Capítulo 5
Dios el tercero: el testigo o Testador
El Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros. —Doctrina y Convenios 130:22
Dios el tercero es el Espíritu Santo, también conocido como el testigo o Testador. El Espíritu Santo es el ministro o mensajero del Padre y del Hijo, en quienes se centran nuestra adoración y el plan de salvación. Su función es dar testimonio de los dos primeros miembros de la Trinidad. José Smith declaró que el Espíritu Santo es un hombre de espíritu a imagen y semejanza de Elohim, Su Padre. Entre los Santos de los Últimos Días se pregunta con frecuencia acerca del destino del Espíritu Santo. Las Escrituras guardan silencio al respecto. Sin embargo, José Smith hizo el siguiente comentario: “El Espíritu Santo es todavía un cuerpo espiritual y está esperando tomar para Sí un cuerpo” (Las palabras de José Smith, pág. 382; uso de mayúsculas modernizado). Por tanto, la Trinidad consta de tres personajes separados y distintos, dos de los cuales tienen cuerpos físicos, mientras que uno, el Espíritu Santo, es un personaje de espíritu.
En todas las épocas
Los justos de todas las épocas han disfrutado de la compañía del Espíritu Santo. Por la traducción de Génesis de José Smith aprendemos que, desde los días de Adán, el Evangelio ha sido “declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz, y por el don del Espíritu Santo” (Moisés 5:58). Nefi describió al Espíritu Santo como “el don de Dios a todos aquellos que lo buscan diligentemente”, y añadió que así había sido siempre “en los tiempos pasados”. También dijo que este mismo don sería disfrutado por aquellos a quienes Cristo se manifestaría durante Su ministerio terrenal. Nefi razonó que el Espíritu Santo “es el mismo ayer, hoy y para siempre; y la vía está preparada para todos los hombres desde la fundación del mundo, si es que se arrepienten y vienen a él. Porque el que con diligencia busca, hallará; y los misterios de Dios le serán descubiertos por el poder del Espíritu Santo, lo mismo en estos días como en tiempos pasados, y lo mismo en los tiempos pasados como en los venideros; por tanto, la vía del Señor es un giro eterno” (1 Nefi 10:17–19). Además, Nefi dijo que el Espíritu Santo “da testimonio” del Cordero de Dios “desde el principio del mundo” hasta sus días y desde sus días “en adelante y para siempre” (1 Nefi 12:18).
José Smith enseñó que Adán fue el primero en disfrutar de la compañía del Espíritu Santo (véase Moisés 5:9), don que conservó durante toda su vida (véase también Doctrina y Convenios 107:53–57). Al igual que Adán, nos dijo José Smith, todos los santos profetas “hablaban según eran inspirados por el don del Espíritu Santo” (Doctrina y Convenios 20:26). Ese testimonio de Cristo, enseñó, deben poseerlo en común todos los que aspiren a un lugar en el reino de Dios. “Nadie puede saber que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo”, dijo (Enseñanzas, pág. 223). En su maravillosa revelación sobre los grados de gloria, se nos instruye que, para entrar en el reino celestial, primero debemos recibir el testimonio de Jesús, creer en Su nombre, ser bautizados por la debida autoridad, guardar los mandamientos, ser lavados y limpiados del pecado y “recib[ir] el Santo Espíritu por la imposición de las manos” de alguien que posea esa autoridad (Doctrina y Convenios 76:51–52).
El sacerdocio y el Espíritu Santo
Sin el Espíritu Santo no puede haber revelación, y sin revelación no puede haber sacerdocio, pues el sacerdocio es la autoridad para hablar en nombre de Dios. Después de analizar los diversos órdenes del sacerdocio, el Profeta dijo: “El Espíritu Santo es el mensajero de Dios para ministrar en todos esos sacerdocios” (Enseñanzas, pág. 323). Así, encontramos a Moroni diciendo: “Y de este modo ordenaban [los Apóstoles de Cristo en el Nuevo Mundo] presbíteros y maestros, según los dones y llamamientos de Dios a los hombres; y los ordenaban por el poder del Espíritu Santo que había en ellos” (Moroni 3:4). De igual manera, la revelación que establece el fundamento del gobierno de la Iglesia en esta dispensación declara: “Todo élder, presbítero, maestro o diácono debe ser ordenado de acuerdo con los dones y llamamientos de Dios para él; y debe ser ordenado por el poder del Espíritu Santo que está en aquel que lo ordena” (Doctrina y Convenios 20:60). “Siempre se ha concedido”, explica el Señor, “a los élderes de mi iglesia desde el principio, y siempre será así, dirigir todas las reuniones conforme los oriente y los guíe el Santo Espíritu” (Doctrina y Convenios 46:2). Al enseñar este principio, Moroni dijo: “Y sus reuniones las dirigía la iglesia de acuerdo con las manifestaciones del Espíritu, y por el poder del Espíritu Santo; porque conforme los guiaba el poder del Espíritu Santo, bien fuese predicar, o exhortar, u orar, o suplicar, o cantar, así se hacía” (Moroni 6:9).
