Capítulo 32
El pasado: clave del futuro
Y [Enoc] vio los espíritus que Dios había creado; y también vio cosas que el ojo natural no percibe; y desde entonces se esparció este dicho por la tierra: El Señor ha levantado un vidente a su pueblo. —Moisés 6:36
Ammón explicó al rey Limhi que «un vidente es también revelador y profeta; y ningún hombre puede tener un don mayor, a menos que posea el poder de Dios, que nadie puede tener; sin embargo, el hombre puede recibir gran poder de Dios. Mas un vidente puede saber de cosas que han pasado y también de cosas futuras; y por este medio todas las cosas serán reveladas, o mejor dicho, las cosas secretas serán manifestadas, y las cosas ocultas saldrán a luz; y manifestarán cosas que no son conocidas, y también darán a conocer cosas que de otra manera no se podrían saber. Así ha dispuesto Dios un medio para que el hombre, por la fe, pueda efectuar grandes milagros; por tanto, llega a ser un gran beneficio para sus semejantes» (Mosíah 8:16–18). Los videntes llegan a conocer la mente de Dios y, por tanto, llegan a ver las cosas como Dios las ve, cosas que quizás no sean visibles al ojo natural (véase Moisés 6:36). Pueden ver al enemigo desde lejos y están en condiciones de advertir a los de la familia de la fe (véase Doctrina y Convenios 101:54). Debido a su conocimiento del pasado, su visión del futuro y su comprensión de que «la vía del Señor es un giro eterno» (1 Nefi 10:19), los videntes están en condiciones de ayudar a los santos del Altísimo a reconocer patrones, temas y episodios recurrentes, y a aprender las solemnes lecciones del pasado a medida que las profecías de ayer cobran relevancia y siguen cumpliéndose hoy y mañana.
Un giro eterno
Puesto que «no ha habido cambio alguno en la constitución del hombre desde que cayó» (Enseñanzas, pág. 60), y puesto que la gran solución a los dilemas de la tierra es y siempre ha sido el Evangelio de Jesucristo, no es sorprendente que la palabra profética, comunicada por medio de los oráculos vivientes de Dios, tenga relevancia y múltiples cumplimientos en distintas épocas de la historia de la tierra. Por ejemplo, no es necesariamente cierto que seis mil años de vida sobre la tierra hayan dado como resultado un progreso en todos los sentidos. En muchos aspectos, la vida es más agradable y cómoda, y los viajes y la comunicación se realizan de maneras que las personas de los albores de los tiempos, o incluso de hace apenas doscientos años, habrían considerado milagrosas. Por otra parte, desde la Caída hemos avanzado constantemente hacia la desintegración, a medida que la inmoralidad, la depravación, las dolencias, las enfermedades y la muerte han seguido naturalmente a nuestro propio desenfreno. Adán y Eva fueron colocados en una tierra paradisíaca y terrestre, una condición en la que las cosas eran espirituales, no mortales ni sujetas a la muerte. A pesar de las bellezas y maravillas de la creación, ciertamente no vivimos hoy en un mundo paradisíaco. Pero algún día las cosas cambiarán. El Señor de Sabaot, literalmente el Señor de las Huestes o de los Ejércitos, regresará y pondrá fin al pecado y al mal, y la tierra será transformada; pasará a una condición terrestre, será transfigurada y elevada dentro del orden de las cosas. Esta tierra será renovada, hecha nueva otra vez, y recibirá nuevamente su gloria paradisíaca (véase Artículos de Fe 1:10).
Como hemos tratado anteriormente en esta obra, Adán recibió el sacerdocio de Dios y confirió esa autoridad divina a sus hijos y, después de ellos, a los hijos de estos. Estaba en vigor el orden patriarcal del Sacerdocio de Melquisedec. Los hombres gobernaban mediante el santo sacerdocio y bajo la dirección del Todopoderoso. Por tanto, su gobierno era una teocracia patriarcal. El élder Bruce R. McConkie dijo: «Este sistema teocrático, basado en el orden y el sistema que prevalecían en los cielos, era el gobierno de Dios. Él mismo, aunque moraba en los cielos, era el Legislador, el Juez y el Rey. Dirigía todas las cosas, tanto civiles como eclesiásticas; no había separación entre la Iglesia y el Estado como la conocemos ahora. Todos los asuntos de gobierno eran dirigidos, controlados y regulados desde lo alto. Los administradores legítimos del Señor sobre la tierra servían en virtud de sus llamamientos y ordenaciones en el Santo Sacerdocio, y según eran guiados por el poder del Espíritu Santo» (Un nuevo testigo de los Artículos de Fe, pág. 35).
