Joseph Smith El Vidente Escogido

Capítulo 23

El reino de Dios en épocas pasadas

Porque él [Dios] es el mismo ayer, hoy y para siempre; y la vía está preparada para todos los hombres desde la fundación del mundo, si es que se arrepienten y vienen a él. —1 Nefi 10:18


Una vez que la Iglesia de Dios está organizada sobre la tierra con administradores legítimos, allí está el reino de Dios. “El reino de Dios ha estado establecido sobre la tierra desde los días de Adán hasta el tiempo presente”, explicó el profeta José Smith, “siempre que haya habido un hombre justo sobre la tierra a quien Dios haya revelado Su palabra y dado poder y autoridad para administrar en Su nombre. Y donde hay un sacerdote de Dios —un ministro que tiene poder y autoridad de Dios para administrar las ordenanzas del Evangelio y oficiar en el sacerdocio de Dios—, allí está el reino de Dios” (Enseñanzas, pág. 271).

Desde Adán hasta Noé

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una restauración del orden antiguo de las cosas, el regreso a la tierra de aquella Iglesia y aquel reino que han existido desde el principio del tiempo. El Señor dio a conocer por medio de José Smith principios acerca del Evangelio sempiterno, ese mismo Evangelio del que disfrutaron los fieles de la antigüedad. Desde los días de Adán hasta la época de Moisés, los hombres y las mujeres vivieron bajo una teocracia patriarcal, un orden familiar presidido por un patriarca. Además, procuraban conocer y seguir la voluntad de Dios en todos los asuntos. Personajes como Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé fueron todos sumos sacerdotes; gobernaron la Iglesia y el reino con rectitud y en virtud de sus cargos civiles —como reyes— y eclesiásticos —como sacerdotes—. Otros hombres dignos poseían el sacerdocio mayor, pero estos patriarcas eran los oficiales presidentes. (Véase Joseph Fielding Smith, El camino a la perfección, pág. 73).

Adán. Adán fue el primer cristiano de la tierra. Fue bautizado, confirmado, nació del Espíritu, fue vivificado en el hombre interior, ordenado y recibido en el santo orden de Dios (véase Moisés 6:64–68). “El sacerdocio se dio primeramente a Adán; él obtuvo la Primera Presidencia y poseyó sus llaves de generación en generación” (Enseñanzas, pág. 157). En el libro de Moisés, que es la traducción inspirada del profeta José Smith de los primeros capítulos de Génesis, se registra la revelación del Evangelio a Adán. Allí leemos acerca del bautismo y del renacimiento espiritual de Adán: “Y oyó una voz del cielo que decía: Eres bautizado con fuego y con el Espíritu Santo. Este es el testimonio del Padre y del Hijo, desde ahora y para siempre”. Obsérvese ahora el lenguaje del pasaje: “Y eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad. He aquí, eres uno en mí, un hijo de Dios; y así todos pueden llegar a ser mis hijos. Amén” (Moisés 6:66–68). Adán nació de nuevo y llegó a ser, por adopción, un hijo de Cristo. Pero hubo más. Llegó a ser, mediante los poderes del santo sacerdocio y las ordenanzas relacionadas con él, un hijo de Dios el Padre. Acerca de este asunto, el élder Bruce R. McConkie ha escrito:

Al procurar alcanzar la meta de la vida eterna, los hombres [y las mujeres] entran primero por la puerta del arrepentimiento y del bautismo, tomando así sobre sí el nombre de Cristo. Entonces reciben poder para llegar a ser Sus hijos e hijas, para ser adoptados en Su familia, para ser hermanos y hermanas en Su reino. El bautismo por sí solo no los convierte en miembros de la familia, pero abre la puerta a tal relación bendita; y si viven de tal manera que obtengan el Espíritu y, de hecho, nazcan de nuevo, entonces llegan a ser miembros de la Santa Familia.

Luego, si siguen adelante con firmeza en Cristo, guardando los mandamientos y viviendo de toda palabra que sale de la boca de Dios, se hacen merecedores del matrimonio celestial, y esto les da poder para llegar a ser hijos [e hijas] de Dios, es decir, del Padre. Así llegan a ser coherederos con Cristo, quien es Su heredero natural. Quienes son hijos [e hijas] de Dios en este sentido son los que llegan a ser dioses en el mundo venidero (Doctrina y Convenios 76:54–60). Tienen exaltación y divinidad porque la unidad familiar continúa en la eternidad (Doctrina y Convenios 132:19–24). (Comentario doctrinal del Nuevo Testamento, 2:474).

