Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 10

El primer estado

Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual estos puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare. —Abraham 3:24–25


Primero nacimos como espíritus. En verdad, todas las cosas existieron en un estado espiritual antes de existir naturalmente sobre la tierra (véase Moisés 3:5). En nuestro primer estado, el espíritu vivía independientemente del cuerpo; en la vida terrenal, el espíritu y el cuerpo están unidos temporalmente; en la muerte se separan; y en la resurrección quedan inseparablemente unidos. El tabernáculo de carne se forma a imagen y semejanza del espíritu que le da vida (véanse Doctrina y Convenios 77:2; Enseñanzas, pág. 373). Por tanto, nuestro primer estado, o existencia espiritual, era muy semejante a este. Nos conocíamos unos a otros por nuestra apariencia y como varones y mujeres. Suponemos que las plantas, los árboles, las flores y los arbustos daban variedad y belleza a aquel mundo, tal como lo hacen en el mundo en que ahora vivimos, y que los animales también compartían aquella existencia con nosotros. El propósito de nuestro primer estado, o estado celestial, era prepararnos para las pruebas y responsabilidades de la vida terrenal. Por necesidad, por tanto, aquella existencia tenía que ser muy semejante a esta, a fin de que la formación y preparación que recibíamos fueran pertinentes para las experiencias que estábamos destinados a tener. De las pruebas de la vida terrenal surgen cualidades como la fe, el valor y la sabiduría, todas las cuales requieren los fuegos de la vida terrenal para ser forjadas.

Concilios en el cielo

Al observar cómo funciona el reino de Dios en la tierra, aprendemos mucho acerca de la naturaleza de ese mismo reino en las esferas celestiales. El reino de Dios en la tierra se gobierna mediante consejos, y así sucede también en los cielos. En la vida terrenal, Dios escoge de entre nosotros a quienes han de guiar y dirigir, y se invita a todos a participar de una u otra manera en la labor del reino. Tal fue también nuestra experiencia en las esferas celestiales. Allí, entre otras cosas, se invitó a los nobles y grandes a reunirse en concilio y hacer planes para la creación de esta tierra.

“En el principio, el cabeza de los Dioses convocó un concilio de los Dioses; y se reunieron y elaboraron un plan para crear el mundo y poblarlo” (Enseñanzas, págs. 349–350). Fue al traducir el libro de Abraham cuando José Smith aprendió acerca de la función que desempeñaron los espíritus en nuestro estado preterrenal en la planificación y creación de esta tierra. Este texto contiene lo que hemos llegado a llamar el plan o diseño de la creación, el programa que seguirían al realizar la labor de la creación. El relato del diseño es prácticamente igual a los relatos de la creación física de la tierra que se encuentran en Génesis, Moisés y el templo, salvo que se refiere de manera constante a la labor de la creación como algo realizado por “los Dioses”. No es sino hasta llegar al final del cuarto capítulo de Abraham cuando descubrimos que los acontecimientos acerca de los cuales hemos estado leyendo aún son futuros (Abraham 4:30). El quinto capítulo comienza: “Y así terminaremos los cielos y la tierra, y todas sus huestes. Y los Dioses dijeron entre sí: En el séptimo período terminaremos nuestra obra que hemos acordado; y reposaremos, en el séptimo período, de toda nuestra obra que hemos acordado. Y los Dioses concluyeron el séptimo período, porque en el séptimo período iban a reposar de todas sus obras que ellos (los Dioses) acordaron entre sí formar; y lo santificaron. Y así fueron sus decisiones al tiempo que acordaron entre sí formar los cielos y la tierra” (Abraham 5:1–3).