Hoy los santos de Dios trabajan y sirven en la Iglesia, y lo hacemos bajo lo que podría llamarse un sistema eclesiástico. La Iglesia no ejerce funciones en los asuntos civiles, sino que deja esos asuntos al Estado. El gobierno de la Iglesia es teocrático en el sentido de que obramos mediante el común acuerdo; Dios habla por medio de Sus siervos ungidos y los santos tienen la opción de sostener o no esas acciones. Pero la Iglesia y el Estado están separados. «Creemos que todas las sociedades religiosas tienen el derecho de disciplinar a sus miembros por conducta desordenada, de acuerdo con las reglas y ordenanzas de tales sociedades, si es que tales medidas se relacionan con la confraternidad y la buena reputación; pero no creemos que sociedad religiosa alguna tenga autoridad para juzgar a los hombres en cuanto al derecho de propiedad o de vida, ni para despojarlos de los bienes de este mundo, ni poner en peligro sus vidas o sus miembros, ni imponerles ningún castigo físico. Solamente pueden excomulgarlos de su sociedad y retirar de ellos su confraternidad» (Doctrina y Convenios 134:10). Pero algún día las cosas cambiarán. Cristo será el Sumo Sacerdote Presidente de Su iglesia y el Rey de la tierra. Presidirá y dirigirá todos los asuntos, tanto civiles como eclesiásticos. Nuestro Salvador gobernará a Su pueblo desde dos capitales mundiales: de Sion, en Independence, Misuri, saldrá la ley, y de Jerusalén saldrá la palabra del Señor (véase 2 Nefi 12:3). Asimismo, los hombres y las mujeres justos velarán por sus propias familias en todos los asuntos, y presidirán como reyes y reinas, sacerdotes y sacerdotisas. Se restablecerá una teocracia, y Jesús reinará como Rey de reyes y Señor de señores. En resumen, «este mismo Sacerdocio que existió en el principio existirá también en el fin del mundo» (Moisés 6:7).
Las Escrituras de la Restauración enseñan que «tres años antes de su muerte, Adán llamó a Set, a Enós, a Cainán, a Mahalaleel, a Jared, a Enoc y a Matusalén, todos ellos sumos sacerdotes, junto con el resto de los de su posteridad que eran justos, al valle de Adán-ondi-Ahmán, y allí les confirió su última bendición». En esa ocasión, «Adán se puso de pie en medio de la congregación, y a pesar de que lo agobiaba el peso de sus años, estando lleno del Espíritu Santo, predijo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación» (Doctrina y Convenios 107:53, 56). Al hablar de este acontecimiento, el profeta José Smith dijo: «Vi a Adán en el valle de Adán-ondi-Ahmán. Reunió a sus hijos y los bendijo con una bendición patriarcal. El Señor apareció en medio de ellos, y él [Adán] los bendijo a todos y predijo lo que les acontecería hasta la última generación. Esta es la razón por la que Adán bendijo a su posteridad: quería llevarlos a la presencia de Dios» (Enseñanzas, págs. 158–159).
Lo que ocurrió antiguamente ocurrirá en el futuro. Antes del segundo advenimiento del Maestro en gloria, Adán vendrá una vez más al valle de Adán-ondi-Ahmán (véase Doctrina y Convenios 116). Se reunirá con muchos de sus descendientes, celebrará una gran reunión sacramental con su pueblo y, una vez más, Cristo participará con Sus discípulos de los emblemas de Su muerte (véase Doctrina y Convenios 27:5–14). Adán «reunirá a sus hijos y celebrará un concilio con ellos a fin de prepararlos para la venida del Hijo del Hombre. Él [Adán] es el padre de la familia humana y preside los espíritus de todos los hombres, y todos los que han tenido las llaves deben comparecer ante él en este gran concilio. […] El Hijo del Hombre se presenta ante él [Adán], y se le da a Él [Cristo] gloria y dominio. Adán entrega a Cristo su mayordomía, aquello que le fue entregado como poseedor de las llaves del universo, pero conserva su posición como cabeza de la familia humana» (Enseñanzas, pág. 157; véanse también las págs. 38–39, 122).
