Juan para cumplir toda justicia; y Jesús, en Sus enseñanzas, dice: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. ¿Qué roca? La revelación.

También dice: “El que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”; y: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Si un hombre nace del agua y del Espíritu, puede entrar en el reino de Dios. Es evidente que el reino de Dios estaba sobre la tierra y que Juan preparó súbditos para el reino al predicarles el Evangelio y bautizarlos; y preparó el camino delante del Salvador, o vino como precursor y preparó súbditos para la predicación de Cristo; y Cristo predicó por Jerusalén en el mismo lugar donde Juan había predicado; y cuando fueron llamados los apóstoles, trabajaron en Jerusalén, y Jesús les mandó permanecer allí hasta que fueran investidos con poder de lo alto. ¿Acaso no tenían trabajo que hacer en Jerusalén? Sí trabajaron y prepararon a un pueblo para Pentecostés. El reino de Dios estaba con ellos antes del día de Pentecostés, así como después; y también estaba con Juan, y él predicó el mismo Evangelio y bautismo que Jesús y los apóstoles predicaron después de él. La investidura tenía por objeto preparar a los discípulos para sus misiones al mundo.

Siempre que los hombres puedan conocer la voluntad de Dios y encontrar a un administrador legítimamente autorizado por Dios, allí está el reino de Dios; pero donde estos no se encuentran, no está el reino de Dios. Todas las ordenanzas, los sistemas y las administraciones sobre la tierra son inútiles para los hijos de los hombres, a menos que sean ordenados y autorizados por Dios; porque nada salvará al hombre sino un administrador legítimo; pues ningún otro será reconocido ni por Dios ni por los ángeles (Enseñanzas, págs. 272–274).

Conclusión

Al igual que el relato del Profeta sobre la Primera Visión, la historia de la restauración del Sacerdocio Aarónico constituye una evidencia perfecta de que José Smith era un profeta. A pesar de la Primera Visión, en la que había visto tanto al Padre como al Hijo, de las numerosas ocasiones en que Moroni lo había instruido, de que poseía las planchas de oro y el Urim y Tumim, y de su llamamiento para traducir las planchas, José Smith no afirmó poseer la autoridad del sacerdocio, ni el derecho de predicar públicamente el Evangelio, ni el derecho de efectuar ordenanza alguna del Evangelio. Sencillamente, no se atribuyó ninguna autoridad. Además, José Smith nunca estuvo solo cuando se restauraron el sacerdocio o las llaves. Siempre hubo un compañero a su lado. Así cumplió con la ley de los testigos. Cuando interviene la autoridad del cielo y están en juego los principios de la salvación, no se nos exige depender del testimonio de un solo hombre.

La disciplina y el orden relacionados con la restauración del Sacerdocio Aarónico también constituyen una evidencia de la veracidad del relato. Cuando se apareció el Bautista, declaró de inmediato que actuaba bajo la dirección de Pedro, Santiago y Juan, la Primera Presidencia de la Iglesia del meridiano de los tiempos después de la muerte de Cristo, quienes poseían las llaves del reino. Explicó lo que tenía autoridad para hacer —comisionarlos para bautizarse el uno al otro— y cuáles eran los límites de su autoridad —no podía conferir el don del Espíritu Santo—. Luego, en lugar de bautizarlos él mismo, algo que no representaría dificultad alguna para un ser resucitado, hizo que José Smith y Oliver Cowdery se bautizaran el uno al otro, enseñando así que los cielos no hacen por nosotros lo que somos capaces de hacer por nosotros mismos. El relato tampoco termina aquí, pues luego leemos que Juan el Bautista indicó a José y a Oliver que volvieran a ordenarse el uno al otro. Así establece en su mente que la ordenación al sacerdocio debe seguir al bautismo y que la disciplina relacionada con las ordenanzas de salvación debe conservarse pura. Después observamos que solo tras la organización de la Iglesia se mencionan los oficios del sacerdocio. José y Oliver no salieron del bosque aquella mañana atribuyéndose oficio alguno, aunque sí recibieron la promesa de que los recibirían en el futuro. No se puede poseer un oficio en una organización inexistente. Los oficios tendrían que esperar hasta que se organizara la Iglesia. Tampoco pasa inadvertida la perfecta concordancia de las palabras y la promesa de Juan con la profecía de Malaquías, un asunto que han pasado por alto las organizaciones cristianas que afirman poseer su propia autoridad. Así, otro muro en el gran templo de la Restauración

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