Habiendo dicho que sin el Espíritu Santo no puede haber sacerdocio, digamos ahora, a la inversa, que sin el sacerdocio no puede haber don del Espíritu Santo. Esto es así sencillamente porque el don del Espíritu Santo solo puede obtenerse mediante la imposición de manos por la administración de quienes poseen el sacerdocio. “Creemos que el don del Espíritu Santo se disfruta ahora tanto como en los días de los Apóstoles”, explicó el Profeta. “Creemos que […] es necesario para establecer y organizar el sacerdocio, y que ningún hombre puede ser llamado a ocupar oficio alguno en el ministerio sin él” (Enseñanzas, pág. 243).
Cuando Juan el Bautista restauró el Sacerdocio Aarónico y sus llaves a José Smith y Oliver Cowdery, explicó que este no poseía “el poder de imponer las manos para comunicar el don del Espíritu Santo”, poder que recibirían cuando se restaurara el sacerdocio mayor, o de Melquisedec (José Smith—Historia 1:70, 72). Quienes han sido debidamente bautizados por la autoridad restaurada por Juan el Bautista en esta dispensación deben entonces “recib[ir] el Espíritu Santo por la imposición de manos, así como los apóstoles de la antigüedad” (Doctrina y Convenios 35:6).
Las funciones del Espíritu Santo
“Existe una diferencia entre el Espíritu Santo y el don del Espíritu Santo”, explicó José Smith.
Cornelio recibió el Espíritu Santo antes de ser bautizado, lo cual fue para él el poder de Dios que lo convenció de la veracidad del Evangelio, pero no podía recibir el don del Espíritu Santo sino hasta después de ser bautizado. De no haber tomado sobre sí esta señal u ordenanza, el Espíritu Santo, que lo había convencido de la verdad de Dios, lo habría abandonado. Hasta que obedeciera estas ordenanzas y recibiera el don del Espíritu Santo por la imposición de manos, conforme al orden de Dios, no habría podido sanar a los enfermos ni mandar a un espíritu maligno que saliera de un hombre y que este le obedeciera; porque los espíritus podrían decirle, como dijeron a los hijos de Esceva: “A Pablo conocemos y a Jesús conocemos, pero vosotros, ¿quiénes sois?” (Enseñanzas, pág. 199).
Se espera que, antes del bautismo, las personas obtengan, por el poder del Espíritu Santo, el testimonio del Espíritu de que el Evangelio restaurado es verdadero. Después del bautismo y de la imposición de manos, recibimos la compañía del Santo Espíritu, o el derecho a Su compañía constante. La primera experiencia podría compararse con un destello de luz en una noche oscura, mientras que la segunda, que sigue a la imposición de manos, podría compararse con una antorcha o luz constante mediante la cual se puede avanzar por las tinieblas de este estado de probación terrenal.
El Espíritu Santo no mora en las personas en un sentido literal. Si así fuera, solo una persona a la vez podría disfrutar de esa presencia divina, lo cual ciertamente no es el caso. Puesto que el Espíritu Santo es un personaje de espíritu y también posee todos los poderes de la Trinidad, puede revelar cosas y grabarlas en el alma de una manera indeleble que supera incluso una visión o una visita de los otros miembros de la Trinidad. “Ningún miembro de la Trinidad mora en nosotros en el sentido literal de la palabra, pero todos ellos moran en nosotros figuradamente en la medida en que somos semejantes a ellos. Si tenemos ‘la mente de Cristo’ (1 Corintios 2:16), la cual recibimos por el poder del Espíritu Santo, entonces Cristo mora en nosotros. Si el amor de Dios permanece en nuestra alma, amor que es un don de Dios que viene por el poder del Espíritu Santo, entonces Dios mora en nosotros. De alguna manera que sobrepasa nuestra comprensión, todo esto es posible por el poder del Espíritu Santo” (McConkie, Un nuevo testigo de los Artículos de Fe, págs. 271–272; véase también la pág. 70). Además, Suyo es el poder de santificar nuestra alma, de bautizar con fuego, y de edificar e iluminar.