A Moisés, el Señor Jehová declaró: «Un profeta como tú les levantaré de en medio de sus hermanos; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mande. Mas a cualquiera que no escuche mis palabras que él hable en mi nombre, yo le pediré cuentas» (Deuteronomio 18:18–19). El apóstol Pedro citó este pasaje de manera un tanto diferente: «Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará un profeta de entre vuestros hermanos, como yo; a él oiréis en todas las cosas que os hable. Y acontecerá que toda alma que no oiga a aquel profeta será desarraigada del pueblo» (Hechos 3:22–23). Cuando Moroni se apareció por primera vez a José Smith en 1823, citó las palabras de Pedro con respecto a este gran profeta. Moroni «dijo que ese profeta era Cristo; pero que aún no había llegado el día en que “toda alma que no oyere a aquel profeta, será desarraigada del pueblo”, mas pronto llegaría» (José Smith—Historia 1:40).
Quienes rechazan a los siervos del Señor lo rechazan a Él. Por tanto, nuestro Maestro aplica la condenación por rechazar Sus palabras a quienes desdeñan a Sus siervos ungidos. A los nefitas, el Señor resucitado explicó que «quienes no crean en mis palabras, las cuales yo, que soy Jesucristo, haré que él [José Smith] lleve a los gentiles, y le daré poder para que las lleve a los gentiles (se hará aun como dijo Moisés), serán desarraigados de entre los de mi pueblo que son del convenio» (3 Nefi 21:11). Y en el prefacio del Señor a las revelaciones de Doctrina y Convenios, la condenación se amplía un tanto al expresarse la siguiente advertencia: «Viene el día en que aquellos que no oyeren la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni prestaren atención a las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo» (Doctrina y Convenios 1:14).
En verdad, la vía del Señor es un giro eterno. Lo que dijo Isaías no solo es pertinente para los santos que vivían siete siglos antes del nacimiento de Jesús, sino también para quienes viven en la última era de la existencia temporal de la tierra. Lo que se dice de Isaías bien podría decirse de otros portavoces del Señor: «Todas las cosas que habló se han cumplido, y se cumplirán, de conformidad con las palabras que habló» (3 Nefi 23:3). La profecía de Joel acerca de que el Espíritu del Señor sería derramado sobre toda carne se cumplió en el meridiano de los tiempos (véase Hechos 2:1–21), y se cumplirá nuevamente en nuestros días y en el futuro (véase José Smith—Historia 1:41). Como fue en los días de Noé, así será en los días relacionados con el regreso del Salvador en gloria (véase José Smith—Mateo 1:41). Como fue entre los nefitas poco antes del nacimiento del Salvador, según se expone en 3 Nefi, así será en los días, meses y años anteriores a ese día grande y terrible que conocemos como la Segunda Venida. Y como fue entre los nefitas en su sociedad semejante a la del Milenio después de que Cristo los visitó, según se expone en 4 Nefi, así será en el fin del mundo, cuando la iniquidad sea quitada de la tierra y el Señor reine entre Su pueblo durante mil años.
La levadura de los fariseos modernos
Nuestros días no son muy distintos de una época de hace casi dos mil años. Jesucristo vino a la tierra en un tiempo de agitación, una época en la que el corazón de los hombres estaba cerrado a nuevas revelaciones. Nuestro Señor crecería, como había profetizado Isaías, «como raíz de tierra seca» (Isaías 53:2). El suelo reseco del judaísmo del primer siglo necesitaba profundamente agua viva, pero eran pocos los que siquiera mojaban la punta de sus dedos en el líquido refrescante para aliviar su sed angustiosa; de hecho, algunos ni siquiera eran conscientes de la sequía.
