Capítulo 35
La dispensación del cumplimiento de los tiempos
Una unión entera, completa y perfecta, así como un encadenamiento de dispensaciones, y llaves, y poderes y glorias, y que sean revelados desde los días de Adán hasta el tiempo presente. Y no solo esto, sino que las cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, antes bien han sido escondidas de los sabios y entendidos, serán reveladas a los niños pequeños y de pecho en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
—Doctrina y Convenios 128:18
Una dispensación del Evangelio es un período en el que los principios de salvación se comunican o se revelan nuevamente desde los cielos. Si ya no quedan administradores legítimos sobre la tierra, una dispensación del Evangelio incluirá la restauración de todas las llaves y la autoridad necesarias. La primera dispensación del Evangelio fue la de Adán, pues su conocimiento del Evangelio y su derecho a la autoridad del sacerdocio le fueron conferidos directamente desde el cielo. Enoc recibió una dispensación del Evangelio, aunque esta no requirió la restauración de la autoridad del sacerdocio, puesto que todavía había administradores legítimos sobre la tierra. Lo mismo ocurrió con Noé, Abraham y Moisés. La dispensación del meridiano de los tiempos requirió tanto la restauración de la plenitud del Evangelio como la del sacerdocio mayor, o Sacerdocio de Melquisedec. La dispensación del meridiano de los tiempos terminó con la muerte de los apóstoles y la pérdida del sacerdocio y de las llaves que habían recibido de Cristo. Así se perdieron todas las verdades salvadoras, incluido el derecho de predicar el Evangelio y efectuar sus ordenanzas.
La última dispensación del Evangelio
Solo la «restauración de todas las cosas» sería suficiente para responder a una apostasía universal. Es significativo que tal restauración hubiera sido conocida y anunciada por «sus santos profetas que han sido desde tiempos antiguos» (Hechos 3:21; véanse también Doctrina y Convenios 27:6; 77:9, 14; 86:10). Esta restauración final se conocería como la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Es decir, sería un período de plenitud o totalidad, un período durante el cual se restaurarían todas las llaves, el poder, la autoridad y el conocimiento que poseyeron los santos de cualquier dispensación anterior. Por ejemplo, al escribir a los santos de Éfeso, Pablo habló de ese día futuro: «De reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra» (Efesios 1:10).
La dispensación del cumplimiento de los tiempos puede compararse con un lago o un océano al que fluyen las aguas de revelación y autoridad conocidas en todas las demás dispensaciones. Es una manera de unir la fe de las personas de todas las épocas. A quienes están a la cabeza, el Señor dijo: «Porque a vosotros, los Doce, y a los de la Primera Presidencia, que son nombrados con vosotros para ser vuestros consejeros y líderes, es dado el poder de este sacerdocio, para los últimos días y por última vez, que es la dispensación del cumplimiento de los tiempos, poder que vosotros poseéis juntamente con todos los que han recibido una dispensación en cualquier tiempo, desde el principio de la creación; porque de cierto os digo, las llaves de la dispensación que habéis recibido han descendido de los padres, y por último, se han enviado del cielo a vosotros» (Doctrina y Convenios 112:30–32).
Cuando José Smith y Oliver Cowdery fueron ordenados bajo las manos de Pedro, Santiago y Juan, recibieron «las llaves [del] reino [del Señor] y una dispensación del evangelio para los últimos tiempos y para el cumplimiento de los tiempos», en la cual el Señor dijo que reuniría «en una todas las cosas, tanto las que están en el cielo, como las que están en la tierra» (Doctrina y Convenios 27:13). Aquí se mencionan tres ideas distintas: primero, que el Evangelio se está restaurando por última vez; segundo, que la nuestra es la dispensación de la plenitud o totalidad; y tercero, que habrá una reunión de todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra. Consideraremos brevemente las implicaciones de cada una.