En un sentido amplio y general, Dios el Eterno Padre es el creador de todas las cosas. Él es Dios el primero, el Creador (véase Enseñanzas, pág. 190). Bajo Su dirección, el Salvador ha creado incontables mundos (véanse Doctrina y Convenios 76:24; Moisés 1:33; 7:30). En el libro de Abraham aprendemos que el Salvador no estuvo solo en esta labor, sino que recibió la ayuda de los espíritus nobles y grandes que estaban destinados a venir a esta tierra. En el discurso de King Follett, el Profeta explicó que, en el principio, “el Dios principal hizo surgir a los Dioses”, o que “el cabeza de los Dioses reunió a los Dioses” (Enseñanzas, pág. 348). La referencia a “Dios” en el texto de Génesis es una traducción de la palabra hebrea Elohim. El es la palabra hebrea que significa “Dios”, mientras que la adición de im la convierte en plural. Por tanto, la primera oración del Antiguo Testamento debería decir: “En el principio, los Dioses crearon los cielos y la tierra”. La única justificación para traducir Elohim como “Dios” en lugar de “Dioses” es teológica. El concepto de “Dioses” sencillamente no encaja en la mentalidad teológica de los traductores judíos ni de los cristianos. Esta tradición no fue cuestionada hasta que José Smith se atrevió a sugerir que el lenguaje del texto hebreo debía leerse tal como estaba expresado.

Al hablar de la existencia preterrenal, José Smith dijo: “Dios mismo, al encontrarse en medio de espíritus y gloria, por ser más inteligente, consideró conveniente instituir leyes por medio de las cuales los demás pudieran tener el privilegio de progresar como Él” (ibíd., pág. 354). Entre las leyes que se habían instituido y que, por tanto, constituían el plan del Padre para la salvación de Sus hijos, se encontraban las siguientes:

  1. Los espíritus nobles y grandes, como acabamos de señalar, habían de crear esta tierra bajo la dirección del mayor, o Primogénito, de los hijos del Padre.
  2. Cada hijo espiritual del Padre había de venir a la tierra mediante el proceso de nacer de padres mortales, a fin de obtener un cuerpo de carne y huesos. Este estado de probación terrenal también sería una prueba para determinar su disposición a hacer la voluntad del Padre.
  3. Los habitantes de la tierra estarían sujetos a la muerte como resultado de la caída de Adán. El espíritu se separaría del cuerpo, y el cuerpo volvería al polvo de la tierra de donde había venido.
  4. Uno de los hijos del Padre habría de realizar un sacrificio infinito y eterno para cumplir los propósitos relacionados con la caída de Adán y hacer posible una expiación para los verdaderamente arrepentidos. Así se efectuaría una resurrección —la unión inseparable del cuerpo y el espíritu— y sería posible obtener el perdón de los pecados mediante un redentor.
  5. Finalmente, habría un día de juicio en el que se daría a cada persona una justa retribución. Quienes hubieran sido obedientes a las leyes y ordenanzas del Evangelio podrían entonces regresar a la presencia de su Padre para disfrutar de una gloria celestial.

Después de la creación de la tierra y después de haberse anunciado que a los hijos espirituales del Padre se les permitiría venir a esta tierra, cada uno en su turno, para recibir su cuerpo y ser probados, se anunció que se escogería a un redentor. El Padre preguntó a Su familia reunida, en lo que ahora llamamos el Gran Concilio de los Cielos: “¿A quién enviaré?” (Abraham 3:27). Es decir, ¿quién se ofrecería voluntariamente para ser el sacrificio expiatorio, para hacer posibles todas las demás bendiciones del Evangelio? ¿Quién iría como el Unigénito del Padre en la carne, para sufrir tanto en el cuerpo como en el espíritu en Getsemaní y en una cruz, para tomar sobre Sí los pecados del mundo? Hubo dos respuestas. Jehová, quien llegaría a ser Jesucristo en la carne, dijo: “Heme aquí; envíame”. Y luego añadió, refiriéndose a todo el plan de salvación: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Abraham 3:27; Moisés 4:2). La otra respuesta comenzó de la misma manera: “Heme aquí; envíame”; pero, a partir de ese punto, ambas eran completamente diferentes en espíritu y propósito. “Seré tu hijo”, dijo, “y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Abraham 3:27; Moisés 4:1). Después de que el Señor dijo: “Enviaré al primero”, leemos que “el segundo se enojó, y no guardó su primer estado; y muchos lo siguieron ese día” (Abraham 3:27–28).

