Parte 3
José Smith: profeta y vidente
Medito todo el día, y más que mi comida y mi bebida, en cómo lograr que los santos de Dios comprendan las visiones que se despliegan como un torrente desbordante ante mi mente. —José Smith (Enseñanzas, pág. 296)
Todos los profetas hablan Escritura. Algunos de ellos tienen sus palabras registradas en las Santas Escrituras para la instrucción de muchos. A un número aún menor se les concede el oficio de vidente, mediante el cual se les invita a revestirse del poder de Dios y ascender al monte alto desde donde pueden contemplarse las visiones de las eternidades pasadas y futuras. De ese grupo selecto, ciertamente a nadie se le ha permitido escribir más de lo que vieron sus predecesores de la antigüedad y añadir más a lo que se les mostró que al profeta José Smith. No conocemos a ningún hombre en la historia de la tierra que haya hecho más para ampliar la fe y expandir la mente de los mortales que José el Profeta, cuyo nombre mismo significa “el que recoge” y “que él añada”.
Por medio de sus ojos y de las palabras que ha escrito, también se nos invita a estar sobre aquel monte alto y santo y contemplar tanto el pasado como el futuro. Al volver la mirada hacia el pasado, nos encontramos una vez más en el Gran Concilio de los Cielos, observando cómo se desarrollan los acontecimientos. El Padre, después de terminar Su repaso del gran plan mediante el cual nosotros, Sus hijos espirituales, hemos de llegar a ser como Él, habla nuevamente de la necesidad de un Redentor y pregunta: “¿A quién enviaré?”. Vemos también la asamblea de los nobles y grandes mientras trabajan en concilio para planear la creación de la tierra. Aprendemos de otros mundos, semejantes al nuestro, que también han sido creados. En cuanto a su número, los granos de las arenas del mar no representan siquiera un comienzo. Empezamos a ver que “no hay espacio en el cual no haya reino; ni hay reino en el cual no haya espacio, sea un reino mayor o menor. Y a cada reino se le ha dado una ley; y para cada ley hay también ciertos límites y condiciones” (Doctrina y Convenios 88:37–38).
Al dirigir nuestra atención a las esferas celestiales, nos encontramos junto a José el vidente y Sidney Rigdon y contemplamos la gloria del Hijo a la diestra del Padre. Vemos a los santos ángeles y a quienes son santificados de pie ante Su trono, y oímos la voz que testifica que Él es el Unigénito del Padre, “que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (Doctrina y Convenios 76:24).
Escuchamos mientras José describe la escena en forma poética:
Y oí una gran voz que testificaba desde el cielo:
Él es el Salvador y el Unigénito de Dios;
Por Él, de Él y por medio de Él fueron hechos todos los mundos,
Sí, todos los que recorren los cielos tan vastos,
Cuyos habitantes también, del primero al último,
Son salvos por el mismísimo Salvador nuestro;
Y, por supuesto, son engendrados hijas e hijos de Dios,
Por las mismísimas verdades y los mismísimos poderes.
(“La respuesta”, Tiempos y Estaciones, 4:82–83).
La acumulación de todo el conocimiento erudito de la historia de la tierra acerca de los acontecimientos pasados, o de la proyección de las cosas futuras, aún palidecerá hasta quedar en un silencio avergonzado al compararse con el conocimiento que se nos ha concedido por conducto del profeta José Smith. Tales cosas constituyen una tercera gran evidencia de su llamamiento profético.
Capítulo 25
Abrir el velo
¿Hasta cuándo pueden permanecer impuras las aguas que corren? ¿Qué poder hay que detenga los cielos? Tan inútil le sería al hombre extender su débil brazo para contener el río Misuri en su curso decretado, o volverlo hacia atrás, como evitar que el Todopoderoso derrame conocimiento desde el cielo sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días. —Doctrina y Convenios 121:33
Ninguna doctrina es más fundamental para el mensaje de la Restauración que la sencilla exhortación de preguntar a Dios. Se espera que todo miembro de la Iglesia tenga un testimonio personal, nacido del espíritu de revelación, de que Jesús es el Cristo, de que José Smith es un profeta y de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única Iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra. Sin ese testimonio nacido del Espíritu, nadie debería ser invitado a las aguas del bautismo, ni se le debería permitir ocupar un oficio o cargo, participar en ordenanzas sagradas o ser llamado a predicar o enseñar el Evangelio. El testimonio personal que viene por el poder del Espíritu Santo es fundamental para nuestra fe.
