Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 3

Dios el primero: el Creador 

Se concertó un convenio sempiterno entre tres personajes antes de la organización de esta tierra, y se relaciona con su dispensación de las cosas a los hombres sobre la tierra; estos personajes, según el registro de Abraham, se llaman Dios el primero, el Creador; Dios el segundo, el Redentor; y Dios el tercero, el testigo o Testador. —José Smith (Enseñanzas, pág. 190)


“Tres cosas son necesarias”, dijo José Smith, “para que cualquier ser racional e inteligente pueda ejercer fe en Dios para vida y salvación. Primero, la idea de que Él realmente existe. Segundo, una idea correcta de Su carácter, perfecciones y atributos. Tercero, un conocimiento real de que el curso de vida que sigue está de acuerdo con Su voluntad” (Discursos sobre la fe, 3:2–5; énfasis en el original). La fe, enseñó el Profeta, no puede ejercerse en principios falsos ni en aquello que se desconoce (véanse Alma 32:21; Enseñanzas, pág. 58). La fe nace del conocimiento. No podemos ejercer fe en Dios hasta que sepamos de Su existencia. Primero debemos llegar a tener un conocimiento de Dios; luego, a medida que aprendemos acerca de Él, podemos ejercer fe en Él. Al decir esto, José Smith sostenía una postura singular, pues muchos dentro de la tradición cristiana declaraban que Dios era incognoscible.

La llave del conocimiento de Dios

La llave del conocimiento de Dios solo puede obtenerse mediante los poderes del Sacerdocio de Melquisedec. Si se quita de un pueblo el Sacerdocio de Melquisedec, también se le quitará su conocimiento de Dios. No existe una ilustración más perfecta de este principio que la descripción de Dios que se encuentra en los credos del mundo cristiano, en contraste con el Dios del que testificaron quienes poseían el sacerdocio en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento. El Dios de las Escrituras es un ser corpóreo y de forma humana que se aparece cara a cara a Sus profetas y les habla como un hombre habla con otro. Aunque a nuestro Padre Celestial se le adora con profundo respeto y reverencia, no se considera que sea incognoscible, incomprensible ni misterioso. El santo sacerdocio se dio a los hombres en esta esfera mortal para que pudiéramos “gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre y de Jesús, el mediador del nuevo convenio” (Doctrina y Convenios 107:19). Este privilegio se concedió a Adán en el Jardín de Edén y, posteriormente, a “Set, Noé, Melquisedec, Abraham y todos aquellos a quienes se revelaba el sacerdocio” (Abraham, facsímile núm. 2, figura 3). Donde está el sacerdocio mayor o santo, allí está también la llave del conocimiento de Dios (véase Doctrina y Convenios 84:19).

Deseando que el resto justo de su posteridad pudiera ser llevado a la presencia de Dios, Adán los reunió en el valle de Adán-ondi-Ahmán para instruirlos y bendecirlos con ese fin (véanse Doctrina y Convenios 107:53–57; Enseñanzas, págs. 158–159). Así es como el resto justo de la posteridad de Adán se reúne en la Casa del Señor en nuestros días para que, al igual que sus antepasados de la antigüedad, pueda estar en la presencia divina. Jeremías dio una descripción profética de estos acontecimientos cuando dijo: “Pero este es el convenio que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová” (Jeremías 31:33–34).

Un Dios con cuerpo, partes y pasiones

“Lo que no tiene cuerpo, ni partes ni pasiones”, dijo el Profeta, “no es nada. No hay otro Dios en el cielo sino aquel Dios que tiene carne y huesos” (Enseñanzas, pág. 181). El pasaje de las Escrituras sobre el que recae prácticamente todo el peso de los credos cristianos que declaran que Dios carece de corporeidad es Juan 4:24: “Dios es Espíritu”. Algunas traducciones recientes lo han corregido para que diga: “Dios es espíritu”, dándole así un significado semejante al de pasajes como “Dios es luz” (1 Juan 1:5) o “Dios es amor” (1 Juan 4:16). Ciertamente, Dios es “espíritu”, y también es “luz” y “amor”, así como todos y cada uno de los demás atributos de la divinidad, pero no es únicamente esas cosas. Su espíritu mora en un tabernáculo, Su luz acompaña a la verdad y Su amor es compatible con el principio de la justicia. Estos y todos los atributos de la divinidad encuentran en Él su expresión perfecta. Mucho antes de que los traductores modernos corrigieran la traducción de Juan 4:24, José Smith la cambió para que dijera: “Y la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca a tales para que le adoren. Porque a los tales ha prometido Dios su Espíritu. Y los que le adoran, es necesario que le adoren en espíritu y en verdad” (TJS, Juan 4:25–26).