Todos los hijos y las hijas espirituales de Dios eran libres para escoger, y ninguno habría de ser obligado. Así, el segundo en responder, Lucifer, o Satanás, una estrella grande y resplandeciente, arrastró tras de sí a “la tercera parte de las huestes del cielo”, a quienes apartó de su Padre “a causa de su albedrío” (Doctrina y Convenios 29:36). Puesto que Dios les había concedido el derecho de escoger, eran libres para seguir a Satanás. Ciertamente, es irónico que Lucifer procurara quitar el don del albedrío a todos los hijos de Dios para, según proponía, salvarlos y que ninguno se perdiera; sin embargo, al seguir tal curso, todos se perderían con seguridad, pues sin albedrío, o el derecho de escoger, nadie podría escoger seguir la senda que conduce a la salvación. Al ser rechazada su propuesta, Lucifer procuró obtener el trono de Dios mediante la rebelión; por tanto, hubo una guerra en el cielo. Al describir estos acontecimientos, Juan el Revelador escribió: “Y hubo una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y el dragón y sus ángeles luchaban contra Miguel; y el dragón no prevaleció contra Miguel. […] Ni se halló más lugar en el cielo para el gran dragón, que fue arrojado fuera; aquella serpiente antigua llamada el diablo, y también llamada Satanás, que engaña a todo el mundo; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (TJS, Apocalipsis 12:6–8). Acerca de una visión semejante a la de Juan, José Smith y Sidney Rigdon escribieron: “Y esto también vimos, de lo cual damos testimonio, que un ángel de Dios que tenía autoridad delante de Dios, el cual se rebeló en contra del Hijo Unigénito, a quien el Padre amaba y que estaba en el seno del Padre, fue arrojado de la presencia de Dios y del Hijo, y fue llamado Perdición, porque los cielos lloraron por él; y era Lucifer, un hijo de la mañana. Y vimos; y he aquí, ¡ha caído, un hijo de la mañana ha caído!” (Doctrina y Convenios 76:25–26).

“Por cuanto Satanás se rebeló contra mí”, explicó el Señor, “y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y también que le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito; y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:3–4). “La contienda en el cielo fue esta: Jesús dijo que habría ciertas almas que no serían salvas; y el diablo dijo que podía salvarlas a todas, y presentó sus planes ante el gran concilio, el cual dio su voto a favor de Jesucristo. Así que el diablo se levantó en rebelión contra Dios y fue arrojado abajo, con todos los que se pusieron de su parte” (Enseñanzas, pág. 357).

Entendemos mal los relatos revelados de lo que ocurrió en la existencia preterrenal si suponemos que el Padre estaba solicitando posibles planes de salvación en el gran concilio de los cielos. No fue así. Dios no se presentó ante las huestes reunidas y preguntó: “¿Qué haremos?”. Eso difícilmente sería propio de Dios. El plan de salvación, como hemos visto, era eterno, y se había instituido y enseñado a los espíritus reunidos mucho antes de que se congregaran las huestes del cielo. Tampoco estaba el Padre convocando una votación popular acerca del plan. Solo había un plan: el plan del Padre. La existencia preterrenal no era una democracia, como tampoco lo son la Iglesia y el reino de Dios en la tierra. Era un reino teocrático entonces, tal como lo es ahora. El Señor es el Autor de todas las leyes; Él emite todos los decretos e invita a Sus hijos a obedecer. En este caso, quienes se rebelaron fueron expulsados. Si la mayoría de los hijos y las hijas del Padre se hubiera puesto de parte de Lucifer, eso no habría cambiado nada. El voto popular no puede cambiar los principios eternos ni anular la importancia del albedrío. Se invitó a todos a aceptar o rechazar el plan que disponía que el Primogénito fuera nuestro Redentor; a ninguno se le invitó a modificar ese plan.

La organización en el primer estado

La primera ley del cielo es la obediencia. En verdad, se nos dice que hay una ley “irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (Doctrina y Convenios 130:20–21). Alma explicó que los hombres llamados a ser sumos sacerdotes estaban destinados a recibir ese llamamiento debido a su fe y sus buenas obras en el “primer lugar”. Eran, dijo, “llamados y preparados desde la fundación del mundo”, donde se les había permitido “escoger el bien o el mal; por lo que, habiendo escogido el bien y ejercido una fe sumamente grande, son llamados con un santo llamamiento”. Otros, dijo, rechazaron “el Espíritu de Dios a causa de la dureza de sus corazones y la ceguedad de sus mentes, mientras que, de no haber sido por esto, hubieran podido tener tan grande privilegio como sus hermanos” (Alma 13:3–6). Como en todas las cosas, Cristo es el ejemplo perfecto de este principio. En aquel concilio preterrenal, Su promesa al Padre fue: “Hágase tu voluntad” (Moisés 4:2); y, al concluir Su incomparable labor de sacrificio, entregando Su vida en la cruz, dijo: “Padre, consumado es; se ha hecho tu voluntad” (TJS, Mateo 27:54). Tal es la actitud y el espíritu que deben adquirir todos aquellos a quienes el Señor confía puestos de responsabilidad.