No hay salvación sin revelación
La revelación personal no puede considerarse simplemente un derecho del que disfrutan los fieles entre nosotros; es una obligación que corresponde a todos. “Se os manda”, dijo el Señor, “pedir a Dios en todas las cosas, el cual da liberalmente; y lo que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis con toda santidad de corazón, andando rectamente ante mí, considerando el fin de vuestra salvación, haciendo todas las cosas con oración y acción de gracias, para que no seáis seducidos por espíritus malos, ni por doctrinas de demonios, ni por los mandamientos de los hombres; porque algunos son de los hombres, y otros de los demonios” (Doctrina y Convenios 46:7). Así como el bautismo es un mandamiento esencial para la salvación, también lo es el mandato de recibir el Espíritu Santo. “Bien podríais bautizar un costal de arena en lugar de un hombre”, dijo el Profeta, “si no se hace con miras a la remisión de los pecados y a la recepción del Espíritu Santo. El bautismo por agua no es sino medio bautismo, y no sirve de nada sin la otra mitad, es decir, el bautismo del Espíritu Santo” (Enseñanzas, pág. 314). Disfrutar de la compañía del Espíritu Santo es disfrutar del espíritu de revelación. José Smith lo expresó así: “Nadie puede recibir el Espíritu Santo sin recibir revelaciones. El Espíritu Santo es un revelador” (ibíd., pág. 328).
“La salvación no puede venir sin revelación; es en vano que alguien ministre sin ella. Ningún hombre es ministro de Jesucristo sin ser profeta. Ningún hombre puede ser ministro de Jesucristo a menos que tenga el testimonio de Jesús; y este es el espíritu de profecía” (ibíd., pág. 160). Sin revelación no hay Iglesia ni posibilidad de salvación. “Muchos en la actualidad alegan que no tenemos derecho a recibir revelaciones; pero si no recibimos revelaciones, no tenemos los oráculos de Dios; y si no tienen los oráculos de Dios, no son el pueblo de Dios. Pero diréis: ¿Qué será del mundo, o de los diversos profesantes de religión que no creen en la revelación ni en los oráculos de Dios que han continuado en Su Iglesia en todas las épocas del mundo, cuando Él tiene un pueblo sobre la tierra? Os digo, en el nombre de Jesucristo, que serán condenados; y cuando entréis en el mundo eterno, descubriréis que así será; no pueden escapar de la condenación del infierno” (ibíd., pág. 272).
La muerte de Cristo y de Sus Apóstoles puso fin a la revelación y, por tanto, a la iglesia del Nuevo Testamento que estaba fundada sobre la revelación. A partir de entonces se declaró que los cielos estaban cerrados y que el canon de las Escrituras estaba completo. Al restaurar el principio de la revelación, José Smith también restauró un caudal de conocimiento acerca de cómo se recibe. En verdad, ningún escritor de las Santas Escrituras ha hecho más que el profeta José Smith para enseñar al buscador sincero de la verdad cómo abrir el velo y recibir dirección divina. Al consultar al Señor en favor de Oliver Cowdery, quien solicitaba permiso para traducir las planchas de las que procedía el Libro de Mormón, el Profeta escribió estas palabras: “Te digo que así como vive el Señor, que es tu Dios y tu Redentor, así ciertamente recibirás un conocimiento de cuantas cosas pidieres con fe, con un corazón sincero, creyendo que recibirás. […] Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón” (Doctrina y Convenios 8:1–2).
