Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 24

La restauración del reino de Dios 

Elevad vuestros corazones y regocijaos, porque a vosotros se os ha dado el reino, o en otras palabras, las llaves de la iglesia. —Doctrina y Convenios 42:69


Por medio de la Restauración se ha renovado la invitación de Jehová al antiguo Israel: “Ahora pues, si dais oído a mi voz y guardáis mi convenio, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa” (Éxodo 19:5–6). Los verdaderos santos de Dios han de llegar a ser una posesión adquirida, una propiedad redimida, un bien sellado para el Altísimo. Son “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunci[en] las virtudes de aquel que [los] ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).

Un reino que jamás será destruido

Nabucodonosor, rey de Babilonia unos cinco o seis siglos antes del nacimiento del Salvador, tuvo un sueño (véase Daniel 2). Era un sueño inusual, sumamente inusual, y provenía de Dios. El sueño lo inquietó, de modo que convocó a sus sacerdotes y consejeros y les pidió que le relataran el sueño y lo interpretaran. “Si no me mostráis el sueño y su interpretación”, dijo el rey, “seréis descuartizados, y vuestras casas serán convertidas en muladares. Y si me mostráis el sueño y su interpretación, recibiréis de mí dones, y recompensas y gran honra; por tanto, mostradme el sueño y su interpretación” (véanse los versículos 3–6). Nabucodonosor estaba seguro de que, si les contaba a los sabios cuál había sido el sueño, con el tiempo inventarían algún significado. Por supuesto, no pudieron revelar el sueño. “Por esto el rey, con ira y con gran enojo, mandó que matasen a todos los sabios de Babilonia. Y se publicó el decreto de que los sabios fueran llevados a la muerte; y buscaron a Daniel y a sus compañeros para matarlos” (versículos 12–13). Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego habían impresionado al rey cuando fueron llevados cautivos, por lo que Nabucodonosor los había nombrado consejeros.

Los cuatro hebreos consultaron al Señor, y el sueño y su interpretación fueron dados a Daniel por revelación. Con espíritu de regocijo, no solo por gratitud ante la misericordia del Señor al revelar el sueño, sino también por el grandioso mensaje de la revelación misma, Daniel exclamó: “Sea bendito el nombre de Dios desde la eternidad hasta la eternidad, porque suyos son la sabiduría y el poder. Y él cambia los tiempos y las estaciones; quita reyes y pone reyes; da sabiduría a los sabios y conocimiento a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y la luz mora con él. A ti, oh Dios de mis padres, doy gracias y alabo, porque me has dado sabiduría y poder, y ahora me has revelado lo que te pedimos, pues nos has dado a conocer el asunto del rey” (véase Daniel 2:19–23). Daniel persuadió entonces al verdugo del rey de que no destruyera a los sabios, sino que le consiguiera una audiencia con Nabucodonosor. “Respondió el rey y dijo a Daniel […]: ¿Podrás tú darme a conocer el sueño que vi y su interpretación? Daniel respondió delante del rey y dijo: El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos lo pueden revelar al rey”. Y entonces vinieron estas extraordinarias palabras: “Pero hay un Dios en los cielos que revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días” (versículos 26–28).

“Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande y cuyo brillo era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido” (Daniel 2:31–33). Según Daniel, Nabucodonosor vio entonces una pequeña piedra que fue cortada del monte “no con manos”, lo que presumiblemente significa mediante poder divino, sin intervención humana. La piedra rodó desde el monte, aumentó en tamaño e impulso y luego golpeó la gran imagen, haciéndola pedazos. “La piedra que hirió a la imagen se convirtió [ella misma] en un gran monte que llenó toda la tierra” (véanse los versículos 34–35).

Luego vino la interpretación. Nabucodonosor, como rey del imperio más poderoso de aquel tiempo, estaba representado por la cabeza de oro. Con la perspectiva histórica de que disponemos, reconocemos que otros reinos, que sucederían a los babilonios, estaban simbolizados por metales y elementos menos valiosos y menos poderosos que el oro: el pecho y los brazos de plata representaban a los medopersas; el vientre y los muslos de bronce, a los grecomacedonios; las piernas de hierro, a los romanos; y los pies de hierro y barro cocido, a varios reinos menores (véanse Rudger Clawson, en Informe de la Conferencia, abril de 1930, págs. 31–32; Spencer W. Kimball, en Informe de la Conferencia, abril de 1976, pág. 10). Acerca de estos últimos reinos, Daniel explicó:

Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, el reino será en parte fuerte y en parte frágil.