A Abraham se le mostró la organización de los espíritus antes de que vinieran a la vida terrenal. Al dirigir la atención de Abraham a la asamblea de “los nobles y grandes”, Dios dijo: “A estos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer” (Abraham 3:22–23). En lo que parece haber sido una visión semejante, el presidente Joseph F. Smith dijo: “Observé que ellos [el profeta José Smith, su padre, Hyrum Smith, Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff y otros espíritus escogidos] también se hallaban entre los nobles y grandes que fueron escogidos en el principio para ser gobernantes en la Iglesia de Dios. Aun antes de nacer, ellos, con muchos otros, recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus, y fueron preparados para venir en el debido tiempo del Señor a obrar en su viña en bien de la salvación de las almas de los hombres” (Doctrina y Convenios 138:53–56). José Smith explicó que “todo hombre que tiene un llamamiento para ministrar a los habitantes del mundo fue ordenado precisamente para ese propósito en el Gran Concilio de los Cielos antes de que este mundo existiera”. Luego añadió modestamente: “Supongo que fui ordenado a este oficio en aquel Gran Concilio” (Enseñanzas, pág. 365). Así fue como el Padre “llamó a todos los espíritus ante Él en la creación del hombre y los organizó. Él [Adán] es la cabeza” (ibíd., pág. 158). Entre las principales disposiciones organizativas y preordenaciones de la existencia preterrenal se encontraba la organización del linaje y de la familia. Los oficios y puestos en la Iglesia, o reino terrenal, serían importantes, pero durarían solo un tiempo y una temporada, mientras que las relaciones vinculadas a la familia habrían de perdurar por las eternidades sin fin.

Cristo fue escogido y llamado en el Gran Concilio de los Cielos para ser el Unigénito en la carne y, por tanto, el Salvador o Redentor de toda la humanidad. Los profetas, los Apóstoles y todos los que fueron designados para recibir el sacerdocio y desempeñar funciones importantes en el plan y programa del Señor también fueron, de igual manera, escogidos y designados de antemano. La casa de Israel y los santos de todas las épocas también fueron designados, según la elección de gracia, para recibir el Evangelio en un tiempo y una época determinados. Ellos, a su vez, habían de ser mensajeros de esas verdades para el resto de los hijos de Dios. Así, fueron preordenados para ser bautizados, investidos y revestidos de la autoridad del sacerdocio, y para ser testigos de los principios de la salvación entre todos los pueblos. Todo esto estaba de acuerdo con la atención y diligencia que prestaron a la ley del Evangelio tal como se les presentó en su primer estado.

En nuestro estado preterrenal, la muerte y el sufrimiento nos eran desconocidos. En aquel entonces éramos espíritus libres de las concupiscencias y pasiones de la carne. La enfermedad, los apetitos físicos y el cansancio nos eran desconocidos. No obstante, teníamos albedrío, lo cual implica que había decisiones importantes que tomar: decisiones acerca de lo que creeríamos y lo que no creeríamos; decisiones relacionadas con las causas que apoyaríamos y las que no apoyaríamos; decisiones relacionadas con la preparación que haríamos para esta permanencia terrenal y con los talentos que procuraríamos desarrollar; decisiones entre lo bueno y lo que no era bueno. Esto resulta evidente por el hecho de que una tercera parte de las huestes del cielo llegó a ser hijos de perdición, lo que significa que quedaron perdidos sin esperanza.