Estos versículos son maravillosamente instructivos. Contienen lo que podría llamarse una fórmula profética. Primero, Dios hace un juramento cuando dice: “Así como vive el Señor”. Si Dios vive, responde a las oraciones de quienes piden con fe y con un corazón sincero; no puede ser Dios y obrar de otro modo. La idea de que los cielos están cerrados no solo está en desacuerdo con todo lo que se encuentra en las Santas Escrituras; es contraria a la naturaleza misma de Dios y sugiere que en nuestros días no hay Dios (véase 2 Nefi 28:5). A continuación, la revelación describe la manera en que el Señor nos hablará: “Hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo”. Esta declaración cobra mayor significado al compararla con las ideas acerca de la revelación que son comunes en el mundo sectario. Muchos defienden una noción a la que llaman dictado divino: para que la revelación nos llegue sin la contaminación de las debilidades humanas, todas las funciones corporales deben quedar suspendidas mientras se recibe la revelación. El profeta es simplemente un muñeco en el regazo del ventrílocuo divino. Quién sea y cómo sea esa persona no afecta la expresión de la revelación. La expresión revelada debe ser enteramente de Dios. La revelación a Oliver Cowdery refuta tal idea al anunciar que Dios hablará a Oliver en su mente y en su corazón. Habiéndonos dado tanto una mente como un corazón, el Señor espera que los utilicemos al comunicarnos con Él.
Al traducir el Libro de Mormón, el Profeta aprendió que el Señor nos habla de acuerdo con nuestro idioma y nuestro entendimiento (véase 2 Nefi 31:3). Cuando un hombre o una mujer recibe una revelación, la sabiduría de los cielos —sea cual sea la forma en que llegue o quien sea el mensajero— debe adaptarse a nuestro nivel de comunicación y comprensión. En muchos casos, el Señor sencillamente coloca el pensamiento apropiado en nuestra mente y nuestro corazón, y nos deja la responsabilidad de revestirlo de palabras. Por tanto, al ampliar nuestro entendimiento, ampliamos nuestra capacidad de comunicarnos con los cielos. Oliver Cowdery obtuvo del Señor la promesa de que podría ocupar el lugar del Profeta y traducir una parte del Libro de Mormón. Sin embargo, fracasó en su intento de hacerlo. Profundamente afligido, pidió al Profeta que preguntara al Señor por qué se le había prometido que podía traducir y luego no había podido hacerlo. El hecho de que tuviera que buscar esa respuesta por medio de José Smith, en lugar de preguntar por sí mismo, quizá sugiera la razón de su fracaso al intentar traducir.
Al hablar por medio del Profeta, pero dirigiéndose a Oliver Cowdery —y, en efecto, a todos nosotros que estamos progresando en el espíritu de revelación—, el Señor dijo: “No te quejes, hijo mío, porque es según mi sabiduría que te he tratado de esta manera. He aquí, no has entendido; has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme. Pero he aquí, te digo que debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien” (Doctrina y Convenios 9:6–8). La verdad, observó José Smith, “tiene buen sabor” (Enseñanzas, pág. 355). Alma la describió como deliciosa (véase Alma 32:28, 35). José Smith también describió el espíritu de revelación como algo que se introdujo con inmenso poder en cada fibra de su corazón (José Smith—Historia 1:12).
Después de estudiar el asunto en su propia mente, Oliver Cowdery debía formular su mejor juicio acerca de lo que era correcto y presentarlo al Señor para recibir confirmación. Si estaba equivocado, se le dijo que experimentaría “un estupor de pensamiento” que le haría “olvide[ar] lo que está mal” (Doctrina y Convenios 9:9). Aquí tenemos una fórmula revelada para recibir respuestas a la oración. Debemos examinar, estudiar y buscar la mejor respuesta posible. Una vez hecho esto, debemos presentarla al Señor en oración. Si es correcta, Él confirmará nuestra decisión haciendo que nuestro pecho arda dentro de nosotros. Si es incorrecta o inapropiada, experimentaremos incertidumbre, oscuridad o estupor de pensamiento. Así, la revelación no viene por la suspensión de nuestras facultades naturales de la mente y del alma, sino por el uso disciplinado de ambas.
