Capítulo 27
La restauración de verdades claras y preciosas
Y el ángel me habló, diciendo: Estos últimos anales que has visto entre los gentiles, establecerán la verdad de los primeros, los cuales son los de los doce apóstoles del Cordero, y darán a conocer las cosas claras y preciosas que se les han quitado, y manifestarán a todas las familias, lenguas y pueblos que el Cordero de Dios es el Hijo del Eterno Padre, y es el Salvador del mundo; y que es necesario que todos los hombres vengan a él, o no serán salvos. —1 Nefi 13:40
Pedro, quien estuvo a la cabeza de la Iglesia del meridiano de los tiempos después de la ascensión de Cristo, previó un día futuro en el que habría una «restauración de todas las cosas». Esto, dijo, había sido profetizado «por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempos antiguos» (Hechos 3:21). Es decir, todos los santos profetas sabían que habría una apostasía universal seguida de una restauración universal. Las llaves, los poderes, las autoridades, las ordenanzas, los ritos y las doctrinas que conocían los antiguos estaban destinados a perderse en la larga noche de oscuridad de la apostasía. Todo lo que se había perdido sería restaurado en la gloriosa dispensación del cumplimiento de los tiempos.
La apertura de los cielos
De esto podemos estar seguros: cuanto mayor sea la doctrina, mayor será la oposición que encuentre y más pronto desaparecerá cuando reinen las tinieblas. La apostasía siempre implicará cerrar los cielos y acallar a los oráculos vivientes. Esto se logra bajo la apariencia de lealtad a profetas muertos, cuyas palabras se declararán completas y definitivas en todos los asuntos de fe. El patrón es siempre el mismo. Primero se acalla la voz profética y luego se quita de lo que han dicho los profetas anteriores y se le añade. La etapa final de la apostasía llega cuando las palabras de los profetas se reinterpretan de modo que se les despoja de todo vestigio de significado. Esto se logra declarando que la grandeza y la bondad de Dios son un misterio divino que trasciende la capacidad de comprensión de la mente mortal. Así, se declara que el significado claro de las Escrituras es una metáfora que requiere la ayuda de quienes han sido instruidos en la sabiduría de los hombres para interpretarla.
La gran promesa de la dispensación del cumplimiento de los tiempos es que se restaurará nuevamente toda doctrina, ordenanza y autoridad necesaria para la salvación del género humano. No procuramos imitar a las iglesias del mundo, ni hemos tomado de ellas doctrinas ni autoridad. Somos enteramente independientes. Toda doctrina y autoridad que profesamos tiene su fundamento en revelaciones dadas al profeta José Smith o a sus sucesores. Podría argumentarse que tenemos la Biblia en común con el mundo cristiano histórico, pero, en realidad, no es así. José Smith expresó bien el asunto cuando se le preguntó si los mormones creían en la Biblia: «Si lo hacemos, somos el único pueblo bajo el cielo que lo hace» (Enseñanzas, pág. 119). Leemos las mismas palabras y contamos a nuestros hijos los mismos relatos acerca de la fe de los antiguos; sin embargo, un abismo nos separa en cuanto a nuestra comprensión del significado de lo que leemos. Donde nosotros aceptamos que las Escrituras son literales, el mundo cristiano tradicional a menudo sostiene que son figuradas; donde nosotros aceptamos que las Escrituras siguen ampliándose, ellos declaran que son definitivas y completas; donde nosotros sostenemos que los principios del Evangelio son eternamente los mismos, ellos sostienen que evolucionan continuamente. Cuando se rechazó el espíritu de revelación, también se perdió la verdadera comprensión de toda revelación que se había dado hasta entonces.
Durante Su ministerio terrenal, pocos creyeron en las palabras de Jesús y escogieron seguirlo. ¿Supondríamos que sería diferente con el registro de lo que enseñó? Solo cabría esperar que comprendieran y creyeran el verdadero significado de las palabras de nuestro Señor quienes tuvieran el mismo Espíritu que poseían Sus seguidores del meridiano de los tiempos. La fe que se requiere para aceptar las palabras de los apóstoles y profetas vivientes en una época no difiere de la que se requiere en otra. Los fieles de quienes leemos en la Biblia siguieron a profetas vivientes, no a profetas muertos. Ese es el Espíritu que permite comprender el verdadero significado de la Biblia. No se puede tener el Espíritu de Cristo y, al mismo tiempo, negar el espíritu de revelación o el espíritu de profecía (véanse Doctrina y Convenios 11:25; Apocalipsis 19:10).