Jesús estaba en constante confrontación con los fariseos. Atacó la hipocresía relacionada con la pureza de los actos rituales, pero con la escasez de valores morales y espirituales. Habló vehementemente contra quienes atendían con celo a la tradición rabínica —asuntos de poca importancia eterna— y, al mismo tiempo, pasaban por alto o violaban «lo más importante de la ley, a saber, el juicio, y la misericordia y la fe» (Mateo 23:23). Condenó además a los fariseos por la ironía de su postura hacia las Escrituras: aceptaban las interpretaciones y los comentarios orales de los doctores de la ley, pero rechazaban los servicios sanadores del Gran Médico, Aquel a quien señalaban todas las Escrituras. «No conocéis a Moisés ni a los profetas», declaró el Maestro, «porque si los hubierais conocido, habríais creído en mí; pues para este fin fueron escritos. Porque yo soy enviado para que tengáis vida» (TJS, Lucas 14:36). Irónicamente, pues, el canon de las Escrituras estaba abierto a la interpretación rabínica, pero cerrado a Aquel que vino como cumplimiento y continuación del Antiguo Testamento.
En una ocasión, los fariseos acudieron a Jesús exigiendo una señal, una evidencia física de Su afirmación de ser el Mesías (véase Mateo 16:1–4). El Señor aprovechó esta oportunidad para contrastar su capacidad de interpretar el aspecto del cielo —y, de ese modo, discernir señales relacionadas con los cambios del tiempo— con su marcada incapacidad para interpretar las «señales de los tiempos» y, por tanto, discernir el verdadero significado de las profecías y los testimonios mesiánicos. Poco después, Cristo advirtió a Sus discípulos: «Mirad, y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos» (Mateo 16:6). Los discípulos finalmente llegaron a comprender que el Señor les indicaba que se cuidaran de la doctrina, así como de la hipocresía, de los líderes judíos (véanse Mateo 16:5–12; Lucas 12:1). El rechazo del Salvador a las veneradas tradiciones rabínicas, Su creciente popularidad como resultado de abrir ojos y mentes, y Su ataque al núcleo mismo de las prácticas farisaicas, todo ello condujo finalmente a Su arresto y muerte. Pero el pozo había sido cavado, el agua viva había comenzado a brotar, las almas sedientas habían sido saciadas y se había establecido una base espiritual para el meridiano de los tiempos.
El crecimiento, la expansión, la innovación y la tecnología han producido cambios notables en el mundo durante los últimos dos mil años. Por otra parte, algunas cosas nunca cambian. Los religiosos que carecen de revelación siguen rechazando a los oráculos vivientes y aferrándose tenazmente al estado espiritual existente. Los predicadores de una forma de vida desprovista de la vitalidad que el Espíritu Santo infunde en la práctica religiosa siguen sellando el canon, aplicando argamasa que bloquea la luz de la nueva verdad y, en última instancia, obstaculiza su progreso y el de sus seguidores. Las congregaciones todavía exclaman: «¡Tenemos suficiente! ¡No necesitamos más revelación!». El desafío del verdadero creyente en todas las épocas es el mismo: ya seamos santos de la antigüedad o Santos de los Últimos Días, nos encontramos con un mundo que se opone al cambio y a la forma de vida relacionados con aceptar el nuevo y sempiterno convenio.
¿No resulta extraño observar a cristianos carismáticos —personas que afirman profetizar y hablar en lenguas— que al mismo tiempo rechazan la idea de apóstoles y profetas modernos? ¿No es extraño que líderes religiosos de todo el mundo —personas que predican acerca de un Dios interesado e involucrado en los asuntos humanos— adviertan a sus feligreses que no se arrodillen a orar para averiguar la veracidad del mensaje y de las afirmaciones de los misioneros y miembros Santos de los Últimos Días? Como enseñó Nefi a su pueblo en la antigüedad: «Si escuchaseis al Espíritu que enseña al hombre a orar, sabríais que os es menester orar; porque el espíritu malo no enseña al hombre a orar, sino le enseña que no debe orar» (2 Nefi 32:8). ¿No es desconcertante y trágico que tantas personas fuera de la Iglesia —que creen que Dios es su Padre y que Jesucristo es su modelo de vida—, en palabras del élder Boyd K. Packer, «con la ayuda de clérigos, menosprecien de las maneras menos cristianas nuestra enseñanza de que somos literalmente hijos e hijas de Dios»? (En Informe de la Conferencia, octubre de 1984, pág. 82). Estas prácticas y muchas otras actitudes revelan claramente que el espíritu de hipocresía farisaica está floreciendo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Las personas y las congregaciones llegarán a cualquier extremo —incluidas la incongruencia, la contradicción o una conducta impropia de un seguidor del Príncipe de Paz— para oponerse al avance de una revelación moderna de la verdad o detenerlo.