Asimismo, al referirse a la experiencia de nuestro primer padre, el presidente Joseph Fielding Smith escribió: “A Adán, después de ser expulsado del Jardín de Edén, se le reveló el plan de salvación y se le confirió la plenitud del sacerdocio” (Doctrina de Salvación, 3:81). El presidente Ezra Taft Benson, en un discurso pronunciado en la celebración del centenario del Templo de Logan en mayo de 1984, dijo lo siguiente acerca de este orden de Dios:

El templo es un lugar sagrado, y las ordenanzas del templo son de carácter sagrado. Debido a su carácter sagrado, a veces somos reacios a decir algo acerca del templo a nuestros hijos y nietos.

Como consecuencia, muchos no desarrollan un verdadero deseo de ir al templo o, cuando van, lo hacen sin una preparación suficiente para las obligaciones y los convenios que contraen.

Creo que una comprensión o preparación apropiadas contribuirán inmensamente a preparar a nuestros jóvenes para el templo. Creo que este entendimiento despertará en ellos el deseo de procurar las bendiciones del sacerdocio, tal como Abraham procuró las suyas.

Cuando nuestro Padre Celestial puso a Adán y Eva sobre esta tierra, lo hizo con el propósito de enseñarles cómo regresar a Su presencia. Nuestro Padre prometió un Salvador para redimirlos de su condición caída. Les dio el plan de salvación y les dijo que enseñaran a sus hijos la fe en Jesucristo y el arrepentimiento. Además, Dios mandó a Adán y a su posteridad que fueran bautizados, que recibieran el Espíritu Santo y que entraran en el orden del Hijo de Dios.

Entrar en el orden del Hijo de Dios equivale hoy a entrar en la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec, la cual solo se recibe en la Casa del Señor.

Debido a que Adán y Eva habían cumplido estos requisitos, Dios les dijo: “Eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad” (Moisés 6:67). (Ensign, agosto de 1985, pág. 8).

Verdaderamente, “Adán era el padre natural de su posteridad, quienes constituían su familia y a quienes presidía como patriarca, profeta, sacerdote y rey” (véase John Taylor, “Patriarcal”, págs. 921–922).

Enoc. Como analizamos en el capítulo 22, el profeta José Smith se basó ampliamente en los principios fundamentales y en el éxito de la Sion de Enoc cuando, como vidente de los últimos días, procuró establecer Sion en esta última dispensación. La sociedad de Enoc era el modelo, el prototipo. Por tanto, el apóstol Pablo pudo escribir acerca de Abraham como uno de los muchos que “esperaba[n] la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). Al predicar la rectitud e incorporar las doctrinas del Evangelio a todo lo que hacían, lo que incluía aplicar el amor puro de Cristo en sus relaciones sociales y consagrarse así por completo, Enoc y su pueblo fundaron una comunidad santa. El Señor vino y moró “con su pueblo, y habitaron en rectitud. […] Y el Señor llamó Sion a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:16, 18).

El pueblo de la ciudad de Enoc obtuvo poder sobre el mal, poder para transformar a la humanidad y la tierra misma sobre la que vivía. El élder Joseph Young, hermano de Brigham Young, explicó lo que había aprendido de José Smith: “Puede deducirse que los discípulos de Enoc fueron congregados. Por sugerencia suya edificaron una ciudad en el lugar que él había seleccionado. Él había visto los cielos abiertos; había contemplado ciudades celestiales; conocía la magnificencia de las mansiones celestiales y el esplendor de su arquitectura. Al adquirir así una inteligencia superior y ese espíritu de refinamiento y buen gusto, pudo instruir a sus hermanos para que edificaran conforme al modelo celestial”. Además, “el pueblo, la ciudad y los cimientos de la tierra sobre los cuales se alzaba habían participado en tal medida de los elementos inmortales que Dios les había concedido mediante las enseñanzas de Enoc, que llegó a ser filosóficamente imposible que permanecieran por más tiempo sobre la tierra” (“Enoc y su ciudad”, págs. 10, 11).