En cuanto a aquello que viste, el hierro mezclado con barro cocido, se mezclarán mediante alianzas humanas; pero no se unirán el uno con el otro, así como el hierro no se mezcla con el barro.

Y en los días de estos [últimos] reyes, el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre.

De la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con manos, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, el gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero y fiel su interpretación (Daniel 2:42–45).

José Smith sabía y enseñaba que la organización de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días el 6 de abril de 1830 era el preludio del cumplimiento final del sueño y visión de Nabucodonosor. En una oración escrita por revelación en Hiram, Ohio, en octubre de 1831, la voz del Señor habló por medio del Profeta: “Las llaves del reino de Dios han sido entregadas al hombre en la tierra, y de allí rodará el evangelio hasta los extremos de ella, como la piedra cortada del monte, no con mano, ha de rodar, hasta que llene toda la tierra” (Doctrina y Convenios 65:2). Menos de dos meses antes de su muerte, José el vidente declaró: “Tengo la intención de ser uno de los instrumentos para establecer, por la palabra del Señor, el reino de [Dios que previó] Daniel, y me propongo poner un fundamento que revolucionará al mundo entero. […] No será por la espada ni por las armas que este reino avanzará: el poder de la verdad es tal que todas las naciones se verán en la necesidad de obedecer el Evangelio” (Enseñanzas, pág. 366).

El presidente Spencer W. Kimball, al analizar el sueño del rey Nabucodonosor, dijo:

Esta es una revelación acerca de la historia del mundo, cuando una potencia mundial sucedería a otra hasta que hubiera numerosos reinos más pequeños que compartieran el dominio de la tierra.

Y sería en los días de estos reyes cuando no se daría el poder a los hombres, sino que el Dios del cielo establecería un reino, el reino de Dios sobre la tierra, que jamás sería destruido ni dejado a otro pueblo.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue restaurada en 1830 después de numerosas revelaciones de origen divino; y este es el reino establecido por el Dios del cielo que jamás sería destruido ni reemplazado, y la piedra cortada del monte, no con manos, que se convertiría en un gran monte y llenaría toda la tierra. […]

Os damos estas verdades, no con arrogancia ni orgullo mundano, sino con profunda sinceridad y con un ofrecimiento bondadoso: el Evangelio sin precio, el Evangelio de verdad, el Evangelio de salvación y exaltación.

Sé que es verdadero. Sé que es divino. Sé que es la pequeña piedra cortada de un monte, no con manos. Sé que llenará la tierra como se ha profetizado y mandado (en Informe de la Conferencia, abril de 1976, págs. 10, 12).

En verdad, la obra de la Restauración, tan pequeña en sus comienzos en 1830, se está extendiendo a todas las tierras. El monte Sion se está preparando. Los montes de las Casas del Señor —edificios sagrados donde se efectúa la obra salvadora por los vivos y los muertos— están comenzando a poblar la tierra. Los muros y las barreras que se oponen a la obra del Señor están cayendo uno por uno, y no está lejano el tiempo en que el mensaje de la Restauración habrá sido llevado a todos los países y regiones. “Nuestros misioneros están saliendo a diversas naciones”, declaró el profeta José. “El estandarte de la verdad se ha izado; ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra; podrán rugir las persecuciones, combinarse los populachos, reunirse los ejércitos y difamar la calumnia, pero la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado en todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida” (Historia de la Iglesia, 4:540). En verdad, los santos del Altísimo anhelan el día en que “los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará para siempre jamás” (Apocalipsis 11:15).