“Los maestros de la actualidad dicen que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, y que todos están en un solo cuerpo y son un solo Dios”, observó el Profeta. Sin embargo, “Jesús oró para que aquellos que el Padre le había dado del mundo fueran hechos uno en ellos, así como ellos eran uno [uno en espíritu, en pensamiento y en propósito]. Si yo testificara que el mundo cristiano está equivocado en este punto, mi testimonio sería verdadero” (Enseñanzas, pág. 311). El argumento de José Smith se basaba en la revelación personal: “Cualquier persona que haya visto los cielos abiertos sabe que hay tres personajes en los cielos que poseen las llaves del poder, y uno preside sobre todos” (ibíd., pág. 312).

“El Padre”, explicó José Smith, “tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros” (Doctrina y Convenios 130:22). Al decir esto, el Profeta no solo afirma la naturaleza corpórea del Padre y del Hijo y que el Espíritu Santo es un “personaje” de espíritu, sino que también afirma que son separados y distintos. “Siempre he declarado que Dios es un personaje distinto, que Jesucristo es un personaje separado y distinto de Dios el Padre, y que el Espíritu Santo es un personaje distinto y un Espíritu; y estos tres constituyen tres personajes distintos y tres Dioses”, dijo el Profeta. Luego añadió: “Si esto está de acuerdo con el Nuevo Testamento, ¡he aquí que de todos modos tenemos tres Dioses, y son plurales! ¿Y quién puede contradecirlo?” (Enseñanzas, pág. 370).

Al enseñar estos principios en los Discursos sobre la fe, el Profeta dijo: “Hay dos personajes que constituyen el poder grande, incomparable, gobernante y supremo sobre todas las cosas, por quienes todas las cosas fueron creadas y hechas. […] Son el Padre y el Hijo”. José Smith no dejó duda alguna en cuanto a la naturaleza separada de los dos primeros miembros de la Trinidad. Luego identificó al Padre como “un personaje de espíritu, gloria y poder, que posee toda perfección y plenitud”, y al Hijo como “un personaje de tabernáculo”, a semejanza del hombre y a “la imagen y semejanza exactas del personaje del Padre” (5:2; véase también el capítulo 34 de la presente obra). Esta expresión ha llevado a algunos a suponer que, cuando se impartieron estos discursos, José Smith no comprendía claramente que el Padre tenía un cuerpo de carne y huesos. Sin embargo, nuestro estudio nos lleva a concluir lo contrario. A nuestro juicio, se trata simplemente de una cuestión de énfasis. Este discurso parece destacar la naturaleza divina del Padre, el hecho de que es un ser de espíritu, gloria y poder. Este es el mismo concepto que leemos en Juan, como se analizó anteriormente. El Padre debe ser adorado en espíritu y en verdad. Además, la expresión del Profeta parece destacar la naturaleza mortal de Cristo el Hijo, el hecho de que, mientras se encontraba en Su segundo estado, era un ser de carne. En la ejecución del plan de salvación, la característica distintiva del Hijo es Su tabernáculo de carne, que le permite llevar a cabo la obra para la cual fue ordenado en los concilios del cielo.

Abinadí enseñó esencialmente la misma doctrina al declarar que Cristo era tanto el Padre como el Hijo, y que el Padre y el Hijo son un solo Dios porque “la carne [se sujetó] al Espíritu, […] la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:5, 7). “La carne”, que se refiere a Cristo, quedó “sujeta al Espíritu”, que se refiere a Dios; o, como dice Abinadí en una frase paralela, “el Hijo” quedó sujeto “al Padre” (Mosíah 15:5). La carne personifica al Hijo, y el Espíritu personifica al Padre. Así, cada uno de nosotros, al igual que Cristo, obtiene la salvación cuando los deseos de la carne son “absorbidos en la voluntad del Padre”.