Las leyes de nuestra sociedad preterrenal, las leyes que se nos enseñó a vivir, eran las leyes del Evangelio. Hermanos escogidos poseían el santo sacerdocio y lo utilizaban no solo en la creación de la tierra, sino también en puestos de autoridad a los que habían sido llamados para enseñar, guiar y dirigir a sus hermanos y hermanas. Ciertamente había una organización de la Iglesia en la que nos ayudábamos e instruíamos unos a otros para comprender y vivir el plan del Evangelio. Mediante las experiencias del primer estado, los hombres y las mujeres desarrollaron talentos que ahora poseen. Traemos con nosotros el grado de espiritualidad e inteligencia que adquirimos mientras aún estábamos en la presencia de Dios. Entre las huestes preterrenales había músicos, matemáticos, artistas, oradores, personas persuasivas, hombres sabios y muchos más, tal como los hay entre nosotros ahora. Abraham vio en visión a los espíritus nobles y grandes mientras aún moraban en la presencia divina, lo que significa que vio a quienes habían adquirido el talento de la espiritualidad y el liderazgo. Nacemos con todos los talentos, capacidades y aptitudes que adquirimos mediante la obediencia a la ley mientras estábamos en nuestro estado preterrenal. En cuanto a la vida terrenal, sabemos que “si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero” (véase Doctrina y Convenios 130:18–19). Este principio ciertamente es válido para describir la manera en que nuestro primer estado determina nuestro lugar y posición en la vida terrenal. Hablaremos más de esto al tratar acerca del Israel preterrenal en el capítulo 19.

A menudo se pregunta: ¿Recibiremos al morir un conocimiento de las cosas que una vez supimos en aquel primer estado? No parecería apropiado que a los inicuos ni a quienes desconocen el plan del Evangelio se les restaurara espontáneamente tal conocimiento al atravesar el velo de la muerte. De otro modo, aquellos que se encuentran en el mundo de los espíritus y que aún no han recibido el Evangelio no tendrían oportunidad de aceptarlo por la fe, y se perdería la oportunidad de poner a prueba su integridad espiritual. El arrepentimiento y la conversión deben emprenderse en un contexto de fe. Pedro expresó bien el principio cuando dijo: “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en la carne según los hombres, pero vivan en el espíritu según Dios” (1 Pedro 4:6). Por otra parte, quienes hayan completado su estado de probación en esta esfera mortal y hayan merecido el derecho de ir al paraíso, donde son hombres y mujeres justos hechos perfectos —es decir, personas aprobadas por Dios que serán exaltadas en la resurrección—, habrán superado las pruebas de la vida terrenal. Para ellos, el día de probación habrá terminado y, sin duda, se les restaurará ese conocimiento sagrado línea por línea, precepto por precepto.

Conclusión

La vida sencillamente no tiene sentido sin un conocimiento de la existencia preterrenal. La razón nos lo dicta y el Santo Espíritu susurra a nuestro espíritu que siempre hemos vivido. Verdaderamente, como afirmó Eliza R. Snow, sentimos en esta vida como si hubiéramos “vagado lejos de una esfera más exaltada” (“Oh mi Padre”, Himnos, núm. 292). No sabemos cuánto tiempo pasamos en nuestro primer estado. Según el cómputo mortal, pudo haber tenido una duración casi infinita. Durante este período, Jehová, bajo la dirección del Padre, creó incontables mundos; esto supone un período prolongado. Imaginamos que, durante aquella existencia, existía entre nosotros la misma sociabilidad que existe aquí. Sin duda, nuestro círculo de amigos y compañeros incluía a muchos con quienes nos relacionamos aquí. La afinidad natural que sentimos con algunas personas y hacia ellas evidentemente tiene sus raíces allí. Por tanto, tenemos cierto grado de recuerdo al reunirnos de nuevo con tales espíritus en este estado, aunque la razón de ello quizá no nos resulte evidente. (Véase Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, págs. 12–13, 311).

¿Qué debemos saber, entonces, de la existencia preterrenal? Lo suficiente para situar este estado en su debida perspectiva. Lo suficiente para saber que la justicia y la misericordia de Dios no pueden medirse por lo que experimentamos y vemos aquí. Lo suficiente para saber que somos un pueblo con un destino y que hemos sido instruidos y preparados para él. Lo suficiente para saber que no se nos pedirá hacer aquello para lo cual no hayamos sido preparados en los concilios de los cielos mucho antes de nacer. Lo suficiente para saber que la sabiduría de Dios se manifiesta en el momento y las circunstancias de nuestro nacimiento y en los desafíos particulares que nos corresponderán. Y, sin embargo, lo bastante poco para asegurar que esta vida sea una prueba digna de las bendiciones de la eternidad y que todos los que venzan lo hagan por la fe.

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