José Smith dijo que “nadie puede recibir el Espíritu Santo sin recibir revelaciones. El Espíritu Santo es un revelador” (Enseñanzas, pág. 328). Los siervos del Señor, enseñó el Profeta, debían hablar por el Espíritu Santo: “Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación” (Doctrina y Convenios 68:4). “Expresad los pensamientos que pondré en vuestro corazón, y no seréis confundidos delante de los hombres; porque os será dado en la hora, sí, en el momento preciso, lo que habéis de decir. Mas os doy el mandamiento de que cualquier cosa que declaréis en mi nombre se declare con solemnidad de corazón, con el espíritu de mansedumbre, en todas las cosas. Y os prometo que si hacéis esto, se derramará el Espíritu Santo para testificar de todas las cosas que habléis” (Doctrina y Convenios 100:5–8). Disfrutar de la compañía del Espíritu Santo es disfrutar del espíritu de revelación (véase Doctrina y Convenios 8:2–3). A quienes buscan este conocimiento con sinceridad y oración se les promete que les será revelado todo lo que sea conveniente (véase Doctrina y Convenios 18:18).
El Espíritu Santo es un santificador. Puesto que lo impuro no puede morar en un reino celestial ni morar en la presencia divina (véase 3 Nefi 27:19), todo el proceso de la salvación se centra en el proceso de la santificación. En el lenguaje del Libro de Mormón, después de ser bautizada, la persona debe ser “influida y purificada por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 6:4) a fin de que sus vestidos sean emblanquecidos, para que pueda presentarse pura y sin mancha ante Dios y ya no pueda “ver el pecado sino con repugnancia”. Tales son los que han sido preparados para entrar “en el reposo del Señor” (Alma 13:12).
El Espíritu Santo es un maestro. Todo conocimiento que pertenece a nuestra salvación debe obtenerse por medio del Espíritu Santo. Las cosas del Espíritu solo pueden comprenderse por el Espíritu, y solo pueden enseñarse por el Espíritu (véase Doctrina y Convenios 50:11–24). “No sois enviados para que se os enseñe”, dijo el Salvador a los primeros misioneros de esta dispensación, “sino para enseñar a los hijos de los hombres las cosas que he puesto en vuestras manos por el poder de mi Espíritu; y habéis de ser enseñados de lo alto. Santificaos y seréis investidos con poder, para que impartáis como yo he hablado” (Doctrina y Convenios 43:15–16). Al describir la influencia del Espíritu Santo cuando descendió sobre él y Oliver Cowdery, el Profeta dijo: “Fuimos llenos del Espíritu Santo, y nos regocijamos en el Dios de nuestra salvación. Encontrándose ahora iluminadas nuestras mentes, empezamos a comprender las Escrituras, y nos fue revelado el verdadero significado e intención de sus pasajes más misteriosos de una manera que hasta entonces no habíamos logrado, ni siquiera pensado” (José Smith—Historia 1:73–74).
Tanto la traducción de José Smith del Sermón del Monte como su equivalente en el Libro de Mormón otorgan un lugar más destacado a la función del Espíritu Santo como maestro que las traducciones tradicionales de la Biblia. En estos textos restaurados, el Salvador sitúa todo el sermón en el contexto del Evangelio del convenio, en lugar de presentarlo como un discurso ético. De inmediato introduce la doctrina del bautismo y promete a quienes son bautizados con agua que también los bautizará “con fuego y con el Espíritu Santo”. Estos, dijo, “recib[irán] la remisión de sus pecados”. Donde la versión del rey Santiago dice sencillamente que serían saciados, estas versiones inspiradas anuncian que serían “llenos del Espíritu Santo” (3 Nefi 12:1–6; TJS, Mateo 5:4–8).
