Capítulo 26
Una visión panorámica
Porque para cada hombre hay una hora señalada, de acuerdo con sus obras.
Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, conocimiento que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora; el cual nuestros antepasados con ansiosa expectativa han aguardado a que se revelara en los postreros tiempos, hacia los cuales sus mentes fueron orientadas por los ángeles, como que se hallaba reservado para la plenitud de su gloria; una ocasión futura en la que nada se retendrá, sea que haya un Dios o muchos dioses, serán manifestados.
Todos los tronos y dominios, principados y potestades, serán revelados y señalados a todos los que valientemente hayan perseverado en el evangelio de Jesucristo.
Y también, si se han fijado límites a los cielos, los mares o la tierra seca, o el sol, la luna o las estrellas, todos los tiempos de sus revoluciones, todos los días, meses y años señalados; y todos los días de sus días, meses y años, y todas sus glorias, leyes y tiempos fijos, serán revelados en los días de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, conforme con lo decretado en medio del Concilio del Dios Eterno de todos los otros dioses, antes que este mundo fuese, que habría de reservarse para su cumplimiento y fin, cuando todo hombre ha de entrar en su eterna presencia y en su reposo inmortal.
—Doctrina y Convenios 121:25–32
Si vinimos a la tierra con un propósito divinamente ordenado, ciertamente corresponde a Dios darlo a conocer. Ni siquiera el viaje de la fe puede emprenderse sin dirección. Encontramos esa dirección en el Evangelio de Jesucristo. Puesto que el propósito de los cielos es salvar a todas las creaciones de Dios que estén dispuestas, necesariamente debe haber un designio divino que abarque todas las épocas y generaciones. Debe unir el pasado, el presente y el futuro en uno. Debe dar propósito a toda la obra del cielo y proporcionar tanto misericordia como justicia a todos los hijos del Padre. Tal es el plan de salvación y tal es la magnitud de las revelaciones dadas al profeta José Smith. La amplitud y profundidad de estas revelaciones constituyen una evidencia perfecta de su llamamiento divino.
La visión del reino celestial
Fue en lo que se llama la visión del reino celestial (véase Doctrina y Convenios 137) donde José Smith aprendió los principios relacionados con la salvación de los muertos. Cada persona que aparece en la visión y el orden en que se las menciona tienen un significado especial. Consideremos sus implicaciones. Primero, el Profeta vio al Padre y al Hijo. Estaban sentados juntos sobre un trono de gloria, lo que expresaba la perfecta unidad que existe entre ellos. Luego vio al padre Adán, el gran patriarca de la raza humana. Junto a él estaba Abraham, el padre de los fieles. Como representantes de los fieles de la descendencia de Abraham, José vio a su propio padre, Joseph Smith, padre, con su amada compañera, Lucy Mack Smith, a su lado. Su unión se hacía más perfecta por la presencia del hermano mayor de José, Alvin, quien había muerto unos siete años antes de la organización de la Iglesia. La reunión de Alvin con sus padres en la presencia de Adán y Abraham, dos de nuestros antiguos padres más destacados, fue a la vez gratificante y desconcertante para el Profeta. Su primer pensamiento fue preguntarse cómo Alvin había “logrado una herencia en ese reino [celestial]”, dado que había muerto “antes que el Señor hubiese extendido su mano para recoger a Israel por segunda vez, y no había sido bautizado para la remisión de los pecados” (Doctrina y Convenios 137:6).
José sabía que lo que estaba viendo en esta visión era una representación de las cosas como llegarían a ser, no como eran entonces. Esto quedaba claro por la representación de su padre y su madre en aquellas esferas celestiales, a pesar de que ambos aún vivían y gozaban de buena salud. De hecho, el padre del Profeta, quien viviría cuatro años más, estaba en la habitación con él mientras recibía la visión. Su madre viviría otros diecinueve años. Entonces el Señor dirigió estas palabras a José Smith: “Todos los que han muerto sin el conocimiento de este evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hubiese permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios; también todos aquellos que de aquí en adelante mueran sin un conocimiento de él, quienes lo habrían recibido de todo corazón, serán herederos de ese reino; pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones” (Doctrina y Convenios 137:7–9).