El profeta José Smith también explicó que la traslación es un poder que pertenece al Sacerdocio de Melquisedec, una dimensión del santo orden de Dios. Dios hizo a Enoc el juramento correspondiente al Sacerdocio de Melquisedec: “Que todo aquel que fuese ordenado según este orden y llamamiento tendría poder, mediante la fe, para derribar montañas, dividir los mares, secar las aguas y desviarlas de su curso; para desafiar los ejércitos de las naciones, dividir la tierra, romper toda atadura, estar en la presencia de Dios; para hacer todas las cosas según su voluntad, de acuerdo con su mandato, someter principados y potestades; y esto por la voluntad del Hijo de Dios, que existía desde antes de la fundación del mundo. Y los hombres que tenían esta fe, habiendo llegado a este orden de Dios, fueron trasladados y llevados al cielo” (TJS, Génesis 14:30–33). John Taylor añadió: “Parecería que los habitantes trasladados de la ciudad de Enoc están bajo la dirección de Jesús, quien es el Creador de mundos; y que Él, al poseer las llaves del gobierno de otros mundos, podría, en Su ministerio entre ellos, escoger al pueblo trasladado de la Sion de Enoc, si lo considerara apropiado, para cumplir una misión en esos diversos planetas; y, puesto que la muerte no había pasado sobre ellos, Él podría prepararlos y valerse de ellos, por medio del santo sacerdocio, para actuar como embajadores, maestros o mensajeros en aquellos mundos sobre los cuales Jesús tiene autoridad” (El reino del Evangelio, pág. 103; véase también Enseñanzas, págs. 170–171).

Noé. Noé fue el décimo desde Adán y fue ordenado patriarca a la edad de diez años (véase Doctrina y Convenios 107:52). Fue mucho, muchísimo más que un profeta del tiempo atmosférico; fue un administrador legítimo, alguien llamado y facultado por Dios para llamar al arrepentimiento a una generación inicua. “Y el Señor ordenó a Noé según su propio orden, y le mandó que saliese a declarar su evangelio a los hijos de los hombres, tal como fue dado a Enoc. Y aconteció que Noé exhortó a los hijos de los hombres a que se arrepintieran; mas no escucharon sus palabras”. Además, el llamado de Noé al arrepentimiento no era solo una advertencia de un desastre inminente; era un llamado a venir a Cristo y ser salvos. “Creed y arrepentíos de vuestros pecados”, dijo Noé, “y bautizaos en el nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios, tal como lo hicieron nuestros padres, y recibiréis el Espíritu Santo, a fin de que os sean manifestadas todas las cosas” (Moisés 8:19–20, 24). El profeta José explicó la posición de Noé, quien era el ángel Gabriel antes de su nacimiento terrenal, en la jerarquía del sacerdocio. Noé “sigue a Adán en la autoridad del sacerdocio; fue llamado por Dios a este oficio y fue el padre de todos los que viven en la actualidad, y a él se le dio el dominio” (Enseñanzas, pág. 157).

Desde Abraham hasta Cristo

Abraham. Abraham, a quien conocemos como el “padre de los fieles”, procuró las “bendiciones de los patriarcas” y el derecho de administrarlas (véase Abraham 1:1–3). Su padre, Taré, era idólatra, de modo que Abraham no podía recibir sus bendiciones de padre a hijo. Así fue como acudió a Melquisedec, el gran sumo sacerdote de aquella época, en busca de consejo, dirección y autoridad. Al hablar de los antiguos que entraron en el reposo del Señor, Alma escogió a Melquisedec para ilustrar esta doctrina. “Y ahora bien, hermanos míos”, dijo, “quisiera que os humillaseis ante Dios, y que dieseis frutos dignos de arrepentimiento, para que también entraseis en ese reposo. Sí, humillaos así como el pueblo en los días de Melquisedec, quien también fue un sumo sacerdote según este mismo orden [el santo orden de Dios] del cual he hablado, quien también tomó sobre sí el sumo sacerdocio para siempre” (Alma 13:13–14).

Los santos de Dios que vivían en los tiempos de “la iglesia en los días antiguos” dieron al Santo Sacerdocio el nombre de Melquisedec (véase Doctrina y Convenios 107:2–4). Melquisedec es una de las figuras más enigmáticas de la historia judeocristiana. Abundan las leyendas acerca de Melquisedec en las tradiciones judías, en la literatura y el arte cristianos y entre los escritos de los miembros de la secta de Qumrán. Josefo explicó que la ciudad de Salem, sobre la cual reinaba Melquisedec, llegó a conocerse posteriormente como Jerusalén. Al escribir acerca de Jerusalén, Josefo observó: “Quien primero la edificó fue un hombre poderoso entre los cananeos, y en nuestra lengua se le llama [Melquisedec] el Rey Justo, porque eso era en verdad; por esa razón fue [allí] el primer sacerdote de Dios, y fue el primero en edificar un templo [allí], y llamó Jerusalén a la ciudad que antes se llamaba Salem” (“Las guerras”, 6.10.1). Como Santos de los Últimos Días, sabemos mucho acerca de Melquisedec gracias a los versículos de Alma citados anteriormente, a la traducción de José Smith del capítulo catorce de Génesis y de los capítulos cinco y siete de Hebreos, y a sus propios sermones sobre el sacerdocio.

¿Y qué hay de la relación de Melquisedec con Abraham? Alma menciona sencillamente que Abraham le pagó diezmos (véase Alma 13:15). Más específicamente, una revelación moderna nos informa que “Esaias […] vivió en los días de Abraham, y este lo bendijo; y Abraham recibió el sacerdocio de Melquisedec, que a su vez lo recibió por el linaje de sus padres, hasta Noé” (Doctrina y Convenios 84:13–14). Parece que Abraham procuró obtener el mismo poder y autoridad que Melquisedec, el poder para administrar vidas sin fin, la plenitud de los poderes del sacerdocio. Según el élder Franklin D. Richards, el profeta José explicó que el poder de Melquisedec “no era solamente el poder de un profeta, ni de un apóstol, ni de un patriarca, sino el de un rey y sacerdote para Dios, para abrir las ventanas de los cielos y derramar sobre el hombre la paz y la ley de la vida sin fin. Y ningún hombre puede llegar a ser coheredero con Jesucristo sin recibir la ministración de alguien que posea el mismo poder y autoridad de Melquisedec” (Las palabras de José Smith, pág. 245; ortografía, gramática y puntuación modernizadas). En resumen, el profeta José explicó: “Abraham dice a Melquisedec: Creo todo lo que me has enseñado acerca del sacerdocio y de la venida del Hijo del Hombre; de modo que Melquisedec ordenó a Abraham y lo despidió. Abraham se regocijó, diciendo: Ahora tengo un sacerdocio” (Enseñanzas, págs. 322–323).

Moisés. Por la revelación moderna aprendemos que Moisés fue ordenado al sumo sacerdocio por su suegro Jetro, el madianita (véase Doctrina y Convenios 84:6). Al hablar de los hijos de Israel, el Profeta declaró: “Su gobierno era una teocracia; tenían a Dios para hacer sus leyes y a hombres escogidos por Él para administrarlas; Él era su Dios y ellos eran Su pueblo. Moisés recibía la palabra del Señor de Dios mismo; era la boca de Dios para Aarón, y Aarón enseñaba al pueblo tanto en los asuntos civiles como en los eclesiásticos; ambos eran uno, no había distinción” (Enseñanzas, pág. 252).

Moisés procuró diligentemente llevar a los hijos de Israel a un grado de madurez espiritual en el que pudieran disfrutar de las bendiciones más altas del sacerdocio: el privilegio de entrar en el reposo del Señor, en la presencia divina (véase Doctrina y Convenios 84:19; 107:18). “Mas endurecieron sus corazones y no pudieron aguantar su presencia; por tanto, el Señor en su ira, porque su enojo se había encendido en contra de ellos, juró que mientras estuviesen en el desierto no entrarían en su reposo, el cual es la plenitud de su gloria. Por consiguiente, tomó a Moisés de entre ellos, y el Santo Sacerdocio también; y continuó el sacerdocio menor” (Doctrina y Convenios 84:24–26). Es decir, la falta de disposición de Israel para entrar en la presencia del Señor (véase Éxodo 20:19) puso de manifiesto su indignidad para poseer el santo sacerdocio.

“Y Jehová dijo a Moisés: Lábrate otras dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré también sobre ellas las palabras de la ley, conforme a como estaban escritas al principio en las tablas que quebraste; pero no será conforme a las primeras, porque quitaré el sacerdocio de en medio de ellos; por tanto, mi santo orden y sus ordenanzas no irán delante de ellos; porque mi presencia no irá en medio de ellos, no sea que los destruya. Pero les daré la ley como al principio, mas será según la ley de un mandamiento carnal; porque he jurado en mi ira que no entrarán en mi presencia, en mi reposo, durante los días de su peregrinación” (TJS, Éxodo 34:1–2; véase también TJS, Deuteronomio 10:1–2). Cuando Moisés fue trasladado, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec fueron quitadas de entre los israelitas como pueblo, y cesó el orden patriarcal del sacerdocio. El Sacerdocio de Melquisedec ya no pasó de padre a hijo. Desde entonces, el sacerdocio que administraba era el Sacerdocio Aarónico, salvo en aquellos casos en que se hacía necesario que el Señor llamara a un hombre a poseer el sumo sacerdocio y sus llaves; tales llamamientos se recibían por dispensación especial (véanse Enseñanzas, págs. 180–181; McConkie, El Mesías mortal, 1:60; Smith, Doctrina de Salvación, 3:84–85).

Jesucristo. Jesús de Nazaret vino a la tierra para salvarnos del pecado, de la muerte, del infierno y del tormento sin fin (véase 2 Nefi 9:10–13). Vino a la tierra como el Hijo del Padre Eterno y el hijo de María. De Su Padre heredó los poderes de un dios, los poderes de la inmortalidad. De Su madre heredó la mortalidad, la capacidad de morir. Como ser dual, poseía la naturaleza y el poder para hacer lo que ningún otro hombre en la historia de este mundo podía hacer: llevar una vida perfecta, tomar sobre Sí los pecados de toda la humanidad mediante un sacrificio expiatorio infinito y eterno, y luego entregar Su vida en la muerte y volver a tomarla en la inmortalidad de la resurrección. Fue y es el Cordero de Dios, el Mesías, el Cristo, el Ungido, el Salvador y Redentor, el Santo de Israel.

Pero nuestro Señor también vino entre los hombres como restaurador, enviado por el Padre para traer de nuevo a la tierra conocimiento, llaves y autoridades que se habían perdido durante una época de apostasía. Es decir, Jesús fue un Elías de restauración (véase TJS, Juan 1:20–28; compárese con TJS, Mateo 11:13–14; TJS, Mateo 17:10–13). Puesto que el Sacerdocio de Melquisedec no había estado al alcance del pueblo en general durante un milenio y medio, Jesús restauró este santo orden. “Cristo vino de acuerdo con las palabras de Juan, y era mayor que Juan porque poseía las llaves del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios” (Enseñanzas, pág. 274). Organizó una Iglesia entre los hombres, ordenó a discípulos escogidos al santo apostolado y supervisó la conferición de llaves sagradas (véanse Mateo 16:16–19; 17:1; 18:17; Enseñanzas, pág. 158). El profeta José Smith explicó sencillamente que “Jesús era entonces el administrador legítimo y ordenó a Sus Apóstoles” (Enseñanzas, pág. 319). El Maestro organizó la Iglesia de Jesucristo, pero fue crucificado y Sus Apóstoles fueron asesinados antes de que pudiera establecerse en el meridiano de los tiempos el reino de Dios en su plenitud, con poder para gobernar tanto en la esfera política como en la espiritual (véase TJS, Apocalipsis 12:1–7).

Como parte de lo que conocemos como el Padrenuestro, el Salvador dijo: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). “¿Qué reino?”, preguntó el élder John Taylor. “¿Qué significa ‘venga tu reino’? Significa el dominio de Dios; significa la ley de Dios; significa el gobierno de Dios; significa el pueblo que ha escuchado y que está dispuesto a escuchar y observar los mandamientos de Jehová; y significa que hay un Dios que está dispuesto a guiar, dirigir y sostener a Su pueblo. […] Venga tu reino; para que desaparezcan la confusión […], el mal y la iniquidad, el asesinato y el derramamiento de sangre que ahora existen entre la humanidad, y para que los principios de verdad y rectitud, los principios de bondad, caridad y amor, tal como moran en el seno de los Dioses, puedan morar con nosotros” (en Diario de discursos, 23:177–178).

Conclusión

Siempre que el Dios del cielo ha escogido conferir la autoridad del sacerdocio y establecer Su Evangelio, con sus convenios y ordenanzas eternos, allí está el reino de Dios. José Smith reveló la singular verdad de que el reino de Dios no comenzó en lo que el mundo llama la era cristiana; más bien, ese reino ha estado sobre la tierra desde los albores del tiempo. A lo largo de las generaciones, hombres y mujeres sin inspiración, aunque bienintencionados, han procurado establecer la paz, el orden y la bondad en la tierra, pero estas cosas solo se realizarán cuando los poderes de Dios se infundan en toda la creación y entre sus integrantes. El élder Orson Pratt observó: “El reino de Dios es una teocracia. Y, puesto que es la única forma de gobierno que redimirá y salvará a la humanidad, es necesario que toda alma sea instruida correcta y cabalmente acerca de su naturaleza y sus características generales. […] Dios es el Rey. En Él reside toda autoridad legítima. Solo Él tiene derecho a originar un sistema de gobierno sobre la tierra” (Las obras de Orson Pratt, págs. 32, 33). Todas las cosas se inclinan con humilde reverencia ante nuestro Dios y Padre, el Todopoderoso Elohim. Sin embargo, Dios ha confiado todo el juicio al Hijo (véase Juan 5:22), y por tanto, “Jesucristo es el heredero de este reino, el Unigénito del Padre según la carne, y posee las llaves sobre todo este mundo” (Enseñanzas, pág. 323).

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