Las revelaciones de la Restauración dejan claro que el Evangelio ha sido restaurado por última vez. Antiguamente, Daniel describió un día en que Dios levantaría «un reino que no será jamás destruido», ni sería «dejado a otro pueblo», sino que desmenuzaría y consumiría todos los reinos terrenales y permanecería «para siempre». Utilizó la imagen de una piedra cortada de un monte, no con mano, que rodó hasta llenar toda la tierra (véase Daniel 2:44–45). Una revelación dada a José Smith en octubre de 1831 declaró: «Las llaves del reino de Dios han sido entregadas al hombre en la tierra, y de allí rodará el evangelio hasta los extremos de ella, como la piedra cortada del monte, no con manos, ha de rodar, hasta que llene toda la tierra» (Doctrina y Convenios 65:2).
Estas revelaciones no son simplemente una confirmación de que el Evangelio será restaurado y luego llevado a las personas de toda nación, tribu y lengua. Contienen la certeza de que, una vez restaurado el Evangelio en la última y gran dispensación del Evangelio, no habrá necesidad de una reforma ni de una reorganización de la Iglesia. Aquellos aspirantes a líderes que surgen de vez en cuando, afirmando tener alguna comisión divina para poner en orden la Iglesia o liberar a sus miembros de las obligaciones de sus convenios o de la dirección de aquellos a quienes han hecho convenio de sostener, se oponen claramente a revelaciones que Daniel declaró que eran ciertas y cuya interpretación era fiel (Daniel 2:45).
Después de restaurar el Evangelio por última vez, el Señor nos ha asegurado que no se dejará a otras personas la tarea de corregir el rumbo trazado por aquellos a quienes Él ha llamado para dirigir. Recurriendo nuevamente a las imágenes de la antigua profecía, el Señor dijo a José Smith y a Oliver Cowdery: «Eres llamado a podar mi viña con una poda fuerte, sí, por última vez; sí, y también todos aquellos a quienes has ordenado; y obrarán conforme a esta norma» (Doctrina y Convenios 24:19; véase también Jacob 5:62–64, 71, 75–76). Y además: «Porque he aquí, el campo blanco está ya para la siega; y es la hora undécima y la última vez que llamaré obreros a mi viña» (Doctrina y Convenios 33:3; véanse también 39:17; 43:28; 88:84).
Así encontramos al Señor dando seguridad a José Smith y a sus sucesores legítimos con estas palabras: «De ahora en adelante eres bendecido, tú que posees las llaves del reino que te fueron dadas, reino que está surgiendo por última vez. De cierto te digo, las llaves de este reino nunca te serán quitadas mientras estés en el mundo, ni tampoco en el venidero; sin embargo, por tu conducto se darán los oráculos a otro, sí, a la iglesia» (Doctrina y Convenios 90:2–4). La dispensación del cumplimiento de los tiempos incluye una unión entera, completa y perfecta de todo lo que es eterno. Puesto que la salvación es un asunto familiar, naturalmente se desprende que debe existir una unión completa y perfecta en las familias. Es decir, las familias deben quedar unidas de generación en generación de acuerdo con los convenios que hicieron entre sí aun antes de nacer, y los de nuestra dispensación deben efectuar las ordenanzas de sellamiento por los de generaciones pasadas que no pudieron hacerlo por sí mismos.