Aquí se establecen los principios por los cuales a quienes murieron sin la oportunidad de abrazar el Evangelio se les concederá ese privilegio en el mundo de los espíritus. Es posible que para entonces José Smith tuviera alguna idea de que el Evangelio se predicaba en el mundo de los espíritus, pues anteriormente había recibido una revelación que declaraba que quienes rechazaran el Evangelio en esta vida y luego lo aceptaran cuando se les llevara por segunda vez en el mundo de los espíritus heredarían el reino terrestre (véase Doctrina y Convenios 76:73–74). No obstante, la aparición de Alvin en el reino celestial lo sorprendió. El principio básico anunciado mediante esta visión era que quienes reciben el Evangelio en el mundo de los espíritus deben hacerlo “según los hombres en la carne” (1 Pedro 4:6). Es decir, las mismas doctrinas y los mismos principios se aplican a ambos lados del velo. Por tanto, Dios, que conoce el corazón de todos Sus hijos, debe juzgar si quienes reciben el Evangelio al otro lado del velo lo habrían hecho en la carne de haber tenido esa oportunidad. Además, el Padre también debe juzgar si lo habrían aceptado de todo corazón, lo que significa que habrían perseverado en la fe hasta el fin y, por tanto, habrían sido valientes en su testimonio (véase Doctrina y Convenios 76:79).
Lo que hacen estos principios es extender a toda alma que haya vivido la oportunidad de aceptar o rechazar el Evangelio conforme a la misma norma, ya sea en esta vida o en la venidera. Alvin, quien apareció en esta visión, constituye el ejemplo perfecto de alguien que murió sin la oportunidad de abrazar el Evangelio en la carne, pero que lo habría hecho si hubiera tenido ese privilegio y que, además, evidentemente habría perseverado fielmente hasta el fin. Así, su reunión con sus padres tuvo lugar en la presencia de Abraham, quien poseía las llaves mediante las cuales la unión matrimonial llega a ser eterna y a quien se había dado la promesa de una posteridad sin fin, así como en la presencia del padre Adán, quien posee las llaves de la salvación (véase Doctrina y Convenios 78:16; 110:12).
Este principio ilustra el equilibrio perfecto entre la justicia y la misericordia. Por una parte, para ser exaltado se debe abrazar el Evangelio cuando llegue la oportunidad y luego perseverar hasta el fin. Por otra parte, a nadie se le negará jamás una bendición del Evangelio debido a circunstancias ajenas a su voluntad. Si los deseos del corazón de la persona eran rectos, esos deseos justos ocuparán el lugar de las obras que no pudo efectuar. Así, cada uno de los hijos de Dios tendrá el mismo derecho a las bendiciones del Padre. ¡Qué doctrina tan maravillosa y consoladora!
La visión de los grados de gloria
Nuestro entendimiento de la justicia y la misericordia de Dios se amplía aún más en una revelación de magnitud incomparable. La revelación comienza con la promesa de que el Señor revelará todos los misterios de Su reino “desde los días antiguos y por las edades futuras” a todos los que lo reverencien y lo sirvan “en rectitud y en verdad hasta el fin”. “Sí, aun las maravillas de la eternidad sabrán ellos, y las cosas venideras les enseñaré, sí, cosas de muchas generaciones. Y su sabiduría será grande, y su entendimiento llegará hasta el cielo; y ante ellos perecerá la sabiduría de los sabios, y se desvanecerá el entendimiento del prudente” (véase Doctrina y Convenios 76:5–11). Así como las normas del Evangelio han de ser las mismas para todos, también lo son sus bendiciones y privilegios.
En esta visión aprendemos que en la casa del Padre hay, en verdad, muchas moradas o grados de gloria (Juan 14:1–2). En esta revelación aprendemos acerca de cuatro grandes divisiones que tendrán lugar entre los hijos de los hombres en el día de la resurrección. El más alto de todos los grados se llama el reino celestial. Allí los fieles pueden recibir la plenitud de todo lo que el Padre tiene. El segundo reino, o reino intermedio, lo conocemos como el reino terrestre. Allí se encontrarán los rectos y honorables de la tierra que escogieron no dedicarse a las cosas del Espíritu y se conformaron con menos que la plenitud del Evangelio.