La paternidad de Dios

La revelación de Dios por medio de Cristo en el Nuevo Testamento se limita a un solo concepto: la paternidad de Dios. Así, en prácticamente todos los casos, Cristo se refirió a la Deidad como “Padre”, “el Padre” o “nuestro Padre”. De igual manera, al dirigirse a Jesús, el Padre utilizó una sola denominación: “mi Hijo”. Cristo se refirió con frecuencia a Sí mismo como “el hijo del hombre”, lo cual ha causado gran confusión entre aquellos que han perdido la llave del conocimiento de Dios. Muchos han supuesto que esto era una admisión de que Jesús era hijo de José. Sin embargo, como parte de la restauración de todas las cosas, se nos ha restaurado el conocimiento del Evangelio tal como existía aun en los días de Adán, incluida la siguiente instrucción dada a las personas de aquella época: “Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia; porque en el lenguaje de Adán, su nombre es Hombre de Santidad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, sí, Jesucristo, un justo Juez que vendrá en el meridiano de los tiempos” (Moisés 6:57). Por tanto, sabemos —y la Traducción de José Smith lo refleja— que las referencias de Cristo a Sí mismo como el “hijo del hombre” deberían haberse traducido como “Hijo del Hombre de Santidad” o “Hijo del Hombre” (con mayúsculas), y que estas palabras constituyen Su declaración de que Su Padre es, en efecto, un hombre y, en realidad, un padre. Además, aun en los días de Adán se entendía que la doctrina del arrepentimiento se había instituido para que pudiéramos limpiarnos del pecado mediante la expiación de Cristo, a fin de regresar a Dios y “morar en su presencia”.

Nuestra comprensión de todos los principios del Evangelio surge de nuestra comprensión de la doctrina de la paternidad de Dios. Todo el mundo que cree en la Biblia nos dice que la declaración del primer capítulo de Génesis de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (véase el versículo 26) es simplemente figurativa. Sin embargo, José Smith declaró que ese versículo era literal. ¿Por qué? Porque las Escrituras restauradas por medio de él declaraban que así era. “A imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó, y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán” (Moisés 6:9; énfasis añadido). Volvemos una y otra vez al hecho de que el Dios de José Smith tiene un cuerpo y, por tanto, no es el ser abstracto del que hablan los credos sectarios, sino que ocupa un lugar en el tiempo y en el espacio. Es un ser que puede definirse, un ser personal y un Padre amoroso; y, como tal, puede tener hijos que sean literalmente a Su imagen y semejanza. Nuestros espíritus, que tienen la semejanza de nuestros cuerpos físicos (véase Doctrina y Convenios 77:2), fueron engendrados por Él en un estado preterrenal. El Dios de los credos sectarios es padre solo en un sentido metafórico. Sus creaciones son ex nihilo, que significa “de la nada”. Otras religiones no comparten con nosotros la doctrina de la existencia preterrenal.

Así como la idea de una vida preterrenal es distintiva de los Santos de los Últimos Días en nuestra época, también lo es la doctrina de una resurrección corpórea. La idea de que la resurrección comprende la unión inseparable del cuerpo y el espíritu nos fue restaurada en el Libro de Mormón. La resurrección no se define directamente ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Si el gozo de la vida después de la muerte tiene algo que ver con estar en la presencia de Dios y, sin embargo, Dios tiene una presencia indefinible, entonces una resurrección corpórea o corporal no tendría propósito alguno. Si la resurrección no es real y literal, entonces, evidentemente, tampoco pueden serlo el matrimonio ni la unidad familiar. Comenzamos a ver que, cuando despojamos a Dios de Su cuerpo, también despojamos de significado a todos los demás principios del Evangelio. Por ello, recalcamos una vez más que todos los principios del Evangelio se remontan a la paternidad de Dios.

Cuando la palabra de Dios declara que se llevaba un libro de memorias entre los “hijos de Dios”, entendemos que ese lenguaje significa que somos verdaderamente hijos de Dios, no en un sentido figurativo, sino literal (véase Moisés 6:8). Cuando las Escrituras que salieron a luz por medio del profeta José Smith dicen que “Adán […] era hijo de Dios”, creemos que esas palabras significan precisamente lo que dicen (Moisés 6:22). Cuando el Señor declara que Su obra y Su gloria consisten en “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39), entendemos que Sus palabras significan que la salvación es un asunto de familia.

Cuando la muerte se llevó a los Apóstoles en la dispensación del meridiano de los tiempos, la llave del conocimiento de Dios fue retirada con ellos. Inmediatamente se declaró que los cielos estaban cerrados, los profetas pasaron a ser cosa del pasado y Dios fue transformado en un ser incomprensible y trascendente, lo que significa que, en todas las cosas, estaba más allá de la capacidad de comprensión de los mortales. Cuando Dios se convierte en un misterio, la barra de hierro de Su palabra queda envuelta en un vapor de tinieblas. No puede conocerse ninguna senda segura ni cierta. Esto hace imposible una fe pura o verdadera, pues la fe no puede ejercerse sobre principios de incertidumbre. Las verdades de la salvación solo pueden encontrarse en el árbol de la vida sempiterna, no en los terrenos oscuros y fangosos de las especulaciones filosóficas. El mundo ama lo suyo y, por tanto, muestra un alto grado de tolerancia hacia sus muchos sistemas de adoración; después de todo, si Dios es incognoscible, ¿quién puede estar seguro de dónde se encuentra la verdad? Sin embargo, esa tolerancia resulta insuficiente cuando se trata de un sistema de adoración que declara que los cielos están abiertos y testifica de un Dios que se manifestará a los hombres y a las mujeres en la tierra. El mundo se une rápidamente para oponerse a tal amenaza. La verdad siempre provoca la ira del error y de la falsedad. Revelaciones como las que recibió José Smith no podían quedar sin oposición.