Entre las primeras cosas claras y preciosas que José Smith restauró se encontraba el espíritu de revelación, la realidad de que los cielos no están sellados, la verdad de que Dios sí habla. La revelación es la roca sobre la cual debe descansar todo lo demás. Este es, por supuesto, el corazón del mensaje del Libro de Mormón. Inspirado por la experiencia visionaria de su padre, Nefi procuró experimentar las mismas cosas. «Yo, Nefi», dijo, «sentí deseos de ver, oír y saber de estas cosas por el poder del Espíritu Santo, que es el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligentemente, tanto en los tiempos pasados como en el tiempo en que él se manifestaría a los hijos de los hombres. Porque él es el mismo ayer, hoy y para siempre; y la vía está preparada para todos los hombres desde la fundación del mundo, si es que se arrepienten y vienen a él. Porque el que con diligencia busca, hallará; y los misterios de Dios le serán descubiertos por el poder del Espíritu Santo, lo mismo en estos tiempos como en los pasados, y lo mismo en los tiempos pasados como en los venideros; por tanto, la vía del Señor es un giro eterno» (1 Nefi 10:17–19).
Este derecho de todo el género humano a comunicarse con los cielos en igualdad de condiciones es uno de los principios que unen a los santos de todas las generaciones. Alma enseña la doctrina de manera muy concisa al razonar con su hijo Coriantón. «¿No le es tan fácil al Señor en esta época enviar a su ángel para declararnos estas gratas nuevas, como lo será a nuestros hijos, o después del tiempo de su venida?» (Alma 39:19). De manera semejante, Moroni dirige sus palabras a quienes niegan la necesidad de la revelación continua o cualquiera de los dones y poderes de Dios.
Y también os hablo a vosotros que negáis las revelaciones de Dios y decís que ya han cesado, que no hay revelaciones, ni profecías, ni dones, ni sanidades, ni hablar en lenguas, ni la interpretación de lenguas.
He aquí, os digo que aquel que niega estas cosas no conoce el evangelio de Cristo; sí, no ha leído las Escrituras; y si las ha leído, no las comprende.
Pues, ¿no leemos que Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre, y que en él no hay variación ni sombra de cambio?
Ahora bien, si os habéis imaginado a un dios que varía, y en quien hay sombra de cambio, entonces os habéis imaginado a un dios que no es un Dios de milagros.
Mas he aquí, yo os mostraré a un Dios de milagros, sí, el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob; y es ese mismo Dios que creó los cielos y la tierra, y todas las cosas que hay en ellos. (Mormón 9:7–11).
La restauración de lo claro y precioso
En una descripción profética de la Biblia, Nefi nos dice que los escritos de sus autores originales contenían «los convenios del Señor» que Dios había hecho con la casa de Israel, junto con muchas otras profecías. Comparó su contenido con el de las planchas de bronce, pero indicó que las planchas eran más extensas (véase 1 Nefi 13:23). Esto hace que la promesa del Libro de Mormón de que se restaurarán las planchas de bronce y el anuncio de que su contenido aún llegará a todas las naciones de la tierra sean mucho más significativos (véanse 1 Nefi 5:16–18; Alma 37:3–4). Ciertamente respalda la idea de que se quitaron muchas cosas claras y preciosas del registro del Antiguo Testamento y de que esas verdades que faltan son esenciales para la comprensión de quienes deseen ser contados entre los de la familia de la fe. Nefi indicó además que la Biblia, es decir, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, tal como se escribieron originalmente, contenía la plenitud del Evangelio del Señor; pero, después de que salieron de las manos de los doce apóstoles, la grande y abominable iglesia había quitado de ellos «muchas partes que son claras y sumamente preciosas, y también […] muchos de los convenios del Señor». Esto se hizo para cegar los ojos y endurecer el corazón de los hijos de los hombres. Nefi nos dice además que solo después de que se quitaron «estas cosas claras y preciosas», el libro se difundió «entre todas las naciones de los gentiles». A causa de las cosas que se quitaron, «muchísimos tropiezan; sí, de tal modo que Satanás tiene gran poder sobre ellos». No obstante, también se dio la promesa de que «después que los gentiles tropiecen muchísimo a causa de las partes más claras y preciosas del evangelio del Cordero, las cuales esa abominable iglesia, que es la madre de las rameras, ha retenido, dice el Cordero, seré misericordioso con los gentiles en aquel día, de tal modo que les manifestaré mucho de mi evangelio, que será claro y precioso, dice el Cordero» (véase 1 Nefi 13:26–34).
