Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 36

Todos con los mismos privilegios

Él invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles .—2 Nefi 26:33


En el Evangelio restaurado por el profeta José Smith encontramos una igualdad perfecta. «Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio» (Artículos de Fe 1:3). Nadie ha de ser excluido. No hay favoritismo alguno en la expiación de Cristo. Todos los que están sujetos a la corrupción de la carne —las enfermedades, el envejecimiento, el dolor y la muerte— tienen la promesa de una vida sin fin. Todos los que están sujetos a la corrupción del espíritu —el pecado o la impiedad en cualquiera de sus formas— y que, por su condición mortal, han sido separados de la presencia divina, reciben la promesa de la reconciliación. En verdad, la promesa de la plenitud de todo lo que el Padre tiene se extiende a todos Sus hijos.

Las bendiciones prometidas son las mismas

Así como Dios no cambia, tampoco cambia Su evangelio. Quienes se han imaginado a un Dios que progresa en conocimiento y sabiduría también deben suponer que en algún momento futuro surgirá un sistema de salvación más perfecto. Así, razonaríamos que quienes vivan en ese día futuro tendrán mayores posibilidades de obtener la salvación que quienes pasamos por las pruebas de una probación terrenal bajo la tutela de un Dios de menor sabiduría. Sin embargo, ese no es el Dios de José Smith. De hecho, el Profeta sostenía que no se podía ejercer fe en un Dios que no poseyera a la perfección todos los atributos de la divinidad. «Toda plenitud y perfección» deben morar en la Deidad, dijo (Discursos sobre la fe 2:1; 4:11). «¿No es igualmente necesario que el hombre tenga la idea de que Dios no cambia ni hay variación en Él, a fin de ejercer fe en Él para vida y salvación? Lo es; porque, sin esto, no sabría cuán pronto la misericordia de Dios podría convertirse en crueldad, Su paciencia en precipitación y Su amor en odio; y, como consecuencia de esa duda, el hombre sería incapaz de ejercer fe en Él. Pero al tener la idea de que Él es inmutable, el hombre puede tener fe en Él continuamente, creyendo que lo que fue ayer es hoy y será para siempre» (de las preguntas y respuestas de Discursos sobre la fe 3:21).

Del conocimiento de que las perfecciones de Dios permanecen inalteradas y de que los principios de salvación son eternamente los mismos nace la fe de que cada uno de nosotros, como hijo de Dios, tiene derecho a Su gracia y a la promesa de la plenitud de Sus bendiciones. El mandamiento de pedir a Dios no se dio con distinciones. No se restringió a unos pocos escogidos ni se limitó a un tiempo y lugar determinados. La promesa era que Dios «da a todos abundantemente y sin reproche» (Santiago 1:5). La semilla de la fe dará sus abundantes frutos a cualquiera que la plante y la nutra. Las semillas no hacen distinción de edad, sexo ni raza. Así sucede en el ámbito de las cosas espirituales. «Hay una ley», escribió el Profeta, «irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa» (Doctrina y Convenios 130:20–21). Y además: «Porque todos los que quieran recibir una bendición de mi mano han de cumplir con la ley que fue decretada para tal bendición, así como con sus condiciones, conforme a lo que fue instituido desde antes de la fundación del mundo» (Doctrina y Convenios 132:5). Por tanto, se invita a todos a que «vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles» (2 Nefi 26:33).

Todo principio del Evangelio y toda ordenanza del Evangelio se aplican por igual a todos los hijos de Dios. No se concede trato preferencial a una persona sobre otra en lo que respecta a las cosas del Espíritu.

Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin.

Grande será su galardón y eterna será su gloria.

Y a ellos les revelaré todos los misterios, sí, todos los misterios ocultos de mi reino desde los días antiguos, y por siglos futuros les haré saber la buena disposición de mi voluntad concerniente a todas las cosas pertenecientes a mi reino.

Sí, aun las maravillas de la eternidad sabrán ellos, y las cosas venideras les enseñaré, sí, cosas de muchas generaciones.

Y su sabiduría será grande, y su entendimiento llegará hasta el cielo; y ante ellos perecerá la sabiduría de los sabios, y se desvanecerá el entendimiento del prudente.

Porque por mi Espíritu los iluminaré, y por mi poder les revelaré los secretos de mi voluntad; sí, cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han llegado siquiera al corazón del hombre. (Doctrina y Convenios 76:5–10).