La doctrina que no se comunica por el conducto de los oráculos vivientes no se comprenderá ni se aplicará debidamente. Sin las perspectivas esclarecedoras del Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Traducción de José Smith, la Perla de Gran Precio y las palabras de los líderes modernos de la Iglesia, la Biblia ha sido y será siempre un libro sellado. Sus doctrinas y principios siempre serán motivo de disputa. El mensaje que Cristo dio antiguamente a los doctores de la ley tiene una notable aplicación moderna: «¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley! Porque habéis quitado la llave del conocimiento, la plenitud de las Escrituras; vosotros mismos no entráis en el reino, y a los que estaban entrando, se lo impedisteis» (TJS, Lucas 11:53). Negar la Restauración es negar el acceso a ese Espíritu mediante el cual se dan y se comprenden la voluntad, la intención, la palabra y la voz del Señor; en otras palabras, las Escrituras (véase Doctrina y Convenios 68:3–4). Aceptar la Restauración y a los siervos del Señor es abrirse a los misterios del reino de Dios, aquellas cosas que el mundo no quiere ni puede recibir. Estas maravillosas verdades serán, para quien busque sinceramente, «una fuente de agua viva que brota para vida eterna» (Doctrina y Convenios 63:23).
La interpretación de las señales de los tiempos
Como se señaló anteriormente, la mayor evidencia de que los judíos de la época de Jesús no podían interpretar las señales vitales de la eternidad es el simple hecho de que no reconocieron al Mesías cuando vino entre ellos. La Esperanza de las Edades había llegado y fue ignorada o rechazada, y quienes de ese modo desdeñaron al Señor de la Vida quedaron sin esperanza. En nuestros días, la mayor evidencia de la incapacidad de las personas para interpretar y discernir las señales de los tiempos es que no aceptan a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como el reino de Dios sobre la tierra que se había predicho. El élder Bruce R. McConkie formuló las siguientes preguntas al mundo religioso:
Si hubieran vivido en Jerusalén en los días de Jesús, ¿lo habrían aceptado como el Hijo de Dios, como lo hicieron Pedro y los apóstoles? ¿O habrían dicho que tenía un demonio y que obraba milagros por el poder de Beelzebú, como afirmaron Anás y Caifás?
Si hubieran vivido en Nazaret, Caná o Capernaúm, ¿habrían creído en la nueva religión que predicaban unos pocos pescadores sencillos? ¿O habrían seguido las tradiciones de sus padres, en las cuales no había salvación?
Si hubieran vivido en Corinto, Éfeso o Roma, ¿habrían creído en el extraño evangelio nuevo que predicaba Pablo? ¿O habrían puesto su confianza en las ideas caprichosas, las tradiciones y las formas de adoración que entonces prevalecían?
Si ahora viven en Nueva York, Londres o París, si viven en Chicago, Los Ángeles o Salt Lake, ¿aceptarán la religión nueva y, sin embargo, antigua; el Evangelio nuevo y, sin embargo, antiguo; la forma de vida nueva y, sin embargo, antigua que Dios ha revelado de nuevo para nuestros días? ¿O sostendrán y apoyarán a iglesias que ya no tienen ningún parecido real con la que se estableció entre los primeros santos?
Si oyen una voz profética, si se da un testimonio apostólico en su presencia, si los siervos del Señor les dan un mensaje de su Maestro, ¿cuál es su reacción? ¿Creen o no creen?