Como ilustración tanto de la apostasía como del grado en que se han quitado de la Biblia las cosas claras y preciosas, consideremos los siguientes conceptos y las doctrinas asociadas con ellos: iglesia, bautismo, Espíritu Santo, don del Espíritu Santo, Hijo de Dios, Jesucristo y Padre Celestial. Cada uno constituye una parte importante de la fe cristiana, aunque ninguno de estos términos se encuentra en el Antiguo Testamento. Para un Santo de los Últimos Días, para quien el Evangelio es eternamente el mismo, todos los conceptos mencionados son fundamentales en el Evangelio, y no resulta sorprendente que José Smith restaurara sistemáticamente estos términos y conceptos al texto del Antiguo Testamento. Para el cristianismo tradicional, su ausencia del Antiguo Testamento es evidencia de que la fe de las personas de esa época era demasiado primitiva para abarcar tales doctrinas. Sin embargo, así como se quitaron del Antiguo Testamento esas verdades claras y preciosas, también se quitaron del Nuevo Testamento doctrinas de igual importancia. Las cosas que aprendemos en el Libro de Mormón ponen esto de manifiesto. El Nuevo Testamento, por ejemplo, nos relata la crucifixión de Cristo, pero no nos explica por qué era necesario que el Hijo de Dios muriera de esa manera, mientras que el Libro de Mormón sí lo explica (véanse 2 Nefi 9; Alma 34, 42). Asimismo, recurrimos al Libro de Mormón para encontrar una definición de la resurrección, para que se nos enseñe la necesidad de la revelación continua y de la ministración de ángeles, para comprender el árbol de la vida, para recibir instrucción acerca de la naturaleza caída del hombre, para aprender lo que significa ser salvo, para aprender acerca de la preordenación al sacerdocio y para obtener conocimiento del mundo de los espíritus después de la muerte.
Después de la publicación del Libro de Mormón, el Señor indicó al profeta José que comenzara una traducción inspirada de la Biblia. Mediante esta labor restauraría mucho de lo que se había quitado del texto original. El estudio que hizo el Profeta de los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento suscitó muchas preguntas, lo que lo llevó a consultar al Señor para comprender diversos asuntos. Muchas de las revelaciones de Doctrina y Convenios se recibieron en respuesta a esas preguntas. Las preguntas sobre Juan 5 dieron lugar a la revelación sobre los grados de gloria que se encuentra en la sección 76 de Doctrina y Convenios; en Doctrina y Convenios 77 se encuentran preguntas y respuestas sobre el libro de Apocalipsis, y en Doctrina y Convenios 113 se explican profecías fundamentales de Isaías. Doctrina y Convenios 132 contiene la explicación del Señor de por qué muchos de los fieles de los tiempos del Antiguo Testamento practicaron la pluralidad de esposas, restaura la comprensión del nuevo y sempiterno convenio y revela la doctrina del matrimonio eterno tal como se conocía desde el momento en que Dios selló a Adán y a Eva como esposo y esposa en el Jardín de Edén.
Las verdades más grandes son las que tratan de la naturaleza de Dios, de Su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. Es natural suponer que estas también serían las primeras verdades que se restaurarían cuando se nos invitara una vez más a permanecer en la luz del cielo. El libro de Moisés, que es un extracto de la traducción de Génesis realizada por José Smith, es un ejemplo clásico. Los credos cristianos declaran que Dios es incorpóreo, y los comentaristas de otras confesiones nos dicen que, cuando las Escrituras afirman que somos a imagen y semejanza de Dios, esto debe entenderse únicamente en sentido figurado. Sin embargo, el libro de Moisés declara: «A imagen de su propio cuerpo, varón y hembra, los creó, y los bendijo» (Moisés 6:9). Así, el conocimiento de que Dios es un ser corpóreo, que José Smith habría deducido de la Primera Visión, se le confirma ya en junio de 1830. Se le dijo además que, en el lenguaje de Adán, Dios era conocido como «Hombre de Santidad», y Cristo como «el Hijo del Hombre» (Moisés 6:57). Al seguir las genealogías, se identifica a Adán como el «primogénito» (Abraham 1:3) de los habitantes de esta tierra y como «el hijo de Dios» (Moisés 6:22). Se nos dice además que «se llevaba un libro de memorias […] se llevaba una genealogía de los hijos de Dios» (véase Moisés 6:5–8). Esto, por supuesto, incluiría a todos los descendientes de Adán. Así, encontramos a Enoc diciendo a Dios: «Me has hecho y me has dado derecho a tu trono» (Moisés 7:59). No hace falta mucho esfuerzo de imaginación para comprender por qué se habrían quitado de las Escrituras tales declaraciones; todas son muy claras y muy preciosas.