Todos los que deseen obtener la salvación deben cumplir con las mismas ordenanzas y obedecer los mismos principios. No importa quiénes sean ni cuándo hayan vivido. Aun en los días de Adán se dijo que «este mismo Sacerdocio que existió en el principio existirá también en el fin del mundo» (Moisés 6:7). En cuanto a la autoridad y los honores de los hombres, se nos dice que «todo cuanto hay en el mundo, sea que fuere ordenado por los hombres, por tronos, por principados, o potestades, o cosas de renombre, cualesquiera que sean, que no sean por mí ni por mi palabra, dice el Señor, será derribado, y no permanecerá después que mueran los hombres, ni tampoco en la resurrección ni después de ella, dice el Señor tu Dios» (Doctrina y Convenios 132:13). «En otras palabras, toda persona que se bautiza y se confirma debe tener el espíritu de inspiración y debe saber que Jesucristo es el Hijo de Dios. Toda persona debe vivir en armonía con la verdad revelada; y al hacerlo, y al recibir por medio del Santo Espíritu el testimonio de que Jesús vive y es el Hijo de Dios, llega a ser profeta o profetisa y tiene derecho a la guía e inspiración del Espíritu Santo, que es el espíritu de profecía» (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación 1:185).

Es cierto que solo los hombres poseen el sacerdocio, o la autoridad para actuar directamente en nombre de Dios. Sin embargo, únicamente dentro del convenio del matrimonio eterno pueden el hombre o la mujer obtener la salvación. Al hombre le corresponde poseer el sacerdocio, pero tanto al hombre como a la mujer les corresponde honrarlo. Pablo expresó el asunto perfectamente: «Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón» (1 Corintios 11:11). Su salvación viene conjuntamente, en su unión y unidad, o no viene en absoluto. Solo cuando se combinan el poder de la maternidad, que corresponde únicamente a la mujer, y el del sacerdocio, que corresponde únicamente al hombre, puede obtenerse la salvación.

El sacerdocio fue restaurado para que «todo hombre hable en el nombre de Dios» (Doctrina y Convenios 1:20). Es decir, todo hombre debe llegar a ser profeta para los de su propia casa, y toda mujer debe llegar a ser profetisa. Tal ha sido siempre el orden del cielo. Por ejemplo, de Adán y Eva leemos que «invocaron el nombre del Señor, y oyeron que les hablaba la voz del Señor en dirección del Jardín de Edén» (Moisés 5:4). Solo en la unión del matrimonio eterno pueden el hombre y la mujer disfrutar de «una plenitud y continuación de las simientes por siempre jamás. Entonces serán dioses, porque no tendrán fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán; entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas les estarán sujetas. Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles estarán sujetos a ellos» (Doctrina y Convenios 132:19–20). Por tanto, José Smith explicó: «Si somos hijos del Altísimo, y somos llamados con el mismo llamamiento con que ellos [los santos de la antigüedad] fueron llamados, y aceptamos el mismo convenio que ellos aceptaron, y somos fieles al testimonio de nuestro Señor como ellos lo fueron, podemos acercarnos al Padre en el nombre de Cristo como ellos se acercaron a Él, y obtener para nosotros mismos las mismas promesas» (Enseñanzas, pág. 66).

El conocimiento no es un oficio, ni hay privilegios espirituales que sean exclusivos de ciertos llamamientos. Solo hay un Evangelio, y los privilegios sagrados que de él emanan están ligados a los convenios, no a posiciones de prominencia. «Lo que digo a uno lo digo a todos», dijo el Señor (Doctrina y Convenios 61:18, 36; 93:49; compárese con 25:16). Por eso encontramos a José Smith diciendo: «Dios no ha revelado nada a José que no haga saber a los Doce, y aun el más pequeño de los santos puede saber todas las cosas tan pronto como pueda soportarlas» (Enseñanzas, pág. 149). «Todo élder tiene el privilegio», explicó el Profeta, «de hablar de las cosas de Dios; y si todos pudiéramos reunirnos con un solo corazón y una sola voluntad, con fe perfecta, el velo podría rasgarse hoy tan fácilmente como la próxima semana o en cualquier otro momento; y si tan solo nos purificamos y hacemos convenio ante Dios de servirlo, tenemos el privilegio de recibir la certeza de que Dios nos protegerá en todo momento» (ibíd., pág. 9). En cuanto a quién puede hablar por profecía y revelación, la respuesta es sencilla y directa: cualquiera que disfrute de la compañía del Espíritu Santo. «Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación» (véase Doctrina y Convenios 68:3–4).