Un perfil del Espíritu
Como parte de la ordenanza de la confirmación que sigue al bautismo, a cada miembro de la Iglesia se le promete la compañía del Espíritu Santo y se le indica que viva digno de ella. Disfrutar de esa compañía es disfrutar del espíritu de revelación. Es natural, entonces, que encontremos en las primeras revelaciones de la Restauración instrucciones mediante las cuales podamos llegar a conocer a ese Espíritu. En una revelación dada a Hyrum Smith aun antes de la organización de la Iglesia, el Señor dijo: “Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno, sí, a obrar justamente, a andar humildemente, a juzgar con rectitud; y este es mi Espíritu. De cierto, de cierto te digo: Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo; y entonces conocerás, o por este medio sabrás, todas las cosas que de mí deseares, que pertenecen a la rectitud, creyendo con fe en mí que recibirás” (Doctrina y Convenios 11:12–14).
En armonía con las revelaciones dadas a Oliver Cowdery, las dos claves que se dan en esta revelación para que conozcamos todas las cosas se centran en la mente y el alma: la mente ha de ser iluminada y el alma ha de llenarse de gozo. La luz y el gozo, por tanto, han de ser la longitud y la latitud con las que trazamos nuestro rumbo. Moroni concluyó el Libro de Mormón con una promesa semejante. Prometió que el buscador sincero de la verdad podía conocer la verdad de todas las cosas por el poder del Espíritu Santo (véase Moroni 10:5). Esta no es una promesa de que quien busca pueda saber todas las cosas o toda la verdad, sino de que puede discernir todos los asuntos que pertenecen a la rectitud.
Cuando se hizo necesario que los santos discernieran entre los espíritus verdaderos y los falsos, el Señor amplió su entendimiento: “Y además, os daré una norma en todas las cosas, para que no seáis engañados; porque Satanás anda por la tierra engañando a las naciones. Por consiguiente, el que ora, cuyo espíritu es contrito, es aceptado de mí, si obedece mis ordenanzas. El que habla, cuyo espíritu es contrito, cuyo lenguaje es manso y edifica, tal es de Dios, si obedece mis ordenanzas. Y además, el que tiembla bajo mi poder será fortalecido, y dará frutos de alabanza y sabiduría, de acuerdo con las revelaciones y verdades que os he dado. Y además, el que es vencido y no da frutos, conforme a esta norma, no es de mí. De modo que, por esta norma discerniréis a los espíritus en todos los casos bajo los cielos” (Doctrina y Convenios 52:14–19).
La clave del discernimiento, tal como se da en la revelación anterior, es la obediencia a las ordenanzas del Señor. Esto significa cumplir las leyes, los estatutos o los mandamientos del Señor, incluidos los ritos y las ceremonias salvadores. Todas las verdades salvadoras deben fluir por los conductos que el Señor ha establecido, y quienes las comunican deben estar debidamente comisionados para hacerlo. El Profeta dijo: “Es […] el privilegio de cualquier oficial de esta Iglesia obtener revelaciones en lo que se refiere a su llamamiento y deber particulares en la Iglesia” (Enseñanzas, pág. 111). Sin embargo, nadie ha de recibir revelaciones para quienes lo presiden (véanse Doctrina y Convenios 28:1–2; Enseñanzas, pág. 21).
“El Espíritu Santo no produce otro efecto que el de la inteligencia pura. Es más poderoso para expandir la mente, iluminar el entendimiento y llenar el intelecto de conocimiento actual en un hombre que sea de la descendencia literal de Abraham que en uno que sea gentil, aunque tal vez no tenga ni la mitad de efecto visible sobre el cuerpo; porque cuando el Espíritu Santo desciende sobre uno de la descendencia literal de Abraham, lo hace de manera tranquila y serena, y toda su alma y su cuerpo solo son movidos por el espíritu puro de inteligencia; mientras que el efecto del Espíritu Santo sobre un gentil es purgar la sangre antigua y hacerlo realmente de la descendencia de Abraham. El hombre que no tiene nada de la sangre de Abraham por naturaleza debe experimentar una nueva creación por el Espíritu Santo. En tal caso, puede haber un efecto más poderoso sobre el cuerpo, y visible al ojo, que sobre un israelita, mientras que el israelita, al principio, podría superar ampliamente al gentil en inteligencia pura” (Enseñanzas, págs. 149–150).