Nadie ha de salvarse solo. Todos trabajan de común acuerdo unos con otros. Malaquías habló de una maldición que vendría sobre la tierra si el corazón de los padres no se volvía a los hijos y, de igual manera, el corazón de los hijos no se volvía a sus padres. Sobre este asunto, José Smith escribió:
Basta saber, en este caso, que la tierra será herida con una maldición, a menos que entre los padres y los hijos exista un eslabón conexivo de alguna clase, sobre algún asunto u otro; y he aquí, ¿cuál es ese asunto? Es el bautismo por los muertos [y todas las demás ordenanzas vicarias]. Pues nosotros sin ellos no podemos perfeccionarnos, ni ellos pueden perfeccionarse sin nosotros. Ni tampoco pueden ellos ni nosotros perfeccionarnos sin los que han muerto en el evangelio; porque al iniciarse la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la cual ya está comenzando, es menester que una unión entera, completa y perfecta, así como un encadenamiento de dispensaciones, y llaves, y poderes y glorias, tengan lugar y sean revelados desde los días de Adán hasta el tiempo presente. Y no solo esto, sino que las cosas que jamás se han revelado desde la fundación del mundo, antes bien han sido escondidas de los sabios y entendidos, serán reveladas a los niños pequeños y de pecho en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
Ahora, ¿qué oímos en el evangelio que hemos recibido? ¡Una voz de alegría! Una voz de misericordia del cielo; y una voz de verdad que sale de la tierra; buenas nuevas para los muertos; una voz de alegría para los vivos y los muertos; buenas nuevas de gran gozo. ¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies de los que traen alegres nuevas de cosas buenas, y que dicen a Sion: He aquí, tu Dios reina! ¡Como el rocío del Carmelo, así descenderá sobre ellos el conocimiento de Dios!
Y además, ¿qué oímos? ¡Buenas nuevas de Cumorah! Moroni, un ángel de los cielos, declarando el cumplimiento de los profetas: el libro que había de ser revelado. ¡Una voz del Señor en el yermo de Fayette, condado de Seneca, declarando a los tres testigos que testificaran del libro! ¡La voz de Miguel, a orillas del Susquehanna, discerniendo al diablo cuando se apareció como ángel de luz! ¡La voz de Pedro, Santiago y Juan en el yermo despoblado entre Harmony, condado de Susquehanna, y Colesville, condado de Broome, a orillas del río Susquehanna, declarándose poseedores de las llaves del reino y de la dispensación del cumplimiento de los tiempos!
¡Y además, la voz de Dios en la alcoba del anciano padre Whitmer, en Fayette, condado de Seneca, y en diversas ocasiones y en distintos lugares, en todas las peregrinaciones y tribulaciones de esta Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días! Y la voz de Miguel el arcángel; la voz de Gabriel y de Rafael, y de diversos ángeles, desde Miguel o Adán hasta el tiempo actual, todos ellos declarando su dispensación, sus derechos, sus llaves, sus honores, su majestad y gloria, y el poder de su sacerdocio; dando línea por línea, precepto por precepto; un poco aquí, y otro poco allí; ¡consolándonos con la promesa de lo que ha de venir, confirmando nuestra esperanza!
Hermanos, ¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor, hermanos; e id adelante, adelante a la victoria! ¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría! ¡Prorrumpa la tierra en canto! ¡Canten los muertos himnos de alabanza eterna al Rey Emanuel, que decretó, antes de existir el mundo, lo que nos habilitaría para redimirlos de su prisión; porque los presos quedarán libres!
¡Griten de gozo los montes, y clamad en voz alta, todos vosotros, valles; y todos vosotros, mares y tierra seca, proclamad las maravillas de vuestro Rey Eterno! ¡Y vosotros, ríos, arroyos y riachuelos, corred con alegría! ¡Alaben al Señor los bosques y todos los árboles del campo; y vosotras, rocas sólidas, llorad de gozo! ¡Y canten en unión el sol, la luna y las estrellas del alba, y griten de gozo todos los hijos de Dios! ¡Y declaren para siempre jamás su nombre las creaciones eternas! Y otra vez digo: ¡Cuán gloriosa es la voz que oímos de los cielos, que proclama en nuestros oídos gloria, salvación, honra, inmortalidad y vida eterna; reinos, principados y potestades!