Si se les dice con palabras solemnes que José Smith fue llamado por Dios, que por medio de él se ha restaurado la plenitud del Evangelio sempiterno y que el Señor ha establecido Su iglesia una vez más entre los hombres, ¿creen en la palabra enviada del cielo? ¿O, como Anás y Caifás, se aferran al estado de cosas existente y confían su salvación eterna a las diversas formas de adoración creadas por los hombres que abundan por todas partes?
Después de dar testimonio de la Restauración, el élder McConkie continuó:
Ahora bien, como lo expresó Isaías: «¿Quién ha creído nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?» (Isaías 53:1).
¿Quién creerá nuestras palabras y quién escuchará nuestro mensaje? ¿Quién honrará el nombre de José Smith y aceptará el Evangelio restaurado por su intermedio?
Respondemos: las mismas personas que habrían creído en las palabras del Señor Jesús y de los antiguos apóstoles y profetas si hubieran vivido en sus días.
Si creen en las palabras de José Smith, habrían creído en lo que dijeron Jesús y los antiguos.
Si rechazan a José Smith y su mensaje, habrían rechazado a Pedro y a Pablo y su mensaje.
Si aceptan a los profetas que el Señor envía en sus días, también aceptan a ese Señor que los envió.
Si rechazan el Evangelio restaurado y critican el plan de salvación que enseñan aquellos a quienes Dios ha enviado en estos últimos días, habrían rechazado esas mismas enseñanzas cuando salieron de los labios de los profetas y apóstoles de la antigüedad. (En Informe de la Conferencia, octubre de 1981, págs. 65–66, 68–69).
Interpretar las señales de los tiempos es difícil y requiere considerable juicio y discernimiento. Quienes han escudriñado las Escrituras y meditado en las palabras de los profetas de épocas pasadas, quienes prestan diligente atención a las palabras de vida eterna que salen de los apóstoles y profetas actuales, y aquellos cuya fe en el Salvador entraña una lealtad sincera a los videntes y reveladores que ahora dirigen y que aún dirigirán la Iglesia restaurada, son quienes podrán interpretar las señales de los tiempos y estarán preparados para lo que ha de venir. Es a los élderes presidentes de la Iglesia a quienes llegará la palabra segura de profecía con respecto al futuro (véase Doctrina y Convenios 68:11). Quienes están fuera de la Iglesia y rechazan sus enseñanzas y doctrinas no están en condiciones de percibir los desafíos sociales, económicos y espirituales del presente y del futuro, ni de adaptarse debidamente a ellos. Incluso quienes están dentro de la Iglesia y no han sido prudentes ni han tomado al Santo Espíritu por guía (véase Doctrina y Convenios 45:57) carecen de la perspectiva necesaria y no perciben la urgencia de los mensajes de los siervos del Señor acerca de los acontecimientos actuales y futuros.
Interpretar las señales de los tiempos es percibir cómo se desarrolla el drama divino de Dios en estos últimos días. Es tener la perspectiva completa del plan de vida y salvación y un aprecio especial por las escenas relacionadas con la consumación de ese plan. Es comprender que este es el día tan esperado por los profetas de la antigüedad y por los mensajeros del cielo, cuando Dios derramará conocimiento y poder de lo alto «por el inefable don del Espíritu Santo», conocimiento «que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora» (Doctrina y Convenios 121:26). Por otra parte, interpretar las señales de los tiempos en nuestros días es leer las señales de desgaste en los rostros de quienes han escogido amar y servir con devoción a causas cuestionables o diabólicas. El error y la iniquidad causan terribles estragos en el corazón y el semblante de quienes escogen senderos desviados; las ruedas del extravío muelen lenta pero inexorablemente hasta producir un carácter trastornado que nunca conocerá la paz interior. Interpretar las señales de los tiempos es, en parte, reconocer que Alma expresó una profunda verdad cuando aconsejó a un hijo descarriado que «la maldad nunca fue felicidad» (Alma 41:10).