El tercero de estos grados celestiales se llama el reino telestial. Sus ciudadanos son los inicuos, aquellos que durante la vida terrenal escogieron seguir el mal en lugar del bien. A ellos les corresponde el infierno, aquella parte del mundo de los espíritus después de la muerte donde pagan por sus pecados en la prisión de tormento antes de resucitar a un grado de gloria. Habiendo pagado así “el último cuadrante” (Mateo 5:26) y limpiado sus almas, llegan a ser herederos de una gloria “que sobrepuja a todo entendimiento [mortal]” (Doctrina y Convenios 76:89). Estos son quienes no recibieron ni el testimonio de Jesús ni el convenio del Evangelio (véase Doctrina y Convenios 76:82, 101). “Estos son los que son mentirosos y hechiceros, adúlteros y fornicarios, y quienquiera que ama y obra mentira” (Doctrina y Convenios 76:103). Finalmente, los últimos en salir son aquellos a quienes conocemos como hijos de perdición, los que están perdidos sin esperanza. Son quienes niegan y desafían, quienes han disfrutado de gran luz y conocimiento acerca de Dios y de Su obra, pero luego pierden el espíritu de luz y combaten la fe como apóstatas llenos de amargura. Tan grave ha sido su pecado que no les espera perdón en este mundo ni en el venidero. Lo suyo no es un reino de gloria, sino un castigo sin fin y sempiterno (véase Doctrina y Convenios 76:44).
Con respecto a quienes llegan a ser hijos de perdición, José Smith explicó: “Todos los pecados serán perdonados, salvo el pecado contra el Espíritu Santo; porque Jesús salvará a todos, excepto a los hijos de perdición. ¿Qué debe hacer un hombre para cometer el pecado imperdonable? Debe recibir el Espíritu Santo, tener los cielos abiertos para él y conocer a Dios, y entonces pecar contra Él. Después de que un hombre ha pecado contra el Espíritu Santo, no hay arrepentimiento para él. Tiene que decir que el sol no brilla mientras lo está viendo; tiene que negar a Jesucristo cuando los cielos le han sido abiertos, y negar el plan de salvación teniendo los ojos abiertos a su verdad; y desde ese momento comienza a ser un enemigo. Este es el caso de muchos apóstatas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. El Profeta continuó: “Cuando un hombre comienza a ser enemigo de esta obra, me persigue, procura matarme y nunca deja de tener sed de mi sangre. Se apodera de él el espíritu del diablo, el mismo espíritu que tenían quienes crucificaron al Señor de la Vida, el mismo espíritu que peca contra el Espíritu Santo. No podéis salvar a tales personas; no podéis llevarlas al arrepentimiento; hacen una guerra abierta, como el diablo, y terrible es la consecuencia” (Enseñanzas, pág. 358).
Al igual que el Profeta, debemos edificar la casa de nuestro entendimiento ladrillo por ladrillo o principio por principio. El Libro de Mormón constituye el fundamento teológico sobre el cual deben descansar todas las demás revelaciones dadas en nuestra dispensación. Por él aprendemos acerca de la naturaleza corpórea de la resurrección y del mundo de los espíritus, donde los espíritus sin cuerpo esperan el día de su resurrección (véase Alma 40:11–23). Es en este mundo de los espíritus, antes de la resurrección y del día del juicio, donde ha de enseñarse el Evangelio; a quienes no tuvieron la oportunidad de estar en su luz durante la vida terrenal se les concederá el privilegio de hacerlo. La revelación sobre los grados de gloria, dada en febrero de 1832, retoma el asunto en este punto, anunciando que quienes salgan en la primera resurrección, o resurrección celestial, serán sacerdotes, reyes y herederos de Dios, siendo “iguales [con el Padre y el Hijo] en poder, en fuerza y en dominio” (véase Doctrina y Convenios 76:56, 95). Después de la restauración, en abril de 1836, de las llaves relacionadas con la perpetuación del convenio abrahámico y de aquellas autoridades sagradas que tienen que ver con la naturaleza eterna de la unidad familiar, se reveló al Profeta que el reino celestial mismo se divide en tres cielos o grados, el más alto de los cuales está reservado para quienes han entrado en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio (véase Doctrina y Convenios 131). Así, tanto el género como las funciones divinas asignadas al hombre y a la mujer, particularmente las de padre y madre, se conservan a lo largo de las eternidades.
La perspectiva panorámica
Las revelaciones concedidas a José Smith se extienden desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. Él restauró al mundo el conocimiento de la vida preterrenal, donde nacimos como hijos e hijas espirituales de Dios. Nos restauró el conocimiento del mundo de los espíritus, donde los espíritus sin cuerpo descansan de sus labores o las completan antes de la resurrección. Y registró para nosotros la revelación más amplia que se haya dado acerca de las muchas moradas de Dios en los mundos venideros. A juzgar por las revelaciones dadas al profeta José Smith, parece que tales experiencias reveladoras fueron comunes a cada uno de los cabezas de dispensación y que a muchos de los antiguos profetas se les invitó a estar sobre el monte alto y contemplar el panorama de la historia pasada y futura.