“Una persona puede beneficiarse al advertir la primera impresión del espíritu de revelación”, dijo el Profeta; “por ejemplo, cuando sentís que la inteligencia pura fluye hacia vosotros, puede daros ideas repentinas, de modo que, al prestarles atención, podéis verlas cumplirse ese mismo día o poco después; es decir, aquellas cosas que el Espíritu de Dios presentó a vuestra mente se cumplirán; y así, al aprender a reconocer el Espíritu de Dios y comprenderlo, podéis progresar en el principio de la revelación hasta llegar a ser perfectos en Cristo Jesús” (ibíd., pág. 151).
La revelación, enseñó el Profeta, debía ser inmediata y personal. No tenemos derecho, explicó, a reclamar las promesas hechas a otro pueblo en otro tiempo. Así como sus maldiciones no son nuestras maldiciones, sus promesas tampoco son nuestras promesas (véase ibíd., pág. 12). “Leer las experiencias de otros, o las revelaciones dadas a ellos, jamás podrá darnos a nosotros una visión completa de nuestra condición y de nuestra verdadera relación con Dios. El conocimiento de estas cosas solo puede obtenerse por experiencia mediante las ordenanzas de Dios establecidas para ese propósito. Si pudieran contemplar el cielo durante cinco minutos, sabrían más de lo que sabrían al leer todo lo que se haya escrito sobre el tema” (ibíd., pág. 324; énfasis en el original).
Todos los hijos de Dios, en todas las épocas de la historia de la tierra, tienen el mismo derecho a Su atención y necesitan Su instrucción. Cuando Cristo dijo a Pedro: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18), se refería a la roca de la revelación (véase Enseñanzas, pág. 274). En cuanto a quién tiene derecho a recibir revelaciones, el Profeta dijo: “Dios no ha revelado nada a José que no vaya a dar a conocer a los Doce, y aun el más pequeño de los santos puede conocer todas las cosas tan pronto como sea capaz de sobrellevarlas” (ibíd., pág. 149). En una carta a los santos, José preguntó: “¿Hasta cuándo pueden permanecer impuras las aguas que corren? ¿Qué poder hay que detenga los cielos?”. Luego, a modo de respuesta, dijo: “Tan inútil le sería al hombre extender su débil brazo para contener el río Misuri en su curso decretado, o volverlo hacia atrás, como evitar que el Todopoderoso derrame conocimiento desde el cielo sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días” (Doctrina y Convenios 121:33).
Al recalcar la importancia de la revelación, José Smith dijo: “Jamás podremos comprender las cosas de Dios y del cielo sino por revelación. Podemos dar interpretaciones espirituales y expresar opiniones por toda la eternidad; pero eso no constituye autoridad” (Enseñanzas, pág. 292). “Una verdad revelada desde el cielo vale más que todas las nociones sectarias que existen” (ibíd., pág. 338). “Cuanto más se acerca el hombre a la perfección, tanto más claras son sus ideas y mayores sus satisfacciones, hasta que haya vencido los males de su vida y perdido todo deseo de pecar; y, al igual que los antiguos, llegue a ese punto de fe en el que queda envuelto en el poder y la gloria de su Hacedor y es arrebatado para morar con Él” (ibíd., pág. 51).
Conclusión
Como Santos de los Últimos Días, “creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” (Artículos de Fe 1:9). “Mis obras son sin fin”, dijo el Señor a Moisés, “y mis palabras también, porque jamás cesan” (Moisés 1:4). La Iglesia y el reino de Dios nunca pueden estar sin el espíritu de revelación. Se debe tener el espíritu de revelación para enseñar el Evangelio, así como quienes escuchan y aprenden deben tener ese mismo Espíritu para comprenderlo (véase Doctrina y Convenios 50:11–22). Mientras Dios tenga hijos, estos tendrán derecho a acudir a su Padre divino para conocer Su voluntad y Sus propósitos. Tal ha sido Su promesa a todos los que lo buscan en todas las épocas de la historia de la tierra. Nefi lo expresó así: “Porque el que con diligencia busca, hallará; y los misterios de Dios le serán descubiertos por el poder del Espíritu Santo, lo mismo en estos días como en tiempos pasados, y lo mismo en los tiempos pasados como en los venideros; por tanto, la vía del Señor es un giro eterno” (véase 1 Nefi 10:17–19).


