He aquí, el gran día del Señor está cerca; y ¿quién podrá soportar el día de su venida? o ¿quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores; y se sentará para acrisolar y purificar la plata; porque purificará a los hijos de Leví, los acrisolará como a oro y como a plata, para que ofrezcan a Jehová una ofrenda en rectitud. Por tanto, como iglesia y como pueblo, y como Santos de los Últimos Días, ofrezcamos al Señor una ofrenda en rectitud; y presentemos en su santo templo, cuando esté terminado, un libro que contenga el registro de nuestros muertos, el cual sea digno de toda aceptación. (Doctrina y Convenios 128:18–24).
No hay salvación independiente de la unidad familiar. Así como la bendición de la vida viene por medio del padre y de la madre, las bendiciones del Evangelio fluyen por conductos familiares. Por eso, cuando Pedro procuró restaurar el Evangelio a la nación de los judíos, dijo: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2:38–39; véase también Enseñanzas, pág. 81). Esta es la manifestación de la promesa que el Señor hizo a Abraham. Su descendencia, es decir, «la descendencia literal, o sea, la descendencia del cuerpo», habría de ser los mensajeros de salvación para todas las familias de la tierra. Habrían de poseer el sacerdocio y llevar «las bendiciones de salvación, sí, de vida eterna» a todos los que no las tuvieran, y quienes no fueran por naturaleza de la sangre de Abraham serían adoptados en su linaje (véase Abraham 2:9–11). La sangre antigua habría de ser purgada, dijo el Profeta, haciendo del converso alguien «verdaderamente de la descendencia de Abraham» (Enseñanzas, pág. 150). Por eso, cuando Cristo visitó a la nación de los nefitas, dijo: «Y he aquí, vosotros sois los hijos de los profetas; y sois de la casa de Israel; y sois del convenio que el Padre concertó con vuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu posteridad serán benditas todas las familias de la tierra. El Padre me ha levantado a vosotros primero, y me ha enviado para bendeciros, apartando a cada uno de vosotros de sus iniquidades; y esto, porque sois los hijos del convenio. Y después que hayáis sido bendecidos, entonces cumple el Padre el convenio que hizo con Abraham, diciendo: En tu posteridad serán benditas todas las familias de la tierra, mediante el derramamiento del Espíritu Santo sobre los gentiles por medio de mí, bendición que hará a los gentiles fuertes sobre todos, para dispersar a mi pueblo, oh casa de Israel» (3 Nefi 20:25–27).
La reunión de todas las cosas en el cielo y en la tierra
La reunión o restauración de todas las cosas en los últimos días incluye el restablecimiento tanto de la autoridad como del conocimiento de los antiguos. Solo después de que los mensajeros angélicos hayan restaurado su autoridad pueden establecerse los conductos por los cuales las verdades divinas puedan comunicarse nuevamente desde los cielos. El nombre Elías, que significa mensajero o precursor, se utiliza en las Escrituras para representar al conjunto de todos los ángeles que vinieron a restaurar llaves y autoridad al profeta José Smith. Por eso se dice de diversos ángeles que eran el Elías que restauró todas las cosas. Gabriel, que es Noé, se menciona de esta manera en la revelación moderna (véanse Doctrina y Convenios 27:6–7; Enseñanzas, pág. 157). Un ángel ministrante que llevaba el nombre de Elías apareció en el Templo de Kirtland para restaurar llaves relacionadas con el matrimonio eterno dentro del convenio abrahámico (véase Doctrina y Convenios 110:12). De manera semejante, el Elías del que se habla en Doctrina y Convenios 77, que había de «restaurar todas las cosas», es Juan el Revelador (Doctrina y Convenios 77:9, 14). Ningún ángel por sí solo fue responsable de restaurar todas las llaves y la autoridad, sino que vino una multitud de ángeles, cada uno representando la mayordomía especial que le correspondió en la vida terrenal: Moroni, el Libro de Mormón; Juan el Bautista, el Sacerdocio Aarónico, incluida la autoridad para bautizar; Pedro, Santiago y Juan, el Sacerdocio de Melquisedec, tal como lo recibieron de manos del Salvador; y así sucesivamente.