Dios es el autor de toda ley

La revelación que dirigió la organización de la Iglesia describió a Dios como “infinito y eterno, de eternidad en eternidad el mismo Dios inmutable, el organizador del cielo y de la tierra, y de cuanto en ellos hay”. Él es quien creó al hombre y a la mujer a Su “propia imagen, a su propia semejanza”, y les dio mandamientos para que “lo amaran y lo sirvieran a él, el único Dios verdadero y viviente, y que él fuese el único ser a quien debían adorar” (Doctrina y Convenios 20:17, 18, 19). José Smith declaró que Dios “es la fuente de donde procede todo bien; y si el hombre se beneficia de la ley, entonces, ciertamente, la ley es buena; y si la ley es buena, entonces la ley, o el principio de ella, emanó de Dios; porque Dios es la fuente de todo bien; por consiguiente, Él fue el primer Autor de la ley, o del principio de ella, para la humanidad” (Enseñanzas, págs. 55–56). En una maravillosa revelación acerca de la naturaleza tanto de Dios como del hombre, se describe al Padre como la fuente de toda luz, de toda vida y de la ley por la cual se gobiernan todas las cosas (véase Doctrina y Convenios 88:13). “A todos los reinos se ha dado una ley”, se nos dice, “y hay muchos reinos; porque no hay espacio en el cual no haya reino; ni hay reino en el cual no haya espacio, sea un reino mayor o menor. Y a cada reino se le ha dado una ley; y para cada ley hay también ciertos límites y condiciones. Todos los seres que no se sujetan a esas condiciones no son justificados” (Doctrina y Convenios 88:36–39). Además, se nos dice que Dios “comprende todas las cosas, y todas las cosas están delante de él, y todas las cosas están alrededor de él; y él es sobre todas las cosas, y en todas las cosas, y por todas las cosas, y alrededor de todas las cosas; y todas las cosas son por él y de él, sí, Dios, para siempre jamás. Y además, de cierto os digo, él ha dado una ley a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones” (Doctrina y Convenios 88:41–42).

Al hablar de la época preterrenal, el Profeta explicó que “Dios mismo, al encontrarse en medio de espíritus y gloria, por ser más inteligente, consideró conveniente instituir leyes por medio de las cuales los demás pudieran tener el privilegio de progresar como Él” (Enseñanzas, pág. 354). Mientras que el Dios de la religión sectaria procura ser adorado eternamente, el Dios de José Smith procura, en cambio, exaltar a Sus hijos. El plan de salvación invita a los hijos del Padre Celestial a llegar a ser “iguales en poder, en fuerza y en dominio” con Él (Doctrina y Convenios 76:95). Como dijo José Smith: “Dios colocó el sol, la luna y las estrellas en los cielos, y les dio sus leyes, condiciones y límites, los cuales no pueden traspasar sino por Sus mandamientos” (Enseñanzas, págs. 197–198).

Conclusión

Solo podemos conocer a Dios en la medida en que Él decida permitírnoslo. Todo conocimiento aceptable de Él debe tener su origen en la revelación. Por tanto, la verdadera medida de un profeta radica en su capacidad no solo de enseñarnos acerca de Dios, sino también de prepararnos para encontrarlo. Tales son el conocimiento y el testimonio que facultan a José Smith para estar a la cabeza de esta, la mayor de todas las dispensaciones del Evangelio. “¡Dios mismo”, testificó el vidente escogido, “fue una vez como nosotros somos ahora, y es un hombre exaltado, y está sentado sobre Su trono allá en los cielos! Ese es el gran secreto. Si el velo se rasgara hoy, y el gran Dios que mantiene este mundo en su órbita y sostiene todos los mundos y todas las cosas por Su poder se hiciera visible —digo que, si lo vierais hoy, lo veríais en la forma de un hombre, semejante a vosotros en toda la persona, imagen y forma misma de un hombre—; porque Adán fue creado a la misma forma, imagen y semejanza de Dios, y recibió instrucción de Él, y anduvo, habló y conversó con Él, como un hombre habla y se comunica con otro” (ibíd., pág. 345).

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