El espíritu de revelación produjo la misma clase de transformación en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, el texto de Juan 1:18 que dice: «A Dios nadie le vio jamás», fue corregido por el Profeta para que dijera: «Y a Dios nadie le ha visto jamás, excepto el que ha dado testimonio del Hijo; porque si no es por medio de él, nadie puede ser salvo» (TJS, Juan 1:19). El confuso texto de Juan 10:8, donde se registra que Cristo dijo: «Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores», declaración que tendría que incluir a los profetas del Antiguo Testamento, ahora dice: «Todos los que antes de mí vinieron y no testificaron de mí, ladrones son y salteadores». Las implicaciones son profundas, porque significa que todos los profetas del Antiguo Testamento conocían a Cristo y testificaron de Él. Sería muy difícil demostrar esto con el Antiguo Testamento tal como lo tenemos actualmente. Sin embargo, el libro de Moisés y el Libro de Mormón lo expresan con toda la claridad que permite el lenguaje. Comenzando con el padre Adán, aprendemos que un ángel del Señor le explicó que los sacrificios que se le había mandado ofrecer después de salir de Edén eran «una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre». Además, debía hacer todo lo que hiciera en el nombre del Hijo de Dios, y arrepentirse e invocar «a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás» (Moisés 5:7–8). Se nos dice que Dios mismo habló a Adán y le dijo: «Yo soy Dios; yo hice el mundo y a los hombres antes que existiesen en la carne. Y también le dijo: Si te vuelves a mí y escuchas mi voz, y crees y te arrepientes de todas tus transgresiones, y te bautizas, aun en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad, el cual es Jesucristo, el único nombre que se dará debajo del cielo mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres, recibirás el don del Espíritu Santo, pidiendo todas las cosas en su nombre, y te será dado cuanto pidieres» (Moisés 6:51–52).
El Libro de Mormón es una poderosa confirmación de que los antiguos conocían a Cristo y Su evangelio desde el principio mismo. Más de quinientos años antes del nacimiento de Cristo, Jacob dejó registrado este testimonio: «Porque para este fin hemos escrito estas cosas, para que sepan que nosotros sabíamos de Cristo y teníamos la esperanza de su gloria muchos siglos antes de su venida; y no solamente nosotros teníamos la esperanza de su gloria, sino también todos los santos profetas que vivieron antes que nosotros. He aquí, ellos creyeron en Cristo y adoraron al Padre en su nombre, y también nosotros adoramos al Padre en su nombre. Y con este fin guardamos la ley de Moisés, pues orienta nuestras almas hacia él; y por esta razón se nos santifica como obra justa, así como le fue contado a Abraham en el desierto ser obediente a los mandatos de Dios al ofrecer a su hijo Isaac, que es una semejanza de Dios y de su Hijo Unigénito» (Jacob 4:4–5). Moroni lo expresó perfectamente: «Cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo; y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas» (Moroni 10:4–5). Esta doctrina, que coloca a todos los hombres en igualdad de condiciones ante su Creador y asegura que Dios no hace acepción de personas, se opone a las teologías del mundo cristiano tradicional.