La plenitud del sacerdocio

José Smith enseñó que, en su sentido supremo, el reino de Dios está compuesto por hombres que, mediante la obediencia, se han hecho merecedores de llegar a ser reyes y sacerdotes, y por mujeres que, de igual manera, se han hecho merecedoras de llegar a ser reinas y sacerdotisas. Estas bendiciones solo pueden obtenerse al recibir todos los ritos y privilegios del santo templo. Es decir, únicamente mediante los convenios y las ordenanzas de la Casa del Señor pueden los hombres y las mujeres hacerse merecedores de ser como Dios y morar con Él. La bondad del corazón y el carácter cristiano son importantes, pero las ordenanzas, todas las ordenanzas, son esenciales (véase Enseñanzas, pág. 331). Al hablar de la importancia del Templo de Nauvoo, el Señor mandó a Sus santos: “Edificad una casa a mi nombre, para que en ella more el Altísimo. Porque no existe lugar sobre la tierra a donde él pueda venir a restaurar otra vez lo que se os perdió, o lo que él ha quitado, sí, la plenitud del sacerdocio” (Doctrina y Convenios 124:27–28).

Como hemos mostrado en esta obra, el Señor consideró apropiado revelar Su voluntad y Sus propósitos con respecto al santo sacerdocio —al igual que en todos los demás asuntos de la Restauración— línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí. Primero vino el Bautista a las orillas del Susquehanna, trayendo las llaves del Sacerdocio Aarónico, los poderes de gobierno relacionados con el evangelio preparatorio. A las pocas semanas vinieron Pedro, Santiago y Juan, entregando el santo apostolado, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec, los poderes de gobierno relacionados con el Evangelio sempiterno. Moisés, Elías y Elías el Profeta vinieron al Templo de Kirtland, restaurando llaves de valor incalculable para la Iglesia y el reino de Dios. Y es en virtud de la autoridad que trajo Elías el Profeta que las bendiciones plenas del santo templo se ponen al alcance de los santos.

Tres meses antes de su muerte, José Smith instruyó a los Santos de los Últimos Días acerca de la misión de Elías el Profeta: “El espíritu, el poder y el llamamiento de Elías el Profeta consisten en que tengáis poder para poseer la llave de las revelaciones, ordenanzas, oráculos, poderes e investiduras de la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios sobre la tierra” (Enseñanzas, pág. 337). Elías el Profeta restauró las llaves mediante las cuales las personas y las familias pueden, por medio de las bendiciones del santo templo, desarrollarse hasta recibir la plenitud del sacerdocio y llegar así a ser reyes y reinas, sacerdotes y sacerdotisas para Dios en aquel orden del Sacerdocio de Melquisedec que conocemos como el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio. “Quienes poseen la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec”, había enseñado antes el profeta José, “son reyes y sacerdotes del Dios Altísimo, y poseen las llaves del poder y de las bendiciones” (ibíd., pág. 322). Mediante los poderes entregados por Elías —el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, el orden en el que entraron Abraham, Isaac y Jacob— se crean familias eternas aquí y en la vida venidera. Mediante los poderes entregados por Elías el Profeta, el esposo y la esposa pueden ser sellados para vida eterna, puesto que “el poder de Elías el Profeta es suficiente para hacer firme nuestra vocación y elección” (ibíd., pág. 338).

El profeta José Smith dejó claro que el Señor Jesús es nuestro modelo, guía y ejemplo en todas las cosas, incluida la recepción del poder del sacerdocio. “Todos los hombres que lleguen a ser herederos de Dios y coherederos con Jesucristo tendrán que recibir la plenitud de las ordenanzas de Su reino; y quienes no reciban todas las ordenanzas no alcanzarán la plenitud de esa gloria, si es que no la pierden por completo”. Anteriormente, el Profeta había dicho: “Si un hombre obtiene la plenitud del sacerdocio de Dios, tiene que obtenerla de la misma manera que Jesucristo la obtuvo, y eso fue guardando todos los mandamientos y obedeciendo todas las ordenanzas de la Casa del Señor” (ibíd., págs. 308, 309). El presidente Joseph Fielding Smith, al comentar estas declaraciones del Profeta, observó: “Espero que comprendamos eso. Si queremos recibir la plenitud del sacerdocio de Dios, entonces debemos recibir la plenitud de las ordenanzas de la Casa del Señor y guardar Sus mandamientos. […] Permítanme expresarlo de una manera un poco diferente. No importa qué oficio ocupéis en esta Iglesia —podéis ser apóstol, patriarca, sumo sacerdote o cualquier otra cosa—, no podéis recibir la plenitud del sacerdocio a menos que entréis en el templo del Señor y recibáis estas ordenanzas de las que habla el Profeta” (Doctrina de Salvación, 3:131).