En cuanto a la restauración de textos antiguos, se nos ha prometido que «los judíos tendrán las palabras de los nefitas, y los nefitas tendrán las palabras de los judíos; y los nefitas y los judíos tendrán las palabras de las tribus perdidas de Israel; y las tribus perdidas de Israel tendrán las palabras de los nefitas y los judíos. Y acontecerá que mi pueblo, que es de la casa de Israel, será reunido en las tierras de sus posesiones; y mi palabra se reunirá también en una. Y mostraré a los que luchen contra mi palabra y contra mi pueblo, que es de la casa de Israel, que yo soy Dios, y que hice convenio con Abraham de que me acordaría de su posteridad para siempre» (2 Nefi 29:13–14).
El Señor no solo ha prometido restaurar el conocimiento sagrado que atesoraban los antiguos, sino también llevar a esta dispensación más allá de todo lo que conocieron los de épocas pasadas. «Porque me digno revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos» (Doctrina y Convenios 124:41). Y además, el Señor ha dicho:
Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, conocimiento que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora;
el cual nuestros antepasados con ansiosa expectativa han aguardado a que se revelara en los postreros tiempos, hacia los cuales sus mentes fueron orientadas por los ángeles, como que se hallaba reservado para la plenitud de su gloria;
una ocasión futura en la que nada se retendrá, sea que haya un Dios o muchos dioses, serán manifestados.
Todos los tronos y dominios, principados y potestades, serán revelados y señalados a todos los que valientemente hayan perseverado en el evangelio de Jesucristo.
Y también, si se han fijado límites a los cielos, los mares o la tierra seca, o el sol, la luna o las estrellas,
todos los tiempos de sus revoluciones, todos los días, meses y años señalados; y todos los días de sus días, meses y años, y todas sus glorias, leyes y tiempos fijos, serán revelados en los días de la dispensación del cumplimiento de los tiempos,
conforme con lo decretado en medio del Concilio del Dios Eterno de todos los otros dioses, antes que este mundo fuese, que habría de reservarse para su cumplimiento y fin, cuando todo hombre ha de entrar en su eterna presencia y en su reposo inmortal. (Doctrina y Convenios 121:26–32).
Así será que «el día en que el Señor venga, él revelará todas las cosas: cosas que han pasado y cosas ocultas que ningún hombre conoció; cosas de la tierra, mediante las cuales fue hecha, y su propósito y estado final; cosas sumamente preciosas, cosas que están arriba y cosas que están abajo, cosas que están dentro de la tierra, y sobre la tierra y en el cielo» (Doctrina y Convenios 101:32–34).
Conclusión
Con las pinceladas más amplias, el Señor, por medio de Enoc, pintó este panorama mundial de la última dispensación del Evangelio sobre la tierra:
Y justicia enviaré desde los cielos; y la verdad haré brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito, de su resurrección de entre los muertos, sí, y también de la resurrección de todos los hombres; y haré que la justicia y la verdad inunden la tierra como con un diluvio, a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra a un lugar que yo prepararé, una Ciudad Santa, a fin de que mi pueblo ciña sus lomos y espere el tiempo de mi venida; porque allí estará mi tabernáculo, y se llamará Sion, una Nueva Jerusalén.
Y el Señor dijo a Enoc: Entonces tú y toda tu ciudad los recibiréis allí, y los recibiremos en nuestro seno, y ellos nos verán; y nos echaremos sobre su cuello, y ellos se echarán sobre nuestro cuello, y nos besaremos unos a otros;
y allí será mi morada, y será Sion, la cual saldrá de todas las creaciones que he hecho; y por el espacio de mil años la tierra descansará. (Moisés 7:62–64).
Vivimos en la más grande de todas las épocas: el tiempo de restitución, el tiempo de restauración, la era de plenitud y totalidad. Nuestro Señor ha restaurado, está restaurando ahora y aún restaurará muchas cosas grandes e importantes a la tierra.


