Entre las verdades principales que se restauraron se encuentran las que tratan de la naturaleza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Estos son asuntos sobre los cuales ha habido siglos de debates y conflictos, que dieron como resultado la adopción de una Deidad incomprensible por parte del cristianismo tradicional. A medida que la sabiduría de los hombres reinterpretó la naturaleza de Dios, Él se volvió cada vez más abstracto y trascendente. Así, hoy encontramos a Dios languideciendo en los confines del espacio, sin cuerpo, partes, pasiones, habla y, por supuesto, sin sexo. Sin embargo, los Santos de los Últimos Días saben que no es así. «Ahora, ¿qué oímos en el evangelio que hemos recibido? ¡Una voz de alegría!». Hemos recibido el testimonio de que Dios reina y la promesa de que, «como el rocío del Carmelo, así descenderá» sobre nosotros «el conocimiento de Dios» (Doctrina y Convenios 128:19). Mientras que se puede buscar en vano en la Biblia una definición de la resurrección, el Libro de Mormón habla con maravillosa claridad. Amulek la describe así: «Este cuerpo terrenal se levanta como cuerpo inmortal, es decir, de la muerte, sí, de la primera muerte a vida, de modo que no pueden morir ya más; sus espíritus se unirán a sus cuerpos para no ser separados nunca más; por lo que esta unión se torna espiritual e inmortal, para no volver a ver corrupción» (Alma 11:45). Alma lo explica de esta manera: «El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma» (Alma 40:23). Al anunciar que podemos recuperar nuestros cuerpos físicos en los mundos eternos, el Libro de Mormón presenta el cielo como una existencia tangible y corpórea. Y si los hijos de Dios tienen cuerpos, ¿qué hay de Aquel a cuya imagen y semejanza fueron creados?
José Smith y Oliver Cowdery aprendieron en el Libro de Mormón la importancia de la ordenanza del bautismo. Al consultar al Señor para saber cómo debían cumplir con este rito sagrado, pusieron en marcha una secuencia de acontecimientos que dio como resultado la restauración del sacerdocio, las llaves, los poderes y la autoridad. El conocimiento de otros convenios sagrados llegó en rápida sucesión. Entre las principales llaves restauradas se encontraba esa autoridad que conocemos como el poder para sellar, la autoridad mediante la cual el hombre y la mujer quedan unidos como esposo y esposa tanto en la tierra como en el cielo. A su vez, sus hijos quedan sellados a ellos eternamente, de modo que la salvación se convierte en un asunto familiar. Todas las ordenanzas del templo se fundamentan en la naturaleza de la resurrección. Si no recuperamos nuestros cuerpos, si no hay distinción de sexo en la resurrección, si los hombres dejan de ser hombres y las mujeres dejan de ser mujeres, entonces el matrimonio o las familias no tendrían propósito alguno. Todo en el templo gira en torno a la naturaleza eterna de la familia, no solo familias para este mundo, sino familias para la duración infinita de las eternidades. Como ya se ha señalado, fue mediante la restauración de un texto de Génesis que aprendimos que, en el lenguaje de Adán, a Dios se le conocía por el nombre de «Hombre de Santidad», y al Mesías prometido como «el Hijo del Hombre» (Moisés 6:57; TJS, Génesis 6:60). «Si el velo se rasgara hoy», explicaría más tarde José Smith, «y el gran Dios que conserva este mundo en su órbita y sostiene todos los mundos y todas las cosas por su poder se manifestase a sí mismo, digo que si lo vierais hoy, lo veríais en la forma de un hombre, así como vosotros os halláis en toda la persona, imagen y forma misma de un hombre» (Enseñanzas, pág. 345).
Una vez más, el contraste con el cristianismo histórico es notable. Cuando Platón hizo que dejara de ser aceptable que Dios tuviera un cuerpo, razonando que ello lo limitaría a un tiempo y un lugar, tanto el judaísmo como el cristianismo siguieron su ejemplo. A esta noción le siguió la idea de que el cuerpo es simplemente una prisión en la que se ha confinado al alma como castigo por la caída de Adán. En los primeros siglos del cristianismo, el ascetismo se puso en boga, junto con la idea de que se debía expiar los pecados mediante la mortificación de la carne. Un extremo dio origen a otro, y algunos huyeron al desierto, donde vivieron en condiciones más austeras que las de los animales y con menos placeres. El martirio, al menos durante un tiempo, se convirtió en una forma aceptable de liberarse de la prisión del cuerpo. El celibato se convirtió en el medio para evitar cualquier placer que pudiera derivarse de la relación con las mujeres. Para el sexo femenino, esta filosofía condujo a la virginidad de por vida y a los conventos. Se determinó que los niños nacían en pecado, lo cual, a su vez, creó la necesidad del bautismo de infantes. María, quien, además de su primogénito, dio a luz por lo menos a otros cuatro hijos varones y a más de una hija (véase Mateo 13:55–56), fue declarada virgen perpetua. El mandamiento de que el hombre debía dejar a su padre y a su madre, allegarse a su esposa, multiplicarse y henchir la tierra se convirtió entonces en una práctica relegada a quienes carecían de la fortaleza espiritual para evitar tales uniones que degradaban el alma. Qué contraste tan notable se produce cuando se permite que las palabras signifiquen lo que dicen, cuando padre significa padre, madre significa madre, hijo significa hijo y engendrado significa engendrado.