Todos sujetos al orden

La igualdad que existe entre los ciudadanos del reino de Dios no elimina la necesidad de disciplina y orden. Todos tienen el mismo derecho de suplicar a los cielos y todos tienen el mismo derecho de recibir respuestas. En cuanto a la organización de la Iglesia, al igual que en todas las demás organizaciones, es necesaria una jerarquía de oficiales. A algunos, por un tiempo y una temporada, se les da autoridad para presidir a otros. Puesto que este sistema de gobierno vino por revelación, el principio de la revelación se ajusta a él. El Profeta expresó el principio de esta manera: «Es contrario al orden de Dios que cualquier miembro de la Iglesia, o cualquier otra persona, reciba instrucciones para quienes tienen una autoridad superior a la suya» (Enseñanzas, pág. 21). Y además: «Todo oficial de esta Iglesia también tiene el privilegio de obtener revelaciones en lo que se relacione con su llamamiento y deber particulares en la Iglesia» (ibíd., pág. 111). Por ejemplo, todos pueden recibir ángeles; sin embargo, «si alguna persona tiene una visión o recibe la visita de un mensajero celestial, debe ser para su propio beneficio e instrucción; porque los principios fundamentales, el gobierno y la doctrina de la Iglesia están comprendidos en las llaves del reino» (ibíd., pág. 21).

Como se ha señalado anteriormente en esta obra, quienes ocupan posiciones de liderazgo en la Iglesia lo hacen por común acuerdo. Deben recibir el voto de confianza de aquellos a quienes dirigen. Todos son sostenidos únicamente dentro de los límites de lo correcto y de la rectitud. Nadie puede actuar al margen de los principios o las normas de la Iglesia. Todo lo que se haga debe respetar el albedrío de cada miembro. Fue John Taylor quien nos contó que, cuando un visitante de Nauvoo preguntó al Profeta cómo podía gobernar a un grupo tan grande de personas, él respondió: «Enseño al pueblo principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos» (en Diario de discursos 10:57–58). Tal es siempre el sistema en la iglesia y el reino de Dios.

Conclusión

Puesto que el Evangelio es eternamente el mismo, los frutos que de él proceden también deben ser los mismos en todas las generaciones en las que se encuentre el Evangelio. Si la revelación es la fuerza vital del Evangelio en una generación, debe serlo en todas las generaciones. Si se requieren profetas para dirigir la Iglesia en una época, se requerirán profetas en todas las épocas. Si la fe, el arrepentimiento y la recepción del Espíritu Santo eran esenciales para la salvación en los días de Adán, como aprendemos de las revelaciones de la Restauración, entonces serán necesarios en todas las generaciones y entre todas las personas que tengan la esperanza de la salvación. Así como Dios no cambia, los requisitos para entrar en Su presencia u obtener Su favor permanecen iguales. Solo la constancia y la coherencia de Dios dan a los hombres y a las mujeres la esperanza de la cual nace esa clase de fe que conduce a la vida y a la salvación.

Con una fe semejante a la de los antiguos, José Smith, el Profeta y Vidente, produjo frutos semejantes a los de ellos y compartió generosamente las semillas de la fe con todos los que quisieran escuchar. Al ejercer fe, encontró respuestas y nos invitó a hacer lo mismo. Consideraba que la diferencia entre los hombres en el ámbito de las cosas espirituales era una diferencia de fe. «Esta es la razón por la que los santos de la antigüedad sabían y comprendían más acerca del cielo y de las cosas celestiales que todos los demás», dijo, porque este conocimiento es el efecto de la fe y no se obtiene por ningún otro medio. Y esta es la razón por la que los hombres, en cuanto pierden la fe, caen en disputas, contenciones, tinieblas y dificultades; porque el conocimiento que conduce a la vida desaparece con la fe, pero regresa cuando vuelve la fe; pues, cuando viene la fe, trae consigo su séquito de acompañantes: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, maestros, dones, sabiduría, conocimiento, milagros, sanidades, lenguas, interpretación de lenguas, etc. Todos estos aparecen cuando aparece la fe sobre la tierra y desaparecen cuando ella desaparece de la tierra; porque estos son los efectos de la fe, y siempre la han acompañado y siempre la acompañarán. Porque donde hay fe, allí también habrá conocimiento de Dios, con todas las cosas que le pertenecen: revelaciones, visiones y sueños, así como todo lo necesario para que quienes poseen fe puedan ser perfeccionados y obtener la salvación; porque Dios tendría que cambiar, de otro modo la fe prevalecerá ante Él. Y quien la posea obtendrá, por medio de ella, todo el conocimiento y la sabiduría necesarios, hasta que llegue a conocer a Dios y al Señor Jesucristo, a quien Él ha enviado, cuyo conocimiento es la vida eterna. Amén. (Discursos sobre la fe 7:20).

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta