Capítulo 22
El establecimiento de Sion
Guarda mis mandamientos, y procura sacar a luz y establecer la causa de Sion. —Doctrina y Convenios 6:6
José Smith enseñó que el reino de Dios consiste en algo más que predicar, estudiar y celebrar servicios en el día de reposo; comprende la renovación completa del orden de las cosas sobre la tierra, la transformación del hombre y la elevación de la sociedad. En el corazón de esa sublime visión se encuentra la doctrina de Sion, una doctrina y una visión del mundo que dieron forma a la Iglesia en sus primeros días y señalan a los santos del siglo XX un grandioso ideal. A los primeros santos se les instruyó: “Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno, sí, a obrar justamente, a andar humildemente, a juzgar con rectitud; y este es mi Espíritu” (Doctrina y Convenios 11:12). El Profeta sabía y enseñaba que el cielo no es una morada individual en un futuro lejano; más bien, el cielo, aquí y en la vida venidera, consiste en la continuación y perpetuación de las relaciones sociales. “Las mayores bendiciones temporales y espirituales, que siempre provienen de la fidelidad y del esfuerzo conjunto, nunca han acompañado al esfuerzo o la empresa individuales” (Enseñanzas, pág. 183).
El descubrimiento de Sion
Al parecer, el profeta José Smith encontró por primera vez el concepto de Sion en un sentido distinto del monte santo o de la ciudad santa de Jerusalén al traducir el Libro de Mormón. Obsérvese lo siguiente:
Y benditos son aquellos que procuren establecer mi Sion en aquel día, porque tendrán el don y el poder del Espíritu Santo (1 Nefi 13:37).
Él [Dios] manda que no haya supercherías sacerdotales; porque he aquí, las supercherías sacerdotales consisten en que los hombres prediquen y se constituyan a sí mismos como una luz al mundo, […] pero no buscan el bien de Sion.
[…] Por tanto, si tienen caridad, no permitirán que perezca el obrero en Sion.
Mas el obrero en Sion trabajará para Sion; porque si trabaja por dinero, perecerá (2 Nefi 26:29–31).
Porque he aquí, en aquel día él [Satanás] enfurecerá los corazones de los hijos de los hombres, y los agitará a la ira contra lo que es bueno.
Y a otros los pacificará y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sion; sí, Sion prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno.
[…] Por tanto, ¡ay del que reposa en Sion! (2 Nefi 28:20–21, 24).
De cierto, de cierto os digo [Cristo habla a los nefitas durante Su ministerio después de la Resurrección] que así me ha mandado el Padre: Que dé a este pueblo esta tierra [América] por herencia.
Y entonces se cumplirán las palabras del profeta Isaías, que dicen:
Tus atalayas alzarán la voz; con la voz juntamente cantarán, porque ojo a ojo verán cuando el Señor haga volver a Sion (3 Nefi 16:16–18; véase Isaías 52:8).
Se ve, por tanto, que el uso de la palabra Sion en el Libro de Mormón es mucho más amplio que una referencia a la ciudad de Jerusalén del Antiguo Testamento. Sion ha de establecerse o salir a luz bajo la dirección de Dios, y quienes luchen contra ella incurrirán en el desagrado del Todopoderoso. En otros pasajes, la palabra Sion se utiliza para describir una comunidad o sociedad de creyentes que trabajan por “el bien de Sion” y no por beneficio personal. Además, la vigilancia espiritual y el deseo constante de mejorar deben ser características distintivas del pueblo de Dios; los miembros de la comunidad deben evitar la actitud de que “todo va bien en Sion”. Las palabras de Jesús en 3 Nefi 16 son instructivas porque dan una interpretación singular a una profecía de Isaías. La posesión de la tierra de América por los descendientes de la tribu de José y el establecimiento de un pueblo santo allí se consideran un cumplimiento de la profecía de que el Señor hará “volver a Sion”. En las primeras revelaciones al profeta José también resulta evidente una idea semejante de Sion como una comunidad santa o una sociedad de creyentes. A José Smith y Oliver Cowdery se les instruyó en abril de 1829: “Guarda mis mandamientos, y procura sacar a luz y establecer la causa de Sion” (Doctrina y Convenios 6:6; 11:6; 12:6; compárese con 14:6). Al organizarse la Iglesia, una revelación declaró que José Smith había sido “inspirado para impulsar la causa de Sion” (Doctrina y Convenios 21:7).
Un momento decisivo en la historia de la Iglesia en cuanto al descubrimiento del concepto de Sion ocurrió durante la traducción inspirada que el Profeta hizo de la Biblia del rey Santiago. Cuando Sidney Rigdon se unió al Profeta en diciembre de 1830 y llegó a ser el escribiente principal de la traducción de la Biblia, se dieron a conocer por primera vez detalles acerca del patriarca Enoc y su antigua ciudad de Sion. Un texto de tres versículos sobre Enoc y su pueblo en la versión del rey Santiago se amplió por revelación a más de cien versículos, restaurando conocimiento acerca de asuntos como la manera en que toda una sociedad de personas que vivieron antes del Diluvio fue despertada espiritualmente e impulsada a una rectitud trascendente; los medios por los cuales este pueblo antiguo, anteriormente entregado al egoísmo y al orgullo, experimentó un cambio en su alma, atendió las necesidades de los pobres y llegó a ser “uno en corazón y voluntad”; y cómo, mediante la aplicación de tal filosofía divina, fueron trasladados, llevados de la tierra al seno de Dios (véase Moisés 7). La Sion de Enoc llegó a ser el modelo, el prototipo de las Escrituras para los Santos de los Últimos Días. En los meses siguientes, varias revelaciones que ahora tenemos en Doctrina y Convenios hablaron de la antigua Sion de Enoc y también proporcionaron el marco general mediante el cual los Santos de los Últimos Días, a través de los principios de consagración y mayordomía, podrían poner los cimientos de una sociedad moderna de Sion. Sion llegó a relacionarse con la Iglesia restaurada y con la obra más amplia de la Restauración. Los fieles cobraron ánimo en medio de sus dificultades, pues Sion era la ciudad de Dios (véase Doctrina y Convenios 97:19). En verdad, al hablar del lugar sagrado donde se congregaba el pueblo de Dios, el Señor dijo: “He aquí, yo, el Señor, tengo la tierra de Sion en mis propias manos” (Doctrina y Convenios 63:25). Ciertamente, el Rey de Sion (véase Moisés 7:53) trataría misericordiosamente a Sus súbditos.
Sion: múltiples aspectos y significados
Sion no fue ni es hoy una empresa de origen humano. Es más, mucho más que una ciudad que se centra en los problemas sociales y sus soluciones dentro de los programas sociales del hombre caído. “Otros intentos de promover la paz y la felicidad universales en la familia humana han resultado infructuosos”, declaró el vidente; “todo esfuerzo ha fracasado; todo plan y proyecto ha caído por tierra; se necesitan la sabiduría de Dios, la inteligencia de Dios y el poder de Dios para lograrlo. El mundo ha tenido una oportunidad justa durante seis mil años; el Señor mismo se encargará del séptimo milenio”. El Profeta también añadió: “En cuanto a la edificación de Sion, tiene que hacerse por el consejo de Jehová, por las revelaciones del cielo” (Enseñanzas, págs. 252, 254). El élder John Taylor añadió que las empresas humanas “han fracasado y fracasarán, porque, por filantrópicas, humanitarias, benevolentes o cosmopolitas que sean nuestras ideas, es imposible producir una unión verdadera y correcta sin el Espíritu del Dios viviente, y ese Espíritu solo puede impartirse mediante las ordenanzas del Evangelio” (en Diario de discursos, 18:137).
Sion y la economía. Desde la perspectiva del vidente de los últimos días, Sion es una sociedad santa en la que es posible reconciliar lo irreconciliable. Por una parte, Sion combina las cualidades, de otro modo dispares, del individualismo maduro y la unión social. Bajo la influencia espiritual de Sion —un orden de santos edificado sobre la religión restaurada de Jesucristo y motivado por el poder de Su Santo Espíritu—, los hombres y las mujeres llegan a ser personas fuertes y, a la vez, contribuyentes inteligentes a la sociedad. Debido a sus obligaciones de convenio tanto hacia los demás como hacia Dios (véase Mosíah 18:8–11), las personas de Sion buscan el bienestar de sus vecinos y hacen todas las cosas “con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios” (Doctrina y Convenios 82:19). La consagración y la mayordomía son medios para establecer la unidad económica entre los santos y la independencia del mundo (véase Doctrina y Convenios 78:14). “Mi empeño”, declaró el Profeta, “era organizar la Iglesia de tal manera que los hermanos pudieran llegar a ser independientes de toda carga ajena al reino celestial, mediante vínculos y convenios de amistad y amor mutuos” (Historia de la Iglesia, 1:269).
A los primeros Santos de los Últimos Días se les pidió que consagraran todas sus propiedades y posesiones a Dios por conducto del obispo de la Iglesia. Esto lo hicieron mediante convenio. Luego se les devolvía por escritura una mayordomía o heredad de una porción de los bienes, o se les daba una asignación que debían administrar, desarrollar y de la cual debían rendir cuentas. Siempre que la cantidad consagrada excedía lo que se devolvía por escritura como mayordomía, el remanente o excedente iba al almacén, el centro de los intereses económicos de la comunidad. Cuando la cantidad de recursos generados por la mayordomía de una persona excedía la mayordomía acordada originalmente, el exceso o excedente también iba al almacén. (Véase Doctrina y Convenios 42:30–35, 53–55; 51:1). Los excedentes de la consagración y de la producción se utilizaban en la comunidad para ayudar a los pobres, a las viudas y a los niños dependientes (véase Doctrina y Convenios 83). Muchos de los primeros Santos de los Últimos Días vivieron bajo este sistema en Ohio y Misuri, pero para 1834 se había suspendido la aplicación específica de este orden de cosas. Después de que los Santos de los Últimos Días se trasladaron al oeste, se pusieron en práctica en la Gran Cuenca versiones posteriores de la consagración y la mayordomía, conocidas a veces como la Orden Unida o la Orden de Enoc.
Una vez más, en Sion lo temporal y lo espiritual no podían separarse. “Por tanto, de cierto os digo que para mí todas las cosas son espirituales; y en ninguna ocasión os he dado una ley que fuese temporal” (Doctrina y Convenios 29:34). Por consiguiente, era imposible hacerse merecedor de gloria en la vida venidera si el pueblo de Dios no podía negarse a sí mismo y establecer la unidad aquí. “En vuestras cosas temporales seréis iguales”, declaró el Maestro, “y esto no de mala gana; de lo contrario, se retendrá la abundancia de las manifestaciones del Espíritu” (Doctrina y Convenios 70:14). “Porque si no sois iguales en las cosas terrenales, no podéis ser iguales en obtener las cosas celestiales; porque si queréis que os dé un lugar en el mundo celestial, debéis prepararos, haciendo lo que os he mandado y requerido” (Doctrina y Convenios 78:6–7).
Sion como lugar. La idea de que había un lugar específico para la ciudad de Sion dentro de América del Norte y del Sur se dio a conocer desde muy temprano. En septiembre de 1830, al llamar a Oliver Cowdery a predicar entre los lamanitas, el Señor le explicó que “no se ha revelado, ni hay hombre que sepa dónde se edificará la ciudad de Sion, mas se dará a saber más adelante”. Luego, el Señor añadió que el lugar estaría “en las fronteras cerca de los lamanitas” (Doctrina y Convenios 28:9). Fue el 20 de julio de 1831, justo cuando los líderes de los santos habían comenzado a llegar a Misuri, cuando vino la palabra del Señor acerca del lugar específico de Sion. El Salvador declaró que la tierra de Misuri era “la tierra que he señalado y consagrado para el recogimiento de los santos. Por tanto, esta es la tierra prometida y el sitio para la ciudad de Sion. […] El lugar que ahora se llama Independence es el lugar central” (Doctrina y Convenios 57:1–3).
Sion como pendón o estandarte. En las Escrituras se habla de Sion como de una bandera o un pendón en torno al cual puede congregarse un pueblo fatigado y acosado. También es una norma según la cual han de evaluarse la sustancia y la calidad de todas las cosas. Se espera que los santos juzguen todas las cosas conforme a pautas obtenidas de una fuente superior a la del hombre carente de iluminación. Obsérvese el lenguaje de la revelación: “He aquí, yo, el Señor, he hecho a mi iglesia en estos últimos días semejante a un juez sentado sobre un collado, o en un lugar alto, para juzgar a las naciones. Porque acontecerá que los habitantes de Sion juzgarán todas las cosas pertenecientes a Sion” (Doctrina y Convenios 64:37–38). Como ilustración de este principio, el élder Joseph Young explicó que el profeta José Smith “recomendó a los santos que cultivaran en sus armonías musicales un grado de perfección tan elevado como superior era a la religión sectaria la norma de la fe que él había traído. Para lograrlo, les hizo comprender que el refinamiento del canto dependería de recibir el Santo Espíritu. […] ‘Cuando se obtengan estas gracias y refinamientos, y todos los atractivos afines que caracterizaban a la antigua Sion de Enoc, entonces la Sion de los últimos días se volverá hermosa y será aclamada por los santos de los cuatro vientos, quienes “se congregarán en Sion con cantos de gozo sempiterno”’” (Historia de la organización de los Setenta, págs. 14–15).
Además, Sion debía ser y debe ser el centro, el punto de convergencia y la concentración de todo lo bueno, de todo lo ennoblecedor, de todo lo instructivo e inspirador. En Sion, todas las cosas han de reunirse en una en Cristo (véase Efesios 1:10). En suma, según el presidente Brigham Young, “todo logro, toda gracia refinada, toda adquisición útil en las matemáticas, la música, en toda ciencia y arte, pertenecen a los santos” (en Diario de discursos, 10:224). Los santos “recogen rápidamente la inteligencia que se concede a las naciones”, dijo el presidente Young en otra ocasión, “porque toda esta inteligencia pertenece a Sion” (en ibíd., 8:279).
Sion como estado del ser. Sion es un pueblo, el pueblo de Dios, aquellas personas que han salido del mundo de Babilonia a la luz admirable de Cristo. En este sentido, el Señor alentó a Su pequeño rebaño: “De cierto, así dice el Señor: Alégrese Sion, porque esta es Sion: Los puros de corazón; por consiguiente, alégrese Sion mientras se lamentan todos los inicuos” (Doctrina y Convenios 97:21). Así pues, Sion es un estado del ser, un estado de pureza de corazón que da derecho a la persona a ser reconocida como miembro de la familia de la fe. Por ello, el presidente Brigham Young habló de que los santos tuvieran a Sion en el corazón: “A menos que el pueblo viva ante el Señor en obediencia a Sus mandamientos”, dijo, “no puede tener a Sion en su interior”. Además: “En cuanto al espíritu de Sion, está en el corazón de los santos, de quienes aman y sirven al Señor con toda su alma, mente y fuerza” (en Diario de discursos, 2:253). En otra ocasión, el presidente Young afirmó: “Sion será redimida y edificada, y los santos se regocijarán. Esta es la tierra de Sion; ¿y quiénes son Sion? Los puros de corazón son Sion; tienen a Sion en su interior. Purificaos, santificad al Señor Dios en vuestros corazones y tened la Sion de Dios dentro de vosotros” (en ibíd., 8:198). Finalmente, el presidente Young preguntó: “¿Dónde está Sion? Donde se encuentra la organización de la Iglesia de Dios. Y que more espiritualmente en todo corazón; y vivamos de tal manera que siempre disfrutemos del espíritu de Sion” (en ibíd., 8:205).
Sion como lugar de recogimiento. Unos setecientos años antes de Cristo, el profeta Isaías había hablado del “monte de la casa de Jehová” que sería establecido como cabeza de los montes (Isaías 2:2). En julio de 1840, José Smith declaró, en armonía con las enseñanzas del Salvador en el Libro de Mormón (véase 3 Nefi 16:16–18), que “la tierra de Sion comprende toda América del Norte y del Sur, pero cualquier lugar donde se congreguen los santos es Sion” (Las palabras de José Smith, pág. 415; ortografía y puntuación modernizadas). La última parte de esta declaración —que Sion representa más que un lugar o una sola ubicación, y abarca cualquier lugar de congregación— es significativa. Amplía la idea de Sion para incluir regiones de todo el mundo donde se congrega el pueblo del convenio. El Señor ciertamente previó esta visión más amplia de Sion cuando dijo, en medio de las persecuciones en Misuri: “Sion no será quitada de su lugar, a pesar de que sus hijos han sido esparcidos. Los que permanezcan y sean de corazón puro volverán, y vendrán a sus heredades, ellos y sus hijos, con cantos de gozo sempiterno, para edificar los lugares desolados de Sion; y todas estas cosas para que se cumpla lo dicho por los profetas. Y he aquí, no se ha designado otro lugar que el que he señalado; ni se designará otro lugar para la obra del recogimiento de mis santos, sino el que he señalado, hasta que llegue el día en que no haya más lugar para ellos; y entonces les señalaré otros lugares, y se llamarán estacas, para las cortinas o la fuerza de Sion” (Doctrina y Convenios 101:17–21). En la oración dedicatoria del Templo de Kirtland, el Profeta suplicó en favor de los santos “que vengan a Sion o a sus estacas, los lugares que tú has señalado, con cantos de gozo sempiterno” (Doctrina y Convenios 109:39). Las revelaciones son explícitas al declarar que en las estacas de Sion se encontrarán seguridad y refugio. “Levantaos y brillad”, exhortó el Señor, “para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones; y para que al congregarse sobre la tierra de Sion y sus estacas, sean para defensa y para refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra” (Doctrina y Convenios 115:5–6; compárese con Enseñanzas, págs. 160–161).
En cuanto al futuro de Sion, la Nueva Jerusalén, el élder Bruce R. McConkie ha escrito:
¡El lugar central! Que Israel se congregue en las estacas de Sion en todas las naciones. Que toda tierra sea una Sion para quienes hayan sido designados para morar allí. Que la plenitud del Evangelio sea para todos los santos de todas las naciones. Que no se les niegue bendición alguna. Que se levanten templos en los que pueda administrarse la plenitud de las ordenanzas de la Casa del Señor. Pero aun así hay un lugar central, un lugar donde se alzará el templo principal, un lugar al que vendrá el Señor, un lugar desde el cual saldrá la ley para gobernar toda la tierra en aquel día en que el Segundo David reine personalmente sobre ella. Y ese lugar central es lo que los hombres llaman ahora Independence, en el condado de Jackson, Misuri, pero que en un día venidero será la Sion de nuestro Dios y la Ciudad de Santidad de Su pueblo. El sitio está seleccionado; el lugar es conocido; el decreto ha salido; y el destino prometido está asegurado (Un nuevo testigo de los Artículos de Fe, pág. 595).
Al mismo tiempo que la Iglesia establecerá una presencia significativa en Independence, Misuri, y aunque el condado de Jackson llegará a ser un lugar de recogimiento, en verdad el Lugar Central, siempre habrá, como se ha indicado antes, necesidad de las estacas de Sion a lo largo y ancho de toda la tierra, necesidad de que los santos se congreguen en sus propias tierras y se reúnan con su propio pueblo. El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “La Primera Presidencia y los Doce ven gran sabiduría en las múltiples Siones, muchos lugares de recogimiento donde los santos, dentro de su propia cultura y nación, puedan actuar como levadura en la edificación del reino, un reino que no busca recompensas ni tesoros terrenales. A veces, sin querer, hemos alentado de manera artificial a las personas a abandonar su tierra y cultura natales y, con demasiada frecuencia, esto ha significado la pérdida de la levadura que tanto se necesita, y las personas involucradas a veces han lamentado su emigración” (Las enseñanzas de Spencer W. Kimball, pág. 440).
Con este espíritu —el espíritu de un concepto amplio de Sion—, es erróneo suponer y engañoso sugerir que todos los santos de todo el mundo se congregarán físicamente en Misuri en algún día futuro. El élder McConkie observó:
Como sabemos, la edificación de la Nueva Jerusalén está en el futuro, en un momento que aún habrá de señalarse por revelación. Actualmente no hay ningún llamamiento para que los santos compren tierras o vivan en el condado de Jackson ni en ningún lugar relacionado con él. La palabra revelada acerca del recogimiento en Independence y sus alrededores vendrá por medio del profeta de Dios sobre la tierra. Cuando venga —con el consiguiente regreso de los santos a esa Sion que no será quitada de su lugar—, ese llamamiento no será para que los santos en general se reúnan allí. El regreso al condado de Jackson será, por así decirlo, mediante delegados. Aquellos cuyos servicios se necesiten allí se reunirán según se les indique. El resto de Israel permanecerá en sus lugares señalados. La Casa del Señor es una casa de orden, y los santos fieles hacen lo que se les dice y van por mandato de su profeta, pues su voz es la voz del Señor (El Mesías milenario, pág. 294).
Conclusión
Al igual que la Iglesia verdadera y viviente de la que formamos parte, el concepto de Sion ha crecido y se ha ampliado a medida que, como pueblo, hemos sido lo suficientemente humildes y dispuestos a aprender para percibir los planes y propósitos del Todopoderoso. El élder Erastus Snow señaló en 1884 que, cuando los primeros santos “oyeron por primera vez la plenitud del Evangelio predicada por los primeros élderes y leyeron las revelaciones dadas por medio del profeta José Smith, nuestras ideas acerca de Sion eran muy limitadas. Pero, a medida que nuestra mente comenzó a crecer y expandirse, empezamos a considerar a Sion como un gran pueblo y a las estacas de Sion como numerosas. […] Dejamos de poner límites a Sion y a sus estacas” (en Diario de discursos, 25:30–31). De igual manera, el élder Joseph Young explicó que muchos santos del siglo XIX —inspirados por el espíritu de profecía y revelación, de modo que los acontecimientos futuros parecían estar muy próximos— interpretaron mal y calcularon erróneamente varios asuntos, entre ellos el momento en que los santos debían regresar a Misuri y redimir a Sion. “El Santo Espíritu acercó muchas cosas a su mente; parecían estar a su lado, y por eso muchos se engañaron. […] Yo sabía que la fe y el Espíritu Santo acercaban los designios de la Providencia, y que por ese medio podíamos contemplarlos […], pero no teníamos suficiente conocimiento para asimilar y comprender plenamente aquellas cosas” (en ibíd., 9:230).
Sion es un lugar. Sion es un pueblo. Sion es un estado santo del ser. En palabras del presidente Spencer W. Kimball, Sion es el “orden más elevado de la sociedad del sacerdocio” (en Informe de la Conferencia, octubre de 1977, pág. 125). Es la herencia de los santos. “La edificación de Sion”, enseñó José Smith, “es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas las épocas; es un tema sobre el cual los profetas, los sacerdotes y los reyes han reflexionado con particular deleite; han esperado con gozosa anticipación el día en que vivimos; e impulsados por celestiales y gozosas expectativas, han cantado, escrito y profetizado acerca de este, nuestro día; pero murieron sin verlo; nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha escogido para llevar a cabo la gloria de los últimos días” (Enseñanzas, pág. 231). Este es el destino de quienes perseveran fielmente hasta el fin. En ese sentido, como declaró José Smith: “Debemos tener la edificación de Sion como nuestro mayor objetivo” (ibíd., pág. 160).


