En respuesta a la pregunta de cómo se quitaron de la Biblia las partes claras y preciosas, sabemos lo suficiente para afirmar que se quitaron de manera deliberada. No estamos hablando de errores de los escribas ni de traducciones defectuosas. Ambas cosas son motivo de cierta preocupación, pero no constituyen la grave transgresión que supone quitar a propósito versículos, capítulos y libros enteros. Dos citas del profeta José Smith ilustran este asunto. La primera se encuentra en el encabezamiento de Doctrina y Convenios 76: «Por las varias revelaciones que se habían recibido, era patente que muchos puntos importantes relacionados con la salvación del hombre habían sido quitados de la Biblia o se habían perdido antes de su compilación». La segunda es la revelación que se dio en respuesta a la pregunta del Profeta sobre si los libros apócrifos debían formar parte de su traducción de la Biblia. «Contienen», dijo el Señor, «muchas cosas verdaderas, y en su mayor parte se han traducido correctamente; hay muchas cosas en ellos que no son verdaderas, que son interpolaciones de los hombres» (Doctrina y Convenios 91:1–2). Una interpolación es una inserción. Por lo tanto, lo que tenemos es evidencia tanto de que se quitaron cosas como de que se añadieron otras a textos que, en su origen, eran inspirados. Una vez más, esto no es un error de los escribas. Es una acción maliciosa, deliberada y premeditada. Es la clase de cosa que ha ocurrido prácticamente desde el principio de los tiempos y sobre la cual no hubo control hasta la invención de la imprenta en 1450. Antes de la imprenta, nunca habría habido dos libros enteramente iguales. En cuanto a las Escrituras, no existen autógrafos, es decir, ejemplares originales, de ningún libro de la Biblia. No hay un punto de referencia absoluto ni seguro. Los grandes cambios que se hicieron al texto bíblico se realizaron en una época temprana, y quienes los hicieron tuvieron cuidado de borrar sus huellas. La época en que esto ocurrió, en lo que respecta al Nuevo Testamento, constituye, en efecto, un agujero negro histórico: sencillamente no sobrevivieron los registros de lo que estaba sucediendo.
Conclusión
La multitud de verdades que nos fueron restauradas por medio del profeta José Smith, verdades que nos pertenecen de manera singular como Santos de los Últimos Días, constituye una ilustración de lo que se quitó de la Biblia. El nuestro es un Evangelio restaurado. No profesamos doctrinas nuevas para los fieles de épocas pasadas, sino una multitud de doctrinas desconocidas para quienes forman parte del mundo religioso actual. Quizás la lección más importante que se desprende de este breve repaso de la historia doctrinal sea que las verdades que para nosotros son más claras y preciosas siempre corren el peligro de ser tergiversadas, y que esa tergiversación solo puede provenir de nuestras propias filas. La advertencia es obvia: cuidémonos de quienes quisieran que mezcláramos nuestra doctrina con las filosofías de los hombres.
Al instruir a Nefi, el ángel del Señor dijo: «Estos últimos anales» —refiriéndose, sin duda, al Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Perla de Gran Precio, la Traducción de José Smith y otros oráculos proféticos de esta última dispensación— «que has visto entre los gentiles, establecerán la verdad de los primeros, los cuales son de los doce apóstoles del Cordero, y darán a conocer las cosas claras y preciosas que se les han quitado, y manifestarán a todas las familias, lenguas y pueblos que el Cordero de Dios es el Hijo del Padre Eterno, y el Salvador del mundo; y que es necesario que todos los hombres vengan a él, o no serán salvos» (1 Nefi 13:40).


