Interpretar las señales de los tiempos en nuestros días no significa buscar señales en nuestros días. El Salvador enseñó que a una generación mala y adúltera se la puede reconocer por su tendencia a exigir señales como evidencia de la veracidad de la obra del Señor (véanse Mateo 12:39; 16:4). Es interesante que quienes no tienen la madurez espiritual suficiente para interpretar las señales de los tiempos sean a menudo quienes exigen señales a los siervos del Señor. «Muéstrennos las planchas de oro», exclaman. «Hagan descender al ángel Moroni. Presenten el texto egipcio del libro de Abraham». Por otra parte, los santos de Dios que verdaderamente procuran estar en sintonía con la intención y la voluntad de Dios serán testigos y beneficiarios de las maravillas y los milagros que un Señor bondadoso siempre derrama sobre Su rebaño fiel. «La fe no viene por las señales», explicó Cristo, «mas las señales siguen a los que creen». Además: «Sin fe ningún hombre agrada a Dios; y con quien Dios está enojado, no está bien complacido; por tanto, a estos no muestra señales, sino en ira para su condenación» (Doctrina y Convenios 63:9, 11).
Finalmente, interpretar las señales de los tiempos en nuestros días es tomar una decisión a favor de la sociedad de Sion y de la iglesia del Cordero de Dios (véase 1 Nefi 14:10), en contraposición a una decisión de entrar en Babilonia o perpetuarla. Cada ciudad —Sion y Babilonia— impone requisitos definidos a sus ciudadanos y, a medida que se acerque el día milenario, cada una de estas comunidades exigirá la devoción y la consagración totales de su ciudadanía. Interpretar las señales de los tiempos es reconocer que en el futuro habrá cada vez menos Santos de los Últimos Días tibios; que quienes tienen una visión limitada y están extraviados en el mundo religioso aumentarán en cinismo y confusión; que, con el transcurso del tiempo, los impíos se hundirán cada vez más en una desesperación que solo conocen quienes se deleitan en la iniquidad; que la maldad se extenderá y la malevolencia se multiplicará hasta que los ciudadanos de Babilonia se sellen a aquel que es el padre de todas las mentiras. Interpretar las señales de los tiempos es también saber que «Sion ha de levantarse y vestirse con sus ropas hermosas» (Doctrina y Convenios 82:14); que la iglesia del Cordero seguirá requiriendo los diezmos, las ofrendas y las donaciones de sus miembros hasta el día en que la suya sea una vida plena y consagrada; y que, al entregar su corazón a Dios y, de ese modo, darlo todo al Señor por medio de Su iglesia, los santos del Altísimo establecerán un cielo en la tierra y recibirán la gloriosa certeza de la exaltación en el cielo más alto.
Conclusión
José Smith, el Profeta y Vidente, reveló cosas maravillosas acerca del pasado. Estos asuntos sagrados son sumamente valiosos para nosotros desde el punto de vista histórico, pues amplían nuestra comprensión de la vida sobre la tierra en dispensaciones anteriores. José Smith nos enseña que quienes vivieron en los días de Enoc, Melquisedec, Abinadí o Samuel el Lamanita eran personas reales, hombres y mujeres que lucharon con los desafíos de la vida y que, en muchos casos, hallaron gozo en su redención por medio de Jesucristo. Ellos lo lograron, y nosotros también podemos lograrlo. Ellos vencieron al mundo, y nosotros también podemos vencerlo. Sin embargo, estas vislumbres de una época pasada hacen más que revelar un pasado que de otro modo sería misterioso; proporcionan un patrón, una guía, un modelo, si se quiere, de lo que aún ha de venir. El pasado se convierte en la clave que abre el futuro. Así como la historia tiene sus ciclos, los acontecimientos antiguos a menudo tienen sus equivalentes en los últimos días, y las profecías tienen múltiples cumplimientos y aplicaciones repetidas. Las profecías de acontecimientos que ya pasaron anuncian acontecimientos que aún son futuros. El pasado es el escenario sobre el cual se representa el futuro. Por ello, las Escrituras tienen un valor imperecedero y una relevancia eterna. Los hijos de luz leen a la luz de la lámpara de la Restauración y no serán sorprendidos por la venida del Esposo (véase Doctrina y Convenios 106:4–5). Al atesorar Su palabra, evitan el engaño (véase José Smith—Mateo 1:37) y andan y viven en la luz de la verdad revelada.


