El título “Santo Espíritu de la Promesa” describe una de las funciones específicas del Espíritu Santo como miembro de la Trinidad. Su función es ratificar o aprobar “todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos, juramentos, votos, prácticas, uniones, asociaciones o aspiraciones” que hayan de tener “eficacia, virtud o fuerza en la resurrección de los muertos, ni después” (Doctrina y Convenios 132:7). Por ejemplo, para tener derecho a las bendiciones relacionadas con la santa ordenanza del bautismo, un bautismo válido debe haber sido efectuado por alguien que posea la autoridad necesaria y realizado bajo la dirección de las llaves, o poder de presidencia, relacionadas con esa ordenanza. La persona que se bautiza debe haber cumplido las condiciones de la ordenanza: fe, arrepentimiento y el convenio de perseverar hasta el fin. Cuando estas condiciones se cumplen debidamente, el Espíritu Santo, quien juzga tales asuntos, coloca Su sello de ratificación sobre esa ordenanza, confirmando así su validez. No se cumplirá ninguna promesa que carezca de este sello del Santo Espíritu. Quizás sea posible que los indignos engañen a los representantes terrenales del Señor, pero nadie puede hacerlo con el tercer miembro de la Trinidad. La manifestación suprema del Santo Espíritu de la Promesa está relacionada con hacer firme la vocación y elección de una persona; es decir, recibir “la palabra profética más segura”, la sagrada revelación que asegura que una persona ha sido “sellad[a] para vida eterna” (Doctrina y Convenios 131:5; véanse también Doctrina y Convenios 88:3–4 y el capítulo 34 de la presente obra).
“El don del Espíritu Santo”, en palabras de Parley P. Pratt, un leal discípulo del profeta José, vivifica todas las facultades intelectuales; aumenta, ensancha, expande y purifica todas las pasiones y los afectos naturales, y los adapta, mediante el don de la sabiduría, a su uso legítimo. Inspira, desarrolla, cultiva y hace madurar todas las afinidades delicadas, los gozos, los gustos, los sentimientos afines y los afectos de nuestra naturaleza. Inspira virtud, bondad, benevolencia, ternura, gentileza y caridad. Desarrolla la belleza de la persona, de la figura y de los rasgos. Favorece la salud, el vigor, la vitalidad y los sentimientos de sociabilidad. Vigoriza todas las facultades del ser físico e intelectual. Fortalece y tonifica los nervios. En suma, es, por así decirlo, médula para los huesos, gozo para el corazón, luz para los ojos, música para los oídos y vida para todo el ser (Clave de la ciencia de la teología, pág. 61).
Conclusión
Se cuenta que, cuando Martin Van Buren, entonces presidente de los Estados Unidos, le preguntó en qué se diferenciaba el mormonismo de las otras religiones de la época, el profeta José Smith dijo: “Nos [diferenciamos] en la manera de bautizar y en el don del Espíritu Santo por la imposición de manos”. Todas las demás diferencias, dijo el Profeta, están “comprendidas en el don del Espíritu Santo” (Historia de la Iglesia, 4:42). La declaración del Profeta sugiere que la característica distintiva del pueblo del Señor —y esto sería así en todas las generaciones— ha sido la compañía del Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Donde se encuentran ese don y sus frutos, allí se encuentran las verdades y la autoridad de la salvación; donde faltan ese don y sus frutos correspondientes, allí aún no se han establecido la Iglesia y el reino de Dios.
Algún tiempo después de la muerte del profeta José, este se apareció a Brigham Young y le rogó:
Di a la gente que sea humilde y fiel, y que se asegure de conservar el Espíritu del Señor, y este la guiará por el buen camino. Tened cuidado de no rechazar la voz suave y apacible; les enseñará qué hacer y adónde ir; producirá los frutos del reino. Di a los hermanos que mantengan el corazón dispuesto a dejarse convencer, para que, cuando el Espíritu Santo venga a ellos, su corazón esté preparado para recibirlo. Pueden distinguir el Espíritu del Señor de todos los demás espíritus; susurrará paz y gozo a sus almas; quitará de su corazón la malicia, el odio, la contención y todo mal; y todo su deseo será hacer el bien, producir rectitud y edificar el reino de Dios. Di a los hermanos que, si siguen el Espíritu del Señor, irán por el buen camino (Historia del Diario, 23 de febrero de 1847).


