Jesucristo es el Rey de reyes. No solo preside a los líderes de las naciones y a los monarcas terrenales, sino, más particularmente, a quienes han madurado espiritualmente en los poderes y las ordenanzas del Evangelio. Venimos a Cristo, en primer lugar, mediante un bautismo autorizado, y luego recibimos el don del Espíritu Santo. Si vivimos dignos del Consolador, nacemos de nuevo en cuanto a las cosas de la rectitud; morimos en cuanto a las costumbres del mundo y somos vivificados en cuanto a las cosas del Espíritu. Llegamos a ser hijos e hijas de Jesucristo por adopción. Al hacernos merecedores de entrar en el santo templo, tomamos sobre nosotros mayores obligaciones y nos abrimos a nuevos horizontes de entendimiento, perspectiva y poder del sacerdocio. Mediante la obediencia a las ordenanzas del templo, llegamos a ser hijos e hijas de Dios, es decir, del Padre. Brigham Young explicó: “Cuando el Santo Sacerdocio, que es según el orden del Hijo de Dios, está sobre la tierra, y los hijos de los hombres disfrutan de sus organizaciones, ordenanzas, Evangelio, poderes, autoridades y bendiciones, entonces, mediante los poderes y las llaves para sellar, y un convenio sempiterno, los hijos de los hombres llegan a ser hijos de Dios por regeneración y tienen derecho, cada hombre en su orden, a los privilegios, las exaltaciones, los principados y las potestades, los reinos y los tronos que posee y disfruta el gran Padre de nuestra raza” (en Diario de discursos, 10:355).

Al hablar de la época inmediatamente anterior a la muerte del profeta José, George Q. Cannon explicó que José “manifestaba gran ansiedad por ver terminado el templo [de Nauvoo], como bien saben la mayoría de quienes estuvieron en la Iglesia durante sus días. ‘Apresurad la obra, hermanos’, solía decir, ‘terminemos el templo; el Señor tiene reservada para vosotros una gran investidura, y estoy ansioso de que los hermanos reciban sus investiduras y la plenitud del sacerdocio’. Exhortaba continuamente a los santos a seguir adelante, predicándoles la importancia de terminar aquel edificio, para que allí pudieran administrarse las ordenanzas de vida y salvación a todo el pueblo, pero especialmente a los cuórums del santo sacerdocio; ‘entonces’, decía, ‘el reino quedará establecido, y no me importa lo que llegue a ser de mí’” (en ibíd., 13:49).

Conclusión

El reino de Dios está constituido actualmente sobre la tierra como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es el reino que los antiguos previeron que sería establecido en los últimos días, un reino que, a diferencia de los reinos efímeros de este mundo, permanecería para siempre. En un día aún por venir, el Rey de reyes destrozará los reinos del hombre y llevará a cabo “la consumación decretada sobre todas las naciones” (Doctrina y Convenios 87:6; véase también 84:118). En verdad, los reinos del mundo serán sometidos (véase Doctrina y Convenios 103:7). Mientras tanto, “hágase muy grande mi ejército”, dijo el Señor, “y santifíquese ante mí, para que sea bello como el sol, claro como la luna, y sean sus estandartes terribles a todas las naciones; a fin de que los reinos de este mundo se vean constreñidos a reconocer que el reino de Sion es en verdad el reino de nuestro Dios y su Cristo; por tanto, sujetémonos a sus leyes” (Doctrina y Convenios 105:31–32).

Nuestro Padre y Dios desea dar a Sus hijos todo lo que Él tiene y permitirles heredar, poseer y recibir la plenitud de Su poder y Sus bendiciones. Mediante la redención que es en Cristo y en virtud de Su santo sacerdocio, los hombres llegan a ser reyes y sacerdotes para Dios (véase Apocalipsis 1:6; 5:10). En la eternidad, mediante las bendiciones del templo, “los santos serán llenos de la gloria de él, y recibirán su herencia y serán hechos iguales con él” (Doctrina y Convenios 88:107). “Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas; son sacerdotes y reyes que han recibido de su plenitud y de su gloria; y son sacerdotes del Altísimo, según el orden de Melquisedec, que era según el orden de Enoc, que era según el orden del Hijo Unigénito. De modo que, como está escrito, son dioses, sí, los hijos de Dios” (Doctrina y Convenios 76:55–58).

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