Del padre Adán leemos que convocó al resto de su posteridad, a todos los que eran justos, al valle de Adán-ondi-Ahmán para conferirles su última bendición. De pie en medio de aquella gran congregación, estando “lleno del Espíritu Santo, predijo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación”, cosas que quedaron registradas en el libro de Enoc. (Véase Doctrina y Convenios 107:53–57). De Enoc aprendemos que no solo registró las profecías de Adán, sino que, por mandato del Señor, ascendió al monte Simeón, donde fue revestido de gloria, vio al Señor cara a cara y se le mostró “el mundo por el espacio de muchas generaciones” (véase Moisés 7:2–4). Se le mostraron “todos los habitantes de la tierra” y vio cómo su propia ciudad sería llevada al cielo. Vio los días de Noé y el Diluvio. En visión presenció los principales acontecimientos del meridiano de los tiempos, entre ellos la crucifixión y la resurrección del Salvador, el gran “velo de tinieblas” que cubriría la tierra antes de la Restauración, la salida a luz del Libro de Mormón y del Evangelio en los últimos días, y el regreso final de su ciudad para unirse a la ciudad de la Nueva Jerusalén durante el reinado milenario de Cristo. (Véase Moisés 7:42–64).
De Noé leemos que “profetizó y enseñó las cosas de Dios, tal como fue en el principio”, que su mensaje se centraba en la fe en Cristo, el bautismo y la recepción del Espíritu Santo, por medio del cual a todos los fieles podían serles “manifestadas todas las cosas”, y que “anduvo con Dios” (Moisés 8:16, 24, 27). De Abraham leemos que él también estuvo cara a cara con Dios, quien le dijo: “He aquí, te mostraré todas estas cosas. Y puso su mano sobre mis ojos, y vi aquellas cosas que sus manos habían hecho, las cuales eran muchas; y se multiplicaron delante de mis ojos, y no pude ver su fin” (véase Abraham 3:11–12). En otro texto restaurado leemos que Moisés fue “arrebatado a una montaña extremadamente alta”, donde habló con Dios “cara a cara”. A él también se le invitó a contemplar la obra del Señor. “Moisés miró, y vio el mundo sobre el cual fue creado; y vio Moisés el mundo y sus confines, y todos los hijos de los hombres que son y que fueron creados” (Moisés 1:1, 2, 8). Para completar nuestro relato, se reveló a José Smith que Pedro, Santiago y Juan fueron investidos con el mismo conocimiento mientras se encontraban en el Monte de la Transfiguración (véase Doctrina y Convenios 63:20–21). Acerca de su propia experiencia, el profeta José declaró sencillamente: “Pablo vio el tercer cielo, y yo, más” (Enseñanzas, pág. 301).
Conclusión
Así como los grandes profetas de dispensaciones pasadas ascendieron al monte santo para contemplar cosas aún futuras, llegará el tiempo en que todos los santos fieles tendrán el privilegio de ver lo que vieron los antiguos videntes y saber lo que ellos supieron. Lo que José Smith vio y registró para nosotros demuestra que estuvo sobre terreno santificado por la fe de sus predecesores de la antigüedad. Así como ellos estuvieron cara a cara con Dios y conversaron con Él como un hombre conversa con otro, así lo hizo él. Así como a ellos se les concedió el privilegio de contemplar el gran panorama de las creaciones de Dios, también se le concedió a él. Así como ellos recibieron la promesa de que la revelación nunca cesaría, también la recibió él. Somos hijos de los profetas, como lo fueron los fieles de épocas pasadas. Se nos invita a estar donde ellos estuvieron y a ver lo que ellos vieron. Así como sus ojos fueron ungidos para que pudieran ver (véase Moisés 6:35–36), nuestros ojos pueden ser iluminados por ese mismo Espíritu para que también nosotros veamos y comprendamos las cosas de Dios.
Si La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha de ser juzgada por sus frutos y José Smith por las doctrinas que restauró, entonces ambos son incomparables. El vasto panorama que une la eternidad pasada con la eternidad futura y la perfección de la misericordia y la justicia de Dios están tan por encima de las teologías de los hombres como la creación de la tierra está por encima y más allá de la representación que un artista haga de ella. Solo con tal visión puede darse un propósito divino a todas las creaciones de Dios y encontrarse la fe mediante la cual los hijos de Dios puedan, en verdad, crecer hasta llegar a ser como Él es.


























